La entrevista a Luz María del Olmo destaca el uso de los refranes como una potente herramienta de fomento de la lectura, la memoria colectiva y la construcción de comunidad desde la biblioteca pública. A través de proyectos como “Los Molinos del Saber Popular” o “Desgranando refranes”, convierte la sabiduría popular en un recurso pedagógico que acerca a niños, jóvenes y adultos al lenguaje, la tradición oral y la reflexión crítica. Su trabajo muestra cómo el refranero no solo preserva la memoria cultural, sino que también activa el diálogo intergeneracional y la participación social, reforzando el papel de la biblioteca como espacio vivo de aprendizaje compartido y cohesión comunitaria.
Joshi, Tanvi. “Futuristic Open Book Public Library Transforms Reading into an Immersive Architectural Experience.” Yanko Design, 26 de agosto de 2025. Yanko Design
Un innovador concepto arquitectónico imagina una biblioteca pública del futuro concebida no solo como un edificio funcional, sino como una auténtica celebración física del libro y del acto de leer. Diseñada por Thilina Liyanage, la estructura adopta la forma de un libro abierto, transformando un símbolo universal del conocimiento en una experiencia espacial inmersiva donde arquitectura, aprendizaje y contemplación se funden en una sola propuesta.
La elección formal del libro abierto no es meramente estética. El diseño pretende representar la circulación libre de ideas, el acceso democrático al conocimiento y la capacidad infinita del aprendizaje para expandir horizontes. Sus curvas recuerdan páginas en movimiento, mientras unas líneas luminosas en la cubierta evocan texto escrito, creando la sensación de que el edificio mismo “narra” una historia visible desde la distancia.
En el plano estructural, la biblioteca descansa sobre un sistema de hormigón en voladizo que genera una sensación visual de ligereza y modernidad. Esta solución permite grandes espacios abiertos destinados a la circulación libre de lectores, zonas de estancia prolongada y ambientes donde el silencio y la concentración se integran con la entrada abundante de luz natural, reforzando la sensación de apertura intelectual que define el proyecto.
Cada una de las “páginas” del libro constituye un nivel independiente del edificio. Estos niveles incorporan balcones panorámicos que permiten extender la experiencia lectora más allá del interior, conectando al visitante con el paisaje urbano circundante. A nivel del suelo, zonas lounge exteriores con sofás y áreas de descanso invitan a leer al aire libre, transformando la biblioteca en un espacio híbrido entre centro cultural, lugar de encuentro ciudadano y refugio de contemplación.
Uno de los aspectos más simbólicos aparece en la cubierta superior: las aperturas estratégicas permiten el paso de luz natural durante el día y, durante la noche, un sistema lumínico resalta las líneas arquitectónicas, reforzando la ilusión de un gigantesco volumen escrito. Vista frontalmente, la silueta adquiere además una segunda lectura visual: recuerda la forma de un árbol, metáfora universal del crecimiento, la vida y el desarrollo intelectual continuo.
El proyecto incorpora también un auditorio, puentes elevados que conectan distintas alas del edificio, zonas comunitarias protegidas bajo la estructura principal, espacios para eventos y una gran fuente de agua situada en la entrada que introduce desde el primer momento una atmósfera de serenidad. La arquitectura deja así de ser mero contenedor de libros para convertirse en un mensaje cultural en sí misma.
En conjunto, esta propuesta plantea una idea poderosa: la biblioteca del siglo XXI ya no debe entenderse únicamente como depósito documental, sino como un ecosistema de conocimiento donde diseño, simbolismo y experiencia sensorial trabajan juntos para reivindicar el valor permanente del libro en una era dominada por lo digital. Más que almacenar información, esta biblioteca busca inspirar asombro, curiosidad y comunidad.
El programa aborda cómo la inteligencia artificial se ha convertido en una competencia esencial del siglo XXI y por qué la alfabetización en IA debe ir más allá del uso instrumental de herramientas como ChatGPT. Se analiza la necesidad de comprender algoritmos, detectar sesgos, evaluar críticamente contenidos generados automáticamente y actuar de forma ética y responsable. A partir de marcos conceptuales de alfabetización en IA internacionales como los de UNESCO y EDUCAUSE, se reflexiona sobre las nuevas competencias digitales necesarias. El espacio destaca además el papel estratégico de las bibliotecas como mediadoras frente a la desinformación y como agentes clave en la formación de ciudadanía crítica en el entorno algorítmico. Finalmente, se plantea que la alfabetiza
A diverse group engages in a heartfelt discussion at a public library’s emotional wellness program.
Brownley, Jessica (2026). Supporting Emotional Wellness in Library Programs (Without Being a Therapist). ALSC Blog, Association for Library Service to Children (American Library Association), 6 de mayo de 2026. Disponible en: ALSC Blog – American Library Association.
El artículo aborda una cuestión cada vez más relevante en el trabajo bibliotecario contemporáneo: el papel de las bibliotecas, especialmente las públicas e infantiles, como espacios que no solo ofrecen acceso a la información y actividades culturales, sino que también se han convertido en lugares donde afloran necesidades emocionales, sociales y psicológicas de niños, adolescentes y familias. En este nuevo contexto, muchos profesionales de bibliotecas se encuentran gestionando situaciones de ansiedad, frustración, tristeza o conflictos emocionales entre los usuarios, sin contar necesariamente con formación clínica o psicológica especializada.
La autora plantea que los bibliotecarios, aunque no sean terapeutas, sí pueden desempeñar un papel importante en la creación de entornos emocionalmente seguros y acogedores. La idea central del texto es que la biblioteca puede contribuir al bienestar emocional comunitario mediante prácticas cotidianas que favorezcan la escucha, la empatía, el respeto y la construcción de relaciones positivas, sin invadir ámbitos profesionales reservados a especialistas en salud mental. Esto implica reconocer que la labor bibliotecaria actual se sitúa cada vez más en la intersección entre educación, mediación social y acompañamiento humano.
Uno de los argumentos más importantes del artículo es la necesidad de entender claramente los límites profesionales. La autora advierte que apoyar emocionalmente a un niño o a una familia no significa asumir responsabilidades terapéuticas ni intentar resolver problemas psicológicos complejos. El papel del bibliotecario consiste más bien en generar espacios donde las personas se sientan escuchadas, respetadas y seguras. En situaciones difíciles, el profesional debe saber acompañar desde la empatía, pero también reconocer cuándo es necesario derivar la situación a trabajadores sociales, orientadores o profesionales sanitarios capacitados para intervenir de manera adecuada.
El texto ofrece estrategias concretas para incorporar este enfoque en la programación bibliotecaria. Entre ellas destaca el diseño de actividades que fomenten la expresión emocional y la autorregulación, como sesiones de lectura en voz alta centradas en emociones, actividades creativas relacionadas con la expresión de sentimientos, espacios tranquilos para reducir la sobreestimulación sensorial, dinámicas cooperativas o programas que promuevan habilidades socioemocionales como la empatía, la escucha activa y la resolución pacífica de conflictos. La biblioteca deja así de ser únicamente un espacio de préstamo o consulta para convertirse en un entorno que favorece el desarrollo integral de la persona.
Otro aspecto fundamental es la importancia de la observación y la sensibilidad profesional. La autora explica que los bibliotecarios trabajan con frecuencia con niños que llegan a las actividades con situaciones familiares complejas, estrés escolar, dificultades conductuales o necesidades emocionales que pueden manifestarse durante un taller o una actividad grupal. Frente a ello, se propone desarrollar una actitud basada en la paciencia, la flexibilidad y la capacidad de adaptar las dinámicas cuando un participante necesita más tiempo, contención o un trato diferenciado. No se trata de diagnosticar ni interpretar conductas, sino de responder de manera humana y respetuosa a las necesidades del momento.
También se insiste en la importancia de cuidar al propio personal bibliotecario. La creciente dimensión social y emocional del trabajo en bibliotecas ha incrementado lo que se conoce como trabajo emocional: el esfuerzo constante que realizan los profesionales al gestionar no solo información y servicios, sino también relaciones humanas complejas. Esta realidad puede generar desgaste, fatiga emocional e incluso agotamiento profesional si las instituciones no reconocen estas nuevas exigencias laborales. Por ello, la autora subraya la necesidad de establecer límites claros, fomentar el autocuidado y ofrecer formación específica para que el personal pueda gestionar estas situaciones sin asumir cargas que excedan sus competencias.
El texto refleja una transformación profunda del papel social de las bibliotecas en el siglo XXI. Las bibliotecas aparecen como infraestructuras comunitarias donde el acceso a la información convive con nuevas funciones relacionadas con la inclusión social, la educación emocional y el bienestar colectivo. El mensaje final es que los bibliotecarios no necesitan ser terapeutas para contribuir positivamente a la salud emocional de sus comunidades: basta con diseñar espacios seguros, ejercer una escucha empática, actuar con sensibilidad y comprender que, en muchos casos, una experiencia bibliotecaria respetuosa y acogedora puede convertirse en un importante factor de apoyo emocional para quienes la necesitan.
El artículo narra la historia de Lindzi Hargrave, una mujer de Leicester que transforma un antiguo autobús de dos pisos en una biblioteca móvil y hogar autosuficiente fuera de la red eléctrica. El proyecto surge de una idea que la acompañaba desde la infancia —tener un autobús propio— y que evolucionó desde sueños juveniles de ser conductora o montar una cafetería sobre ruedas hasta convertirse en un ambicioso espacio cultural y comunitario. En 2023 compra el vehículo por eBay por 18.000 libras y, tras un proceso de reconversión durante 2024, invierte alrededor de 50.000 libras en convertirlo en vivienda y biblioteca itinerante.
El autobús se diseña como un espacio híbrido: hogar, biblioteca y punto de encuentro comunitario. Está equipado con paneles solares, mobiliario reutilizado y un interior lleno de libros y plantas que lo convierten en un entorno cálido y acogedor. Más allá de su valor estético, el proyecto está pensado como una herramienta social para acercar la lectura a comunidades donde las bibliotecas han desaparecido o son de difícil acceso. La iniciativa incluye un servicio de intercambio de libros y busca fomentar la lectura, la conversación y la conexión entre personas.
El texto subraya que este proyecto se diferencia de otras tendencias de “tiny homes” o viviendas alternativas porque no responde solo a una estética de vida minimalista o viral, sino a un propósito social claro: recuperar el papel de los libros y los espacios de lectura en un contexto de creciente digitalización y aislamiento social. En este sentido, el autobús funciona como una biblioteca en movimiento que reactiva la idea de la biblioteca como espacio vivo de comunidad, aprendizaje y encuentro.
La historia también tiene una dimensión personal profunda. Lindzi relata que el proyecto supuso un punto de inflexión en su vida tras atravesar problemas de alcoholismo. Como parte de su proceso de cambio, tomó decisiones simbólicas como raparse el cabello antes de iniciar su nueva etapa. La compra del autobús representa, así, no solo un cambio de estilo de vida, sino una reconstrucción personal basada en la acción, la creatividad y el propósito.
El artículo destaca el valor simbólico y social del proyecto en un contexto en el que muchas bibliotecas públicas están perdiendo financiación o cerrando. El autobús de Lindzi se presenta como una respuesta creativa a esa tendencia: una biblioteca sin edificio fijo que viaja para devolver el acceso a los libros y la experiencia comunitaria de la lectura a lugares donde se ha perdido. Con la aprobación técnica del vehículo, la autora del proyecto inicia ahora su recorrido por festivales y comunidades del Reino Unido, llevando consigo libros, encuentros y una idea renovada de lo que puede ser una biblioteca.
A modern library integrates artificial intelligence for advanced information access and digital learning.
Pressley, Lauren.What Libraries Actually Do. Publicado en el blog Libraries as Epistemic Institutions, 23 de marzo de 2026. Disponible en: Lauren Pressley – What Libraries Actually Do
Lauren Pressley plantea una reflexión profunda sobre la verdadera función de las bibliotecas en un contexto marcado por la expansión de la inteligencia artificial y la transformación radical de los ecosistemas informativos.
La autora parte de una idea central: uno de los mayores problemas a la hora de explicar el valor de las bibliotecas es que cada persona percibe una biblioteca de forma distinta según su experiencia y sus necesidades. Para un estudiante puede ser simplemente un lugar tranquilo donde estudiar; para un investigador, un sistema complejo que proporciona acceso a recursos especializados; para un profesor, una infraestructura invisible que sostiene gran parte del trabajo académico cotidiano. Esta diversidad de percepciones dificulta comunicar de manera clara qué hacen realmente las bibliotecas.
Pressley sostiene que históricamente las bibliotecas han sido descritas en términos demasiado reduccionistas, asociándolas casi exclusivamente con el acceso a la información: colecciones, préstamos, consultas o espacios físicos. Sin embargo, argumenta que esta visión resulta hoy insuficiente, especialmente en un mundo donde herramientas de inteligencia artificial permiten acceder instantáneamente a enormes volúmenes de información. En este nuevo escenario, centrarse únicamente en la idea de “dar acceso” puede llevar a pensar erróneamente que las bibliotecas han perdido relevancia. La autora considera que precisamente ocurre lo contrario: cuanto más abundante y automatizada es la información, más necesaria resulta la labor intelectual que las bibliotecas llevan décadas desarrollando.
Uno de los puntos fundamentales del texto es la distinción entre información y conocimiento. La inteligencia artificial puede ofrecer respuestas rápidas, sintetizar contenidos y generar textos aparentemente coherentes, pero no produce conocimiento en sentido profundo. Transformar información en conocimiento exige contexto, interpretación, comprensión crítica y capacidad para evaluar la procedencia, calidad y fiabilidad de las fuentes. Según Pressley, este es precisamente el núcleo del trabajo bibliotecario: ayudar a las personas a entender cómo se produce el conocimiento, cómo se valida a través de procesos como la revisión por pares, cómo distinguir entre distintos tipos de publicaciones académicas y cómo evaluar si una fuente realmente sustenta una afirmación o una investigación.
La autora también critica la tendencia histórica de las bibliotecas a justificar su valor mediante métricas cuantitativas tradicionales: número de préstamos, visitas físicas, tamaño de las colecciones o consultas atendidas. Aunque estos indicadores fueron durante décadas la forma habitual de demostrar impacto institucional, Pressley argumenta que la inteligencia artificial obliga a replantear esas métricas. Cuando el acceso a la información deja de ser escaso, lo verdaderamente importante es destacar el papel de las bibliotecas como instituciones que sostienen la construcción colectiva del conocimiento, preservan la calidad del ecosistema informativo y enseñan a navegar críticamente entornos saturados de datos.
Otro eje esencial del artículo es la idea de que las bibliotecas constituyen una infraestructura epistemológica. Inspirándose en conceptos de la epistemología social desarrollados por Jesse H. Shera y Margaret Egan, Pressley sostiene que las bibliotecas no son simples depósitos de información, sino instituciones que organizan la manera en que las comunidades producen, validan, comparten y preservan el conocimiento. Su función consiste en mantener visibles elementos que la inteligencia artificial suele ocultar: la autoría, el contexto de producción del conocimiento, la trazabilidad de las ideas, la diversidad de perspectivas y las condiciones bajo las cuales una afirmación puede considerarse confiable.
En relación con ello, la autora advierte que los sistemas de inteligencia artificial generan respuestas con una apariencia de autoridad que puede resultar engañosa. Los modelos de lenguaje producen textos fluidos y convincentes, pero a menudo eliminan o difuminan el origen de la información utilizada. Esta ausencia de procedencia dificulta la verificación crítica y puede fomentar una aceptación acrítica de contenidos potencialmente erróneos. Frente a ello, las bibliotecas desempeñan un papel irremplazable enseñando competencias informacionales, promoviendo el pensamiento crítico y preservando los mecanismos de validación que sostienen la producción académica y científica.
Finalmente, Pressley concluye que el discurso que presenta a la inteligencia artificial como una amenaza que volverá obsoletas a las bibliotecas parte de una comprensión equivocada de lo que estas representan. Si se piensa que una biblioteca solo sirve para localizar información, entonces parecería que la IA puede sustituirla. Pero si se entiende que las bibliotecas son instituciones dedicadas a construir conocimiento confiable, preservar memoria cultural, garantizar transparencia en las fuentes y enseñar a evaluar críticamente la información, entonces la inteligencia artificial no reduce su importancia, sino que hace todavía más evidente su papel esencial dentro de la sociedad contemporánea.
El artículo termina proponiendo una reformulación profunda del relato institucional bibliotecario: las bibliotecas nunca han sido solamente espacios de acceso a información, sino estructuras fundamentales que sostienen las condiciones necesarias para que las sociedades puedan conocer, aprender y producir conocimiento de manera crítica y responsable. En la era de la inteligencia artificial, esa función se vuelve no secundaria, sino absolutamente central.
«Toda la biblioteca es fundadora. Pero hay días en que uno querría deshacerse de los libros a carretilladas. Ya no tengo el valor de hacerlo. En otro tiempo dispuse de un vertedero doméstico, una trampilla que se abría en cada cocina de un edificio y que, por un conducto estrecho, enviaba los desechos a un cubo comunitario. Ese modo de ejecución rápida ha desaparecido hoy, por exigencias de higiene. Sin embargo, era tan práctico para despachar una brazada de libros: un gesto, y dos mil años de trabajo y de esperanzas caían de golpe seis pisos abajo, entre las cáscaras de cebolla».
La creatividad puede convertirse en una herramienta accesible y eficaz para mejorar la salud mental. Parte de la idea de que las actividades creativas —como la escritura, la pintura, la música o cualquier forma de expresión artística— no son únicamente formas de ocio, sino también mecanismos psicológicos que ayudan a procesar emociones complejas. A través de la creación, las personas pueden dar forma a sentimientos que a menudo resultan difíciles de verbalizar, lo que facilita su comprensión y regulación emocional.
Uno de los aspectos centrales del texto es la relación entre la creatividad y la gestión del estrés. Se plantea que involucrarse en procesos creativos puede inducir estados de concentración profunda, similares al “flujo”, en los que la mente se aleja de las preocupaciones cotidianas y se enfoca en una tarea significativa. Este tipo de inmersión mental no solo reduce la rumiación, sino que también contribuye a una sensación de calma y bienestar subjetivo.
Asimismo, el artículo destaca que la creatividad no está reservada a artistas o profesionales del ámbito cultural, sino que es una capacidad inherente a todas las personas. Actividades cotidianas como cocinar de forma experimental, escribir un diario o incluso resolver problemas de manera innovadora pueden tener efectos positivos en el equilibrio emocional. Esta democratización de la creatividad refuerza la idea de que cuidar la salud mental puede integrarse fácilmente en la vida diaria sin necesidad de recursos especializados.
En el texto se subraya el potencial terapéutico de la creatividad como complemento a otros enfoques de salud mental. Aunque no sustituye tratamientos clínicos cuando son necesarios, sí puede actuar como un apoyo significativo en la reducción de la ansiedad, la mejora del estado de ánimo y el fortalecimiento de la resiliencia psicológica. En conjunto, el texto propone entender la creatividad no solo como una habilidad estética, sino como una forma de autocuidado emocional con impacto real en el bienestar psicológico.
El texto explica cómo la creatividad puede ser una herramienta accesible y eficaz para mejorar la salud mental en un contexto de vida acelerado y, a menudo, emocionalmente exigente. Frente a estrategias más conocidas como la terapia, el ejercicio físico o la atención plena, se destaca la creatividad como un recurso infravalorado que permite procesar emociones, reducir el estrés y recuperar sensaciones de propósito y bienestar. La autora refuerza esta idea desde la experiencia personal, al narrar su decisión de iniciar una clase de dibujo sin expectativas, mostrando cómo el acto creativo puede estar atravesado por inseguridades, pero también por la necesidad de reconexión con uno mismo.
Uno de los ejes principales del artículo es la importancia de abandonar el perfeccionismo. Se insiste en que la creatividad no debe entenderse como la producción de obras “perfectas”, sino como un espacio de expresión libre donde lo relevante es el proceso y no el resultado. A partir de ahí, se proponen prácticas sencillas como dedicar pequeños periodos de tiempo a actividades creativas sin juicio, lo que permite reducir la autoexigencia y favorecer un estado mental más relajado y abierto.
El texto también subraya la utilidad de la creatividad como vía para procesar emociones difíciles de verbalizar. Actividades como escribir, dibujar o escuchar música pueden ayudar a exteriorizar sentimientos complejos y a reorganizar pensamientos internos. Esta dimensión expresiva convierte la creatividad en un recurso terapéutico informal que facilita el autoconocimiento y la regulación emocional, especialmente cuando las palabras resultan insuficientes.
Además, se destaca el impacto negativo del consumo digital pasivo y cómo la creatividad puede actuar como contrapeso. Sustituir el desplazamiento constante en redes sociales por actividades creativas breves contribuye a recuperar la concentración y mejorar el bienestar mental. A esto se suma la dimensión social de la creatividad, ya que compartir procesos o productos creativos con otras personas fortalece los vínculos y reduce la sensación de aislamiento.
Durante la Segunda Guerra Mundial, los bibliotecarios estadounidenses desempeñaron un papel decisivo en la construcción del aparato de inteligencia del país. En un momento en el que Estados Unidos carecía de una estructura consolidada para el análisis sistemático de información global, el gobierno recurrió a profesionales con habilidades muy específicas en organización del conocimiento, catalogación y análisis documental. Esta necesidad se intensificó con la creación del Office of Strategic Services (OSS), antecedente de la CIA, que buscaba perfiles capaces de transformar grandes volúmenes de datos dispersos en inteligencia útil y operativa.
Uno de los núcleos más importantes de esta colaboración fue la Research and Analysis Branch del OSS, donde trabajaron numerosos bibliotecarios, archivistas y académicos. Su labor consistía en recopilar información procedente de fuentes abiertas —libros, periódicos, informes técnicos, revistas científicas, mapas y estadísticas económicas— para construir análisis detallados sobre los países implicados en la guerra. Su formación profesional, centrada en la clasificación y recuperación eficiente de información, se convirtió en una ventaja estratégica en un contexto en el que la “guerra de la información” era tan relevante como el conflicto militar directo.
El artículo subraya que estos profesionales no solo trabajaron en bibliotecas o centros de análisis en Estados Unidos, sino que muchos fueron enviados a Europa y otros territorios con misiones de campo. Allí debían localizar, copiar y preservar documentos clave, en muchos casos utilizando microfilm, una tecnología esencial para la época. También recuperaban publicaciones restringidas o censuradas en territorios ocupados, lo que permitía acceder a datos sobre infraestructuras, producción industrial, movimientos logísticos o estructuras políticas de los países enemigos. Esta labor combinaba investigación académica con prácticas propias del espionaje, aunque muchas veces se realizaba bajo la cobertura de actividades culturales o documentales.
El texto destaca asimismo la dimensión humana y de riesgo de estas operaciones. Algunos bibliotecarios trabajaron en condiciones de gran presión, con vigilancia constante y peligro de detención. Figuras como Adele Kibre simbolizan este perfil híbrido entre intelectual y agente de inteligencia, capaz de operar en entornos hostiles utilizando habilidades de análisis documental más que armamento o espionaje tradicional. Esta transformación del rol bibliotecario demuestra cómo la guerra amplió los límites de las profesiones vinculadas a la información.
El artículo destaca las consecuencias a largo plazo de esta colaboración entre bibliotecas e inteligencia militar. Tras la guerra, se reforzó la percepción de que la gestión de la información era un recurso estratégico para los Estados modernos. Esto contribuyó a una mayor inversión en bibliotecas, archivos y sistemas de documentación, y a la consolidación de disciplinas como la ciencia de la información. En este sentido, la experiencia de la Segunda Guerra Mundial no solo transformó el papel de los bibliotecarios, sino que ayudó a redefinir la importancia política y estratégica del conocimiento organizado en la sociedad contemporánea.
American Library Association (ALA). “Leading Public Library Groups Call for E-book Action.” American Library Association News, 26 de mayo de 2026. Disponible en: American Library Association (ALA)
Las principales organizaciones que representan a las bibliotecas públicas de Estados Unidos y Canadá han emitido una declaración conjunta reclamando cambios urgentes en los modelos de licencia y precios de los libros electrónicos. Entre las entidades firmantes se encuentran la Urban Libraries Council, la Public Library Association, la Canadian Urban Libraries Council, la Chief Officers of State Library Agencies y la Association for Rural & Small Libraries. Estas organizaciones sostienen que el crecimiento exponencial de la demanda de contenidos digitales está generando una presión financiera insostenible sobre las bibliotecas públicas.
El principal problema señalado es la diferencia entre la adquisición de libros impresos y la de libros electrónicos. Mientras que una biblioteca puede comprar un libro físico y prestarlo indefinidamente, los libros electrónicos suelen estar sujetos a licencias temporales o a límites de préstamos. Además, los precios que pagan las bibliotecas son considerablemente más altos que los que paga un consumidor individual. Según el comunicado, un lector puede adquirir un libro electrónico por unos 13 dólares, mientras que una biblioteca puede verse obligada a pagar 55 dólares o más por una licencia con una duración limitada.
El documento destaca que esta situación afecta directamente a la capacidad de las bibliotecas para garantizar un acceso equitativo a la lectura y al conocimiento. Las largas listas de espera para obtener títulos populares y el aumento constante de los costes dificultan que las bibliotecas cumplan su misión de promover la alfabetización, el aprendizaje permanente y el descubrimiento de nuevos autores. Los responsables de las organizaciones firmantes subrayan que las bibliotecas son actores fundamentales dentro del ecosistema editorial y que contribuyen significativamente a la difusión de obras y autores entre el público lector.
Como ejemplo de esta problemática, se menciona el caso de la novela Onyx Storm de Rebecca Yarros. Una biblioteca pública del condado de Jefferson destinó aproximadamente 3.300 dólares a la compra de 166 ejemplares impresos, mientras que gastó alrededor de 22.000 dólares en licencias de libros electrónicos del mismo título. Este caso ilustra cómo el acceso digital, lejos de reducir costes, puede representar una carga presupuestaria mucho mayor para las bibliotecas.
Las organizaciones firmantes no plantean una confrontación con editoriales y proveedores, sino una invitación al diálogo para desarrollar modelos sostenibles que beneficien a todas las partes implicadas. Reclaman precios más razonables, condiciones de préstamo más equilibradas y acuerdos que permitan a las bibliotecas seguir desempeñando su función social sin comprometer la viabilidad económica de sus servicios digitales. El objetivo final es garantizar que el acceso a los libros electrónicos y audiolibros siga siendo un derecho efectivo para todos los ciudadanos, independientemente de su capacidad económica o lugar de residencia.