Las bibliotecas públicas estadounidenses, en el punto de mira: censura, presión política e intimidación

PEN America. Out of Circulation: Expanding Censorship in Public Libraries. Nueva York: PEN America, 1 de septiembre de 2026.

Informe original: Out of Circulation – PEN America

El informe sostiene que las bibliotecas públicas estadounidenses se encuentran ante una situación crítica debido al aumento de los intentos de censura, la presión política, los recortes presupuestarios y el acoso a los profesionales. Para PEN America, el problema ya no se limita a la retirada de determinados libros de las colecciones, sino que afecta al funcionamiento general de las bibliotecas como espacios públicos destinados a garantizar el acceso libre y plural a la información, las ideas y la cultura. La organización considera que estas presiones representan una amenaza para valores fundamentales como la libertad de expresión, la libertad individual y la igualdad.

Uno de los principales focos de preocupación es el incremento de las prohibiciones y restricciones de libros. Según los datos citados por PEN America, en 2025 el 51 % de los intentos de prohibición de libros documentados por la American Library Association se produjeron en bibliotecas públicas. Los títulos afectados están especialmente relacionados con cuestiones de orientación sexual, identidad de género, raza y racismo. El informe destaca que estas campañas suelen presentarse bajo argumentos relacionados con la protección de los menores o contra supuestos contenidos «sexualmente explícitos», pero considera que sus efectos recaen de manera desproporcionada sobre autores, personajes y comunidades históricamente marginadas.

PEN America advierte además de que la censura está adoptando formas más sofisticadas que la simple retirada de libros. Entre ellas se encuentran la obligación de trasladar determinados títulos a secciones destinadas a lectores de mayor edad, la colocación de etiquetas o advertencias, la retirada de libros de exposiciones y la prohibición o modificación de actividades bibliotecarias. Estas prácticas pueden reducir significativamente la visibilidad y accesibilidad de determinadas obras aunque formalmente permanezcan en la colección. El informe considera especialmente preocupante la reclasificación de libros infantiles y juveniles relacionados con cuestiones LGBTQ+, raza, género, salud o sexualidad, porque introduce barreras de acceso que pueden estigmatizar determinados contenidos.

Otro aspecto destacado es la interferencia política en la programación de las bibliotecas. PEN America documenta casos de cancelación o presión sobre horas del cuento, encuentros con autores y otras actividades cuando abordan cuestiones consideradas políticamente controvertidas. Entre los ejemplos aparecen actos relacionados con perspectivas palestinas o propalestinas y actividades vinculadas con la comunidad LGBTQ+. Las bibliotecas también han sufrido protestas y amenazas, incluidas amenazas de bomba, por organizar actividades como las conocidas Drag Story Hours. Para PEN America, estas presiones convierten la programación cultural de las bibliotecas en otro frente de la batalla por el control ideológico de los espacios públicos.

El informe dedica igualmente una atención especial a la transformación de los sistemas de gobierno de las bibliotecas. En distintos lugares se han producido cambios que, según PEN America, reducen la independencia de los órganos bibliotecarios y aumentan la capacidad de los gobiernos locales para intervenir directamente en la gestión y en las decisiones profesionales. El informe señala casos en los que se han modificado las competencias de los consejos bibliotecarios, se han sustituido miembros de estos órganos o incluso se han disuelto consejos después de que adoptaran decisiones contrarias a las demandas de grupos políticos. La organización considera que esta politización puede debilitar la autonomía profesional de los bibliotecarios y convertir las colecciones en objeto de intervención partidista.

A la presión sobre las colecciones y la gestión se suma una creciente presión económica mediante amenazas de retirada de financiación. PEN America documenta situaciones en las que gobiernos estatales o locales han condicionado la financiación pública al cumplimiento de determinadas políticas relacionadas con los libros y las colecciones. El informe también señala el conflicto en torno al Institute of Museum and Library Services (IMLS), cuya financiación federal ha sufrido importantes amenazas y recortes. Para PEN America, utilizar los recursos económicos como mecanismo de presión puede limitar la capacidad de las bibliotecas para defender su independencia y cumplir su misión pública.

Una de las partes más preocupantes del informe se refiere al acoso, las amenazas y la intimidación de los bibliotecarios. Los profesionales reciben ataques en redes sociales, llamadas telefónicas, insultos y amenazas en reuniones públicas y actos bibliotecarios. En algunos casos extremos se ha producido doxing, es decir, la publicación de información personal de los trabajadores con el objetivo de intimidarlos. PEN America recoge también situaciones de confrontación deliberada destinadas a ser grabadas y difundidas posteriormente en redes sociales. Todo ello genera un clima de inseguridad que puede afectar tanto a la vida profesional como personal de los bibliotecarios.

El informe advierte de que esta situación puede producir un fenómeno especialmente peligroso: la autocensura. Cuando un bibliotecario sabe que una decisión sobre una colección, una exposición o una actividad puede provocar una campaña de acoso, una amenaza de financiación o incluso consecuencias legales o laborales, puede terminar evitando determinados contenidos aunque sean relevantes para la comunidad. De este modo, la censura no necesita materializarse siempre en una prohibición formal: el miedo y la presión pueden conseguir que determinadas voces, autores o temas desaparezcan progresivamente de los espacios públicos.

El préstamo digital de las bibliotecas puede estar reduciendo las ventas comerciales de libros

Association of American Publishers (AAP), New Study Analyzes the Impact of Library E-Lending on Commercial Book Markets, 1 de septiembre de 2026. El estudio, titulado An Empirical Study of the Impact of Library E-Lending on the Book Economy, ha sido elaborado por los economistas Jéssica Dutra, Ph.D., y Robert Stoner, Ph.D., de Secretariat Advisors, a iniciativa conjunta de la AAP y la Authors Guild.

Informe

El préstamo digital bibliotecario no solo facilita el acceso a los libros, sino que, especialmente en títulos recientes y superventas, puede sustituir parte de las compras comerciales; por ello, sus autores defienden que las condiciones del e-lending deben establecerse mediante acuerdos de licencia y no mediante intervenciones legislativas que alteren el mercado.

El estudio analiza cómo el fuerte crecimiento del préstamo de libros electrónicos y audiolibros en las bibliotecas públicas estadounidenses está afectando al mercado comercial del libro, es decir, a las ventas realizadas directamente a los consumidores. Su principal conclusión es que existe evidencia económica significativa de una sustitución directa entre el préstamo digital de las bibliotecas y las ventas comerciales, especialmente en determinados momentos de la vida comercial de un libro. Según los autores, cuando resulta muy sencillo acceder gratuitamente a un libro electrónico a través de una aplicación bibliotecaria, una parte de los lectores que potencialmente habría adquirido ese título puede optar por tomarlo en préstamo.

Uno de los datos más llamativos del estudio es la estimación de que las ventas de libros impresos para consumidores disminuyen aproximadamente entre un 0,85 % y un 1 % por cada punto porcentual que aumenta la proporción de libros electrónicos dentro de las colecciones de las bibliotecas públicas. El efecto sería especialmente acusado en la ficción para adultos. Los investigadores sostienen además que la relación no se limita a una posible sustitución entre formatos: un lector puede preferir comprar un libro impreso y, sin embargo, decidir leerlo digitalmente cuando tiene acceso inmediato y gratuito a través de la biblioteca. La facilidad de las aplicaciones de préstamo, disponibles las 24 horas y con pocos pasos para obtener un título, reforzaría este comportamiento.

El trabajo presta especial atención a los primeros meses de comercialización de los libros, cuando las ventas pueden resultar especialmente importantes para autores y editoriales. Según el estudio, existe evidencia de sustitución dentro del mismo título entre los préstamos digitales y las ventas minoristas, y este efecto resulta particularmente relevante durante las primeras etapas del ciclo comercial. En el caso de los superventas, los investigadores consideran que el préstamo bibliotecario digital no actuaría fundamentalmente como un mecanismo de descubrimiento que posteriormente impulse las compras, sino que puede sustituir directamente algunas ventas de libros electrónicos a escala nacional.

A partir de estos resultados, la AAP y la Authors Guild cuestionan las iniciativas legislativas que varios estados estadounidenses han impulsado para regular las condiciones económicas del préstamo de libros electrónicos en las bibliotecas. Algunas de estas propuestas pretenden limitar los precios de las licencias, modificar las condiciones de adquisición o impedir determinadas restricciones sobre el número de préstamos o copias disponibles. La industria editorial sostiene que estas intervenciones podrían alterar un mercado que hasta ahora se ha organizado mediante negociaciones entre bibliotecas, editoriales y proveedores de contenidos digitales. El estudio argumenta que facilitar aún más el acceso bibliotecario a los libros electrónicos podría incrementar el efecto de sustitución sobre las ventas comerciales.

Otro elemento importante es la situación presupuestaria de las bibliotecas. El informe señala que sus presupuestos de adquisiciones no han aumentado de manera significativa, a pesar de que se les exige mantener simultáneamente colecciones impresas y digitales. En este contexto, el desplazamiento del gasto desde los libros impresos hacia las licencias digitales puede tener consecuencias sobre el conjunto del ecosistema editorial. La AAP y la Authors Guild defienden, por ello, que la solución no debería consistir en modificar artificialmente las condiciones de comercialización de los libros electrónicos, sino en incrementar la financiación pública de las bibliotecas para que puedan ampliar sus colecciones sin generar una presión adicional sobre el mercado comercial.

El informe sitúa así el debate dentro de una cuestión más amplia: ¿cómo debe equilibrarse la misión pública de las bibliotecas con la sostenibilidad económica de autores, editoriales y librerías en un mercado cada vez más digital? Para la AAP y la Authors Guild, ambos objetivos son compatibles y no deberían plantearse como una elección entre acceso público y derechos de autor. Defienden un sistema basado en la negociación entre las partes y en la aparición de nuevos modelos de negocio capaces de adaptarse a las características del mercado digital.

No obstante, resulta importante tener en cuenta quién encarga y presenta el estudio. Aunque la investigación fue realizada de manera independiente por los economistas de Secretariat Advisors y la AAP afirma que los análisis y conclusiones pertenecen a esa firma, el trabajo fue solicitado conjuntamente por la Association of American Publishers y la Authors Guild, organizaciones directamente interesadas en defender los ingresos derivados de la explotación comercial de las obras. Por ello, sus resultados son especialmente relevantes para el debate, pero también conviene interpretarlos dentro de este contexto y contrastarlos con investigaciones procedentes de bibliotecas, investigadores independientes y otros actores del ecosistema del libro.

En definitiva, el estudio aporta datos cuantitativos a una discusión que hasta ahora había estado dominada en buena medida por posiciones enfrentadas sobre el préstamo digital. Su tesis central es que el e-lending bibliotecario no siempre funciona únicamente como una vía de descubrimiento o promoción de libros, sino que, en determinadas circunstancias, puede sustituir compras que de otro modo se producirían en el mercado comercial. Para las bibliotecas, el desafío será encontrar modelos de adquisición y licencia que permitan garantizar un acceso amplio y equitativo a los contenidos digitales sin poner en riesgo la sostenibilidad de la producción editorial. El debate resulta especialmente significativo en un momento en que los formatos digitales, los audiolibros y las plataformas de préstamo están transformando simultáneamente los hábitos de lectura, la economía editorial y la propia función de las bibliotecas públicas.

Hallazgos clave del estudio:

  • Crecimiento acelerado del préstamo digital.
  • Cambio en los hábitos de los lectores.
  • Existe sustitución entre préstamo y compra.
  • Impacto cuantificable sobre el libro impreso.
  • Mayor efecto en los libros más recientes.
  • Los bestsellers presentan un comportamiento particular.
  • Las licencias son el mecanismo de equilibrio.
  • Crítica a la intervención legislativa estatal.
  • Riesgo para el ecosistema editorial.
  • El problema presupuestario de las bibliotecas permanece. digital collections.”

El fin del libro

Desde hace más de un siglo asistimos a una curiosa paradoja: cada vez que aparece una nueva tecnología, alguien anuncia que ha llegado el momento de despedirnos de los libros.

En 1913, Thomas Edison afirmaba que «los libros pronto serán obsoletos en las escuelas públicas». Décadas después, en 1972, Marshall McLuhan sostenía que «los libros se están volviendo obsoletos». En 2008, Steve Jobs aseguraba que «la realidad es que la gente ya no lee». Y en 2012, Philip Roth fue todavía más contundente: «La pantalla matará al lector, y así ha sido».

Ahora, en 2026, volvemos a escuchar argumentos similares. Un artículo reciente de The Atlantic llega a describir la era de la lectura como un «breve interludio entre la era oral y la digital».

La historia, sin embargo, parece empeñada en llevar la contraria a todos estos pronósticos.

Porque cada nueva pantalla iba a acabar con el libro. Primero fue el cine; después, la radio; más tarde, la televisión; luego llegaron los videojuegos, Internet, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial. Cada tecnología parecía destinada a ocupar el lugar de la lectura. Y, sin embargo, los libros siguen aquí.

Las cifras ofrecen una imagen bastante diferente de la anunciada desaparición. En Estados Unidos se vendieron el año pasado alrededor de 762 millones de libros impresos y se abrieron 422 nuevas librerías. En el Reino Unido, la ficción alcanzó su mejor resultado desde que existen registros. En Australia, las ventas crecieron por primera vez desde 2022. Y, a escala internacional, las ventas de libros aumentaron en once de los diecinueve mercados analizados.

Quizá el problema no sea que la gente haya dejado de leer, sino que algunos han confundido sus propios hábitos con los hábitos de toda una sociedad.

La lectura está cambiando, por supuesto. Cambian los formatos, los dispositivos, los tiempos y las maneras de acceder a los textos. Leemos en papel, en pantallas, en teléfonos, en tabletas y escuchamos libros mientras caminamos o viajamos. Pero cambiar la forma de leer no significa necesariamente dejar de leer.

El libro tampoco es únicamente un objeto. Es una tecnología cultural extraordinariamente resistente, capaz de adaptarse a nuevos entornos sin desaparecer. Y la lectura continúa siendo una de las herramientas fundamentales para comprender el mundo, desarrollar el pensamiento crítico, imaginar otras vidas y conversar con quienes estuvieron antes que nosotros.

Por eso, cuando alguien vuelva a preguntarte con cierta sorpresa: «¿Todavía lees libros? ¿En 2026?», quizá la mejor respuesta sea simplemente sonreír.

Sí. Todavía leemos.

Y, contra todos los pronósticos, seguimos haciéndolo.

Porque la historia del libro no es la historia de una tecnología que se resiste a morir. Es la historia de una cultura que, una y otra vez, encuentra nuevas formas de sobrevivir.

Vincent Phan – Founder, 1000 Libraries

Después de 2.000 años, la inteligencia artificial vuelve a dar voz a los libros sepultados por el Vesubio

1000 Libraries Magazine. (30 de agosto de 2026). “After 2,000 Years, Lost Books Buried by a Volcano Are Finally Being Read”. 1000 Libraries Magazine, sección History.

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El artículo presenta uno de los proyectos más fascinantes de la arqueología digital contemporánea: la recuperación de los rollos de Herculano, una extraordinaria colección de papiros que sobrevivió a la erupción del Vesubio en el año 79 d. C.

Los manuscritos pertenecían a la llamada Villa de los Papiros, cuya biblioteca constituye una de las pocas bibliotecas de la Antigüedad clásica que han llegado hasta nosotros. El calor extremo de la erupción carbonizó los papiros, transformándolos en frágiles bloques negros que, aunque destruidos aparentemente como libros legibles, conservaron en su interior los textos. Durante siglos se intentó desenrollarlos físicamente, pero estas intervenciones provocaron daños e incluso la destrucción de algunos ejemplares.

El gran cambio ha llegado gracias a la combinación de tomografía de rayos X, aceleradores de partículas, visión por ordenador e inteligencia artificial. En lugar de abrir los rollos, los investigadores pueden realizar imágenes tridimensionales de su interior y reconstruir digitalmente las diferentes capas de papiro. Este procedimiento, conocido como “desenrollado virtual”, permite separar y aplanar digitalmente las capas superpuestas del manuscrito. Posteriormente, los algoritmos de aprendizaje automático buscan las diminutas diferencias producidas por la tinta sobre las fibras del papiro carbonizado. La dificultad es enorme porque la tinta utilizada era fundamentalmente de carbono y, por tanto, resulta muy similar al propio material carbonizado del rollo en las imágenes de rayos X.

La tecnología no funciona, sin embargo, como una máquina que simplemente «lee» los manuscritos. La IA detecta patrones que pueden corresponder a tinta, mientras que la reconstrucción del texto y su interpretación corresponden a especialistas en papirología, filología clásica e historia antigua. Esta colaboración entre disciplinas es fundamental: los algoritmos permiten localizar señales prácticamente invisibles para el ojo humano, pero son los investigadores quienes deben determinar qué letras aparecen, reconstruir las palabras y comprender su significado. El proyecto constituye así un ejemplo especialmente interesante de cómo la inteligencia artificial puede actuar como una herramienta de descubrimiento científico sin sustituir el conocimiento experto.

Uno de los proyectos fundamentales en este proceso es el Vesuvius Challenge, que puso a disposición de investigadores y participantes de todo el mundo imágenes y herramientas informáticas para acelerar la recuperación de los textos. La iniciativa ha convertido un problema arqueológico aparentemente imposible en un desafío interdisciplinar de aprendizaje automático, visión artificial y geometría computacional. En 2026 se alcanzó un hito extraordinario: el rollo PHerc. 1667 se convirtió en el primero de Herculano que pudo ser desenrollado virtualmente y leído de principio a fin. El proyecto continúa trabajando para recuperar muchos más textos de una colección que todavía contiene centenares de rollos sin abrir.

El descubrimiento tiene una importancia que va mucho más allá de la tecnología. Los papiros pueden contener obras filosóficas, literarias e históricas que se han perdido en la transmisión tradicional de la cultura clásica. La biblioteca de Herculano ofrece, por tanto, la posibilidad de recuperar una parte desconocida del pensamiento antiguo y ampliar nuestro conocimiento sobre la filosofía, la literatura y la cultura grecorromanas. Cada nuevo fragmento recuperado puede aportar información sobre autores y obras de los que solo conocemos referencias indirectas o que permanecían completamente desconocidos. La tecnología permite así convertir lo que durante siglos parecía un conjunto de objetos carbonizados e ilegibles en una auténtica biblioteca digital recuperable.

El caso también resulta especialmente significativo desde la perspectiva de las bibliotecas y la preservación del patrimonio documental. La recuperación de estos manuscritos demuestra que digitalizar no significa únicamente hacer una fotografía de un documento, sino desarrollar nuevas tecnologías capaces de revelar información que físicamente no puede ser consultada. Bibliotecarios, científicos, especialistas en humanidades digitales, ingenieros e investigadores trabajan conjuntamente para preservar y hacer accesibles materiales que, de otro modo, permanecerían ocultos. En este sentido, los rollos de Herculano constituyen un magnífico ejemplo de cómo la tecnología puede ampliar las posibilidades de conservación, investigación y acceso al patrimonio escrito.

El proyecto del Vesubio demuestra que la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinaria para recuperar conocimiento perdido: no abre físicamente los libros, sino que permite «ver» dentro de ellos, reconstruir sus páginas y ayudar a los especialistas a recuperar textos que llevan casi dos milenios esperando ser leídos. La combinación de patrimonio, bibliotecas, ciencia

El arte de cobrar más por las bases de datos científicas a universidades a través de las clápsulas de confidencialidad

Thornton, Joel y Curtis Brundy. (26 de febrero de 2025). Academic Databases and the Art of the Overcharge. Katina Magazine, sección Open Knowledge. Artículo original en Katina Magazine

El artículo analiza la falta de transparencia en los precios que las grandes empresas proveedoras de bases de datos académicas cobran a las bibliotecas universitarias. Los autores, Joel Thornton y Curtis Brundy, sostienen que editoriales y proveedores como Clarivate, Elsevier y la American Chemical Society pueden aplicar estrategias de discriminación de precios, cobrando cantidades diferentes a instituciones aparentemente comparables. El problema se ve agravado porque los contratos suelen incluir cláusulas de confidencialidad que impiden a las bibliotecas conocer cuánto pagan otras instituciones, generando una importante asimetría de información que favorece al proveedor durante las negociaciones.

Para demostrarlo, los autores recopilaron datos de precios de tres importantes recursos: Web of Science, Scopus y SciFinder, utilizando principalmente solicitudes de información pública realizadas a bibliotecas pertenecientes a la Association of Research Libraries, además de datos proporcionados directamente por algunas instituciones. El conjunto de datos permite comparar lo que distintas universidades pagan por estos productos y analizar si las diferencias pueden explicarse por factores objetivos como el número de estudiantes, el presupuesto de la biblioteca, la producción científica o el gasto en investigación. La conclusión general es que ninguno de estos factores explica suficientemente las enormes diferencias de precios.

En el caso de Web of Science, la comparación resulta especialmente complicada porque Clarivate comercializa diferentes productos y servicios que pueden aparecer agrupados en paquetes. Esta práctica de bundling dificulta saber cuánto cuesta realmente cada componente y hace mucho más difícil comparar instituciones. Los datos muestran diferencias muy importantes: por ejemplo, algunas universidades pagan varias veces más que otras por productos similares. Además, el precio por estudiante no guarda una relación estable con el tamaño de la universidad ni con el gasto total de la biblioteca, lo que cuestiona la idea de que exista una fórmula objetiva y transparente para determinar el coste de las licencias.

El análisis de Scopus, de Elsevier, ofrece resultados similares. Las diferencias de precio por estudiante son considerables y tampoco parecen explicarse por el presupuesto de las bibliotecas. Los autores encuentran además una relación inversa entre producción científica y precio por publicación: las instituciones con mayor producción investigadora tienden, en determinados casos, a pagar menos por publicación que instituciones con menor producción. Esto contradice la posible justificación de que los precios más elevados respondan simplemente a una mayor intensidad investigadora y refuerza la hipótesis de que el precio depende en buena medida de la disposición a pagar de cada institución.

Los resultados obtenidos para SciFinder, de la American Chemical Society, siguen el mismo patrón. Tampoco aquí el número de estudiantes ni el presupuesto bibliotecario explican adecuadamente las diferencias de precio. De nuevo, las instituciones con mayor producción científica pueden terminar pagando menos por artículo que otras con menor producción. Para los autores, estos resultados constituyen nuevas evidencias de que las diferencias de precio no responden necesariamente a criterios objetivos, sino a una estrategia comercial que permite al proveedor determinar cuánto está dispuesto a pagar cada cliente.

La parte más práctica del artículo explica qué pueden hacer las bibliotecas para cambiar esta situación. Thornton y Brundy recomiendan recopilar datos comparativos, conocer cuánto pagan instituciones similares y utilizar esa información como herramienta de negociación. Su propia experiencia demuestra que puede funcionar: Iowa State University utilizó los datos disponibles para demostrar que estaba pagando demasiado por SciFinder y consiguió negociar una reducción del 12,5 % del precio. También aconsejan exigir que los paquetes de Web of Science desglosen sus diferentes productos, revisar cuidadosamente las denominadas tasas tecnológicas y detectar cargos que otras instituciones no están pagando.

Además, el artículo plantea un problema estructural: las bibliotecas negocian en condiciones de desigualdad porque los proveedores controlan buena parte de la información sobre los precios. Los autores recuerdan que hace quince años la Association of Research Libraries ya recomendaba evitar acuerdos que impidieran compartir precios y condiciones, pero la situación continúa siendo difícil. Por ello, defienden que las bibliotecas reclamen la eliminación de las cláusulas de confidencialidad y compartan información sobre costes, contratos y condiciones. El conjunto de datos presentado es, según los propios autores, apenas una «linterna» que ilumina una pequeña parte de una habitación mucho más oscura: si las bibliotecas dispusieran de información sistemática sobre los precios, podrían negociar desde una posición mucho más fuerte.

La falta de transparencia en los precios de las bases de datos académicas puede debilitar enormemente la capacidad negociadora de las bibliotecas. Compartir precios y condiciones entre instituciones, eliminar las cláusulas de confidencialidad y utilizar datos comparativos puede convertirse en una herramienta fundamental para contener los costes de recursos esenciales como Web of Science, Scopus y SciFinder.

Cuando la IA hace los deberes de aprender

Malespina, Elissa. (1 de septiembre de 2026). If AI Is Feeding Students Their Subjects, We Are Doing It Wrong. The AI School Librarian, Substack.

Artículo original

La IA debe apoyar el pensamiento del estudiante, no sustituirlo, y complementar, nunca reemplazar, al profesor; su uso educativo plantea además quién decide qué información reciben los alumnos y qué perspectivas quedan fuera, convirtiéndose en una cuestión de poder, acceso al conocimiento y pluralidad informativa. En este contexto, la biblioteca y los bibliotecarios desempeñan un papel fundamental al enseñar a los estudiantes a buscar, evaluar, contrastar, cuestionar y utilizar críticamente la información.

Se plantea una crítica de fondo al uso de la inteligencia artificial en la educación a partir de una expresión utilizada por la secretaria de Educación de Estados Unidos, Linda McMahon, al describir el modelo educativo de Alpha School, en Austin: los estudiantes estarían «recibiendo» o «siendo alimentados» con sus asignaturas mediante sistemas informáticos. Para la autora, esta formulación revela un riesgo importante: convertir la educación en un proceso de entrega automatizada de contenidos, en el que el alumno se limita a recibir información seleccionada por un sistema. Malespina recuerda que aprender no consiste simplemente en recibir información, sino en formular preguntas, establecer conexiones, equivocarse, revisar las propias ideas, contrastar fuentes, argumentar y relacionarse con otras personas.

La autora no rechaza la utilización de la IA en las aulas, sino que establece una diferencia fundamental entre utilizarla para apoyar el pensamiento del estudiante y utilizarla para sustituirlo. Una herramienta de IA puede explicar nuevamente un concepto difícil, generar preguntas de investigación, adaptar la dificultad de los ejercicios, proporcionar retroalimentación o permitir que un estudiante contraste una respuesta con fuentes fiables. En estos casos, la tecnología puede potenciar el aprendizaje porque el alumno continúa realizando el trabajo intelectual. El problema aparece cuando la IA se convierte fundamentalmente en un mecanismo de consumo de contenidos, haciendo que el estudiante sea cada vez más un receptor y menos un investigador, creador y evaluador de información.

Otro de los argumentos centrales es que una IA educativa no equivale a un profesor humano. Aunque puede ofrecer explicaciones personalizadas, responder inmediatamente y adaptar el nivel de dificultad, carece de buena parte del conocimiento contextual y relacional que caracteriza a la enseñanza. El profesor puede detectar que un alumno ha perdido confianza, interpretar un error como síntoma de una concepción equivocada, saber cuándo debe insistir o cuándo necesita modificar completamente una actividad. Para Malespina, enseñar implica mucho más que proporcionar la explicación adecuada: implica relaciones humanas, criterio, contexto y conocimiento del estudiante concreto.

El artículo introduce además una cuestión especialmente relevante para las bibliotecas y la alfabetización informacional: quién decide qué información recibe el estudiante. Si los alumnos pasan buena parte de su jornada escolar aprendiendo a través de sistemas de IA, alguien debe determinar qué contenidos, fuentes, autores y perspectivas utiliza el sistema. Esa selección puede estar condicionada por las empresas proveedoras, los distritos escolares, las administraciones educativas o los diseñadores curriculares. Por ello, la cuestión deja de ser exclusivamente pedagógica y se convierte también en una cuestión de poder, acceso al conocimiento y pluralidad informativa: ¿qué perspectivas incorpora la IA?, ¿cuáles considera autorizadas?, ¿qué fuentes quedan fuera? y ¿qué ocurre cuando el estudiante formula una pregunta que se encuentra fuera del currículo establecido?

Malespina cuestiona también una de las grandes promesas de la IA educativa: la personalización. Que un sistema adapte el ritmo, el nivel de lectura, los ejemplos o las preguntas a cada alumno no significa necesariamente que exista mayor libertad intelectual. Es posible ofrecer 500 itinerarios personalizados a 500 estudiantes y, al mismo tiempo, mantenerlos dentro de un conjunto de información estrictamente delimitado. La personalización puede modificar la forma en que se presenta el conocimiento sin modificar quién decide qué conocimiento está disponible. Por ello, la autora advierte de que una experiencia aparentemente individualizada puede esconder un sistema altamente centralizado de control de la información.

Aquí adquiere especial protagonismo la biblioteca escolar y el papel de los bibliotecarios. Frente a un modelo basado en proporcionar respuestas, la biblioteca enseña a los estudiantes a buscar, evaluar, contrastar, cuestionar y utilizar la información. En un entorno dominado por la IA, estas competencias adquieren todavía mayor importancia: los alumnos necesitan aprender a rastrear una afirmación hasta su fuente original, valorar la calidad de las evidencias, detectar perspectivas ausentes y comprender que la primera respuesta que proporciona una herramienta de IA no tiene por qué ser la mejor. Además, la biblioteca ofrece algo difícil de reproducir mediante un sistema de recomendación: la posibilidad de descubrir información no seleccionada previamente, encontrar un libro inesperado o entrar en contacto con una idea que contradiga lo que el estudiante creía saber.

La conclusión de Malespina es clara: el objetivo no debería ser utilizar la IA para hacer más eficiente la entrega de la educación, sino para proporcionar mejores herramientas con las que los estudiantes puedan desarrollar el trabajo intelectual de aprender. La IA puede formar parte de las aulas, pero debe utilizarse para generar preguntas, investigar, comparar respuestas, comprobar hechos, analizar sesgos y revisar trabajos, manteniendo al estudiante como protagonista del proceso cognitivo. En este sentido, el artículo defiende una concepción de la alfabetización en IA muy próxima a la alfabetización informacional: no se trata únicamente de saber utilizar una herramienta, sino de comprender sus respuestas, cuestionarlas, contrastarlas y mantener el control humano sobre el aprendizaje y sobre el acceso al conocimiento.

El laboratorio invisible de la publicación científica en América Latina: experiencias, desafíos y prácticas editoriales

Roman-Acosta, D., Artigas Morales, W., Linares Morales, J. A., Romero Pérez, N., Pérez de Hernández, A., Kligmann, D. M., Spengler, G., Salas Zendejo, D., Hernández Gutiérrez, K. A., Sánchez-Urdaneta, A. B., Giniebra Urra, R., & Paz Enrique, L. E. (2026). The Invisible Laboratory: Publishing Experiences in the Latin American Context. Editorial PLAGCIS. DOI: 10.69821/978-628-97750-0-

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Se adentra en la parte menos visible de la comunicación científica: todo el trabajo, las decisiones, los problemas y los aprendizajes que existen detrás de cada artículo publicado. El libro reúne las experiencias de editores, investigadores y gestores editoriales de diferentes países latinoamericanos para mostrar cómo se construye y mantiene una publicación científica, especialmente en el contexto de las revistas de acceso abierto. Su planteamiento parte de una idea fundamental: publicar ciencia no consiste únicamente en recibir y difundir artículos, sino que implica un complejo entramado de evaluación, edición, gestión, tecnología, ética, coordinación de personas y garantía de la calidad científica.

La obra está estructurada en siete capítulos que recorren buena parte del ecosistema editorial contemporáneo. Aborda desde los primeros pasos de quien comienza a ejercer como editor científico hasta cuestiones relacionadas con la revisión por pares, la gestión de conflictos y crisis editoriales, la ética y la curaduría de contenidos, la renovación de los equipos de las revistas y la administración técnica de plataformas como Open Journal Systems (OJS). También dedica especial atención al futuro del acceso abierto, examinando cuestiones como la sostenibilidad, la equidad y la transformación del ecosistema científico.

Uno de los aspectos más interesantes del libro es que no pretende ser simplemente un manual técnico. Sus autores utilizan sus propias experiencias para convertir la práctica editorial en conocimiento compartido. El editor aparece así como una figura que debe combinar competencias científicas, técnicas, organizativas y éticas, mientras que la gestión de una revista se presenta como un proceso colectivo que requiere coordinación entre autores, revisores, editores, gestores y personal técnico. Esta perspectiva resulta especialmente relevante en América Latina, donde el acceso abierto constituye una pieza importante de las políticas de comunicación científica y donde muchas revistas desarrollan su actividad dentro de modelos institucionales y no comerciales.

El libro presta asimismo atención a los cambios provocados por la transformación digital y la inteligencia artificial. La digitalización ha modificado profundamente la producción, gestión y difusión de las revistas científicas, mientras que herramientas como OJS han convertido la gestión editorial en un proceso cada vez más dependiente de infraestructuras tecnológicas. A ello se suman nuevos retos relacionados con la inteligencia artificial, la integridad científica, la evaluación y la sostenibilidad de las publicaciones. En este contexto, conocer la «trastienda» de las revistas resulta esencial para comprender cómo garantizar la calidad, la transparencia y la integridad de la comunicación científica.

En conjunto, la obra ofrece una visión muy útil y práctica de la edición científica desde la perspectiva de quienes trabajan dentro de ella, poniendo en valor un trabajo que habitualmente permanece oculto para los lectores. Su principal aportación consiste en hacer visible ese «laboratorio invisible» en el que se toman decisiones editoriales, se gestionan revisiones, se resuelven conflictos, se mantienen plataformas tecnológicas y se construyen políticas de acceso abierto. Por ello, puede resultar especialmente interesante para quienes trabajan en bibliotecas universitarias, servicios de apoyo a la investigación, revistas científicas, edición académica y ciencia abierta, así como para investigadores que quieran comprender mejor qué ocurre con sus trabajos desde que los envían hasta que finalmente llegan a los lectores.

Bibliotecas públicas y vivienda asequible: hacia una nueva infraestructura cívica integrada

Cohen, A. “Integrating Library Infrastructure & Housing Concept”. Library Planning Consultant, 27 de julio de 2026; actualizado el 29 de julio de 2026. Artículo original

El texto propone una nueva concepción de la biblioteca como infraestructura social integrada en el desarrollo urbano. La biblioteca del futuro puede formar parte de complejos residenciales y comunitarios donde vivienda, conocimiento, tecnología, cultura y servicios públicos convivan en un mismo entorno. El éxito del modelo dependerá de conseguir una utilización extremadamente eficiente del suelo y de los recursos, pero sin sacrificar la calidad de los espacios bibliotecarios ni su relación con el barrio. La idea más relevante es que la planificación de una biblioteca ya no puede limitarse al edificio: debe considerar cómo ese edificio contribuye a construir comunidad, resolver necesidades sociales y crear nuevos modelos de ciudad.

El artículo plantea una propuesta innovadora para el urbanismo y la planificación de las bibliotecas públicas: integrar en un mismo proyecto bibliotecas y viviendas asequibles. La idea responde a dos problemas simultáneos de muchas ciudades: la escasez de vivienda y el envejecimiento de buena parte de las infraestructuras cívicas construidas a mediados del siglo XX. En este contexto, la biblioteca deja de considerarse únicamente un equipamiento cultural aislado y pasa a concebirse como una pieza de la infraestructura cívica multifuncional, capaz de proporcionar acceso a la información, tecnología, espacios de aprendizaje, servicios comunitarios y oportunidades de integración social. El modelo podría consistir, por ejemplo, en sustituir una biblioteca obsoleta y sus aparcamientos superficiales por un edificio mixto que combine viviendas asequibles y una biblioteca moderna.

La integración, sin embargo, no significa simplemente colocar una biblioteca en la planta baja de un bloque residencial. El artículo insiste en que se necesita una planificación arquitectónica y funcional mucho más sofisticada, capaz de resolver cuestiones como los accesos independientes, la densidad vertical, la relación con el entorno urbano, el transporte público, el ruido y la circulación de peatones y bicicletas. La biblioteca y las viviendas deben mantener una relación beneficiosa, pero también disponer de los niveles de autonomía y seguridad necesarios. El objetivo es que la vivienda contribuya a hacer viable económicamente el nuevo equipamiento sin que la biblioteca pierda su identidad como espacio público y centro de la comunidad.

Otro aspecto destacado es la necesidad de repensar el espacio bibliotecario desde las colecciones y los diferentes tipos de usuarios. El autor cuestiona la idea de que la digitalización haga innecesarias las colecciones físicas y reivindica el papel de los libros, publicaciones, medios físicos y, especialmente, de la denominada “library of things”, mediante la cual las bibliotecas prestan objetos y recursos más allá de los libros. La colección física puede funcionar como un auténtico elemento estructurador del espacio. Al mismo tiempo, el diseño debe resolver las posibles tensiones entre usuarios que buscan silencio y concentración, adolescentes, familias y actividades comunitarias. Por ello se propone separar adecuadamente zonas tranquilas y activas, utilizar soluciones acústicas, mejorar la orientación y señalización y crear espacios flexibles capaces de adaptarse a diferentes usos.

El proyecto debe estar además basado en un análisis demográfico y económico de la comunidad. La integración de vivienda y biblioteca requiere estudiar los datos censales, las características socioeconómicas de la población y las necesidades de colectivos concretos, como familias con niños, personas mayores o veteranos con bajos ingresos. De esta manera, la arquitectura no se diseña únicamente desde criterios formales, sino a partir de las necesidades reales de la población. La combinación de ambos usos puede generar además espacios comunitarios complementarios, como patios, zonas recreativas o áreas destinadas a actividades artísticas, siempre garantizando que la biblioteca conserve su autonomía operativa y sus condiciones de seguridad.

Un elemento especialmente importante es la continuidad del servicio bibliotecario durante las obras. La construcción de un nuevo complejo puede implicar años de demolición, excavación y edificación, pero la biblioteca continúa siendo durante ese periodo un servicio esencial para el acceso digital, el apoyo escolar, la alfabetización temprana y la vida comunitaria. Por ello, el artículo propone incorporar desde el principio estrategias de transición: locales provisionales, bibliotecas móviles, pequeños centros satélite o una demolición y construcción por fases. La planificación del servicio debe avanzar paralelamente a la planificación arquitectónica, porque cerrar la biblioteca durante años podría afectar especialmente a los sectores más dependientes de ella.

Más allá de las cifras: convertir los datos de la biblioteca en acción

Poster reads “MORE THAN NUMBERS: TURNING REFLECTION INTO ACTION WITH LIBRARY DATA,” showing reflection insights and action plans: create quiet zone, expand local history collection, start teen coding workshop, improve WiFi signal.
A library team turns visitor data and community feedback into practical improvement plans.

Amalia E. Butler, “More Than Numbers: Turning Reflection into Action with Library Data”, ALSC Blog, School-Age Programs and Services Committee, American Library Association, 25 de julio de 2026 (actualizado el 31 de julio de 2026). https://www.alsc.ala.org/blog/2026/07/more-than-numbers-turning-reflection-into-action-with-library-data/

El artículo propone pasar de una “cultura de la estadística” a una cultura de la evidencia y la reflexión. Los datos deben utilizarse para escuchar, aprender, defender el valor de las bibliotecas y mejorar sus servicios. La secuencia propuesta es sencilla pero poderosa: recoger datos relevantes → reflexionar sobre lo que revelan → actuar para mejorar → compartir los resultados con la comunidad. De este modo, las estadísticas dejan de ser simples cifras de actividad y se convierten en una herramienta para construir bibliotecas más receptivas, inclusivas, equitativas y conectadas con las necesidades reales de sus comunidades.

El artículo plantea una idea fundamental para las bibliotecas infantiles y juveniles: los datos no deberían limitarse a cumplir una obligación estadística o administrativa, sino utilizarse para comprender mejor a la comunidad y transformar los servicios. Las bibliotecas recopilan continuamente cifras sobre asistencia a actividades, circulación, participación en programas de lectura de verano, visitas de extensión y muchas otras variables. Sin embargo, registrar números en hojas de cálculo y elaborar informes no es suficiente. El verdadero valor aparece cuando los profesionales se detienen a interpretar qué significan esas cifras y las utilizan para formular mejores preguntas y tomar decisiones más informadas.

Uno de los conceptos centrales del texto es la combinación de “REFLECT” (reflexionar) y “ACT” (actuar). Por ejemplo, si la asistencia a un programa que lleva años funcionando disminuye, la respuesta no debería consistir simplemente en registrar el descenso. Los datos pueden indicar que es necesario renovar los contenidos, modificar los horarios o revisar el formato. Del mismo modo, si las estadísticas de extensión muestran una escasa participación de las familias de determinado barrio, la solución quizá no sea realizar más publicidad, sino llevar los servicios directamente a escuelas, centros comunitarios, parques u otros lugares frecuentados por esas familias.

El artículo propone además analizar los datos desde una perspectiva de equidad e inclusión. No basta con saber cuántas personas utilizan un servicio: es necesario preguntarse quién participa, quién no participa y qué barreras pueden estar impidiendo el acceso. Una baja asistencia puede estar relacionada con horarios laborales, dificultades de transporte, barreras lingüísticas o necesidades específicas de los niños con discapacidad. También puede ocurrir que los adolescentes y preadolescentes no encuentren atractivos los programas diseñados para ellos. En estos casos, los datos deben servir como punto de partida para investigar las causas y buscar soluciones, incluyendo la colaboración con organizaciones comunitarias de confianza.

Otra aportación interesante es la defensa de recoger menos datos, pero más significativos. Las autoras cuestionan la utilidad de dedicar tiempo del personal a recopilar indicadores que después nunca influyen en la programación, los presupuestos o la asignación de recursos. Frente a una acumulación indiscriminada de estadísticas, se propone seleccionar aquellas medidas que realmente ayuden a tomar decisiones y complementarlas con métodos cualitativos: conversaciones con usuarios, encuestas, buzones de sugerencias o mecanismos sencillos de opinión. Así, los datos cuantitativos se enriquecen con la experiencia directa de las personas que utilizan la biblioteca.

El texto concede también gran importancia a compartir los datos con la propia comunidad. Las estadísticas pueden convertirse en infografías, exposiciones, tablones, publicaciones en redes sociales, boletines o breves presentaciones durante las actividades. De esta manera, los usuarios conocen el impacto de la biblioteca y comprenden que su propia participación contribuye a determinar los servicios futuros. La autora recuerda su experiencia como bibliotecaria escolar, cuando compartía con los alumnos las estadísticas anuales y los libros más prestados: incluso los niños más pequeños mostraban entusiasmo al conocer los resultados y celebrar sus logros lectores.

En el contexto de los programas de lectura de verano, el artículo propone convertir el cierre de estas actividades en una oportunidad para devolver los resultados a la comunidad mediante presentaciones, infografías, concursos, exposiciones o muestras de los libros favoritos. Pero, sobre todo, recomienda contar las historias humanas que hay detrás de las estadísticas, porque los números adquieren mayor significado cuando muestran personas, experiencias y transformaciones concretas. El objetivo no es solamente demostrar que la biblioteca funciona, sino conseguir que quienes participan se sientan reconocidos y animar a nuevas familias a incorporarse.

Meta cierra un agujero de privacidad de sus gafas inteligentes y lanza una campaña para explicar cuándo están grabando

Mia Sato, The Verge. “Meta addresses ‘pervert glasses’ reputation with a privacy fix and a new marketing campaign”. 27 de agosto de 2026. Artículo original en The Verge

Meta ha actualizado sus gafas inteligentes con IA para solucionar un problema de privacidad que permitía continuar grabando después de cubrir el pequeño LED frontal que indica a las personas cercanas que la cámara estaba activa. Con la nueva actualización, la cámara deja de funcionar automáticamente si se tapa el indicador luminoso durante una grabación. La compañía afirma que seguirá introduciendo medidas para garantizar que el LED pueda cumplir de forma fiable su función de advertir a terceros.

El problema había generado preocupación porque algunos usuarios habían descubierto cómo burlar el sistema de aviso luminoso, lo que permitía grabar a otras personas sin que estas fueran conscientes de ello. Las gafas ya incorporaban mecanismos para desactivar la cámara cuando se manipulaba físicamente el LED, pero el nuevo parche pretende cerrar específicamente la posibilidad de iniciar la grabación y posteriormente ocultar la luz.

La cuestión tiene especial importancia porque las gafas de Meta combinan cámara, micrófonos e inteligencia artificial en un dispositivo que puede utilizarse de forma aparentemente discreta. Las críticas han aumentado a raíz de casos de personas grabadas sin consentimiento, bromas realizadas en espacios públicos y otras situaciones de posible acoso. También han surgido inquietudes relacionadas con la incorporación de funciones de reconocimiento facial.

Paralelamente, Meta ha puesto en marcha una campaña de comunicación pública para explicar cómo funciona el indicador de grabación. La compañía está colocando carteles y difundiendo vídeos en lugares donde sus gafas tienen una presencia importante. El mensaje central es sencillo: si la luz está encendida, las gafas están capturando imágenes; si no hay luz, no están capturando.

El caso pone de manifiesto uno de los grandes retos de las tecnologías vestibles con IA: no basta con incorporar mecanismos técnicos de privacidad, sino que estos deben ser comprensibles y visibles para las personas que rodean al usuario. La decisión de Meta combina así una solución técnica con una estrategia de educación pública, en un intento de recuperar la confianza ante el temor de que unas gafas capaces de grabar y procesar información de forma prácticamente invisible puedan convertirse en una herramienta de vigilancia cotidiana.