Los bibliotecarios universitarios estadounidenses ganan una media de 84.499 dólares anuales, según el informe ARL 2025.

La Association of Research Libraries (ARL) ha publicado su informe ARL Annual Salary Survey 2025, un estudio que ofrece una panorámica de las retribuciones y características profesionales del personal que trabaja en las principales bibliotecas de investigación de Estados Unidos y Canadá. Según el informe ARL Annual Salary Survey 2025, el sueldo medio anual de los profesionales de las bibliotecas universitarias de investigación es de 84.499 dólares brutos anuales.

La investigación analiza los datos salariales de 119 de las 125 bibliotecas integrantes de la asociación durante 2025. En total, recoge información de 11.200 profesionales pertenecientes a 114 bibliotecas universitarias y de otros 1.617 trabajadores de cinco bibliotecas estadounidenses de carácter federal, público y sin ánimo de lucro. Se trata de una de las fuentes de referencia para conocer la evolución del empleo y las condiciones laborales en las grandes instituciones bibliotecarias de investigación.

El estudio distingue tres grandes ámbitos dentro de las bibliotecas universitarias: los sistemas bibliotecarios generales, las bibliotecas de ciencias de la salud y las bibliotecas jurídicas. Además de las retribuciones, recoge información sobre la estructura profesional, los años de experiencia, los nombramientos académicos y la posibilidad de pertenecer a unidades de negociación colectiva. Estos indicadores permiten observar las diferencias existentes entre los modelos organizativos y laborales de las instituciones universitarias de ambos países.

Uno de los aspectos más interesantes del informe es la comparación del reconocimiento académico y las condiciones de representación laboral. Entre las universidades públicas estadounidenses, el 76 % ofrece nombramientos académicos a sus profesionales bibliotecarios y el 40 % contempla su elegibilidad para formar parte de unidades de negociación colectiva. En las universidades privadas estadounidenses, estos porcentajes descienden al 31 % y al 21 %, respectivamente. Por su parte, las universidades canadienses, todas ellas públicas, registran un 64 % de nombramientos académicos y un 86 % de elegibilidad para la negociación colectiva. Estas diferencias reflejan distintas tradiciones institucionales en cuanto al reconocimiento del bibliotecario como profesional académico y su participación en las estructuras de representación laboral.

En cuanto a las retribuciones, el estudio analiza 9.602 profesionales de las bibliotecas universitarias de la ARL y establece cuatro grandes categorías laborales. Los puestos de dirección ejecutiva presentan una media salarial de 180.652 dólares anuales, con una experiencia profesional media de 22 años. Los responsables de alta dirección o gerencia sénior perciben 114.247 dólares, con 18 años de experiencia; los puestos de gestión intermedia alcanzan los 92.664 dólares, con 16 años de experiencia; y el resto de profesionales registra una media de 84.499 dólares anuales y 14 años de trayectoria profesional. Los datos muestran una relación directa entre responsabilidad organizativa, experiencia acumulada y nivel de remuneración.

El informe incluye también información sobre las bibliotecas de investigación no universitarias, ampliando el análisis a otras instituciones que forman parte del ecosistema de investigación. La publicación dispone de una edición digital que incorpora tablas de datos descargables en formato Excel, lo que facilita realizar comparaciones entre instituciones, categorías profesionales y niveles de responsabilidad.

La alfabetización en inteligencia artificial: mucho más que aprender a escribir buenos prompts

Malespina, Elissa. (2 de noviembre de 2026). The AI-Literate Student: AI Literacy Is Not Prompt Engineering. The AI School Librarian. Substack. Leer el artículo original

El artículo de Elissa Malespina plantea una reflexión fundamental sobre la educación en inteligencia artificial: saber utilizar herramientas de IA no significa necesariamente estar alfabetizado en inteligencia artificial. La autora cuestiona que buena parte de la formación dirigida a los estudiantes se centre en enseñar a elaborar instrucciones o prompts cada vez más sofisticados, perfeccionar las preguntas y conseguir respuestas más precisas. Aunque estas habilidades son útiles, no garantizan que el estudiante comprenda cómo funcionan los sistemas, conozca sus limitaciones o sea capaz de determinar si la información que recibe es verdadera, fiable y contrastable.

La autora establece una distinción entre AI fluency (fluidez en inteligencia artificial) y AI literacy (alfabetización en inteligencia artificial). La primera hace referencia a la capacidad de manejar herramientas, seleccionar modelos y formular instrucciones eficaces. La segunda implica competencias mucho más profundas: comprender cómo se generan las respuestas, identificar posibles sesgos, verificar las fuentes, reconocer información inventada, detectar perspectivas ausentes y reflexionar sobre la privacidad de los datos que se introducen en estos sistemas. En definitiva, la alfabetización no consiste únicamente en saber obtener respuestas, sino en desarrollar la capacidad de interrogarlas y evaluarlas críticamente.

Uno de los aspectos más interesantes del texto es su reivindicación del papel de los bibliotecarios escolares en este nuevo escenario. Malespina recuerda que los profesionales de las bibliotecas llevan décadas enseñando a los estudiantes a evaluar la información, identificar la autoría, comprobar la credibilidad de las fuentes, analizar las evidencias y contrastar diferentes perspectivas. Estas competencias, tradicionalmente asociadas a la alfabetización informacional, adquieren ahora una importancia renovada. La inteligencia artificial no sustituye esta labor, sino que amplía su campo de actuación y hace todavía más necesaria la intervención educativa de los bibliotecarios.

También señala una diferencia importante entre los buscadores tradicionales y los sistemas de inteligencia artificial generativa. Cuando un estudiante utiliza Google, normalmente obtiene una lista de documentos, páginas y recursos que puede examinar y comparar. Sin embargo, los sistemas generativos ofrecen directamente una respuesta elaborada, estructurada y aparentemente completa. Esta presentación puede transmitir una falsa sensación de seguridad, porque oculta el proceso de construcción de la respuesta, las fuentes utilizadas, las informaciones descartadas y las incertidumbres existentes. Por ello, resulta imprescindible enseñar a los estudiantes a reconstruir el proceso de investigación: preguntarse de dónde procede la información, qué evidencias la respaldan y cómo puede verificarse fuera del propio sistema.

El artículo relaciona estas ideas con diferentes marcos internacionales de competencias, entre ellos el marco de alfabetización en IA de la UNESCO, el desarrollado por la OCDE y la Comisión Europea para la educación primaria y secundaria, y el modelo de Digital Promise. Todos ellos coinciden en que la formación debe integrar la comprensión de la tecnología, la evaluación crítica de sus resultados y un uso ético y creativo. Asimismo, recoge las recomendaciones de la American Library Association (ALA), que vinculan la alfabetización en IA con la verificación de contenidos, la protección de la privacidad, la precisión de la información y la capacidad de decidir cuándo utilizar estas herramientas e incluso cuándo rechazarlas.

Como propuesta práctica, Malespina introduce el denominado AI Literacy Check, una herramienta basada en seis preguntas que los estudiantes deberían incorporar a su relación cotidiana con la inteligencia artificial:

  1. ¿Qué estoy pidiendo que haga la IA?
  2. ¿De dónde podría proceder esta información?
  3. ¿Qué evidencias respaldan la respuesta?
  4. ¿Qué información o perspectivas podrían faltar?
  5. ¿Qué información estoy proporcionando a la IA a cambio?
  6. ¿Debería la IA realizar realmente esta parte del trabajo?

La reflexión final del artículo es especialmente relevante: la educación no debería limitarse a enseñar a los estudiantes a utilizar las herramientas de inteligencia artificial disponibles en cada momento, porque estas cambiarán continuamente. Lo verdaderamente importante es desarrollar capacidades permanentes de pensamiento crítico, autonomía intelectual, evaluación de evidencias y toma de decisiones.

Entrevista a José María «Johnny» Williams. Planeta Biblioteca 2026/10/30.

Entrevista a José María «Johnny» Williams

Planeta Biblioteca 2026/10/30.

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En esta entrevista de Planeta Biblioteca (Radio USAL), José María «Johnny» Williams comparte su trayectoria de más de veinte años como jefe de Biblioteca del Poder Judicial de la Provincia de Buenos Aires y explica la función de las bibliotecas judiciales en la organización, recuperación y difusión de información jurídica especializada. Analiza la transformación tecnológica de estas instituciones y las oportunidades y riesgos que plantea la inteligencia artificial generativa. También habla de su vocación docente en los institutos de formación de Zárate-Campana y San Antonio de Areco, donde destaca el valor de la enseñanza y el contacto con los estudiantes. Reflexiona sobre las competencias informacionales, el pensamiento crítico y las cualidades que debe reunir el bibliotecario actual, así como sobre los retos de futuro de la profesión. Finalmente, comparte algunas experiencias personales, una canción significativa y un libro recomendado, ofreciendo una mirada cercana y comprometida sobre el mundo de las bibliotecas.

Editar, publicar y financiar ciencia en América Latina: perspectivas, experiencias y distopías en las dinámicas de la comunicación científica en la región

Del Rio Riande, Gimena, y Patricio Iván Pantaleo (eds.). (2025). Editar, publicar y financiar ciencia en América Latina: perspectivas, experiencias y distopías en las dinámicas de la comunicación científica en la región. Paideia Editorial. Publicado el 22 de julio de 2025.

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Esta obra colectiva aborda los principales desafíos que afronta la comunicación científica en América Latina, prestando especial atención a los procesos de edición, publicación y financiación de la investigación académica. El libro propone una mirada crítica sobre las estructuras que condicionan la circulación del conocimiento científico en la región y analiza las posibilidades de construir modelos editoriales más sostenibles, abiertos, inclusivos y adaptados a las particularidades de los sistemas científicos latinoamericanos.

El punto de partida es que publicar ciencia no consiste únicamente en difundir resultados de investigación. Implica también disponer de infraestructuras editoriales, políticas públicas, recursos económicos, sistemas de evaluación y mecanismos de preservación que garanticen que el conocimiento pueda producirse, difundirse y consultarse en condiciones de equidad. Desde esta perspectiva, la obra examina las tensiones entre los modelos comerciales de publicación científica y las iniciativas de acceso abierto, así como las dificultades que encuentran las revistas y las instituciones académicas para mantener su independencia y sostenibilidad.

Uno de los ejes fundamentales es la relación entre acceso abierto, financiación y sostenibilidad editorial. La obra plantea que el acceso libre a las publicaciones no puede depender exclusivamente de la voluntad de los investigadores o de la capacidad económica de las instituciones. Es necesario desarrollar políticas de financiación estables que permitan mantener revistas científicas, plataformas de publicación, repositorios y servicios editoriales sin trasladar los costes a los autores mediante tasas de publicación que puedan convertirse en nuevas barreras de acceso. El reto consiste en garantizar que la ciencia sea abierta sin que su publicación genere nuevas desigualdades.

Otro aspecto destacado es la preservación digital. El capítulo de Miguel Ángel Márdero Arellano y Julio Santillán Aldana analiza cómo garantizar que los resultados científicos permanezcan accesibles, íntegros y auténticos a largo plazo. Se examinan los problemas derivados de la obsolescencia tecnológica, la fragilidad de los soportes, la falta de recursos y la necesidad de establecer políticas institucionales. También se presentan modelos como OAIS, LOCKSS y la preservación digital distribuida, junto con experiencias de cooperación regional como la Red Cariniana de Brasil. La conclusión es que preservar la ciencia digital exige infraestructuras, planificación y colaboración entre bibliotecas, archivos, universidades y organismos de investigación.
Paideia Editorial

La obra incorpora asimismo una reflexión sobre los sistemas de evaluación científica y el papel de los índices internacionales en la organización de la investigación latinoamericana. Se cuestiona hasta qué punto los criterios globales de medición representan adecuadamente las particularidades de los sistemas científicos nacionales y regionales. La visibilidad internacional, la indexación y los indicadores bibliométricos pueden favorecer la difusión de la producción académica, pero también generar dependencias y distorsiones cuando se convierten en los principales criterios para valorar la calidad de la investigación.

Otro bloque temático aborda las prácticas de ciencia abierta en México, la producción editorial en las bibliotecas universitarias brasileñas y las experiencias de las redes de editores científicos. Se pone de manifiesto el papel que pueden desempeñar las instituciones académicas y las bibliotecas en la construcción de infraestructuras de publicación abiertas, en la profesionalización de las revistas y en la creación de espacios de cooperación editorial.

La visibilidad de las publicaciones periódicas también ocupa un lugar relevante. La obra invita a superar los mitos asociados al impacto científico y a interpretar los indicadores bibliométricos con sentido crítico, atendiendo a las características de cada disciplina, institución y contexto de producción. En esta misma línea, incorpora un análisis de la integridad de los datos utilizados para medir la producción científica en Colombia, una cuestión especialmente importante en un escenario donde las decisiones sobre financiación, promoción y reconocimiento académico dependen cada vez más de los sistemas de información y evaluación.

La pertenencia estudiantil y la biblioteca como tercer lugar

ARL Unbound | Student Belonging and the Library as Third Place. (2026). Library Journal. Disponible en: https://www.libraryjournal.com/story/arl-unbound-student-belonging-and-the-library-as-third-place

La biblioteca universitaria contemporánea desempeña una función que va mucho más allá de proporcionar acceso a libros, revistas científicas, bases de datos y otros recursos de información. También puede convertirse en un espacio fundamental para que los estudiantes construyan relaciones sociales, desarrollen su identidad universitaria y encuentren un sentimiento de pertenencia a la comunidad académica. Esta dimensión resulta especialmente importante para quienes comienzan sus estudios superiores, se trasladan a otra ciudad o se enfrentan por primera vez a la experiencia de vivir lejos de su entorno familiar.

La universidad puede representar una oportunidad de crecimiento intelectual y personal, pero también un escenario de incertidumbre, aislamiento y dificultades de adaptación. En este contexto, la biblioteca puede ofrecer un entorno acogedor en el que estudiar, relacionarse con otras personas, descansar entre clases y participar en actividades culturales sin la presión de tener que demostrar constantemente un rendimiento académico.

La idea de la biblioteca como espacio de pertenencia supone, por tanto, ampliar la concepción tradicional de sus servicios. No basta con disponer de instalaciones modernas o colecciones de calidad: es necesario que los estudiantes perciban que la biblioteca es un lugar accesible, abierto a la diversidad y pensado también para sus necesidades personales y sociales. La pertenencia no se consigue únicamente mediante el diseño arquitectónico, sino a través de las experiencias que las personas viven en el espacio, de la calidad de las relaciones que establecen y de la posibilidad de sentirse reconocidas como miembros legítimos de la comunidad. Desde esta perspectiva, la biblioteca contribuye al bienestar estudiantil y puede reforzar indirectamente la participación, la integración y el éxito académico.

La expresión tercer lugar procede de los trabajos del sociólogo Ray Oldenburg y hace referencia a aquellos espacios que ocupan una posición intermedia entre el hogar, considerado el primer lugar, y el trabajo o las obligaciones formales, entendido como el segundo. Los terceros lugares favorecen la interacción informal, la convivencia, la conversación y la creación de vínculos comunitarios. Aplicado al ámbito universitario, este concepto permite entender la biblioteca como un espacio que no pertenece exclusivamente al terreno de las clases, los exámenes o las tareas académicas, sino que ofrece a los estudiantes una experiencia más flexible y cotidiana de la vida universitaria.

La biblioteca resulta especialmente adecuada para desempeñar esta función porque, en principio, es un espacio compartido, relativamente neutral y abierto a personas con intereses, procedencias y circunstancias diferentes. Puede combinar zonas de silencio y concentración con espacios de trabajo colaborativo, áreas de descanso y lugares para encuentros informales. Esta pluralidad permite responder a necesidades diversas sin reducir la identidad de la institución a una única función. La investigación de Montgomery y Miller sobre la biblioteca como tercer lugar ya destacaba la importancia de conservar los edificios bibliotecarios como espacios de aprendizaje colaborativo e interacción comunitaria, incluso cuando muchos recursos y servicios se trasladan al entorno digital.

Concebir la biblioteca como tercer lugar implica reconsiderar tanto la organización de sus espacios como la programación de sus actividades. La biblioteca puede mantener sus funciones tradicionales de apoyo al aprendizaje y a la investigación y, al mismo tiempo, ofrecer experiencias que faciliten la convivencia, la creatividad y la participación. Entre las posibilidades se encuentran los clubes de lectura, los encuentros con autores, las exposiciones, los talleres creativos, las actividades culturales, los espacios de creación o makerspaces y las iniciativas impulsadas por los propios estudiantes. Estas propuestas permiten que la biblioteca se convierta en un lugar al que acudir no solo para resolver una necesidad concreta de información, sino también para compartir intereses, descubrir nuevas aficiones y establecer relaciones con otros miembros de la comunidad universitaria.

La programación cultural y social adquiere así una importancia estratégica. Randa L. Morgan, en su trabajo sobre bibliotecas académicas, terceros lugares y programas comunitarios, plantea que las actividades recreativas y de participación pueden contribuir a fortalecer la comunidad universitaria y a mejorar la conexión entre las necesidades de los estudiantes y los servicios bibliotecarios. Desde este planteamiento, las bibliotecas deben superar la idea de que toda actividad ha de justificarse exclusivamente por su relación directa con la investigación o el estudio. También es legítimo crear oportunidades para la conversación, el ocio cultural y el encuentro espontáneo, porque estas experiencias contribuyen a construir relaciones de confianza y una identidad compartida.

Un aspecto fundamental de esta transformación es reconocer a los estudiantes como participantes activos en la definición de la biblioteca. Para que el espacio genere pertenencia, no basta con que los profesionales decidan qué servicios ofrecer o cómo distribuir el mobiliario. Es necesario conocer las experiencias, preferencias y dificultades de quienes utilizan la biblioteca, así como de aquellos que no acuden a ella. Las encuestas, los grupos de discusión, las consultas informales y los proyectos de codiseño pueden ayudar a identificar barreras físicas, sociales, culturales o económicas que dificultan la participación.

La inclusión también exige reconocer que los estudiantes no constituyen un grupo homogéneo. Las necesidades de quienes viven en residencias universitarias pueden ser distintas de las de quienes se desplazan diariamente desde otras localidades; los estudiantes internacionales pueden necesitar espacios para establecer relaciones y familiarizarse con el entorno; y quienes experimentan dificultades económicas, aislamiento social o problemas de accesibilidad pueden encontrar en la biblioteca un recurso especialmente valioso. La existencia de zonas tranquilas, espacios de colaboración, mobiliario flexible, horarios adecuados y normas claras de convivencia contribuye a crear un entorno en el que diferentes formas de estudiar, descansar y relacionarse puedan coexistir.

Un estudio de Kathryn New y Derek Marshall, publicado en 2026, examina precisamente cómo las bibliotecas de la Universidad Estatal de Mississippi han trabajado para consolidar estos espacios mediante la consulta a los estudiantes, la renovación de las instalaciones y la organización de programas que consideran sus necesidades más allá del rendimiento académico. El trabajo destaca la importancia de ofrecer a los estudiantes oportunidades para participar en las decisiones y desarrollar un sentimiento de apropiación del espacio bibliotecario.

La consideración de la biblioteca como tercer lugar tiene consecuencias para la planificación estratégica, la evaluación de servicios y la justificación de la inversión institucional. Si su contribución se mide exclusivamente mediante indicadores como el número de préstamos, las consultas de bases de datos o las visitas a los puestos de estudio, quedarán fuera de la evaluación aspectos importantes de su valor social. También resulta necesario conocer si los estudiantes se sienten bienvenidos, si encuentran espacios adecuados para relacionarse, si participan en las actividades organizadas y si consideran que la biblioteca forma parte significativa de su experiencia universitaria.

Esto no significa sustituir los indicadores tradicionales por medidas subjetivas, sino complementarlos con evidencias sobre participación, satisfacción, inclusión y percepción de pertenencia. La colaboración entre bibliotecarios, profesorado, servicios de orientación, asociaciones estudiantiles y responsables universitarios puede contribuir a que la biblioteca forme parte de una estrategia más amplia de bienestar y éxito estudiantil. Asimismo, defender el valor de la biblioteca como espacio físico continúa siendo importante en un contexto en el que el acceso digital permite consultar numerosos recursos sin acudir al edificio. Precisamente, cuando la información puede obtenerse desde cualquier lugar, la biblioteca adquiere un valor diferencial como entorno compartido para aprender, crear, convivir y construir comunidad.

La IA y las bibliotecas: por qué los bibliotecarios podrían convertirse en árbitros de la realidad

Friedman, Jane. (2026, 20 de abril). AI and Libraries: Why Librarians May Become Arbiters of Reality. Jane Friedman. https://janefriedman.com/ai-and-libraries-why-theyre-like-canaries-in-the-coal-mine/

Jane Friedman analiza el impacto de la inteligencia artificial generativa en las bibliotecas y en el ecosistema editorial, y plantea que los bibliotecarios podrían desempeñar una función decisiva en la defensa de la información fiable. El artículo parte de un seminario del Book Industry Study Group (BISG), en el que se presentaron datos sobre la adopción de la IA en el sector editorial y se debatió sobre sus consecuencias con el especialista en bibliotecas R. David Lankes.

La idea central es que las bibliotecas no se enfrentan a un riesgo meramente hipotético: ya están experimentando las consecuencias de la proliferación de contenidos generados automáticamente, la desinformación y la dificultad de distinguir entre materiales rigurosos y publicaciones de escasa calidad. Por ello, las bibliotecas pueden funcionar como un sistema de alerta temprana que permita identificar los problemas antes de que deterioren aún más la confianza en los recursos de información.

Uno de los resultados destacados de la encuesta del BISG es la resistencia relativamente elevada de los profesionales de las bibliotecas a la adopción de la IA. Aproximadamente un tercio de los bibliotecarios encuestados afirmó que no utilizaba estas herramientas y que tampoco tenía intención de hacerlo, frente al 20 % del conjunto de participantes de los distintos sectores analizados. Además, alrededor del 34 % manifestó una oposición ética a su utilización. Menos de la mitad señaló que su institución empleaba activamente IA, mientras que un 31 % desconocía si se estaba utilizando. La ausencia de políticas institucionales claras también aparecía como un problema relevante.

Friedman subraya que esta actitud crítica no debe interpretarse simplemente como miedo al cambio o falta de formación. Según las investigaciones de Lankes, algunos de los profesionales más reticentes conocen los modelos de lenguaje, comprenden cómo funcionan y pueden explicar técnicamente sus limitaciones. Sus objeciones se relacionan con la fiabilidad de los resultados, la calidad de los contenidos y la posibilidad de que la incorporación indiscriminada de estas tecnologías contradiga la misión fundamental de la biblioteca. La cuestión, por tanto, no consiste únicamente en aprender a utilizar la IA, sino en determinar cuándo su uso está justificado, qué valores debe respetar y qué consecuencias tiene para la calidad de los servicios bibliotecarios.

La autora evita adoptar una posición exclusivamente negativa y presenta un ejemplo que ilustra cómo la inteligencia artificial puede resolver problemas que, de otro modo, quedarían sin solución. En la Universidad de Texas existía una colección de miles de discos y grabaciones musicales que resultaba prácticamente invisible para los usuarios porque no se había podido catalogar por completo debido a la falta de recursos humanos. El equipo responsable recurrió a la IA para generar registros catalográficos preliminares, acompañados de indicadores de confianza que permitían estimar la fiabilidad de cada identificación. Los registros menos seguros podían reservarse para una revisión humana posterior, mientras que los materiales más utilizados se priorizaban para recibir una catalogación completa realizada por profesionales.

Este caso demuestra que el debate no debería reducirse a elegir entre utilizar o rechazar la inteligencia artificial. La pregunta relevante es si la tecnología permite ofrecer un servicio que, sin ella, no podría prestarse adecuadamente. Friedman establece un paralelismo con la accesibilidad editorial: las herramientas de IA pueden ayudar a producir descripciones de imágenes, mejorar metadatos y adaptar publicaciones para lectores con discapacidad cuando los recursos disponibles no permiten abordar todo ese trabajo de forma manual. La tecnología puede ampliar el acceso a la información, pero su incorporación debe estar acompañada de criterios de calidad, supervisión profesional y evaluación de resultados.

Uno de los argumentos más importantes del artículo se refiere a la dificultad de mantener los mecanismos tradicionales de evaluación y validación frente al crecimiento exponencial de los contenidos generados mediante IA. El sistema de revisión por pares, fundamental para la publicación científica, se ha desarrollado sobre la premisa de que la producción de conocimiento y la capacidad humana para revisarlo mantienen cierto equilibrio. Sin embargo, la IA permite generar textos, informes y publicaciones a una velocidad que supera ampliamente la capacidad de evaluación de los expertos.

El problema no consiste solo en que puedan producirse documentos incorrectos, sino en que resulta cada vez más difícil comprobar su calidad, procedencia y credibilidad. Tampoco basta con utilizar herramientas de inteligencia artificial para revisar automáticamente los contenidos generados por otras herramientas, puesto que la evaluación requiere criterios fiables y una capacidad de verificación independiente. Si la producción de información crece mucho más deprisa que los mecanismos para validarla, se debilitan las estructuras sobre las que se construye la confianza en el conocimiento científico y editorial.

La autora relaciona esta situación con la saturación del mercado de libros, donde el aumento de publicaciones generadas o asistidas por IA puede dificultar que los lectores encuentren obras de calidad. Cuando resulta más complicado confiar en materiales desconocidos, los usuarios pueden refugiarse en autores, fuentes y publicaciones que ya conocen. Esta tendencia reduce la visibilidad de nuevas voces y puede empobrecer la diversidad informativa y cultural.

El concepto más sugerente del artículo es la posibilidad de que los bibliotecarios se conviertan en arbiters of reality, expresión que puede traducirse como «árbitros de la realidad». La idea, vinculada a las reflexiones de R. David Lankes, no significa que los bibliotecarios deban decidir unilateralmente qué es verdadero o falso, sino que pueden ayudar a las personas a distinguir entre información documentada, afirmaciones dudosas y contenidos cuya procedencia no puede verificarse.

La biblioteca dispone de una ventaja fundamental frente a los sistemas automatizados: la mediación de profesionales que conocen las fuentes, comprenden los procesos de selección y organización documental y pueden explicar por qué un recurso resulta pertinente y fiable. Un bibliotecario puede identificar la procedencia de un documento, localizar la publicación original, contrastar distintas versiones y orientar al usuario hacia evidencias verificables. La confianza que las comunidades han depositado históricamente en las bibliotecas constituye, en este contexto, un recurso social de gran valor.

Friedman destaca una diferencia significativa entre recibir una respuesta generada por una IA y obtener orientación de un profesional bibliotecario. En el primer caso, el usuario necesita comprobar la exactitud de la respuesta y la validez de sus fuentes; en el segundo, puede contar con una persona capaz de explicar el proceso de búsqueda, contextualizar los resultados y asumir la responsabilidad profesional de la orientación ofrecida. La biblioteca puede convertirse así en un espacio de referencia y confianza en un entorno informativo donde la apariencia de seguridad de una respuesta ya no garantiza su veracidad.

Cómo están las bibliotecas replanteando la sostenibilidad

Arata, H. (2026, 11 de septiembre). Beyond recycling: How libraries are rethinking sustainability. Programming Librarian. https://programminglibrarian.org/articles/beyond-recycling-how-libraries-are-rethinking-sustainability

El artículo analiza cómo las bibliotecas pueden incorporar la sostenibilidad a su gestión, superando una visión limitada al reciclaje y a las actividades medioambientales puntuales. La propuesta consiste en convertirla en un principio transversal que oriente las decisiones institucionales, las políticas de adquisición, la gestión de los recursos, el bienestar del personal, las relaciones comunitarias y la preparación ante situaciones de emergencia. Programming Librarian

Se destaca el modelo de la triple dimensión de la sostenibilidad, impulsado por Rebekkah Smith Aldrich, cofundadora y presidenta de la Sustainable Libraries Initiative. Este enfoque integra tres elementos fundamentales: sostenibilidad ambiental, equidad social y viabilidad económica. Desde esta perspectiva, cualquier decisión bibliotecaria debe valorar no solo su impacto ecológico, sino también sus consecuencias para las personas y el uso responsable de los recursos disponibles. El programa Resilient Communities: Advancing Sustainability in and through Libraries, promovido por la American Library Association (ALA), ha ayudado a un centenar de profesionales a desarrollar planes de acción adaptados a sus instituciones. Programming Librarian

El texto señala que muchas bibliotecas ya desarrollan prácticas sostenibles, aunque no siempre las identifican como parte de una estrategia global. Entre ellas figuran las bibliotecas de objetos (Libraries of Things), las bibliotecas de semillas, los cafés de reparación y los huertos comunitarios. El reto consiste en integrar estas iniciativas en la cultura organizativa y en la planificación a largo plazo, de modo que la sostenibilidad no dependa únicamente de la motivación individual de determinados profesionales.

Uno de los ejemplos más significativos es la Biblioteca Pública Joeten-Kiyu, situada en las Islas Marianas del Norte, que desempeñó un papel esencial tras el paso de un devastador tifón. En colaboración con organizaciones humanitarias, la biblioteca facilitó atención médica y suministros de emergencia a la población. La experiencia evidenció la necesidad de contar con infraestructuras resilientes, energías renovables y alianzas comunitarias que permitan mantener los servicios esenciales incluso en condiciones extremas. Programming Librarian

El artículo reivindica la confianza social de las bibliotecas como uno de sus principales activos. Su conocimiento de la comunidad y su capacidad para ofrecer información fiable las convierten en agentes relevantes para la prevención, la respuesta y la recuperación ante desastres. La recomendación es comenzar con los recursos disponibles, establecer objetivos realistas y convertir la sostenibilidad en un criterio habitual de decisión.

Se presenta la biblioteca sostenible no simplemente como una institución que reduce residuos, sino como una organización comprometida con el bienestar de las personas, la gestión responsable de los recursos y la capacidad de su comunidad para afrontar los desafíos del futuro. Esta perspectiva ofrece un marco útil para incorporar la sostenibilidad a la planificación estratégica de las bibliotecas universitarias y públicas.

Enseñanza e inteligencia artificial. Planeta Biblioteca 2026/10/28

Enseñanza e inteligencia artificial.

Planeta Biblioteca 2026/10/28

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La inteligencia artificial generativa representa una transformación profunda en el ámbito educativo al actuar como tutor personal y facilitar la creación o personalización de contenidos, aunque también plantea retos urgentes frente al plagio, la dependencia cognitiva y la pérdida del pensamiento crítico. En lugar de optar por prohibiciones, los consensos globales y educativos coinciden en la necesidad de incorporar la IA de forma responsable y ética. Para afrontar esta realidad, se requiere replantear las evaluaciones, formar adecuadamente al profesorado y garantizar la equidad en el acceso. Tanto docentes como estudiantes y bibliotecas deben asumir nuevos roles: los educadores pasan de ser meros transmisores de información a diseñadores de experiencias formativas, mientras que los alumnos deben cultivar la verificación de fuentes y el juicio propio. Finalmente, iniciativas internacionales como los marcos de alfabetización en IA y la inclusión de estas competencias en PISA 2029 consolidan el camino hacia un futuro educativo sinérgico, donde la IA automatiza procesos pero la educación potencia valores humanos esenciales como la creatividad y la ética.

Muisca para un otoño. Viviendo en la era pop 2026/10/28


Muisca para un otoño.

Viviendo en la era pop 2026/10/28

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En este programa de «Viviendo en la era pop», nos sumergimos en la belleza poética del otoño, una estación de melancolía, recuerdos, amores perdidos y nuevos comienzos. A través de diez canciones inolvidables, recorremos diferentes paisajes musicales con Stan Getz, Françoise Hardy, Joan Baptista Humet, Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, Mari Trini, The Moody Blues, La Romántica Banda Local, Joan Manuel Serrat, Van Morrison y José Luis Perales. Desde las hojas muertas del jazz hasta la nostalgia del pop español, cada melodía nos descubre una manera distinta de sentir esta estación. También viajamos a Buenos Aires con el apasionado tango de Astor Piazzolla y su Otoño porteño. La lluvia, las hojas doradas, las tardes grises y los recuerdos amorosos se convierten en protagonistas de este recorrido sonoro. Un programa para escuchar despacio, dejarse llevar por las emociones y descubrir que el otoño no solo transforma el paisaje, sino también nuestra manera de sentir y recordar.

Biblioteca de Semillas de la UDELAR con Magali Ivañez y Sebastián Guida. Planeta Biblioteca 2026/10/26.

Biblioteca de Semillas con Magali Ivañez y Sebastián Guida

Planeta Biblioteca 2026/10/26.

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El programa de radio «Planeta Biblioteca» entrevista a Magali Ibañez y Sebastián Guida sobre el proyecto de la Biblioteca de Semillas de la Universidad de la República en Rivera, Uruguay. Este proyecto gratuito y autogestionado promueve la soberanía alimentaria y la conservación de semillas criollas y nativas mediante un sistema de préstamo e intercambio con la comunidad. Destaca la participación activa y el rol clave de las mujeres rurales en la salvaguarda de este patrimonio y el impulso de la agroecología. Además del intercambio, el espacio ofrece talleres, pruebas de germinación y ferias locales de biodiversidad. Se señala que la iniciativa carece de presupuesto propio y funciona gracias al compromiso voluntario y colaborativo del equipo. Para concluir, recomiendan lecturas de referencia agroecológica, como las obras de Alejandro Sequeira sobre plantas hortícolas y hongos.