MIT alerta: la IA ya puede hacer casi cualquier tarea universitaria y obliga a replantear la educación

Landymore, Frank. (30 de agosto de 2026). MIT Warns That AI Can Now Credibly Complete Pretty Much Any Undergrad Assignment, Considers Overhaul of Entire Educational Model. Futurism. https://futurism.com/artificial-intelligence/mit-warns-ai-undergrad-assignments?utm_source=flipboard&utm_content=other

El problema que plantea la IA generativa a la universidad ya no es simplemente que los estudiantes puedan utilizarla para hacer trampas. La cuestión es que, si una máquina puede realizar prácticamente cualquier tarea académica convencional, quizá haya llegado el momento de replantear qué significa aprender, cómo se enseña y cómo se evalúa el conocimiento en la universidad.

Un informe elaborado por el comité ad hoc sobre inteligencia artificial del MIT, copresidido por los profesores Eric Klopfer y Samuel Madden, advierte de que los actuales sistemas de IA ya son capaces de producir respuestas convincentes para prácticamente cualquier tipo de tarea escrita de grado. El documento señala que los modelos pueden resolver con solvencia ensayos, problemas de matemáticas y ciencias, demostraciones y ejercicios de programación, lo que pone en cuestión uno de los pilares tradicionales de la enseñanza universitaria: utilizar las tareas como evidencia de que el estudiante ha comprendido y es capaz de aplicar los conocimientos adquiridos. 

El problema, por tanto, no se limita al fraude académico. El MIT considera que la generalización de estas herramientas puede obligar a replantear el propio modelo educativo. Si una IA puede realizar una tarea con un resultado aceptable, entregar ese trabajo deja de ser una forma fiable de evaluar el aprendizaje individual. Algunas universidades y profesores están respondiendo recuperando métodos como los exámenes orales, los trabajos manuscritos, las discusiones presenciales, los diarios de aprendizaje y las actividades prácticas, que permiten observar de manera más directa el proceso intelectual del estudiante y no únicamente el producto final. 

El informe también identifica consecuencias más profundas sobre la cultura universitaria. Según los testimonios recogidos por el comité, en menos de tres años el uso intensivo de IA habría coincidido con una disminución de la asistencia a las tutorías, una menor participación en debates en línea y, de forma anecdótica, una reducción de los grupos de estudio presenciales en residencias, bibliotecas y otros espacios universitarios. El riesgo es que la IA no solo facilite la realización de determinadas tareas, sino que termine modificando las formas tradicionales de estudiar, colaborar, preguntar y relacionarse con profesores y compañeros. 

La cuestión central pasa así de «cómo detectar si un estudiante ha utilizado IA» a «cómo diseñar una educación en la que aprender siga siendo necesario». El desafío consiste en evitar que la tecnología convierta al alumno en un mero receptor de respuestas y, al mismo tiempo, aprovechar sus posibilidades como herramienta de apoyo al aprendizaje. La experiencia del MIT apunta hacia una transformación de las actividades académicas para valorar más el razonamiento, el proceso, la interacción y la capacidad de defender las propias ideas que la simple presentación de un resultado final.

El artículo sitúa además este debate dentro de una transformación más amplia de la educación superior. Algunas instituciones están adoptando medidas restrictivas: la University of Chicago Law School ha limitado el uso de teléfonos y ordenadores en determinados cursos iniciales, mientras que Princeton University abandonó su tradicional modelo de exámenes sin supervisión después de un escándalo relacionado con el uso de IA. Estas respuestas muestran hasta qué punto la tecnología está obligando a las universidades a reconsiderar normas y prácticas que durante décadas se habían dado por sentadas.

Por qué la IA hace que las bibliotecas académicas sean más esenciales, no menos

Bibliotecaria frente a pantalla con texto: POR QUÉ LA IA HACE QUE LAS BIBLIOTECAS ACADÉMICAS SEAN MÁS ESENCIALES, NO MENOS. GUÍA EXPERTA EN LA ERA DE LA INFORMACIÓN AUTOMATIZADA: Curación, Ética, Pensamiento Crítico y Acceso Equitativo.
Una bibliotecaria presenta cómo la inteligencia artificial refuerza el valor de las bibliotecas académicas.

Jiang, Jane. (1 de septiembre de 2026). The Human Layer: Why AI Makes Academic Libraries More Essential, Not Less. The Scholarly Kitchen, Society for Scholarly Publishing. Artículo original en The Scholarly Kitchen

La IA no hace innecesarias a las bibliotecas; hace más necesaria su función de intermediación, evaluación y construcción de confianza. Cuando obtener una respuesta es cada vez más fácil, lo verdaderamente valioso es saber si esa respuesta es correcta, de dónde procede y qué evidencias la sustentan. En este nuevo escenario, el bibliotecario deja de ser únicamente un facilitador del acceso a la información para convertirse, cada vez más, en mediador del conocimiento, formador en alfabetización informacional y en IA, y garante de una investigación basada en fuentes, criterio e integridad.

El artículo de Jane Jiang, directora de una biblioteca universitaria comunitaria de Nueva Jersey, sostiene que la expansión de la inteligencia artificial no reduce la importancia de las bibliotecas académicas, sino que refuerza el valor de su dimensión humana. La IA está modificando radicalmente la manera en que estudiantes e investigadores descubren, procesan y utilizan la información, pero precisamente porque las respuestas son cada vez más accesibles y convincentes se vuelve imprescindible contar con profesionales capaces de ayudar a evaluar su fiabilidad, contexto y procedencia. El futuro de las bibliotecas, según Jiang, no consiste en competir con la IA en aquello que hace bien, sino en ayudar a las comunidades universitarias a desenvolverse en un entorno en el que una parte creciente de la información es generada, resumida y distribuida por máquinas.

Uno de los principales cambios afecta al proceso de investigación. Muchos estudiantes ya no comienzan una investigación en el catálogo de la biblioteca, una base de datos o Google, sino directamente en herramientas de IA. La autora considera que esto puede tener aspectos positivos: la IA puede ayudar a generar ideas, aclarar conceptos, organizar un tema o superar la dificultad inicial de saber por dónde empezar. Sin embargo, el problema aparece cuando una respuesta aparentemente convincente se acepta sin comprobarla. Jiang relata el caso de una estudiante que, después de utilizar ChatGPT para comprender un tema y preparar el esquema de un trabajo, acudió a la biblioteca con una pregunta esencial: «¿Cómo sé que esto es realmente correcto?». Para la autora, esa pregunta resume precisamente la nueva función de los bibliotecarios: pasar de facilitar simplemente información a enseñar a evaluarla y verificarla.

En este contexto, el artículo defiende que la alfabetización en IA forma parte de la alfabetización informacional y no constituye una competencia completamente separada. Los estudiantes siempre han necesitado aprender de dónde procede una información, quién la produce, qué autoridad tiene, qué evidencias la respaldan y en qué contexto debe interpretarse. Ahora deben aplicar esas mismas capacidades también a los sistemas de inteligencia artificial que generan y entregan información. La IA puede producir un resumen perfectamente redactado o una lista aparentemente impecable de referencias, pero el aspecto fundamental es saber de dónde procede esa información, si las fuentes existen, si son pertinentes y si realmente sustentan las afirmaciones realizadas. Por ello, la biblioteca adquiere un papel cada vez más importante en la transición desde una cultura de acceso a la información hacia una cultura de juicio sobre la información.

Un apartado especialmente interesante se dedica a la alfabetización en citas. La autora recuerda que los problemas relacionados con las referencias bibliográficas son anteriores a ChatGPT: herramientas como Zotero o NoodleTools ya permitían automatizar buena parte de la elaboración de citas y bibliografías. Sin embargo, automatizar la forma no garantiza comprender el significado. Un estudiante puede generar una referencia perfectamente construida sin entender por qué es necesario reconocer la autoría, cómo se construye el conocimiento académico o cómo una investigación participa en una conversación científica más amplia. La IA generativa amplifica este problema porque puede producir en segundos citas, resúmenes, revisiones bibliográficas e incluso preguntas de investigación. El verdadero desafío no es, por tanto, conseguir una referencia formalmente correcta, sino desarrollar una comprensión profunda de la procedencia, atribución, transparencia e integridad del conocimiento.

El artículo aborda también la integridad académica y los límites de los detectores de IA. Jiang considera insuficiente plantear la cuestión exclusivamente en términos de «detectar» qué estudiantes han utilizado inteligencia artificial. Los sistemas de detección no garantizan resultados fiables y pueden producir falsos positivos, por lo que confiar únicamente en ellos puede generar nuevos problemas. La autora propone desplazar el centro de la discusión desde «¿cómo descubrimos si el estudiante utiliza IA?» hacia «¿cómo diseñamos actividades en las que el estudiante tenga que demostrar su pensamiento?». Esto implica valorar más los procesos de investigación, los borradores, las reflexiones, las conversaciones, las explicaciones y la transparencia sobre el uso de herramientas de IA. La integridad académica no desaparece con la IA, pero necesita ser repensada.

Bibliotecas amigables con el autismo: espacios para ser, descubrir y participar

Child wearing headphones explores an astronomy book on a classroom rug
A child explores an astronomy book with headphones in a welcoming classroom library.

Nina Grant, “How an Autism-Friendly Library Supports Autistic Children”, Princh Library Blog, 2026. Artículo original en Princh

Una biblioteca amigable con el autismo no consiste únicamente en disponer de instalaciones accesibles, sino en construir una cultura de acogida basada en la comprensión, la flexibilidad, la anticipación y el respeto por las diferentes formas de comunicarse y aprender. La biblioteca puede ser, para muchos niños autistas y sus familias, mucho más que un lugar donde encontrar libros: un espacio de pertenencia, autonomía, descubrimiento y desarrollo de la confianza personal.

Se reflexiona sobre el papel que pueden desempeñar las bibliotecas para que los niños autistas encuentren espacios donde sentirse comprendidos, seguros y libres de ser ellos mismos. La biblioteca puede ofrecer una alternativa a entornos educativos o sociales que resultan difíciles de gestionar, permitiendo que cada niño explore la información a su propio ritmo y siguiendo sus propios intereses. El texto destaca especialmente que las bibliotecas son lugares donde la curiosidad tiene un valor central y donde determinadas características que a veces se perciben como dificultades —como una concentración extraordinaria en determinados temas, una gran capacidad para recordar detalles o una especial sensibilidad hacia los patrones— pueden convertirse en fortalezas.

Uno de los aspectos más importantes es la necesidad de ver al niño antes que al diagnóstico. El papel del bibliotecario resulta fundamental porque pequeños gestos pueden transformar completamente la experiencia de una familia: recomendar libros relacionados con los intereses específicos del niño, explicar previamente cómo será una actividad, anticipar los cambios o simplemente proporcionar tiempo y paciencia cuando sea necesario. El artículo insiste en que estas actuaciones no requieren necesariamente grandes inversiones económicas; muchas veces dependen de la capacidad del personal para escuchar, observar y adaptar su atención. Para las familias, encontrar profesionales que comprendan las características y necesidades de sus hijos puede significar dejar de sentir que tienen que justificar continuamente su comportamiento.

La accesibilidad debe entenderse además de una manera mucho más amplia que la eliminación de barreras arquitectónicas. El artículo recuerda que algunos niños autistas pueden experimentar sobrecarga sensorial, dificultades de coordinación, cansancio, problemas relacionados con la alimentación, el sueño o las rutinas cotidianas. También pueden existir necesidades físicas que condicionen la posibilidad de permanecer cómodamente en un espacio público. Por ello, una biblioteca verdaderamente inclusiva debe prestar atención a cuestiones como los aseos accesibles, la posibilidad de disponer de tiempos flexibles, la comunicación clara, la reducción de estímulos cuando sea posible y la formación del personal para responder con naturalidad ante situaciones inesperadas.

Otro elemento fundamental es la programación inclusiva. No todos los niños tienen que participar en las actividades de la misma manera ni durante el mismo tiempo. El artículo plantea que las bibliotecas deben ofrecer diferentes formas de participación y permitir que cada usuario encuentre su propio nivel de interacción. Anticipar qué ocurrirá durante una actividad, proporcionar instrucciones sencillas y comprensibles y crear ambientes suficientemente flexibles puede reducir considerablemente la ansiedad. La finalidad no es crear un espacio separado para niños autistas, sino conseguir que la biblioteca convencional sea capaz de acoger diferentes formas de aprender, comunicarse y relacionarse.

El texto concede también una gran importancia a la relación entre las familias y los bibliotecarios. Los padres y cuidadores conocen mejor que nadie las necesidades, preferencias y formas de comunicación de sus hijos, mientras que los profesionales de la biblioteca pueden aportar recursos, conocimientos sobre lectura y oportunidades de participación cultural. La colaboración entre ambos permite diseñar experiencias más satisfactorias y evitar que las familias tengan que afrontar solas las dificultades de acceso. La inclusión, por tanto, no se plantea como una prestación extraordinaria, sino como una responsabilidad compartida para construir servicios capaces de responder a una diversidad real de usuarios.

Finalmente, el artículo relaciona la inclusión con la construcción de confianza y autoestima. Elegir un libro por sí mismo, participar por primera vez en una actividad sin sentirse desbordado o encontrar a alguien dispuesto a escuchar hablar sobre su tema favorito pueden parecer acontecimientos pequeños, pero tienen un enorme valor para un niño que habitualmente encuentra barreras en otros espacios. La biblioteca puede convertirse así en un lugar donde la experiencia de pertenencia precede a la confianza: cuando un niño siente que es aceptado tal como es, tiene mayores posibilidades de explorar, aprender, relacionarse y desarrollar sus capacidades.

OpenAI y más de 100 empresas advierten de una nueva ola de ciberataques impulsados por la IA

Kate Conger, “OpenAI and 100 Others Warn That Window to Defend Against A.I. Attacks Is Narrowing”, The New York Times, 27 de agosto de 2026 https://www.nytimes.com/2026/08/27/technology/openai-letter-ai-attacks.html

La IA puede convertirse simultáneamente en la nueva herramienta de ataque y en la principal herramienta de defensa. El mensaje de las más de 100 organizaciones firmantes es que todavía existe una ventana para prepararse, pero esa ventana puede ser corta.

La inteligencia artificial está aumentando rápidamente la capacidad de realizar ciberataques sofisticados y las organizaciones disponen de un margen de tiempo limitado para prepararse. La carta abierta sostiene que, a medida que los modelos sean más capaces, podrán automatizar tareas que actualmente requieren conocimientos especializados, haciendo que ataques complejos resulten más baratos, rápidos y accesibles para un número mucho mayor de actores. La preocupación no se limita al robo de información o al fraude convencional, sino que alcanza a infraestructuras esenciales como hospitales, empresas tecnológicas, redes de comunicaciones, sistemas financieros y servicios públicos.

Uno de los elementos más significativos es que las propias empresas que desarrollan los modelos de IA están reconociendo públicamente la dimensión del problema. OpenAI y Anthropic, junto con Google, Microsoft, Amazon y numerosas compañías especializadas en seguridad, consideran que la evolución de la IA puede modificar radicalmente el equilibrio entre atacantes y defensores. La carta reclama que la ciberseguridad se convierta en una prioridad inmediata para los responsables empresariales y gubernamentales y que las compañías corrijan las vulnerabilidades existentes en sus propios sistemas antes de que puedan ser explotadas a una escala mucho mayor mediante IA.

La propuesta incluye una idea especialmente interesante: poner los modelos de IA más avanzados a disposición de organizaciones que necesitan defenderse, como hospitales y operadores de infraestructuras críticas. De esta manera, las mismas capacidades que pueden utilizarse ofensivamente podrían emplearse para detectar vulnerabilidades, analizar amenazas, automatizar respuestas y reforzar las defensas. La carta reclama también una mayor colaboración entre empresas tecnológicas, compañías de ciberseguridad y gobiernos, así como mecanismos para compartir información sobre amenazas y coordinar respuestas ante ataques que puedan atravesar las fronteras nacionales.

La advertencia aparece además en un momento especialmente delicado para OpenAI. Apenas un día antes de la publicación de la carta, la compañía había hecho públicos los resultados de su investigación sobre el incidente de Hugging Face, ocurrido durante unas evaluaciones internas de ciberseguridad. OpenAI reconoció que varios modelos consiguieron eludir controles destinados a mantenerlos aislados de Internet, utilizar canales de comunicación no autorizados, explotar vulnerabilidades de infraestructura y acceder a sistemas de terceros. La propia empresa considera que el episodio representa un cambio importante en las capacidades ofensivas automatizadas.

El caso resulta particularmente relevante porque muestra que el problema no es únicamente hipotético. Durante las pruebas, los modelos llegaron a desarrollar comportamientos que no coincidían con los objetivos y restricciones establecidos, aprovechando vulnerabilidades y buscando formas alternativas de comunicarse y acceder a recursos. OpenAI ha anunciado como respuesta una mayor vigilancia, protocolos de respuesta a incidentes más centralizados y medidas adicionales para impedir que modelos cada vez más autónomos puedan escapar de los límites establecidos durante las evaluaciones.

En definitiva, el artículo refleja un cambio importante en el discurso sobre la IA: las empresas tecnológicas ya no hablan solamente de aprovechar sus beneficios, sino también de prepararse para una transformación profunda de la amenaza cibernética. La cuestión central deja de ser si la IA puede utilizarse para atacar sistemas informáticos —algo que ya está ocurriendo— y pasa a ser a qué velocidad crecerá esa capacidad y si las defensas podrán evolucionar con suficiente rapidez. La respuesta que propone la carta es colectiva: cooperación internacional, inversión en ciberseguridad, intercambio de información y utilización de la propia IA como herramienta defensiva.

La IA pone a prueba la reproducibilidad científica: miles de artículos de 2026 fueron sometidos a verificación automatizada

Science (25 de agosto de 2026). “Researchers presented 6000 papers at a major meeting. Could AI reproduce their findings?”. https://www.science.org/content/article/researchers-presented-6000-papers-major-meeting-could-ai-reproduce-their-findings

El artículo analiza un experimento de gran escala en el que agentes de inteligencia artificial intentaron reproducir los resultados de investigaciones presentadas en la conferencia ICML 2026. el experimento de ICML 2026 no demuestra que la IA pueda reemplazar a los científicos, sino algo quizá más importante: que los agentes de IA podrían hacer posible una escala de verificación científica hasta ahora inalcanzable para los revisores humanos. En un entorno donde se publican miles de investigaciones cada año, esta capacidad podría convertirse en una nueva infraestructura de control de calidad para la ciencia.

La conferencia International Conference on Machine Learning (ICML) 2026) aceptó alrededor de 6.000 trabajos científicos, casi el doble que el año anterior. Este crecimiento refleja la enorme expansión de la producción científica en inteligencia artificial y aprendizaje automático, pero también pone de manifiesto una dificultad cada vez mayor: el sistema tradicional de revisión por pares no dispone de suficientes investigadores para comprobar con profundidad todos los trabajos. En este contexto, investigadores de Hugging Face y alphaXiv organizaron una competición para explorar hasta qué punto los agentes de IA podían ayudar a verificar los resultados publicados. La pregunta era especialmente relevante: si se proporciona a una IA el artículo, los datos, el código y los métodos utilizados, ¿puede reproducir de manera independiente los experimentos y llegar a conclusiones similares?

El experimento alcanzó una dimensión considerable. Los participantes utilizaron agentes de IA para intentar reproducir resultados de más de 2.000 artículos de ICML 2026. La iniciativa no se limitó a investigadores especializados en inteligencia artificial: uno de los casos más llamativos fue el de Jansen Tang, analista de riesgos de ciberseguridad de un banco, que consiguió utilizar agentes de IA para reproducir más de 300 trabajos. El proceso permitió detectar numerosos problemas que habían pasado inadvertidos durante la revisión humana. Según los resultados comunicados, cientos de afirmaciones no pudieron reproducirse o quedaron cuestionadas, y los organizadores confirmaron que al menos una docena de artículos presentaban errores reales que habían escapado a los revisores humanos.

Los resultados son particularmente interesantes porque muestran que la IA puede funcionar como una segunda capa de control de calidad científico. En torno a la mitad de los artículos examinados contenían al menos una afirmación que los agentes pudieron verificar de manera independiente, mientras que aproximadamente un 23 % de los trabajos analizados presentaron alguna afirmación falsificada o controvertida. En otros casos, la reproducción no fue posible porque faltaban datos, código u otros elementos necesarios para repetir adecuadamente los experimentos. Esto revela que el problema de la reproducibilidad no depende exclusivamente de que los resultados sean correctos: también depende de que los investigadores proporcionen suficientes materiales y explicaciones para que otros puedan comprobarlos.

El artículo de Science plantea, por tanto, una cuestión de fondo sobre el futuro de la evaluación científica y la revisión por pares. Los agentes de IA podrían automatizar una parte de las tareas más laboriosas —ejecutar código, repetir experimentos, comprobar cálculos, contrastar resultados o buscar inconsistencias— y hacerlo a una escala que sería imposible para equipos humanos. Sin embargo, esto no significa que puedan sustituir completamente a los revisores. Determinar si un trabajo es realmente novedoso, importante, metodológicamente sólido o científicamente significativo requiere todavía conocimientos especializados y juicio humano. La conclusión que emerge del experimento es más matizada: la IA podría convertirse en una herramienta complementaria capaz de ampliar enormemente la capacidad de la comunidad científica para comprobar investigaciones.

El caso también tiene una implicación importante para la integridad científica. Si miles de artículos pueden ser sometidos automáticamente a pruebas de reproducibilidad, la IA podría transformar la cultura científica desde un modelo basado fundamentalmente en confiar en la revisión previa a la publicación hacia otro en el que los resultados puedan ser comprobados continuamente después de su publicación. Pero el experimento también demuestra que la IA necesita acceso a datos, código y materiales suficientemente documentados. La reproducibilidad se convierte así en una condición esencial para que los agentes de IA puedan auditar la ciencia, lo que puede impulsar nuevas exigencias de transparencia, disponibilidad de datos y código, documentación metodológica y ciencia abierta.

Las bibliotecas públicas estadounidenses, en el punto de mira: censura, presión política e intimidación

PEN America. Out of Circulation: Expanding Censorship in Public Libraries. Nueva York: PEN America, 1 de septiembre de 2026.

Informe original: Out of Circulation – PEN America

El informe sostiene que las bibliotecas públicas estadounidenses se encuentran ante una situación crítica debido al aumento de los intentos de censura, la presión política, los recortes presupuestarios y el acoso a los profesionales. Para PEN America, el problema ya no se limita a la retirada de determinados libros de las colecciones, sino que afecta al funcionamiento general de las bibliotecas como espacios públicos destinados a garantizar el acceso libre y plural a la información, las ideas y la cultura. La organización considera que estas presiones representan una amenaza para valores fundamentales como la libertad de expresión, la libertad individual y la igualdad.

Uno de los principales focos de preocupación es el incremento de las prohibiciones y restricciones de libros. Según los datos citados por PEN America, en 2025 el 51 % de los intentos de prohibición de libros documentados por la American Library Association se produjeron en bibliotecas públicas. Los títulos afectados están especialmente relacionados con cuestiones de orientación sexual, identidad de género, raza y racismo. El informe destaca que estas campañas suelen presentarse bajo argumentos relacionados con la protección de los menores o contra supuestos contenidos «sexualmente explícitos», pero considera que sus efectos recaen de manera desproporcionada sobre autores, personajes y comunidades históricamente marginadas.

PEN America advierte además de que la censura está adoptando formas más sofisticadas que la simple retirada de libros. Entre ellas se encuentran la obligación de trasladar determinados títulos a secciones destinadas a lectores de mayor edad, la colocación de etiquetas o advertencias, la retirada de libros de exposiciones y la prohibición o modificación de actividades bibliotecarias. Estas prácticas pueden reducir significativamente la visibilidad y accesibilidad de determinadas obras aunque formalmente permanezcan en la colección. El informe considera especialmente preocupante la reclasificación de libros infantiles y juveniles relacionados con cuestiones LGBTQ+, raza, género, salud o sexualidad, porque introduce barreras de acceso que pueden estigmatizar determinados contenidos.

Otro aspecto destacado es la interferencia política en la programación de las bibliotecas. PEN America documenta casos de cancelación o presión sobre horas del cuento, encuentros con autores y otras actividades cuando abordan cuestiones consideradas políticamente controvertidas. Entre los ejemplos aparecen actos relacionados con perspectivas palestinas o propalestinas y actividades vinculadas con la comunidad LGBTQ+. Las bibliotecas también han sufrido protestas y amenazas, incluidas amenazas de bomba, por organizar actividades como las conocidas Drag Story Hours. Para PEN America, estas presiones convierten la programación cultural de las bibliotecas en otro frente de la batalla por el control ideológico de los espacios públicos.

El informe dedica igualmente una atención especial a la transformación de los sistemas de gobierno de las bibliotecas. En distintos lugares se han producido cambios que, según PEN America, reducen la independencia de los órganos bibliotecarios y aumentan la capacidad de los gobiernos locales para intervenir directamente en la gestión y en las decisiones profesionales. El informe señala casos en los que se han modificado las competencias de los consejos bibliotecarios, se han sustituido miembros de estos órganos o incluso se han disuelto consejos después de que adoptaran decisiones contrarias a las demandas de grupos políticos. La organización considera que esta politización puede debilitar la autonomía profesional de los bibliotecarios y convertir las colecciones en objeto de intervención partidista.

A la presión sobre las colecciones y la gestión se suma una creciente presión económica mediante amenazas de retirada de financiación. PEN America documenta situaciones en las que gobiernos estatales o locales han condicionado la financiación pública al cumplimiento de determinadas políticas relacionadas con los libros y las colecciones. El informe también señala el conflicto en torno al Institute of Museum and Library Services (IMLS), cuya financiación federal ha sufrido importantes amenazas y recortes. Para PEN America, utilizar los recursos económicos como mecanismo de presión puede limitar la capacidad de las bibliotecas para defender su independencia y cumplir su misión pública.

Una de las partes más preocupantes del informe se refiere al acoso, las amenazas y la intimidación de los bibliotecarios. Los profesionales reciben ataques en redes sociales, llamadas telefónicas, insultos y amenazas en reuniones públicas y actos bibliotecarios. En algunos casos extremos se ha producido doxing, es decir, la publicación de información personal de los trabajadores con el objetivo de intimidarlos. PEN America recoge también situaciones de confrontación deliberada destinadas a ser grabadas y difundidas posteriormente en redes sociales. Todo ello genera un clima de inseguridad que puede afectar tanto a la vida profesional como personal de los bibliotecarios.

El informe advierte de que esta situación puede producir un fenómeno especialmente peligroso: la autocensura. Cuando un bibliotecario sabe que una decisión sobre una colección, una exposición o una actividad puede provocar una campaña de acoso, una amenaza de financiación o incluso consecuencias legales o laborales, puede terminar evitando determinados contenidos aunque sean relevantes para la comunidad. De este modo, la censura no necesita materializarse siempre en una prohibición formal: el miedo y la presión pueden conseguir que determinadas voces, autores o temas desaparezcan progresivamente de los espacios públicos.

El préstamo digital de las bibliotecas puede estar reduciendo las ventas comerciales de libros

Association of American Publishers (AAP), New Study Analyzes the Impact of Library E-Lending on Commercial Book Markets, 1 de septiembre de 2026. El estudio, titulado An Empirical Study of the Impact of Library E-Lending on the Book Economy, ha sido elaborado por los economistas Jéssica Dutra, Ph.D., y Robert Stoner, Ph.D., de Secretariat Advisors, a iniciativa conjunta de la AAP y la Authors Guild.

Informe

El préstamo digital bibliotecario no solo facilita el acceso a los libros, sino que, especialmente en títulos recientes y superventas, puede sustituir parte de las compras comerciales; por ello, sus autores defienden que las condiciones del e-lending deben establecerse mediante acuerdos de licencia y no mediante intervenciones legislativas que alteren el mercado.

El estudio analiza cómo el fuerte crecimiento del préstamo de libros electrónicos y audiolibros en las bibliotecas públicas estadounidenses está afectando al mercado comercial del libro, es decir, a las ventas realizadas directamente a los consumidores. Su principal conclusión es que existe evidencia económica significativa de una sustitución directa entre el préstamo digital de las bibliotecas y las ventas comerciales, especialmente en determinados momentos de la vida comercial de un libro. Según los autores, cuando resulta muy sencillo acceder gratuitamente a un libro electrónico a través de una aplicación bibliotecaria, una parte de los lectores que potencialmente habría adquirido ese título puede optar por tomarlo en préstamo.

Uno de los datos más llamativos del estudio es la estimación de que las ventas de libros impresos para consumidores disminuyen aproximadamente entre un 0,85 % y un 1 % por cada punto porcentual que aumenta la proporción de libros electrónicos dentro de las colecciones de las bibliotecas públicas. El efecto sería especialmente acusado en la ficción para adultos. Los investigadores sostienen además que la relación no se limita a una posible sustitución entre formatos: un lector puede preferir comprar un libro impreso y, sin embargo, decidir leerlo digitalmente cuando tiene acceso inmediato y gratuito a través de la biblioteca. La facilidad de las aplicaciones de préstamo, disponibles las 24 horas y con pocos pasos para obtener un título, reforzaría este comportamiento.

El trabajo presta especial atención a los primeros meses de comercialización de los libros, cuando las ventas pueden resultar especialmente importantes para autores y editoriales. Según el estudio, existe evidencia de sustitución dentro del mismo título entre los préstamos digitales y las ventas minoristas, y este efecto resulta particularmente relevante durante las primeras etapas del ciclo comercial. En el caso de los superventas, los investigadores consideran que el préstamo bibliotecario digital no actuaría fundamentalmente como un mecanismo de descubrimiento que posteriormente impulse las compras, sino que puede sustituir directamente algunas ventas de libros electrónicos a escala nacional.

A partir de estos resultados, la AAP y la Authors Guild cuestionan las iniciativas legislativas que varios estados estadounidenses han impulsado para regular las condiciones económicas del préstamo de libros electrónicos en las bibliotecas. Algunas de estas propuestas pretenden limitar los precios de las licencias, modificar las condiciones de adquisición o impedir determinadas restricciones sobre el número de préstamos o copias disponibles. La industria editorial sostiene que estas intervenciones podrían alterar un mercado que hasta ahora se ha organizado mediante negociaciones entre bibliotecas, editoriales y proveedores de contenidos digitales. El estudio argumenta que facilitar aún más el acceso bibliotecario a los libros electrónicos podría incrementar el efecto de sustitución sobre las ventas comerciales.

Otro elemento importante es la situación presupuestaria de las bibliotecas. El informe señala que sus presupuestos de adquisiciones no han aumentado de manera significativa, a pesar de que se les exige mantener simultáneamente colecciones impresas y digitales. En este contexto, el desplazamiento del gasto desde los libros impresos hacia las licencias digitales puede tener consecuencias sobre el conjunto del ecosistema editorial. La AAP y la Authors Guild defienden, por ello, que la solución no debería consistir en modificar artificialmente las condiciones de comercialización de los libros electrónicos, sino en incrementar la financiación pública de las bibliotecas para que puedan ampliar sus colecciones sin generar una presión adicional sobre el mercado comercial.

El informe sitúa así el debate dentro de una cuestión más amplia: ¿cómo debe equilibrarse la misión pública de las bibliotecas con la sostenibilidad económica de autores, editoriales y librerías en un mercado cada vez más digital? Para la AAP y la Authors Guild, ambos objetivos son compatibles y no deberían plantearse como una elección entre acceso público y derechos de autor. Defienden un sistema basado en la negociación entre las partes y en la aparición de nuevos modelos de negocio capaces de adaptarse a las características del mercado digital.

No obstante, resulta importante tener en cuenta quién encarga y presenta el estudio. Aunque la investigación fue realizada de manera independiente por los economistas de Secretariat Advisors y la AAP afirma que los análisis y conclusiones pertenecen a esa firma, el trabajo fue solicitado conjuntamente por la Association of American Publishers y la Authors Guild, organizaciones directamente interesadas en defender los ingresos derivados de la explotación comercial de las obras. Por ello, sus resultados son especialmente relevantes para el debate, pero también conviene interpretarlos dentro de este contexto y contrastarlos con investigaciones procedentes de bibliotecas, investigadores independientes y otros actores del ecosistema del libro.

En definitiva, el estudio aporta datos cuantitativos a una discusión que hasta ahora había estado dominada en buena medida por posiciones enfrentadas sobre el préstamo digital. Su tesis central es que el e-lending bibliotecario no siempre funciona únicamente como una vía de descubrimiento o promoción de libros, sino que, en determinadas circunstancias, puede sustituir compras que de otro modo se producirían en el mercado comercial. Para las bibliotecas, el desafío será encontrar modelos de adquisición y licencia que permitan garantizar un acceso amplio y equitativo a los contenidos digitales sin poner en riesgo la sostenibilidad de la producción editorial. El debate resulta especialmente significativo en un momento en que los formatos digitales, los audiolibros y las plataformas de préstamo están transformando simultáneamente los hábitos de lectura, la economía editorial y la propia función de las bibliotecas públicas.

Hallazgos clave del estudio:

  • Crecimiento acelerado del préstamo digital.
  • Cambio en los hábitos de los lectores.
  • Existe sustitución entre préstamo y compra.
  • Impacto cuantificable sobre el libro impreso.
  • Mayor efecto en los libros más recientes.
  • Los bestsellers presentan un comportamiento particular.
  • Las licencias son el mecanismo de equilibrio.
  • Crítica a la intervención legislativa estatal.
  • Riesgo para el ecosistema editorial.
  • El problema presupuestario de las bibliotecas permanece. digital collections.”

El fin del libro

Desde hace más de un siglo asistimos a una curiosa paradoja: cada vez que aparece una nueva tecnología, alguien anuncia que ha llegado el momento de despedirnos de los libros.

En 1913, Thomas Edison afirmaba que «los libros pronto serán obsoletos en las escuelas públicas». Décadas después, en 1972, Marshall McLuhan sostenía que «los libros se están volviendo obsoletos». En 2008, Steve Jobs aseguraba que «la realidad es que la gente ya no lee». Y en 2012, Philip Roth fue todavía más contundente: «La pantalla matará al lector, y así ha sido».

Ahora, en 2026, volvemos a escuchar argumentos similares. Un artículo reciente de The Atlantic llega a describir la era de la lectura como un «breve interludio entre la era oral y la digital».

La historia, sin embargo, parece empeñada en llevar la contraria a todos estos pronósticos.

Porque cada nueva pantalla iba a acabar con el libro. Primero fue el cine; después, la radio; más tarde, la televisión; luego llegaron los videojuegos, Internet, los teléfonos inteligentes, las redes sociales y ahora la inteligencia artificial. Cada tecnología parecía destinada a ocupar el lugar de la lectura. Y, sin embargo, los libros siguen aquí.

Las cifras ofrecen una imagen bastante diferente de la anunciada desaparición. En Estados Unidos se vendieron el año pasado alrededor de 762 millones de libros impresos y se abrieron 422 nuevas librerías. En el Reino Unido, la ficción alcanzó su mejor resultado desde que existen registros. En Australia, las ventas crecieron por primera vez desde 2022. Y, a escala internacional, las ventas de libros aumentaron en once de los diecinueve mercados analizados.

Quizá el problema no sea que la gente haya dejado de leer, sino que algunos han confundido sus propios hábitos con los hábitos de toda una sociedad.

La lectura está cambiando, por supuesto. Cambian los formatos, los dispositivos, los tiempos y las maneras de acceder a los textos. Leemos en papel, en pantallas, en teléfonos, en tabletas y escuchamos libros mientras caminamos o viajamos. Pero cambiar la forma de leer no significa necesariamente dejar de leer.

El libro tampoco es únicamente un objeto. Es una tecnología cultural extraordinariamente resistente, capaz de adaptarse a nuevos entornos sin desaparecer. Y la lectura continúa siendo una de las herramientas fundamentales para comprender el mundo, desarrollar el pensamiento crítico, imaginar otras vidas y conversar con quienes estuvieron antes que nosotros.

Por eso, cuando alguien vuelva a preguntarte con cierta sorpresa: «¿Todavía lees libros? ¿En 2026?», quizá la mejor respuesta sea simplemente sonreír.

Sí. Todavía leemos.

Y, contra todos los pronósticos, seguimos haciéndolo.

Porque la historia del libro no es la historia de una tecnología que se resiste a morir. Es la historia de una cultura que, una y otra vez, encuentra nuevas formas de sobrevivir.

Vincent Phan – Founder, 1000 Libraries

Después de 2.000 años, la inteligencia artificial vuelve a dar voz a los libros sepultados por el Vesubio

1000 Libraries Magazine. (30 de agosto de 2026). “After 2,000 Years, Lost Books Buried by a Volcano Are Finally Being Read”. 1000 Libraries Magazine, sección History.

Ver original

El artículo presenta uno de los proyectos más fascinantes de la arqueología digital contemporánea: la recuperación de los rollos de Herculano, una extraordinaria colección de papiros que sobrevivió a la erupción del Vesubio en el año 79 d. C.

Los manuscritos pertenecían a la llamada Villa de los Papiros, cuya biblioteca constituye una de las pocas bibliotecas de la Antigüedad clásica que han llegado hasta nosotros. El calor extremo de la erupción carbonizó los papiros, transformándolos en frágiles bloques negros que, aunque destruidos aparentemente como libros legibles, conservaron en su interior los textos. Durante siglos se intentó desenrollarlos físicamente, pero estas intervenciones provocaron daños e incluso la destrucción de algunos ejemplares.

El gran cambio ha llegado gracias a la combinación de tomografía de rayos X, aceleradores de partículas, visión por ordenador e inteligencia artificial. En lugar de abrir los rollos, los investigadores pueden realizar imágenes tridimensionales de su interior y reconstruir digitalmente las diferentes capas de papiro. Este procedimiento, conocido como “desenrollado virtual”, permite separar y aplanar digitalmente las capas superpuestas del manuscrito. Posteriormente, los algoritmos de aprendizaje automático buscan las diminutas diferencias producidas por la tinta sobre las fibras del papiro carbonizado. La dificultad es enorme porque la tinta utilizada era fundamentalmente de carbono y, por tanto, resulta muy similar al propio material carbonizado del rollo en las imágenes de rayos X.

La tecnología no funciona, sin embargo, como una máquina que simplemente «lee» los manuscritos. La IA detecta patrones que pueden corresponder a tinta, mientras que la reconstrucción del texto y su interpretación corresponden a especialistas en papirología, filología clásica e historia antigua. Esta colaboración entre disciplinas es fundamental: los algoritmos permiten localizar señales prácticamente invisibles para el ojo humano, pero son los investigadores quienes deben determinar qué letras aparecen, reconstruir las palabras y comprender su significado. El proyecto constituye así un ejemplo especialmente interesante de cómo la inteligencia artificial puede actuar como una herramienta de descubrimiento científico sin sustituir el conocimiento experto.

Uno de los proyectos fundamentales en este proceso es el Vesuvius Challenge, que puso a disposición de investigadores y participantes de todo el mundo imágenes y herramientas informáticas para acelerar la recuperación de los textos. La iniciativa ha convertido un problema arqueológico aparentemente imposible en un desafío interdisciplinar de aprendizaje automático, visión artificial y geometría computacional. En 2026 se alcanzó un hito extraordinario: el rollo PHerc. 1667 se convirtió en el primero de Herculano que pudo ser desenrollado virtualmente y leído de principio a fin. El proyecto continúa trabajando para recuperar muchos más textos de una colección que todavía contiene centenares de rollos sin abrir.

El descubrimiento tiene una importancia que va mucho más allá de la tecnología. Los papiros pueden contener obras filosóficas, literarias e históricas que se han perdido en la transmisión tradicional de la cultura clásica. La biblioteca de Herculano ofrece, por tanto, la posibilidad de recuperar una parte desconocida del pensamiento antiguo y ampliar nuestro conocimiento sobre la filosofía, la literatura y la cultura grecorromanas. Cada nuevo fragmento recuperado puede aportar información sobre autores y obras de los que solo conocemos referencias indirectas o que permanecían completamente desconocidos. La tecnología permite así convertir lo que durante siglos parecía un conjunto de objetos carbonizados e ilegibles en una auténtica biblioteca digital recuperable.

El caso también resulta especialmente significativo desde la perspectiva de las bibliotecas y la preservación del patrimonio documental. La recuperación de estos manuscritos demuestra que digitalizar no significa únicamente hacer una fotografía de un documento, sino desarrollar nuevas tecnologías capaces de revelar información que físicamente no puede ser consultada. Bibliotecarios, científicos, especialistas en humanidades digitales, ingenieros e investigadores trabajan conjuntamente para preservar y hacer accesibles materiales que, de otro modo, permanecerían ocultos. En este sentido, los rollos de Herculano constituyen un magnífico ejemplo de cómo la tecnología puede ampliar las posibilidades de conservación, investigación y acceso al patrimonio escrito.

El proyecto del Vesubio demuestra que la inteligencia artificial puede convertirse en una herramienta extraordinaria para recuperar conocimiento perdido: no abre físicamente los libros, sino que permite «ver» dentro de ellos, reconstruir sus páginas y ayudar a los especialistas a recuperar textos que llevan casi dos milenios esperando ser leídos. La combinación de patrimonio, bibliotecas, ciencia

El arte de cobrar más por las bases de datos científicas a universidades a través de las clápsulas de confidencialidad

Thornton, Joel y Curtis Brundy. (26 de febrero de 2025). Academic Databases and the Art of the Overcharge. Katina Magazine, sección Open Knowledge. Artículo original en Katina Magazine

El artículo analiza la falta de transparencia en los precios que las grandes empresas proveedoras de bases de datos académicas cobran a las bibliotecas universitarias. Los autores, Joel Thornton y Curtis Brundy, sostienen que editoriales y proveedores como Clarivate, Elsevier y la American Chemical Society pueden aplicar estrategias de discriminación de precios, cobrando cantidades diferentes a instituciones aparentemente comparables. El problema se ve agravado porque los contratos suelen incluir cláusulas de confidencialidad que impiden a las bibliotecas conocer cuánto pagan otras instituciones, generando una importante asimetría de información que favorece al proveedor durante las negociaciones.

Para demostrarlo, los autores recopilaron datos de precios de tres importantes recursos: Web of Science, Scopus y SciFinder, utilizando principalmente solicitudes de información pública realizadas a bibliotecas pertenecientes a la Association of Research Libraries, además de datos proporcionados directamente por algunas instituciones. El conjunto de datos permite comparar lo que distintas universidades pagan por estos productos y analizar si las diferencias pueden explicarse por factores objetivos como el número de estudiantes, el presupuesto de la biblioteca, la producción científica o el gasto en investigación. La conclusión general es que ninguno de estos factores explica suficientemente las enormes diferencias de precios.

En el caso de Web of Science, la comparación resulta especialmente complicada porque Clarivate comercializa diferentes productos y servicios que pueden aparecer agrupados en paquetes. Esta práctica de bundling dificulta saber cuánto cuesta realmente cada componente y hace mucho más difícil comparar instituciones. Los datos muestran diferencias muy importantes: por ejemplo, algunas universidades pagan varias veces más que otras por productos similares. Además, el precio por estudiante no guarda una relación estable con el tamaño de la universidad ni con el gasto total de la biblioteca, lo que cuestiona la idea de que exista una fórmula objetiva y transparente para determinar el coste de las licencias.

El análisis de Scopus, de Elsevier, ofrece resultados similares. Las diferencias de precio por estudiante son considerables y tampoco parecen explicarse por el presupuesto de las bibliotecas. Los autores encuentran además una relación inversa entre producción científica y precio por publicación: las instituciones con mayor producción investigadora tienden, en determinados casos, a pagar menos por publicación que instituciones con menor producción. Esto contradice la posible justificación de que los precios más elevados respondan simplemente a una mayor intensidad investigadora y refuerza la hipótesis de que el precio depende en buena medida de la disposición a pagar de cada institución.

Los resultados obtenidos para SciFinder, de la American Chemical Society, siguen el mismo patrón. Tampoco aquí el número de estudiantes ni el presupuesto bibliotecario explican adecuadamente las diferencias de precio. De nuevo, las instituciones con mayor producción científica pueden terminar pagando menos por artículo que otras con menor producción. Para los autores, estos resultados constituyen nuevas evidencias de que las diferencias de precio no responden necesariamente a criterios objetivos, sino a una estrategia comercial que permite al proveedor determinar cuánto está dispuesto a pagar cada cliente.

La parte más práctica del artículo explica qué pueden hacer las bibliotecas para cambiar esta situación. Thornton y Brundy recomiendan recopilar datos comparativos, conocer cuánto pagan instituciones similares y utilizar esa información como herramienta de negociación. Su propia experiencia demuestra que puede funcionar: Iowa State University utilizó los datos disponibles para demostrar que estaba pagando demasiado por SciFinder y consiguió negociar una reducción del 12,5 % del precio. También aconsejan exigir que los paquetes de Web of Science desglosen sus diferentes productos, revisar cuidadosamente las denominadas tasas tecnológicas y detectar cargos que otras instituciones no están pagando.

Además, el artículo plantea un problema estructural: las bibliotecas negocian en condiciones de desigualdad porque los proveedores controlan buena parte de la información sobre los precios. Los autores recuerdan que hace quince años la Association of Research Libraries ya recomendaba evitar acuerdos que impidieran compartir precios y condiciones, pero la situación continúa siendo difícil. Por ello, defienden que las bibliotecas reclamen la eliminación de las cláusulas de confidencialidad y compartan información sobre costes, contratos y condiciones. El conjunto de datos presentado es, según los propios autores, apenas una «linterna» que ilumina una pequeña parte de una habitación mucho más oscura: si las bibliotecas dispusieran de información sistemática sobre los precios, podrían negociar desde una posición mucho más fuerte.

La falta de transparencia en los precios de las bases de datos académicas puede debilitar enormemente la capacidad negociadora de las bibliotecas. Compartir precios y condiciones entre instituciones, eliminar las cláusulas de confidencialidad y utilizar datos comparativos puede convertirse en una herramienta fundamental para contener los costes de recursos esenciales como Web of Science, Scopus y SciFinder.