
Zimmer, Katarina. “How much of a problem is AI’s water use?” Knowable Magazine, 24 de agosto de 2026. DOI: 10.1146/knowable-082426-1. Artículo original en Knowable Magazine
El artículo analiza uno de los impactos ambientales menos visibles de la expansión de la inteligencia artificial: el consumo de agua asociado a los centros de datos que entrenan y ejecutan modelos de IA. La cuestión es más compleja de lo que sugieren algunas cifras que circulan en Internet. Los centros de datos utilizan agua principalmente para evacuar el enorme calor producido por los procesadores, pero su impacto depende mucho de la tecnología de refrigeración, del clima, de la ubicación de las instalaciones y, especialmente, de la disponibilidad de agua en cada territorio.
Una de las principales conclusiones es que no resulta adecuado afirmar simplemente que la IA “consume enormes cantidades de agua” sin especificar dónde y cómo se produce ese consumo. En términos nacionales, el agua utilizada por los centros de datos es relativamente pequeña frente a sectores como la agricultura o determinadas actividades industriales. Los investigadores estimaron que los sistemas de refrigeración de los centros de datos estadounidenses consumieron unos 66.000 millones de litros en 2023, menos del 1 % del consumo total de agua del país. Sin embargo, una instalación concreta puede tener una repercusión considerable cuando se ubica en una región que ya padece escasez hídrica.
El crecimiento de la IA puede modificar sustancialmente este panorama. Un equipo dirigido por Fengqi You, de Cornell University, estima que hacia 2030 los centros de datos estadounidenses podrían consumir entre 731.000 y 1,125 billones de litros de agua al año, considerando tanto la refrigeración como el agua utilizada indirectamente para producir la electricidad que necesitan. La cifra superior sería aproximadamente comparable al suministro anual de agua potable de la ciudad de Nueva York. Estas proyecciones, por tanto, muestran que el problema no depende únicamente del agua que entra físicamente en un centro de datos: también hay una huella hídrica indirecta asociada a la generación de electricidad.
El artículo desmonta además una de las cifras más difundidas sobre la IA: la idea de que una consulta a un chatbot consume medio litro de agua. Esa estimación procedía de un estudio basado en GPT-4 y en las condiciones de funcionamiento de los centros de datos de aquel momento. El propio investigador Shaolei Ren señala que esa cifra está actualmente desactualizada porque los modelos y la infraestructura son más eficientes. Como referencia, Google calculó en 2025 que una consulta de longitud mediana a Gemini suponía aproximadamente cinco gotas de agua. Esto no significa que el consumo sea irrelevante: cuando se multiplican cantidades pequeñas por cientos de millones o miles de millones de consultas, el impacto agregado puede ser considerable.
Una parte fundamental de la solución se encuentra en las tecnologías de refrigeración. Los centros de datos tradicionales recurren en buena medida a sistemas evaporativos: el agua absorbe calor y parte de ella termina evaporándose. Los nuevos centros especializados en IA están adoptando cada vez más sistemas de refrigeración líquida, en los que un fluido circula por circuitos cerrados y extrae directamente el calor de los procesadores. Al tratarse de circuitos cerrados, el agua puede reutilizarse y se reduce considerablemente la necesidad de aportar agua nueva. Empresas como Amazon, Microsoft y Google ya utilizan estas tecnologías.
La refrigeración líquida, sin embargo, no elimina completamente el problema. En condiciones de temperaturas y humedad extremas, algunos centros necesitan utilizar sistemas adicionales que sí consumen agua. El artículo señala, por ejemplo, que muchos centros de datos de IA en Texas utilizan refrigeración basada en agua fundamentalmente durante los periodos más calurosos del verano. Un estudio citado estima que los centros de datos podrían pasar de representar actualmente menos del 1 % del consumo de agua de Texas a entre el 3 % y el 9 % en 2040, aunque los investigadores esperan que la mejora de la eficiencia reduzca esa previsión.
Otro elemento decisivo es dónde se construyen los centros de datos. El artículo sostiene que la localización puede ser tan importante como la propia tecnología. Instalar centros en regiones con abundantes recursos hídricos y disponibilidad de energías renovables puede reducir considerablemente su impacto. Por el contrario, ubicarlos en territorios sometidos a sequías, como Arizona, Nuevo México o partes del sur de California, puede incrementar la presión sobre recursos ya limitados. Según las estimaciones citadas, combinar una localización adecuada con energías renovables y mejoras en la eficiencia de los procesadores podría reducir hasta un 86 % la huella hídrica futura de la IA.
La relación entre agua y energía es especialmente importante. Las centrales eléctricas que utilizan carbón o gas necesitan agua para determinados procesos de refrigeración, de modo que una parte de la huella hídrica de la IA se produce indirectamente antes de que la electricidad llegue al centro de datos. Por ello, una transición hacia fuentes como la solar y la eólica puede reducir no solo las emisiones de carbono asociadas a la IA, sino también su consumo indirecto de agua. El artículo plantea así una conexión directa entre las decisiones energéticas y la sostenibilidad de la infraestructura digital.
También se están investigando tecnologías más avanzadas, entre ellas la refrigeración por inmersión, que introduce los componentes informáticos en líquidos especialmente diseñados para absorber el calor. Algunas empresas experimentan asimismo con soluciones de refrigeración más sofisticadas y, en otros países, incluso con centros de datos instalados en el mar. Son tecnologías todavía con limitaciones, especialmente en cuanto al mantenimiento y sustitución de los equipos, pero ilustran hasta qué punto la expansión de la IA está obligando a replantear la infraestructura física que sostiene los servicios digitales.
El artículo introduce además una cuestión importante para comprender el debate: la eficiencia individual no garantiza necesariamente una reducción del consumo total. Aunque cada consulta de IA pueda requerir menos agua que hace unos años, el número de consultas, modelos, usuarios y centros de datos está aumentando rápidamente. Por tanto, las mejoras tecnológicas pueden verse parcialmente compensadas por el crecimiento de la demanda. Esta tensión entre eficiencia y expansión es uno de los aspectos centrales de la sostenibilidad de la IA.
La autora concluye que el impacto hídrico de la inteligencia artificial no tiene una única respuesta global. Dependerá de las decisiones que adopten las empresas, los ingenieros y las administraciones respecto a la ubicación de los centros, las fuentes de energía, los sistemas de refrigeración y la gestión y reposición del agua. El mismo volumen de actividad informática puede tener consecuencias ambientales muy diferentes dependiendo del lugar y de la infraestructura utilizada.






