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Google AI Overviews: la precisión de la inteligencia artificial en la búsqueda y el problema de la fiabilidad informativa

Scale comparing accurate AI overview with verified sources and inaccurate AI overview with erroneous sources
Balancing accurate AI overview against errors and hallucinations

Mickle, Tripp, Cade Metz, Dylan Freedman, Teresa Mondría Terol y Keith Collins. «How Accurate Are Google’s A.I. Overviews?» The New York Times, 7 de abril de 2026. https://www.nytimes.com/2026/04/07/technology/google-ai-overviews-accuracy.html
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El funcionamiento y la fiabilidad de Google AI Overviews, el sistema de respuestas generadas por inteligencia artificial que aparece directamente en los resultados de búsqueda. El informe se centra en una cuestión clave del ecosistema digital actual: hasta qué punto estos resúmenes automáticos pueden considerarse fiables cuando están mediando entre los usuarios y la información en la web.

La investigación parte de una evaluación técnica realizada con metodologías de benchmarking, que sugiere que, aunque el sistema muestra un alto nivel de acierto general, sigue produciendo un volumen significativo de errores debido a la naturaleza probabilística de los modelos de lenguaje.

Uno de los hallazgos principales es que los AI Overviews alcanzan aproximadamente entre un 90% y 91% de precisión en tareas evaluadas, lo que en términos relativos puede parecer un rendimiento elevado. Sin embargo, el artículo subraya que esta cifra adquiere otra dimensión cuando se aplica a la escala masiva de Google, que procesa billones de consultas anuales. En este contexto, incluso un margen de error del 9–10% se traduce en millones de respuestas incorrectas difundidas diariamente, lo que plantea un problema estructural de fiabilidad en la infraestructura informativa global.

El texto también profundiza en la naturaleza del error en los sistemas de inteligencia artificial generativa. A diferencia de los motores de búsqueda tradicionales, que devuelven enlaces a fuentes externas, los AI Overviews sintetizan respuestas directamente. Este proceso implica que los modelos no “verifican” la verdad de la información, sino que generan textos basados en patrones estadísticos de lenguaje. Como resultado, pueden producir afirmaciones plausibles pero incorrectas, especialmente cuando las fuentes subyacentes son ambiguas, contradictorias o de baja calidad.

Otro aspecto relevante del análisis es el impacto epistemológico de este tipo de tecnología. El artículo señala que la integración de respuestas generadas por IA en la parte superior de los resultados de búsqueda transforma la relación entre usuarios e ინფორმაცია: en lugar de acceder a múltiples fuentes para contrastar información, los usuarios reciben una síntesis única que puede ocultar la diversidad o el conflicto entre datos. Esto introduce una tensión entre eficiencia y verificación, ya que la rapidez del acceso a la información puede debilitar los procesos de comprobación crítica.

El informe plantea implicaciones más amplias para el ecosistema digital y la confianza pública en la información en línea. Aunque Google defiende que el sistema mejora continuamente y reduce errores, el estudio sugiere que la escala del problema sigue siendo significativa. En consecuencia, el artículo concluye que la cuestión central no es solo la precisión técnica del sistema, sino su impacto en la arquitectura del conocimiento digital: la forma en que la inteligencia artificial reconfigura qué información se ve, cómo se interpreta y en qué medida puede considerarse fiable en un entorno informativo cada vez más mediado por algoritmos.

La inteligencia artificial ya no solo “consume” información de internet, sino que está amplificando y reproduciendo desinformación a gran escala

Get Fact First. 2026. “AI Is Now Running the Mis and Disinformation.” Get Fact First (Substack). Accedido el 25 de mayo de 2026. https://getfactfirst.substack.com/p/ai-is-now-running-the-mis-and-disinformation

La inteligencia artificial ha pasado de ser una herramienta auxiliar en la producción y distribución de información a convertirse en un componente estructural dentro del ecosistema global de la desinformación. En lugar de limitarse a responder preguntas o resumir contenidos, los sistemas generativos actuales participan activamente en la circulación, reformulación y amplificación de narrativas informativas, incluidas aquellas que pueden ser falsas, sesgadas o directamente manipuladas.

El último informe de amenazas de la UE concluyó que el 27% de los incidentes de manipulación de información extranjera en 2025 involucraron IA. Y esto es solo lo que está en el dominio público. Rusia ha invertido una cifra récord de 1.850 millones de dólares en propaganda exterior para 2026, un 54% más en un año. Irán también está inyectando nuevo dinero en su cadena estatal de radiodifusión. La guerra de Irán de 2026 se ha convertido en un banco de pruebas en tiempo real, con Rusia y China ejecutando operaciones paralelas y compartiendo inteligencia mientras lo hacen.

Investigadores del Information Sciences Institute de la USC introdujeron un puñado de agentes de IA en una red social simulada y les dieron una única tarea: ejecutar una campaña de propaganda. Nadie los programó ni les indicó cómo hacerlo. Ellos lo resolvieron por sí mismos: publicaciones sincronizadas, inundación de hashtags, el mismo mensaje con distintas voces, y una coordinación del público objetivo. Cada acción que reconocerías de una operación de influencia real fue inventada desde cero por el software. Los investigadores lo dicen de forma sencilla: esto no es una amenaza futura, ya es técnicamente posible. Diez agentes lo hicieron en un laboratorio, y es seguro que esto ya lleva tiempo ocurriendo fuera de él. El coste de fabricar una realidad falsa ha caído prácticamente a cero, los presupuestos estatales detrás de ello están aumentando, y el ser humano ha quedado fuera del proceso.

Miremos las elecciones del año pasado en Irlanda. Días antes de la votación presidencial, apareció un falso boletín de “RTÉ News” anunciando que la candidata Catherine Connolly se había retirado de la carrera y que las elecciones se habían cancelado. Estuvo activo durante doce horas y acumuló 30.000 visualizaciones antes de ser retirado. Ella no se había retirado.

Una de las ideas centrales es que los modelos de IA no operan con una noción de verdad, sino con correlaciones estadísticas del lenguaje. Esto significa que su funcionamiento no se basa en comprobar la veracidad de los datos, sino en predecir la continuación más probable de un texto. En consecuencia, cuando la red contiene información incorrecta ampliamente difundida, existe el riesgo de que esa información sea integrada en los modelos y posteriormente reproducida con un formato convincente, lo que incrementa su credibilidad percibida. Este fenómeno genera lo que el artículo describe como una apariencia de autoridad sin verificación epistémica real.

El texto también enfatiza el carácter acumulativo del problema. La desinformación en internet no es nueva, pero la IA introduce una capa de aceleración y automatización. Plataformas, redes sociales, foros y sitios de baja fiabilidad constituyen un entorno donde la información circula sin control riguroso. En ese contexto, los modelos de IA actúan como sistemas de compresión y redistribución de información: sintetizan grandes volúmenes de contenido y lo devuelven al usuario en forma de respuestas claras y aparentemente neutrales. Sin embargo, esa síntesis puede diluir matices, eliminar fuentes o reforzar errores existentes.

Otro punto relevante del artículo es la transformación del fenómeno propagandístico. Tradicionalmente, la desinformación requería actores humanos que diseñaran campañas, produjeran contenido y lo distribuyeran de forma coordinada. Con la aparición de sistemas automatizados, ese proceso puede ejecutarse de manera continua, escalable y con menor coste. El resultado es un ecosistema donde bots, modelos generativos y herramientas de automatización pueden sostener narrativas falsas durante largos periodos sin intervención directa constante.

El artículo también introduce una dimensión social y cognitiva: la erosión progresiva de la confianza informativa. No se trata solo de que exista más información falsa, sino de que se debilita la capacidad del público para distinguir entre fuentes fiables y no fiables. Cuando los usuarios reciben respuestas coherentes, bien redactadas y aparentemente neutrales de sistemas automatizados, puede generarse una confianza excesiva en la forma del mensaje por encima de su contenido real.

El texto sugiere que la desinformación automatizada no es un fenómeno marginal, sino una tendencia estructural que podría redefinir la ecología informativa contemporánea. En este escenario, la IA no es únicamente un intermediario, sino un actor que participa en la construcción misma del espacio público digital, con implicaciones directas para la comunicación política, la ciencia, el periodismo y la educación mediática.

¿Qué significa ser un “buen consumidor de noticias?

Shearer, Elisa. 2026. “What Americans think it takes to be a good news consumer.” Pew Research Center, 14 de mayo de 2026. https://www.pewresearch.org/short-reads/2026/05/14/what-americans-think-it-takes-to-be-a-good-news-consumer/

El informe del Pew Research Center analiza cómo los estadounidenses definen, en sus propias palabras, qué significa ser un “buen consumidor de noticias”. A partir de una encuesta abierta a miles de personas, el estudio revela que no existe una única definición compartida, sino un conjunto de ideas recurrentes que reflejan las tensiones actuales del ecosistema informativo: la desinformación, la polarización política, la abundancia de fuentes digitales y la creciente responsabilidad individual en la selección de lo que se considera verdadero o relevante.

Uno de los hallazgos principales es que la idea más extendida sobre el “buen consumo de noticias” es el escepticismo crítico. Una parte significativa de los encuestados afirma que ser un buen consumidor implica no aceptar la información de forma automática, sino cuestionarla, contrastarla y “no creer todo lo que se ve o se oye”. Este enfoque está asociado a prácticas como la verificación de hechos, la búsqueda de múltiples fuentes y la detección de posibles sesgos o propaganda. En conjunto, el estudio sugiere que la alfabetización crítica se ha convertido en un valor central en la forma en que el público interpreta su relación con la información.

Otro elemento destacado es la importancia de “estar informado” de forma continua. Muchos participantes vinculan el buen consumo de noticias con seguir la actualidad de manera regular, mantenerse al día con los acontecimientos y no desconectarse del debate público. Sin embargo, este ideal convive con una realidad marcada por la fatiga informativa y la fragmentación de la atención, donde gran parte de la población consume noticias de manera incidental a través de redes sociales, notificaciones o recomendaciones algorítmicas, en lugar de buscarlas activamente.

El estudio también identifica un tercer eje clave: la calidad y diversidad de las fuentes informativas. Muchos encuestados consideran que un buen consumidor de noticias debe acudir a medios fiables, con estándares profesionales de verificación y cobertura equilibrada. Sin embargo, el propio informe subraya que no existe consenso sobre qué medios son “fiables”, ya que la confianza en las instituciones periodísticas varía fuertemente según la ideología política. Esto refleja un entorno mediático profundamente polarizado, en el que la credibilidad de la información depende, en gran medida, de la identidad política del receptor.

Asimismo, una parte relevante de los participantes destaca la necesidad de consultar múltiples perspectivas, especialmente en temas políticos. Esta idea se expresa en la recomendación de “ver ambos lados” o contrastar diferentes enfoques antes de formar una opinión. Sin embargo, el estudio advierte que este principio, aunque ampliamente valorado, no siempre se traduce en prácticas reales sostenidas, ya que la exposición a fuentes diversas suele verse limitada por hábitos de consumo, algoritmos de personalización y preferencias ideológicas.

Finalmente, el informe recoge un conjunto menor de respuestas centradas en el comportamiento posterior al consumo de noticias, como evitar compartir información falsa o utilizar la información para tomar decisiones cívicas informadas, especialmente en contextos como el voto. Aunque estas ideas aparecen con menor frecuencia, reflejan una dimensión ética del consumo informativo: no solo importa cómo se accede a las noticias, sino también cómo se redistribuyen y qué efectos tienen en la esfera pública.

El estudio del Pew Research Center muestra que el concepto de “buen consumidor de noticias” se ha desplazado hacia una visión altamente individualizada, donde cada persona asume la responsabilidad de filtrar, evaluar y jerarquizar la información en un entorno saturado y fragmentado. Este cambio refleja una transformación más amplia del ecosistema mediático contemporáneo: la transición desde un modelo basado en intermediarios periodísticos relativamente estables hacia otro en el que el ciudadano debe actuar como filtro activo frente a una abundancia informativa cada vez más compleja y, a menudo, conflictiva.

Los libros son los mejores protectores de la verdad

Rújula, Pedro. 2026. Manifiesto zombi: el poder del libro. Serie 23 de Abril. Madrid: Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). eBook gratuito.

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«En esto los libros se han demostrado ser mejores protectores de la verdad. Sobre todo, porque sus con-tenidos remiten a marcos de interpretación incluidos en las propias obras dándoles así sentido y procurando al lector las herramientas de validación. Además, en su condición de entes físicos y complejos, los libros permiten una dinámica de indagación racional que ofrece al lector la oportunidad de buscar su propio camino hacia aquello que denominamos verdad. El universo del libro impreso no es perfecto ni está exento de de-formaciones y manipulaciones, pero en él no es tan fácil decir una cosa y su contraria al mismo tiempo, entre otras cosas porque lo dicho queda ante nuestros ojos de manera indeleble. La cultura del libro ha sido durante mucho tiempo el soporte del saber científico y una garantía de continuidad cultural.30 Las pantallas y las redes sociales, sin embargo, se han demostrado un medio especialmente vulnerable a los fenómenos de desinformación. Es la rapidez de los mensajes, la des-contextualización, la ausencia de causalidad, la dilución de la autoría, la banalidad intencionada, el predominio de contenidos que apelan a los sentimientos, lo que hace posible erosionar las viejas autoridades. El ruido termina acabando con las voces, y, cuando no existe criterio de verdad, quien se termina imponiendo es el más fuerte o el bárbaro, que muchas veces es el mismo.»

«Es el momento de invocar a los zombis. A todos aquellos que no creen en la profecía del futuro digital y en la nube, sino que desean seguir disfrutando de los beneficios y de los placeres que encierra la cultura del libro»

Pedro Rújula «Manifiesto zombi: el poder de los libros»

La obra se presenta como un texto combativo, casi un panfleto o libelo, que surge de un compromiso ético para defender la cultura del libro frente a la hegemonía de las pantallas de los dispositivos móviles. El autor constata una mutación cultural silenciosa pero profunda: los espacios cotidianos (como el transporte público) están dominados por personas absortas en pantallas retroiluminadas y redes sociales, relegando por completo la lectura en papel. Citando la famosa máxima de McLuhan, «el medio es el mensaje», Rújula sostiene que la pantalla condiciona drásticamente lo que se lee, orientando al usuario hacia contenidos ligeros, fragmentarios, emocionales y altamente adictivos que alejan la posibilidad de leer un libro completo. El libro impreso, un artefacto que apenas ha evolucionado en cinco siglos y que exige una secuencia e interacción intelectual profunda, se encuentra en una batalla asimétrica frente a lo digital.

Para contextualizar este fenómeno, el autor recurre a un paralelismo histórico con la Ilustración del siglo XVIII. En aquel entonces, los filósofos (philosophes) desafiaron el orden establecido del Antiguo Régimen no mediante un ataque institucional directo, sino imponiendo una nueva estética, la sátira y el uso de un gran artefacto cultural: La Enciclopedia. La cultura ilustrada demostró que las grandes transformaciones no se ganan en el terreno de la discusión pura de ideas, sino en el de las intuiciones y sensibilidades. De manera similar hoy, las pantallas y los algoritmos digitales no critican de forma razonada la cultura tradicional, sino que la desplazan mediante la acción y la inmediatez. El flujo infinito de imágenes y la brevedad de los mensajes imposibilitan el desmentido, erosionando el criterio de verdad en lo que se denomina la «era de la posverdad».

El manifiesto analiza las consecuencias cognitivas y sociales de esta transición:

  • Pérdida de habilidades y atención: Incluso los lectores entrenados sufren la adicción de los teléfonos móviles, experimentando una pérdida de concentración y de la capacidad de prestar atención sostenida. La lectura fragmentaria debilita los vínculos lógicos y de causalidad de los textos.
  • Crisis de autoría y propiedad: El ecosistema digital diluye la noción de autoría y originalidad, fomentando una «cultura pirata» donde se asume que todo lo que circula por la red es de libre acceso e ignorando el trabajo ético y económico de autores y editores.
  • El auge del presentismo: Rújula vincula la lectura en soporte digital con la crisis de una visión histórica de la realidad, dando paso a un régimen de «presentismo» extremo, potenciado por las redes sociales.
  • Erosión de la verdad y la democracia: Al desaparecer el rigor del método científico y de la demostración escrita en papel, la verdad es sustituida por el ruido ambiental y la repetición de falsedades. Al quebrarse la autoridad de la razón, pierden la ciencia y la democracia, imponiéndose «el más fuerte o el bárbaro».
  • Aislamiento narcisista: El entorno guiado por algoritmos fomenta un individualismo donde el usuario consume contenidos aisladamente, atomizando la esfera pública física que tradicionalmente servía para coordinar decisiones colectivas y la convivencia democrática.

Ante este panorama, el autor invoca a los «zombis»: aquellos lectores resistentes que no creen en la profecía de un futuro exclusivamente digital, que defienden el espacio físico, las librerías, las bibliotecas y el valor insustituible de la cultura escrita como pilar de la autonomía intelectual y de una sociedad sana.

Cambios en la percepción de la desinformación en Canadá: Tendencias en exposición, detección y confianza, 2025

Foran, Helen, y Howard Bilodeau. 2026. “Shifting Perceptions of Misinformation in Canada: Trends in Exposure, Detection and Trust.” Insights on Canadian Society. Statistics Canada, 13 de mayo de 2026. https://www150.statcan.gc.ca/n1/pub/75-006-x/2026001/article/00006-eng.htm

En 2025, el 80 % de los canadienses declaró haber visto noticias o información en internet que sospechaban que era engañosa, falsa o inexacta al menos una vez al mes. Estas experiencias son una de las principales preocupaciones de los canadienses, y la mayoría (61 %) manifestó estar «muy preocupada» o «extremadamente preocupada» por la desinformación en línea en 2025.

El estudio analiza cómo los canadienses perciben, detectan y experimentan la desinformación en el entorno digital, así como su relación con la confianza en los medios y la confianza interpersonal. A partir de datos de la Canadian Social Survey (2025) y comparaciones con la Survey Series on People and their Communities (2023), el informe explora la evolución de la exposición a noticias falsas, la capacidad de los ciudadanos para distinguir entre información verdadera y falsa, y el impacto de este fenómeno en la confianza social.

Uno de los hallazgos centrales es la alta exposición a la desinformación: en 2025, el 80% de los canadienses afirmó haber visto al menos mensualmente información que consideraba engañosa o falsa. Esta exposición es prácticamente transversal en términos de edad, género y nivel educativo, lo que indica que la desinformación es un fenómeno estructural del ecosistema informativo digital. Sin embargo, los mayores de 75 años reportan una menor exposición, posiblemente por diferencias en los hábitos de consumo informativo.

El estudio también muestra cómo los ciudadanos acceden a la información. Las fuentes más habituales son los medios de comunicación (66%), contactos cercanos (62%), redes sociales (54%) y la televisión (52%). Sin embargo, existen diferencias generacionales claras: los jóvenes (15–34 años) dependen principalmente de las redes sociales (78%), mientras que los mayores confían más en medios tradicionales como la televisión y los medios informativos. Estas diferencias reflejan una fragmentación del ecosistema mediático según la edad y el nivel educativo.

En cuanto a la percepción de la veracidad informativa, el 47% de los canadienses declara que en 2025 le resulta más difícil distinguir entre información verdadera y falsa que hace tres años. Además, el 61% expresa una preocupación alta o muy alta por la desinformación en línea. El informe destaca que esta dificultad no es uniforme, sino que se relaciona con variables como el nivel educativo, la confianza en los medios y la confianza interpersonal.

Otro aspecto relevante es la relación entre desinformación y confianza social. Los resultados muestran que las personas con mayor confianza en los medios canadienses y en otras personas tienden a tener más seguridad en su capacidad para detectar información falsa. Por el contrario, quienes muestran menor confianza en los medios o en los demás reportan mayores dificultades para identificar contenidos engañosos. Esto sugiere que la desinformación no solo es un problema informativo, sino también un fenómeno vinculado al capital social y la confianza institucional.

En conjunto, el estudio concluye que la desinformación es una experiencia común y persistente en la sociedad canadiense, y que sus efectos no se limitan a la exposición, sino que influyen en la percepción de la realidad y en la confianza en las instituciones. Aunque la preocupación por este fenómeno se mantiene estable entre 2023 y 2025, el reto principal es la creciente complejidad del entorno digital y la dificultad creciente para distinguir entre información fiable y falsa.

Los efectos destructivos de la desinformación en el cerebro humano Ejemplos que ponen en alerta la prevalencia de la desinformación en el siglo XXI.

Psychology Today. “The Destructive Effects of Misinformation on the Human Brain.” The Changing Brain, febrero de 2026. https://www.psychologytoday.com/us/blog/the-changing-brain/202602/the-destructive-effects-of-misinformation-on-the-human-brain

En conjunto, el artículo alerta de que la desinformación debe entenderse como un problema de salud cognitiva y social: una forma de “contaminación mental” que afecta tanto a los procesos internos del cerebro como a las dinámicas colectivas de la sociedad contemporánea.

La desinformación actúa sobre el cerebro humano de forma comparable a un agente biológico perjudicial: no es simplemente información errónea, sino una alteración profunda de los mecanismos cognitivos básicos. El artículo explica que la información es un “nutriente esencial” para el cerebro, de la misma manera que el oxígeno lo es para los pulmones. Cuando ese nutriente está contaminado, el funcionamiento cerebral se ve comprometido en múltiples niveles, desde los procesos neuroquímicos hasta las conductas observables. Así como una mínima alteración en los impulsos nerviosos puede provocar un fallo físico grave, la introducción de información falsa puede generar distorsiones en la percepción, el juicio y la toma de decisiones.

Uno de los efectos más relevantes es la alteración de la memoria. La investigación psicológica ha demostrado que la desinformación puede integrarse en los recuerdos hasta el punto de sustituirlos o mezclarse con ellos. Este fenómeno, conocido como “efecto de desinformación”, implica que la memoria no es un registro fiel de la realidad, sino un sistema maleable que puede ser reescrito por información posterior. Así, las personas pueden recordar hechos que nunca ocurrieron o reinterpretar eventos reales a la luz de datos falsos, lo que tiene consecuencias especialmente graves en ámbitos como el testimonio judicial o la construcción de la memoria colectiva.

Otro aspecto clave es la persistencia de la desinformación incluso después de haber sido corregida. Diversos estudios señalan que, una vez que una idea falsa ha sido incorporada, resulta extremadamente difícil eliminarla del todo: el cerebro sigue utilizándola como referencia, fenómeno conocido como “influencia continuada”. Esto se debe a que la información inicial deja huellas cognitivas duraderas y a que el cerebro tiende a preferir narrativas coherentes, aunque sean incorrectas, frente a la incertidumbre. En este sentido, la desinformación no solo engaña momentáneamente, sino que configura marcos mentales estables.

El artículo también destaca el papel de las emociones como vehículo de desinformación. Las creencias falsas suelen ir acompañadas de respuestas emocionales intensas —miedo, ira, entusiasmo— que refuerzan su aceptación y difusión. El cerebro humano está especialmente predispuesto a procesar información emocional, lo que explica por qué los contenidos sensacionalistas o polarizantes se propagan con mayor rapidez. En el contexto digital actual, donde las redes sociales amplifican este tipo de mensajes, la desinformación encuentra un entorno ideal para expandirse y consolidarse.

Finalmente, el texto subraya que la desinformación del siglo XXI no es un fenómeno aislado, sino sistémico. Su prevalencia se ve impulsada por factores tecnológicos, cognitivos y sociales: la velocidad de difusión supera la capacidad de verificación, los algoritmos favorecen contenidos emocionales y los individuos tienden a aceptar información que confirma sus creencias previas. Como resultado, la desinformación no solo afecta al individuo —alterando su cerebro y su percepción de la realidad—, sino que también erosiona el tejido social al aumentar la polarización y debilitar la confianza en el conocimiento experto.

La crisis de la verdad en la era de la IA

Chaudry, Gia. “How the Internet Broke Everyone’s Bullshit Detectors.” WIRED, April 11, 2026. https://www.wired.com/story/how-the-internet-broke-everyones-bullshit-detectors/

La evolución reciente de Internet —marcada por la inteligencia artificial generativa, la lógica algorítmica de las plataformas y la limitación del acceso a fuentes verificables— ha erosionado profundamente nuestra capacidad colectiva para distinguir entre lo verdadero y lo falso. Ya no se trata simplemente de desinformación, sino de una transformación estructural del ecosistema informativo donde la velocidad, la estética y la viralidad pesan más que la veracidad.

Uno de los factores clave es la proliferación de contenido sintético generado por IA, capaz de producir imágenes y vídeos altamente convincentes en cuestión de horas. Este contenido no necesita ser duradero ni resistir un análisis profundo: basta con que circule rápidamente antes de que pueda ser verificado. En este contexto, la verdad llega tarde, mientras que la falsedad se beneficia de los mecanismos de amplificación de las redes sociales. La lógica del “engagement” prioriza aquello que impacta o emociona, independientemente de su fiabilidad.

El artículo subraya además un fenómeno especialmente preocupante: la aparición de manipulaciones “híbridas”. En estos casos, una imagen es casi completamente real, pero contiene pequeñas alteraciones —un detalle añadido, un objeto modificado— que cambian su significado. Estas falsificaciones son extremadamente difíciles de detectar, incluso para herramientas técnicas, ya que la mayor parte del contenido es auténtico. Este cambio rompe con la premisa tradicional de que una imagen es un registro fiel de la realidad.

A este problema se suma la creciente dificultad para acceder a fuentes primarias de verificación, como imágenes satelitales, cuya disponibilidad puede verse restringida por decisiones políticas o estratégicas. Esto limita la capacidad de periodistas, investigadores y analistas de contrastar hechos de forma independiente, creando un vacío que el contenido generado por IA puede ocupar fácilmente. En ese espacio de incertidumbre, la realidad ya no solo se interpreta: se compite por definirla.

El texto también advierte sobre el papel de los usuarios en la propagación de la desinformación. Los llamados “superdifusores” y el tráfico automatizado —que ya representa una parte significativa de la actividad en Internet— aceleran la circulación de contenidos sin verificación. Incluso los sistemas de detección de falsificaciones resultan insuficientes: ofrecen probabilidades, no certezas, y pueden fallar con frecuencia. Por ello, no pueden considerarse herramientas definitivas para determinar la verdad.

Frente a este panorama, el artículo propone un cambio de enfoque. Más que confiar exclusivamente en tecnologías de detección, sugiere apostar por sistemas de “proveniencia” que certifiquen el origen de los contenidos. Mientras estas soluciones no estén plenamente implementadas, la responsabilidad recae en el comportamiento del usuario: detenerse, verificar, rastrear el origen de la información y resistir la presión de compartir de forma impulsiva. En un entorno diseñado para la inmediatez, la pausa se convierte en una forma de resistencia cognitiva.

El artículo describe una transición hacia un entorno informativo donde la duda es constante y la certeza escasa. La pérdida de confianza no solo afecta a los contenidos, sino también a las instituciones y a los propios mecanismos de verificación. En este nuevo escenario, la alfabetización digital y el pensamiento crítico dejan de ser habilidades opcionales para convertirse en herramientas esenciales de supervivencia informativa.

Alfabetización mediática en la era del contenido generado por IA: ahogados en el “slop”

Frontier Learning Lab. “Drowning in Slop: Media Literacy in the Age of AI.” Substack, 2026. https://frontierlearninglab.substack.com/p/drowning-in-slop-media-literacy-in

Se plantea que nos encontramos en una nueva fase del ecosistema informativo caracterizada por la sobreproducción masiva de contenidos generados por inteligencia artificial, fenómeno que se ha popularizado bajo el término “AI slop”. Este concepto hace referencia a materiales digitales producidos en grandes cantidades, pero con escasa calidad, profundidad o fiabilidad, diseñados principalmente para captar atención y generar ingresos en la economía de los clics.

Slop IA (o «AI Slop») se refiere al contenido digital de baja calidad, repetitivo y masivo generado automáticamente por inteligencia artificial. Es considerado el equivalente al «spam» o «basura» en la era de la IA, priorizando cantidad sobre calidad para ganar clics o interacción en redes sociales

La tesis central del texto es que este exceso de contenido no solo supone un problema de desinformación, sino también de saturación cognitiva. A diferencia de etapas anteriores —en las que el reto era distinguir entre información verdadera y falsa—, ahora el desafío consiste en navegar un entorno donde el volumen de contenido irrelevante, superficial o redundante dificulta incluso encontrar información significativa. En este contexto, el problema no es solo la mentira, sino el ruido: una “contaminación informativa” que diluye el conocimiento valioso.

El artículo subraya que esta situación está impulsada por incentivos estructurales del ecosistema digital. Las plataformas premian el volumen, la velocidad y el «engagement» (compromiso), lo que favorece la proliferación de contenido automatizado. La inteligencia artificial permite producir textos, imágenes o vídeos a gran escala y bajo coste, generando una especie de industrialización del contenido que prioriza la cantidad sobre la calidad. Como resultado, el espacio digital se llena de materiales repetitivos, poco fiables o directamente inútiles.

Uno de los aspectos más relevantes es el impacto de este fenómeno en la confianza. Cuando los usuarios se enfrentan a grandes cantidades de contenido indistinguible en términos de calidad —y cada vez más difícil de verificar—, se produce una erosión progresiva de la credibilidad del entorno informativo. No se trata solo de creer información falsa, sino de dejar de confiar en cualquier información. Este proceso puede derivar en un escepticismo generalizado que debilita tanto el conocimiento compartido como el debate público.

El texto también introduce la idea de una nueva brecha digital: no tanto de acceso a la información, sino de calidad de la información consumida. Mientras algunos usuarios acceden a contenidos fiables (a menudo de pago o producidos por instituciones consolidadas), otros quedan atrapados en ecosistemas dominados por contenido automatizado, clickbait (viberanzuelo) o desinformación. Esta desigualdad informativa tiene implicaciones profundas para la educación, la participación democrática y la cohesión social.

En este escenario, la alfabetización mediática adquiere un papel central, pero debe transformarse. El artículo sostiene que las estrategias tradicionales —centradas en analizar críticamente cada unidad de información— resultan insuficientes ante el volumen actual. En su lugar, propone enfoques más adaptados al entorno digital, como el filtrado activo de fuentes, la lectura lateral (comparar múltiples fuentes antes de profundizar) y el desarrollo de hábitos de consumo informativo más selectivos.

Además, se enfatiza la necesidad de una alfabetización que no sea solo técnica, sino también cultural y ética. Los usuarios deben comprender cómo funcionan los algoritmos, cuáles son los intereses económicos detrás de la producción de contenido y cómo sus propios sesgos cognitivos influyen en lo que consumen y comparten. La alfabetización mediática se redefine así como una competencia integral que combina pensamiento crítico, conocimiento tecnológico y responsabilidad social.

Para concluir, el artículo advierte que la solución no puede recaer únicamente en los individuos. Aunque la educación en alfabetización mediática es fundamental, también se requieren cambios estructurales en las plataformas tecnológicas, como la mejora de los sistemas de recomendación, la transparencia en el uso de IA y posibles regulaciones que limiten la proliferación de contenido de baja calidad. Sin embargo, incluso con estas medidas, el texto sugiere que el reto persistirá: en un mundo donde generar contenido es prácticamente gratuito, la escasez ya no es de información, sino de atención, criterio y significado.

La administración Trump recurre a imágenes falsas generadas por IA como estrategia política

Huamani, Kaitlyn. “Trump’s Use of AI Images Sparks Alarm and Misinformation Fears.” The Independent, 27 de enero de 2026.

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Donald Trump ha incorporado imágenes generadas o manipuladas con inteligencia artificial dentro de su estrategia comunicativa, incluso desde canales oficiales vinculados a la Casa Blanca. No se trata únicamente de montajes humorísticos o memes aislados, sino de piezas visuales difundidas en espacios institucionales que tradicionalmente se asociaban con información verificable. Este desplazamiento desde lo informal hacia lo oficial es uno de los elementos que más inquietud genera entre analistas y especialistas en desinformación.

Uno de los casos señalados en el reportaje es la publicación de imágenes alteradas que exageran rasgos emocionales o escenifican situaciones con una clara intencionalidad política. Aunque estas piezas puedan presentarse como sátira o ironía, los expertos advierten que su circulación desde cuentas oficiales les otorga una legitimidad que difumina la frontera entre propaganda, entretenimiento y comunicación gubernamental. El problema no radica solo en la manipulación visual, sino en el contexto institucional que amplifica su impacto.

Un pasaje destacado del artículo se refiere a un caso en el que la cuenta oficial de la Casa Blanca en X (antes Twitter) publicó una fotografía digitalmente alterada de la abogada de derechos civiles Nekima Levy Armstrong en la que aparecía aparentemente llorando tras un arresto. La imagen original había sido compartida por una secretaria de Seguridad Nacional, pero la versión difundida por el canal oficial fue retocada para acentuar las lágrimas, lo que provocó críticas de que se estaba utilizando la IA para manipular la percepción pública de eventos reales. Críticos como académicos en estudios de información sostienen que etiquetar estas publicaciones como “memes” puede ser una táctica para minimizar la crítica, aunque su difusión desde canales oficiales les confiere una legitimidad peligrosa.

El artículo subraya que este fenómeno contribuye a una erosión progresiva de la confianza pública. Cuando los ciudadanos perciben que incluso las fuentes oficiales emplean imágenes artificiales o engañosas, se debilita la idea de que existe un terreno común de hechos verificables. Investigadores en comunicación política señalan que la repetición de estos recursos puede normalizar la duda permanente: si todo puede estar manipulado, nada resulta plenamente creíble.

Además, el reportaje conecta esta práctica con un entorno digital más amplio en el que la inteligencia artificial facilita la producción masiva de contenidos visuales difíciles de distinguir de fotografías auténticas. En este contexto, el uso estratégico de imágenes generadas por IA no solo influye en campañas electorales o debates puntuales, sino que alimenta una cultura política donde la emoción y la viralidad pesan más que la precisión factual.

En definitiva, el texto plantea que el verdadero riesgo no es únicamente la existencia de imágenes falsas, sino la institucionalización de su uso. Cuando la comunicación oficial adopta recursos propios de la cultura meme y la manipulación digital, se intensifica la crisis de confianza en las instituciones democráticas y en los medios de comunicación, reforzando un clima de polarización y escepticismo estructural.

Políticas gubernamentales de Estados Unidos han eliminado el acceso a información científica sobre el clima y la han reemplazado con desinformación

Cell, Kate. 2025. «Disinformation Undermines Our Right to ScienceUnion of Concerned Scientists Blog. https://blog.ucs.org/kate-cell/disinformation-undermines-our-right-to-science/.

El texto parte de un informe reciente de la UNESCO sobre tendencias globales en la libertad de expresión y desarrollo de medios, destacando especialmente la problemática de la desinformación climática. La autora señala que, hacia finales de 2025, determinadas políticas gubernamentales en Estados Unidos han eliminado el acceso a información científica sobre el clima, la han reemplazado con desinformación

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) publicó su informe cuatrienal sobre Tendencias Mundiales en la Libertad de Expresión y Desarrollo de los Medios. Lo que sigue es una versión ligeramente adaptada de la contribución sobre desinformación climática.

A medida que la Tierra continúa calentándose [principalmente debido a la actividad humana] y los impactos en nuestro clima se vuelven cada vez más severos, la ciencia que busca advertirnos y orientarnos está siendo silenciada. Líderes globales poderosos y grandes corporaciones ignoran o niegan la ciencia en un intento deliberado de engañar al público y retrasar la acción urgente necesaria para proteger la habitabilidad del planeta.

En el articulo se analiza cómo la desinformación climática socava el derecho colectivo al conocimiento científico y a la toma de decisiones basada en evidencia. Según la autora, políticas gubernamentales recientes en Estados Unidos han limitado el acceso público a información científica sobre el clima, reemplazándola por narrativas sesgadas o desinformación. Esto afecta evaluaciones oficiales, como la National Climate Assessment, y disminuye la confianza en los científicos, poniendo en riesgo la acción frente al cambio climático.

Cell destaca que, aunque los efectos del cambio climático están bien documentados, existen poderosas fuerzas políticas y corporativas que niegan o manipulan la información científica para retrasar medidas urgentes. La autora señala casos recientes en los que se ha distorsionado información sobre olas de calor extremas, afectando la percepción pública y la preparación frente a eventos climáticos que ponen en riesgo la vida de millones de personas. Además, se ha limitado el acceso a recursos oficiales, obligando a investigadores y ciudadanos a buscar información en fuentes independientes o archivos previos.

La desinformación no solo tiene consecuencias sociales, sino también científicas y económicas. Los datos indican un aumento significativo de la mortalidad por calor extremo en las últimas décadas, y estudios económicos muestran pérdidas vinculadas a las emisiones de industrias específicas. A pesar de la solidez de la evidencia científica, estas campañas buscan debilitar la autoridad de los expertos y retrasar la adopción de políticas efectivas (Cell, 2025).

La autora identifica a la industria de los combustibles fósiles y a sus aliados políticos como los principales impulsores de esta desinformación. Documentos históricos muestran que estas industrias tenían conocimiento del cambio climático décadas atrás, pero eligieron estrategias de negación y manipulación para proteger sus intereses económicos. Entre las tácticas empleadas se incluyen la exageración de incertidumbres científicas, el financiamiento de estudios cuestionables, el acoso a científicos y la manipulación de funcionarios gubernamentales. Investigaciones realizadas por la Union of Concerned Scientists y otros organismos demuestran que la industria de los combustibles fósiles ha utilizado todas las tácticas del manual de desinformación:

  • Contratar a un científico que utilizaba métodos desacreditados y no revelaba la financiación de la industria.
  • Generar dudas exagerando las incertidumbres de la ciencia del cambio climático y dirigiéndose a profesores y estudiantes.
  • Acosar a los científicos climáticos.
  • Comprar credibilidad.

Además, las plataformas digitales juegan un papel crucial en la difusión de desinformación, muchas veces de forma indirecta al priorizar contenido que genera mayor interacción y publicidad. Esto amplifica la exposición de la sociedad a narrativas falsas o engañosas sobre el cambio climático, incluyendo teorías conspirativas y ataques a políticas de mitigación. La influencia de estas prácticas también afecta a instituciones científicas, limitando financiamiento, debilitando agencias regulatorias y generando presión sobre investigadores, lo que repercute en la comunicación científica y en la implementación de políticas basadas en evidencia.