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Las universidades incorporan los fundamentos de la inteligencia artificial a sus planes de estudios obligatorios

Donadel, A. (2026, 22 de octubre). How Colleges Are Building AI Fundamentals in Core Curriculum. University Business. Consultar artículo original

Se analiza cómo las universidades estadounidenses están incorporando la alfabetización en inteligencia artificial a sus planes de estudios generales, con el objetivo de que todos los estudiantes, independientemente de su especialidad, adquieran conocimientos y competencias para comprender, evaluar y utilizar esta tecnología en sus futuras profesiones. La IA está dejando de ser una materia optativa o una iniciativa aislada de determinadas facultades para convertirse progresivamente en una competencia transversal de la formación universitaria.

Uno de los ejemplos más destacados es la Universidad de Texas en Austin (UT Austin), que está preparando una renovación de su currículo de grado para incorporar la asignatura «Informática e Inteligencia Artificial» como componente fundamental de la formación general, junto a disciplinas como literatura, ciencias sociales y política estadounidense. La reforma, prevista para el otoño de 2027, pretende combinar conocimientos tecnológicos con el desarrollo de capacidades humanas esenciales, como la lectura profunda, la reflexión independiente, la escritura y el diálogo razonado. La propuesta contempla tres grandes pilares formativos: humanidades, ciencias sociales y STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas).

La Universidad Estatal de Ohio ha optado por una estrategia institucional para que todos sus estudiantes aprendan a integrar la inteligencia artificial en sus respectivas disciplinas. Su objetivo es que los graduados sean capaces de desenvolverse simultáneamente en su especialidad profesional y en la aplicación de herramientas de IA. La iniciativa incluye formación básica sobre la tecnología, sus posibilidades, sus limitaciones y sus implicaciones éticas.

Por su parte, la Universidad de Purdue ha actualizado cientos de programas académicos e incorporado la competencia en inteligencia artificial a sus resultados de aprendizaje fundamentales. De esta manera, el conocimiento de la IA pasa a formar parte de las expectativas formativas que deben cumplir los estudiantes para graduarse. La Universidad Estatal de Nueva York (SUNY) también ha revisado su competencia transversal de alfabetización informacional para incluir la evaluación de contenidos generados por IA y la comprensión de las implicaciones éticas de estas tecnologías, sin necesidad de añadir nuevos créditos a los planes de estudio.

Otras instituciones están desarrollando modelos diferentes. Agnes Scott College ha incorporado la alfabetización en IA a la formación obligatoria del primer año universitario, abordando cuestiones como la inteligencia artificial generativa, los sesgos, la ética y sus aplicaciones profesionales. Miami University, en cambio, ha elegido una implantación progresiva por departamentos. Trece unidades académicas, desde contabilidad hasta liderazgo deportivo, comenzaron a integrar competencias relacionadas con la IA, con el objetivo de que los 21 departamentos participen en el curso académico 2027-2028.

El artículo destaca especialmente el protagonismo de las escuelas de negocios, que están acelerando la incorporación de la inteligencia artificial a sus programas. La Universidad de Indiana, a través de Kelley School of Business, exige a sus estudiantes completar dos cursos fundamentales de IA antes de avanzar hacia otras asignaturas tecnológicas. James Madison University está incorporando contenidos sobre inteligencia artificial en 40 asignaturas y programas, mientras que la Marshall School of Business de la Universidad del Sur de California ha creado una nueva posición directiva para impulsar la formación del profesorado y la integración de esta tecnología en la docencia y la investigación.

Estas iniciativas reflejan un cambio de orientación: las universidades ya no se preguntan únicamente cómo utilizar la inteligencia artificial en algunas asignaturas, sino cómo garantizar que todos sus titulados comprendan sus fundamentos y sepan aplicarla responsablemente en sus respectivos ámbitos profesionales.

Los bibliotecarios universitarios estadounidenses ganan una media de 84.499 dólares anuales, según el informe ARL 2025.

La Association of Research Libraries (ARL) ha publicado su informe ARL Annual Salary Survey 2025, un estudio que ofrece una panorámica de las retribuciones y características profesionales del personal que trabaja en las principales bibliotecas de investigación de Estados Unidos y Canadá. Según el informe ARL Annual Salary Survey 2025, el sueldo medio anual de los profesionales de las bibliotecas universitarias de investigación es de 84.499 dólares brutos anuales.

La investigación analiza los datos salariales de 119 de las 125 bibliotecas integrantes de la asociación durante 2025. En total, recoge información de 11.200 profesionales pertenecientes a 114 bibliotecas universitarias y de otros 1.617 trabajadores de cinco bibliotecas estadounidenses de carácter federal, público y sin ánimo de lucro. Se trata de una de las fuentes de referencia para conocer la evolución del empleo y las condiciones laborales en las grandes instituciones bibliotecarias de investigación.

El estudio distingue tres grandes ámbitos dentro de las bibliotecas universitarias: los sistemas bibliotecarios generales, las bibliotecas de ciencias de la salud y las bibliotecas jurídicas. Además de las retribuciones, recoge información sobre la estructura profesional, los años de experiencia, los nombramientos académicos y la posibilidad de pertenecer a unidades de negociación colectiva. Estos indicadores permiten observar las diferencias existentes entre los modelos organizativos y laborales de las instituciones universitarias de ambos países.

Uno de los aspectos más interesantes del informe es la comparación del reconocimiento académico y las condiciones de representación laboral. Entre las universidades públicas estadounidenses, el 76 % ofrece nombramientos académicos a sus profesionales bibliotecarios y el 40 % contempla su elegibilidad para formar parte de unidades de negociación colectiva. En las universidades privadas estadounidenses, estos porcentajes descienden al 31 % y al 21 %, respectivamente. Por su parte, las universidades canadienses, todas ellas públicas, registran un 64 % de nombramientos académicos y un 86 % de elegibilidad para la negociación colectiva. Estas diferencias reflejan distintas tradiciones institucionales en cuanto al reconocimiento del bibliotecario como profesional académico y su participación en las estructuras de representación laboral.

En cuanto a las retribuciones, el estudio analiza 9.602 profesionales de las bibliotecas universitarias de la ARL y establece cuatro grandes categorías laborales. Los puestos de dirección ejecutiva presentan una media salarial de 180.652 dólares anuales, con una experiencia profesional media de 22 años. Los responsables de alta dirección o gerencia sénior perciben 114.247 dólares, con 18 años de experiencia; los puestos de gestión intermedia alcanzan los 92.664 dólares, con 16 años de experiencia; y el resto de profesionales registra una media de 84.499 dólares anuales y 14 años de trayectoria profesional. Los datos muestran una relación directa entre responsabilidad organizativa, experiencia acumulada y nivel de remuneración.

El informe incluye también información sobre las bibliotecas de investigación no universitarias, ampliando el análisis a otras instituciones que forman parte del ecosistema de investigación. La publicación dispone de una edición digital que incorpora tablas de datos descargables en formato Excel, lo que facilita realizar comparaciones entre instituciones, categorías profesionales y niveles de responsabilidad.

La pertenencia estudiantil y la biblioteca como tercer lugar

ARL Unbound | Student Belonging and the Library as Third Place. (2026). Library Journal. Disponible en: https://www.libraryjournal.com/story/arl-unbound-student-belonging-and-the-library-as-third-place

La biblioteca universitaria contemporánea desempeña una función que va mucho más allá de proporcionar acceso a libros, revistas científicas, bases de datos y otros recursos de información. También puede convertirse en un espacio fundamental para que los estudiantes construyan relaciones sociales, desarrollen su identidad universitaria y encuentren un sentimiento de pertenencia a la comunidad académica. Esta dimensión resulta especialmente importante para quienes comienzan sus estudios superiores, se trasladan a otra ciudad o se enfrentan por primera vez a la experiencia de vivir lejos de su entorno familiar.

La universidad puede representar una oportunidad de crecimiento intelectual y personal, pero también un escenario de incertidumbre, aislamiento y dificultades de adaptación. En este contexto, la biblioteca puede ofrecer un entorno acogedor en el que estudiar, relacionarse con otras personas, descansar entre clases y participar en actividades culturales sin la presión de tener que demostrar constantemente un rendimiento académico.

La idea de la biblioteca como espacio de pertenencia supone, por tanto, ampliar la concepción tradicional de sus servicios. No basta con disponer de instalaciones modernas o colecciones de calidad: es necesario que los estudiantes perciban que la biblioteca es un lugar accesible, abierto a la diversidad y pensado también para sus necesidades personales y sociales. La pertenencia no se consigue únicamente mediante el diseño arquitectónico, sino a través de las experiencias que las personas viven en el espacio, de la calidad de las relaciones que establecen y de la posibilidad de sentirse reconocidas como miembros legítimos de la comunidad. Desde esta perspectiva, la biblioteca contribuye al bienestar estudiantil y puede reforzar indirectamente la participación, la integración y el éxito académico.

La expresión tercer lugar procede de los trabajos del sociólogo Ray Oldenburg y hace referencia a aquellos espacios que ocupan una posición intermedia entre el hogar, considerado el primer lugar, y el trabajo o las obligaciones formales, entendido como el segundo. Los terceros lugares favorecen la interacción informal, la convivencia, la conversación y la creación de vínculos comunitarios. Aplicado al ámbito universitario, este concepto permite entender la biblioteca como un espacio que no pertenece exclusivamente al terreno de las clases, los exámenes o las tareas académicas, sino que ofrece a los estudiantes una experiencia más flexible y cotidiana de la vida universitaria.

La biblioteca resulta especialmente adecuada para desempeñar esta función porque, en principio, es un espacio compartido, relativamente neutral y abierto a personas con intereses, procedencias y circunstancias diferentes. Puede combinar zonas de silencio y concentración con espacios de trabajo colaborativo, áreas de descanso y lugares para encuentros informales. Esta pluralidad permite responder a necesidades diversas sin reducir la identidad de la institución a una única función. La investigación de Montgomery y Miller sobre la biblioteca como tercer lugar ya destacaba la importancia de conservar los edificios bibliotecarios como espacios de aprendizaje colaborativo e interacción comunitaria, incluso cuando muchos recursos y servicios se trasladan al entorno digital.

Concebir la biblioteca como tercer lugar implica reconsiderar tanto la organización de sus espacios como la programación de sus actividades. La biblioteca puede mantener sus funciones tradicionales de apoyo al aprendizaje y a la investigación y, al mismo tiempo, ofrecer experiencias que faciliten la convivencia, la creatividad y la participación. Entre las posibilidades se encuentran los clubes de lectura, los encuentros con autores, las exposiciones, los talleres creativos, las actividades culturales, los espacios de creación o makerspaces y las iniciativas impulsadas por los propios estudiantes. Estas propuestas permiten que la biblioteca se convierta en un lugar al que acudir no solo para resolver una necesidad concreta de información, sino también para compartir intereses, descubrir nuevas aficiones y establecer relaciones con otros miembros de la comunidad universitaria.

La programación cultural y social adquiere así una importancia estratégica. Randa L. Morgan, en su trabajo sobre bibliotecas académicas, terceros lugares y programas comunitarios, plantea que las actividades recreativas y de participación pueden contribuir a fortalecer la comunidad universitaria y a mejorar la conexión entre las necesidades de los estudiantes y los servicios bibliotecarios. Desde este planteamiento, las bibliotecas deben superar la idea de que toda actividad ha de justificarse exclusivamente por su relación directa con la investigación o el estudio. También es legítimo crear oportunidades para la conversación, el ocio cultural y el encuentro espontáneo, porque estas experiencias contribuyen a construir relaciones de confianza y una identidad compartida.

Un aspecto fundamental de esta transformación es reconocer a los estudiantes como participantes activos en la definición de la biblioteca. Para que el espacio genere pertenencia, no basta con que los profesionales decidan qué servicios ofrecer o cómo distribuir el mobiliario. Es necesario conocer las experiencias, preferencias y dificultades de quienes utilizan la biblioteca, así como de aquellos que no acuden a ella. Las encuestas, los grupos de discusión, las consultas informales y los proyectos de codiseño pueden ayudar a identificar barreras físicas, sociales, culturales o económicas que dificultan la participación.

La inclusión también exige reconocer que los estudiantes no constituyen un grupo homogéneo. Las necesidades de quienes viven en residencias universitarias pueden ser distintas de las de quienes se desplazan diariamente desde otras localidades; los estudiantes internacionales pueden necesitar espacios para establecer relaciones y familiarizarse con el entorno; y quienes experimentan dificultades económicas, aislamiento social o problemas de accesibilidad pueden encontrar en la biblioteca un recurso especialmente valioso. La existencia de zonas tranquilas, espacios de colaboración, mobiliario flexible, horarios adecuados y normas claras de convivencia contribuye a crear un entorno en el que diferentes formas de estudiar, descansar y relacionarse puedan coexistir.

Un estudio de Kathryn New y Derek Marshall, publicado en 2026, examina precisamente cómo las bibliotecas de la Universidad Estatal de Mississippi han trabajado para consolidar estos espacios mediante la consulta a los estudiantes, la renovación de las instalaciones y la organización de programas que consideran sus necesidades más allá del rendimiento académico. El trabajo destaca la importancia de ofrecer a los estudiantes oportunidades para participar en las decisiones y desarrollar un sentimiento de apropiación del espacio bibliotecario.

La consideración de la biblioteca como tercer lugar tiene consecuencias para la planificación estratégica, la evaluación de servicios y la justificación de la inversión institucional. Si su contribución se mide exclusivamente mediante indicadores como el número de préstamos, las consultas de bases de datos o las visitas a los puestos de estudio, quedarán fuera de la evaluación aspectos importantes de su valor social. También resulta necesario conocer si los estudiantes se sienten bienvenidos, si encuentran espacios adecuados para relacionarse, si participan en las actividades organizadas y si consideran que la biblioteca forma parte significativa de su experiencia universitaria.

Esto no significa sustituir los indicadores tradicionales por medidas subjetivas, sino complementarlos con evidencias sobre participación, satisfacción, inclusión y percepción de pertenencia. La colaboración entre bibliotecarios, profesorado, servicios de orientación, asociaciones estudiantiles y responsables universitarios puede contribuir a que la biblioteca forme parte de una estrategia más amplia de bienestar y éxito estudiantil. Asimismo, defender el valor de la biblioteca como espacio físico continúa siendo importante en un contexto en el que el acceso digital permite consultar numerosos recursos sin acudir al edificio. Precisamente, cuando la información puede obtenerse desde cualquier lugar, la biblioteca adquiere un valor diferencial como entorno compartido para aprender, crear, convivir y construir comunidad.

Biblioteca de Semillas de la UDELAR con Magali Ivañez y Sebastián Guida. Planeta Biblioteca 2026/10/26.

Biblioteca de Semillas con Magali Ivañez y Sebastián Guida

Planeta Biblioteca 2026/10/26.

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El programa de radio «Planeta Biblioteca» entrevista a Magali Ibañez y Sebastián Guida sobre el proyecto de la Biblioteca de Semillas de la Universidad de la República en Rivera, Uruguay. Este proyecto gratuito y autogestionado promueve la soberanía alimentaria y la conservación de semillas criollas y nativas mediante un sistema de préstamo e intercambio con la comunidad. Destaca la participación activa y el rol clave de las mujeres rurales en la salvaguarda de este patrimonio y el impulso de la agroecología. Además del intercambio, el espacio ofrece talleres, pruebas de germinación y ferias locales de biodiversidad. Se señala que la iniciativa carece de presupuesto propio y funciona gracias al compromiso voluntario y colaborativo del equipo. Para concluir, recomiendan lecturas de referencia agroecológica, como las obras de Alejandro Sequeira sobre plantas hortícolas y hongos.

El estado de las bibliotecas universitarias de Estados Unidos en 2025 (2026)

Parsons-Diamond, Gena. “The State of U.S. Academic Libraries: Findings from the ACRL 2025 Annual Survey.” ACRL Insider, 13 de octubre de 2026. Association of College and Research Libraries (ACRL), American Library Association.

Texto completo

La Association of College and Research Libraries (ACRL), división de la American Library Association (ALA), ha publicado los resultados de su encuesta anual sobre tendencias y estadísticas de las bibliotecas universitarias estadounidenses. El informe The State of U.S. Academic Libraries: Findings from the ACRL 2025 Annual Survey ofrece una visión general de la situación de estas instituciones a través de indicadores relacionados con el personal, los gastos, las colecciones, la circulación, las visitas y los servicios de información.

El objetivo de esta encuesta es proporcionar datos que permitan evaluar el funcionamiento de las bibliotecas, comparar sus resultados con los de otras instituciones y fundamentar las decisiones de gestión. Estas estadísticas también constituyen una herramienta de defensa de la profesión, ya que ayudan a demostrar la contribución de las bibliotecas a la educación superior y a justificar los recursos necesarios para cumplir sus objetivos.

La edición de 2025 adquiere especial relevancia por un cambio en el sistema estadístico estadounidense: tras finalizar la recopilación de datos sobre bibliotecas universitarias dentro del Integrated Postsecondary Education Data System (IPEDS), correspondiente al ejercicio fiscal de 2024, la encuesta de la ACRL pasa a ser la única fuente nacional de datos exhaustivos sobre estas bibliotecas. Los resultados se ponderan para representar al conjunto de las bibliotecas universitarias estadounidenses.

Los hallazgos clave incluyen:

  • Personal de la biblioteca: La mediana del personal total, expresada en equivalentes a tiempo completo (ETC), es de 7,6; esto representa una ligera disminución con respecto a 2024, incluso cuando la proporción de estudiantes (en ETC) por miembro del personal ha aumentado.
  • Gastos: La mediana de los gastos anuales totales de las bibliotecas es de 470 mil dólares, sin incluir los beneficios adicionales. Las bibliotecas destinan 523 dólares por estudiante (en ETC), la misma cifra que en 2024, lo que sugiere que, al ajustar por la inflación, las bibliotecas cuentan con un menor poder adquisitivo en términos reales.
  • Colecciones y circulación: Las bibliotecas universitarias siguen centrándose en los recursos electrónicos; el 79,7 % del total de sus colecciones y el 98,2 % del total de su circulación corresponden a formatos digitales.
  • Visitas: El número de personas que acuden a las bibliotecas universitarias anualmente aumentó cerca de un diez por ciento en 2025 con respecto a 2024, alcanzando una mediana de 53 250.
  • Servicios de información: El personal de la biblioteca comparte sus conocimientos a través de interacciones con los usuarios, tanto de forma individual como grupal. En 2025, las bibliotecas universitarias registraron una mediana de 838 transacciones y consultas de referencia. Casi un tercio (29,3 %) de estas interacciones se producen de manera virtual.

Resumen amplio

1. Un informe fundamental para conocer la situación de las bibliotecas universitarias

La Association of College and Research Libraries (ACRL), división de la American Library Association (ALA), ha publicado los resultados de su encuesta anual sobre tendencias y estadísticas de las bibliotecas universitarias estadounidenses. El informe The State of U.S. Academic Libraries: Findings from the ACRL 2025 Annual Survey ofrece una visión general de la situación de estas instituciones a través de indicadores relacionados con el personal, los gastos, las colecciones, la circulación, las visitas y los servicios de información.

El objetivo de esta encuesta es proporcionar datos que permitan evaluar el funcionamiento de las bibliotecas, comparar sus resultados con los de otras instituciones y fundamentar las decisiones de gestión. Estas estadísticas también constituyen una herramienta de defensa de la profesión, ya que ayudan a demostrar la contribución de las bibliotecas a la educación superior y a justificar los recursos necesarios para cumplir sus objetivos.

La edición de 2025 adquiere especial relevancia por un cambio en el sistema estadístico estadounidense: tras finalizar la recopilación de datos sobre bibliotecas universitarias dentro del Integrated Postsecondary Education Data System (IPEDS), correspondiente al ejercicio fiscal de 2024, la encuesta de la ACRL pasa a ser la única fuente nacional de datos exhaustivos sobre estas bibliotecas. Los resultados se ponderan para representar al conjunto de las bibliotecas universitarias estadounidenses.

2. Personal bibliotecario: plantillas reducidas ante necesidades crecientes

Uno de los principales resultados del informe es que la mediana de personal equivalente a tiempo completo se sitúa en 7,6 trabajadores por biblioteca, ligeramente por debajo de la cifra registrada en 2024. Al mismo tiempo, ha aumentado la proporción de estudiantes equivalentes a tiempo completo por cada trabajador.

Este dato apunta a una tensión estructural: las bibliotecas deben atender a comunidades universitarias y necesidades de información cada vez más complejas sin que sus recursos humanos crezcan al mismo ritmo. La transformación digital, la gestión de recursos electrónicos, la formación en competencias informacionales y el apoyo a la investigación requieren conocimientos especializados y una actualización profesional constante.

El incremento de las necesidades de los usuarios no implica únicamente más consultas. También exige nuevas competencias para gestionar colecciones digitales, orientar a los investigadores, apoyar la publicación científica y ayudar a los estudiantes a desenvolverse en un entorno informativo marcado por la inteligencia artificial y la abundancia de contenidos digitales.

La reducción de las plantillas puede dificultar que las bibliotecas amplíen sus servicios o desarrollen nuevas iniciativas, especialmente cuando deben mantener simultáneamente sus funciones tradicionales. Por ello, el indicador de personal debe interpretarse junto con el número de estudiantes atendidos, el volumen de consultas, los recursos disponibles y la diversidad de servicios ofrecidos.

3. Presupuestos: el efecto de la inflación sobre la capacidad de gasto

El informe sitúa la mediana del gasto anual total de las bibliotecas universitarias en 470.000 dólares, sin incluir las prestaciones complementarias del personal. El gasto mediano por estudiante equivalente a tiempo completo es de 523 dólares, la misma cifra que en 2024.

Aunque la estabilidad del gasto por estudiante podría sugerir que las bibliotecas mantienen sus recursos, el informe advierte de que, una vez considerada la inflación, su capacidad adquisitiva real se reduce. Es decir, con una cantidad nominal similar, las instituciones pueden comprar menos recursos y afrontar con mayor dificultad el encarecimiento de las suscripciones, las publicaciones científicas, las bases de datos y otros servicios.

Esta situación tiene consecuencias directas para la política de adquisiciones. Las bibliotecas universitarias deben decidir cómo distribuir sus presupuestos entre publicaciones impresas, revistas electrónicas, libros digitales, bases de datos especializadas y otros recursos que necesitan estudiantes e investigadores. La presión económica obliga a priorizar inversiones y evaluar con mayor rigor el uso y el coste de los materiales contratados.

Además, el presupuesto bibliotecario no puede analizarse exclusivamente en términos de gasto total. Es necesario relacionarlo con el tamaño de la comunidad universitaria, la evolución de los precios, las necesidades de investigación y la amplitud de los servicios prestados. El dato de 523 dólares por estudiante ofrece una referencia comparativa, pero no significa que todas las instituciones tengan las mismas necesidades o dispongan de idénticas posibilidades financieras.

4. Colecciones digitales: el predominio de los recursos electrónicos

Uno de los indicadores más destacados del informe es la consolidación de los recursos electrónicos en las bibliotecas universitarias. Según los resultados de 2025, el 79,7 % de los fondos de las colecciones corresponde a recursos digitales, mientras que el 98,2 % de la circulación total se realiza en formato digital.

Estas cifras muestran que la transformación digital no se limita a incorporar nuevos formatos: afecta al modo en que los usuarios acceden a la información y utilizan los recursos bibliotecarios. La disponibilidad en línea permite consultar materiales desde distintos lugares y horarios, algo especialmente importante para estudiantes a distancia, investigadores y comunidades universitarias con necesidades diversas.

Sin embargo, el predominio digital también plantea retos. Las bibliotecas deben gestionar licencias, autenticación, accesibilidad, preservación digital, interoperabilidad y cambios en las condiciones de acceso impuestas por los proveedores. Asimismo, necesitan evaluar qué recursos justifican su coste y cómo garantizar que los usuarios puedan acceder a ellos de manera equitativa.

La elevada proporción de circulación digital tampoco significa que las colecciones impresas hayan perdido toda su importancia. Los libros físicos, las colecciones especiales y los fondos patrimoniales siguen desempeñando funciones culturales, docentes y de investigación. El reto consiste en mantener una política equilibrada, basada en las necesidades reales de cada comunidad y no únicamente en la tendencia general hacia lo electrónico.

5. Las bibliotecas recuperan visitantes y mantienen su dimensión presencial

Pese al predominio de los recursos digitales, las bibliotecas universitarias estadounidenses registraron un aumento aproximado del 10 % en las visitas presenciales durante 2025 respecto a 2024. La mediana alcanzó las 53.250 entradas anuales por biblioteca.

Este resultado es significativo porque cuestiona la idea de que la expansión del acceso electrónico conduce inevitablemente a la desaparición de la biblioteca como espacio físico. Aunque una parte importante de las consultas y de la circulación de materiales se desarrolla en línea, los usuarios continúan necesitando espacios para estudiar, trabajar en grupo, recibir orientación, utilizar equipamientos y participar en actividades formativas.

La biblioteca universitaria funciona así como una infraestructura de aprendizaje que combina servicios digitales con espacios presenciales. Sus instalaciones pueden ofrecer condiciones adecuadas para la concentración, el trabajo colaborativo y el acceso a recursos que no siempre están disponibles en el entorno doméstico.

El aumento de las visitas también tiene implicaciones para la planificación de los espacios. La distribución de puestos de estudio, las salas de trabajo en grupo, la accesibilidad, los horarios de apertura y los servicios de apoyo deben adaptarse a los patrones de utilización de cada institución.

No obstante, es importante interpretar correctamente el dato: se trata de un incremento de las visitas registradas, no de una demostración automática de que haya aumentado en la misma proporción el número de usuarios únicos. Una misma persona puede visitar la biblioteca varias veces durante el año.

6. Servicios de información: la atención personal sigue siendo esencial

La encuesta también examina las actividades de referencia y consulta mediante las cuales el personal bibliotecario ayuda a los usuarios a localizar información, resolver dudas y aprovechar los recursos disponibles.

En 2025, la mediana fue de 838 transacciones de referencia y consultas por biblioteca, y el 29,3 % de estas interacciones se desarrolló de manera virtual.

Estos resultados ponen de manifiesto la coexistencia de diferentes modalidades de atención. Las consultas presenciales siguen teniendo su lugar, pero los canales virtuales permiten atender a estudiantes e investigadores que no pueden acudir a las instalaciones o que necesitan resolver una cuestión mientras trabajan en línea.

La atención bibliotecaria actual exige mucho más que localizar un libro o proporcionar una referencia. El personal puede intervenir en búsquedas bibliográficas especializadas, formación en competencias informacionales, evaluación crítica de fuentes, apoyo a la investigación y orientación sobre el uso responsable de herramientas digitales.

En este contexto, el crecimiento de la inteligencia artificial generativa añade nuevas necesidades formativas. Los estudiantes y los investigadores deben aprender a contrastar las respuestas automatizadas, detectar referencias incorrectas, evaluar la autoridad de las fuentes y comprender los límites de las herramientas que utilizan. La biblioteca puede desempeñar un papel importante en esta tarea mediante programas de alfabetización informacional y en inteligencia artificial.

Las cifras de consultas, por sí solas, no reflejan toda la contribución del personal. Una sesión formativa o una consulta compleja de investigación puede requerir mucho más tiempo que una pregunta sencilla. Por ello, para evaluar adecuadamente los servicios resulta conveniente combinar los datos cuantitativos con indicadores de calidad, satisfacción e impacto en el aprendizaje.

7. La inteligencia artificial y los nuevos retos de las bibliotecas universitarias

Aunque el artículo se centra principalmente en los resultados estadísticos generales, la encuesta de 2025 también incorporó un cuestionario específico sobre tendencias relacionadas con la inteligencia artificial en las bibliotecas.

Este componente resulta especialmente relevante en un momento en el que la IA está modificando las prácticas de búsqueda, evaluación y producción de información. Las bibliotecas universitarias tienen que considerar cómo incorporar estas tecnologías a sus servicios sin comprometer la privacidad, la integridad académica ni la calidad de la información.

Entre las áreas en las que la inteligencia artificial puede influir destacan la automatización de determinadas tareas técnicas, la recuperación de información, el apoyo a la investigación, el análisis de datos y la formación de los usuarios. Sin embargo, la adopción de estas herramientas requiere personal capacitado, políticas institucionales y recursos suficientes.

Aquí aparece una conexión importante con los resultados presupuestarios y de personal del informe. Las bibliotecas afrontan nuevas expectativas tecnológicas precisamente cuando sus plantillas y su capacidad de gasto se encuentran sometidas a presión. Por tanto, la transformación digital no puede plantearse únicamente como una cuestión de incorporar herramientas: también requiere inversión, formación continua y una planificación realista de las cargas de trabajo.

El cuestionario sobre IA abre una línea de análisis complementaria a las estadísticas tradicionales. Para conocer la situación con mayor precisión sería necesario examinar sus resultados específicos, ya que el resumen general de la publicación no proporciona cifras detalladas sobre las tasas de adopción de estas tecnologías.

8. Comparación entre bibliotecas: una herramienta para la planificación y la defensa profesional

Uno de los principales valores de la encuesta es que permite utilizar indicadores comunes para analizar las diferencias entre instituciones y estudiar la evolución del sector a lo largo del tiempo.

La plataforma Benchmark: Library Metrics and Trends ofrece datos históricos desde 1998 hasta 2025 a sus suscriptores, con herramientas de visualización y comparación. Estas funcionalidades permiten examinar los recursos empleados por las bibliotecas y relacionarlos con los servicios y resultados que producen.

Las comparaciones pueden ayudar a responder preguntas relevantes para la dirección de una biblioteca: ¿cómo se sitúa su plantilla respecto a instituciones de tamaño similar?, ¿qué proporción del presupuesto se dedica a recursos electrónicos?, ¿cómo evoluciona el gasto por estudiante?, ¿qué servicios se ofrecen y qué volumen de consultas reciben?

Estos indicadores también resultan útiles para presentar propuestas presupuestarias, identificar áreas de mejora y argumentar ante los órganos de gobierno la necesidad de mantener o ampliar determinados servicios. No obstante, las comparaciones deben realizarse entre instituciones razonablemente similares y teniendo en cuenta las diferencias en sus funciones, disciplinas, estructuras organizativas y comunidades de usuarios.

El valor del benchmarking no reside en establecer una clasificación simplista de las mejores y peores bibliotecas, sino en identificar prácticas, comprender diferencias y utilizar la evidencia para tomar decisiones mejor fundamentadas.

Conclusión y valoración

El informe de la ACRL ofrece una fotografía significativa de las bibliotecas universitarias estadounidenses en el curso 2024-2025. Sus resultados dibujan una realidad marcada por la digitalización de las colecciones y de la circulación, el repunte de las visitas presenciales y la continuidad de los servicios de referencia. Al mismo tiempo, muestran dificultades para mantener el personal y el poder adquisitivo necesarios para responder a las nuevas demandas de la educación superior.

La principal conclusión es que las bibliotecas universitarias están ampliando y transformando sus funciones en un contexto de recursos limitados. Deben mantener colecciones de calidad, facilitar el acceso digital, ofrecer espacios adecuados para el aprendizaje, apoyar la investigación y ayudar a los usuarios a desenvolverse en un ecosistema informativo cada vez más complejo.

Desde una perspectiva internacional, estos resultados pueden servir como referencia para estudiar los retos de las bibliotecas universitarias españolas y latinoamericanas. Aunque los sistemas de financiación y las estructuras universitarias son diferentes, cuestiones como el coste de las publicaciones electrónicas, la adecuación de las plantillas, la evaluación del impacto y la alfabetización en inteligencia artificial tienen un interés compartido.

En definitiva, el informe confirma que el futuro de las bibliotecas universitarias no depende solamente de digitalizar sus colecciones, sino de disponer de recursos humanos, financieros y tecnológicos que permitan transformar esa infraestructura en mejores servicios educativos y científicos. Medir esta evolución con datos comparables constituye una condición esencial para planificar, justificar inversiones y demostrar el valor de las bibliotecas dentro de sus universidades.

Entrevista con Inés Fassi, directora de la Biblioteca de la la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República (Udelar) de Uruguay. Planeta Biblioteca 2026/10/02

Entrevista con Inés Fassi, directora de la Biblioteca de la la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República (Udelar) de Uruguay.

Planeta Biblioteca 2026/10/02

En esta entrañable charla para Planeta Biblioteca, entrevistamos a Inés Fassi, directora de la biblioteca de la Facultad de Información y Comunicación (FIC) de Uruguay. Inés nos comparte con ilusión cómo ha vivido la evolución del centro y de la profesión, destacando su papel como un espacio vivo de encuentro, aprendizaje y apoyo constante a estudiantes e investigadores. Entre sus proyectos más valiosos, destaca un hermoso taller con el que ayudaron a crear la primera biblioteca para personas privadas de libertad. Además, sueña con lanzar pronto un programa de radio propio e invita a volar libres inspirada por la música de Patricia Sosa.

Inteligencia artificial para la investigación científica autónoma: implicaciones para las bibliotecas de investigación

Display reading “ARTIFICIAL RESEARCH INTELLIGENCE” and “AUTONOMOUSLY AI-GENERATED SCIENCE AND THE IMPLICATIONS FOR RESEARCH LIBRARIES,” surrounded by charts and researchers.
Researchers explore AI-generated science and digital tools in a vibrant library setting.

Ridley, Michael. “Artificial Research Intelligence: Autonomously AI-Generated Science and the Implications for Research Libraries.” Information Technology and Libraries 45, no. 3 (2026). DOI: 10.5860/ital.v45i3.17706

El artículo plantea un cambio de gran alcance: si la IA comienza a realizar de manera autónoma partes sustanciales del proceso científico, la biblioteca de investigación tendrá que evolucionar desde la gestión de colecciones hacia la gestión, preservación, evaluación y mediación de sistemas dinámicos de producción de conocimiento. La IA puede realizar gran parte del procesamiento y la exploración, pero el juicio científico, ético e intelectual sigue siendo una responsabilidad humana fundamental.

La aparición de lo que denomina Artificial Research Intelligence (ARI), o inteligencia artificial para la investigación, entendida como sistemas de IA capaces de realizar de manera prácticamente autónoma un proceso científico completo: desde la generación de una idea de investigación hasta la elaboración del manuscrito final. El concepto va más allá del uso convencional de la IA como herramienta auxiliar para buscar información, analizar datos o redactar textos, ya que plantea la utilización coordinada de múltiples modelos y agentes capaces de asumir diferentes etapas del método científico.

Una de las ideas centrales del artículo es que estos sistemas podrían representar una transformación profunda de la forma en que se produce conocimiento científico. Ridley señala que la combinación de modelos de IA agénticos, capacidad de computación y procedimientos propios del método científico podría configurar lo que algunos investigadores han denominado un posible “quinto paradigma de investigación científica”. En este modelo, la IA podría encargarse de tareas de cálculo, exploración de hipótesis, búsqueda de patrones, generación de propuestas y producción de resultados, mientras que las personas conservarían una función esencial relacionada con la interpretación, el juicio científico y la supervisión ética.

El autor, sin embargo, subraya que la investigación científica autónoma todavía presenta limitaciones importantes. Entre ellas aparecen las alucinaciones, la insuficiente especialización profunda en determinados dominios científicos y la tendencia de algunos sistemas a presentar conclusiones más contundentes de lo que permiten realmente las evidencias. Por ello, el hecho de que un sistema sea capaz de generar de forma autónoma un artículo o una hipótesis no significa necesariamente que haya producido conocimiento científico fiable. La automatización de las diferentes fases del proceso investigador introduce, por tanto, nuevos problemas relacionados con la reproducibilidad, la validación, la atribución de responsabilidad y la evaluación de la evidencia.

Otro concepto especialmente interesante es el de “captura epistémica” (epistemic capture). Ridley advierte de que, si las infraestructuras necesarias para desarrollar investigación científica autónoma quedan concentradas en grandes empresas privadas de inteligencia artificial, podría producirse un desplazamiento de parte de la producción de conocimiento desde las universidades y las instituciones públicas hacia las corporaciones tecnológicas que controlan los modelos, los datos y la capacidad de computación. El problema no sería solamente tecnológico o económico, sino también institucional: quién controla las infraestructuras de conocimiento puede acabar teniendo una influencia considerable sobre qué preguntas se investigan, qué resultados se producen y cómo circula el conocimiento científico.

En este contexto, el artículo plantea una redefinición del papel de las bibliotecas de investigación. Si tradicionalmente las bibliotecas universitarias han gestionado colecciones relativamente estáticas —libros, revistas, bases de datos, repositorios y otros recursos documentales—, la expansión de la investigación asistida o generada por IA exigiría avanzar hacia la gestión y custodia de sistemas dinámicos de conocimiento impulsados por inteligencia artificial. Esto supone pasar de administrar únicamente documentos y colecciones a participar también en los ecosistemas tecnológicos, datos, modelos, agentes y procesos mediante los cuales se genera nuevo conocimiento.

Ridley identifica varias áreas en las que las bibliotecas pueden asumir un papel activo. Una de ellas es la comunicación científica, donde los bibliotecarios podrían contribuir al desarrollo de nuevos procesos para documentar, preservar y hacer trazable la investigación producida con sistemas autónomos. También adquiere importancia la formación en competencias de inteligencia artificial para investigadores y profesionales de la información. El artículo plantea, además, la posibilidad de crear laboratorios de IA vinculados a las bibliotecas, desde los cuales experimentar con estas tecnologías y desarrollar investigaciones aplicadas sobre sus posibilidades y riesgos.

La propuesta implica, por tanto, una evolución de la biblioteca como intermediaria de información hacia una biblioteca como infraestructura de conocimiento. En lugar de limitarse a proporcionar acceso a la literatura científica existente, las bibliotecas podrían participar en las nuevas cadenas de producción, validación, preservación y comunicación del conocimiento. Esto conecta directamente con cuestiones que ya están transformando la comunicación científica: artículos generados parcialmente por IA, revisión por pares asistida por algoritmos, agentes capaces de realizar búsquedas y síntesis, generación automática de hipótesis y nuevas formas de publicación científica.

Programas de alfabetización informacional en las universidades mexicanas: experiencias, evolución y perspectivas de futuro

Cortés Vera, José de Jesús, y Ma. Lourdes Tiscareño Arroyo, coords. Programas de alfabetización informacional desarrollados en universidades mexicanas: Un recuento de experiencias y un vistazo al futuro. Ciudad Juárez: Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 2026. ISBN 978-607-520-566-3. DOI: 10.20983/uacj-2026-6.

La obra analiza el desarrollo de los programas de alfabetización informacional (ALFIN) en las universidades mexicanas, reuniendo experiencias acumuladas durante aproximadamente los últimos veinticinco años.

El libro parte de la importancia de que los estudiantes y demás miembros de la comunidad universitaria desarrollen competencias para buscar, localizar, evaluar, seleccionar, utilizar y comunicar información de manera eficaz, especialmente en un contexto académico caracterizado por la sobreabundancia informativa y la transformación permanente de los entornos digitales.

Uno de los principales valores de la publicación es su carácter experiencial y colectivo. Los coordinadores reúnen contribuciones de numerosos especialistas vinculados con distintas instituciones mexicanas de educación superior, con el propósito de mostrar cómo se han concebido, implantado y desarrollado los programas de ALFIN en contextos universitarios diversos. Por ello, el volumen no presenta una única metodología, sino que ofrece una panorámica plural de estrategias, modelos, experiencias institucionales y reflexiones profesionales sobre la alfabetización informacional.

La publicación resulta especialmente interesante porque permite observar la evolución de la ALFIN durante un periodo de profundas transformaciones tecnológicas. Las bibliotecas universitarias han pasado de centrarse fundamentalmente en enseñar a localizar y utilizar fuentes bibliográficas a asumir funciones más amplias relacionadas con las competencias digitales, la evaluación crítica de la información y el acompañamiento de los procesos de aprendizaje e investigación. En este sentido, los programas de alfabetización informacional aparecen como una pieza estratégica de la universidad para formar usuarios capaces de desenvolverse de manera autónoma y crítica en ecosistemas informativos cada vez más complejos.

Otro aspecto destacable es que los textos no son exclusivamente investigaciones académicas en sentido estricto. Los propios responsables de la obra señalan que buena parte de las aportaciones son informes, relatos de experiencias y ensayos en los que los autores comparten aprendizajes y reflexiones derivados de su práctica profesional. Esto convierte el libro en un recurso particularmente útil para bibliotecarios y responsables universitarios que quieran conocer experiencias concretas y extraer ideas para diseñar o mejorar sus propios programas de ALFIN.

Finalmente, el libro incorpora una mirada prospectiva, intentando identificar los factores que pueden condicionar la evolución de estos programas durante los próximos años. Esta dimensión resulta especialmente relevante en un momento en el que la alfabetización informacional se encuentra estrechamente relacionada con cuestiones como la inteligencia artificial generativa, la desinformación, la evaluación de la calidad de las fuentes, la alfabetización digital y la transformación de las prácticas de aprendizaje e investigación. Así, la obra no se limita a realizar un balance histórico de la ALFIN universitaria mexicana, sino que plantea la necesidad de repensar sus objetivos y estrategias ante los nuevos escenarios informativos y tecnológicos.

En conjunto, se trata de una obra de especial interés para comprender la trayectoria de la alfabetización informacional universitaria en México y, al mismo tiempo, para reflexionar sobre hacia dónde deberían evolucionar las competencias informacionales en las bibliotecas académicas. La diversidad institucional y la combinación de experiencias profesionales, análisis y perspectivas de futuro constituyen uno de sus principales valores.

El arte de cobrar más por las bases de datos científicas a universidades a través de las cláusulas de confidencialidad

Thornton, Joel y Curtis Brundy. (26 de febrero de 2025). Academic Databases and the Art of the Overcharge. Katina Magazine, sección Open Knowledge. Artículo original en Katina Magazine

El artículo analiza la falta de transparencia en los precios que las grandes empresas proveedoras de bases de datos académicas cobran a las bibliotecas universitarias. Los autores, Joel Thornton y Curtis Brundy, sostienen que editoriales y proveedores como Clarivate, Elsevier y la American Chemical Society pueden aplicar estrategias de discriminación de precios, cobrando cantidades diferentes a instituciones aparentemente comparables. El problema se ve agravado porque los contratos suelen incluir cláusulas de confidencialidad que impiden a las bibliotecas conocer cuánto pagan otras instituciones, generando una importante asimetría de información que favorece al proveedor durante las negociaciones.

Para demostrarlo, los autores recopilaron datos de precios de tres importantes recursos: Web of Science, Scopus y SciFinder, utilizando principalmente solicitudes de información pública realizadas a bibliotecas pertenecientes a la Association of Research Libraries, además de datos proporcionados directamente por algunas instituciones. El conjunto de datos permite comparar lo que distintas universidades pagan por estos productos y analizar si las diferencias pueden explicarse por factores objetivos como el número de estudiantes, el presupuesto de la biblioteca, la producción científica o el gasto en investigación. La conclusión general es que ninguno de estos factores explica suficientemente las enormes diferencias de precios.

En el caso de Web of Science, la comparación resulta especialmente complicada porque Clarivate comercializa diferentes productos y servicios que pueden aparecer agrupados en paquetes. Esta práctica de bundling dificulta saber cuánto cuesta realmente cada componente y hace mucho más difícil comparar instituciones. Los datos muestran diferencias muy importantes: por ejemplo, algunas universidades pagan varias veces más que otras por productos similares. Además, el precio por estudiante no guarda una relación estable con el tamaño de la universidad ni con el gasto total de la biblioteca, lo que cuestiona la idea de que exista una fórmula objetiva y transparente para determinar el coste de las licencias.

El análisis de Scopus, de Elsevier, ofrece resultados similares. Las diferencias de precio por estudiante son considerables y tampoco parecen explicarse por el presupuesto de las bibliotecas. Los autores encuentran además una relación inversa entre producción científica y precio por publicación: las instituciones con mayor producción investigadora tienden, en determinados casos, a pagar menos por publicación que instituciones con menor producción. Esto contradice la posible justificación de que los precios más elevados respondan simplemente a una mayor intensidad investigadora y refuerza la hipótesis de que el precio depende en buena medida de la disposición a pagar de cada institución.

Los resultados obtenidos para SciFinder, de la American Chemical Society, siguen el mismo patrón. Tampoco aquí el número de estudiantes ni el presupuesto bibliotecario explican adecuadamente las diferencias de precio. De nuevo, las instituciones con mayor producción científica pueden terminar pagando menos por artículo que otras con menor producción. Para los autores, estos resultados constituyen nuevas evidencias de que las diferencias de precio no responden necesariamente a criterios objetivos, sino a una estrategia comercial que permite al proveedor determinar cuánto está dispuesto a pagar cada cliente.

La parte más práctica del artículo explica qué pueden hacer las bibliotecas para cambiar esta situación. Thornton y Brundy recomiendan recopilar datos comparativos, conocer cuánto pagan instituciones similares y utilizar esa información como herramienta de negociación. Su propia experiencia demuestra que puede funcionar: Iowa State University utilizó los datos disponibles para demostrar que estaba pagando demasiado por SciFinder y consiguió negociar una reducción del 12,5 % del precio. También aconsejan exigir que los paquetes de Web of Science desglosen sus diferentes productos, revisar cuidadosamente las denominadas tasas tecnológicas y detectar cargos que otras instituciones no están pagando.

Además, el artículo plantea un problema estructural: las bibliotecas negocian en condiciones de desigualdad porque los proveedores controlan buena parte de la información sobre los precios. Los autores recuerdan que hace quince años la Association of Research Libraries ya recomendaba evitar acuerdos que impidieran compartir precios y condiciones, pero la situación continúa siendo difícil. Por ello, defienden que las bibliotecas reclamen la eliminación de las cláusulas de confidencialidad y compartan información sobre costes, contratos y condiciones. El conjunto de datos presentado es, según los propios autores, apenas una «linterna» que ilumina una pequeña parte de una habitación mucho más oscura: si las bibliotecas dispusieran de información sistemática sobre los precios, podrían negociar desde una posición mucho más fuerte.

La falta de transparencia en los precios de las bases de datos académicas puede debilitar enormemente la capacidad negociadora de las bibliotecas. Compartir precios y condiciones entre instituciones, eliminar las cláusulas de confidencialidad y utilizar datos comparativos puede convertirse en una herramienta fundamental para contener los costes de recursos esenciales como Web of Science, Scopus y SciFinder.

Fomentando la participación comunitaria en la biblioteca universitaria: un conjunto de herramientas para la enseñanza y el aprendizaje recíprocos más allá del campus.

Longo, Nicholas V.; Perrotti, Carmine; y Roy, Matthew H. Engaging Community: A Toolkit for Reciprocal Teaching and Learning Beyond the Campus. Washington, DC: American Association of Colleges and Universities (AAC&U) y Campus Compact, 2026

Texto completo

Engaging Community propone transformar la relación entre universidades y comunidades mediante un modelo de aprendizaje comunitario recíproco, en el que el conocimiento no se genera únicamente dentro del campus, sino también junto a las personas y organizaciones de la comunidad. El objetivo es desarrollar experiencias educativas vinculadas a problemas reales, en las que estudiantes, docentes y agentes comunitarios colaboren para producir conocimiento y obtener beneficios mutuos.

Los autores defienden que este enfoque puede ayudar a recuperar la dimensión pública y cívica de la educación superior, especialmente en un contexto de creciente desconfianza hacia las universidades. Frente a una concepción basada en que la universidad debe «resolver» los problemas de las comunidades, plantean una relación horizontal fundamentada en la confianza, la reciprocidad, la escucha y el reconocimiento de los conocimientos existentes fuera de la institución académica.

El modelo se articula en seis principios fundamentales: cultivar historias y construir comunidad; adoptar un enfoque basado en los activos de las comunidades; aplicar una mirada crítica sobre el poder y las desigualdades; desarrollar asociaciones recíprocas; facilitar el diálogo y tender puentes entre divisiones; y evaluar y reflexionar sobre el impacto de las acciones. Estos principios se corresponden con seis módulos que combinan fundamentos teóricos con actividades prácticas.

Un elemento central es el storytelling. Las historias personales y comunitarias permiten reconocer diferentes formas de conocimiento, desarrollar empatía, comprender experiencias diversas y encontrar puntos de encuentro. El toolkit propone, entre otras estrategias, los story circles, espacios estructurados donde los participantes comparten experiencias y reflexionan colectivamente sobre ellas.

Otro planteamiento esencial es pasar de una visión basada en los déficits a otra centrada en los activos comunitarios. En lugar de contemplar a las comunidades como espacios necesitados de intervención externa, se propone identificar sus capacidades, conocimientos, talentos, relaciones y recursos. La universidad debe trabajar con la comunidad y no para ella, compartiendo recursos y poder y permitiendo que las prioridades comunitarias orienten la colaboración.

El documento incorpora además una perspectiva crítica sobre las relaciones de poder entre las instituciones universitarias y las comunidades. La participación exige reconocer las desigualdades históricas, cuestionar la posición de la universidad como supuesto «experto» y actuar desde la humildad, la reciprocidad y la responsabilidad. El objetivo no es «salvar» a las comunidades, sino contribuir a eliminar barreras para que puedan ejercer el poder y las capacidades que ya poseen.

Finalmente, Engaging Community adquiere una especial relevancia en la era de la inteligencia artificial. Los autores sostienen que, mientras la IA puede reproducir tareas educativas tradicionales como escribir textos o recuperar información, el aprendizaje comunitario proporciona experiencias reales basadas en la empatía, la colaboración, la resolución conjunta de problemas y las relaciones humanas. Por ello, constituye una vía para desarrollar competencias profesionales y cívicas difícilmente sustituibles por algoritmos.

Se trata de una guía práctica y conceptual para sacar el aprendizaje fuera de las paredes del campus y convertir la relación universidad-comunidad en un proceso de intercambio de conocimientos, participación democrática y transformación social. El toolkit es gratuito, adaptable y está organizado en seis módulos con planes de actividades, lecturas, vídeos y ejercicios, por lo que puede utilizarse tanto en la formación del profesorado como en cursos universitarios, investigación comunitaria y programas de desarrollo profesional.