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Una biblioteca se reconoce por sus sonidos y sus silencios.

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LA BIBLIOTECA

A la biblioteca Luis Ángel Arango.

 Una biblioteca se reconoce por sus sonidos y sus silencios. Las pisadas por los pasillos, los cuchicheos y las risitas de las niñas. El pasar rápido de las hojas al ojear. El sonido de los ojos al leer, el silencio de las bocas al callar.

Dixon Acosta Medellín

Los lectores de Borges

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Lectores

— de Jorge Luis Borges —

De aquel hidalgo de cetrina y seca
tez y de heroico afán se conjetura
que, en víspera perpetua de aventura,
no salió nunca de su biblioteca.
La crónica puntual que sus empeños
narra y sus tragicómicos desplantes
fue soñada por él, no por cervantes,
y no es más que una crónica de sueños.
Tal es también mi suerte. Sé que hay algo
inmortal y esencial que he sepultado
en esa biblioteca del pasado
en que leí la historia del hidalgo.
Las lentas hojas vuelve un niño y grave
sueña con vagas cosas que no sabe

Únicamente le quedan las bibliotecas

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“Hasta el anochecer, decido matar el tiempo en una biblioteca. Había averiguado de antemano qué bibliotecas había en los alrededores de Takamatsu. Desde pequeño, yo siempre he matado las horas en las salas de lectura de las bibliotecas. No son muchos los sitios adonde puede ir un niño pequeño que no quiera volver a su casa. No le está permitido entrar en las cafeterías, tampoco en los cines. Únicamente le quedan las bibliotecas. No hay que pagar entrada y, aunque vaya solo, no le dicen nada.“ —

Haruki Murakami. “Kafka en la orilla”