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Hay demasiados libros, todo ya ha sido escrito

Hay demasiados libros, todo ya ha sido escrito, sobre cada cosa, sobre cada sombra hay millares de libros. He llegado tarde al banquete de la cultura universal, y si bien no me vedan la entrada se divierten proponiendo a mi hambre tal cantidad de platos y de variaciones, que yo ya no sé diferenciar un poema de una sonrisa, un ademán de odio de una plegaria japonesa.

Alejandra Pizarnik «Diarios»

Postal bibliotecaria de 1910 sobre el servicio de referencia

Postal bibliotecaria de 1910 sobre el servicio de referencia publicada por Bamforth & Co. Ltd de Holmfirth, Inglaterra, que comenzó a publicar postales en 1910.

La postal muestra a una señora bastante austera que pregunta al empleado de la biblioteca: «¿Tiene usted el libro titulado ‘Batallas en las que he estado’?». Él responde: «No, señora; pero puedo darle ‘Memorias de un hombre casado'». Aparte del humor matrimonial, la tarjeta tiene también algunos aspectos históricos. El cartel que reza «Únase a nuestra biblioteca circulante» indica que se trata de una biblioteca por suscripción o «con ánimo de lucro». Además, los libros están detrás del mostrador, lo que indica que las estanterías están cerradas, una práctica muy común en todas las bibliotecas del siglo XIX y principios del XX. La postal fue publicada por Bamforth & Co. Ltd de Holmfirth, Inglaterra, que comenzó a publicar postales en 1910.

Los estereotipos bibliotecarios

Cada una de las cinco primeras imágenes representa un estereotipo clásico sobre los bibliotecarios: la «solterona», el «ejecutor», el «objeto sexual», el bibliotecario empollón y patético y la «enciclopedia andante». La última imagen muestra a los profesionales de la información como realmente son: gente corriente. Hombres y mujeres de todas las edades, etnias, orígenes y personalidades que han elegido una carrera en el campo de la información.

Libr 200: Librarian Stereotypes Meme

Lo que la gente piensa que hace un bibliotecario y lo que realmente hace

Lo que la gente cree que hago / Lo que realmente hago

LIBRARIIAN Angelicstar.net

Lo que el público cree que hago. Lo que mis amigos creen que hago. Lo que los extraños creen que hago Lo que los usuarios de la biblioteca creen que hago. Lo que yo creo que hago. Lo que realmente hago

Remedio literario para cuando piensas que la vida no tiene sentido (biblioterapia)

Libro recomendado en: Berthoud, Ella, y Susan Elderkin. Manual de remedios literarios: cómo curarnos con libros: 98. Siruela, 2021.

En su libro The Novel Cure: An A-Z of Literary Remedies (Penguin) estas dos autoras aconsejan un libro para cada uno de los males, de la A a la Z, que puedan aquejar al lector. No se refieren a los típicos libros de autoayuda, si a la literatura como remedio curativo. 

Síndrome de abstinencia

La vida: instrucciones de uso
GEORGES PEREC

Sabemos lo que estás pensando. ¿Qué sentido tiene recetar un remedio para el absurdo de la existencia? De hecho, ¿qué sentido tiene recetar cualquier cosa para cualquier mal? Todo es absurdo e inútil, ¿no? No una vez que hayas leído la novela La vida: instrucciones de uso, de Georges Perec. El libro comienza con un bloque de pisos en París, detenido en el tiempo justo antes de las ocho de la tarde del 23 de junio de 1975, unos segundos después de la muerte de uno de los vecinos, Bartlebooth. Otro de los ocupantes, Serge Valéne, se ha embarcado en la tarea de pintar un alzado del bloque (sin la fachada) que muestre a todos los vecinos, así como sus pertenencias, con todo detalle*.

Más tarde se revela que el vecino que acaba de fallecer, Bartlebooth, un inglés muy adinerado, había diseñado un plan (absurdo) para liquidar su inmensa fortuna y mantenerse ocupado el resto de su vida. El plan de Bartlebooth consistió en recibir clases de pintura del pintor Serge Valéne y a continuación emprender un viaje de diez años alrededor del mundo en compañía de su criado Smautf (otro vecino del bloque) y pintar una acuarela cada dos semanas, con el objetivo último de pintar quinientos cuadros. Una por una, las acuarelas se enviarían a Francia, donde otro vecino del bloque, Gaspard Winckler, las convertiría en puzles pegándolas en un soporte y cortándolas. A su regreso, Bartlebooth haría los puzles y reconstruiría las escenas que él mismo había pintado. A continuación, las piezas de cada uno de los puzles terminados se volverían a unir y las acuarelas se despegarían de sus soportes para que las escenas quedaran intactas. Exactamente veinte años después de la creación de cada cuadro, estos se enviarían a los lugares en los que fueron pintados, a cada uno de esos cientos de lugares, donde un ayudante destinado allí los metería en una solución especial para quitar todo el color del papel y enviaría las hojas en blanco a Bartlebooth por correo.

Habrá quien diga que se trata de una tarea absurda. Para mayor absurdo, Bartlebooth se queda ciego a mitad del proceso, por lo que cada vez le cuesta más acabar los puzles. Y al final, cuando yace muerto sobre un puzle en el que falta poner una pieza en forma de «W» y vemos que en la mano tiene una pieza con forma de «X», es inevitable preguntarse qué sentido ha tenido todo.

Sin embargo, el viaje que nos ha traído hasta este punto de la novela ha sido riquísimo. Perec nos ha ofrecido multitud de historias, ideas y oportunidades de reírnos, y ahí es donde reside el sentido del sinsentido. El propio absurdo puede ser una fuente de grandes alegrías si dejamos de preocuparnos por el hecho de que es absurdo y nos deleitamos con la vida, las rarezas, las maravillosas nimiedades o la mera excusa para contar historias que nos ofrece ese mismo absurdo. Y ese es precisamente el sentido… o uno de sus muchos sentidos*. Pero su sentido último es que el sentido de la existencia no es otro que, a pesar de no tener sentido (a pesar de que la última pieza de tu último puzle no encaje), el viaje hasta llegar a ese hueco que no tiene la forma adecuada es fascinante y delicioso.

La biblioteca era una sala oblonga

La biblioteca era una sala oblonga, que tenía la misma anchura y longitud del puente, y una sola puerta, la de hierro. Una falsa puerta batiente, acolchada con paño verde, y que bastaba con empujar, escondía por la parte interior el pórtico que daba a la torre. De arriba hasta abajo, el muro de la biblioteca estaba, desde el suelo hasta el techo, revestido de armarios acristalados construidos con el buen gusto de los ebanistas del siglo XVII. Seis grandes ventanas, tres a cada lado y una encima de cada arco, daban luz a la estancia. Desde afuera y desde lo alto de la meseta estas ventanas dejaban ver el interior. En los entrepaños de las ventanas se erguían, sobre repisas de roble tallado, seis bustos de mármol representando a Hermalo de Bizancio, Ateneo, gramático de Náucratis, Suidas, Casaubon, Clodoveo, rey de Francia, y su canciller Anachalu, el cual, dicho sea de paso, no era más canciller que Clodoveo rey.

En esta biblioteca había varios libros de escasa importancia. Sólo uno sigue siendo famoso: era un viejo in –quarto con grabados, que tenía por título en gruesos caracteres: SAN BARTOLOMÉ, y por subtítulo, Evangelio según San Bartolomé, precedido de una disertación de Pantoenus, filósofo cristiano, sobre la cuestión de saber si este evangelio debe ser considerado apócrifo y si San Bartolomé es la misma persona que Nathanael. Este libro, considerado como ejemplar único, estaba sobre un pupitre en medio de la biblioteca. En el siglo pasado se iba a verlo por curiosidad.

(…)

Era hermoso aquel libro, y por eso Rene-Jean lo miraba, tal vez demasiado. Estaba abierto precisamente por la página en que había una gran estampa de San Bartolomé llevando su piel sobre el brazo. Esta estampa se podía ver desde el suelo. Cuando los tres hermanos hubieron comido todas las moras, René-Jean lo consideró como una mirada de amor terrible, y Georgette, cuyos ojos seguían la dirección de la mirada de su hermano, divisó la estampa y dijo:

– ¡Gimagen!

Esta palabra pareció determinar a René-Jean. Entonces, con un gran asombro por parte de Gros-Alain, realizó una cosa extraordinaria.

Había en un ángulo de la biblioteca una gran silla de roble. René-Jean se dirigió a ella, la cogió y la arrastró él solo hasta el pupitre. Luego, cuando la silla estuvo tocando el pupitre, se encaramó y puso los puños sobre el libro.

Alcanzada aquella altura, sintió la necesidad de ser magnífico. Tuvo la “gimagen” por la punta superior y la arrancó cuidadosamente, pero el desgarro le salió sesgado, aunque no por culpa suya. Dejó en el libro toda la parte izquierda, con un ojo y un poco de aureola del viejo evangelista apócrifo, y ofreció a Georgette la otra mitad del santo y toda su piel. Georgette recibió al santo y dijo:

– Omle.

– Y yo? –gritó Gros-Alain.

La primera página que se arranca de un libro es como la primera sangre que se vierte. Provoca la matanza.  

Después de abatir el libro, René-Jean bajó de la silla.

(…)

Hubo un instante de silencio y terror; la victoria también comporta espantos. Los tres hermanos se cogieron de las manos y se retiraron a alguna distancia, considerando el enorme volumen desmantelado.

Fue un exterminio.

Despedazar la historia, la leyenda, la ciencia, los milagros verdaderos o falsos, el latín de la iglesia, las supersticiones, los fanatismos, los misterios, romper una religión entera de arriba abajo, es trabajo para tres gigantes, e incluso para tres niños; transcurrieron horas ocupados en esta labor, pero consiguieron acabarla; no quedó nada de San Bartolomé.

Cuando todo hubo terminado, cuando la última página fue arrancada, la última estampa estuvo en el suelo, cuando no quedó del libro más que fragmentos de textos y de imágenes dentro de un esqueleto de encuadernación, René-Jean se puso en pie, miró el suelo cubierto de los pedazos de todas aquellas páginas esparcidas, y batió palmas.

Gros-Alain aplaudió.

Tal fue la segunda ejecución que sufrió San Bartolomé después de haber sido martirizado por primera vez en el año 49 después de Jesucristo.

Víctor Hugo «Noventa y tres» 

El arte de la escritura

«Sí, es cierto, la inmensa mayoría escribe por motivos subalternos. Porque busca fama o dinero, porque tiene facilidad, porque no resiste la vanidad de verse en letra impresa, por distracción o por juego. Pero quedan los otros, los pocos que cuentan, los que obedecen a la oscura condena de testimoniar su drama, su perplejidad en un universo angustioso, sus esperanzas en medio del horror, la guerra o la soledad. Son los grandes testigos de su tiempo, muchachos. Son seres que no escriben con facilidad sino con desgarramiento».

Ernesto Sabato

Acabas de quemar la biblioteca ¿De quién es la culpa?


Poema À qui la faute? (¿De quién es la culpa?) de Victor Hugo, en el que se muestra un diálogo entre el poeta y un “miserable” que ha incendiado una biblioteca durante las revueltas de la Comuna de París. La escena presentada termina con el “miserable” admitiendo: “No sé leer”.

¿De quién es la culpa?
¿Acabas de quemar la biblioteca?

Sí, lo hice.
Le prendí fuego.

    ¡Pero eso es un crimen inaudito!
    ¡Un crimen cometido por ti contra ti mismo, infame!
    ¡Acabas de matar el rayo de tu alma!
    ¡Has apagado tu propia antorcha!
    Lo que tu impío y loco furor se atreve a quemar,
    Es tu propiedad, tu tesoro, tu dote, tu herencia…
    El libro, hostil al maestro, es una ventaja para ti.
    El libro siempre ha hecho suya tu causa.
    Una biblioteca es un acto de fe
    que firman las generaciones sumidas en la oscuridad
    Que en la noche dan testimonio del amanecer

    (…)

    El libro en tu pensamiento entra, desata en él
    Los lazos que unen el error y la verdad,
    Porque toda conciencia es un nudo gordiano.
    Es su médico, su guía, su guardián.
    Cura tu odio; quita tu locura.
    Esto es lo que pierdes, por desgracia, ¡y por tu culpa!
    ¡El libro es tu riqueza! Es conocimiento,
    Derecho, verdad, virtud, deber,
    El progreso, la razón disipando todo delirio.
    ¡Y tú lo estás destruyendo!

    No sé leer.

      VICTOR HUGO
      ¿De quién es la culpa? (1872)”

      Lo digital no va contra la pasión de leer

      «No me interesa el libro como objeto bonito, me interesa para leerlo y nada más. No me parece que lo digital vaya en contra de la pasión de leer. Yo comprendo muy bien la pasión de coleccionar libros y el gusto por ellos, por las primeras ediciones, por el libro como objeto, aunque yo no he conocido esa pasión».

      Luis Landero

      Josefa Vicente Fernández, más conocida como «la tía Pepa»,  es una vecina de Horcajo de los Montes (Ciudad Real) cuyo amor por la lectura es parte de sí misma. A sus 98 años de edad, esta horcajeña acaba de superar otra barrera más en su longeva vida: la digital.

      Los libros han acompañado durante buena parte de su vida a «La tía Pepa» pero, recuerda cómo hace unos años le era ya casi imposible seguir devorando los cientos de libros que han pasado por sus manos al ir pendiendo vista, cuenta en una entrevista a EFE

      Uno de sus hijos, Javier, no dudó en hacer posible que su madre no dejara por ningún motivo su pasión por la lectura y decidió comprarle un libro digital que se ha convertido en el mejor de sus regalos, al poder aumentar el tamaño de la letra, que hace más fácil la lectura.

      Otra de sus hijas, María Sagrario, recuerda la pasión por las aventuras literarias de su madre.»Un libro de 400 páginas no le dura una semana. Antes hacía ganchillo, pero, ahora su única distracción es la lectura y escuchar una hora una novela en televisión»

      Fuente

      Enclm/Efe. «La pasión por la lectura de “la tía Pepa” traspasa barreras: del papel al libro digital». ENCLM (blog), 20 de abril de 2022.

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