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Leer juntos, viviendo juntos: bibliotecas, lugares de integración y definición de identidades

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Bachman, B., A.-M. Bertrand, et al. (2005). [e-Book] Lire ensemble, vivre ensemble. Paris, OpenEdition licence for Books.

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“El bibliotecario no reemplaza al maestro, sino que hace causa común con él, la de la transmisión del conocimiento a lo largo del curso, causa que podemos definir como sagrada sin dejar de ser secular”

Régis Debray

Instrucciones para el arquitecto

 

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“Nuestro malentendido es de carácter conceptual. Usted ha hecho ese bonito diseño de mi casa y de mi biblioteca partiendo del supuesto —muy extendido, por desgracia— de que en un hogar lo importante son las personas en vez de los objetos. No lo critico por hacer suyo este criterio, indispensable para un hombre de su profesión que no se resigne a prescindir de los clientes. Pero, mi concepción de mi futuro hogar es la opuesta. A saber: en ese pequeño espacio construido que llamaré mi mundo y que gobernarán mis caprichos, la primera prioridad la tendrán mis libros, cuadros y grabados; las personas seremos ciudadanos de segunda. Son esos cuatro millares de volúmenes y el centenar de lienzos y cartulinas estampadas lo que debe constituir la razón primordial del diseño que le he encargado. Usted subordinará la comodidad, la seguridad y la holgura de los humanos a las de aquellos objetos.

Es imprescindible el detalle de la chimenea, que debe poder convertirse en horno crematorio de libros y grabados sobrantes, a mi discreción. Por eso, su emplazamiento deberá estar muy cerca de los estantes y al alcance de mi asiento, pues me place jugar al inquisidor de calamidades literarias y artísticas, sentado, no de pie. Me explico. Los cuatro mil volúmenes y los cien grabados que poseo son números inflexibles. Nunca tendré más, para evitar la superabundancia y el desorden, pero nunca serán los mismos, pues se irán renovando sin cesar, hasta mi muerte. Lo que significa que, por cada libro que añado a mi biblioteca, elimino otro, y cada imagen —litografía, madera, xilografía, dibujo, punta seca, mixografía, óleo, acuarela, etcétera— que se incorpora a mi colección, desplaza a la menos favorecida de las demás. No le oculto que elegir a la víctima es arduo y, a veces, desgarrador, un dilema hamletiano que me angustia días, semanas, y que luego reconstruyen mis pesadillas. Al principio, regalaba los libros y grabados sacrificados a bibliotecas y museos públicos. Ahora los quemo, de ahí la importancia de la chimenea. Opté por esta fórmula drástica, que espolvorea el desasosiego de tener que elegir una víctima con la pimienta de estar cometiendo un sacrilegio cultural, una transgresión ética, el día, mejor dicho la noche, en que, habiendo decidido reemplazar con un hermoso Szyszlo inspirado en el mar de Paracas una reproducción de la multicolor lata de sopa Campbell’s de Andy Warhol, comprendí que era estúpido infligir a otros ojos una obra que había llegado a estimar indigna de los míos. Entonces, la eché al fuego. Viendo achicharrarse aquella cartulina, experimenté un vago remordimiento, lo admito. Ahora ya no me ocurre. He enviado decenas de poetas románticos e indigenistas a las llamas y un número no menor de plásticos conceptuales, abstractos, informalistas, paisajistas, retratistas y sacros, para conservar el numerus clausus de mi biblioteca y pinacoteca, sin dolor, y, más bien, con la estimulante sensación de estar ejerciendo la crítica literaria y la de arte como habría que hacerlo: de manera radical, irreversible y combustible. Añado, para acabar con este aparte, que el pasatiempo me divierte, pero no funciona para nada como afrodisíaco, y, por lo tanto, lo tengo como limitado y menor, meramente espiritual, sin reverberaciones sobre el cuerpo.

Confío en que no tome lo que acaba de leer —la preponderancia que concedo a cuadros y libros sobre bípedos de carne y hueso— como rapto de humor o pose de cínico. No es eso, sino una convicción arraigada, consecuencia de difíciles, pero, también, muy placenteras experiencias. No fue fácil para mí llegar a una postura que contradecía viejas tradiciones —llamémoslas humanísticas con una sonrisa en los labios— de filosofías y religiones antropocéntricas, para las que es inconcebible que el ser humano real,estructura de carne y huesos perecibles, sea considerado menos digno de interés y de respeto que el inventado, el que aparece (si se siente más cómodo con ello digamos reflejado) en las imágenes del arte y la literatura. Lo exonero de los detalles de esta historia y lo traslado a la conclusión que llegué y que ahora proclamo sin rubor. No es el mundo de bellacos semovientes del que usted y yo formamos parte el que me interesa, el que me hace gozar y sufrir, sino esa miríada de seres animados por la imaginación, los deseos y la destreza artística, presentes en esos cuadros, libros y grabados que con paciencia y amor de muchos años he conseguido reunir. La casa que voy a construir en Barranco, la que usted deberá diseñar rehaciendo de principio a fin el proyecto, es para ellos antes que para mí o para mi flamante nueva esposa, o mi hijito. La trinidad que forma mi familia, dicho sin blasfemia, está al servicio de esos objetos y usted deberá estarlo también, cuando, luego de haber leído estas líneas, se incline sobre el tablero a rectificar lo que hizo mal.

Lo que acabo de escribir es una verdad literal, no una enigmática metáfora. Construyo esta casa para padecer y divertirme con ellos, por ellos y para ellos. Haga un esfuerzo por imitarme en el limitado período que trabajará para mí. Ahora, dibuje.”

Instrucciones para el arquitecto de “Los cuadernos de Don Rigoberto” por Mario Vargas Llosa

Chistes sobre bibliotecas y bibliotecarios

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HUMOR BIBLIOTECARIO

Algunos chistes sobre libros, bibliotecas y bibliotecarios que he encontrado en la red. Si conocéis alguno os agradecería que me dejarais un comentario, o me lo enviáis al correo alar@usal.es

¿Qué le dijo el bibliotecario al astronauta? Encuentre espacio para un libro

¿Por qué un libro de matemáticas siempre es infeliz? Porque siempre tiene muchos problemas.

¿Qué obtienes cuando cruzas un bibliotecario y un abogado? Toda la información del mundo, pero no se puede entender una palabra de ella.

¿Un bibliotecario entregó a un ciego un rallador de queso? El hombre ciego dijo: “Ese es el libro más violento que he leído”.

Llamada a medianoche Un tipo llama al bibliotecario y dice: “¿Cuándo abre la biblioteca?” Y el bibliotecario dice: “A las nueve, ¿por qué me llamas a medianoche para saber cuando se entra?” El tipo dice: “No quiero entrar, quiero salir”.

Un Emo va a la biblioteca y le pregunta al bibliotecario: “Disculpe, ¿tiene algún libro sobre suicidio?”. El bibliotecario responde: “Si, pero los que se lo llevaron no lo devolieron!”

Una rubia entra en una biblioteca. Lleva una falda corta corta y se puede oler su perfume a una milla de distancia. Lleva consigo un libro muy grande. Camina hacia el escritorio del bibliotecario, golpea el libro y grita: “¡este es el peor libro que he leído!”, “No tiene fotos, las palabras son demasiado pequeñas y es excesivamente gordo!”. El bibliotecario mira a la rubia y dice: “Así que usted es la que robó nuestra agenda telefónica”

¿Cuál es el mejor chiste sobre bibliotecarios? EL SALARIO

¿Cuántos catalogadores se necesitan para atornillar una bombilla? Sólo uno, pero tiene que esperar para ver cómo lo hizo la Biblioteca del Congreso

Saque un libro de la biblioteca sobre el síndrome de Estocolmo. No me gustó en un principio, pero al final me pareció que era genial.

En cualquier biblioteca, sólo hay una persona que sabe dónde están todos los libros. Encuéntralos antes de que su jefe los despida.

Los libros más delgados tienen los números de signatura más largos.

Una usuaria entra en una biblioteca, se acerca a la bibliotecaria y le dice: Por favor, ¿Los libros sobre derechos de la mujer? La bibliotecaria le responde: Al fondo, junto a los de Ciencia ficción

¿Cómo ligan los bibliotecarios? … Tirándote los tejuelos

Un mundo superinformado

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“Sí, henos aquí en un mundo superinformado que informa de todo menos de lo fundamental. Henos aquí en un tiempo en que nunca sabremos si los hombres aman, esperan, trabajan y construyen, pero en el que se nos contará con todo detalle el día que un hombre muerda a un perro. Presiento que aquí está una de las claves de la amargura del hombre contemporáneo: sólo vemos el mal, sólo parece triunfar la estupidez.”

J.L. Martín Descalzo “Razones para vivir”

 

No hay que fiarse de estas nuevas tecnologías

 

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Sin Palabras.

En cierta manera esto es lo que está ocurriendo actualmente con el libro digital. Los monjes en las abadías consideraban que aquel invento que facilitaba la composición industrial del libro era algo diabólico, que era algo que no podía proceder de Dios. Marshall McLuhan analizaba el carácter disruptivo de una tecnología en función de una serie de cuestiones tales como qué acrecienta o intensifica, qué hace caduco o desplaza, qué recupera que antes había caducado, qué produce o deviene cuando se comprimen al extremo. La imprenta produjo cambios más allá del propio libro y su lectura. Va a ser el medio de difusión de las lenguas vernáculas diferentes al latín que hasta entonces habían sido marginadas del mundo de la cultura, y que a través de la imprenta es por primera vez cuando se transcriben los conocimientos a estas lenguas, normalizando sus formas y consolidando sus estructuras como lenguas nacionales., va a propiciar el desarrollo industrial, el cambio social y la propagación de las nuevas ideas, ya que sin la invención de Gutemberg difícilmente se hubiera difundido el movimiento la reforma protestante

«Cuando la imprenta fue algo nuevo, se mantuvo como un desafío al viejo mundo de la cultura del manuscrito… Hasta más de dos siglos después de la imprenta, nadie descubrió cómo mantener un tono o actitud particular a lo largo de una composición en prosa…. El libro impreso fue un nuevo medio visual disponible para todos los estudiantes, e hizo anticuada la educación anterior. El libro fue literalmente una máquina de enseñar, allí donde el manuscrito fue tan solo una primitiva herramienta para la enseñanza»

Marshall McLuhan. “La Galaxia Gutenberg” Toronto: University of Toronto Press, 1962

 

«Este invento había sido la causa de numerosas transformaciones industriales». Y la imprenta, que había de ser la madre de todos los trastornos que hubieron de seguir, fue en sí misma un verdadero conjunto o galaxia de tecnologías previamente perfeccionadas.»

 

Lucien Febvre, Henri-Jean Martin. “La aparición del libro”. Libraria, 2005

No me cierren las puertas

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No me cierren sus puertas, orgullosas bibliotecas,
Porque todo cuanto está ausente de sus colmados anaqueles
y es, por lo tanto, lo más necesario, lo traigo yo;
Hice de la guerra un libro.
Las palabras de mi libro no interesan. La finalidad que se
propone constituye el todo
Es un libro diferente, desvinculado de los otros,
no concebido por intelecto alguno,
Pero ha de remover las energías latentes que duermen en
las páginas de todos los otros.

No me cierren sus puertas

(Shut not your Doors)

Walt Whitman

Sunset Park de Paul Auster

 

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Un ejemplo de cómo la lectura propicia las relaciones es este párrafo tomado del comienzo de la novela Sunset Park de Paul Auster.

 

“Se llama Pilar Sánchez y la conoció seis meses atrás en un parque, un encuentro puramente casual a última hora de la tarde de un día de mediados de mayo, el encuentro más inverosímil que quepa imaginar. Ella sentada en el césped, leyendo un libro, y él también sobre la hierba con otro libro en la mano, que por casualidad era el mismo que ella tenía, en la misma edición de bolsillo, con idéntica portada, El gran Gatsby, que él leía por tercera vez desde que su padre se lo regaló al cumplir dieciséis años. Llevaba allí veinte o treinta minutos, enfrascado en la lectura y por tanto ajeno a todo lo que le rodeaba, cuando oyó que alguien reía. Se volvió y, en aquella primera y fatal visión, mientras ella le sonreía allí sentada señalando el título de su libro, él calculó que aún no había cumplido los dieciséis, sólo una niña, en realidad, y de poca estatura, además, una adolescente menuda que llevaba vaqueros muy cortos y ajustados, sandalias y una brevísima camiseta, el mismo atuendo de cualquier otra chica medianamente atractiva de la parte baja de aquella Florida destellante de sol. Casi una criatura, se dijo, y sin embargo ahí estaba con los tersos miembros desnudos y un rostro despierto y sonriente, y él, que rara vez sonríe a nada o a nadie, la miró a los ojos negros y vivaces y le devolvió la sonrisa.”

“Sunset Park” de Paul Auster. Madrid: Anagrama, 2010