Archivo de la categoría: PreTextos

Feliz tú, libro

“Pienso en Él. En todo lo que tocan sus manos plasmadas de esmeraldas, y digo: Feliz tú, libro, que sientes la calidez de su piel. Tú que no lo deseas. Libro, señor libro, hermano libro, feliz tú, feliz usted, que recibe la inmarcesible tersura de sus dedos. Feliz tú, papel blanco lleno de dibujitos indelebles. Tú que no lo amas. Tú, que con solo mostrar tu desnudo perfil recibes el abrazo de su mirada. ¡Feliz tú, hojas de papel en blanco! ¿Y usted, señor suelo? ¿Qué decir de usted, usted que tiene el honor de recibir su paso, usted que lo sostiene, usted que es marcado con su maravilloso ritmo? ¡¡Feliz de usted, señor suelo, feliz de usted, usted que no lo desea!! ¡Oh escaleras brillosas, vasos inertes, cubiertos indiferentes, trajes irreflexivos, sillones insulsos, útiles impersonales, felices de ustedes, que lo ven, que lo sienten! ¡y no lo anhelan!”

Alejandra Pizarnik «Diarios»

Los libros contienen las palabras de los sabios

«Los libros contienen las palabras de los sabios, los ejemplos de los antiguos, las costumbres, las leyes y la religión. Viven, discurren, hablan con nosotros, nos enseñan, aleccionan y consuelan, hacen que nos sean presentes, poniéndonoslas ante los ojos, cosas remotísimas de nuestra memoria. Tan grande es su dignidad, su majestad y en definitiva su santidad, que si no existieran los libros, seríamos todos rudos e ignorantes, sin ningún recuerdo del pasado, sin ningún ejemplo. No tendríamos ningún conocimiento de las cosas humanas y divinas; la misma urna que acoge los cuerpos, cancelaría también la memoria de los hombres.»

El CARDENAL BESSARIÓN
En una carta dirigida al dux Cristoforo Moro con la que además legaba su importante biblioteca —cuatrocientos ochenta y dos volúmenes griegos y doscientos sesenta y cuatro latinos— a la ciudad de Venecia (31 de mayo de 1468).

Compro libros y los devoro

«Y si leo, si compro libros y los devoro, no es por un placer intelectual -yo no tengo placeres, sólo tengo hambre y sed -ni por un deseo de conocimientos sino por una astucia inconsciente que recién ahora descubro: coleccionar palabras, prenderlas en mí como si ellas fueran harapos y yo un clavo, dejarlas en mi inconsciente, como quien no quiere la cosa, y despertar, en la mañana espantosa, para encontrar a mi lado un poema ya hecho».

Alejandra Pizarnik

Sin que nadie lo supiera, aprendí a leer

!Sin que nadie lo supiera, aprendí a leer. Mientras la maestra aún recitaba monótonamente las letras del alfabeto a mis compañeros, yo ya conocía desde hacía tiempo la solidaridad que entrelaza los signos escritos, las infinitas combinaciones y los maravillosos sonidos que me habían convertido en una dama en este lugar, aquel primer día, cuando pronunció mi nombre. Nadie lo sabía. Leía como si estuviera desquiciada, primero a escondidas y luego, cuando me pareció que había transcurrido el tiempo normal para aprender las letras, a la vista de todos, pero me esforzaba por ocultar el placer y el interés que la lectura me proporcionaba.
La niña débil se había convertido en un alma hambrienta.— «

Muriel Barbery, La elegancia del erizo

El deseo de leer

«Cuando el deseo de leer nos toca el hombro, quizás sucede porque tenemos instalados deseos previos en relación con las palabras de otros, ordenadas en un texto. Tal vez cuando recurrimos a los textos buscamos algo desconocido, algo que se nos plantea como un puente hacia cosas ocultas, y eso nos puede resultar temible, pero a la vez estimulante para la curiosidad, para satisfacer apetencias que se van generando en los movimientos del ánimo».

Devetach, Laura. 2008. La construcción del camino lector. Córdoba: Editorial Comunicarte.

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Toda la biblioteca es fundadora

«Toda la biblioteca es fundadora. Pero hay días en que uno querría deshacerse de los libros a carretilladas. Ya no tengo el valor de hacerlo. En otro tiempo dispuse de un vertedero doméstico, una trampilla que se abría en cada cocina de un edificio y que, por un conducto estrecho, enviaba los desechos a un cubo comunitario. Ese modo de ejecución rápida ha desaparecido hoy, por exigencias de higiene. Sin embargo, era tan práctico para despachar una brazada de libros: un gesto, y dos mil años de trabajo y de esperanzas caían de golpe seis pisos abajo, entre las cáscaras de cebolla».

Pierre Michon ‘Un aerolito en la cabeza’, 2014

Libros que nos hieran

«Creo que solo deberíamos leer libros que nos hieran o nos apuñalen. Si un libro no nos despierta con un golpe en la cabeza, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices, como escribes? ¡Dios mío!, seríamos felices precisamente si no tuviéramos libros, y los libros que nos hacen felices son los que podríamos escribir nosotros mismos si fuera necesario. Pero necesitamos libros que nos afecten como una catástrofe, que nos duelan profundamente, como la muerte de alguien a quien amábamos más que a nosotros mismos, como ser desterrados a bosques remotos, como un suicidio. Un libro debe ser el hacha para el mar helado que llevamos dentro. Esa es mi convicción.»

Franz Kafka