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Presentación del libro “Los libros, la lectura y los lectores a través de la literatura y las artes”. Planeta Biblioteca 2019/11/04

 

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Presentación del libro “Los libros, la lectura y los lectores a través de la literatura y las artes”.

Planeta Biblioteca 2019/11/04

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Julio Alonso Arevalo. Los libros, la lectura y los lectores a través de la literatura y las artes. Buenos Aires : Alfagrama Ediciones, 2019

Disponible en España en Canoa Libros

Presentación del libro  “Los libros, la lectura y los lectores a través de la literatura y las artes” publicado por Alfagrama, un libro sobre libros para cualquiera que ama los libros. Es más que un libro, son miles de libros, los que hemos leído, los que nos dejaron un sabor dulce, y a los que una vez terminados les pasamos la mano por la cubierta antes de volver a colocarlos en la estantería como si fuera un acto de amor. Como tantos compañeros de esta profesión, humilde y maravillosa, amamos lo que hacemos, y nos encanta pensar en lo que hacemos, cuando vamos a un sitio, uno de nuestros pasatiempos favoritos es ir a visitar bibliotecas, otro es recoger citas y escritos sobre el libro, la lectura, los lectores y las bibliotecas. Es bien cierto que aquí, en estas dos centenas de páginas, no cabe todo lo que se ha escrito sobre el tema, pero si están las que más profundamente nos han llegado.

En la próxima entrega, -si la editorial Alfagrama tiene a bien- la segunda parte del libro, el dedicado a los bibliotecarios, a los libreros y a los editores-. Un mundo en el que los profesionales del libro nos hemos visto reflejados, a veces más, y casi siempre menos acertadamente, pero es la imagen que proyectamos, a veces en los estereotipos que muy a menudo con cierto humor nosotros mismos reforzamos. Así nos ven, y así lo refleja la literatura. Porque alguien dijo en una ocasión que los libros no son la vida, pero son lo que más se le parece.

 

Humor para bibliotecarios que se niegan a ser clasificados

 

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Credaro, Amanda ; Lewis, Peter. Biblia’s Guide to Warrior Librarianship: Humor for Librarians Who Refuse to Be Classified. Westport, Conn. : Libraries Unlimited, 2003

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Con coloquios agudos e ingeniosos e ilustraciones hilarantes que encajan a la perfección con el contenido, las anécdotas reflejan claramente los matices, los problemas y los puntos bajos y altos de nuestra profesión. El libro consta de cuatro secciones principales: Llegar a ser un bibliotecario; Trabajando en la biblioteca; Diversiones para bibliotecarios; y El último reto: la biblioteconomía escolar.

En el lado más ligero de la Bibliotecología, este libro presenta una combinación de caricaturas escandalosamente divertidas, comentarios e ingenio. Conocida mundialmente como la Biblia del bibliotecaria guerrero, Amanda Credaro se ha asociado con el dibujante Peter Lewis para crear un libro que amplía su premiado sitio web, Warrior Librarian Weekly, el producto de muchos años de experiencia en biblioteconomía. Igualmente aplicable a todo tipo de bibliotecas, la obra ofrece consejos humorísticos, situaciones y dilemas típicos, y ejemplos útiles que serán apreciados por cualquiera que haya trabajado en una biblioteca. Una sección adicional incluye un glosario de términos de la biblioteca, abreviaturas, asociaciones profesionales y otros recursos.

 

 

 

Cómo ordenar adecuadamente la biblioteca

 

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CAOS – Cómo ordenar adecuadamente la biblioteca

 

La biblioteca como colección también es garante de un orden, de la intervención del bibliotecario mediante los procesos técnicos de catalogación y clasificación que han configurado la práctica profesional a lo largo de la historia.

Cualquier ontología o clasificación conlleva un posicionamiento ideológico Clasificar y ordenar supone adscribir ideológicamente un concepto. En un sistema clasificatorio siempre existe un sustrato del valor que en un sistema de referencias otorgamos al concepto. Sistemas de clasificación como Dewey Decimal Classification o CDU tienen un posicionamiento occidentalista, etnocentrista y muy conservador, al igual que la clasificación utilizada en las bibliotecas soviéticas reflejaba los valores del marxismo.

Alberto Manguel se pregunta cómo ordenar este universo. La respuesta la mayoría de las veces es la más simple, es decir como sea más comprensible y accesible para las personas. Pero no siempre es así.

“Al entrar en una biblioteca, siempre me sorprende la forma en que ésta impone al lector, a través de su clasificación, una cierta visión del mundo.”

Manguel, Alberto. La Biblioteca De Noche. Madrid: Alianza Editorial, 2006.

 

En “Droles de bibliothéque …: le théme de la bibliothéque dans la literature et le cinéma” de Anne-Marie Chaintreau y Renée Lemaître destaca como la imagen social del bibliotecario viene marcada por los estereotipos de las bibliotecas polvorientas e inhóspitas del siglo XIX, en las que aparecen bibliotecarios raros y solitarios, algo neuróticos, y en cierta manera marginados de la sociedad. Aunque como ocurre casi siempre, es mucho más rica la descripción que han hecho los autores, casi siempre hombres- de las mujeres, las cuales son a menudo “diseñadas” como un rigor exquisito y profesional con una mezcla de distancia y seducción que les proporciona un encanto especial. El libro afirma que por lo general cuando se representa a un bibliotecario en la literatura o en el cine, se ensalzan más los defectos que las virtudes. Por lo general se trata de personas hostiles, que imponen sistemas de acceso complicados para ejercer su poder sobre los lectores.

En la obra de Eleanor Brown “Una casa llena de palabras”, la percepción de la bibliotecaria se nos presenta como entrañable, aunque también un tanto rigurosa. La señora Landrige también responde a otro canon muy común. El conocimiento de la biblioteca, hasta el punto que en la obra se le califica como “La campeona del sistema decimal de Dewey

 

“Con un golpe de cabeza indicó la zona de los libros que Bean acababa de recolocar. La señora Landrige se conocía la biblioteca de Barnwell con los ojos cerrados. Le podías preguntar cualquier cosa y ella escupía el número según la Clasificación Decimal de Dewey y señalaba con mano firme hacia el estante correspondiente. ¿Ritos de la pubertad? 390, al lado de los cubículos. ¿Las aventuras de Wilbur y Carlota? Literatura juvenil, junto al ventanal. ¿Fútbol? 796, a la izquierda de los surtidores de agua. Cuando éramos pequeñas, a veces intentábamos sorprenderla pensando en los temas más crípticos que pudiéramos, pero nunca ganábamos. La señora Landrige era la campeona del sistema decimal de Dewey”.

Brown, Eleanor. “Una casa llena de palabras”. Barcelona: Roca Editorial, 2012.

 

Los procesos técnicos también aparecen como la tarea central de la bibliotecaria de “Signatura 400” de Sophie Divry. Este libro alude precisamente al número 400, un número que se dejó sin contenido en la clasificación bibliográfica de Dewey, pero que anteriormente era el número dedicado a Literatura, quedando en la actualidad libre tanto en la Clasificación Decimal de Dewey como en la Clasificación Decimal Universal (CDU) para una posible aplicación futura de alguna ciencia nueva como informática. Este texto hace alusión a un tema que aún tiene mucho peso en muchos de los profesionales, los procesos técnicos, llevados al límite como la esencia de la profesión. La integridad de datos es importante, en mi humilde opinión no hay que olvidar que la catalogación no puede convertirse en un fin en sí mismo, ya que sólo es un medio para acceder a la información.

“Ni siquiera tiene nombre. Y es que nadie habla con ella, como no sea para pedir libros en préstamo. Su consuelo: las buenas lecturas y estar rodeada de seres incluso más tristes que ella. Se pasa los días ordenando, clasificando. No pensaba ser bibliotecaria, pero abandonó las oposiciones por un hombre. Ahora el amor le parece una pérdida de tiempo, un trastorno infantil en el mejor de los casos.”

Divry, Sophie. Signatura 400, Blackie Books, 2001

 

 

Uno de los episodios que mejor retrata este estereotipo es la novela Invisible de Paul Auster, no digo que este tipo de bibliotecario no exista, como las meigas “haberlos hailos”. En muchas de las bibliotecas estadounidenses se utiliza como personal auxiliar a voluntarios, o a personas de baja formación a las que se les exige simplemente que sepan alfabetizar y que conozcan las bases de la clasificación de Dewey para colocar los libros.

 

“Te hacen una prueba antes de contratarte. La bibliotecaria titular te entrega un montón de fichas, unas ochenta o cien, quizás, cada una con el título de un libro, el nombre del autor, el año de publicación, y un número del sistema de clasificación decimal de Dewey que indica el estante y lugar en donde debe colocarse. La bibliotecaria es una mujer ceñuda de unos sesenta años, una tal señorita Creer, y ya parece recelar de ti, decidida a no transigir un ápice. Como acaba de conocerte y no puede saber cómo eres, te imaginas que desconfía de toda la gente joven –por cuestión de principios– y por tanto lo que ve en ti cuando te mira no eres tú, sino un guerrillero más en la lucha contra la autoridad, un indómito rebelde que no tiene ningún derecho a irrumpir en el santuario de su biblioteca para pedir trabajo. Ésa es la época en que vives, en la que vivís los dos. Te da instrucciones para que ordenes las fichas, y notas cómo ansía que te equivoques, lo contenta que se pondría rechazando tu solicitud, y como tú quieres conseguir el trabajo con las mismas ganas que ella tiene de no dártelo, te aseguras de no fallar. Quince minutos después, le entregas las fichas. Se sienta y se pone a examinarlas, una por una, una detrás de otra, de la primera a la última, y cuando vas viendo cómo la escéptica expresión de su rostro se disuelve en una especie de confusión, comprendes que lo has hecho bien. El rostro glacial esboza una tenue sonrisa. Dice: Nadie llega a hacerlo a la perfección. Es la primera vez que lo veo en treinta años.”

Paul Auster “Invisible” Barcelona: Anagrama, 2010

 

A este respecto, y como profesional, a veces he escuchado sugerencias bien intencionadas, pero curiosas. En uno de mis primeros  trabajos como becario en una biblioteca me encontré la colección de revistas ordenada por el país donde fueron publicada; encontrar una revista en esta extraña biblioteca requería previamente saber el país de publicación, por lo que en mi categoría de recién allegado se me ocurrió sugerir la idea de ordenar la colección de revistas alfabéticamente como manda la práctica profesional, lo cual concitó que bajara a la biblioteca el director del departamento y expresará su enojo por, según su opinión, mancillar la memoria de un bien intencionado y celebérrimo investigador que había concebido aquel “orden”.

En otra ocasión un profesor me sugirió cambiar el orden de las estanterías, me decía que sería más adecuado ordenar la biblioteca de abajo hacia arriba; intentando razonar le comenté que ésta era la preferencia del siglo XIX, y que en algún tratado de la época se justificaba ese orden por el temor a que cayeran las estanterías por el peso. Pero que la lógica de colocación de la práctica profesional emulaba a como leemos una página; es decir de derecha a izquierda, y de arriba abajo. Entonces le pregunté el porqué de esta sugerencia, a lo que me contestó que era porque de esa manera los libros de su área de conocimiento estarían a su altura y no tendría que agacharse.

Esta tira de humor nos muestra la ordenación de la biblioteca. Concretamente la sección “Caos”. Sin embargo muchos bibliotecarios siguen aún utilizando un sistema de clasificación aún más complejo que este, lleno de números que dan la vuelta al tejuelo de un lado a otro, cuando no con todo tipo de artificios, comillas, paréntesis… ese es el verdadero caos!! Los sistemas de clasificación sirven para ordenar la biblioteca, para agrupar los libros por categorías temáticas; no para individualizarla, ni para detallarla. Tengo conocimiento de una biblioteca que utiliza toda la artillería de la nueva CDU para literatura con todo tipo de elementos. Los auxiliares tienen una chuleta para poder buscar o colocar los libros. Auténticos profesionales del “Cuerpo de Dificultativvos de Bibliotecas“, cuya tarea es ser los dueños del secreto. Un auténtico CAOS.

 

Funciones del bibliotecario de la escuela: potenciar el aprendizaje y el éxito de los estudiantes

 

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Cohen, Stephanie ; Poitras, Ivy ; Mickens, Khaila ; Shirali, Anushka. Roles of the School Librarian: Empowering Student Learning and Success. New York: Northeast Comprehensive Center/RMC Research Corporation

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La Biblioteca del Estado de Nueva York, el Northeast Comprehensive Center/RMC Research Corporation y el Departamento de Educación del Estado de Nueva York publicaron Roles of the School Librarian: Empowering Student Learning and Success. El informe es una compilación de estudios de investigación que detallan cómo las contribuciones del bibliotecario de la escuela se muestran consistentemente como de valor positivo para los estudiantes, los maestros y la comunidad escolar en general. Su metodología explora los cinco roles del bibliotecario escolar reconocidos y definidos por la Asociación Americana de Bibliotecas Escolares: maestro, líder, compañero de instrucción, especialista en información y administrador del programa.

 

 

Formación profesional del bibliotecario en Cuba. Planeta Biblioteca 2019/11/27

 

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Alejandro Medina es profesor de Bibliotecología en la Universidad de la Habana, con él hemos charlado sobre la formación profesional del bibliotecario y documentalista en su país. Hemos analizado el plan de estudios, contenidos, didáctica, y las salidas profesionales

Una biblioteca no es una colección de libros, sino una reunión de personas

 

 

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“Una biblioteca no es una colección de libros, sino una reunión de personas. Lo que hace a la biblioteca es la comunidad, lo importante es la gente que se relaciona y que se cuenta historias. Y las historias están en los libros. Pero es fundamental que el bibliotecario sea una persona muy comunicativa, sociable, que tenga una visión amplia del mundo y ponga en relación a esas personas. Algo muy lejano a la vieja imagen del bibliotecario encerrado entre sus fichas. Los libros son importantes en una biblioteca, pero lo más importante son las personas que van a visitarla….

… Deben hablar con la comunidad local. La biblioteca es el lugar público más visitado en cualquier comunidad, es una fuerza muy importante, que hay que potenciar. En las antiguas bibliotecas se acumulaba el conocimiento, ahora hay que hacer que ese conocimiento sea compartido. Es ridículo que en una biblioteca se pida silencio, o se impida tomar un café mientras se lee un libro. Hay que fomentar que la gente hable, se cuente cosas y se realicen actividades. Puede haber un espacio para leer en silencio, pero la  biblioteca en sí tiene que fomentar la comunicación.”

 

Van Nispen, Eppo (2010). “Bibliotecas del futuro”, El Diario Vasco, abril 14

 

Una biblioteca oscura y triste

 

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Una biblioteca oscura y triste
José Saramago

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Las bibliotecas han cambiado mucho desde el día en que, en la Lisboa de finales de los años treinta, entré por primera vez en una de ellas. Era un lugar en donde el tiempo parecía haberse detenido, con estantes que cubrían las paredes desde el suelo hasta casi el techo, las mesas con sus pequeños atriles, a la espera de lectores, que nunca eran muchos. El bibliotecario se sentaba al fondo de la sala, detrás de un escritorio antiguo, de aquellos de palo santo, de madera tallada. Olía a papeles viejos y a cera de abejas, también algo a humedad, a cerrado, tal vez porque las ventanas se abrían de tarde en tarde, al menos siempre las recuerdo cerradas. También es cierto que nunca fui a la biblioteca durante el horario diurno, así que no sé cómo sería el ambiente, si las pesadas contraventanas estarían abiertas para que la luz del día pudiese entrar. Probablemente sí. Yo era un lector nocturno, salía de casa después de cenar (era el tiempo en el que se cenaba a las ocho), recorría los dos o tres kilómetros que separan el barrio de la Penha de França, donde vivía, y Campo Pequeño, donde estaba la biblioteca, e iba a leer. Exactamente iba a leer. Era un adolescente que no tenía en casa libros que no fueran los de estudio, y que quería saber por sí mismo qué era realmente eso a lo que se le daba el nombre de literatura. Un adolescente que no se había dejado aconsejar antes por personas que supieran guiar de forma didáctica en su experiencia lectora, que cada vez que entraba en una biblioteca, era como que desembarcase en una isla desierta y tuviese que abrir un camino para llegar no sabía adónde, ni tampoco le importaba mucho. Leía sin ningún objetivo, leía porque le gustaba leer, y nada más. Era bastante ingenuo para atreverse a descifrar el Paraíso Perdido de Milton sin conocer nada de literatura inglesa. O el Don Quijote sin saber de Cervantes nada más que aquella definición del portugués como un castellano sin huesos. Leía más a los clásicos que los modernos, sin método, aunque con cierto sentido de la disciplina. Si le gustaba especialmente un autor, intentaba leer toda su obra, tarea casi imposible, como ocurrió con Camilo Castelo Branco. Intuía que tenía mucho que ganar si saboreaba lentamente los sermones del padre Antonio Vieira, pero confesaba que algunas veces tuvo que abandonarlos por la misma razón por la que estamos obligados a cerrar los ojos ante una luz demasiado fuerte. Además, como suele decirse, al lector adolescente le faltaba vocabulario. Recorría con atención las hojas mecanografiadas donde constaban las obras que habían entrado recientemente en la biblioteca y por ellas hacía su elección, un poco por los títulos y otro poco por los nombres de los autores. Con el tiempo aprendió a establecer relaciones entre unos y otros, notaba que la memoria de lo que había leído enriquecía sorprendentemente la lectura que tuviese que hacer en ese momento, el suelo que pisaba se iba volviendo más firme cada día. No puedo recordar con exactitud cuánto tiempo duró esta aventura, pero lo que sé, sin sombra de duda, es que si no fuese por aquella biblioteca antigua, oscura, casi triste, yo no sería el escritor que soy. Allí comenzaron a escribirse mis libros.

Ha pasado mucho tiempo. Las bibliotecas han cambiado. Desde luego, también los lectores. Supongo que en algunas de ellas se están formado escritores del futuro. Sé que los bibliotecarios ya no están sentados tras mesas de filigrana. Sé que están empeñados en hacer una labor de defensa del libro y de la lectura. También hablan del compromiso social de esta profesión. Y no les faltan los motivos