El distrito escolar Salamanca City Central School District, situado en el estado de Nueva York, ha puesto en marcha un proyecto piloto para incorporar un profesor robot humanoide impulsado por inteligencia artificial en sus aulas de secundaria. La iniciativa, desarrollada en colaboración con la empresa canadiense Realbotix, introduce un asistente educativo denominado Sally, diseñado para complementar el trabajo de los docentes y ofrecer apoyo personalizado a los estudiantes tanto durante las clases como fuera del horario escolar. Según sus responsables, el sistema representa uno de los primeros despliegues reales de robots humanoides con IA en un entorno educativo estadounidense.
El robot forma parte de la serie M-Series de Realbotix y utiliza procesamiento del lenguaje natural, reconocimiento de expresiones faciales y capacidades conversacionales para interactuar con alumnos y profesores. Permanecerá sentado en el aula y podrá realizar movimientos del torso, la cabeza y el rostro para ofrecer una comunicación más natural. Además, los estudiantes podrán identificarse mediante un código personal para que el sistema acceda a su historial de aprendizaje y adapte las explicaciones, ejercicios y recomendaciones a las necesidades de cada uno. También estará disponible como asistente virtual las 24 horas para resolver dudas y ayudar con los deberes.
El proyecto comenzará en las asignaturas de Inteligencia Artificial y Robótica del instituto, integradas en el programa educativo Woz ED STEM Pathway, impulsado por Steve Wozniak para fomentar las competencias en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Si la experiencia resulta satisfactoria, el distrito contempla ampliar el uso del robot a otras materias y cursos. El superintendente del distrito, Mark Beehler, defiende que la escuela debe enseñar a utilizar la inteligencia artificial de forma responsable en lugar de intentar prohibirla, ya que considera que estas herramientas formarán parte del futuro profesional de los estudiantes.
Los desarrolladores insisten en que Sally no sustituirá al profesorado, sino que actuará como un asistente pedagógico capaz de responder preguntas, ofrecer explicaciones adicionales, traducir contenidos, reforzar conceptos y proporcionar apoyo individualizado. Para minimizar riesgos, el sistema incorpora salvaguardas específicas para el ámbito educativo: está entrenado con el currículo del distrito y dispone de mecanismos para detectar conversaciones relacionadas con autolesiones, suicidio u otras situaciones de riesgo, notificándolas automáticamente a los responsables del centro.
No obstante, la iniciativa también ha generado interrogantes. Expertos y organizaciones educativas advierten de que la creciente presencia de la IA en las aulas puede incrementar la dependencia tecnológica, reducir el pensamiento crítico y acentuar desigualdades si se utiliza como sustituto del profesorado o como solución a la falta de recursos humanos. Estas preocupaciones se suman al debate nacional sobre el papel de la inteligencia artificial en la educación, en un momento en que diversos distritos escolares estadounidenses experimentan con asistentes inteligentes mientras padres, investigadore
Se plantea una reflexión sobre un efecto menos visible de la inteligencia artificial: su posible impacto en las capacidades cognitivas humanas. El autor sostiene que el verdadero desafío de la IA no reside únicamente en la automatización del trabajo o en la transformación de las profesiones, sino en el riesgo de que las personas dejen de ejercitar habilidades fundamentales como el razonamiento, la escritura, la memoria, la resolución de problemas o la creatividad. A medida que los asistentes inteligentes se convierten en herramientas habituales para estudiar, trabajar o tomar decisiones, existe el peligro de delegar progresivamente procesos mentales que hasta ahora contribuían al desarrollo de nuestras capacidades intelectuales.
Uno de los argumentos centrales es que la IA ofrece beneficios indiscutibles. Facilita la comunicación, democratiza el acceso al conocimiento, acelera el desarrollo de software, mejora la productividad profesional y permite que una sola persona pueda realizar tareas que antes requerían equipos completos. Además, ayuda a comprender documentos complejos, ofrece apoyo en ámbitos como la salud o el derecho y amplía las oportunidades de innovación y emprendimiento. Sin embargo, el autor advierte de que esta enorme utilidad puede ocultar un coste cognitivo: cuanto más dependemos de la IA para pensar, menor es el esfuerzo intelectual que realizamos por nosotros mismos.
El artículo establece una comparación entre la inteligencia artificial y las redes sociales. Mientras que los efectos psicológicos de estas últimas pudieron estudiarse porque millones de personas consumían contenidos similares, la IA genera conversaciones completamente personalizadas para cada usuario. Esa personalización convierte cada interacción en una experiencia única, lo que dificulta enormemente medir sus consecuencias cognitivas y emocionales. Según el autor, este carácter individualizado hace más complicado detectar patrones de dependencia o deterioro intelectual antes de que se conviertan en un problema generalizado.
Para ilustrar este fenómeno, el autor recurre a una experiencia personal relacionada con el uso constante de calculadoras. Explica cómo, tras años delegando operaciones sencillas en dispositivos electrónicos, descubrió que había perdido la agilidad para realizar cálculos mentales básicos. Utiliza este ejemplo como metáfora de lo que podría suceder con otras habilidades intelectuales si la inteligencia artificial comienza a asumir tareas de razonamiento, redacción, análisis o resolución de problemas. La preocupación no es que la tecnología realice esas funciones mejor que los humanos, sino que las personas dejen de practicarlas y, con ello, pierdan la destreza necesaria para ejecutarlas de forma autónoma.
Otro aspecto relevante es la preocupación por las nuevas generaciones. Los niños que crezcan rodeados de asistentes inteligentes podrían desarrollar formas de aprendizaje muy diferentes a las de generaciones anteriores. El autor se pregunta si seguirán experimentando el esfuerzo, el ensayo y error y la práctica continuada que tradicionalmente han permitido construir capacidades cognitivas sólidas. Aunque reconoce que es imposible predecir con exactitud qué competencias serán esenciales en el futuro, considera imprescindible reflexionar sobre cuáles no deberían dejarse completamente en manos de la inteligencia artificial.
Finalmente, el artículo evita ofrecer respuestas categóricas y concluye que la sociedad se encuentra ante una transformación de enorme magnitud cuyos efectos todavía desconocemos. Más que rechazar la inteligencia artificial, propone utilizarla con conciencia crítica, evitando que la búsqueda de eficiencia conduzca a una progresiva pérdida de autonomía intelectual. Diversos investigadores y expertos comparten preocupaciones similares, señalando que un uso excesivamente pasivo de la IA puede favorecer el denominado cognitive offloading (delegación cognitiva), reduciendo el pensamiento crítico y la capacidad de aprendizaje independiente si no se mantiene una participación activa del usuario.
Landymore, Frank. Health Care Workers Furious as NYC Replaces Nurses With AI. Futurism, 15 de julio de 2026. Futurism
El artículo analiza la creciente controversia generada tras el despido de doce enfermeras del hospital Montefiore, en el Bronx (Nueva York), cuyos puestos han sido sustituidos por un sistema de inteligencia artificial destinado a automatizar tareas de revisión clínica y gestión administrativa relacionadas con la autorización de tratamientos por parte de las aseguradoras.
La decisión ha provocado una fuerte reacción del sindicato New York State Nurses Association (NYSNA), que denuncia que el hospital está reemplazando décadas de experiencia clínica por un software cuya eficacia y seguridad no han sido suficientemente demostradas.
Las enfermeras afectadas desempeñaban funciones de utilization review, un proceso esencial para revisar historiales médicos, justificar la necesidad clínica de determinados tratamientos y negociar con las compañías aseguradoras la cobertura de la atención sanitaria. Aunque estas tareas no implican atención directa al paciente, requieren conocimientos clínicos, capacidad de interpretación y comunicación con médicos y aseguradoras. Según las profesionales despedidas, la inteligencia artificial difícilmente puede sustituir el juicio profesional necesario para resolver casos complejos o situaciones que exigen contextualización y experiencia acumulada durante años de práctica.
La polémica adquiere una dimensión mayor porque los despidos se producen pocos meses después de una de las mayores huelgas de enfermería de la historia de Nueva York. Tras semanas de movilizaciones, los sindicatos habían conseguido incluir en el nuevo convenio laboral cláusulas específicas destinadas a limitar el uso de la inteligencia artificial como herramienta de sustitución de profesionales. Los representantes sindicales sostienen que la actuación del hospital vulnera el espíritu de esos acuerdos y constituye un precedente preocupante para el conjunto del sistema sanitario estadounidense.
Otro aspecto destacado es la preocupación por la empresa tecnológica encargada del sistema de IA, Datavant, debido a sus colaboraciones con Palantir, compañía conocida por sus proyectos de análisis masivo de datos y contratos con organismos gubernamentales. El sindicato advierte de los posibles riesgos para la privacidad de los historiales clínicos y cuestiona la conveniencia de que información médica extremadamente sensible pueda ser procesada mediante plataformas automatizadas vinculadas a grandes empresas tecnológicas.
Por su parte, Montefiore rechaza las acusaciones y afirma que la implantación de estas herramientas afecta únicamente a procesos administrativos, no a la atención clínica directa. El hospital sostiene que la incorporación de nuevas tecnologías busca mejorar la eficiencia operativa y optimizar la gestión documental, negando que se esté comprometiendo la calidad asistencial. Sin embargo, para los sindicatos y numerosos expertos, la cuestión trasciende este caso concreto y plantea un debate mucho más amplio sobre el papel que debe desempeñar la inteligencia artificial en la sanidad: si debe actuar como apoyo a los profesionales o convertirse en un sustituto de determinadas funciones especializadas.
El caso se ha convertido así en uno de los primeros ejemplos ampliamente documentados de sustitución de personal sanitario por sistemas de inteligencia artificial en Estados Unidos. Más allá de su impacto laboral inmediato, pone de relieve los desafíos éticos, legales y organizativos que acompañan a la incorporación de la IA en los servicios de salud, especialmente en ámbitos donde la experiencia clínica, el razonamiento profesional y la responsabilidad sobre las decisiones siguen siendo elementos difíciles de automatizar.
«Palabras que cuidan» en la Biblioteca Pública Municipal de la Chana
López Melguizo, Inmaculada. “Palabras que cuidan: la Biblioteca Pública Municipal de La Chana como agente de salud mental para personas mayores a través de la lectoescritura y la narración oral.” Boletín de la Asociación Andaluza de Bibliotecarios, no. 131 (enero-junio 2026): 65-80
Inmaculada López Melguizo presenta el proyecto “Palabras que cuidan”, desarrollado en la Biblioteca Pública Municipal de La Chana (Granada), como una experiencia innovadora que sitúa a la biblioteca pública en el centro de las estrategias de promoción de la salud mental y del bienestar de las personas mayores. La autora parte de un contexto social marcado por el envejecimiento progresivo de la población, el incremento de los problemas de salud mental y el impacto creciente de la soledad no deseada y el aislamiento social. Frente a esta realidad, defiende que las bibliotecas pueden trascender su función tradicional de acceso a la información para convertirse en espacios de prevención, acompañamiento y cohesión comunitaria, utilizando la lectura, la escritura y la narración oral como herramientas terapéuticas y de inclusión social.
El programa está dirigido principalmente a personas mayores de 65 años, especialmente aquellas que viven solas o presentan situaciones de vulnerabilidad emocional, cognitiva o social. La propuesta metodológica se estructura como una intervención integral que combina actividades culturales, educativas y socioemocionales con el objetivo de favorecer el envejecimiento activo y mejorar la calidad de vida de los participantes. La iniciativa se apoya en un enfoque multidisciplinar en el que colaboran profesionales de la biblioteca, del ámbito sanitario, educativo y del voluntariado vecinal, reforzando la idea de que la biblioteca puede actuar como un auténtico nodo comunitario capaz de articular redes de apoyo y colaboración entre diferentes agentes sociales.
Inmaculada López Melguizo, en el centro, con un grupo de personas mayores en una de las actividades
Uno de los pilares fundamentales del proyecto es el programa “Lecturas que curan”, centrado en la lectura compartida en voz alta y en el uso de materiales adaptados mediante lectura fácil. La autora explica que la lectura en voz alta no solo favorece la comprensión lectora, sino que también estimula la memoria, la concentración, el enriquecimiento del vocabulario y la expresión oral. Además, destaca su capacidad para fortalecer los vínculos afectivos entre los participantes, despertar la imaginación y facilitar el acceso a la literatura a personas con dificultades visuales, lectoras o lingüísticas. La lectura compartida se convierte así en un instrumento de comunicación emocional y de creación de espacios seguros donde los mayores pueden compartir recuerdos, emociones y experiencias personales.
El segundo eje del programa, denominado “Palabras que sanan”, utiliza la escritura creativa y autobiográfica como vehículo para recuperar la memoria personal, reforzar la autoestima y ofrecer a las personas mayores la oportunidad de reconstruir y compartir su propia historia de vida. A través de ejercicios centrados en los recuerdos de la infancia, las personas y lugares significativos, las vivencias cotidianas o la transformación literaria de la experiencia personal, los participantes desarrollan capacidades expresivas al tiempo que fortalecen su identidad y preservan la memoria colectiva del barrio. El taller se desarrolla en un ambiente de respeto y ausencia de juicios, favoreciendo que cada persona encuentre las palabras necesarias para expresar su trayectoria vital.
La propuesta incorpora también un bloque específico de estimulación cognitiva, orientado al mantenimiento y mejora de funciones como la memoria, la atención, el lenguaje, el razonamiento y la orientación. Las actividades, planteadas mediante juegos, dinámicas grupales y ejercicios adaptados al nivel de cada participante, buscan reducir el aislamiento social y reforzar la integración comunitaria. El programa se complementa con sesiones de cinefórum que utilizan películas de temática literaria como punto de partida para el diálogo intergeneracional, la evocación de recuerdos y la expresión emocional, contribuyendo tanto al desarrollo del pensamiento crítico como al fortalecimiento de las relaciones sociales entre los asistentes.
Otro componente relevante del proyecto son los talleres de gestión emocional, orientados al aprendizaje de estrategias para afrontar el estrés, la ansiedad y el miedo. Estas actividades ayudan a identificar las sensaciones físicas asociadas a las emociones, comprender la relación entre cuerpo y mente y desarrollar habilidades de regulación emocional. Paralelamente, el programa promueve la narración oral mediante talleres donde las personas mayores recuperan el arte tradicional de contar historias, compartiendo recuerdos, leyendas, canciones y experiencias que fortalecen tanto su autoestima como la memoria colectiva de la comunidad. La grabación de estos testimonios en formatos escritos, sonoros y audiovisuales garantiza además su conservación como patrimonio cultural para generaciones futuras.
La dimensión comunitaria del proyecto se amplía mediante actividades culturales agrupadas bajo el nombre “Pasaporte de letras”, que incluyen visitas a museos, monumentos, librerías y conciertos con el propósito de fomentar la participación cultural, desarrollar la sensibilidad artística y reforzar el sentimiento de pertenencia al entorno. Asimismo, el programa “Puentes de vida” organiza encuentros entre personas mayores y estudiantes para favorecer el intercambio de conocimientos, valores y experiencias entre generaciones. Estas actividades persiguen reducir la soledad de las personas mayores, promover la empatía y el respeto entre jóvenes y mayores y fortalecer el tejido social de la comunidad mediante relaciones estables y significativas.
Los objetivos del proyecto se concretan en metas cuantificables relacionadas con la mejora del bienestar emocional, el fomento del hábito lector y escritor, el desarrollo de las capacidades cognitivas, la creación de vínculos sociales, la conservación de historias de vida y la detección temprana de situaciones de vulnerabilidad emocional. Para evaluar el impacto se establecen indicadores específicos, como porcentajes de participación, mejoras en pruebas cognitivas, niveles de satisfacción, incremento de las relaciones sociales y creación de un archivo permanente de relatos personales.
Los resultados obtenidos muestran un elevado grado de cumplimiento de los objetivos previstos. La autora señala una mejora significativa del bienestar emocional en el 78 % de los participantes, un aumento de la autoestima, una reducción de la ansiedad y de la sensación de soledad, así como una mejora media del 22 % en ejercicios de memoria y atención. El 82 % participó activamente en las actividades de lectura y escritura y dos tercios manifestaron su intención de mantener estos hábitos tras finalizar el programa. Además, el 93 % estableció relaciones sociales significativas dentro del grupo y más de la mitad continuó reuniéndose de forma autónoma después de concluir las actividades, lo que evidencia la consolidación de redes de apoyo comunitario. El proyecto también permitió crear un repositorio digital con doce historias de vida grabadas, preservando así un valioso patrimonio de memoria colectiva.
López Melguizo sostiene que “Palabras que cuidan” demuestra que la biblioteca pública puede desempeñar un papel activo y eficaz como agente de salud comunitaria. La combinación de lectoescritura, narración oral, estimulación cognitiva, acompañamiento emocional y participación cultural constituye una estrategia preventiva capaz de mejorar la calidad de vida de las personas mayores, fortalecer la cohesión social y combatir la soledad no deseada. La autora considera que el modelo es fácilmente replicable en otras bibliotecas públicas gracias a su bajo coste y al aprovechamiento de recursos ya existentes, recomendando ampliar la colaboración con los servicios sanitarios y sociales, incorporar materiales adaptados y mantener una programación estable que consolide a las bibliotecas como espacios de cuidado, bienestar y participación ciudadana.
Profesionales que han impartido los talleres y actividades:
Lecturas que curan que impartieron Andrea Villarrubia y Juan Mata.
El de escritura Palabras que sanan con Alejandro Pedregosa.
Gestión de estrés y emociones con la psicóloga Verónica Romero.
Visitas culturales con M. Teresa Hontoria de Granada Singular.
Estimulación cognitiva con Trinidad Ortiz
Documental a cargo de Marta Girón Adán.
-Voluntaria del proyecto: Mercedes Morales (Cheles)
-Jose Antonio M. Muñoz -Isabel María Morales Muñoz
Equipo sanitario encargado de la evaluación y seguimiento
-Inmaculada Gallardo García -Miriam Huertas Barros -Adrián García Barbarroja -Celia Carmen Cuadrado Alburquerque
Se presenta la experiencia de Arapahoe Libraries, en el estado de Colorado (EE. UU.), que ha desarrollado un programa de extensión bibliotecaria dirigido a comunidades hispanohablantes que, en muchos casos, nunca habían utilizado una biblioteca pública, ni en Estados Unidos ni en sus países de origen. La iniciativa parte de una idea fundamental: para reducir las barreras de acceso no basta con esperar a que las personas acudan a la biblioteca, sino que es necesario que la biblioteca salga al encuentro de la comunidad allí donde vive, trabaja y se reúne.
Uno de los aspectos más destacados del programa es la importancia de establecer relaciones de confianza antes de ofrecer servicios. Los bibliotecarios participan en eventos comunitarios, visitan escuelas, iglesias, mercados y organizaciones locales, colaboran con líderes comunitarios y mantienen una presencia continuada en los espacios frecuentados por la población hispanohablante. Este enfoque demuestra que la confianza no se construye mediante campañas puntuales, sino a través de una presencia constante y del compromiso con las necesidades reales de la comunidad.
El artículo subraya también la necesidad de adoptar una perspectiva de competencia cultural. El personal bibliotecario adapta tanto la comunicación como los servicios a las características lingüísticas y culturales de las personas a las que se dirige. Esto implica ofrecer información en español, comprender las circunstancias de las familias inmigrantes y evitar asumir que todos los usuarios conocen el funcionamiento de una biblioteca pública. Para muchas personas, obtener el carné de la biblioteca, acceder a recursos digitales o participar en actividades culturales constituye una experiencia completamente nueva.
Otro aprendizaje relevante consiste en la importancia de establecer alianzas con organizaciones locales. Las bibliotecas trabajan conjuntamente con escuelas, centros comunitarios, asociaciones sin ánimo de lucro y otras instituciones que ya cuentan con la confianza de la población destinataria. Estas colaboraciones permiten ampliar el alcance de los servicios bibliotecarios y responder de forma más eficaz a necesidades relacionadas con la alfabetización, el aprendizaje del inglés, la inclusión digital y el acceso a la información.
La experiencia demuestra asimismo que el éxito de las actividades de extensión no debe medirse únicamente por el número de nuevos carnés emitidos o por las estadísticas de asistencia. Los indicadores más valiosos son el fortalecimiento de las relaciones con la comunidad, el aumento de la confianza en la institución y la percepción de la biblioteca como un espacio acogedor e inclusivo. Estos resultados requieren tiempo, continuidad y una evaluación basada tanto en datos cuantitativos como en testimonios y experiencias de los propios participantes.
En conjunto, el artículo defiende un modelo de biblioteca comunitaria y proactiva, en el que la extensión bibliotecaria deja de ser una actividad complementaria para convertirse en un componente esencial del servicio público. La experiencia de Arapahoe Libraries muestra que acercar la biblioteca a las personas tradicionalmente alejadas de ella contribuye a reducir desigualdades, fomentar la inclusión social y reforzar el papel de las bibliotecas como instituciones comprometidas con el bienestar y la cohesión de sus comunidades.
Consejos para los programas de extensión bibliotecaria
Acércate a las personas allí donde están. Considera realizar las actividades fuera de la biblioteca. Elementos sencillos como pompas de jabón o música ayudan a atraer la atención y generan un ambiente dinámico.
Los folletos impresos son útiles, pero las conversaciones cara a cara funcionan mucho mejor. Utiliza un lenguaje sencillo, cercano y fácil de comprender.
Siempre que sea posible, prepara los materiales informativos en la lengua principal de la comunidad. Si son bilingües, todavía mejor.
Ten en cuenta factores como el tiempo, el calendario escolar, los días festivos y la hora del día al programar las actividades.
La extensión bibliotecaria no debe recaer en una sola persona. Implica al resto del personal de la biblioteca, especialmente a quienes ya mantienen relaciones con la comunidad por otros motivos.
Pregunta a los propios miembros de la comunidad qué tipo de obsequios o incentivos les resultarían realmente útiles. Su opinión es importante.
Generar confianza requiere tiempo. Hay que ser realista respecto al periodo necesario para establecer vínculos con la comunidad. En el caso de Quiroz y Gallegos, hicieron falta más de un año de promoción y de presencia constante en actividades comunitarias para construir relaciones sólidas.
Si el presupuesto interno es limitado, busca apoyo en empresas locales, organizaciones comunitarias, asociaciones de Amigos de la Biblioteca o personas voluntarias.
Colabora con líderes comunitarios de confianza. Ellos pueden ayudar a difundir las actividades y animar a la participación.
Da visibilidad a los recursos gratuitos que ofrece la biblioteca, como los puntos de acceso wifi portátiles, los ordenadores portátiles y otros servicios tecnológicos. Para muchas familias, la biblioteca todavía no forma parte de su vida cotidiana, por lo que es fundamental explicar con claridad qué servicios ofrece y cómo pueden beneficiarles.
Solicita siempre la opinión de los participantes y mantén una actitud abierta al cambio. Escuchar a la comunidad y adaptar las estrategias en función de sus necesidades es uno de los factores clave para el éxito de cualquier programa de extensión bibliotecaria.
A diverse group engages in a heartfelt discussion at a public library’s emotional wellness program.
Brownley, Jessica (2026). Supporting Emotional Wellness in Library Programs (Without Being a Therapist). ALSC Blog, Association for Library Service to Children (American Library Association), 6 de mayo de 2026. Disponible en: ALSC Blog – American Library Association.
El artículo aborda una cuestión cada vez más relevante en el trabajo bibliotecario contemporáneo: el papel de las bibliotecas, especialmente las públicas e infantiles, como espacios que no solo ofrecen acceso a la información y actividades culturales, sino que también se han convertido en lugares donde afloran necesidades emocionales, sociales y psicológicas de niños, adolescentes y familias. En este nuevo contexto, muchos profesionales de bibliotecas se encuentran gestionando situaciones de ansiedad, frustración, tristeza o conflictos emocionales entre los usuarios, sin contar necesariamente con formación clínica o psicológica especializada.
La autora plantea que los bibliotecarios, aunque no sean terapeutas, sí pueden desempeñar un papel importante en la creación de entornos emocionalmente seguros y acogedores. La idea central del texto es que la biblioteca puede contribuir al bienestar emocional comunitario mediante prácticas cotidianas que favorezcan la escucha, la empatía, el respeto y la construcción de relaciones positivas, sin invadir ámbitos profesionales reservados a especialistas en salud mental. Esto implica reconocer que la labor bibliotecaria actual se sitúa cada vez más en la intersección entre educación, mediación social y acompañamiento humano.
Uno de los argumentos más importantes del artículo es la necesidad de entender claramente los límites profesionales. La autora advierte que apoyar emocionalmente a un niño o a una familia no significa asumir responsabilidades terapéuticas ni intentar resolver problemas psicológicos complejos. El papel del bibliotecario consiste más bien en generar espacios donde las personas se sientan escuchadas, respetadas y seguras. En situaciones difíciles, el profesional debe saber acompañar desde la empatía, pero también reconocer cuándo es necesario derivar la situación a trabajadores sociales, orientadores o profesionales sanitarios capacitados para intervenir de manera adecuada.
El texto ofrece estrategias concretas para incorporar este enfoque en la programación bibliotecaria. Entre ellas destaca el diseño de actividades que fomenten la expresión emocional y la autorregulación, como sesiones de lectura en voz alta centradas en emociones, actividades creativas relacionadas con la expresión de sentimientos, espacios tranquilos para reducir la sobreestimulación sensorial, dinámicas cooperativas o programas que promuevan habilidades socioemocionales como la empatía, la escucha activa y la resolución pacífica de conflictos. La biblioteca deja así de ser únicamente un espacio de préstamo o consulta para convertirse en un entorno que favorece el desarrollo integral de la persona.
Otro aspecto fundamental es la importancia de la observación y la sensibilidad profesional. La autora explica que los bibliotecarios trabajan con frecuencia con niños que llegan a las actividades con situaciones familiares complejas, estrés escolar, dificultades conductuales o necesidades emocionales que pueden manifestarse durante un taller o una actividad grupal. Frente a ello, se propone desarrollar una actitud basada en la paciencia, la flexibilidad y la capacidad de adaptar las dinámicas cuando un participante necesita más tiempo, contención o un trato diferenciado. No se trata de diagnosticar ni interpretar conductas, sino de responder de manera humana y respetuosa a las necesidades del momento.
También se insiste en la importancia de cuidar al propio personal bibliotecario. La creciente dimensión social y emocional del trabajo en bibliotecas ha incrementado lo que se conoce como trabajo emocional: el esfuerzo constante que realizan los profesionales al gestionar no solo información y servicios, sino también relaciones humanas complejas. Esta realidad puede generar desgaste, fatiga emocional e incluso agotamiento profesional si las instituciones no reconocen estas nuevas exigencias laborales. Por ello, la autora subraya la necesidad de establecer límites claros, fomentar el autocuidado y ofrecer formación específica para que el personal pueda gestionar estas situaciones sin asumir cargas que excedan sus competencias.
El texto refleja una transformación profunda del papel social de las bibliotecas en el siglo XXI. Las bibliotecas aparecen como infraestructuras comunitarias donde el acceso a la información convive con nuevas funciones relacionadas con la inclusión social, la educación emocional y el bienestar colectivo. El mensaje final es que los bibliotecarios no necesitan ser terapeutas para contribuir positivamente a la salud emocional de sus comunidades: basta con diseñar espacios seguros, ejercer una escucha empática, actuar con sensibilidad y comprender que, en muchos casos, una experiencia bibliotecaria respetuosa y acogedora puede convertirse en un importante factor de apoyo emocional para quienes la necesitan.
Se analiza un fenómeno social emergente en Seúl: la transformación de las librerías y grandes espacios de libros en puntos de encuentro romántico y social. Lo que tradicionalmente eran lugares silenciosos de lectura y compra de libros se han convertido, especialmente entre jóvenes, en escenarios donde se producen interacciones personales, aproximaciones y, en algunos casos, citas espontáneas. Este cambio refleja una evolución en la forma en que los espacios culturales se integran en la vida social contemporánea.
El artículo describe una tendencia reciente en Seúl en la que las librerías han pasado de ser espacios tradicionales de lectura a convertirse en lugares informales de encuentro romántico entre jóvenes, especialmente de la generación Z. Este fenómeno surge en un contexto en el que los modelos habituales de citas —aplicaciones móviles, encuentros a través de amigos o actividades organizadas— están siendo sustituidos o complementados por nuevas formas de interacción más espontáneas y presenciales. Las librerías, con su atmósfera tranquila, estética cuidada y ambiente cultural, se han convertido en un escenario inesperado para el flirteo.
El texto explica que este fenómeno, conocido informalmente como “flirteo en librerías”, se ha viralizado en redes sociales, donde circulan vídeos de jóvenes que acuden a estos espacios no solo a leer, sino también a conocer posibles parejas. En grandes librerías de Seúl, como Kyobo Book Centre, se han identificado incluso “zonas calientes” simbólicas asociadas a determinados tipos de lectores, como las secciones de filosofía o literatura, que funcionan como indicadores de personalidad e intereses. Los libros, en este contexto, se convierten en señales sociales que permiten inferir valores, sensibilidad o estilo de vida.
Uno de los factores que explican la popularidad de este fenómeno es el desgaste emocional asociado a las aplicaciones de citas, percibidas por muchos jóvenes como superficiales, agotadoras y poco satisfactorias. Frente a ello, las librerías ofrecen una alternativa más lenta y orgánica, donde la afinidad puede surgir a partir de intereses compartidos visibles en tiempo real. Ver a alguien leyendo un libro concreto o explorando una sección específica permite interpretar posibles compatibilidades de forma más inmediata y menos artificial que en el entorno digital.
El artículo también destaca que las librerías contemporáneas en Corea del Sur ya no son solo espacios de venta de libros, sino grandes centros culturales híbridos que incluyen cafeterías, zonas de descanso, papelerías y espacios de ocio. Esta transformación las convierte en lugares ideales para la interacción social casual, ya que permiten pasar largos periodos de tiempo sin la presión de un entorno exclusivamente comercial o de ocio nocturno. En este contexto, la interacción entre desconocidos se vuelve más natural.
Sin embargo, el fenómeno no está exento de críticas. Algunos visitantes habituales consideran que esta tendencia está alterando la naturaleza tradicional de las librerías como espacios de silencio, concentración y lectura. La presencia de personas que acuden con la intención de socializar o de crear contenido para redes sociales ha generado incomodidad en ciertos usuarios, que perciben una pérdida de intimidad y tranquilidad. Incluso se han reportado situaciones en las que intentos de aproximación romántica han resultado invasivos o incómodos.
A pesar de estas tensiones, el artículo señala un efecto positivo inesperado: el aumento del interés por la lectura entre los jóvenes. En un contexto de preocupación por la caída de los hábitos lectores en Corea del Sur, los datos recientes indican un repunte en la franja de edad de 20 a 29 años. Las librerías independientes y los grandes centros culturales están experimentando una revitalización, impulsados por su papel como espacios sociales además de culturales.
El texto interpreta este fenómeno como parte de una transformación cultural más amplia en la que los espacios de lectura se integran en la vida social contemporánea y en la estética digital. La idea de un romance que surge entre estanterías de libros conecta con una narrativa romántica profundamente arraigada en la cultura popular, donde la lectura y la afinidad intelectual funcionan como base idealizada del amor. En este sentido, las librerías de Seúl se consolidan como espacios híbridos donde convergen cultura, identidad, consumo y relaciones sociales.
Simons, Bright. “The Social Edge of Intelligence”. The Ideas Letter, 16 de abril de 2026
La IA no es realmente inteligente por sí misma, sino que funciona como un espejo estadístico que reproduce la inteligencia colectiva generada por las sociedades humanas. Según el autor, los modelos de lenguaje como ChatGPT no “piensan” de manera autónoma, sino que aprenden de enormes cantidades de lenguaje producido históricamente por interacciones humanas complejas. El verdadero peligro, sostiene, es que el uso excesivo de la IA podría erosionar precisamente las condiciones sociales que hicieron posible su desarrollo.
Simons parte de una observación central: el progreso de la inteligencia artificial se alimenta del conocimiento acumulado por generaciones humanas. Para demostrarlo, propone un experimento mental en el que imagina entrenar distintos modelos de IA con textos de diversas épocas históricas: el antiguo Egipto, la Grecia clásica, Roma, Bagdad medieval, el Renacimiento italiano y el mundo contemporáneo. La conclusión es clara: aunque la arquitectura tecnológica fuera idéntica, cada modelo sería más “inteligente” en la medida en que la civilización que produjo los textos fuera socialmente más compleja. Esto sugiere que la inteligencia artificial no depende únicamente del cómputo o de los algoritmos, sino fundamentalmente de la riqueza cultural, institucional y social de las comunidades humanas que generan el lenguaje con el que aprende.
Uno de los argumentos más fuertes del ensayo se relaciona con el fenómeno conocido como colapso del modelo. Simons recupera investigaciones publicadas en Nature que muestran que cuando una IA comienza a entrenarse con contenido generado por otras inteligencias artificiales, su calidad cognitiva empieza a degradarse progresivamente. Desaparecen perspectivas minoritarias, formulaciones poco comunes, ideas originales y conocimientos marginales. El resultado es un sistema que sigue siendo fluido y convincente, pero intelectualmente más pobre y homogéneo. El autor interpreta este problema técnico como una manifestación de un problema social más profundo: la reducción de la diversidad intelectual humana a medida que delegamos cada vez más tareas cognitivas a las máquinas.
El ensayo también examina investigaciones recientes sobre creatividad asistida por IA. Un estudio realizado en el Reino Unido con alrededor de 300 escritores mostró que quienes utilizaron modelos como GPT-4 produjeron relatos que los evaluadores consideraron más creativos a nivel individual. Sin embargo, cuando se analizó el conjunto de relatos apareció un efecto inesperado: todos los textos empezaban a parecerse demasiado entre sí. Cada individuo mejoraba su rendimiento, pero el colectivo perdía diversidad creativa. Simons denomina este fenómeno una especie de “tragedia de los comunes cognitiva”: la ganancia individual inmediata produce una pérdida colectiva a largo plazo porque empobrece la variedad intelectual del ecosistema cultural.
Otro eje importante del artículo se centra en cómo la automatización está transformando el trabajo intelectual. El autor cita casos de empresas como IBM, Duolingo, Klarna y Atlassian, que han reducido o replanteado parte de sus plantillas al incorporar inteligencia artificial. El problema, argumenta Simons, es que muchas compañías ven la IA únicamente como una herramienta para sustituir trabajadores y reducir costes. Sin embargo, eliminar puestos junior o funciones de aprendizaje interno significa destruir los espacios donde se genera el conocimiento tácito, la experiencia acumulada y la formación de futuros expertos. Es decir, al automatizar excesivamente se debilita el proceso social mediante el cual se produce nuevo conocimiento humano, que es precisamente el combustible de futuras generaciones de inteligencia artificial.
Simons recupera además estudios de Nicholas Carr y otros investigadores que muestran que las personas tienden a reducir su esfuerzo cognitivo cuando confían en sistemas automatizados. Igual que ocurrió con los buscadores como Google —que llevaron a muchas personas a memorizar menos información— la IA generativa podría producir un fenómeno más profundo: la externalización del pensamiento mismo. Un estudio realizado por investigadores de Microsoft y Carnegie Mellon University encontró que en un 40% de tareas asistidas por IA los trabajadores dejaron de ejercer pensamiento crítico, especialmente cuando confiaban plenamente en las respuestas producidas por el sistema. Para Simons, esto supone un riesgo sistémico: una humanidad cada vez más eficiente individualmente, pero colectivamente menos capaz de generar conocimiento nuevo.
El núcleo conceptual del ensayo aparece en lo que Simons llama “Social Edge Framework” (Marco del Borde Social). Su argumento es que la inteligencia humana siempre ha sido un fenómeno profundamente colectivo. Retoma ideas del psicólogo soviético Lev Vygotsky, quien sostenía que el pensamiento emerge del lenguaje social, y del antropólogo cognitivo Edwin Hutchins, que demostró cómo muchos procesos mentales no ocurren dentro del cerebro individual sino distribuidos en grupos, instituciones y herramientas culturales. Desde esta perspectiva, la IA no aprende de individuos aislados, sino de millones de conversaciones, debates, negociaciones y conflictos sociales acumulados durante siglos. Cada “token” de entrenamiento es, en cierto modo, un fósil de interacción humana.
En la parte final del texto, Simons critica a figuras influyentes del sector tecnológico como Sam Altman, Dario Amodei y Leopold Aschenbrenner, a quienes acusa de centrarse casi exclusivamente en variables técnicas como potencia computacional, escalado de datos y arquitectura de modelos, sin prestar suficiente atención a la dimensión social del conocimiento. Según Simons, la gran paradoja es que cuanto más se use la IA para reemplazar interacciones humanas —reuniones, debates, aprendizaje entre compañeros, puestos de entrada al mercado laboral, escritura original o pensamiento crítico— más se debilitará el ecosistema intelectual del que depende el progreso futuro de la propia inteligencia artificial.
La conclusión del ensayo es contundente: las organizaciones más exitosas en la próxima década no serán necesariamente aquellas que más automaticen, sino aquellas que comprendan que el verdadero valor de la IA no reside en sustituir personas, sino en potenciar formas más ricas de colaboración humana. La inteligencia artificial es, en última instancia, una herencia construida por siglos de interacción social compleja. Si esa herencia se consume sin reinvertir en creatividad, debate, educación, pensamiento crítico y trabajo colaborativo, acabará agotándose. Para Simons, el futuro de la IA no depende solamente de máquinas más poderosas, sino de preservar y fortalecer la riqueza intelectual de la sociedad que alimenta esas máquinas.
El ensayo constituye una crítica profunda a la visión tecnocrática dominante sobre la IA. Frente a la narrativa habitual centrada en eficiencia y automatización, Bright Simons recuerda que la inteligencia —humana y artificial— no surge en el aislamiento, sino en la conversación, el desacuerdo, la cooperación y la complejidad social. La verdadera frontera tecnológica, concluye, no está en los algoritmos, sino en nuestra capacidad de seguir pensando juntos.
Rutherford, Sam. “Samsung’s Bespoke Update Is Big Step Towards A Useful AI For Your Fridge.”Engadget, 10 de mayo de 2026.
Se analiza una importante actualización de software lanzada por Samsung Electronics para su línea de frigoríficos inteligentes Samsung Bespoke AI Refrigerator, un movimiento que representa uno de los avances más significativos hasta ahora en la incorporación de inteligencia artificial realmente funcional dentro del entorno doméstico.
Aunque la idea de actualizar el software de un frigorífico sigue pareciendo extraña para muchos consumidores, el autor sostiene que esta actualización marca un punto de inflexión en la evolución de los electrodomésticos inteligentes, especialmente porque por primera vez la IA parece aportar utilidades concretas y no simples funciones llamativas con escaso valor práctico.
Hasta este momento, los frigoríficos inteligentes de Samsung ya incorporaban sistemas de reconocimiento visual capaces de identificar alimentos almacenados en su interior. Sin embargo, las versiones anteriores resultaban bastante limitadas: el sistema apenas reconocía alrededor de sesenta tipos de alimentos frescos y aproximadamente cincuenta productos envasados. Además, requería que el usuario introdujera manualmente información adicional, como cantidades o fechas de incorporación, algo que terminaba haciendo la experiencia tediosa y reduciendo considerablemente la utilidad real de la tecnología. Según el análisis, el usuario terminaba dedicando demasiado tiempo a alimentar al sistema, lo que contradecía precisamente la promesa de automatización inteligente que la IA debería ofrecer.
La gran novedad de esta actualización reside en la integración de Google Gemini, el modelo de inteligencia artificial generativa desarrollado por Google, que ahora complementa el sistema de reconocimiento visual propio de Samsung. Gracias a esta combinación entre procesamiento local y capacidades de computación en la nube, la capacidad de identificación del frigorífico se multiplica enormemente: pasa de reconocer poco más de un centenar de productos a ser capaz de identificar más de 2.000 tipos diferentes de alimentos. Esto supone un salto enorme en términos de funcionalidad práctica, ya que el sistema comienza a comportarse más como un verdadero asistente doméstico capaz de comprender el contenido real del frigorífico.
Uno de los aspectos que más destaca el autor del artículo es la mejora en el reconocimiento de productos específicos y marcas concretas. El sistema no solo identifica alimentos genéricos, sino que puede distinguir entre variantes muy concretas de un mismo producto, por ejemplo diferenciando entre una lata de Coca-Cola Zero y una Diet Coke, algo que requiere un nivel considerablemente más avanzado de visión computacional. Incluso ingredientes poco comunes o especializados, como determinadas salsas asiáticas de escasa presencia en mercados occidentales, fueron reconocidos correctamente durante las pruebas realizadas. Esta precisión transforma el frigorífico en una especie de inventario automatizado que monitoriza de manera casi autónoma el estado de los alimentos disponibles.
Otra función especialmente interesante es la capacidad del sistema para realizar seguimiento temporal de los productos almacenados. El frigorífico puede registrar cuánto tiempo lleva un alimento dentro del electrodoméstico y emitir alertas cuando detecta que ciertos productos están próximos a caducar o podrían deteriorarse pronto. Esto introduce una dimensión preventiva muy relevante, ya que permite reducir el desperdicio alimentario, un problema doméstico y medioambiental considerable. La inteligencia artificial deja de ser un mero asistente pasivo para convertirse en un sistema capaz de intervenir activamente en la gestión eficiente del consumo alimentario familiar.
Samsung también ha incorporado nuevas funciones relacionadas con el mantenimiento técnico del aparato mediante lo que denomina Repairability AI. El frigorífico monitoriza constantemente métricas internas de funcionamiento y puede detectar potenciales averías antes de que se produzca un fallo crítico. Con autorización explícita del propietario, esta información puede compartirse con técnicos de reparación, permitiendo que el servicio técnico llegue con un diagnóstico previo y pueda solucionar incidencias de manera más rápida y eficiente. Este enfoque introduce una nueva filosofía en la industria: electrodomésticos cuyo valor evoluciona mediante software incluso después de haber sido comprados, algo similar a lo que ocurre actualmente con automóviles eléctricos o smartphones.
Sin embargo, el artículo también deja entrever algunas dudas y preocupaciones. El crecimiento de la inteligencia artificial integrada en dispositivos domésticos plantea interrogantes sobre privacidad, dependencia tecnológica y posibles problemas de fiabilidad. Algunos sectores críticos han cuestionado si realmente resulta necesario incorporar IA avanzada a electrodomésticos tradicionalmente simples como un frigorífico. Durante el Consumer Electronics Show 2026 (CES 2026) incluso aparecieron críticas hacia este tipo de productos por considerar que representan un ejemplo de sobreingeniería tecnológica: añadir complejidad innecesaria a dispositivos cuya función básica históricamente ha sido sencilla y robusta. También existen preocupaciones sobre la recopilación constante de datos domésticos y sobre la dificultad futura de reparación si el software falla o queda obsoleto.
Esta actualización del ecosistema Samsung Bespoke AI Family Hubmuestra un escenario diferente: una tecnología capaz de reconocer alimentos, organizar inventarios, sugerir recetas, reducir desperdicios, anticipar averías y personalizar información para cada miembro del hogar. Aunque persisten desafíos importantes relacionados con privacidad, mantenimiento y confianza del consumidor, el artículo plantea que quizás estamos viendo el inicio de una nueva generación de hogares donde la inteligencia artificial deja de ser experimental y empieza a convertirse en una infraestructura invisible integrada en la vida cotidiana
Karma, Rogé. “Three Ways to Think About AI and Jobs.” The Atlantic, 11 de junio de 2026. Publicado en la sección Economy. The Atlantic
Se aborda una de las grandes preguntas que atraviesan el debate contemporáneo sobre inteligencia artificial: si esta tecnología terminará desplazando masivamente a los trabajadores humanos o si, por el contrario, transformará el empleo de maneras más complejas y menos lineales de lo que habitualmente se piensa.
Frente a discursos alarmistas que anuncian la desaparición de millones de puestos de trabajo, el autor plantea que el impacto de la IA no depende únicamente del grado de sofisticación tecnológica alcanzado, sino de la naturaleza concreta de cada profesión, de la estructura económica en la que esa profesión opera y del modo en que la tecnología interactúa con la experiencia humana.
Para introducir esta reflexión, Karma recurre al caso de la radiología, un ejemplo especialmente revelador. Hace una década, investigadores como Geoffrey Hinton afirmaban que los radiólogos desaparecerían rápidamente porque los sistemas de aprendizaje profundo serían capaces de interpretar imágenes médicas con mayor precisión que los especialistas humanos. En parte esto ocurrió: actualmente existen más de mil herramientas de IA aprobadas por organismos regulatorios para analizar imágenes clínicas. Sin embargo, lejos de desaparecer, la profesión de radiólogo ha aumentado su demanda, creció el número de profesionales en ejercicio y sus salarios se han incrementado significativamente. Este caso sirve al autor para demostrar que la automatización no conduce necesariamente a la sustitución laboral.
La primera gran pregunta que plantea el artículo es si una profesión constituye lo que algunos economistas llaman un “paquete fuerte” (strong bundle) o un “paquete débil” (weak bundle). Según esta idea, desarrollada por el economista Luis Garicano, muchos empleos combinan tareas “limpias” y tareas “desordenadas”. Las tareas limpias son rutinarias, estructuradas, repetitivas y fácilmente codificables, como rellenar hojas de cálculo o procesar formularios. Las tareas desordenadas implican juicio contextual, improvisación, relaciones humanas, negociación o toma de decisiones ambiguas. Cuando ambas dimensiones están estrechamente integradas —como ocurre con abogados litigantes, médicos o periodistas— resulta difícil delegar solo una parte a la IA sin afectar la calidad global del trabajo. En cambio, en profesiones donde las tareas automatizables pueden separarse del resto —como selección de currículums o parte de la programación informática— la automatización puede ser mucho más profunda.
La segunda cuestión que analiza el artículo tiene relación con la economía de la demanda. Karma recuerda un principio económico clásico: cuando la automatización abarata enormemente la producción de un bien o servicio, muchas veces la demanda aumenta tanto que el empleo termina creciendo en lugar de reducirse. Para explicar este fenómeno recurre al ejemplo histórico de la industria automovilística cuando Henry Ford implantó la cadena de montaje en 1913. Aunque fabricar cada coche requería menos trabajadores, la caída del precio permitió vender muchos más automóviles, generando finalmente más empleo en todo el sector. Lo mismo ocurrió históricamente con cajeros bancarios tras la llegada de los cajeros automáticos, con la industria textil tras los telares mecánicos o con contables después de la aparición de las hojas de cálculo digitales.
Este fenómeno económico se conoce como la paradoja de Jevons, formulada por el economista británico William Stanley Jevons en el siglo XIX. La idea central es que cuando una tecnología aumenta radicalmente la eficiencia en el uso de un recurso, en ocasiones el consumo total de ese recurso no disminuye, sino que aumenta. Aplicado a la inteligencia artificial, esto significa que si determinados servicios —jurídicos, financieros, sanitarios o tecnológicos— se abaratan considerablemente gracias a la automatización, podría producirse un incremento tan fuerte en la demanda que termine generándose más empleo en lugar de menos. El artículo menciona evidencias tempranas de este fenómeno en sectores como la contratación de personal, la ingeniería de software o los centros de atención al cliente.
La tercera pregunta fundamental del texto es si la inteligencia artificial reemplaza la parte experta del trabajo o simplemente automatiza tareas secundarias. Aquí el autor recurre a investigaciones de los economistas del Massachusetts Institute of Technology David Autor y Neil Thompson, quienes estudiaron cómo la informatización afectó a más de trescientas ocupaciones durante las últimas décadas. Descubrieron que cuando una tecnología sustituye tareas rutinarias pero deja intactas las competencias especializadas del trabajador, el empleo suele evolucionar hacia funciones de mayor valor añadido y mejores salarios. Sin embargo, cuando la tecnología reemplaza precisamente el núcleo experto del trabajo, los salarios tienden a caer y la profesión pierde prestigio y autonomía.
Un ejemplo que aparece en el artículo es el contraste entre empleados de inventario y auxiliares contables durante la informatización de oficinas en las décadas finales del siglo XX. En el caso de los contables, los ordenadores asumieron tareas repetitivas, permitiendo que los profesionales se concentraran en labores analíticas más complejas. En cambio, en los trabajadores de inventario, los sistemas digitales sustituyeron justamente el conocimiento especializado que poseían sobre almacenes y logística, reduciendo así el valor diferencial de su trabajo. El paralelismo con la IA resulta evidente: en algunas profesiones la inteligencia artificial amplificará el conocimiento humano, mientras que en otras podría banalizarlo.
En la parte final, el autor aplica este marco teórico al periodismo, su propia profesión. Reconoce que en el caso de la escritura profesional el panorama es ambiguo. Algunas tareas, como resumir documentos, analizar grandes cantidades de información o localizar patrones, pueden ser realizadas eficazmente por sistemas de IA. Sin embargo, otras dimensiones fundamentales del trabajo periodístico —entrevistar, interpretar matices, construir narrativas originales, desarrollar criterio editorial o generar confianza con las fuentes— siguen dependiendo profundamente de capacidades humanas difíciles de automatizar. Esto convierte al periodismo, al menos de momento, en una profesión relativamente resistente al reemplazo directo.
La conclusión general del artículo es que resulta simplista pensar que la inteligencia artificial eliminará automáticamente empleos de forma masiva e inmediata. La historia económica demuestra que el impacto tecnológico sobre el trabajo es altamente impredecible. Más que preguntarse si la IA es capaz de realizar una tarea concreta, conviene analizar cómo está estructurado cada trabajo, si la automatización genera nueva demanda económica y qué parte del conocimiento experto humano está siendo sustituida o reforzada. El futuro laboral no dependerá solamente de máquinas cada vez más inteligentes, sino del modo en que sociedades, empresas y profesiones reorganicen la relación entre automatización y capacidades humanas. Como señala el autor, las transformaciones más profundas de una revolución tecnológica rara vez son las que inicialmente se anticipan.