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La realidad profesional del personal de las bibliotecas de titularidad pública en España

Grupo de Trabajo de Desarrollo Profesional del Consejo de Cooperación Bibliotecaria. (2026). La realidad profesional del personal de las bibliotecas de titularidad pública en España. Madrid: Ministerio de Cultura. 135 páginas. NIPO: 190-26-111-8. ISBN/EAN: 978-92-001729-7-7.

Informe disponible en acceso gratuito.

El informe La realidad profesional del personal de las bibliotecas de titularidad pública en España, elaborado por el Grupo de Trabajo de Desarrollo Profesional del Consejo de Cooperación Bibliotecaria (CCB) y publicado por el Ministerio de Cultura en octubre de 2026, constituye una aportación relevante para conocer la situación actual de los profesionales que trabajan en las bibliotecas españolas.

El estudio surge de la necesidad de disponer de información rigurosa sobre las características del colectivo, sus condiciones de trabajo, sus funciones, sus competencias y sus expectativas de futuro. En un escenario marcado por la transformación digital, los cambios en los hábitos culturales y la aparición de nuevas formas de producir, organizar y consumir información, resulta imprescindible analizar hasta qué punto las estructuras profesionales y los recursos disponibles responden a las necesidades actuales de las bibliotecas y de la ciudadanía. El documento pretende proporcionar una base empírica para orientar las políticas públicas, mejorar las estrategias de desarrollo profesional y reforzar el reconocimiento social de quienes hacen posible el funcionamiento de estos servicios.

Uno de los aspectos más destacados del trabajo es su carácter diagnóstico, basado en una encuesta dirigida al personal de bibliotecas públicas de distintas tipologías y territorios de España. La investigación consiguió reunir 2.604 participantes, una cifra que proporciona una base amplia para estudiar la diversidad de situaciones profesionales existentes en el sistema bibliotecario público. El cuestionario se organizó en cinco grandes bloques: situación y desarrollo profesional; perfiles y funciones; satisfacción laboral; reconocimiento social y perspectivas de futuro; y datos personales. La distribución de la encuesta contó con la colaboración de la Secretaría Permanente del Consejo de Cooperación Bibliotecaria, los servicios bibliotecarios de las comunidades autónomas y la Comisión Técnica de Cooperación de Bibliotecas Escolares. Este planteamiento permite abordar la profesión desde diferentes perspectivas, superando una visión limitada a las tareas técnicas y considerando también las condiciones laborales, las expectativas de desarrollo y la percepción que los propios trabajadores tienen de su actividad.

Las grandes editoriales incorporan la inteligencia artificial en secreto mientras crece la resistencia de sus trabajadores

Morgan, Adam. (9 de octubre de 2026). “Book Publishers Are Quietly Using More AI. Staff Are Revolting”. WIRED. https://www.wired.com/story/book-publishers-are-quietly-using-more-ai-staff-are-revolting/

Se plantea una contradicción creciente en la industria editorial estadounidense: mientras algunas grandes editoriales adoptan públicamente una postura crítica frente al uso de la inteligencia artificial generativa en la creación de libros, internamente están incorporando herramientas de IA en numerosas tareas de producción, comunicación y comercialización.

Según la investigación de WIRED, basada en entrevistas con más de dos docenas de trabajadores del sector que hablaron bajo condición de anonimato, tres grandes grupos editoriales —HarperCollins, Simon & Schuster y Hachette— están utilizando modelos de lenguaje como ChatGPT y Claude en distintos procesos de trabajo, en ocasiones sin informar suficientemente a los autores ni contar con su consentimiento explícito. La cuestión no se limita, por tanto, a si un escritor emplea IA para redactar una novela, sino que afecta también a la forma en que las propias empresas editoriales producen, promocionan y distribuyen los libros.

Uno de los usos más extendidos de estas herramientas es la generación de textos promocionales. Los modelos de IA se emplean para redactar materiales publicitarios, descripciones de libros, textos de contraportada y mensajes dirigidos a agentes literarios, libreros, periodistas y otros profesionales. También se han utilizado para preparar correos electrónicos de rechazo de manuscritos, elaborar materiales de marketing, producir vídeos promocionales e intervenir en el diseño de cubiertas. Estas aplicaciones muestran que la IA está penetrando en tareas que, aunque no siempre forman parte de la escritura literaria propiamente dicha, requieren conocimiento del contexto cultural, sensibilidad editorial y capacidad para establecer relaciones profesionales. Algunos trabajadores consideran que automatizar estas comunicaciones puede deteriorar la calidad de las relaciones con autores y agentes, además de generar textos impersonales, repetitivos y fácilmente reconocibles como producidos por una máquina.

La situación resulta especialmente significativa porque las editoriales mantienen una relación ambivalente con la creación asistida por IA. Por un lado, algunas han cancelado publicaciones de obras cuyos autores fueron acusados de utilizar modelos de lenguaje, mientras que, por otro, recurren a tecnologías similares para optimizar sus propios procesos. El artículo recuerda que varios casos de libros cuestionados por un posible uso de IA han provocado controversias públicas, pero sostiene que la utilización de estas herramientas dentro de las empresas constituye una transformación menos visible. Esta asimetría plantea interrogantes sobre la coherencia de las políticas editoriales: ¿con qué criterios se juzga el uso de la inteligencia artificial por parte de un autor si las propias editoriales la emplean en actividades relacionadas con la producción y difusión de sus obras? La cuestión central es la necesidad de establecer normas transparentes y aplicables tanto a los escritores como a las organizaciones que publican sus trabajos.

Una de las principales preocupaciones es el impacto de la automatización sobre el empleo. El artículo describe plantillas reducidas por sucesivas rondas de despidos y profesionales que deben asumir el doble o el triple de publicaciones con menos recursos. En este contexto, la IA puede presentarse como una solución para aumentar la productividad, pero también puede consolidar una dinámica en la que las empresas sustituyan puestos de trabajo, intensifiquen las cargas laborales y conviertan la automatización en una exigencia organizativa. La oposición de los trabajadores no responde únicamente al rechazo de una tecnología nueva: también expresa el temor a perder autonomía profesional, control sobre los procesos editoriales y oportunidades de empleo. El conflicto se hizo especialmente visible en Simon & Schuster, donde empleados promovieron una carta abierta contra la posible incorporación de Skan AI, una plataforma destinada a analizar flujos de trabajo y detectar oportunidades de automatización. La plantilla temía que estas herramientas sirvieran para vigilar su actividad y facilitar futuras sustituciones de trabajadores.

Otro de los aspectos más delicados es la protección de los manuscritos inéditos. Los agentes literarios entrevistados manifiestan su preocupación por la posibilidad de que las editoriales introduzcan textos completos o fragmentos de obras todavía no publicadas en modelos de lenguaje para generar resúmenes, materiales promocionales o comunicaciones editoriales. Si se utilizan servicios externos sin garantías adecuadas, pueden surgir dudas sobre la confidencialidad de los documentos, su tratamiento por parte de los proveedores tecnológicos y el control de los autores sobre sus creaciones. Algunos agentes han empezado a incluir cláusulas contractuales que prohíben procesar determinados materiales mediante modelos de lenguaje. El artículo distingue, además, entre sistemas que funcionan en entornos cerrados y herramientas conectadas a servicios externos, una diferencia relevante para evaluar los riesgos de privacidad y seguridad. La cuestión resulta especialmente importante en el sector editorial, donde los manuscritos inéditos constituyen activos intelectuales cuyo valor depende, entre otros factores, de mantener el control sobre su circulación.

La traducción literaria constituye otro ámbito de transformación. El artículo señala que algunos profesionales han observado manuscritos traducidos mediante modelos de lenguaje y presentados en ferias internacionales del libro con indicaciones sobre el uso de IA. Para las editoriales, estas herramientas podrían reducir costes y facilitar la publicación de más títulos en diferentes idiomas, ampliando la circulación internacional de las obras. Sin embargo, la traducción literaria no consiste únicamente en trasladar palabras de una lengua a otra: exige interpretar referencias culturales, reproducir voces narrativas, resolver ambigüedades y tomar decisiones estilísticas. La expansión de la traducción automatizada plantea, por ello, preguntas sobre la calidad de los textos, el reconocimiento de los traductores y la remuneración de su trabajo. El debate enfrenta dos prioridades: la búsqueda empresarial de eficiencia y la defensa del conocimiento especializado que aportan los profesionales humanos.

El artículo presenta una industria editorial sometida a una tensión entre la búsqueda de eficiencia económica y la defensa del trabajo creativo y profesional. La inteligencia artificial puede modificar profundamente la producción, la promoción y la distribución de libros, pero su incorporación sin transparencia ni participación de los afectados amenaza con debilitar la confianza que sostiene las relaciones entre editoriales, autores y lectores. La cuestión de fondo es si la IA se utilizará para complementar las capacidades humanas y mejorar el trabajo editorial o, por el contrario, para reducir costes a expensas de la calidad, la autonomía profesional y los derechos de quienes hacen posible la publicación de un libro.

La percepción global sobre la IA cambia: más personas esperan pérdida de empleos que creación de puestos de trabajo

Silver, Laura, Richard Wike, Moira Fagan y Jordan Lippert. “Globally, More People Expect AI to Cause Job Loss Than Growth.” Pew Research Center, 17 de septiembre de 2026.. Pew Research Center – informe completo

Encuesta internacional realizada entre el 8 de febrero y el 13 de mayo de 2026 a 42.151 adultos de 36 países. El estudio del Pew Research Center ofrece una panorámica internacional sobre cómo está cambiando la percepción social de la inteligencia artificial. Su principal conclusión es que, en 34 de los 37 países analizados, las personas tienden a pensar que la IA provocará más pérdida de empleos que creación de puestos de trabajo. No se trata de una medición de empleos efectivamente destruidos, sino de las expectativas de la población sobre el impacto que tendrá la IA durante los próximos 20 años. La incertidumbre sigue siendo considerable: en muchos países al menos una quinta parte de los adultos no sabe si la IA tendrá un efecto positivo o negativo sobre el empleo, porcentaje que alcanza aproximadamente cuatro de cada diez personas en algunos países de ingresos medios.

La preocupación resulta especialmente elevada en varios países de ingresos altos. En Australia, Corea del Sur y Estados Unidos, alrededor de siete de cada diez adultos o más consideran que la IA producirá pérdida de empleos. En Estados Unidos, único país donde Pew permite una comparación directa con una encuesta anterior, esta percepción ha aumentado 7 puntos porcentuales en dos años. El estudio muestra además que la preocupación no se distribuye de manera uniforme: en países como Canadá, Francia, Singapur y Suecia, así como en India, Indonesia y Malasia, los adultos de 18 a 34 años son más propensos que los mayores de 50 años a pensar que la IA destruirá puestos de trabajo.

Otro aspecto significativo es la relación entre conocimiento sobre IA y percepción de sus efectos. En aproximadamente la mitad de los países estudiados, quienes afirman haber oído o leído mucho sobre inteligencia artificial son más propensos a anticipar pérdidas de empleo que quienes tienen un menor nivel de conocimiento. Estos últimos, sin embargo, presentan con mayor frecuencia respuestas de incertidumbre. El resultado resulta interesante porque indica que una mayor familiaridad con la tecnología no conduce necesariamente a una percepción más optimista de su impacto laboral; en determinados contextos puede estar asociada precisamente con una mayor conciencia de los cambios que puede producir.

El temor al desempleo se relaciona además con una preocupación más amplia: el posible aumento de las desigualdades económicas. Globalmente, las personas son más proclives a pensar que la IA incrementará la distancia entre ricos y pobres que a considerar que la reducirá. En Corea del Sur, Australia, Estados Unidos, Grecia y Canadá, al menos cuatro de cada diez adultos creen que la IA aumentará la brecha económica. Por el contrario, son muy pocos los que consideran que contribuirá a disminuir la desigualdad: en ningún país supera el 25% la proporción que mantiene esta opinión y en 29 de las naciones analizadas permanece en cifras de un solo dígito.

Sin embargo, el panorama no es exclusivamente negativo. El informe encuentra una combinación de preocupación y entusiasmo ante la expansión de la IA. Como mediana de los 37 países, un 37% de los encuestados declara estar más preocupado que entusiasmado, mientras que un 41% manifiesta sentirse igualmente preocupado y entusiasmado. Israel constituye la única excepción en la que hay más personas principalmente entusiasmadas que principalmente preocupadas. Corea del Sur ofrece un caso especialmente interesante: aunque sus ciudadanos están entre los que más anticipan pérdidas de empleo y aumento de la desigualdad, el 61% afirma sentirse simultáneamente preocupado y entusiasmado y un 21% se declara principalmente entusiasmado.

Las tendencias también están cambiando con rapidez. En Suecia, Polonia, Países Bajos, Hungría y Australia aumentó durante el último año la proporción de personas que se sienten más preocupadas que entusiasmadas por la IA. En Estados Unidos, la preocupación general se ha mantenido relativamente estable durante el último año, pero ha crecido de manera notable desde 2021. Especialmente significativo es el cambio entre los jóvenes estadounidenses: entre 2024 y 2026, la proporción de adultos de 18 a 34 años que se muestran principalmente preocupados por la IA pasó del 40% al 55%.

Los jóvenes estadounidenses desconfían cada vez más de la IA y temen que destruya empleos

McClain, Colleen; Park, Eugenie. “Young adults in the U.S. are increasingly wary of AI, concerned it will take jobs”. Pew Research Center, 18 de agosto de 2026. Artículo original en Pew Research Center

La preocupación de los estadounidenses por la inteligencia artificial continúa creciendo, y los jóvenes de 18 a 29 años se muestran especialmente cautelosos. Según una encuesta del Pew Research Center realizada entre el 22 y el 28 de junio de 2026 a 3.488 adultos estadounidenses, el 52 % de la población adulta afirma sentirse más preocupada que ilusionada por el aumento del uso de la IA, frente al 37 % que expresaba esa preocupación en 2021. Entre los menores de 30 años, la cifra alcanza por primera vez el 55 %. 

La evolución resulta especialmente llamativa entre los jóvenes. En 2021, solo el 31 % de los adultos de 18 a 29 años decía sentirse más preocupado que entusiasmado por la IA; en 2024 era el 39 % y en 2026 ha llegado al 55 %. Paralelamente, el porcentaje que se siente más entusiasmado que preocupado ha descendido del 25 % en 2021 al 11 % actual. Esto rompe con la idea de que las generaciones más jóvenes son necesariamente las más optimistas respecto a las nuevas tecnologías.

El empleo constituye uno de los principales motivos de preocupación. El 71 % de los adultos estadounidenses considera que la IA provocará menos puestos de trabajo en Estados Unidos durante los próximos 20 años, frente al 64 % que opinaba lo mismo en 2024. Solo el 5 % cree que generará más empleos. Entre los jóvenes de 18 a 29 años, la percepción de pérdida de empleo ha aumentado todavía más: el 73 % piensa que la IA reducirá el número de puestos de trabajo, frente al 61 % de hace dos años.

Los jóvenes también destacan por una percepción más negativa de las consecuencias sociales de la IA. Investigaciones anteriores de Pew muestran que los menores de 30 años son el grupo más proclive a pensar que la IA será perjudicial para la sociedad y para ellos mismos, y muchos creen que puede dificultar la conexión humana y la creatividad. Aunque la mayoría utiliza chatbots, los jóvenes están divididos respecto a su impacto sobre la creatividad y son tan propensos a considerar que estas herramientas la perjudican como a pensar que la favorecen.

En conjunto, el estudio muestra un cambio significativo en la percepción social de la IA: los jóvenes, que inicialmente mostraban un mayor entusiasmo por estas tecnologías, se están convirtiendo en uno de los grupos más críticos. El temor a la automatización y a la pérdida de empleo parece estar desplazando progresivamente el entusiasmo tecnológico, lo que plantea importantes preguntas sobre cómo deberán abordarse la formación, el mercado laboral y la alfabetización en IA.

La revolución de la inteligencia artificial en el trabajo: más evolución que sustitución

Soundararajan, Vivek. AI and Work: An Expert Assesses How Far This Revolution Still Has to Run. The Conversation, 9 de marzo de 2026. Disponible en: https://theconversation.com/ai-and-work-an-expert-assesses-how-far-this-revolution-still-has-to-run-277650

Vivek Soundararajan, profesor de Trabajo e Igualdad de la Universidad de Bath, examina críticamente el impacto real que la inteligencia artificial está teniendo sobre el empleo y cuestiona tanto el entusiasmo desmedido como las predicciones catastrofistas que dominan el debate público. Frente a los discursos que anuncian una transformación inmediata del mercado laboral o la desaparición masiva de puestos de trabajo, el autor sostiene que la evidencia empírica disponible muestra una realidad mucho más matizada.

La revolución de la IA ya ha comenzado, pero su desarrollo es desigual, sectorial y mucho más lento de lo que sugieren los titulares. En lugar de una sustitución generalizada del trabajo humano, lo que se observa es una incorporación gradual de herramientas de IA que mejoran determinadas tareas sin alterar todavía la estructura básica del empleo en la mayoría de las organizaciones.

El artículo reúne diversos estudios recientes que demuestran que la inteligencia artificial puede generar importantes aumentos de productividad en actividades intensivas en conocimiento. Entre ellos destaca un experimento en el que profesionales que utilizaron ChatGPT para tareas de redacción completaron su trabajo un 40 % más rápido y con una calidad aproximadamente un 18 % superior respecto a quienes no emplearon estas herramientas. Del mismo modo, investigaciones realizadas en centros de atención al cliente muestran incrementos significativos en el número de incidencias resueltas por hora gracias al apoyo de sistemas de IA. Estos resultados confirman que la tecnología puede mejorar la eficiencia en determinadas ocupaciones, especialmente aquellas basadas en la producción y el procesamiento de información. Sin embargo, Soundararajan advierte que estos éxitos experimentales no deben confundirse con una transformación completa del mercado laboral.

El autor destaca que las predicciones sobre una destrucción masiva de empleo aún no se han materializado. Los mercados laborales de los países desarrollados continúan mostrando niveles históricamente elevados de ocupación y, hasta el momento, las investigaciones no encuentran evidencias sólidas de pérdidas generalizadas de empleo ni de reducciones salariales atribuibles directamente a la adopción de la inteligencia artificial. Incluso estudios realizados en empresas pioneras en el uso de chatbots muestran efectos muy limitados sobre las horas trabajadas o los ingresos de los empleados. La explicación reside en que muchas tareas siguen requiriendo juicio humano, conocimiento tácito, interacción social, experiencia acumulada y presencia física, capacidades que la IA todavía no puede reproducir de forma fiable.

Uno de los aspectos más interesantes del análisis se refiere a la desigual distribución de los beneficios de la IA. Soundararajan observa que quienes más se benefician son, en muchos casos, los trabajadores con menor experiencia. La inteligencia artificial actúa como una herramienta que reduce la brecha de productividad entre empleados noveles y expertos al proporcionar asistencia inmediata en tareas complejas. Paradójicamente, esta ventaja plantea un problema de largo plazo: si las empresas reducen la contratación de perfiles junior porque la IA puede realizar parte de las tareas de aprendizaje inicial, podrían debilitar el proceso mediante el cual se forman los futuros profesionales expertos. Es decir, la tecnología puede mejorar el rendimiento presente mientras compromete el desarrollo del capital humano necesario para el futuro.

El artículo también analiza las diferencias entre sectores económicos. La adopción de la inteligencia artificial avanza de manera muy desigual: las empresas tecnológicas y los servicios basados en información incorporan estas herramientas con mucha mayor rapidez que sectores como la hostelería, el comercio o los servicios presenciales. Además, existe una diferencia importante entre experimentar con aplicaciones de IA e integrarlas realmente en los procesos organizativos. Muchas empresas utilizan herramientas de inteligencia artificial de forma puntual, pero todavía no han rediseñado su estructura de trabajo, sus flujos de información o sus modelos de negocio para aprovechar plenamente su potencial. Esto explica por qué el impacto agregado sobre la productividad de las economías sigue siendo relativamente modesto pese a la enorme atención mediática que recibe la IA.

Soundararajan sostiene que el verdadero reto no consiste únicamente en desarrollar modelos cada vez más potentes, sino en gestionar adecuadamente la transición organizativa y social que implica su adopción. La revolución tecnológica dependerá menos de la capacidad de los algoritmos que de la habilidad de las empresas para rediseñar procesos, formar a sus trabajadores y distribuir equitativamente las ganancias de productividad. Si la automatización elimina determinadas tareas de entrada sin crear nuevas oportunidades de aprendizaje y desarrollo profesional, podrían agravarse las desigualdades laborales y reducirse las posibilidades de movilidad profesional para las nuevas generaciones.

El autor defiende una posición equilibrada entre el optimismo tecnológico y el alarmismo. La inteligencia artificial está produciendo mejoras reales en productividad y modificará profundamente muchas ocupaciones, pero la transformación será gradual, heterogénea y dependerá tanto de decisiones organizativas como del propio avance tecnológico. El verdadero desafío no es determinar si la IA sustituirá a los trabajadores, sino cómo adaptar los sistemas educativos, las políticas laborales y las estrategias empresariales para que los beneficios de esta nueva revolución tecnológica se traduzcan en empleos de mayor calidad, oportunidades de aprendizaje continuo y un crecimiento económico más inclusivo.

Un distrito escolar de Nueva York prueba un profesor robot con IA para apoyar la enseñanza

DiBenedetto, Chase. A New York School District Is Testing Robot Teachers. Mashable, 15 de julio de 2026. https://mashable.com/tech/new-york-school-testing-robot-teacher?utm_source=flipboard&utm_content=user/Mashable

El distrito escolar Salamanca City Central School District, situado en el estado de Nueva York, ha puesto en marcha un proyecto piloto para incorporar un profesor robot humanoide impulsado por inteligencia artificial en sus aulas de secundaria. La iniciativa, desarrollada en colaboración con la empresa canadiense Realbotix, introduce un asistente educativo denominado Sally, diseñado para complementar el trabajo de los docentes y ofrecer apoyo personalizado a los estudiantes tanto durante las clases como fuera del horario escolar. Según sus responsables, el sistema representa uno de los primeros despliegues reales de robots humanoides con IA en un entorno educativo estadounidense.

El robot forma parte de la serie M-Series de Realbotix y utiliza procesamiento del lenguaje natural, reconocimiento de expresiones faciales y capacidades conversacionales para interactuar con alumnos y profesores. Permanecerá sentado en el aula y podrá realizar movimientos del torso, la cabeza y el rostro para ofrecer una comunicación más natural. Además, los estudiantes podrán identificarse mediante un código personal para que el sistema acceda a su historial de aprendizaje y adapte las explicaciones, ejercicios y recomendaciones a las necesidades de cada uno. También estará disponible como asistente virtual las 24 horas para resolver dudas y ayudar con los deberes.

El proyecto comenzará en las asignaturas de Inteligencia Artificial y Robótica del instituto, integradas en el programa educativo Woz ED STEM Pathway, impulsado por Steve Wozniak para fomentar las competencias en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Si la experiencia resulta satisfactoria, el distrito contempla ampliar el uso del robot a otras materias y cursos. El superintendente del distrito, Mark Beehler, defiende que la escuela debe enseñar a utilizar la inteligencia artificial de forma responsable en lugar de intentar prohibirla, ya que considera que estas herramientas formarán parte del futuro profesional de los estudiantes.

Los desarrolladores insisten en que Sally no sustituirá al profesorado, sino que actuará como un asistente pedagógico capaz de responder preguntas, ofrecer explicaciones adicionales, traducir contenidos, reforzar conceptos y proporcionar apoyo individualizado. Para minimizar riesgos, el sistema incorpora salvaguardas específicas para el ámbito educativo: está entrenado con el currículo del distrito y dispone de mecanismos para detectar conversaciones relacionadas con autolesiones, suicidio u otras situaciones de riesgo, notificándolas automáticamente a los responsables del centro.

No obstante, la iniciativa también ha generado interrogantes. Expertos y organizaciones educativas advierten de que la creciente presencia de la IA en las aulas puede incrementar la dependencia tecnológica, reducir el pensamiento crítico y acentuar desigualdades si se utiliza como sustituto del profesorado o como solución a la falta de recursos humanos. Estas preocupaciones se suman al debate nacional sobre el papel de la inteligencia artificial en la educación, en un momento en que diversos distritos escolares estadounidenses experimentan con asistentes inteligentes mientras padres, investigadore

La sustitución de enfermeras por inteligencia artificial en Nueva York reabre el debate sobre el futuro del trabajo sanitario

Landymore, Frank. Health Care Workers Furious as NYC Replaces Nurses With AI. Futurism, 15 de julio de 2026. Futurism

El artículo analiza la creciente controversia generada tras el despido de doce enfermeras del hospital Montefiore, en el Bronx (Nueva York), cuyos puestos han sido sustituidos por un sistema de inteligencia artificial destinado a automatizar tareas de revisión clínica y gestión administrativa relacionadas con la autorización de tratamientos por parte de las aseguradoras.

La decisión ha provocado una fuerte reacción del sindicato New York State Nurses Association (NYSNA), que denuncia que el hospital está reemplazando décadas de experiencia clínica por un software cuya eficacia y seguridad no han sido suficientemente demostradas.

Las enfermeras afectadas desempeñaban funciones de utilization review, un proceso esencial para revisar historiales médicos, justificar la necesidad clínica de determinados tratamientos y negociar con las compañías aseguradoras la cobertura de la atención sanitaria. Aunque estas tareas no implican atención directa al paciente, requieren conocimientos clínicos, capacidad de interpretación y comunicación con médicos y aseguradoras. Según las profesionales despedidas, la inteligencia artificial difícilmente puede sustituir el juicio profesional necesario para resolver casos complejos o situaciones que exigen contextualización y experiencia acumulada durante años de práctica.

La polémica adquiere una dimensión mayor porque los despidos se producen pocos meses después de una de las mayores huelgas de enfermería de la historia de Nueva York. Tras semanas de movilizaciones, los sindicatos habían conseguido incluir en el nuevo convenio laboral cláusulas específicas destinadas a limitar el uso de la inteligencia artificial como herramienta de sustitución de profesionales. Los representantes sindicales sostienen que la actuación del hospital vulnera el espíritu de esos acuerdos y constituye un precedente preocupante para el conjunto del sistema sanitario estadounidense.

Otro aspecto destacado es la preocupación por la empresa tecnológica encargada del sistema de IA, Datavant, debido a sus colaboraciones con Palantir, compañía conocida por sus proyectos de análisis masivo de datos y contratos con organismos gubernamentales. El sindicato advierte de los posibles riesgos para la privacidad de los historiales clínicos y cuestiona la conveniencia de que información médica extremadamente sensible pueda ser procesada mediante plataformas automatizadas vinculadas a grandes empresas tecnológicas.

Por su parte, Montefiore rechaza las acusaciones y afirma que la implantación de estas herramientas afecta únicamente a procesos administrativos, no a la atención clínica directa. El hospital sostiene que la incorporación de nuevas tecnologías busca mejorar la eficiencia operativa y optimizar la gestión documental, negando que se esté comprometiendo la calidad asistencial. Sin embargo, para los sindicatos y numerosos expertos, la cuestión trasciende este caso concreto y plantea un debate mucho más amplio sobre el papel que debe desempeñar la inteligencia artificial en la sanidad: si debe actuar como apoyo a los profesionales o convertirse en un sustituto de determinadas funciones especializadas.

El caso se ha convertido así en uno de los primeros ejemplos ampliamente documentados de sustitución de personal sanitario por sistemas de inteligencia artificial en Estados Unidos. Más allá de su impacto laboral inmediato, pone de relieve los desafíos éticos, legales y organizativos que acompañan a la incorporación de la IA en los servicios de salud, especialmente en ámbitos donde la experiencia clínica, el razonamiento profesional y la responsabilidad sobre las decisiones siguen siendo elementos difíciles de automatizar.

El futuro de la IA está en las personas, no en los algoritmos

Simons, Bright. “The Social Edge of Intelligence”. The Ideas Letter, 16 de abril de 2026

La IA no es realmente inteligente por sí misma, sino que funciona como un espejo estadístico que reproduce la inteligencia colectiva generada por las sociedades humanas. Según el autor, los modelos de lenguaje como ChatGPT no “piensan” de manera autónoma, sino que aprenden de enormes cantidades de lenguaje producido históricamente por interacciones humanas complejas. El verdadero peligro, sostiene, es que el uso excesivo de la IA podría erosionar precisamente las condiciones sociales que hicieron posible su desarrollo.

Simons parte de una observación central: el progreso de la inteligencia artificial se alimenta del conocimiento acumulado por generaciones humanas. Para demostrarlo, propone un experimento mental en el que imagina entrenar distintos modelos de IA con textos de diversas épocas históricas: el antiguo Egipto, la Grecia clásica, Roma, Bagdad medieval, el Renacimiento italiano y el mundo contemporáneo. La conclusión es clara: aunque la arquitectura tecnológica fuera idéntica, cada modelo sería más “inteligente” en la medida en que la civilización que produjo los textos fuera socialmente más compleja. Esto sugiere que la inteligencia artificial no depende únicamente del cómputo o de los algoritmos, sino fundamentalmente de la riqueza cultural, institucional y social de las comunidades humanas que generan el lenguaje con el que aprende.

Uno de los argumentos más fuertes del ensayo se relaciona con el fenómeno conocido como colapso del modelo. Simons recupera investigaciones publicadas en Nature que muestran que cuando una IA comienza a entrenarse con contenido generado por otras inteligencias artificiales, su calidad cognitiva empieza a degradarse progresivamente. Desaparecen perspectivas minoritarias, formulaciones poco comunes, ideas originales y conocimientos marginales. El resultado es un sistema que sigue siendo fluido y convincente, pero intelectualmente más pobre y homogéneo. El autor interpreta este problema técnico como una manifestación de un problema social más profundo: la reducción de la diversidad intelectual humana a medida que delegamos cada vez más tareas cognitivas a las máquinas.

El ensayo también examina investigaciones recientes sobre creatividad asistida por IA. Un estudio realizado en el Reino Unido con alrededor de 300 escritores mostró que quienes utilizaron modelos como GPT-4 produjeron relatos que los evaluadores consideraron más creativos a nivel individual. Sin embargo, cuando se analizó el conjunto de relatos apareció un efecto inesperado: todos los textos empezaban a parecerse demasiado entre sí. Cada individuo mejoraba su rendimiento, pero el colectivo perdía diversidad creativa. Simons denomina este fenómeno una especie de “tragedia de los comunes cognitiva”: la ganancia individual inmediata produce una pérdida colectiva a largo plazo porque empobrece la variedad intelectual del ecosistema cultural.

Otro eje importante del artículo se centra en cómo la automatización está transformando el trabajo intelectual. El autor cita casos de empresas como IBM, Duolingo, Klarna y Atlassian, que han reducido o replanteado parte de sus plantillas al incorporar inteligencia artificial. El problema, argumenta Simons, es que muchas compañías ven la IA únicamente como una herramienta para sustituir trabajadores y reducir costes. Sin embargo, eliminar puestos junior o funciones de aprendizaje interno significa destruir los espacios donde se genera el conocimiento tácito, la experiencia acumulada y la formación de futuros expertos. Es decir, al automatizar excesivamente se debilita el proceso social mediante el cual se produce nuevo conocimiento humano, que es precisamente el combustible de futuras generaciones de inteligencia artificial.

Simons recupera además estudios de Nicholas Carr y otros investigadores que muestran que las personas tienden a reducir su esfuerzo cognitivo cuando confían en sistemas automatizados. Igual que ocurrió con los buscadores como Google —que llevaron a muchas personas a memorizar menos información— la IA generativa podría producir un fenómeno más profundo: la externalización del pensamiento mismo. Un estudio realizado por investigadores de Microsoft y Carnegie Mellon University encontró que en un 40% de tareas asistidas por IA los trabajadores dejaron de ejercer pensamiento crítico, especialmente cuando confiaban plenamente en las respuestas producidas por el sistema. Para Simons, esto supone un riesgo sistémico: una humanidad cada vez más eficiente individualmente, pero colectivamente menos capaz de generar conocimiento nuevo.

El núcleo conceptual del ensayo aparece en lo que Simons llama “Social Edge Framework” (Marco del Borde Social). Su argumento es que la inteligencia humana siempre ha sido un fenómeno profundamente colectivo. Retoma ideas del psicólogo soviético Lev Vygotsky, quien sostenía que el pensamiento emerge del lenguaje social, y del antropólogo cognitivo Edwin Hutchins, que demostró cómo muchos procesos mentales no ocurren dentro del cerebro individual sino distribuidos en grupos, instituciones y herramientas culturales. Desde esta perspectiva, la IA no aprende de individuos aislados, sino de millones de conversaciones, debates, negociaciones y conflictos sociales acumulados durante siglos. Cada “token” de entrenamiento es, en cierto modo, un fósil de interacción humana.

En la parte final del texto, Simons critica a figuras influyentes del sector tecnológico como Sam Altman, Dario Amodei y Leopold Aschenbrenner, a quienes acusa de centrarse casi exclusivamente en variables técnicas como potencia computacional, escalado de datos y arquitectura de modelos, sin prestar suficiente atención a la dimensión social del conocimiento. Según Simons, la gran paradoja es que cuanto más se use la IA para reemplazar interacciones humanas —reuniones, debates, aprendizaje entre compañeros, puestos de entrada al mercado laboral, escritura original o pensamiento crítico— más se debilitará el ecosistema intelectual del que depende el progreso futuro de la propia inteligencia artificial.

La conclusión del ensayo es contundente: las organizaciones más exitosas en la próxima década no serán necesariamente aquellas que más automaticen, sino aquellas que comprendan que el verdadero valor de la IA no reside en sustituir personas, sino en potenciar formas más ricas de colaboración humana. La inteligencia artificial es, en última instancia, una herencia construida por siglos de interacción social compleja. Si esa herencia se consume sin reinvertir en creatividad, debate, educación, pensamiento crítico y trabajo colaborativo, acabará agotándose. Para Simons, el futuro de la IA no depende solamente de máquinas más poderosas, sino de preservar y fortalecer la riqueza intelectual de la sociedad que alimenta esas máquinas.

El ensayo constituye una crítica profunda a la visión tecnocrática dominante sobre la IA. Frente a la narrativa habitual centrada en eficiencia y automatización, Bright Simons recuerda que la inteligencia —humana y artificial— no surge en el aislamiento, sino en la conversación, el desacuerdo, la cooperación y la complejidad social. La verdadera frontera tecnológica, concluye, no está en los algoritmos, sino en nuestra capacidad de seguir pensando juntos.

¿Sustituirá la IA a los trabajadores? nuevas perspectivas sobre automatización y empleo

Karma, Rogé. “Three Ways to Think About AI and Jobs.” The Atlantic, 11 de junio de 2026. Publicado en la sección Economy. The Atlantic

Se aborda una de las grandes preguntas que atraviesan el debate contemporáneo sobre inteligencia artificial: si esta tecnología terminará desplazando masivamente a los trabajadores humanos o si, por el contrario, transformará el empleo de maneras más complejas y menos lineales de lo que habitualmente se piensa.

Frente a discursos alarmistas que anuncian la desaparición de millones de puestos de trabajo, el autor plantea que el impacto de la IA no depende únicamente del grado de sofisticación tecnológica alcanzado, sino de la naturaleza concreta de cada profesión, de la estructura económica en la que esa profesión opera y del modo en que la tecnología interactúa con la experiencia humana.

Para introducir esta reflexión, Karma recurre al caso de la radiología, un ejemplo especialmente revelador. Hace una década, investigadores como Geoffrey Hinton afirmaban que los radiólogos desaparecerían rápidamente porque los sistemas de aprendizaje profundo serían capaces de interpretar imágenes médicas con mayor precisión que los especialistas humanos. En parte esto ocurrió: actualmente existen más de mil herramientas de IA aprobadas por organismos regulatorios para analizar imágenes clínicas. Sin embargo, lejos de desaparecer, la profesión de radiólogo ha aumentado su demanda, creció el número de profesionales en ejercicio y sus salarios se han incrementado significativamente. Este caso sirve al autor para demostrar que la automatización no conduce necesariamente a la sustitución laboral.

La primera gran pregunta que plantea el artículo es si una profesión constituye lo que algunos economistas llaman un “paquete fuerte” (strong bundle) o un “paquete débil” (weak bundle). Según esta idea, desarrollada por el economista Luis Garicano, muchos empleos combinan tareas “limpias” y tareas “desordenadas”. Las tareas limpias son rutinarias, estructuradas, repetitivas y fácilmente codificables, como rellenar hojas de cálculo o procesar formularios. Las tareas desordenadas implican juicio contextual, improvisación, relaciones humanas, negociación o toma de decisiones ambiguas. Cuando ambas dimensiones están estrechamente integradas —como ocurre con abogados litigantes, médicos o periodistas— resulta difícil delegar solo una parte a la IA sin afectar la calidad global del trabajo. En cambio, en profesiones donde las tareas automatizables pueden separarse del resto —como selección de currículums o parte de la programación informática— la automatización puede ser mucho más profunda.

La segunda cuestión que analiza el artículo tiene relación con la economía de la demanda. Karma recuerda un principio económico clásico: cuando la automatización abarata enormemente la producción de un bien o servicio, muchas veces la demanda aumenta tanto que el empleo termina creciendo en lugar de reducirse. Para explicar este fenómeno recurre al ejemplo histórico de la industria automovilística cuando Henry Ford implantó la cadena de montaje en 1913. Aunque fabricar cada coche requería menos trabajadores, la caída del precio permitió vender muchos más automóviles, generando finalmente más empleo en todo el sector. Lo mismo ocurrió históricamente con cajeros bancarios tras la llegada de los cajeros automáticos, con la industria textil tras los telares mecánicos o con contables después de la aparición de las hojas de cálculo digitales.

Este fenómeno económico se conoce como la paradoja de Jevons, formulada por el economista británico William Stanley Jevons en el siglo XIX. La idea central es que cuando una tecnología aumenta radicalmente la eficiencia en el uso de un recurso, en ocasiones el consumo total de ese recurso no disminuye, sino que aumenta. Aplicado a la inteligencia artificial, esto significa que si determinados servicios —jurídicos, financieros, sanitarios o tecnológicos— se abaratan considerablemente gracias a la automatización, podría producirse un incremento tan fuerte en la demanda que termine generándose más empleo en lugar de menos. El artículo menciona evidencias tempranas de este fenómeno en sectores como la contratación de personal, la ingeniería de software o los centros de atención al cliente.

La tercera pregunta fundamental del texto es si la inteligencia artificial reemplaza la parte experta del trabajo o simplemente automatiza tareas secundarias. Aquí el autor recurre a investigaciones de los economistas del Massachusetts Institute of Technology David Autor y Neil Thompson, quienes estudiaron cómo la informatización afectó a más de trescientas ocupaciones durante las últimas décadas. Descubrieron que cuando una tecnología sustituye tareas rutinarias pero deja intactas las competencias especializadas del trabajador, el empleo suele evolucionar hacia funciones de mayor valor añadido y mejores salarios. Sin embargo, cuando la tecnología reemplaza precisamente el núcleo experto del trabajo, los salarios tienden a caer y la profesión pierde prestigio y autonomía.

Un ejemplo que aparece en el artículo es el contraste entre empleados de inventario y auxiliares contables durante la informatización de oficinas en las décadas finales del siglo XX. En el caso de los contables, los ordenadores asumieron tareas repetitivas, permitiendo que los profesionales se concentraran en labores analíticas más complejas. En cambio, en los trabajadores de inventario, los sistemas digitales sustituyeron justamente el conocimiento especializado que poseían sobre almacenes y logística, reduciendo así el valor diferencial de su trabajo. El paralelismo con la IA resulta evidente: en algunas profesiones la inteligencia artificial amplificará el conocimiento humano, mientras que en otras podría banalizarlo.

En la parte final, el autor aplica este marco teórico al periodismo, su propia profesión. Reconoce que en el caso de la escritura profesional el panorama es ambiguo. Algunas tareas, como resumir documentos, analizar grandes cantidades de información o localizar patrones, pueden ser realizadas eficazmente por sistemas de IA. Sin embargo, otras dimensiones fundamentales del trabajo periodístico —entrevistar, interpretar matices, construir narrativas originales, desarrollar criterio editorial o generar confianza con las fuentes— siguen dependiendo profundamente de capacidades humanas difíciles de automatizar. Esto convierte al periodismo, al menos de momento, en una profesión relativamente resistente al reemplazo directo.

La conclusión general del artículo es que resulta simplista pensar que la inteligencia artificial eliminará automáticamente empleos de forma masiva e inmediata. La historia económica demuestra que el impacto tecnológico sobre el trabajo es altamente impredecible. Más que preguntarse si la IA es capaz de realizar una tarea concreta, conviene analizar cómo está estructurado cada trabajo, si la automatización genera nueva demanda económica y qué parte del conocimiento experto humano está siendo sustituida o reforzada. El futuro laboral no dependerá solamente de máquinas cada vez más inteligentes, sino del modo en que sociedades, empresas y profesiones reorganicen la relación entre automatización y capacidades humanas. Como señala el autor, las transformaciones más profundas de una revolución tecnológica rara vez son las que inicialmente se anticipan.

Casi la mitad de la Generación Z teme el impacto de la IA en el empleo

Gizmodo. “Half of Gen Z Is Concerned or Anxious About AI’s Impact on Jobs (Survey)”. Gizmodo, 24 de abril de 2026. https://gizmodo.com/half-of-gen-z-is-concerned-or-anxious-about-ais-impact-on-jobs-survey-2000750483

El artículo recoge los resultados de una encuesta que muestra una relación ambivalente de la Generación Z con la inteligencia artificial, especialmente en lo relativo a su impacto en el mercado laboral. Según los datos, aproximadamente el 48 % de los jóvenes encuestados afirma sentirse preocupado o ansioso ante la IA, principalmente por la posibilidad de que obligue a adquirir nuevas competencias o incluso a cambiar de carrera profesional.

Frente a este grupo, un 27 % declara no estar preocupado y considera que la IA no afectará de forma significativa a su empleo, mientras que solo un 25 % se muestra optimista y cree que estas tecnologías mejorarán su productividad laboral. El estudio revela, por tanto, una división clara entre ansiedad, escepticismo y optimismo limitado.

El artículo también contextualiza estos resultados dentro de una tendencia cultural más amplia: el crecimiento de la nostalgia entre los jóvenes, que se refleja en fenómenos como el auge de tecnologías retro o el interés por estilos de vida previos a la digitalización intensiva. Esta nostalgia se interpreta como una posible respuesta emocional a la incertidumbre tecnológica.

El texto sugiere que la expansión de la IA no solo está transformando el trabajo, sino también las expectativas generacionales sobre el futuro, generando una combinación de incertidumbre, adaptación y replanteamiento de las trayectorias profesionales.