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Los jóvenes estadounidenses desconfían cada vez más de la IA y temen que destruya empleos

McClain, Colleen; Park, Eugenie. “Young adults in the U.S. are increasingly wary of AI, concerned it will take jobs”. Pew Research Center, 18 de agosto de 2026. Artículo original en Pew Research Center

La preocupación de los estadounidenses por la inteligencia artificial continúa creciendo, y los jóvenes de 18 a 29 años se muestran especialmente cautelosos. Según una encuesta del Pew Research Center realizada entre el 22 y el 28 de junio de 2026 a 3.488 adultos estadounidenses, el 52 % de la población adulta afirma sentirse más preocupada que ilusionada por el aumento del uso de la IA, frente al 37 % que expresaba esa preocupación en 2021. Entre los menores de 30 años, la cifra alcanza por primera vez el 55 %. 

La evolución resulta especialmente llamativa entre los jóvenes. En 2021, solo el 31 % de los adultos de 18 a 29 años decía sentirse más preocupado que entusiasmado por la IA; en 2024 era el 39 % y en 2026 ha llegado al 55 %. Paralelamente, el porcentaje que se siente más entusiasmado que preocupado ha descendido del 25 % en 2021 al 11 % actual. Esto rompe con la idea de que las generaciones más jóvenes son necesariamente las más optimistas respecto a las nuevas tecnologías.

El empleo constituye uno de los principales motivos de preocupación. El 71 % de los adultos estadounidenses considera que la IA provocará menos puestos de trabajo en Estados Unidos durante los próximos 20 años, frente al 64 % que opinaba lo mismo en 2024. Solo el 5 % cree que generará más empleos. Entre los jóvenes de 18 a 29 años, la percepción de pérdida de empleo ha aumentado todavía más: el 73 % piensa que la IA reducirá el número de puestos de trabajo, frente al 61 % de hace dos años.

Los jóvenes también destacan por una percepción más negativa de las consecuencias sociales de la IA. Investigaciones anteriores de Pew muestran que los menores de 30 años son el grupo más proclive a pensar que la IA será perjudicial para la sociedad y para ellos mismos, y muchos creen que puede dificultar la conexión humana y la creatividad. Aunque la mayoría utiliza chatbots, los jóvenes están divididos respecto a su impacto sobre la creatividad y son tan propensos a considerar que estas herramientas la perjudican como a pensar que la favorecen.

En conjunto, el estudio muestra un cambio significativo en la percepción social de la IA: los jóvenes, que inicialmente mostraban un mayor entusiasmo por estas tecnologías, se están convirtiendo en uno de los grupos más críticos. El temor a la automatización y a la pérdida de empleo parece estar desplazando progresivamente el entusiasmo tecnológico, lo que plantea importantes preguntas sobre cómo deberán abordarse la formación, el mercado laboral y la alfabetización en IA.

La revolución de la inteligencia artificial en el trabajo: más evolución que sustitución

Soundararajan, Vivek. AI and Work: An Expert Assesses How Far This Revolution Still Has to Run. The Conversation, 9 de marzo de 2026. Disponible en: https://theconversation.com/ai-and-work-an-expert-assesses-how-far-this-revolution-still-has-to-run-277650

Vivek Soundararajan, profesor de Trabajo e Igualdad de la Universidad de Bath, examina críticamente el impacto real que la inteligencia artificial está teniendo sobre el empleo y cuestiona tanto el entusiasmo desmedido como las predicciones catastrofistas que dominan el debate público. Frente a los discursos que anuncian una transformación inmediata del mercado laboral o la desaparición masiva de puestos de trabajo, el autor sostiene que la evidencia empírica disponible muestra una realidad mucho más matizada.

La revolución de la IA ya ha comenzado, pero su desarrollo es desigual, sectorial y mucho más lento de lo que sugieren los titulares. En lugar de una sustitución generalizada del trabajo humano, lo que se observa es una incorporación gradual de herramientas de IA que mejoran determinadas tareas sin alterar todavía la estructura básica del empleo en la mayoría de las organizaciones.

El artículo reúne diversos estudios recientes que demuestran que la inteligencia artificial puede generar importantes aumentos de productividad en actividades intensivas en conocimiento. Entre ellos destaca un experimento en el que profesionales que utilizaron ChatGPT para tareas de redacción completaron su trabajo un 40 % más rápido y con una calidad aproximadamente un 18 % superior respecto a quienes no emplearon estas herramientas. Del mismo modo, investigaciones realizadas en centros de atención al cliente muestran incrementos significativos en el número de incidencias resueltas por hora gracias al apoyo de sistemas de IA. Estos resultados confirman que la tecnología puede mejorar la eficiencia en determinadas ocupaciones, especialmente aquellas basadas en la producción y el procesamiento de información. Sin embargo, Soundararajan advierte que estos éxitos experimentales no deben confundirse con una transformación completa del mercado laboral.

El autor destaca que las predicciones sobre una destrucción masiva de empleo aún no se han materializado. Los mercados laborales de los países desarrollados continúan mostrando niveles históricamente elevados de ocupación y, hasta el momento, las investigaciones no encuentran evidencias sólidas de pérdidas generalizadas de empleo ni de reducciones salariales atribuibles directamente a la adopción de la inteligencia artificial. Incluso estudios realizados en empresas pioneras en el uso de chatbots muestran efectos muy limitados sobre las horas trabajadas o los ingresos de los empleados. La explicación reside en que muchas tareas siguen requiriendo juicio humano, conocimiento tácito, interacción social, experiencia acumulada y presencia física, capacidades que la IA todavía no puede reproducir de forma fiable.

Uno de los aspectos más interesantes del análisis se refiere a la desigual distribución de los beneficios de la IA. Soundararajan observa que quienes más se benefician son, en muchos casos, los trabajadores con menor experiencia. La inteligencia artificial actúa como una herramienta que reduce la brecha de productividad entre empleados noveles y expertos al proporcionar asistencia inmediata en tareas complejas. Paradójicamente, esta ventaja plantea un problema de largo plazo: si las empresas reducen la contratación de perfiles junior porque la IA puede realizar parte de las tareas de aprendizaje inicial, podrían debilitar el proceso mediante el cual se forman los futuros profesionales expertos. Es decir, la tecnología puede mejorar el rendimiento presente mientras compromete el desarrollo del capital humano necesario para el futuro.

El artículo también analiza las diferencias entre sectores económicos. La adopción de la inteligencia artificial avanza de manera muy desigual: las empresas tecnológicas y los servicios basados en información incorporan estas herramientas con mucha mayor rapidez que sectores como la hostelería, el comercio o los servicios presenciales. Además, existe una diferencia importante entre experimentar con aplicaciones de IA e integrarlas realmente en los procesos organizativos. Muchas empresas utilizan herramientas de inteligencia artificial de forma puntual, pero todavía no han rediseñado su estructura de trabajo, sus flujos de información o sus modelos de negocio para aprovechar plenamente su potencial. Esto explica por qué el impacto agregado sobre la productividad de las economías sigue siendo relativamente modesto pese a la enorme atención mediática que recibe la IA.

Soundararajan sostiene que el verdadero reto no consiste únicamente en desarrollar modelos cada vez más potentes, sino en gestionar adecuadamente la transición organizativa y social que implica su adopción. La revolución tecnológica dependerá menos de la capacidad de los algoritmos que de la habilidad de las empresas para rediseñar procesos, formar a sus trabajadores y distribuir equitativamente las ganancias de productividad. Si la automatización elimina determinadas tareas de entrada sin crear nuevas oportunidades de aprendizaje y desarrollo profesional, podrían agravarse las desigualdades laborales y reducirse las posibilidades de movilidad profesional para las nuevas generaciones.

El autor defiende una posición equilibrada entre el optimismo tecnológico y el alarmismo. La inteligencia artificial está produciendo mejoras reales en productividad y modificará profundamente muchas ocupaciones, pero la transformación será gradual, heterogénea y dependerá tanto de decisiones organizativas como del propio avance tecnológico. El verdadero desafío no es determinar si la IA sustituirá a los trabajadores, sino cómo adaptar los sistemas educativos, las políticas laborales y las estrategias empresariales para que los beneficios de esta nueva revolución tecnológica se traduzcan en empleos de mayor calidad, oportunidades de aprendizaje continuo y un crecimiento económico más inclusivo.

Un distrito escolar de Nueva York prueba un profesor robot con IA para apoyar la enseñanza

DiBenedetto, Chase. A New York School District Is Testing Robot Teachers. Mashable, 15 de julio de 2026. https://mashable.com/tech/new-york-school-testing-robot-teacher?utm_source=flipboard&utm_content=user/Mashable

El distrito escolar Salamanca City Central School District, situado en el estado de Nueva York, ha puesto en marcha un proyecto piloto para incorporar un profesor robot humanoide impulsado por inteligencia artificial en sus aulas de secundaria. La iniciativa, desarrollada en colaboración con la empresa canadiense Realbotix, introduce un asistente educativo denominado Sally, diseñado para complementar el trabajo de los docentes y ofrecer apoyo personalizado a los estudiantes tanto durante las clases como fuera del horario escolar. Según sus responsables, el sistema representa uno de los primeros despliegues reales de robots humanoides con IA en un entorno educativo estadounidense.

El robot forma parte de la serie M-Series de Realbotix y utiliza procesamiento del lenguaje natural, reconocimiento de expresiones faciales y capacidades conversacionales para interactuar con alumnos y profesores. Permanecerá sentado en el aula y podrá realizar movimientos del torso, la cabeza y el rostro para ofrecer una comunicación más natural. Además, los estudiantes podrán identificarse mediante un código personal para que el sistema acceda a su historial de aprendizaje y adapte las explicaciones, ejercicios y recomendaciones a las necesidades de cada uno. También estará disponible como asistente virtual las 24 horas para resolver dudas y ayudar con los deberes.

El proyecto comenzará en las asignaturas de Inteligencia Artificial y Robótica del instituto, integradas en el programa educativo Woz ED STEM Pathway, impulsado por Steve Wozniak para fomentar las competencias en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas. Si la experiencia resulta satisfactoria, el distrito contempla ampliar el uso del robot a otras materias y cursos. El superintendente del distrito, Mark Beehler, defiende que la escuela debe enseñar a utilizar la inteligencia artificial de forma responsable en lugar de intentar prohibirla, ya que considera que estas herramientas formarán parte del futuro profesional de los estudiantes.

Los desarrolladores insisten en que Sally no sustituirá al profesorado, sino que actuará como un asistente pedagógico capaz de responder preguntas, ofrecer explicaciones adicionales, traducir contenidos, reforzar conceptos y proporcionar apoyo individualizado. Para minimizar riesgos, el sistema incorpora salvaguardas específicas para el ámbito educativo: está entrenado con el currículo del distrito y dispone de mecanismos para detectar conversaciones relacionadas con autolesiones, suicidio u otras situaciones de riesgo, notificándolas automáticamente a los responsables del centro.

No obstante, la iniciativa también ha generado interrogantes. Expertos y organizaciones educativas advierten de que la creciente presencia de la IA en las aulas puede incrementar la dependencia tecnológica, reducir el pensamiento crítico y acentuar desigualdades si se utiliza como sustituto del profesorado o como solución a la falta de recursos humanos. Estas preocupaciones se suman al debate nacional sobre el papel de la inteligencia artificial en la educación, en un momento en que diversos distritos escolares estadounidenses experimentan con asistentes inteligentes mientras padres, investigadore

La sustitución de enfermeras por inteligencia artificial en Nueva York reabre el debate sobre el futuro del trabajo sanitario

Landymore, Frank. Health Care Workers Furious as NYC Replaces Nurses With AI. Futurism, 15 de julio de 2026. Futurism

El artículo analiza la creciente controversia generada tras el despido de doce enfermeras del hospital Montefiore, en el Bronx (Nueva York), cuyos puestos han sido sustituidos por un sistema de inteligencia artificial destinado a automatizar tareas de revisión clínica y gestión administrativa relacionadas con la autorización de tratamientos por parte de las aseguradoras.

La decisión ha provocado una fuerte reacción del sindicato New York State Nurses Association (NYSNA), que denuncia que el hospital está reemplazando décadas de experiencia clínica por un software cuya eficacia y seguridad no han sido suficientemente demostradas.

Las enfermeras afectadas desempeñaban funciones de utilization review, un proceso esencial para revisar historiales médicos, justificar la necesidad clínica de determinados tratamientos y negociar con las compañías aseguradoras la cobertura de la atención sanitaria. Aunque estas tareas no implican atención directa al paciente, requieren conocimientos clínicos, capacidad de interpretación y comunicación con médicos y aseguradoras. Según las profesionales despedidas, la inteligencia artificial difícilmente puede sustituir el juicio profesional necesario para resolver casos complejos o situaciones que exigen contextualización y experiencia acumulada durante años de práctica.

La polémica adquiere una dimensión mayor porque los despidos se producen pocos meses después de una de las mayores huelgas de enfermería de la historia de Nueva York. Tras semanas de movilizaciones, los sindicatos habían conseguido incluir en el nuevo convenio laboral cláusulas específicas destinadas a limitar el uso de la inteligencia artificial como herramienta de sustitución de profesionales. Los representantes sindicales sostienen que la actuación del hospital vulnera el espíritu de esos acuerdos y constituye un precedente preocupante para el conjunto del sistema sanitario estadounidense.

Otro aspecto destacado es la preocupación por la empresa tecnológica encargada del sistema de IA, Datavant, debido a sus colaboraciones con Palantir, compañía conocida por sus proyectos de análisis masivo de datos y contratos con organismos gubernamentales. El sindicato advierte de los posibles riesgos para la privacidad de los historiales clínicos y cuestiona la conveniencia de que información médica extremadamente sensible pueda ser procesada mediante plataformas automatizadas vinculadas a grandes empresas tecnológicas.

Por su parte, Montefiore rechaza las acusaciones y afirma que la implantación de estas herramientas afecta únicamente a procesos administrativos, no a la atención clínica directa. El hospital sostiene que la incorporación de nuevas tecnologías busca mejorar la eficiencia operativa y optimizar la gestión documental, negando que se esté comprometiendo la calidad asistencial. Sin embargo, para los sindicatos y numerosos expertos, la cuestión trasciende este caso concreto y plantea un debate mucho más amplio sobre el papel que debe desempeñar la inteligencia artificial en la sanidad: si debe actuar como apoyo a los profesionales o convertirse en un sustituto de determinadas funciones especializadas.

El caso se ha convertido así en uno de los primeros ejemplos ampliamente documentados de sustitución de personal sanitario por sistemas de inteligencia artificial en Estados Unidos. Más allá de su impacto laboral inmediato, pone de relieve los desafíos éticos, legales y organizativos que acompañan a la incorporación de la IA en los servicios de salud, especialmente en ámbitos donde la experiencia clínica, el razonamiento profesional y la responsabilidad sobre las decisiones siguen siendo elementos difíciles de automatizar.

El futuro de la IA está en las personas, no en los algoritmos

Simons, Bright. “The Social Edge of Intelligence”. The Ideas Letter, 16 de abril de 2026

La IA no es realmente inteligente por sí misma, sino que funciona como un espejo estadístico que reproduce la inteligencia colectiva generada por las sociedades humanas. Según el autor, los modelos de lenguaje como ChatGPT no “piensan” de manera autónoma, sino que aprenden de enormes cantidades de lenguaje producido históricamente por interacciones humanas complejas. El verdadero peligro, sostiene, es que el uso excesivo de la IA podría erosionar precisamente las condiciones sociales que hicieron posible su desarrollo.

Simons parte de una observación central: el progreso de la inteligencia artificial se alimenta del conocimiento acumulado por generaciones humanas. Para demostrarlo, propone un experimento mental en el que imagina entrenar distintos modelos de IA con textos de diversas épocas históricas: el antiguo Egipto, la Grecia clásica, Roma, Bagdad medieval, el Renacimiento italiano y el mundo contemporáneo. La conclusión es clara: aunque la arquitectura tecnológica fuera idéntica, cada modelo sería más “inteligente” en la medida en que la civilización que produjo los textos fuera socialmente más compleja. Esto sugiere que la inteligencia artificial no depende únicamente del cómputo o de los algoritmos, sino fundamentalmente de la riqueza cultural, institucional y social de las comunidades humanas que generan el lenguaje con el que aprende.

Uno de los argumentos más fuertes del ensayo se relaciona con el fenómeno conocido como colapso del modelo. Simons recupera investigaciones publicadas en Nature que muestran que cuando una IA comienza a entrenarse con contenido generado por otras inteligencias artificiales, su calidad cognitiva empieza a degradarse progresivamente. Desaparecen perspectivas minoritarias, formulaciones poco comunes, ideas originales y conocimientos marginales. El resultado es un sistema que sigue siendo fluido y convincente, pero intelectualmente más pobre y homogéneo. El autor interpreta este problema técnico como una manifestación de un problema social más profundo: la reducción de la diversidad intelectual humana a medida que delegamos cada vez más tareas cognitivas a las máquinas.

El ensayo también examina investigaciones recientes sobre creatividad asistida por IA. Un estudio realizado en el Reino Unido con alrededor de 300 escritores mostró que quienes utilizaron modelos como GPT-4 produjeron relatos que los evaluadores consideraron más creativos a nivel individual. Sin embargo, cuando se analizó el conjunto de relatos apareció un efecto inesperado: todos los textos empezaban a parecerse demasiado entre sí. Cada individuo mejoraba su rendimiento, pero el colectivo perdía diversidad creativa. Simons denomina este fenómeno una especie de “tragedia de los comunes cognitiva”: la ganancia individual inmediata produce una pérdida colectiva a largo plazo porque empobrece la variedad intelectual del ecosistema cultural.

Otro eje importante del artículo se centra en cómo la automatización está transformando el trabajo intelectual. El autor cita casos de empresas como IBM, Duolingo, Klarna y Atlassian, que han reducido o replanteado parte de sus plantillas al incorporar inteligencia artificial. El problema, argumenta Simons, es que muchas compañías ven la IA únicamente como una herramienta para sustituir trabajadores y reducir costes. Sin embargo, eliminar puestos junior o funciones de aprendizaje interno significa destruir los espacios donde se genera el conocimiento tácito, la experiencia acumulada y la formación de futuros expertos. Es decir, al automatizar excesivamente se debilita el proceso social mediante el cual se produce nuevo conocimiento humano, que es precisamente el combustible de futuras generaciones de inteligencia artificial.

Simons recupera además estudios de Nicholas Carr y otros investigadores que muestran que las personas tienden a reducir su esfuerzo cognitivo cuando confían en sistemas automatizados. Igual que ocurrió con los buscadores como Google —que llevaron a muchas personas a memorizar menos información— la IA generativa podría producir un fenómeno más profundo: la externalización del pensamiento mismo. Un estudio realizado por investigadores de Microsoft y Carnegie Mellon University encontró que en un 40% de tareas asistidas por IA los trabajadores dejaron de ejercer pensamiento crítico, especialmente cuando confiaban plenamente en las respuestas producidas por el sistema. Para Simons, esto supone un riesgo sistémico: una humanidad cada vez más eficiente individualmente, pero colectivamente menos capaz de generar conocimiento nuevo.

El núcleo conceptual del ensayo aparece en lo que Simons llama “Social Edge Framework” (Marco del Borde Social). Su argumento es que la inteligencia humana siempre ha sido un fenómeno profundamente colectivo. Retoma ideas del psicólogo soviético Lev Vygotsky, quien sostenía que el pensamiento emerge del lenguaje social, y del antropólogo cognitivo Edwin Hutchins, que demostró cómo muchos procesos mentales no ocurren dentro del cerebro individual sino distribuidos en grupos, instituciones y herramientas culturales. Desde esta perspectiva, la IA no aprende de individuos aislados, sino de millones de conversaciones, debates, negociaciones y conflictos sociales acumulados durante siglos. Cada “token” de entrenamiento es, en cierto modo, un fósil de interacción humana.

En la parte final del texto, Simons critica a figuras influyentes del sector tecnológico como Sam Altman, Dario Amodei y Leopold Aschenbrenner, a quienes acusa de centrarse casi exclusivamente en variables técnicas como potencia computacional, escalado de datos y arquitectura de modelos, sin prestar suficiente atención a la dimensión social del conocimiento. Según Simons, la gran paradoja es que cuanto más se use la IA para reemplazar interacciones humanas —reuniones, debates, aprendizaje entre compañeros, puestos de entrada al mercado laboral, escritura original o pensamiento crítico— más se debilitará el ecosistema intelectual del que depende el progreso futuro de la propia inteligencia artificial.

La conclusión del ensayo es contundente: las organizaciones más exitosas en la próxima década no serán necesariamente aquellas que más automaticen, sino aquellas que comprendan que el verdadero valor de la IA no reside en sustituir personas, sino en potenciar formas más ricas de colaboración humana. La inteligencia artificial es, en última instancia, una herencia construida por siglos de interacción social compleja. Si esa herencia se consume sin reinvertir en creatividad, debate, educación, pensamiento crítico y trabajo colaborativo, acabará agotándose. Para Simons, el futuro de la IA no depende solamente de máquinas más poderosas, sino de preservar y fortalecer la riqueza intelectual de la sociedad que alimenta esas máquinas.

El ensayo constituye una crítica profunda a la visión tecnocrática dominante sobre la IA. Frente a la narrativa habitual centrada en eficiencia y automatización, Bright Simons recuerda que la inteligencia —humana y artificial— no surge en el aislamiento, sino en la conversación, el desacuerdo, la cooperación y la complejidad social. La verdadera frontera tecnológica, concluye, no está en los algoritmos, sino en nuestra capacidad de seguir pensando juntos.

¿Sustituirá la IA a los trabajadores? nuevas perspectivas sobre automatización y empleo

Karma, Rogé. “Three Ways to Think About AI and Jobs.The Atlantic, 11 de junio de 2026. Publicado en la sección Economy. The Atlantic

Se aborda una de las grandes preguntas que atraviesan el debate contemporáneo sobre inteligencia artificial: si esta tecnología terminará desplazando masivamente a los trabajadores humanos o si, por el contrario, transformará el empleo de maneras más complejas y menos lineales de lo que habitualmente se piensa.

Frente a discursos alarmistas que anuncian la desaparición de millones de puestos de trabajo, el autor plantea que el impacto de la IA no depende únicamente del grado de sofisticación tecnológica alcanzado, sino de la naturaleza concreta de cada profesión, de la estructura económica en la que esa profesión opera y del modo en que la tecnología interactúa con la experiencia humana.

Para introducir esta reflexión, Karma recurre al caso de la radiología, un ejemplo especialmente revelador. Hace una década, investigadores como Geoffrey Hinton afirmaban que los radiólogos desaparecerían rápidamente porque los sistemas de aprendizaje profundo serían capaces de interpretar imágenes médicas con mayor precisión que los especialistas humanos. En parte esto ocurrió: actualmente existen más de mil herramientas de IA aprobadas por organismos regulatorios para analizar imágenes clínicas. Sin embargo, lejos de desaparecer, la profesión de radiólogo ha aumentado su demanda, creció el número de profesionales en ejercicio y sus salarios se han incrementado significativamente. Este caso sirve al autor para demostrar que la automatización no conduce necesariamente a la sustitución laboral.

La primera gran pregunta que plantea el artículo es si una profesión constituye lo que algunos economistas llaman un “paquete fuerte” (strong bundle) o un “paquete débil” (weak bundle). Según esta idea, desarrollada por el economista Luis Garicano, muchos empleos combinan tareas “limpias” y tareas “desordenadas”. Las tareas limpias son rutinarias, estructuradas, repetitivas y fácilmente codificables, como rellenar hojas de cálculo o procesar formularios. Las tareas desordenadas implican juicio contextual, improvisación, relaciones humanas, negociación o toma de decisiones ambiguas. Cuando ambas dimensiones están estrechamente integradas —como ocurre con abogados litigantes, médicos o periodistas— resulta difícil delegar solo una parte a la IA sin afectar la calidad global del trabajo. En cambio, en profesiones donde las tareas automatizables pueden separarse del resto —como selección de currículums o parte de la programación informática— la automatización puede ser mucho más profunda.

La segunda cuestión que analiza el artículo tiene relación con la economía de la demanda. Karma recuerda un principio económico clásico: cuando la automatización abarata enormemente la producción de un bien o servicio, muchas veces la demanda aumenta tanto que el empleo termina creciendo en lugar de reducirse. Para explicar este fenómeno recurre al ejemplo histórico de la industria automovilística cuando Henry Ford implantó la cadena de montaje en 1913. Aunque fabricar cada coche requería menos trabajadores, la caída del precio permitió vender muchos más automóviles, generando finalmente más empleo en todo el sector. Lo mismo ocurrió históricamente con cajeros bancarios tras la llegada de los cajeros automáticos, con la industria textil tras los telares mecánicos o con contables después de la aparición de las hojas de cálculo digitales.

Este fenómeno económico se conoce como la paradoja de Jevons, formulada por el economista británico William Stanley Jevons en el siglo XIX. La idea central es que cuando una tecnología aumenta radicalmente la eficiencia en el uso de un recurso, en ocasiones el consumo total de ese recurso no disminuye, sino que aumenta. Aplicado a la inteligencia artificial, esto significa que si determinados servicios —jurídicos, financieros, sanitarios o tecnológicos— se abaratan considerablemente gracias a la automatización, podría producirse un incremento tan fuerte en la demanda que termine generándose más empleo en lugar de menos. El artículo menciona evidencias tempranas de este fenómeno en sectores como la contratación de personal, la ingeniería de software o los centros de atención al cliente.

La tercera pregunta fundamental del texto es si la inteligencia artificial reemplaza la parte experta del trabajo o simplemente automatiza tareas secundarias. Aquí el autor recurre a investigaciones de los economistas del Massachusetts Institute of Technology David Autor y Neil Thompson, quienes estudiaron cómo la informatización afectó a más de trescientas ocupaciones durante las últimas décadas. Descubrieron que cuando una tecnología sustituye tareas rutinarias pero deja intactas las competencias especializadas del trabajador, el empleo suele evolucionar hacia funciones de mayor valor añadido y mejores salarios. Sin embargo, cuando la tecnología reemplaza precisamente el núcleo experto del trabajo, los salarios tienden a caer y la profesión pierde prestigio y autonomía.

Un ejemplo que aparece en el artículo es el contraste entre empleados de inventario y auxiliares contables durante la informatización de oficinas en las décadas finales del siglo XX. En el caso de los contables, los ordenadores asumieron tareas repetitivas, permitiendo que los profesionales se concentraran en labores analíticas más complejas. En cambio, en los trabajadores de inventario, los sistemas digitales sustituyeron justamente el conocimiento especializado que poseían sobre almacenes y logística, reduciendo así el valor diferencial de su trabajo. El paralelismo con la IA resulta evidente: en algunas profesiones la inteligencia artificial amplificará el conocimiento humano, mientras que en otras podría banalizarlo.

En la parte final, el autor aplica este marco teórico al periodismo, su propia profesión. Reconoce que en el caso de la escritura profesional el panorama es ambiguo. Algunas tareas, como resumir documentos, analizar grandes cantidades de información o localizar patrones, pueden ser realizadas eficazmente por sistemas de IA. Sin embargo, otras dimensiones fundamentales del trabajo periodístico —entrevistar, interpretar matices, construir narrativas originales, desarrollar criterio editorial o generar confianza con las fuentes— siguen dependiendo profundamente de capacidades humanas difíciles de automatizar. Esto convierte al periodismo, al menos de momento, en una profesión relativamente resistente al reemplazo directo.

La conclusión general del artículo es que resulta simplista pensar que la inteligencia artificial eliminará automáticamente empleos de forma masiva e inmediata. La historia económica demuestra que el impacto tecnológico sobre el trabajo es altamente impredecible. Más que preguntarse si la IA es capaz de realizar una tarea concreta, conviene analizar cómo está estructurado cada trabajo, si la automatización genera nueva demanda económica y qué parte del conocimiento experto humano está siendo sustituida o reforzada. El futuro laboral no dependerá solamente de máquinas cada vez más inteligentes, sino del modo en que sociedades, empresas y profesiones reorganicen la relación entre automatización y capacidades humanas. Como señala el autor, las transformaciones más profundas de una revolución tecnológica rara vez son las que inicialmente se anticipan.

Casi la mitad de la Generación Z teme el impacto de la IA en el empleo

Gizmodo. “Half of Gen Z Is Concerned or Anxious About AI’s Impact on Jobs (Survey)”. Gizmodo, 24 de abril de 2026. https://gizmodo.com/half-of-gen-z-is-concerned-or-anxious-about-ais-impact-on-jobs-survey-2000750483

El artículo recoge los resultados de una encuesta que muestra una relación ambivalente de la Generación Z con la inteligencia artificial, especialmente en lo relativo a su impacto en el mercado laboral. Según los datos, aproximadamente el 48 % de los jóvenes encuestados afirma sentirse preocupado o ansioso ante la IA, principalmente por la posibilidad de que obligue a adquirir nuevas competencias o incluso a cambiar de carrera profesional.

Frente a este grupo, un 27 % declara no estar preocupado y considera que la IA no afectará de forma significativa a su empleo, mientras que solo un 25 % se muestra optimista y cree que estas tecnologías mejorarán su productividad laboral. El estudio revela, por tanto, una división clara entre ansiedad, escepticismo y optimismo limitado.

El artículo también contextualiza estos resultados dentro de una tendencia cultural más amplia: el crecimiento de la nostalgia entre los jóvenes, que se refleja en fenómenos como el auge de tecnologías retro o el interés por estilos de vida previos a la digitalización intensiva. Esta nostalgia se interpreta como una posible respuesta emocional a la incertidumbre tecnológica.

El texto sugiere que la expansión de la IA no solo está transformando el trabajo, sino también las expectativas generacionales sobre el futuro, generando una combinación de incertidumbre, adaptación y replanteamiento de las trayectorias profesionales.

Sesgo algorítmico en el empleo: cuando la IA favorece su propio estilo de escritura

Xu, Jiannan, Gujie Li y Jane Yi Jiang. 2025. AI Self-preferencing in Algorithmic Hiring: Empirical Evidence and Insights. Proceedings of the AAAI/ACM Conference on AI, Ethics, and Society (AIES), vol. 8, no. 3, 2757–2758. https://doi.org/10.1609/aies.v8i3.36755

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Un nuevo estudio sugiere que los sistemas de contratación basados ​​en IA podrían favorecer los currículos redactados por los mismos modelos de IA que los evalúan, lo que plantea interrogantes urgentes para las escuelas, los bibliotecarios y el futuro de la preparación del mercado laboral.

El artículo analiza un estudio reciente sobre el uso de sistemas de inteligencia artificial en procesos de selección de personal y sus implicaciones educativas y sociales. La investigación, titulada AI Self-preferencing in Algorithmic Hiring, muestra que los modelos de IA utilizados en contratación pueden mostrar una forma de sesgo inesperado: tienden a favorecer los currículums generados por el mismo modelo de IA que los evalúa, en comparación con los redactados por humanos o por otros modelos.

En experimentos con más de 2.200 currículums reales y versiones generadas por modelos como GPT-4o, LLaMA, DeepSeek o Mistral, se observó que los candidatos cuyas solicitudes estaban “alineadas estilísticamente” con el sistema evaluador tenían entre un 23% y un 60% más de probabilidades de ser preseleccionados, aun cuando las cualificaciones eran idénticas. Esto sugiere la existencia de un nuevo tipo de sesgo algorítmico, no basado en variables tradicionales como género o raza, sino en la afinidad lingüística y estilística con el propio sistema.

El artículo denomina este fenómeno “sesgo interaccional”, donde la IA favorece patrones de escritura similares a los que ella misma genera. Esto plantea una preocupación estructural: la supuesta neutralidad de los algoritmos se debilita, ya que estos sistemas no solo procesan información, sino que también pueden reproducir preferencias hacia su propio “estilo de lenguaje”.

A partir de estos hallazgos, el texto advierte sobre un cambio profundo en el ámbito educativo. Los estudiantes ya no solo compiten en un entorno donde la escritura es evaluada por humanos, sino en uno donde la primera criba puede ser realizada por sistemas automatizados. Esto transforma la alfabetización informacional en alfabetización algorítmica, obligando a las instituciones educativas a preparar al alumnado para interactuar con sistemas de evaluación basados en IA.

El artículo también introduce el concepto de nueva brecha digital: los estudiantes con acceso a herramientas de IA, formación en “prompting” o apoyo tecnológico podrían tener ventajas sistemáticas frente a otros con menos recursos. Esto podría ampliar desigualdades educativas y laborales preexistentes.

Se plantea una reflexión crítica sobre el futuro de la escritura y la comunicación. Si los sistemas automatizados comienzan a premiar estilos de redacción propios de la IA, existe el riesgo de que las personas adapten su escritura para satisfacer algoritmos en lugar de comunicarse con otros seres humanos, afectando la creatividad, la diversidad lingüística y la expresión cultural.

En el texto subraya que la inteligencia artificial no es neutral y que su creciente uso en la contratación y evaluación laboral exige una respuesta educativa urgente basada en la alfabetización en IA, la transparencia algorítmica y la equidad en el acceso a estas tecnologías.

La IA hace que la inteligencia humana sea más importante, no menos

Sternfels, Bob, y Lucy Pérez. “AI Makes Human Intelligence More Important, Not Less.” Fortune. 22 de enero de 2026.

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Se plantea una idea central que desafía muchas narrativas dominantes sobre la inteligencia artificial: cuanto más avanzada sea la IA, más importante será la inteligencia humana. Frente al discurso alarmista que anuncia la sustitución masiva de trabajadores y la obsolescencia de las capacidades cognitivas humanas, los autores sostienen que el verdadero valor diferencial del futuro no estará en la tecnología en sí misma —cada vez más accesible— sino en las capacidades humanas capaces de trabajar junto a ella.

El texto introduce el concepto de “brain capital” o “capital cerebral”, entendido como un activo económico y social compuesto por dos dimensiones inseparables: la salud cerebral y las habilidades cognitivas y emocionales. La salud cerebral incluye el bienestar mental, emocional y neurológico de las personas, mientras que las habilidades cerebrales abarcan competencias como la creatividad, la resiliencia, la empatía, el pensamiento crítico, la comunicación interpersonal y la alfabetización tecnológica. Los autores argumentan que estas capacidades no son complementos secundarios de la IA, sino el núcleo estratégico que permitirá aprovecharla de manera efectiva. En otras palabras, el problema ya no consiste únicamente en implementar tecnologías avanzadas, sino en desarrollar personas capaces de utilizarlas con criterio, adaptabilidad y sentido humano.

Uno de los aspectos más relevantes del artículo es la crítica implícita a la obsesión empresarial por la automatización y la productividad cuantificable. Sternfels y Pérez advierten que muchas organizaciones se preguntan cómo “reconfigurarse” para la IA, pero pocas se cuestionan cómo fortalecer las capacidades cognitivas y emocionales de sus trabajadores. El texto señala que el verdadero riesgo no es únicamente la automatización del trabajo, sino el deterioro de las capacidades humanas debido al exceso de dependencia tecnológica, la sobrecarga informativa y la aceleración permanente del entorno laboral. La paradoja es clara: la IA puede liberar tiempo y aumentar la eficiencia, pero también puede erosionar precisamente aquellas capacidades humanas que resultan más necesarias en un contexto de incertidumbre y cambio continuo.

El artículo subraya además que las empresas que inviertan en el desarrollo humano tendrán ventajas competitivas significativas. Según los datos citados, abordar adecuadamente los problemas de salud mental y potenciar las capacidades cognitivas podría generar enormes beneficios económicos globales y mejorar la productividad empresarial. Se insiste en que las organizaciones del futuro deberán diseñar entornos laborales que favorezcan la reflexión, el aprendizaje continuo y la colaboración entre humanos y sistemas inteligentes. La IA debe integrarse en los flujos de trabajo como una herramienta de apoyo y no como un sustituto absoluto de la inteligencia humana. En esta visión, las máquinas se encargan de tareas repetitivas o administrativas, mientras que las personas continúan liderando ámbitos como el juicio ético, la creatividad, la mentoría, la toma de decisiones complejas y la construcción de confianza.

Otro elemento importante del texto es la idea de que el liderazgo en la era de la IA será, paradójicamente, más humano que nunca. Los autores sostienen que las organizaciones exitosas no serán aquellas que simplemente usen más inteligencia artificial, sino las que logren combinar la potencia tecnológica con trabajadores mentalmente sanos, cognitivamente flexibles y emocionalmente preparados. Esta visión coincide con otros análisis recientes que destacan la importancia creciente de competencias como la empatía, la reflexión, el discernimiento y el pensamiento crítico frente a la automatización de tareas cognitivas rutinarias.

En conjunto, el artículo representa una defensa del humanismo tecnológico. Lejos de concebir la IA como sustituta de las personas, propone una relación de complementariedad donde la tecnología amplifica capacidades, pero el sentido, la creatividad, la ética y la inteligencia emocional continúan siendo profundamente humanos. El mensaje final es claro: el futuro no pertenecerá a las organizaciones que acumulen más algoritmos, sino a aquellas capaces de cultivar cerebros saludables, pensamiento crítico y talento humano preparado para convivir inteligentemente con la IA.

Meta vigila a sus empleados para entrenar IA: del trabajo cotidiano al dato automatizado

Kanellopoulos, Michael. “Meta to Track Employee Mouse, Keyboard Activity to Train AI Models.” PCMag, 22 de abril de 2026. https://uk.pcmag.com/ai/164547/meta-to-track-employee-mouse-keyboard-activity-to-train-ai-models

Meta ha puesto en marcha una iniciativa interna para recopilar datos de sus propios empleados con el fin de entrenar modelos de inteligencia artificial. A través de un software instalado en los ordenadores corporativos, la empresa registra movimientos del ratón, pulsaciones de teclado y otras interacciones digitales, con el objetivo de mejorar la capacidad de sus sistemas para imitar el comportamiento humano frente a un ordenador.

Este programa —conocido como Model Capability Initiative (MCI)— forma parte de una estrategia más amplia orientada a desarrollar agentes de IA capaces de realizar tareas laborales de forma autónoma. La lógica subyacente es que, para que estos sistemas funcionen de manera eficaz, necesitan aprender a partir de ejemplos reales de uso: cómo se navega por menús, se utilizan atajos de teclado o se completan tareas rutinarias en entornos digitales.

Meta sostiene que los datos recogidos se limitarán a aplicaciones de trabajo y que existen de protección para evitar el acceso a información sensible. Además, la compañía afirma que estos datos no se utilizarán para evaluar el rendimiento de los empleados, sino exclusivamente para el entrenamiento de modelos.

Sin embargo, la iniciativa ha generado preocupación y rechazo entre los trabajadores, especialmente por la falta de opción para excluirse del programa en dispositivos corporativos. Muchos empleados perciben esta práctica como una forma intensificada de vigilancia laboral, que va más allá de los mecanismos tradicionales de monitorización y se acerca a un modelo de supervisión continua.

El artículo también sitúa esta medida en el contexto de una transformación más amplia del sector tecnológico, donde las grandes empresas buscan nuevas fuentes de datos para alimentar sus modelos de IA. En este caso, el propio trabajo humano se convierte en materia prima para automatizar futuras tareas, lo que plantea tensiones éticas, legales y laborales, especialmente en regiones con regulaciones más estrictas como Europa.

La noticia ilustra un cambio significativo: el paso de la IA como herramienta de apoyo a la IA como sistema que aprende directamente del comportamiento humano para sustituirlo parcialmente. Esto abre un debate crucial sobre privacidad, poder corporativo y el futuro del trabajo en entornos altamente automatizados.