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Microrrelatos “Trabajar en información y documentación”

 

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El jurado del I Concurso de Microrrelatos “Trabajar en información y documentación” del Departamento de Biblioteconomía y Documentación de la Universidad de Salamanca eligió en 2009 como ganadora la obra de Pilar Martín Cabreros, que lleva por título “¡Yo, tan tranquilo!”.

El jurado estaba formado por Luis Hernández Olivera, Director del Departamento de Biblioteconomía y Documentación; M. Rosario Andrío Esteban, profesora de Promoción de productos, servicios y unidades de información del Departamento de Biblioteconomía y Documentación; Joaquín García Palacios, profesor de Lengua Española y Terminología del Departamento de Traducción e Interpretación y Julio Alonso Arévalo, Director de la Biblioteca de la Facultad de Traducción y Documentación. La organización del concurso agradece a todos los participantes el interés demostrado.

En una dura pugna final, el microrrelato de Martín Cabreros se ha impuesto a los enviados por Antonia Riquelme Gómez y Ángela Hernández Benito titulados “Ratones de Biblioteca” y “J’ accuse, yo acuso”,respectivamente

Microrelato ganador:

¡YO, TAN TRANQUILO! de Pilar Martín Cabreros

Echo hacia atrás el respaldo del asiento dispuesto a pasarme las nueve horas del viaje durmiendo como una marmota. ¡Qué me importa a mí si la azafata necesita un médico porque alguien esté enfermo, o tal vez un informático para reparar algún fallo en el sistema de trasmisiones, o incluso una señorita de compañía en caso de que el comandante sufra un ataque de ansiedad! Si algo bueno tiene este oficio es la seguridad de que nadie va a gritar desesperadamente ¡¡Por favor, si hay algún archivero en el avión que vaya urgentemente a la cabina!!

Finalistas 2o.

RATONES DE BIBLIOTECA Antonia Riquelme Gómez

Al principio los ratones se enfadaron mucho, pero finalmente tuvieron que reconocer que si alguien necesitaba de la información, esas eran las palomas; y, al fin y al cabo, el jardín de la biblioteca tenía espacio para todos

Finalista 3ero.

J’ ACCUSE, YO ACUSO Ángela Hernández Benito

Yo, que tengo a bien agradecer los dos dedos de frente con que fui dotada en el reparto de neuras, descubro a través de una biblioteca, pública, para más señas, un documento que viene a corroborar lo que en un rincón del desván de mis abuelos, -llámese vertedero del pleistoceno-, había descubierto mi curiosidad: el diario francés L’ Aurore, cita el alegato de Zola a favor de Dreyfus. El documento bibliotecario, en cambio, es un discurso de Neruda sobre la Ley Maldita. Ambos comienzan igual: Yo acuso. Me reitero en mi deformación profesional. Mañana encontraré otros que digan: Yo absuelvo.

Textos literarios sobre bibliotecas y lectura. Planeta biblioteca 2017/04/05

 

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PreTextos

En esta ocasión hemos puesto voz y música a algunos texto literarios que reflejan la imagen de los libros, las bibliotecas y la lectura en la literatura. Esperemos que disfrutéis de este programa tanto como nosotros eligiendo los textos, buscando las músicas, mezclándolos y adaptándolos. Un programa entrañable en el que hemos contado con las voces desinteresadas de algunos de nuestros oyentes como Natalia López de Manizales (Colombia), Lourdes Flores de Costa Rica, Judith Navarro de Barcelona, Kary Hernández, (España), Monica Aros de Chile, Rebeca Martín de España y un servidor. Un programa entrañable.

PALABRAS Y MÚSICA. Textos, música y voces

1. TEXTO. Paul Auster. “Sunnset Park”. MUSICA Cannonball Adderley. “Love for Sale” – Voz de NATALIA LOPEZ

2. TEXTO. Mary Ann Clark Bremer “Una biblioteca de verano”. MÚSICA. Charles Aznavour “LA Boheme”. VOZ. Mónica Aros

3. TEXTO. Borges – Un mundo sin libros. MÜSICA. Jimmy Giuffre Trav’lin Light Natalia. Voz de NATALIA LOPEZ

4. TEXTO. Leopoldo Maria Panero. El impostor. MÜSICA. La llegada del impostor fingiéndose Leopoldo María Panero. VOZ DE Carlos Ann

5. TEXTO. Antonio G. Iturbe. La bibliotecaria de Auschwitz MÚSICA. All the things you are – Charlie Parker. VOZ. Natalia Lopez.

6. TEXTO. Valerie Tasso. “Antimanual de sexo”· MUSICA. Emiliano Salvador. Visión. VOZ Kary Hernández.

7. TEXTO Lorca. “Discurso inauguración de la biblioteca de su pueblo” MÚSICA. Art Tatum – All The Things You Are. Voz de NATALIA LOPEZ

8. TEXTO. Maria Moliner. Derecho a leer. MÚSICA Ofogh – Khiale Ruye To VOZ. Lourdes Flores

9. TEXTO. Penelope Fitgerald “La Libreria”. MÚSICA. Miles Davis. Round Midnight VOZ NATALIA LOPEZ.

10. TEXTO. Montserrat Roig. “Un pensament de sal, un pessic de pebre”. MÚSICA. Anouar Brahem – Astrakan Cafe. VOZ Judith Navarro (catalán). Natalia López (castellano)

11. TEXTO. Vainica Doble. “Todo esta en los libros”. MÚSICA. Vainica Doble. “Todo esta en los libros”

12. TEXTO. Sasha Abramsky. La casa de los 20.000 libros. Música Piati. Adagio Tango. VOZ. Julo Alonso

13. TEXTO. Roberto Juarroz. La biblioteca MÚSICA. Geroge Harrrison. Give Me Love. VOZ. Kary Hernandez.

14. TEXTO Pablo Neruda . “Yo tomo la palabra” – MÚSICA. Bill Evans – Dream Gypsy. VOZ. Natalia Lopez.

15. TEXTO. Grant Snider. “Manifiesto del lector”. MÚSICA. Jimmy Clif Mongomery -James And Wes Mongomery. VOZ. Natalia Lopez.

17. TEXTO. Luis Cernuda. “Un libro es cosa viva”. MUISCA. Joe Henderson “A Felicidade”. VOZ. Natalia Lopez.

18. TEXTO. José Hierro. “Irás naciendo dia a dia”. MÚSICA, Michel Legrand. “Summer of 42”. VOZ. Natalia Lopez

19. TEXTO. El Club de los poetas muertos. MÚSICA. Jhon Coltrane. “Love Supremen I”. Voz Natalia López

20. TEXTO Carl Sagan. “Que cosa más sorprendente es un libro”. MÚSICA. Jimmy Giuffre-Show Me The Way to Go Home VOZ. Natalia López.

21. TEXTO. Valerie Tarso. “Antimanual de sexo”· MUSICA. Paganini. 24 caprici. Voz Rebeca

23. MÚSICA. “The Librarian”. No Morning Jackect.

La biblioteca del Espia que nació del Frio

 

 

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John le Carré.  “El espía que surgió del frío”. Madrid :Selecciones del Reader’s Digest, 1966

El espía surgido del frío es Alec Leamas, un antiguo agente secreto inglés destinado en la Alemania Oriental con antiguas cuentas que resolver, a quién Londres le propone liquidar al máximo responsable del espionaje de aquel país, pero a medida que va introduciéndose en el caso se da cuenta que lo están manipulando. En la obra, posteriormente llevada al cine, aparece una biblioteca en la que Alec trabaja enviado por la agencia de colocaciones, allí conoce a la bibliotecaria Liz Gold. con la que entablará una relación. Como afirma María Andrio Esteban en su tesis “La imagen de la biblioteca en el cine (1928-2015)La imagen de la biblioteca en el cine (1928-2015)“, cuando la bibliotecaria es la protagonista a menudo suele ser una chia atractiva y alegre. Aquí Le Carré califica a la chica como “En su cara, como en su cuerpo, había algo que parecía oscilar entre la fealdad y la belleza”. Pero no así la jefa de la biblioteca, la inflexible y autoritaria señorita Crail.

 

 

FRAGMENTOS

Por fin, aceptó el trabajo en la Biblioteca. La Agencia de Colocaciones se lo había puesto delante de las narices todos los jueves por la mañana cuando cobraba su subsidio de paro, pero él lo había rechazado siempre.
—La verdad es que no es lo que mejor le va —dijo el señor Pitt—, pero la paga es buena y el trabajo es fácil para un hombre instruido.
—¿Qué clase de biblioteca es? —preguntó Leamas.
—Es la Biblioteca Bayswater de Investigaciones Psicológicas. Es una fundación: tienen miles de libros, y les han hecho un legado de muchos más. Necesitan otro ayudante.
Leamas cogió el óbolo y la tira de papel.
—Son gente rara —añadió el señor Pitt—, pero, por otra parte, usted tampoco es de los que se quedan fijos, ¿no? Me parece que ya es hora de que les pusiera a prueba, ¿no cree?

 

La Biblioteca era como la nave de una iglesia y, además, muy fría. Las negras estufas de petróleo, en los extremos, daban un olor a parafina. En medio del local había una cabina, como la de los testigos en un tribunal, y dentro estaba sentada la señorita Crail, la bibliotecaria. Nunca se le había ocurrido a Leamas que hubiera de trabajar a las órdenes de una mujer. En la Agencia de Colocaciones, nadie le había dicho nada de eso.

—Soy el nuevo ayudante —dijo—, me llamo Leamas.
La señorita Crail levantó la vista bruscamente de su fichero, como si hubiera oído una grosería.
—¿Ayudante? ¿Qué quiere decir con eso de «ayudante»?
—Asistente. De parte de la Agencia de Colocaciones, del señor Pitt.
Alargó a través del mostrador un impreso hecho en multicopista con sus datos anotados con letra inclinada. Ella lo cogió y lo examinó.

Él escuchó un par de minutos, y luego se dirigió hacia las estanterías. En uno de los compartimientos, observó que había una muchacha, de pie en una escalera,
ordenando unos grandes volúmenes.
—Soy el nuevo —dijo—, me llamo Leamas.
Ella bajó de la escalera y le dio la mano un tanto ceremoniosamente.
—Yo soy Liz Gold. Encantada. ¿Ha conocido a la señorita Crail?

—Ahora estamos poniendo signaturas; la señorita Crail ha empezado un nuevo fichero.
Era una muchacha alta, desgarbada, de larga cintura y piernas largas. Llevaba zapatos bajos, de «ballet», para reducir su estatura. En su cara, como en su cuerpo, había algo que parecía oscilar entre la fealdad y la belleza. Leamas supuso que tendría veintidós o veintitrés años, y que sería judía.

—Se trata sólo de comprobar que todos los libros estén en los estantes. Ésta es la tira de referencia, ya ve. Cuando lo haya comprobado, apunte en lápiz la nueva signatura y la tacha en el fichero.

—¿Y que ocurre luego?
—Sólo la señorita Crail está autorizada a pasar a tinta la signatura. Es el reglamento.
—¿El reglamento de quién?
—De la señorita Crail. ¿Por qué no empieza por la arqueología?

Él estaba a medio subir en la escalera, de modo que miró abajo por encima del hombro y dijo:
—¿Qué?
—¿Sabe usted de dónde han salido estas bolsas de comestibles?
—Son mías.
—Ya entiendo. Son suyas. —Leamas esperó—. Lamento —continuó ella por fin— que no permitamos meter la compra en la Biblioteca.
—¿Dónde puedo ponerla, si no? No hay otro sitio donde pueda ponerla.
—En la Biblioteca, no —contestó ella.

————–

—He hecho toda clase de cosas. Vender enciclopedias para una maldita empresa americana; clasificar libros en una biblioteca de psicología, perforar fichas de trabajo en una hedionda fábrica de pegamentos. ¿Qué demonios puedo hacer?

————–

Probablemente por eso Liz siguió trabajando en la Biblioteca; porque allí, por lo menos, él seguía existiendo; las escalerillas, los estantes, los libros, el fichero, eran cosas que él había conocido y tocado, y algún día podría volver a ellas. Había dicho que jamás volvería, pero ella no lo creía. Era como decir que uno jamás iba a estar mejor, creer una cosa como ésa.

————–

Ella no es más que una chiquilla frustrada en una Biblioteca absurda: ¡no les sirve para nada!

La imagen de las bibliotecas y los bibliotecarios en el comic

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El popular Francisco Ibáñez, autor de comic clásicos como “Pepe Gotera y Otilio”, “Mortadelo y Filemón”, “Rompetechos” y la “Familia Trapisonda” en alguna ocasión también ha reseñado en sus tiras cómicas la imagen de los profesionales de las bibliotecas. Como apreciamos en estas viñetas correspondientes a los siempre tronchantes “Mortadelo y Filemón”, todo un símbolo para una generación de los que fuimos primeros lectores. En primer lugar, lo que se aprecia son los múltiples carteles con la palabra SILENCIO que aparecen colgados y en el mostrador de la bibliotecaria, por supuesto cumpliendo todos los tópicos: mujer poco agraciada, de edad madura, con moño y gafas. Que recibe a nuestros protagonistas con un contundente: “Chiiiiiiissssst!! “. Y un posterior contundente enojamiento porque le pide, y aquí el genial autor se hace un merecido autohomenaje las obras de Ibañez, pensando la bibliotecaria que son las obras de Blasco Ibañez, y al comentarle Mortadelo que no, que son las del autor de “pepe Gotera y Otilio”, esta de reprende con un gesto de desaprobación. lo que hace que Mortadelo le diga que si no se lee el “Diccionario Etrusco Astrogodo”

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Continúa la tira gráfica con un ataque de nervios de la bibliotecaria, ante los desatinos de tan excelsos usuarios, la biblioteca saltando por los aires, con la bibliotecaria completamente trastornada y desquiciada elogiando el ruido “Viva el ruido! Y los alaridos y las explosiones”

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En cuanto a la imagen de la biblioteca y el bibliotecario en el comic es muy recomendable y digno de reseñar el blog “Diario de lectura de cómic Jiro Taniguchi”  con reseñas de cómics que merece la pena leer e incorporar en bibliotecas públicas” de José Antonio Hernández Gómez.

 

La antipática bibliotecaria y el no menos delirante usuario de “Diario de un asesino melancólico”

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Francisco López Serrano. Diario de un asesino melancólico. Salamanca: ediciones del Viento, 2016

Premio de Novela ‘Ciudad de Salamanca’ 2017

Una novela fresca y deslumbrante llena de humor e ironía sobre un personaje obsesionado con que su mujer desea envenenarlo, por lo cual decide anticiparse a la supuesta misión de su esposa y buscar un veneno que no deje huella y no tenga contracepción. El protagonista se dirige a la biblioteca Nacional en busca de una referencia y se encuentra con una funcionaria que califica como antipática, aunque la actitud del usuario en este caso el protagonista también deja mucho que desear:

 

EXTRACTOS Y FRAGMENTOS

“Una mujer me dio la vida. Una mujer, me temo, ha de quitármela. Entre la primera y la última he padecido y convalecido de un número suficiente de ellas. Tengo por tanto motivos para adjudicarles la misma cualidad que los clásicos confirieron al tiempo y a sus letales horas: todas hieren, la última mata.”

“Como ya sugerí en una de mis anotaciones anteriores, en mi navegación de cabotaje por la web superficial había dado con una referencia interesante. Siguiendo esa sugestiva pista fui a la Biblioteca Nacional para consultar el Neopoliani Magioe Naturalis de Giovanni Battista della Porta, impreso en Nápoles en 1580, probablemente uno de los pocos libros que ;o solo hablan de la naturaleza y calidad de los venenos con la muy encomiable intención de neutralizarlos con sus respectivos antídotos, sino que explican la manera de utilizarlos, con el mayor éxito y aprovechamiento posibles, para los fines que yo me proponía. Me dirigí a la sección de raros, rellené la ficha pertinente y una antipática empleada que lo mismo podía haber manejado libros que substancias letales me dijo que cuando existía copia microfilmada, como era el caso, se empleaba ésta a fin de ‘Preservar el libro. Acérrimo detractor de cualquier sucedáneo, no me apetecía nada dejarme la vista en una de esas pantallas de videojuegos del neolítico que son los aparatos de visionado de microfilms, pero no me quedó otro remedio que claudicar. No parecía sino que en lugar de en una biblioteca me hallara en una apoteca y lo que pedía no fuera un tratado de toxicología sino los mismos venenos a los que el libro hacía referencia. A este paso los libros están llamados a convertirse con el tiempo en arquetípicos coranes que, en su cielo presurizado, solamente serán accesibles a una casta selecta de sacerdotes provistos de trajes espaciales y escafandras, en tanto los demás mortales nos veremos obligados a manejar, en una caverna de destellos subacuáticos, sus platónicas sombras.”

“La huraña empleada añadió que debía dirigirme a otra sala habilitada para la lectura de microfilms. Fui allí, rellené la preceptiva ficha y otra huraña empleada vestida con una bata blanca la envío al depósito de archivos a través de una vieja y esclerótica arteria. Tomé asiento junto a uno de esos odiosos aparatos y me distraje contemplando a los sesudos investigadores que se afanaban en aquellas rudimentarias herramientas de scriptorium steampunk. Al cabo de una media hora la mujer de bata blanca se me acercó y con rostro risueño me comunicó que los dos microfilms que existían en depósito de la obra que yo solicitaba, estaban siendo utilizados en ese preciso momento y, por tanto, tendría que esperar hasta que devolvieran uno u otro. Comencé a contemplar con recelo a los, a primera vista al menos, inocentes investigadores de la sala. Imaginé que, de todos aquellos tímidos estudiosos, al menos dos de ellos consultaban sus documentos con intenciones tan aviesas como las mías. 0, peor aún, acaso todos ellos escrutaban manuales similares con intenciones similares. Pero ¿a qué se debía mi inquietud? ¿Qué se me daba a mí que medio mundo planeara envenenar al otro medio? ¿Por qué somos tan condescendientes con nosotros mismos y tan intransigentes con nuestros semejantes? Desde que en Occidente el asesinato de ámbito doméstico se convirtió en un acto individual, íntimo y secreto, desapareció cualquier posibilidad de iniciativa corporativa o gremial; nadie se casa con nadie a la hora de asesinar cónyuges. No hay asesino que no se indigne ante la noticia de un asesinato ajeno.”

De pronto me acometió el temor de enfrentarme inesperadamente con mi propio secreto en el rostro de otro individuo. Así que le dije a la empleada que iría a dar una vuelta y regresaría al cabo de una prudencial ¿media hora? ¿Cuánto tarda un asesino en documentarse? Salí a tomar un refrigerio y luego me entretuve curioseando un poco algunas publicaciones en la sala de referencia. Cuando regresé, la empleada me había reservado el microfilm, así que todo lo más que podía quedar en la sala era un potencial asesino o asesina, o acaso fuera más acertado decir que la sala contaba con un asesino o asesina potencial menos. A regañadientes, la empleada tuvo que ayudarme a instalar la bobina en el lector de microfilms y darme además unas nociones elementales para pilotar la máquina. Cuando comencé a navegar por aquella pantalla del color de un legamoso fondo submarino, reparé en que el libro, como indicaba su título y como no podía ser de otro modo en una obra del siglo XVI con pretensiones eruditas, aunque con intenciones claramente censurables, estaba escrito en latino Mi conocimiento de esa lengua se reduce a cero.

Gabriela Mistral: El Libro y la Lectura

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Romero Buccicardi, C.  Gabriela Mistral: El Libro y la Lectura. Santiago de Chile, Universidad Tecnológica Metropolitana, 2011

Texto completo

Un texto exquisito sobre el valor del libro y de bibliotecario es el que aparece en el libro “Gabriela Mistral: El Libro y la Lectura” de Catalina Romero Buccicardi. Gabriela Mistral, fue el seudónimo de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, la poetisa, diplomática, feminista y pedagoga chilena que fue la primera mujer latinoamericana en ganar el premio Noble en 1957.

“El libro y la lectura adquieren un espacio central. Porque desde el gesto y la gesta de Gabriela Mistral, este texto nos lleva al espacio del libro: la biblioteca como sede y como soporte. Y desde la biblioteca como práctica y patrimonio surge una figura central y señera a la vez: el bibliotecario como una función que conduce a la lectura, que pluraliza el libro y lo dota de realidad y de espesor. Es el bibliotecario el que impide que la biblioteca se transforme en un simple depósito de libros, puesto que la destreza del profesional, moviliza y permite flujos de saber.”

Diamela Eltit. En: Catalina Romero Buccicardi “Gabriela Mistral: El Libro y la Lectura”. Santiago de Chile: universidad Tecnológica Metropolitana, 2011

 

El libro como objeto material y simbólico también es transmisor de prestigio. Cuando en televisión u otro medio se entrevista a una personalidad de la vida cultura o científica existe una tendencia a situarlo para la fotografía o para el vídeo con una biblioteca de fondo con la finalidad de otorgarle el prestigio que confiere tener una bien nutrida biblioteca. Pero no solo valor intelectual, para ilustrar esta afirmación aquí recogemos una cita del libro de Catalina Romero Buccicardi, en el que se habla de cómo en el Santiago de entre los años 20 y 50 tener una biblioteca bien visible proporcionaba un cierto caché económico, y como posteriormente el lugar que ocupaba el libro comienza a ser sustituido por el automóvil.

“El libro es considerado como un objeto puro que no debe rebajarse a la masificación en serie. De hecho, el libro es considerado un objeto de lujo y la clase media lo utiliza para ganar estatus: históricamente, entre 1920 y 1950, cuando estos sectores vivían todavía en las proximidades de la Alameda, en Recoleta, en Ñuñoa o en La Cisterna, predominaba el primero de estos ámbitos. Los libros estaban presentes en el estante de todo living-comedor que se preciara. Después de 1950, cuando comienzan a trasladarse a Las Condes, Vitacura y La Florida, el lugar del libro lo ocupará el auto. Los libros, al ser objeto de lujo, son caros. Lejos entonces de su alcance, la clase popular sólo tiene acceso a los textos escolares entregados por el gobierno desde fines del siglo XIX. El estado, así, es quien dictamina qué deben y qué no deben leer las personas sin recursos para comprar libros a su elección”. pag. 53

Catalina Romero Buccicardi “Gabriela Mistral: El Libro y la Lectura”. Santiago de Chile: universidad Tecnológica Metropolitana, 2011