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La biblioteca del Espia que nació del Frio

 

 

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John le Carré.  “El espía que surgió del frío”. Madrid :Selecciones del Reader’s Digest, 1966

El espía surgido del frío es Alec Leamas, un antiguo agente secreto inglés destinado en la Alemania Oriental con antiguas cuentas que resolver, a quién Londres le propone liquidar al máximo responsable del espionaje de aquel país, pero a medida que va introduciéndose en el caso se da cuenta que lo están manipulando. En la obra, posteriormente llevada al cine, aparece una biblioteca en la que Alec trabaja enviado por la agencia de colocaciones, allí conoce a la bibliotecaria Liz Gold. con la que entablará una relación. Como afirma María Andrio Esteban en su tesis “La imagen de la biblioteca en el cine (1928-2015)La imagen de la biblioteca en el cine (1928-2015)“, cuando la bibliotecaria es la protagonista a menudo suele ser una chia atractiva y alegre. Aquí Le Carré califica a la chica como “En su cara, como en su cuerpo, había algo que parecía oscilar entre la fealdad y la belleza”. Pero no así la jefa de la biblioteca, la inflexible y autoritaria señorita Crail.

 

 

FRAGMENTOS

Por fin, aceptó el trabajo en la Biblioteca. La Agencia de Colocaciones se lo había puesto delante de las narices todos los jueves por la mañana cuando cobraba su subsidio de paro, pero él lo había rechazado siempre.
—La verdad es que no es lo que mejor le va —dijo el señor Pitt—, pero la paga es buena y el trabajo es fácil para un hombre instruido.
—¿Qué clase de biblioteca es? —preguntó Leamas.
—Es la Biblioteca Bayswater de Investigaciones Psicológicas. Es una fundación: tienen miles de libros, y les han hecho un legado de muchos más. Necesitan otro ayudante.
Leamas cogió el óbolo y la tira de papel.
—Son gente rara —añadió el señor Pitt—, pero, por otra parte, usted tampoco es de los que se quedan fijos, ¿no? Me parece que ya es hora de que les pusiera a prueba, ¿no cree?

 

La Biblioteca era como la nave de una iglesia y, además, muy fría. Las negras estufas de petróleo, en los extremos, daban un olor a parafina. En medio del local había una cabina, como la de los testigos en un tribunal, y dentro estaba sentada la señorita Crail, la bibliotecaria. Nunca se le había ocurrido a Leamas que hubiera de trabajar a las órdenes de una mujer. En la Agencia de Colocaciones, nadie le había dicho nada de eso.

—Soy el nuevo ayudante —dijo—, me llamo Leamas.
La señorita Crail levantó la vista bruscamente de su fichero, como si hubiera oído una grosería.
—¿Ayudante? ¿Qué quiere decir con eso de «ayudante»?
—Asistente. De parte de la Agencia de Colocaciones, del señor Pitt.
Alargó a través del mostrador un impreso hecho en multicopista con sus datos anotados con letra inclinada. Ella lo cogió y lo examinó.

Él escuchó un par de minutos, y luego se dirigió hacia las estanterías. En uno de los compartimientos, observó que había una muchacha, de pie en una escalera,
ordenando unos grandes volúmenes.
—Soy el nuevo —dijo—, me llamo Leamas.
Ella bajó de la escalera y le dio la mano un tanto ceremoniosamente.
—Yo soy Liz Gold. Encantada. ¿Ha conocido a la señorita Crail?

—Ahora estamos poniendo signaturas; la señorita Crail ha empezado un nuevo fichero.
Era una muchacha alta, desgarbada, de larga cintura y piernas largas. Llevaba zapatos bajos, de «ballet», para reducir su estatura. En su cara, como en su cuerpo, había algo que parecía oscilar entre la fealdad y la belleza. Leamas supuso que tendría veintidós o veintitrés años, y que sería judía.

—Se trata sólo de comprobar que todos los libros estén en los estantes. Ésta es la tira de referencia, ya ve. Cuando lo haya comprobado, apunte en lápiz la nueva signatura y la tacha en el fichero.

—¿Y que ocurre luego?
—Sólo la señorita Crail está autorizada a pasar a tinta la signatura. Es el reglamento.
—¿El reglamento de quién?
—De la señorita Crail. ¿Por qué no empieza por la arqueología?

Él estaba a medio subir en la escalera, de modo que miró abajo por encima del hombro y dijo:
—¿Qué?
—¿Sabe usted de dónde han salido estas bolsas de comestibles?
—Son mías.
—Ya entiendo. Son suyas. —Leamas esperó—. Lamento —continuó ella por fin— que no permitamos meter la compra en la Biblioteca.
—¿Dónde puedo ponerla, si no? No hay otro sitio donde pueda ponerla.
—En la Biblioteca, no —contestó ella.

————–

—He hecho toda clase de cosas. Vender enciclopedias para una maldita empresa americana; clasificar libros en una biblioteca de psicología, perforar fichas de trabajo en una hedionda fábrica de pegamentos. ¿Qué demonios puedo hacer?

————–

Probablemente por eso Liz siguió trabajando en la Biblioteca; porque allí, por lo menos, él seguía existiendo; las escalerillas, los estantes, los libros, el fichero, eran cosas que él había conocido y tocado, y algún día podría volver a ellas. Había dicho que jamás volvería, pero ella no lo creía. Era como decir que uno jamás iba a estar mejor, creer una cosa como ésa.

————–

Ella no es más que una chiquilla frustrada en una Biblioteca absurda: ¡no les sirve para nada!

La imagen de las bibliotecas y los bibliotecarios en el comic

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El popular Francisco Ibáñez, autor de comic clásicos como “Pepe Gotera y Otilio”, “Mortadelo y Filemón”, “Rompetechos” y la “Familia Trapisonda” en alguna ocasión también ha reseñado en sus tiras cómicas la imagen de los profesionales de las bibliotecas. Como apreciamos en estas viñetas correspondientes a los siempre tronchantes “Mortadelo y Filemón”, todo un símbolo para una generación de los que fuimos primeros lectores. En primer lugar, lo que se aprecia son los múltiples carteles con la palabra SILENCIO que aparecen colgados y en el mostrador de la bibliotecaria, por supuesto cumpliendo todos los tópicos: mujer poco agraciada, de edad madura, con moño y gafas. Que recibe a nuestros protagonistas con un contundente: “Chiiiiiiissssst!! “. Y un posterior contundente enojamiento porque le pide, y aquí el genial autor se hace un merecido autohomenaje las obras de Ibañez, pensando la bibliotecaria que son las obras de Blasco Ibañez, y al comentarle Mortadelo que no, que son las del autor de “pepe Gotera y Otilio”, esta de reprende con un gesto de desaprobación. lo que hace que Mortadelo le diga que si no se lee el “Diccionario Etrusco Astrogodo”

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Continúa la tira gráfica con un ataque de nervios de la bibliotecaria, ante los desatinos de tan excelsos usuarios, la biblioteca saltando por los aires, con la bibliotecaria completamente trastornada y desquiciada elogiando el ruido “Viva el ruido! Y los alaridos y las explosiones”

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En cuanto a la imagen de la biblioteca y el bibliotecario en el comic es muy recomendable y digno de reseñar el blog “Diario de lectura de cómic Jiro Taniguchi”  con reseñas de cómics que merece la pena leer e incorporar en bibliotecas públicas” de José Antonio Hernández Gómez.

 

La antipática bibliotecaria y el no menos delirante usuario de “Diario de un asesino melancólico”

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Francisco López Serrano. Diario de un asesino melancólico. Salamanca: ediciones del Viento, 2016

Premio de Novela ‘Ciudad de Salamanca’ 2017

Una novela fresca y deslumbrante llena de humor e ironía sobre un personaje obsesionado con que su mujer desea envenenarlo, por lo cual decide anticiparse a la supuesta misión de su esposa y buscar un veneno que no deje huella y no tenga contracepción. El protagonista se dirige a la biblioteca Nacional en busca de una referencia y se encuentra con una funcionaria que califica como antipática, aunque la actitud del usuario en este caso el protagonista también deja mucho que desear:

 

EXTRACTOS Y FRAGMENTOS

“Una mujer me dio la vida. Una mujer, me temo, ha de quitármela. Entre la primera y la última he padecido y convalecido de un número suficiente de ellas. Tengo por tanto motivos para adjudicarles la misma cualidad que los clásicos confirieron al tiempo y a sus letales horas: todas hieren, la última mata.”

“Como ya sugerí en una de mis anotaciones anteriores, en mi navegación de cabotaje por la web superficial había dado con una referencia interesante. Siguiendo esa sugestiva pista fui a la Biblioteca Nacional para consultar el Neopoliani Magioe Naturalis de Giovanni Battista della Porta, impreso en Nápoles en 1580, probablemente uno de los pocos libros que ;o solo hablan de la naturaleza y calidad de los venenos con la muy encomiable intención de neutralizarlos con sus respectivos antídotos, sino que explican la manera de utilizarlos, con el mayor éxito y aprovechamiento posibles, para los fines que yo me proponía. Me dirigí a la sección de raros, rellené la ficha pertinente y una antipática empleada que lo mismo podía haber manejado libros que substancias letales me dijo que cuando existía copia microfilmada, como era el caso, se empleaba ésta a fin de ‘Preservar el libro. Acérrimo detractor de cualquier sucedáneo, no me apetecía nada dejarme la vista en una de esas pantallas de videojuegos del neolítico que son los aparatos de visionado de microfilms, pero no me quedó otro remedio que claudicar. No parecía sino que en lugar de en una biblioteca me hallara en una apoteca y lo que pedía no fuera un tratado de toxicología sino los mismos venenos a los que el libro hacía referencia. A este paso los libros están llamados a convertirse con el tiempo en arquetípicos coranes que, en su cielo presurizado, solamente serán accesibles a una casta selecta de sacerdotes provistos de trajes espaciales y escafandras, en tanto los demás mortales nos veremos obligados a manejar, en una caverna de destellos subacuáticos, sus platónicas sombras.”

“La huraña empleada añadió que debía dirigirme a otra sala habilitada para la lectura de microfilms. Fui allí, rellené la preceptiva ficha y otra huraña empleada vestida con una bata blanca la envío al depósito de archivos a través de una vieja y esclerótica arteria. Tomé asiento junto a uno de esos odiosos aparatos y me distraje contemplando a los sesudos investigadores que se afanaban en aquellas rudimentarias herramientas de scriptorium steampunk. Al cabo de una media hora la mujer de bata blanca se me acercó y con rostro risueño me comunicó que los dos microfilms que existían en depósito de la obra que yo solicitaba, estaban siendo utilizados en ese preciso momento y, por tanto, tendría que esperar hasta que devolvieran uno u otro. Comencé a contemplar con recelo a los, a primera vista al menos, inocentes investigadores de la sala. Imaginé que, de todos aquellos tímidos estudiosos, al menos dos de ellos consultaban sus documentos con intenciones tan aviesas como las mías. 0, peor aún, acaso todos ellos escrutaban manuales similares con intenciones similares. Pero ¿a qué se debía mi inquietud? ¿Qué se me daba a mí que medio mundo planeara envenenar al otro medio? ¿Por qué somos tan condescendientes con nosotros mismos y tan intransigentes con nuestros semejantes? Desde que en Occidente el asesinato de ámbito doméstico se convirtió en un acto individual, íntimo y secreto, desapareció cualquier posibilidad de iniciativa corporativa o gremial; nadie se casa con nadie a la hora de asesinar cónyuges. No hay asesino que no se indigne ante la noticia de un asesinato ajeno.”

De pronto me acometió el temor de enfrentarme inesperadamente con mi propio secreto en el rostro de otro individuo. Así que le dije a la empleada que iría a dar una vuelta y regresaría al cabo de una prudencial ¿media hora? ¿Cuánto tarda un asesino en documentarse? Salí a tomar un refrigerio y luego me entretuve curioseando un poco algunas publicaciones en la sala de referencia. Cuando regresé, la empleada me había reservado el microfilm, así que todo lo más que podía quedar en la sala era un potencial asesino o asesina, o acaso fuera más acertado decir que la sala contaba con un asesino o asesina potencial menos. A regañadientes, la empleada tuvo que ayudarme a instalar la bobina en el lector de microfilms y darme además unas nociones elementales para pilotar la máquina. Cuando comencé a navegar por aquella pantalla del color de un legamoso fondo submarino, reparé en que el libro, como indicaba su título y como no podía ser de otro modo en una obra del siglo XVI con pretensiones eruditas, aunque con intenciones claramente censurables, estaba escrito en latino Mi conocimiento de esa lengua se reduce a cero.

Gabriela Mistral: El Libro y la Lectura

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Romero Buccicardi, C.  Gabriela Mistral: El Libro y la Lectura. Santiago de Chile, Universidad Tecnológica Metropolitana, 2011

Texto completo

Un texto exquisito sobre el valor del libro y de bibliotecario es el que aparece en el libro “Gabriela Mistral: El Libro y la Lectura” de Catalina Romero Buccicardi. Gabriela Mistral, fue el seudónimo de Lucila de María del Perpetuo Socorro Godoy Alcayaga, la poetisa, diplomática, feminista y pedagoga chilena que fue la primera mujer latinoamericana en ganar el premio Noble en 1957.

“El libro y la lectura adquieren un espacio central. Porque desde el gesto y la gesta de Gabriela Mistral, este texto nos lleva al espacio del libro: la biblioteca como sede y como soporte. Y desde la biblioteca como práctica y patrimonio surge una figura central y señera a la vez: el bibliotecario como una función que conduce a la lectura, que pluraliza el libro y lo dota de realidad y de espesor. Es el bibliotecario el que impide que la biblioteca se transforme en un simple depósito de libros, puesto que la destreza del profesional, moviliza y permite flujos de saber.”

Diamela Eltit. En: Catalina Romero Buccicardi “Gabriela Mistral: El Libro y la Lectura”. Santiago de Chile: universidad Tecnológica Metropolitana, 2011

 

El libro como objeto material y simbólico también es transmisor de prestigio. Cuando en televisión u otro medio se entrevista a una personalidad de la vida cultura o científica existe una tendencia a situarlo para la fotografía o para el vídeo con una biblioteca de fondo con la finalidad de otorgarle el prestigio que confiere tener una bien nutrida biblioteca. Pero no solo valor intelectual, para ilustrar esta afirmación aquí recogemos una cita del libro de Catalina Romero Buccicardi, en el que se habla de cómo en el Santiago de entre los años 20 y 50 tener una biblioteca bien visible proporcionaba un cierto caché económico, y como posteriormente el lugar que ocupaba el libro comienza a ser sustituido por el automóvil.

“El libro es considerado como un objeto puro que no debe rebajarse a la masificación en serie. De hecho, el libro es considerado un objeto de lujo y la clase media lo utiliza para ganar estatus: históricamente, entre 1920 y 1950, cuando estos sectores vivían todavía en las proximidades de la Alameda, en Recoleta, en Ñuñoa o en La Cisterna, predominaba el primero de estos ámbitos. Los libros estaban presentes en el estante de todo living-comedor que se preciara. Después de 1950, cuando comienzan a trasladarse a Las Condes, Vitacura y La Florida, el lugar del libro lo ocupará el auto. Los libros, al ser objeto de lujo, son caros. Lejos entonces de su alcance, la clase popular sólo tiene acceso a los textos escolares entregados por el gobierno desde fines del siglo XIX. El estado, así, es quien dictamina qué deben y qué no deben leer las personas sin recursos para comprar libros a su elección”. pag. 53

Catalina Romero Buccicardi “Gabriela Mistral: El Libro y la Lectura”. Santiago de Chile: universidad Tecnológica Metropolitana, 2011

La biblioteca de los libros rechazados

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David Foenkinos “La biblioteca de los libros rechazados”. Madrid: Alfaguara, 2017

Un bibliotecario  muy particular es el de la novela “La biblioteca de los libros rechazados” de David Foenkinos (2017). La historia de un bibliotecario que consigue reunir todos los manuscritos de escritores que no ha querido publicar el mundo editorial, así comienza la historia de esta biblioteca antiposterioridad, en al que cada autor tiene que ir a dejar su obra y coloca el libro en la estantería que el elige…

 

Extractos

En 1971, el escritor norteamericano Richard Brautigan publicó The Abortion. Se trata de una intriga amorosa bastante peculiar entre un bibliotecario y una joven de cuerpo espectacular. Un cuerpo del que esta es víctima, por decirlo de alguna manera, como si la belleza estuviera maldita. Vida, que así se llama la protagonista, cuenta que un hombre se mató al volante por culpa suya; subyugado por aquella transeúnte pasmosa, sencillamente se olvidó de que iba conduciendo. Tras el batacazo, la joven echó a correr hacia el coche. Al conductor, ensangrentado y agonizante, solo le dio tiempo a decir, antes de morir: «Qué guapa es usted, señorita».

A decir verdad, la historia de Vida nos interesa menos que la del bibliotecario. Pues en él reside la peculiaridad de esta novela. El protagonista trabaja en una biblioteca que acepta todos los libros que han rechazado las editoriales. Se puede uno encontrar allí, por ejemplo, con un hombre que ha acudido a dejar un manuscrito tras haber padecido cientos de rechazos. Y de esa forma se van juntando ante los ojos del narrador libros de todo tipo. Se puede dar allí tanto con un ensayo como El cultivo de las flores a la luz de las velas en una habitación de hotel cuanto con un libro de cocina que recoge todas las recetas de los platos que aparecen en la obra de Dostoievski. Una gran ventaja de esta organización: es el autor quien elige el lugar que quiere en los estantes. Puede deambular entre las páginas de sus colegas malditos antes de localizar el sitio que le corresponde en esa forma de antiposteridad. En cambio, no se acepta ningún manuscrito que llegue por correo. Hay que ir en persona a dejar la obra que no ha querido nadie, como si esa acción simbolizara la voluntad postrera de abandonarla definitivamente.

Algunos años después, en 1984, el autor de The Abortion puso fin a sus días en Bolinas (California). Volveremos a hablar de la vida de Brautigan y de las circunstancias que lo condujeron al suicidio, pero, por ahora, quedémonos con esta biblioteca fruto de su imaginería. Muy a principios de la década de 1990, aquella idea suya tomó cuerpo. Un apasionado lector creó, para rendirle homenaje, la «biblioteca de los libros rechazados». Así fue como nació la Brautigan Library, que da acogida a todos los libros huérfanos de editorial que vieron la luz en los Estados Unidos. En la actualidad se halla en Vancouver, en el estado de Washington. La iniciativa de este entusiasta partidario suyo seguramente habría emocionado a Brautigan, pero ¿conocemos alguna vez de verdad los sentimientos de un muerto? Cuando se creó la biblioteca, la información fue pasando por muchos periódicos, y también se la mencionó en Francia. El bibliotecario de Crozon, en Bretaña, sintió deseos de hacer otro tanto. En octubre de 1992, concibió de este modo la versión francesa de la biblioteca de los libros rechazados.

Jean-Pierre Gourvec estaba orgulloso del letrerito que podía leerse en la entrada de su biblioteca. Un aforismo de Cioran, irónico para un hombre que no había salido nunca, como quien dice, de su Bretaña natal:

«París es el lugar ideal para fracasar en la vida.»

Era de esos hombres que prefieren la patria chica a la Patria, sin convertirse por eso en nacionalistas histéricos. Su apariencia se prestaba a presagiar lo contrario: tan largo y flaco, con las venas del cuello hinchadas y una intensa pigmentación rojiza, podía suponerse en el acto que la suya era la geografía física de un temperamento irascible. Pero tal cosa no era ni mucho menos cierta. Gourvec era una persona reflexiva y sensata para quien las palabras tenían sentido y destino. Bastaba con pasar pocos minutos en su compañía para dejar atrás esa primera y errónea impresión; aquel hombre daba la sensación de ser capaz de contemporizar consigo mismo.

Fue, pues, él quien modificó la disposición de sus estantes para dejarles sitio, al fondo de la biblioteca municipal, a todos los manuscritos que soñaban con encontrar un refugio. Un revuelo que le trajo a la memoria a Jorge Luis Borges, que dice que coger y dejar un libro en una biblioteca es cansar a los estantes. Hoy se han debido de quedar agotados, pensó Gourvec, sonriendo. Tenía un sentido del humor de erudito y más aún: de erudito solitario. Así era como se veía él, y era algo que se acercaba mucho a la verdad. Gourvec contaba con una dosis mínima de sociabilidad; no solía reírse de lo mismo que se reían los lugareños, pero sabía imponerse la obligación de escuchar un chiste. Iba incluso de vez en cuando a tomarse una cerveza a la taberna que había al final de la calle y a charlar de todo un poco con otros hombres: tan poco que es como si no fuera nada, pensaba; y en esos trascendentales momentos de exaltación colectiva era capaz de avenirse a una partida de cartas. No lo molestaba que pudieran tomarlo por un hombre como los demás.

Se sabía bastante poco de su vida, salvo que vivía solo. Había estado casado en la década de 1950, pero nadie sabía por qué su mujer lo había dejado al cabo de pocas semanas. Decían que la había conocido a través de un anuncio por palabras: se habían estado escribiendo mucho tiempo antes de conocerse en persona. ¿Era esa la razón de que el matrimonio hubiera fracasado? Gourvec era posiblemente el tipo de hombre cuyas declaraciones ardientes agradaba leer, por quien una era capaz de dejarlo todo, pero la realidad que estaba detrás de la belleza de las palabras era muy decepcionante. Otras malas lenguas habían andado cuchicheando por entonces que si su mujer se marchó tan pronto, fue porque él era impotente. Teoría que probablemente no era muy atinada, pero cuando la gente se encuentra con una psicología compleja, le gusta afianzarse en las cosas básicas. Así que, en lo tocante a ese episodio sentimental, el misterio seguía sin dilucidar.

Después de que se marchara su mujer, nadie supo de ninguna relación duradera, y no tuvo hijos. Resultaba difícil saber cuál había sido su vida sexual. No era imposible imaginárselo como amante de mujeres mal atendidas, con las Emma Bovary de su época. Algunas debían de haber buscado por los estantes algo más que satisfacer una ensoñación novelesca. Junto a ese hombre, que sabía escuchar puesto que sabía leer, era posible evadirse de una vida de autómata. Pero no hay prueba alguna de todo eso. Algo sí que es cierto: el entusiasmo y la pasión de Gourvec por su biblioteca nunca fueron a menos. Recibía con una atención específica a todos los lectores, esforzándose por estar al tanto y crearles un itinerario personal entre los libros expuestos. Según él, de lo que se trataba no era de que nos guste leer o nos deje de gustar, sino más bien de saber cómo hallar el libro que nos corresponde. A todo el mundo le puede encantar leer si se cumple la condición de tener en las manos la novela adecuada, la que nos va a gustar, la que nos va a decir algo y que no podremos soltar. Para lograr ese objetivo había desarrollado, pues, un sistema que casi podía parecer paranormal: al mirar en detalle la apariencia física de un lector era capaz de deducir qué escritor necesitaba.

La incesante energía que empleaba para tener una biblioteca dinámica lo obligó a ampliarla. Fue, desde su punto de vista, un triunfo gigantesco, como si los libros formasen un ejército cada vez más encanijado en el que todos y cada uno de los puntos de resistencia contra una desaparición programada cobrasen el sabor de una revolución intensa. El ayuntamiento de Crozon llegó incluso a aceptar que contratase a una ayudante. Puso, pues, un anuncio para la selección. A Gourvec le gustaba elegir los libros de los pedidos que hacía, organizar los estantes y dedicarse a otras muchas actividades, pero pensar en tomar una decisión que afectara a un ser humano lo aterraba. Sin embargo, soñaba con encontrar a alguien que fuese como un cómplice literario: una persona con quien pudiera intercambiar opiniones durante horas acerca del uso de los puntos suspensivos en la obra de Céline o mirar con lupa los motivos por los que se suicidó Thomas Bernhard. Un único obstáculo se oponía a esa ambición: sabía perfectamente que sería incapaz de decirle que no a alguien. Así que el asunto iba a ser muy sencillo. Contrataría a la primera persona que llegase. Así fue como Magali Croze se incorporó a la biblioteca pertrechada con esa virtud indiscutible: la rapidez en responder a una oferta de trabajo.

3.

A Magali no es que le gustase especialmente leer[3]; pero, como era madre de dos niños de corta edad, necesitaba encontrar trabajo enseguida. Más que nada porque su marido solo tenía un empleo de media jornada en los talleres de la Renault. Cada vez se fabricaban menos coches en Francia, y en aquel inicio de la década de 1990 la crisis se estaba instalando para quedarse. En el momento de firmar el contrato, Magali se acordó de las manos de su marido, de esas manos siempre sucias de grasa. Mientras se pasase todo el día manejando libros, ese era un inconveniente al que ella no tendría que arriesgarse. Iba a resultar una diferencia fundamental: en lo que a las manos se refería, cada cónyuge estaba tomando una dirección diametralmente opuesta.

En definitiva, a Gourvec le pareció bien trabajar con alguien para quien los libros no eran algo sagrado. Es posible llevarse bien con un compañero de trabajo sin necesidad de hablar de literatura alemana una mañana tras otra, reconoció. Él se ocupaba de asesorar a los usuarios y ella se hacía cargo de la logística; el dúo resultó perfectamente equilibrado. Magali no era de las que cuestionan las iniciativas del jefe, pero no pudo, sin embargo, por menos de expresar sus dudas en lo referido al asunto aquel de los libros rechazados.

—Pero ¿qué interés tiene almacenar unos libros que no quiere nadie?

—Es una idea americana.

—¿Y qué?

—Es en homenaje a Brautigan.

—¿Quién?

—Brautigan. ¿No ha leído Un detective en Babilonia?

—No. Pero da igual, es una idea muy rara. Y además, ¿de verdad quiere que vengan a dejar los libros aquí? Vamos a cargar con todos los psicópatas de la zona. Los escritores están fatal de la cabeza, todo el mundo lo sabe. Y los que no publican deben de ser peores aún.

—Por fin encontrarán un lugar. Considérelo como una obra de caridad.

—Ya lo entiendo: quiere que sea la Madre Teresa de los fracasados.

—Justo. Eso es más o menos.

—…

Magali fue aceptando poco a poco que podía ser una idea bonita e intentó organizar la avent …

Magia para lectores de Kelly Link. Un loco retrato del mundo de las bibliotecas y los bibliotecarios

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Kelly Link “Magia para lectores”. Barcelona: Seis Barral, 2011

Si te gusto la película “Amanece que no es poco” de José Luis Cuerda, casi seguro que te gustará el libro “Magia para lectores” de Kelly Link es una de las novelas más imaginativas, gratificantes y locas que he leído en los últimos años, llena de lirismo y humor corrosivo, con el añadido de un componente profesional igualmente de irónico sobre el mundo de las bibliotecas y los bibliotecarios. Ha sido calificada como un lugar entre la fantasia de J.K. Rowling y la literatura de Alice Munro.

“En Magia para lectores encontrarás infinidad de cosas: un bolso con un pueblo dentro, bibliotecarios que se baten en duelo, sofás probablemente carnívoros, un chico llamado Cebolla… Y es que todos estos cuentos esconden un tesoro. Son los cuentos que siempre has querido leer.”

Jeremy, el protagonista de esta novela, es hijo de una bibliotecaria y aficionado a una serie de televisión pirata titulada “La biblioteca”, en esta serie ocurren hechos insólitos, o no tan insolitos.

ESTRACTOS

“En la televisión, los lobos vagan por la tundra del piso cuarenta de La biblioteca del Mundo Árbol Popular Libre. Cae una fuerte nevada y las bibliotecarias queman libros para entrar en calor, pero únicamente las obras literarias más aburridas y edificantes.”

Es muy gracioso este pasaje de la obra “Magia para lectores” de Kelly Link, una novela en la que todo lo real se desvirtualiza en fantástico e irreal. En este mundo particular se identifican a los profesionales de las bibliotecas recurriendo al tópico femenino, son mujeres que yacen en ataúdes, como si fueran vampiresas dentro de un mundo de realismo mágico que se percibe a través de la televisión.

 

“En la televisión, en La biblioteca del Mundo Árbol Popular Libre es de noche. Todas las bibliotecarias están dormidas y arrebujadas dentro de sus ataúdes, vainas de espada, cámaras secretas para curas, ojales, bolsillos, armarios escondidos o entre las páginas de novelas encantadas. La luz de la luna se derrama a través de las altas ventanas arcuadas y entre los pasillos de librerías, hacia el parque. Fox está de rodillas, arañando la tierra embarrada con las manos. La estatua de George Washington está de rodillas junto a ella, ayudando…

En otro episodio, Fox les roba a las Norn un fármaco mágico (son un grupo de chicas de pop profético que encabeza el espectáculo del cabaré del entresuelo de La biblioteca del Mundo Árbol Popular Libre). Se lo inyecta por accidente, se queda embarazada y da a luz a un puñado de serpientes que la conducen exactamente hasta la estantería en la que las bibliotecarias renegadas habían colocado por error un antiquísimo y terrible libro de magia que nunca se había traducido, hasta que Fox pidió ayuda a las serpientes. Las serpientes se retorcieron y se enroscaron en el suelo formando palabras con el cuerpo, letra tras letra. Mientras traducían el libro para Fox, siseaban y soltaban vapor, hasta que se convirtieron en líneas de fuego y se quemaron por completo”

 

Una cosa casi no me cabe ninguna duda. La mayoría de los bibliotecarios que conozco, y como bibliotecario de futuros bibliotecarios, conozco muchos, por lo general somos profesionales muy vocacionales. A las pruebas me remito. Es muy frecuente entre los bibliotecarios que cuando visitamos una ciudad o un país nos acercamos a conocer sus bibliotecas y hacemos fotografías. Tal como aparece en la divertida compilación de cuentos de Kelly Link, en la que la madre del protagonista es bibliotecaria y cuando organiza un viajes hace un recorrido por las bibliotecas de los lugares que visita

 

“La madre de Jeremy organiza el itinerario para su viaje. Van a parar en bibliotecas de todo el país porque a su madre le encantan las bibliotecas, y también ha comprado una tienda de campaña nueva para dos personas, dos sacos de dormir y un hornillo portátil para poder acampar en caso de que Jeremy quiera acampar, incluso a pesar de que ella odia el campo…   He encontrado una biblioteca en Internet que quiero visitar. Está en Iowa. En la fachada hay un mosaico hecho con maíz en el que salen un montón de dioses y diosas desnudos bailando en un campo de mazorcas, y alguien quiere retirarlo. ¿Podemos ir a verlo antes de que lo quiten?”

La biblioteca infierno y el demonio bibliotecario

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Carlo Frabetti El libro Infierno Madrid: Lengua de Trapo, 2008

Como Dante, el protagonista de este libro tiene que recorrer nueve círculos infernales correspondientes a otros tantos pecados y penas. Pero en esta biblioteca infierno solo hay un demonio, el bibliotecario, y los condenados son los propios libros. Tan cerca del diálogo renacentista como de la narrativa más contemporánea, Carlo Frabetti nos introduce en su particular infierno, que es el de todo lector, en el que el plagio, la violencia, los pródigos en palabras y avaros en ideas son los pecados y pecadores que conforman esta biblioteca. El libro infierno es la primera parte de una trilogía que se completa con El cuarto purgatorio y El árbol paraíso.

En la divertida obra de Carlo Frabetti hay un capítulo llamado “El fichero perfecto. El libro toma como referente la bajada a los infiernos de Dante, en este caso la  condición que encomienda el el demonio-bibliotecario a su prisionero es catalogar la biblioteca infernal. La inmensa biblioteca carece de catálogo, y además debe de hacerlo lo más detallado y completamente posible.

EXTRACTOS

El infierno era un laberinto de libros. – De los muchos caminos por los que se puede ir de un libro a otro -me advirtió el bibliotecario- sólo podrás seguir el más obvio y directo: el de la mención explícita. Es decir, para salir del libro que estés leyendo (lo hayas terminado o no, eso es asunto tuyo: obligarte a leer en contra de tu voluntad sería un tormento excesivo incluso para el infierno) y pasar a otro, en el primero tiene que nombrarse el segundo. No basta una mera cita o una referencia a los personajes o al autor: se ha de mencionar el libro mismo para que sea posible acceder a él.

No me sorprendió que el infierno fuera una biblioteca. Subir la piedra de la ignorancia por una montaña de libros, sin alcanzar nunca la cima del conocimiento, es la más refinada versión del suplicio de Sísifo.

– La biblioteca es inmensa, como puedes ver -dijo el demonio-, y crece sin cesar; pero tiene un pequeño defecto: carece de fichero. Hacerlo será tu cometido.

– Eso es tarea del bibliotecario -objeté.

– Cierto. Y sólo el bibliotecario puede salir de aquí; por lo tanto, si quieres recobrar la libertad, tienes que asumir su función. Mejor dicho, tienes que consumarla. Deberás hacer fichas precisas y detalladas de todos los libros, lo más completas posible….

Empecé haciendo fichas convencionales: autor, título, editorial, año de edición, número de páginas… Pero estas fichas de bibliotecario resultaban demasiado áridas, y como la mera consignación de datos técnicos dejaba bastante espacio en blanco, empecé a añadir breves resúmenes del contenido de cada obra. Luego incluí también el índice y una selección de las frases más notables, lo que me obligó a utilizar varias fichas por libro.

– ¿Tantos plagios hay que tienes que ponerlos en doble fila? -le pregunté al bibliotecario.
– Hay muchos, desde luego, pero aquí abajo no tenemos problemas de espacio. Los libros que hay detrás son los que han sido saqueados por el plagiario -me explicó mientras introducía la nariz (alargada hasta convertirse en una flexible probóscide) en el hueco y extraía el libro en cuestión: Penrod and Sam, del injustamente olvidado (también por mí, debo admitirlo) Booth Tarkington

El siguiente pozo tenía unos cincuenta metros de diámetro, y no reinaba en él el silencio propio de las bibliotecas, pues muchos de los libros se revolvían en sus anaqueles con el sordo rumor del papel inquieto. Otros, por el contrario, permanecían lánguidamente inclinados o tumbados, como si les resultara fatigosa la posición vertical.

Todo ser humano es, cuando menos, un libro electrónico, un e-book grabado en el disco blando (ma non troppo) de sus propios circuitos neuronales. Y en el caso del homo legens, ese biolibro crece al amor (o al odio) de otros libros, lucha y se funde con ellos, y a veces esta (con)fusión resulta fecunda… Esse est legere –concluyó el demonio indicándome con un gesto El Libro Infierno.