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Las bibliotecas pueden ser los conectores y los bibliotecarios los facilitadores del intercambio de conocimientos.

“Hay personas que quieren hacer cosas, escribir y aprender algo, y otras personas que están dispuestos a compartir lo que tienen y enseñar lo que saben. Las bibliotecas pueden ser los conectores, los facilitadores del intercambio de conocimientos. Las claves están en responder adecuadamente a estas cuestiones: ¿Cómo podemos ayudar a una comunidad a conocer sus propias historias? ¿Cómo podemos aprovechar los conocimientos y experiencia de nuestros vecinos? ¿Cómo podemos crear alianzas con organizaciones y organismos que desarrollan información cultural, histórica o demográfica? ¿Cómo podemos reunir a aquellos que quieren saber y a los que tienen el conocimiento para compartir?

Laurie Putnam de San Jose State University School of Information

 

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Biblioteca de vasconcelos (México) Foto de J. Merino

 

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¿Cómo llega un ser humano a ser bibliotecario? ¿Cómo puede un bibliotecario ser considerado un ser humano?

 

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“A usted no lo habrá mandado mi ex, ¿no? ¿Yo dije eso? ¿Puedo ser tan inconsciente? Por suerte no me escuchó. ¡Nunca parece escuchar nada! Será porque es bibliotecario. Hay que darle las cosas por escrito y encuadernadas para que les preste un mínimo de atención. ¿Cómo llega un ser humano a ser bibliotecario? ¿Cómo puede un bibliotecario ser considerado un ser humano? ¿Por qué pienso estas cosas? Me pregunto qué pasaría si todos nuestros pensamientos fueran audibles para los demás. Supongo que nada. Decir todo lo que uno piensa es la mejor forma de quedarse solo. Pero Dios escucha todos nuestros pensamientos. ¿Por eso nos deja tan solos?”

 

Pasaje de Magnus, Ariel. “Muñecas.”

Los libros de esta biblioteca tienen poderes muy extraños

 

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“Que los libros de esta biblioteca tienen poderes muy extraños, y cada vez que se abre un libro de Mogador, en algún otro lugar del universo explota una estrella o comienza en el norte de Canadá la extraña migración de doscientos millones de mariposas que cruzarán cinco mil kilómetros para pasar el invierno entre volcanes apagados de México. O los mares se retiran, o todas las cabras se suben a los arganos: esos árboles mogadorianos que pacientes vigilan la entrada del Sahara. O un genio en algún desván insospechado de Bosnia Herzegovina compone una sinfonía dedicada a la bellísima biblioteca de Sarajevo, destruida en la guerra. O, tal vez, en un estudio de Nueva York, un fértil escultor anglomexicano y catalán engendra en bronce bichos singulares: una nueva especie inesperada de esos intrigantes cangrejos herradura que son descritos por los científicos como “fósiles vivos” y que, desafiando abiertamente las leyes de Darwin, sin cambiar y sin adaptarse desde hace doscientos millones de años, se reproducen cada primavera en las playas de Nueva Inglaterra y de la península de Yucatán.”

Pasaje de Alberto Ruy Sánchez. “Nueve veces el asombro”.

“Dios, que con magnífica ironía  me dio a la vez los libros y la noche”. El poema de los Dones de Borges

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Nadie rebaje a lágrima o reproche
esta declaración de la maestría
de Dios, que con magnífica ironía
me dio a la vez los libros y la noche.

De esta ciudad de libros hizo dueños
a unos ojos sin luz, que sólo pueden
leer en las bibliotecas de los sueños
los insensatos párrafos que ceden

las albas a su afán. En vano el día
les prodiga sus libros infinitos,
arduos como los arduos manuscritos
que perecieron en Alejandría.

De hambre y de sed (narra una historia griega)
muere un rey entre fuentes y jardines;
yo fatigo sin rumbo los confines
de esta alta y honda biblioteca ciega.

Enciclopedias, atlas, el Oriente
y el Occidente, siglos, dinastías,
símbolos, cosmos y cosmogonías
brindan los muros, pero inútilmente.

Lento en mi sombra, la penumbra hueca
exploro con el báculo indeciso,
yo, que me figuraba el Paraíso
bajo la especie de una biblioteca.

Algo, que ciertamente no se nombra
con la palabra azar, rige estas cosas;
otro ya recibió en otras borrosas
tardes los muchos libros y la sombra.

Al errar por las lentas galerías
suelo sentir con vago horror sagrado
que soy el otro, el muerto, que habrá dado
los mismos pasos en los mismos días.

¿Cuál de los dos escribe este poema
de un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?

Groussac o Borges, miro este querido
mundo que se deforma y que se apaga
en una pálida ceniza vaga
que se parece al sueño y al olvido.

 

Jorge Luis Borges “Poema de los Dones”

La biblioteca personal de Jorge Luis Borges

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Borges, Jorge Luis. “Biblioteca personal“.  Vepeus, 1988

Texto completo

 

En el momento de su fallecimiento, Borges había completado los prólogos a los primeros sesenta y cuatro títulos de una selección de cien que habrían de constituir una colección cerrada escogida por él mismo. De estos textos, testimonio de sus preferencias literarias, escribió:

«Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas».

Jorge Luis Borges

 

Los 64 libros de la “Biblioteca Personal” de Jorge Luis Borges

Julio Cortázar: Cuentos
Evangelios apócrifos
Franz Kafka: América
Relatos breves
Gilbert Keith Chesterton: La cruz azul y otros cuentos
Maurice Maeterlinck: La inteligencia de las flores
Dino Buzzati: El desierto de los tártaros
Henrik lbsen: Peer Gynt
Hedda Glaber
José María Eca de Queiroz: El mandarín
Leopoldo Lugones: El imperio jesuítico
André Gide: Los monederos falsos
Herbert George Wells: La máquina del tiempo
El hombre invisible
Robert Graves: Los mitos griegos
Fiodor Dostoievski: Los demonios
Edward Kasner & James Newman: Matemáticas e imaginación
Eugene O´Neill: El gran dios Brown
Extraño interludio
El luto le sienta a Electra
Ariwara no Narihira: Cuentos de Ise
Herman Melville: Benito Cereno
Billy Budd
Bartleby, el escribiente
Giovanni Papini: Lo trágico cotidiano
El piloto ciego
Palabras y sangre
Arthur Machen: Los tres impostores
Fray Luis de León: Cantar de cantares
Exposición del Libro de Job
Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas
Con la soga al cuello
Oscar Wilde: Ensayos y diálogos
Henri Michaux: Un bárbaro en Asia
Hermann Hesse: El juego de los abalorios
Enoch A. Bennett: Enterrado en vida
Claudio Eliano: Historia de los animales
Thorstein Veblen: Teoría de la clase ociosa
Gustave Flaubert: Las tentaciones de San Antonio
Marco Polo: La descripción del mundo
Marcel Schwob: Vidas imaginarias
George Bernard Shaw: César y Cleopatra
La comandante Bárbara
Cándida
Francisco Quevedo: La Fortuna con seso y la hora de todos
Marco Bruto
Eden Phillpotts: Los rojos Redmayne
Sören Kierkegaard: Temor y temblor
Gustav Meyrink: El Golem
Henry James: La lección del maestro
La vida privada
La figura en la alfombra
Heródoto: Los nueve libros de la Historia
Juan Rulfo: Pedro Páramo
Rudyard Kipling: Relatos
William Beckford: Vathek
Daniel Defoe: Las venturas y desventuras de la famosa
Moll Flanders
lean Cocteau: El secreto profesional y otros textos
Thomas de Quincey: Los últimos días de Emmanuel
Kant y otros escritos
Ramón Gómez de la Serna: Prólogo a la obra de Silverio Lanza
Antoine Galland: Las mil y una noches (selección)
Robert Louis Stevenson: Las nuevas noches árabes
Markheim
León Bloy: La salvación por los judíos
La sangre del pobre
En las tinieblas
Bhagavad-Gita
Poema de Gilgamesh
Juan José Arreola: Cuentos fantásticos
David Garnett: De dama a zorro
Un hombre en el zoológico
La vuelta del marinero
Jonathan Swift: Viajes de Gulliver
Paul Groussac: Crítica literaria
Manuel Mujica Láinez: Los ídolos
Juan Ruiz: Libro de buen amor
William Blake: Poesía completa
Hugh Walpole: En la plaza oscura
Ezequiel Martínez Estrada: Obra poética
Edgar Allan Poe: Cuentos
Publio Virgilio Marón: La Encida
Voltaire: Cuentos
J. W. Dunne: Un experimento con el tiempo
Attilio Momigliano: Ensayo sobre el Orlando Furioso
William James: Las variedades de la experiencia religiosa
Estudio sobre la naturaleza humana
Snorri Sturluson: Saga de Egil Skallagrimsson

El amante de las librerías de Claude Roy

 

Ernest Hemingway and Sylvia Beach infront of the 'Shakespeare and Company' bookshop, Paris, 1928 (b/w photo)

Un texto de un gran escritor con el que se sentirán identificados todos los amantes de los libros y las librerías, todos los que, como Claude Roy, piensan que “los libros son personas o no son nada”.

Me gusta que los libros compartan mi vida, me acompañen, callejeen, trabajen y duerman en mi compañía, se rocen con las venturas del día y los caprichos del tiempo, acepten citas conmigo a horas “imposibles”, ronroneen con la gata al pie de mi cama, o se arrastren con ella en la hierba, doblen un poco la punta de sus páginas en la hamaca de verano, se pierdan y se encuentren de nuevo.

“El amante de las librerías” de Claude Roy. Barcelona: Oñeta, 2011

Desembalo mi biblioteca

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En desembalo mi biblioteca Walter Benjamin en los que expresa su pasión por coleccionar, y de alguna de las recompensas que obtiene el coleccionista. En estos textos Benjamin nos va enseñando algunos tesoros de su colección: libros escritos por enfermos mentales, libros escritos para criadas en el siglo XIX, o libros infantiles. Son libros que  quizá no tengan un gran valor por ellos mismos, pero que “tienen cosas que decir sobre su época mucho más notables que gran parte de los escritores que triunfaron”. Por ejemplo, la colección de libros para niños de Benjamin le permitió establecer con precisión la fecha y las circunstancias en las que el árbol de navidad entró en las casas alemanas, sustituyendo a las pirámides de luces.

 

Desembalo mi biblioteca. Aquí está. No se encuentra aún instalada en los estantes, todavía no la ha envuelto el tedio ligero de la clasificación. Tampoco puedo recorrer sus hileras para revisarla, acompañado de interlocutores amigos. Pero no teman. Aquí me limito a rogarles que se trasladen conmigo entre el desorden de cajas desclavadas, en un ambiente saturado de polvo de madera, sobre un suelo cubierto de papeles rotos, en medio de unas pilas de volúmenes exhumados hace muy poco a la luz del día tras dos años de oscuridad, para compartir desde el principio, en alguna medida, algo del ánimo, nada elegíaco sino, al contrario, impaciente, que despiertan los libros en el auténtico coleccionista

… Entre todas las formas de procurarse libros, la más gloriosa, se piensa, es la de escribirlos uno mismo. Muchos de ustedes recordarán con simpatía la inmensa biblioteca que, en su pobreza, reunió con el tiempo el maestro de escuela Wuz, en Jean Paul, escribiendo él mismo, ante la imposibilidad de comprarlas, todas las obras cuyos títulos le interesaban en los catálogos de feria. Los escritores son, efectivamente, personas que escriben libros no por pobreza, sino por insatisfacción con los libros que podrían comprar pero que no les complacen.

… Las compras del coleccionista de libros ofrecen muy poca semejanza con las que efectúan, en una librería, un estudiante para conseguir un manual de enseñanza, un hombre de mundo para hacer un regalo a su dama, o un viajante de comercio para que se le haga más corto el próximo trayecto de ferrocarril. Mis compras más memorables las he hecho estando de viaje, en condición de transeúnte. La entrada en posesión y la apropiación pertenecen al dominio de la táctica. Los coleccionistas son individuos dotados de instinto táctico; en su experiencia, cuando se trata de conquistar una ciudad extranjera, la tienda de libros antiguos más pequeña puede significar una fortaleza, la papelería más alejada una posición clave.

Pasaje de Walter Benjamin “Desembalo mi biblioteca”