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La biblioteca personal de Jorge Luis Borges

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Borges, Jorge Luis. “Biblioteca personal“.  Vepeus, 1988

Texto completo

 

En el momento de su fallecimiento, Borges había completado los prólogos a los primeros sesenta y cuatro títulos de una selección de cien que habrían de constituir una colección cerrada escogida por él mismo. De estos textos, testimonio de sus preferencias literarias, escribió:

«Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas».

Jorge Luis Borges

 

Los 64 libros de la “Biblioteca Personal” de Jorge Luis Borges

Julio Cortázar: Cuentos
Evangelios apócrifos
Franz Kafka: América
Relatos breves
Gilbert Keith Chesterton: La cruz azul y otros cuentos
Maurice Maeterlinck: La inteligencia de las flores
Dino Buzzati: El desierto de los tártaros
Henrik lbsen: Peer Gynt
Hedda Glaber
José María Eca de Queiroz: El mandarín
Leopoldo Lugones: El imperio jesuítico
André Gide: Los monederos falsos
Herbert George Wells: La máquina del tiempo
El hombre invisible
Robert Graves: Los mitos griegos
Fiodor Dostoievski: Los demonios
Edward Kasner & James Newman: Matemáticas e imaginación
Eugene O´Neill: El gran dios Brown
Extraño interludio
El luto le sienta a Electra
Ariwara no Narihira: Cuentos de Ise
Herman Melville: Benito Cereno
Billy Budd
Bartleby, el escribiente
Giovanni Papini: Lo trágico cotidiano
El piloto ciego
Palabras y sangre
Arthur Machen: Los tres impostores
Fray Luis de León: Cantar de cantares
Exposición del Libro de Job
Joseph Conrad: El corazón de las tinieblas
Con la soga al cuello
Oscar Wilde: Ensayos y diálogos
Henri Michaux: Un bárbaro en Asia
Hermann Hesse: El juego de los abalorios
Enoch A. Bennett: Enterrado en vida
Claudio Eliano: Historia de los animales
Thorstein Veblen: Teoría de la clase ociosa
Gustave Flaubert: Las tentaciones de San Antonio
Marco Polo: La descripción del mundo
Marcel Schwob: Vidas imaginarias
George Bernard Shaw: César y Cleopatra
La comandante Bárbara
Cándida
Francisco Quevedo: La Fortuna con seso y la hora de todos
Marco Bruto
Eden Phillpotts: Los rojos Redmayne
Sören Kierkegaard: Temor y temblor
Gustav Meyrink: El Golem
Henry James: La lección del maestro
La vida privada
La figura en la alfombra
Heródoto: Los nueve libros de la Historia
Juan Rulfo: Pedro Páramo
Rudyard Kipling: Relatos
William Beckford: Vathek
Daniel Defoe: Las venturas y desventuras de la famosa
Moll Flanders
lean Cocteau: El secreto profesional y otros textos
Thomas de Quincey: Los últimos días de Emmanuel
Kant y otros escritos
Ramón Gómez de la Serna: Prólogo a la obra de Silverio Lanza
Antoine Galland: Las mil y una noches (selección)
Robert Louis Stevenson: Las nuevas noches árabes
Markheim
León Bloy: La salvación por los judíos
La sangre del pobre
En las tinieblas
Bhagavad-Gita
Poema de Gilgamesh
Juan José Arreola: Cuentos fantásticos
David Garnett: De dama a zorro
Un hombre en el zoológico
La vuelta del marinero
Jonathan Swift: Viajes de Gulliver
Paul Groussac: Crítica literaria
Manuel Mujica Láinez: Los ídolos
Juan Ruiz: Libro de buen amor
William Blake: Poesía completa
Hugh Walpole: En la plaza oscura
Ezequiel Martínez Estrada: Obra poética
Edgar Allan Poe: Cuentos
Publio Virgilio Marón: La Encida
Voltaire: Cuentos
J. W. Dunne: Un experimento con el tiempo
Attilio Momigliano: Ensayo sobre el Orlando Furioso
William James: Las variedades de la experiencia religiosa
Estudio sobre la naturaleza humana
Snorri Sturluson: Saga de Egil Skallagrimsson

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El amante de las librerías de Claude Roy

 

Ernest Hemingway and Sylvia Beach infront of the 'Shakespeare and Company' bookshop, Paris, 1928 (b/w photo)

Un texto de un gran escritor con el que se sentirán identificados todos los amantes de los libros y las librerías, todos los que, como Claude Roy, piensan que “los libros son personas o no son nada”.

Me gusta que los libros compartan mi vida, me acompañen, callejeen, trabajen y duerman en mi compañía, se rocen con las venturas del día y los caprichos del tiempo, acepten citas conmigo a horas “imposibles”, ronroneen con la gata al pie de mi cama, o se arrastren con ella en la hierba, doblen un poco la punta de sus páginas en la hamaca de verano, se pierdan y se encuentren de nuevo.

“El amante de las librerías” de Claude Roy. Barcelona: Oñeta, 2011

Desembalo mi biblioteca

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En desembalo mi biblioteca Walter Benjamin en los que expresa su pasión por coleccionar, y de alguna de las recompensas que obtiene el coleccionista. En estos textos Benjamin nos va enseñando algunos tesoros de su colección: libros escritos por enfermos mentales, libros escritos para criadas en el siglo XIX, o libros infantiles. Son libros que  quizá no tengan un gran valor por ellos mismos, pero que “tienen cosas que decir sobre su época mucho más notables que gran parte de los escritores que triunfaron”. Por ejemplo, la colección de libros para niños de Benjamin le permitió establecer con precisión la fecha y las circunstancias en las que el árbol de navidad entró en las casas alemanas, sustituyendo a las pirámides de luces.

 

Desembalo mi biblioteca. Aquí está. No se encuentra aún instalada en los estantes, todavía no la ha envuelto el tedio ligero de la clasificación. Tampoco puedo recorrer sus hileras para revisarla, acompañado de interlocutores amigos. Pero no teman. Aquí me limito a rogarles que se trasladen conmigo entre el desorden de cajas desclavadas, en un ambiente saturado de polvo de madera, sobre un suelo cubierto de papeles rotos, en medio de unas pilas de volúmenes exhumados hace muy poco a la luz del día tras dos años de oscuridad, para compartir desde el principio, en alguna medida, algo del ánimo, nada elegíaco sino, al contrario, impaciente, que despiertan los libros en el auténtico coleccionista

… Entre todas las formas de procurarse libros, la más gloriosa, se piensa, es la de escribirlos uno mismo. Muchos de ustedes recordarán con simpatía la inmensa biblioteca que, en su pobreza, reunió con el tiempo el maestro de escuela Wuz, en Jean Paul, escribiendo él mismo, ante la imposibilidad de comprarlas, todas las obras cuyos títulos le interesaban en los catálogos de feria. Los escritores son, efectivamente, personas que escriben libros no por pobreza, sino por insatisfacción con los libros que podrían comprar pero que no les complacen.

… Las compras del coleccionista de libros ofrecen muy poca semejanza con las que efectúan, en una librería, un estudiante para conseguir un manual de enseñanza, un hombre de mundo para hacer un regalo a su dama, o un viajante de comercio para que se le haga más corto el próximo trayecto de ferrocarril. Mis compras más memorables las he hecho estando de viaje, en condición de transeúnte. La entrada en posesión y la apropiación pertenecen al dominio de la táctica. Los coleccionistas son individuos dotados de instinto táctico; en su experiencia, cuando se trata de conquistar una ciudad extranjera, la tienda de libros antiguos más pequeña puede significar una fortaleza, la papelería más alejada una posición clave.

Pasaje de Walter Benjamin “Desembalo mi biblioteca”

Una biblioteca es el corazón y la esencia de una universidad

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“Una biblioteca es el corazón y la esencia de una universidad. Sin el acceso a grandes cantidades de información, ni el profesor, ni el estudiante pueden hacer un trabajo exacto. es la base de la investigación. Es la fuente de información, tanto antigua como nueva. Es un lugar para el siempre presente desafío de buscar conocimiento más allá de lo que se da en el aula”

Gordon B. Hinckley, 2000

Cuando Kafka hacía furor, de Anatole Broyard

 

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Anatole Broyard, crítico literario icónico de The New York Times, cuenta varios episodios de su vida después de la guerra. Broyard demuestra en estas memorias fragmentadas que es sin duda un gran narrador. …

“Sé que la gente sigue leyendo libros y que algunos sienten por ellos auténtica adoración, pero en 1946, en el Village, lo que sentíamos por los libros –me refiero a mis amigos y a mí– era mucho más que adoración. Era como si no supiéramos dónde terminábamos nosotros y dónde empezaban los libros. Los libros eran nuestro clima, nuestro entorno, nuestra ropa. No nos limitábamos a leerlos: nos convertíamos en ellos. Los interiorizábamos y los transformábamos en historias propias. Aunque sería fácil decir que huíamos y nos refugiábamos en los libros, sería más cierto afirmar que eran los libros los que buscaban refugio en nosotros. Los libros fueron para nosotros lo que las drogas para la juventud de los años sesenta….

[…]  Nos enseñaban lo que era posible. Estábamos acostumbrados a vivir con lo que hubiese a mano, con lo que se nos diera, y los libros nos llevaron muy lejos. Hasta entonces no conocíamos nada más que las emociones domésticas, y los libros nos enseñaron qué les ocurre a las emociones cuando no tienen un hogar […] Los libros nos estabilizaban, como si lleváramos una bolsa llena de libros en cada mano para no salir volando. Nos conferían gravedad. De no haber sido por los libros habríamos estado completamente a merced del sexo. 

 

[…] Aunque leíamos de todo, sólo un puñado de escritores eran nuestros tíos, nuestra familia. En mi caso eran Kafka, Wallace Stevens, D. H. Lawrence y Céline.» (págs. 47-48) “

 

Broyard, Anatole  “Cuando Kafka hacía furor”. Segovia: La Uña Rota, 2015. Traducción de Catalina Martínez Muñoz] ISBN: 9788495291356

Los 18 mandamientos de la Biblioteconomía

 

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Urquhart, Donald. « Question de principes ». Bulletin des bibliothèques de France (BBF), 1985, n° 1, p. 52-61. Disponible en ligne : <http://bbf.enssib.fr/consulter/bbf-1985-01-0052-001&gt;. ISSN 1292-8399.

 

1. Las bibliotecas están hechas para los usuarios

2.  Las bibliotecas deben disponer de catálogos que permitan a los usuarios buscar y elegir los documentos que desean consultar

3.  Las bibliotecas deben de facilitar el acceso a los documentos de forma sencilla y cómoda para los usuarios

4. Las bibliotecas deben ser útiles para sus comunidades y para la sociedad en general.

5.  El establecimiento de un sistema de información adecuado y comprensible debe hacerse evidente

6. La oferta suscita la demanda.

7. Las bibliotecas deben ser financiadas adecuadamente.

8.  Cualquier biblioteca debe medir y tener en cuenta su rendimiento para tomar las decisiones más acertadas en favor de las personas.

9.  La disponibilidad de información no debe únicamente de basarse en principios económicos

10. Las bibliotecas deben tener en cuenta los rendimientos decrecientes.

11. Lo bueno es enemigo de lo mejor.

12. El coste de un producto o actividad es menor a medida que aumenta el número de personas que lo utilizan.

13.  Ninguna biblioteca es una isla.

14. Cuando se intenta implementar un nuevo sistema o técnica es indispensable considerar el futuro y no el pasado.

15. El personal de una biblioteca debe de trabajar como un equipo.

16. La labor más importante del bibliotecario es ayudar de manera objetiva y desinteresada a sus usuarios.

17. Cualquier decisión debe basarse en datos objetivos.

18.  La biblioteconomía es una ciencia experimental y en continua evolución

 

Urquhart, Donald. The principles of librarianship. Bardsey, Leeds, Wood Garth Press, 1981