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La ciudad de los libros soñadores

 

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Moers, Walter. La ciudad de los libros soñadores. Madrid: Maeva, 2016

Poco antes de morir, Danzerote entrega a su discípulo Hildegunst von Mythenmetz un extraño manuscrito y le pide que se dirija a la ciudad de los libros soñadores. Al leer el libro, el joven Hildegunst descubre que su autor tiene un don único, el Orm, y se dispone a buscarlo en aquella extraña ciudad. Hildegunst descubre un lugar subterráneo poblado por fantásticos personajes obsesionados con los poderes secretos de los libros, libreros de viejo y coleccionistas de rarezas literarias, cazadores de libros capaces de matar por un manuscrito deseado… Deberá reunir todo su valor para adentrarse en las catacumbas donde se esconde el temible rey de las sombras. Empiezan entonces para el joven unas muy inesperadas y fascinantes aventuras por el mundo mágico de los libros.

 

Fragmentos:

“Aquí comienza la historia. Cuenta cómo entré en posesión del Libro Sangriento y conseguí el Orm. No es una historia para personas de piel delicada y nervios débiles, a las que me gustaría recomendar que volvieran a dejar este libro sobre el montón y se largaran al departamento de libros infantiles. Vamos, vamos, desapareced, bebedores de té de manzanilla y lloricas, ¡aquí se habla de un lugar donde leer sigue siendo una auténtica aventura! Y defino aventura, al estilo antiguo, según el Diccionario Zamónico: «Una empresa temeraria realizada por ansia de investigación o arrogancia; con aspectos amenazadores para la vida, peligros imprevisibles y, a veces, resultado fatal.» Sí, hablo de un lugar donde leer te puede llevar a la locura. Donde los libros pueden herir, envenenar, incluso matar. Sólo quien esté realmente dispuesto a aceptar esos riesgos por leer este libro, quien esté dispuesto a jugarse la vida para participar en mi historia deberá seguirme al párrafo que sigue. A todos los demás los felicito por su decisión cobarde pero sensata de quedarse atrás. ¡Que os vaya bien, gallinas! Os deseo una existencia larga y mortalmente aburrida y, con esta frase, me despido. Bueno. Después de haber reducido a mis lectores probablemente, ya al principio, a un pequeño grupo de audaces, quisiera saludar cordialmente a los que han quedado: ¡Os saludo, temerarios amigos, estáis hechos de la madera de la que se hace un aventurero! Y ahora no perdamos más tiempo y empecemos de inmediato nuestra expedición. Porque es un viaje lo que vamos a emprender, un viaje para buscar libros viejos en Bibliópolis, la ciudad de los libros que sueñan. Ataos bien los zapatos: un largo trecho del camino pasa por terreno peñascoso y desigual, y luego por pastizales monótonos donde hay gruesos tallos que llegan a la cintura y cortan como navajas. Y que finalmente desciende profundamente por un sendero oscuro, laberíntico y peligroso, hasta las entrañas de la tierra. No puedo prever cuántos de nosotros volveremos. Sólo puedo recomendaros que no perdáis el valor… ocurra lo que nos ocurra. ¡Y no digáis que no os advertí!”

El 99% del conocimiento que alberga cualquier biblioteca muere en la celulosa de esa biblioteca

 

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“Encontré un cuento de Felisberto Hernández, en el que el acomodador de un cine descubre que posee un don: emitir luz. Él es la luz. Él es la bombilla. El cuento no contempla una propiedad llamada autoabsorción, en virtud de la cual todo cuerpo que emite luz también consume su propia luz. Ese es el motivo por el que el 99 % del conocimiento que alberga cualquier biblioteca [o incluso un solo libro, el tamaño no importa] muere en la celulosa de esa biblioteca. En Internet, esa autoabsorción la constituye la información viral. Agustín Fernández-Mallo, El hacedor (de Borges), Remake”

Pasaje de

Crespo, Mario. “Biblioteca Nacional.”

Para lugares seguros, las bibliotecas públicas

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“Para lugares seguros, las bibliotecas públicas. El primer espacio de esperanza en la selva de asfalto. En cualquier gran ciudad, la biblioteca quintuplica el número de carnets de socios del mayor club de fútbol. Todos los días pasan cosas, pero no hay ninguna noticia de bibliotecas en los medios de comunicación. Allí conviven todas las generaciones, los géneros, las tribus urbanas. En ese espacio común no hay separadores ni separatistas. Es un lugar de encuentro, donde todos somos iguales. Es un lugar presencial, pero también íntimo, donde vivir la felicidad clandestina de abrir lo desconocido.”
LA GEOGRAFIA DEL MIEDO – JAVIER CERCAS EN EPS.
Texto completo

Sabían más historias de la gente, y las sabían mejor que muchas bibliotecas y archivos”

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“Vestido de raso azul y rojo, con el turbante blanco brillante, el halaiquí extendía cada historia ante los ojos asombrados de su público como si desdoblara un gran mapa en el aire. El placer de contarlas y de escucharlas era evidente. Hasta mi ventana llegaba esa sensación de embrujo placentero, esa especie de humedad envolvente que viajaba con su voz. Una bruma cálida de palabras creciendo en círculos concéntricos. Más de una vez me había dejado seducir por estos contadores que sabían más historias de la gente, y las sabían mejor que muchas bibliotecas y archivos”

 

Escuchar AUDIO

 

TEXTO “En los labios del agua”. ALBERTO RUY SÁNCHEZ
VOZ : Carmen Calleja Mateos
Música: Anouar Brahem – Ashkabad del disco “Astrakan Cafe”
Una producción para el programa de radio PLANETA BIBLIOTECA de RADIO USAL

Microrrelatos “Trabajar en información y documentación”

 

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El jurado del I Concurso de Microrrelatos “Trabajar en información y documentación” del Departamento de Biblioteconomía y Documentación de la Universidad de Salamanca eligió en 2009 como ganadora la obra de Pilar Martín Cabreros, que lleva por título “¡Yo, tan tranquilo!”.

El jurado estaba formado por Luis Hernández Olivera, Director del Departamento de Biblioteconomía y Documentación; M. Rosario Andrío Esteban, profesora de Promoción de productos, servicios y unidades de información del Departamento de Biblioteconomía y Documentación; Joaquín García Palacios, profesor de Lengua Española y Terminología del Departamento de Traducción e Interpretación y Julio Alonso Arévalo, Director de la Biblioteca de la Facultad de Traducción y Documentación. La organización del concurso agradece a todos los participantes el interés demostrado.

En una dura pugna final, el microrrelato de Martín Cabreros se ha impuesto a los enviados por Antonia Riquelme Gómez y Ángela Hernández Benito titulados “Ratones de Biblioteca” y “J’ accuse, yo acuso”,respectivamente

Microrelato ganador:

¡YO, TAN TRANQUILO! de Pilar Martín Cabreros

Echo hacia atrás el respaldo del asiento dispuesto a pasarme las nueve horas del viaje durmiendo como una marmota. ¡Qué me importa a mí si la azafata necesita un médico porque alguien esté enfermo, o tal vez un informático para reparar algún fallo en el sistema de trasmisiones, o incluso una señorita de compañía en caso de que el comandante sufra un ataque de ansiedad! Si algo bueno tiene este oficio es la seguridad de que nadie va a gritar desesperadamente ¡¡Por favor, si hay algún archivero en el avión que vaya urgentemente a la cabina!!

Finalistas 2o.

RATONES DE BIBLIOTECA Antonia Riquelme Gómez

Al principio los ratones se enfadaron mucho, pero finalmente tuvieron que reconocer que si alguien necesitaba de la información, esas eran las palomas; y, al fin y al cabo, el jardín de la biblioteca tenía espacio para todos

Finalista 3ero.

J’ ACCUSE, YO ACUSO Ángela Hernández Benito

Yo, que tengo a bien agradecer los dos dedos de frente con que fui dotada en el reparto de neuras, descubro a través de una biblioteca, pública, para más señas, un documento que viene a corroborar lo que en un rincón del desván de mis abuelos, -llámese vertedero del pleistoceno-, había descubierto mi curiosidad: el diario francés L’ Aurore, cita el alegato de Zola a favor de Dreyfus. El documento bibliotecario, en cambio, es un discurso de Neruda sobre la Ley Maldita. Ambos comienzan igual: Yo acuso. Me reitero en mi deformación profesional. Mañana encontraré otros que digan: Yo absuelvo.

Escena de la biblioteca de “Deseos” de Grace Paley

 

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“Deseos” de Grace Paley.

Cuento recogido en ‘Cuentos completos’ (Anagrama), Publicado por primera vez en el volumen ‘Enormes cambios en el último momento’ (1974) [Traducción de J. M. Álvarez Flórez Y Ángela Pérez]

Texto completo

 

Vi a mi ex marido en la calle. Estaba sentada en las escaleras de la nueva biblioteca.

Hola, mi vida, dije. Habíamos estado casados veintisiete años, así que me sentía justificada.

– Él dijo, ¿Qué? ¿Qué vida? La mía desde luego que no.

– Y yo, Bueno. No discuto cuando hay verdadera discrepancia. Me levanté y entré en la biblioteca a ver cuánto debía.

La bibliotecaria dijo que treinta y dos dólares en total, y lleva usted debiéndolos dieciocho años. No negué nada. Porque no entiendo cómo pasa el tiempo. He tenido esos libros. He pensado con frecuencia en ellos. La biblioteca sólo queda a dos manzanas.

Mi ex marido me siguió a la sección de devolución de libros. Interrumpió a la bibliotecaria, que tenía más que decir. En varios sentidos, dijo, cuando miro hacia atrás, atribuyo la disolución de nuestro matrimonio al hecho de que nunca invitaste a cenar a los Bertram.

Es posible, dije. Pero, en realidad, si recuerdas: primero, mi padre estaba enfermo aquel viernes, luego nacieron los niños, luego tuve aquellas reuniones de los martes por la noche, luego empezó la guerra. Luego, era como si ya no les conociésemos. Pero tienes razón. Debería haberles invitado a cenar.

Entregué a la bibliotecaria un cheque de treinta y dos dólares. Confió plenamente en mí, se echó a la espalda mi pasado, dejó limpio mi expediente, que es exactamente lo que jamás harán las otras burocracias municipales y/o estatales.

Pedí prestados de nuevo los dos libros de Edith Wharton que acababa de devolver, porque hacía mucho tiempo que los había leído y ahora son más oportunos que nunca. Los libros eran The House of Mirth y The Children, que trata de cómo cambió la vida de Estados Unidos en Nueva York en veintisiete años, hace cincuenta.

Una cosa agradable que recuerdo muy bien es el desayuno, dijo mi ex marido. Me sorprendió. Nunca tomábamos más que café. Luego recordé que había un agujero en la pared del armario de la cocina que daba al apartamento contiguo. Allí siempre tomaban tocino ahumado, curado con azúcar. Daba una sensación majestuosa a nuestro desayuno, aunque nosotros nunca llegáramos a quedar ahítos.

Eso fue cuando éramos pobres, dije.

¿Es que alguna vez fuimos ricos?, preguntó.

Bueno, con el paso del tiempo, a medida que nuestras responsabilidades aumentaron, ya no pasamos necesidades ni apuros. Tú lograste resolver los problemas económicos, le recordé.

Los niños iban de colonias cuatro semanas al año y llevaban ponchos decentes, con sacos de dormir y botas, como todos los demás. Tenían un aspecto espléndido. Nuestra casa estaba caldeada en invierno, teníamos unos cojines rojos muy lindos, y otras muchas cosas.

Yo quería un barco de vela, dijo. Pero tú no querías nada.

No te mortifiques, dije. Nunca es demasiado tarde.

¡No!, dijo con gran amargura. Puedo conseguir un barco de vela. La verdad es que tengo el dinero suficiente para una goleta. Me van muy bien las cosas este año, y creo que me irán aún mejor. En cuanto a ti, es demasiado tarde. Tú nunca desearás nada.

A lo largo de aquellos veintisiete años mi ex marido había tenido la costumbre de hacer comentarios hirientes que, como el desatrancador del fontanero, se abrieran paso oído abajo, bajaran por la garganta y llegaran hasta mi corazón. Y entonces desaparecía y me dejaba con aquella sensación de opresión que casi me ahogaba. Lo que quiero decir es que me senté en las escaleras e la biblioteca y él se fue.

Eché un vistazo a The House of Mirth, pero perdí interés. Me sentía sumamente acusada. Qué le vamos a hacer, es verdad, ando escasa de deseos y de necesidades absolutas. Pero la verdad es que hay cosas que quiero.

Quiero, por ejemplo, ser una persona distinta. Quiero ser la mujer que devuelve esos dos libros en dos semanas. Quiero ser la ciudadana eficaz que cambia el sistema escolar y comunica al Comité de Presupuestos los problemas de este querido centro urbano.

Había prometido a mis hijos poner fin a las guerras antes de que fueran mayores.

Hubiera querido estar casada para siempre con la misma persona, bien mi ex marido, bien mi marido actual. Cualquiera de los dos tiene suficiente personalidad para llenar una vida, lo cual, si bien se mira, tampoco es tanto tiempo. En una vida breve no puedes agotar las cualidades del hombre ni meterte debajo de la roca de sus argumentos.

Esta mañana, precisamente, me asomé a la ventana para mirar un rato la calle y vi que los pequeños sicomoros que el ayuntamiento había plantado soñadoramente un par de años antes de que nacieran los niños habían llegado a su plenitud.

¡Bueno! Decidí devolver aquellos dos libros a la biblioteca. Lo cual demuestra que, cuando surge una persona o un acontecimiento que me conmueve o me hace darme cuanta de mi propia valía, soy capaz de obrar de manera adecuada, aunque sea más conocida por mis comentarios afables.

Leer juntos, viviendo juntos: bibliotecas, lugares de integración y definición de identidades

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Bachman, B., A.-M. Bertrand, et al. (2005). [e-Book] Lire ensemble, vivre ensemble. Paris, OpenEdition licence for Books.

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“El bibliotecario no reemplaza al maestro, sino que hace causa común con él, la de la transmisión del conocimiento a lo largo del curso, causa que podemos definir como sagrada sin dejar de ser secular”

Régis Debray