La Guía de escritura académica científica es un recurso didáctico elaborado por Felipe Contreras Briceño y publicado por la Universidad de O’Higgins en 2026. Su propósito es ofrecer una herramienta práctica para mejorar las competencias de escritura académica y científica, especialmente en el contexto de la educación superior. La guía aborda la escritura como un proceso que no se limita a la redacción final del documento, sino que comprende distintas fases de planificación, textualización y revisión, proporcionando orientaciones para organizar las ideas y construir textos académicos coherentes y comprensibles.
Uno de los ejes fundamentales del documento es la cohesión textual, elemento esencial para conseguir que las diferentes partes de un escrito mantengan una relación lógica y fluida. La guía dedica apartados específicos a los mecanismos de conexión, recurrencia y progresión, que permiten articular las ideas, mantener los referentes a lo largo del texto y desarrollar de manera ordenada la información. De este modo, la escritura académica se presenta como una actividad estructurada en la que la claridad de los argumentos depende tanto de la calidad de las ideas como de la forma en que estas se relacionan entre sí.
El recurso también presta especial atención a aspectos formales de la escritura, incorporando contenidos sobre puntuación, ortografía acentual y ortografía literal. Estos elementos son tratados como componentes necesarios de una comunicación científica eficaz, ya que una correcta presentación lingüística contribuye a evitar ambigüedades y facilita la comprensión de contenidos especializados. La guía combina explicaciones con ejemplos, de manera que puede utilizarse tanto como material de aprendizaje como herramienta de consulta durante la elaboración de trabajos académicos.
Otro aspecto interesante es la incorporación de recursos audiovisuales complementarios, que amplían los contenidos de la guía y favorecen el aprendizaje autónomo. En conjunto, el documento funciona como una introducción sistemática a las principales dimensiones de la escritura académica: desde la planificación inicial de un texto hasta su revisión, pasando por la construcción de la cohesión y el dominio de las convenciones lingüísticas. Por ello, resulta especialmente útil para estudiantes universitarios, investigadores en formación y cualquier persona que necesite producir textos académicos y científicos con mayor claridad, coherencia y rigor.
Kaia Glickman, “Staggering 90% of biomedical papers now show signs of AI help”, Nature, 20 de agosto de 2026. Artículo original en Nature
Una investigación reciente sugiere que el uso de herramientas de inteligencia artificial para ayudar a redactar artículos científicos está mucho más extendido de lo que indicaban estimaciones anteriores. El estudio analizó trabajos biomédicos publicados en diciembre de 2025 e incluidos en PubMed, y estima que casi nueve de cada diez artículos presentaban señales compatibles con algún grado de asistencia de IA en su redacción. La cifra resulta especialmente llamativa porque las estimaciones anteriores sobre utilización de modelos de lenguaje en publicaciones científicas habían sido considerablemente inferiores.
El trabajo al que hace referencia Nature no afirma que el 90 % de los investigadores haya dejado que una IA escriba sus artículos de principio a fin. Lo que identifica son señales lingüísticas compatibles con asistencia de modelos de lenguaje. Esto es importante porque la IA puede intervenir de formas muy diferentes: desde corregir gramática y mejorar el estilo hasta reformular párrafos, traducir textos, resumir información o generar partes sustanciales de un manuscrito. Por tanto, la cifra debe interpretarse como una estimación de la presencia de asistencia de IA en la escritura científica, no como una medida directa de cuántos artículos fueron escritos por una inteligencia artificial.
El fenómeno refleja una transformación profunda de la comunicación científica. Las herramientas generativas se están incorporando rápidamente al trabajo cotidiano de los investigadores porque permiten mejorar la redacción en inglés, acelerar determinadas tareas editoriales y facilitar la preparación de manuscritos. Esto puede resultar especialmente relevante para investigadores que trabajan en una lengua diferente del inglés, ya que los modelos de lenguaje pueden actuar como herramientas de traducción y edición. Sin embargo, la creciente presencia de IA también plantea preguntas sobre transparencia, autoría, responsabilidad y declaración de su utilización en los trabajos científicos.
La metodología del estudio merece especial atención porque permite detectar patrones de uso de IA que pueden pasar inadvertidos mediante los procedimientos tradicionales de control editorial. Los investigadores analizaron el lenguaje de los artículos y buscaron características asociadas a la intervención de modelos de lenguaje. La estimación, por tanto, no equivale a una declaración voluntaria de los autores ni a una comprobación individual de cada manuscrito. Esto introduce incertidumbre y obliga a interpretar el porcentaje como una estimación estadística, no como una identificación definitiva de textos generados o editados por IA.
El dato tiene importantes implicaciones para las revistas científicas y para la integridad de la investigación. Si la asistencia de IA se convierte en una práctica habitual, las políticas editoriales tendrán que distinguir mejor entre usos legítimos —como corrección lingüística, traducción o apoyo editorial— y usos que puedan comprometer la responsabilidad intelectual del investigador. También será necesario determinar qué utilización debe declararse, cómo debe hacerse esa declaración y qué responsabilidad conserva el autor sobre las afirmaciones, referencias, datos y conclusiones de un artículo elaborado con ayuda de herramientas generativas.
La investigación también cuestiona la utilidad de intentar establecer una frontera rígida entre textos “humanos” y textos “generados por IA”. En la práctica, la producción científica puede convertirse en un proceso híbrido en el que el investigador redacta algunas partes, una herramienta de IA corrige otras, otro sistema traduce o reformula determinados fragmentos y el autor revisa posteriormente el resultado. En este escenario, el debate sobre la IA en la ciencia debería desplazarse desde la pregunta “¿se utilizó IA?” hacia cuestiones más relevantes: ¿para qué se utilizó?, ¿qué aportó?, ¿quién verificó el resultado? y ¿quién asume la responsabilidad final?
El hallazgo resulta especialmente significativo porque procede de un campo como la biomedicina, donde la precisión del lenguaje científico y la fiabilidad de la información tienen consecuencias potencialmente importantes. Una utilización responsable de la IA puede mejorar la comunicación científica, pero no elimina la necesidad de que los investigadores comprueben las referencias, los datos, las interpretaciones y las afirmaciones producidas o modificadas por estos sistemas. La IA puede convertirse así en una herramienta habitual del proceso editorial sin que ello implique transferir a la máquina la responsabilidad científica.
En definitiva, el estudio apunta a que la IA ya forma parte de la infraestructura cotidiana de la comunicación científica, aunque las políticas editoriales y las prácticas de transparencia todavía están adaptándose a esta realidad. El dato del 90 % no significa que nueve de cada diez artículos sean “escritos por IA”, pero sí constituye una señal poderosa de que la asistencia de los modelos de lenguaje está penetrando rápidamente en la publicación biomédica. La cuestión para las revistas ya no parece ser si los investigadores utilizarán IA, sino cómo establecer unas normas que permitan aprovecharla sin comprometer la autoría, la transparencia y la integridad científica.
A futuristic robot analyzes scientific texts and data in a research library.
Reid, Chris. “Guest Post — Your Next Reader Is a Machine, and We Are Ready”. The Scholarly Kitchen, Society for Scholarly Publishing, 21 de agosto de 2026. Artículo original en The Scholarly Kitchen
El artículo sostiene que la próxima revolución de la comunicación científica no consistirá únicamente en que los investigadores utilicen IA para buscar artículos, sino en que los propios agentes de IA se conviertan en grandes consumidores, intérpretes y mediadores de la literatura académica. Esto obliga a replantear la publicación científica desde sus cimientos: metadatos, APIs, identificadores, licencias, interoperabilidad, descubrimiento, métricas, derechos de acceso y preservación. La gran oportunidad para editores, bibliotecas y proveedores de información consiste en prepararse para ese nuevo ecosistema; el riesgo es que los contenidos sean absorbidos por sistemas de IA sin una adecuada atribución, compensación, medición o control.
la cantidad de información producida en el mundo ha alcanzado una escala que ningún ser humano puede leer, procesar o siquiera abarcar. El autor estima que durante 2026 se producirán alrededor de 220 zettabytes de contenido y recuerda que el problema de la sobrecarga informativa no es nuevo: ya en 1845 los científicos advertían de la imposibilidad de mantenerse al día con toda la literatura disponible. La diferencia actual es la velocidad con la que crece la producción científica y documental. Cada año aparecen millones de artículos, preprints, conjuntos de datos, protocolos y materiales suplementarios, haciendo que el principal problema de la comunicación académica deje de ser únicamente el acceso a la información y pase a ser la capacidad de prestar atención a ella.
En este contexto, Chris Reid plantea una afirmación especialmente relevante: los seres humanos dejarán progresivamente de ser los principales lectores de la literatura científica y serán los agentes de inteligencia artificial quienes procesen la mayor parte de ella. Un investigador podrá pedir a un agente que analice cientos de artículos, compare resultados, identifique tendencias y prepare una síntesis adaptada a una determinada pregunta. Para el autor, esto no debería interpretarse necesariamente como una amenaza para los editores científicos, sino como la evolución lógica de décadas de trabajo destinado a conseguir que la información científica sea legible y procesable por máquinas. La cuestión central será, por tanto, diseñar una infraestructura científica preparada no solo para lectores humanos, sino también para lectores no humanos.
Aquí adquieren especial importancia los principios FAIR —Findable, Accessible, Interoperable, Reusable— establecidos en 2016. Reid sostiene que estos principios ya contenían, en buena medida, el modelo necesario para la era de los agentes de IA: contenidos identificables, accesibles, interoperables y reutilizables por sistemas computacionales. Los identificadores persistentes, los metadatos estructurados, los vocabularios controlados y otros estándares desarrollados durante años en la comunicación científica constituyen ahora una infraestructura fundamental para que las máquinas puedan localizar, interpretar, relacionar y reutilizar documentos científicos. La IA, desde esta perspectiva, no rompe completamente con la evolución anterior de la publicación académica, sino que lleva hasta sus últimas consecuencias la transformación de la información científica en datos procesables por máquinas.
El artículo plantea también un cambio importante en la concepción de las plataformas editoriales. La página web tradicional está diseñada para seres humanos, pero un agente de IA no necesita menús, banners de cookies, carruseles de artículos relacionados, formularios de suscripción ni otros elementos propios de la experiencia web convencional. Lo que necesita es contenido estructurado, identificadores estables, información sobre derechos y licencias y mecanismos predecibles para solicitar exactamente la información que necesita. Por ello, Reid propone avanzar hacia arquitecturas de gestión de contenidos headless o «multicabeza», en las que el contenido se mantiene en un núcleo estructurado y puede distribuirse mediante diferentes superficies: páginas web para humanos, APIs y feeds para sistemas informáticos y nuevas interfaces destinadas directamente a agentes de IA, como las basadas en Model Context Protocol (MCP).
Este planteamiento tiene una consecuencia especialmente significativa para bibliotecas, repositorios y sistemas de descubrimiento. La literatura científica ya se distribuye actualmente a través de múltiples canales —PubMed Central, servicios de indización, sistemas de descubrimiento, Google Scholar, agregadores, ResearchGate, etc.— y el acceso mediante agentes de IA sería una nueva superficie de distribución. El objetivo sería mantener una única fuente estructurada del contenido y permitir que diferentes lectores, humanos o máquinas, accedan a la versión registrada y fiable de la publicación. En este escenario, los metadatos, los identificadores persistentes, las ontologías, los vocabularios controlados y la interoperabilidad dejan de ser cuestiones puramente técnicas y pasan a convertirse en infraestructuras esenciales para la visibilidad de la producción científica en la era de la IA.
Sin embargo, Reid advierte que la transformación plantea problemas mucho más complejos que los puramente tecnológicos. Identifica tres grandes cuestiones: atribución, compensación y gobernanza. La primera pregunta es cómo garantizar que cuando un agente utilice un artículo para generar una respuesta, el investigador pueda saber de dónde procede la información y el trabajo original siga siendo reconocido y citado. La segunda afecta a la remuneración: si el consumo de contenidos mediante máquinas sustituye progresivamente a las descargas y lecturas humanas, los modelos actuales de licencias y medición tendrán que adaptarse. La tercera es la gobernanza: los editores deberán decidir qué agentes pueden acceder a sus contenidos, bajo qué condiciones y cómo expresar esas condiciones de manera que puedan ser interpretadas automáticamente por las máquinas.
A estas tres dimensiones se añade una cuarta cuestión señalada en los comentarios al artículo: la medición. Si un agente de IA se sitúa entre el contenido científico y el usuario, resulta mucho más difícil determinar qué documentos fueron realmente consultados, cuánto contenido fue procesado y qué impacto tuvo cada publicación. Las métricas tradicionales de uso pueden dejar de reflejar adecuadamente el consumo real de información científica. Por ello, será necesario desarrollar nuevas formas de contabilizar y comprender el uso mediado por IA.
En definitiva, si durante siglos el objetivo fue hacer que la información científica fuera legible para las personas, ahora el desafío es conseguir que sea también comprensible, descubrible, verificable y reutilizable por las máquinas.
In Preparation. “PI Who Took Credit For Paper Clarifies Fraud Was Student’s Independent Work”. 18 de agosto de 2026. Artículo original en In Preparation
Se aborda un problema recurrente en la investigación científica: la responsabilidad de los investigadores principales sobre los trabajos realizados en sus laboratorios y, en particular, la apropiación del mérito por parte de investigadores sénior frente a la responsabilidad cuando aparecen problemas.
El artículo imagina la reacción de Richard Alderman, investigador principal del Whitehead Institute, después de que un supuesto artículo publicado en Nature fuera retractado por fraude científico. Según la pieza, Alderman había presentado inicialmente el trabajo como la culminación de la visión de su laboratorio y había concedido entrevistas atribuyéndose el éxito de los resultados. Sin embargo, tras descubrirse que varias figuras habían sido manipuladas y que algunos experimentos ni siquiera se habían realizado, el investigador cambia radicalmente su posición y afirma que el fraude fue obra exclusiva de una estudiante de posgrado.
La ironía se construye precisamente alrededor de esta asimetría entre mérito y responsabilidad. Cuando los resultados son positivos, el investigador principal aparece como líder del proyecto y habla de «nuestro» trabajo y de la investigación desarrollada bajo su dirección; cuando se descubre el fraude, sostiene que apenas tuvo participación y que la estudiante trabajaba de forma completamente independiente. La protagonista ficticia, Mei-Lin Huang, habría realizado los experimentos, analizado los datos y preparado el primer borrador, mientras que el investigador principal asegura retrospectivamente que su filosofía de supervisión consiste en proporcionar autonomía a los estudiantes. La frase resulta deliberadamente mordaz: la independencia que antes podía presentarse como una virtud de la formación científica se convierte, después del fraude, en una forma de eludir la responsabilidad por la supervisión.
Uno de los aspectos más críticos del artículo es la cuestión de la autoría científica. Ante la pregunta de por qué aparece como autor principal o autor de correspondencia si afirma no haber intervenido en el trabajo, el personaje responde que la autoría sénior es prácticamente honorífica: demostraría que el trabajo se realizó en su laboratorio, con su financiación y bajo su mentoría, pero no implicaría necesariamente haber revisado los datos o comprobado personalmente los experimentos. Esta afirmación, presentada como una exageración satírica, apunta a una discusión real sobre las responsabilidades asociadas a la autoría. La autoría científica no debería entenderse únicamente como un reconocimiento jerárquico, sino que implica responsabilidades respecto a la integridad y fiabilidad del trabajo publicado.
El artículo también pone el foco en la desigual distribución de las consecuencias del fraude científico. Mientras la estudiante ficticia se enfrenta a la expulsión y a la posible destrucción de su carrera científica, el investigador principal asegura que no devolverá la financiación, no abandonará su cátedra y no sufrirá consecuencias profesionales. La universidad, además, expresa su confianza en él. Esta parte constituye probablemente la crítica más incisiva del texto: cuando se producen casos de mala conducta científica, las responsabilidades pueden recaer de manera desproporcionada sobre investigadores jóvenes y con menor poder institucional, mientras que quienes ocupan posiciones de autoridad pueden conservar buena parte de su prestigio y sus recursos.
Más allá del caso ficticio, el texto plantea una cuestión importante para la integridad científica: ¿hasta dónde llega la responsabilidad de un investigador principal sobre los trabajos desarrollados por los miembros de su grupo? El debate no se limita a determinar quién falsificó o manipuló los datos. También obliga a preguntarse quién supervisó el proyecto, quién comprobó los resultados, quién aprobó el manuscrito y quién decidió presentarlo como evidencia científica. La sección de comentarios refuerza precisamente esta interpretación: algunos lectores señalan que la apropiación del mérito por parte de investigadores sénior es un fenómeno más frecuente que los casos de fraude que llegan a hacerse públicos y que, en ocasiones, la contribución de investigadores jóvenes queda invisibilizada mientras el reconocimiento se concentra en el responsable del laboratorio.
El texto cuestiona las estructuras jerárquicas de la ciencia, la autoría honorífica, la supervisión de los investigadores en formación y la distribución de las consecuencias ante la mala conducta científica. Aunque los personajes y la situación descrita son satíricos, el problema que plantea es muy real: la integridad de una publicación no depende únicamente de la persona que manipula los datos, sino también de las estructuras de supervisión, las prácticas de autoría y los sistemas institucionales que permiten que un trabajo llegue a publicarse.
A futuristic interface illustrates AI-powered article tracking, source verification, and data provenance.
Hargitt, Patrick; Smith, Steve. “AI Can Find the Article. Can It Tell Which Version It Used?”. The Scholarly Kitchen, 19 de agosto de 2026. Artículo original en The Scholarly Kitchen
La expansión de la inteligencia artificial en la búsqueda y recuperación de información científica está generando un problema que va mucho más allá de localizar correctamente un artículo: determinar exactamente qué versión del trabajo ha utilizado la IA.
Patrick Hargitt y Steve Smith parten de una cuestión fundamental para la comunicación científica: un mismo trabajo puede existir simultáneamente como preprint, manuscrito revisado, manuscrito aceptado, versión publicada por el editor, copia depositada en un repositorio institucional y versiones posteriores corregidas o retractadas. Los sistemas de IA pueden recuperar cualquiera de estas manifestaciones, fragmentar su contenido en pequeños bloques y utilizar determinados pasajes para elaborar una respuesta sin mostrar necesariamente al usuario el contexto o la versión concreta de la que procede la información. Por ello, la ambigüedad de las versiones deja de ser únicamente un problema bibliográfico o de descubrimiento y se convierte en un problema de procedencia, especialmente importante cuando una IA genera revisiones de literatura, informes, resúmenes o respuestas basadas en investigación científica.
Los autores destacan que los identificadores persistentes (PID), especialmente los DOI, siguen siendo esenciales, pero por sí solos no resuelven el problema. Un DOI puede identificar de manera estable un trabajo y conducir al registro mantenido por el editor, pero eso no significa necesariamente que sea la versión que un sistema de IA utilizó. Una IA podría haber recuperado, por ejemplo, una copia anterior depositada en un repositorio, mientras que la referencia final apunta al DOI de la versión publicada. Del mismo modo, un artículo puede haber sido corregido o retractado después de que una plataforma de IA incorporara una copia anterior. Por tanto, no basta con saber qué trabajo se ha utilizado: es necesario conocer qué estado o versión concreta del trabajo se empleó y si en ese momento existían correcciones, actualizaciones, retractaciones o versiones posteriores relevantes. El valor de un PID depende así del ecosistema de metadatos y relaciones que lo acompaña, capaz de explicar qué objeto representa, cómo se relaciona con otras versiones y cuál es su situación actual dentro del registro académico.
En este contexto cobra especial importancia la próxima revisión de la recomendación NISO Journal Article Versions (JAV). Según los autores, esta revisión se encuentra en fase editorial final y pretende proporcionar una descripción más precisa de las diferentes etapas por las que puede pasar un artículo científico. La propuesta combina etapas y estados del artículo con versionado semántico, permitiendo distinguir no solo entre un preprint, un manuscrito aceptado o una versión del registro (Version of Record), sino también entre diferentes modificaciones producidas dentro de una misma etapa. Esta distinción resulta especialmente relevante porque un artículo puede experimentar varias modificaciones sin cambiar necesariamente de categoría: una corrección menor de metadatos no tiene la misma importancia que un cambio sustancial que pueda afectar a la interpretación de los resultados. El versionado estructurado permitiría que tanto los investigadores como los sistemas automatizados comprendieran mejor qué versión están manejando y cuál es su relación con las demás.
El artículo propone, en esencia, distinguir tres capas de identidad. La primera responde a la pregunta «¿qué trabajo u objeto científico es este?» y se resuelve mediante un PID, como un DOI, acompañado de metadatos y relaciones. La segunda responde a «¿en qué estado o versión se encuentra el trabajo?» y requiere información sobre la etapa editorial, el estado y el número o versión semántica. La tercera, mucho más novedosa en el contexto de la inteligencia artificial, responde a «¿qué utilizó realmente el sistema de IA?». Esta última dimensión exige información de procedencia, es decir, conocer la fuente concreta y la versión exacta que fueron recuperadas para fundamentar una determinada respuesta. Para los autores, esta tercera capa será cada vez más importante porque una referencia bibliográfica aparentemente correcta puede ocultar el recorrido real que siguió la IA para obtener la información. En consecuencia, la especificidad de la versión debería empezar a considerarse parte de la precisión de una cita, y no simplemente un detalle adicional de presentación.
Otro aspecto fundamental es que los metadatos de versión deben pasar de ser una información meramente descriptiva a convertirse en información operativa dentro de los sistemas de IA. Un sistema de recuperación debería poder identificar si está accediendo a un preprint, un manuscrito en revisión, un manuscrito aceptado o una versión del registro; debería comprobar si esa versión ha sido posteriormente corregida, retractada o sustituida; y, cuando sea posible, debería conocer si existe una versión posterior antes de generar una respuesta. Si la IA utiliza una versión antigua o no definitiva, esa circunstancia debería poder aparecer en la referencia o en la evidencia que acompaña a la respuesta. El problema adquiere todavía mayor importancia cuando el contenido se incorpora a sistemas de IA mediante procesos de ingestión estática: los artículos pueden transformarse, dividirse en fragmentos, convertirse en embeddings e incorporarse a índices vectoriales, mientras que la información sobre su versión, estado editorial o historial de correcciones puede quedar separada del texto. De ahí la necesidad de que los metadatos permanezcan vinculados al contenido durante todo el proceso de ingestión, recuperación y generación.
Los autores subrayan también el riesgo de que las correcciones y retractaciones no lleguen a las plataformas de IA. Un artículo puede haber sido incorporado a una colección licenciada o a un índice en una determinada fecha y, posteriormente, ser corregido o retractado por el editor. Si el sistema conserva una copia estática y no dispone de mecanismos para recibir las actualizaciones, puede seguir utilizando información que el propio editor ya no considera válida en su forma anterior. El problema no afecta solamente a las editoriales: también involucra a repositorios, índices bibliográficos, agregadores, proveedores de contenidos y empresas de inteligencia artificial. Los autores plantean que las correcciones, retractaciones y nuevas versiones deberían propagarse por todo el ecosistema académico mediante mecanismos fiables de actualización. En este sentido, mencionan iniciativas como CUSAP, orientada a la comunicación de actualizaciones de contenidos, y servicios destinados a transmitir información sobre retractaciones y erratas.
Desde la perspectiva de las bibliotecas y las instituciones académicas, el problema tiene consecuencias directas sobre la contratación y evaluación de servicios de IA. Ya no debería bastar con preguntar si una herramienta tiene acceso a millones de artículos científicos. También habría que saber si conserva los metadatos de versión, si actualiza los contenidos cuando se producen correcciones o retractaciones, si identifica la procedencia de los fragmentos utilizados y si puede informar de qué versión concreta respaldó una respuesta. Esto introduce una nueva dimensión en la evaluación de proveedores de IA y en las licencias de contenidos científicos. Las instituciones podrían exigir que los sistemas demuestren durante las pruebas piloto que son capaces de mantener la relación entre contenido, versión, estado, procedencia y actualización. De este modo, la calidad de un sistema de IA para investigación no dependería únicamente de su capacidad para recuperar documentos relevantes, sino también de su capacidad para recuperar y utilizar la versión correcta y vigente de esos documentos.
La expansión de la inteligencia artificial generativa y, especialmente, de los sistemas de IA capaces de actuar como agentes está transformando profundamente la manera en que los investigadores descubren, consultan y utilizan la información científica. Tasha Mellins-Cohen, directora ejecutiva de COUNTER Metrics, explica que durante más de dos décadas el estándar COUNTER ha permitido a bibliotecas, editores e instituciones disponer de estadísticas normalizadas y comparables sobre el uso de los contenidos académicos. Sin embargo, el modelo tradicional se enfrenta ahora a un fenómeno que la autora denomina “zero-click”: los investigadores pueden obtener información procedente de artículos científicos a través de buscadores, asistentes y herramientas de IA sin visitar directamente la plataforma del editor.
De este modo, un contenido puede generar un elevado valor para el investigador, su institución y su financiador sin producir ninguna visita registrada en la web de la editorial. Los datos de uso de 2025 comenzaron a mostrar precisamente esta transformación: mientras algunos editores observaban incrementos importantes en las cifras brutas de actividad, las estadísticas COUNTER registraban descensos apreciables en el uso humano tradicional. Una posible explicación es el crecimiento de la actividad automatizada y de los agentes de IA, especialmente en instituciones que han incorporado herramientas como asistentes de investigación basados en IA.
Ante esta situación, COUNTER considera que las métricas normalizadas no han perdido relevancia, sino que son más necesarias que nunca. La aparición de la IA plantea nuevas preguntas para bibliotecas y editores: ¿debe una biblioteca seguir invirtiendo en contenidos cuando buena parte de su utilización está mediada por un agente de IA?, ¿cómo debe calcularse el retorno de la inversión?, ¿cómo se compara el uso de diferentes servicios de IA?, ¿cómo se distingue la actividad de investigadores reales de los procesos automatizados? y ¿cómo se evita que el volumen de actividad de los agentes termine ocultando el comportamiento humano? La respuesta de COUNTER ha sido adaptar sus estándares para diferenciar los distintos tipos de acceso. La versión 5.1 del COUNTER Code of Practice había sido aprobada antes de la aparición de ChatGPT y, por tanto, no podía anticipar la magnitud del cambio. Después de un proceso de consulta con bibliotecas, editoriales, proveedores tecnológicos y desarrolladores de IA, COUNTER publicó en abril de 2026 nuevas buenas prácticas específicas para medir el uso asociado a la IA generativa y agéntica.
Uno de los principales cambios consiste en introducir el nuevo método de acceso “Agent”, que permite diferenciar la actividad de los sistemas de IA de la utilización humana convencional y de las operaciones de text and data mining (TDM). No todos los bots deben considerarse iguales: los rastreadores maliciosos o los crawlers continúan excluyéndose de las estadísticas, mientras que los agentes que actúan legítimamente a petición de un usuario deben poder contabilizarse. Esta distinción es fundamental porque la IA no utiliza necesariamente un artículo completo como lo haría una persona. Los sistemas de IA suelen trabajar con fragmentos o chunks de contenido, de aproximadamente 100-300 palabras, que son procesados para generar una respuesta. Por ello, COUNTER introduce nuevas métricas específicamente orientadas a la actividad de IA, diferenciando entre el acceso a metadatos y el acceso al texto completo. Entre ellas aparecen Total y Unique AI Investigations, que contabilizan el uso de fragmentos de metadatos, Total y Unique AI Requests, que registran el acceso autorizado al texto completo, y AI Responses Generated, destinado a medir las ocasiones en que una herramienta de IA genera una respuesta a partir de una consulta del usuario.
El cambio tiene importantes implicaciones para las bibliotecas universitarias y de investigación. Las estadísticas tradicionales ya no serán suficientes para comprender el verdadero impacto de las colecciones digitales, porque una parte creciente del consumo de información puede producirse fuera de las plataformas editoriales mediante asistentes de IA. Esto obliga a reconsiderar cómo se evalúa el valor de las suscripciones, las colecciones y los servicios de información. Al mismo tiempo, COUNTER advierte de que las nuevas métricas todavía se encuentran en una fase inicial. Su implantación por parte de los editores probablemente no será generalizada antes de finales de 2026 y es previsible que las primeras experiencias permitan detectar problemas y realizar modificaciones. Además, las actuales recomendaciones se concentran fundamentalmente en las herramientas de IA integradas en las plataformas de los propios editores, mientras que todavía resulta más difícil medir el uso realizado mediante servicios externos como Google Gemini u otras herramientas que acceden a contenidos de múltiples fuentes. Una segunda fase del proyecto pretende abordar precisamente estos escenarios y desarrollar mecanismos de medición para herramientas de terceros y contenidos distribuidos.
Un aspecto especialmente relevante es que el problema no se limita a contar accesos, sino que afecta a la propia concepción del valor y del impacto de la información científica. COUNTER señala que será necesario avanzar también en estándares de atribución, procedencia y metadatos, de modo que cuando una IA utilice un fragmento de un artículo pueda establecerse una relación clara con el documento original. Esto resulta particularmente importante para preservar la trazabilidad de la información, identificar correctamente las fuentes y evitar que contenidos retractados o desactualizados sean incorporados sin advertencia a las respuestas generadas por IA. La mejora de los metadatos puede contribuir simultáneamente a mejorar la inteligencia artificial, la recuperación de información y la accesibilidad. En este sentido, el desafío de medir el uso de la IA forma parte de una transformación más amplia de la comunicación científica: si la IA está cambiando la forma en que se descubren y consumen los contenidos, también será necesario reconsiderar qué significan las citas, las métricas de impacto y otras formas tradicionales de evaluación.
En definitiva, el artículo plantea que la IA no hace innecesarias las métricas de uso; las convierte en una infraestructura todavía más importante. En un entorno en el que los contenidos científicos pueden ser consultados directamente por personas, procesados por sistemas de IA, fragmentados en pequeñas unidades o reutilizados por agentes que trabajan en nombre de los investigadores, disponer de estándares comunes será esencial para que bibliotecas, editoriales y proveedores puedan comparar datos y tomar decisiones fundamentadas. El reto será conseguir que las nuevas métricas distingan adecuadamente entre actividad humana, automatización legítima y rastreo, sin perder de vista cuestiones de privacidad, atribución y procedencia. COUNTER apuesta así por evolucionar sus estándares en lugar de abandonarlos, entendiendo que precisamente cuando la tecnología cambia rápidamente es cuando más necesaria resulta una terminología y una metodología compartida.
Se cuestiona la visión tradicional de la autocitación como una práctica esencialmente sospechosa destinada a inflar artificialmente los indicadores bibliométricos. El autor sostiene que citar trabajos propios no implica necesariamente manipulación y que, especialmente en campos científicos emergentes, puede constituir una forma legítima de construir y consolidar una línea de investigación.
La reflexión parte de un estudio publicado en Society sobre los patrones de autocitación en un campo interdisciplinar emergente denominado human stigmergy. El análisis encuentra que las autocitas son un predictor estadísticamente significativo de las citas posteriores procedentes de autores no vinculados con los investigadores originales, mientras que las referencias a trabajos ajenos no mostraron una relación significativa con esos resultados.
El estudio analizó 1.289 fuentes en nueve idiomas, seleccionando finalmente 42 artículos que cumplían los criterios establecidos. La regresión estadística encontró que cada autocitación adicional estaba asociada con aproximadamente 11 citas adicionales procedentes de autores independientes. El efecto se mantenía incluso después de eliminar de los resultados las autocitas posteriores de los propios autores, lo que reduce la posibilidad de que el resultado se explique simplemente porque quienes se autocitan mucho continúan citándose a sí mismos. No obstante, el propio autor advierte que el modelo explica únicamente el 19,3 % de la variación en los resultados de citación, por lo que la mayor parte de las diferencias depende de otros factores.
Aquí aparece uno de los aspectos más interesantes del artículo: la autocitación podría ser más un indicador de una trayectoria científica consolidada que una causa directa del impacto. Los investigadores que tienen una producción científica extensa y coherente disponen naturalmente de más trabajos anteriores que citar. Al mismo tiempo, suelen llevar más tiempo trabajando en un área, haber publicado en revistas de mayor visibilidad y haber desarrollado redes académicas más amplias. Factores como el prestigio de la revista, la reputación del autor, la institución de procedencia, las tendencias temáticas y las redes sociales de investigación pueden explicar buena parte de las citas posteriores. Por ello, penalizar automáticamente las autocitas puede confundir una característica propia de la construcción acumulativa del conocimiento con una práctica de manipulación.
El autor utiliza como marco conceptual la teoría de la estigmergia desarrollada por el biólogo francés Pierre-Paul Grassé para explicar cómo las colonias de termitas pueden construir estructuras complejas sin una dirección centralizada. Cada modificación realizada por un individuo sobre la estructura se convierte en un estímulo para las acciones posteriores de otros individuos. Aplicada a la ciencia, la analogía plantea que los investigadores también construyen progresivamente sobre sus propias contribuciones anteriores. Una autocitación puede representar, por tanto, la continuidad de un programa intelectual y proporcionar a otros investigadores un marco acumulativo sobre el que seguir trabajando.
Los datos descriptivos refuerzan esta interpretación. En los diez artículos más citados de la muestra, las tasas de autocitación oscilaron entre el 1,1 % y el 41,1 %. Los trabajos con mayores niveles de autocitación tendieron a presentar vidas de citación más prolongadas, mientras que aquellos con niveles inferiores mostraron con mayor frecuencia picos de citas más concentrados y una caída posterior. Además, los artículos teóricos fundacionales parecían beneficiarse más de la autocitación que los estudios aplicados, algo que el autor considera lógico porque la construcción de un marco teórico amplio suele implicar una acumulación progresiva de trabajos previos del propio investigador.
La conclusión no es que toda autocitación sea positiva ni que deba desaparecer cualquier mecanismo de control bibliométrico. El propio artículo reconoce que existen prácticas abusivas de autopromoción, manipulación de indicadores y redes de citación que justifican la vigilancia. El problema está en convertir esa realidad en una penalización generalizada. En campos emergentes, especialidades muy pequeñas o investigaciones que desarrollan programas teóricos coherentes, una tasa relativamente elevada de autocitación puede ser perfectamente legítima y reflejar el proceso normal mediante el cual se construye una tradición científica.
En definitiva, el artículo plantea una cuestión importante para la evaluación de la investigación y la bibliometría: eliminar automáticamente las autocitas de los indicadores puede proporcionar una imagen incompleta del impacto científico. La autocitación no debería interpretarse por sí sola como evidencia de mala praxis, sino analizarse en su contexto, diferenciando entre autocitación legítima, construcción acumulativa de conocimiento y manipulación deliberada de métricas. Para la evaluación científica, esto supone pasar de una lógica de simple conteo y penalización a una interpretación más cualitativa de cómo se forman y evolucionan las comunidades y campos de investigación.
U.S. Department of Health and Human Services (HHS), Office of Research Integrity (ORI).Public Health Service Policies on Research Misconduct: 42 CFR Part 93 Guidance on Generative Artificial Intelligence.
Office of Research Integrity (ORI) del Departamento de Salud y Servicios Humanos de Estados Unidos ha publicado en agosto de 2026 una guía específica sobre el uso de inteligencia artificial generativa en el contexto de la investigación científica y las posibles conductas de mala conducta investigadora.
El documento está dirigido especialmente a las instituciones y entidades que reciben financiación del Public Health Service (PHS) para investigación biomédica o conductual. Su propósito es orientar la evaluación de posibles casos de mala conducta científica en los que intervengan herramientas de IA generativa, dentro del marco establecido por la normativa 42 CFR Part 93. La guía es de carácter no vinculante y, en caso de conflicto, prevalece la regulación federal.
El documento parte de una idea importante: el uso de IA generativa no constituye por sí mismo una conducta de mala conducta científica. Los investigadores y las instituciones deben aplicar, en términos generales, las mismas buenas prácticas que utilizarían cuando no interviene la IA. Sin embargo, la utilización de estas herramientas puede generar situaciones de fabricación, falsificación o plagio, por lo que resulta fundamental evaluar si su empleo supone una desviación significativa de las prácticas aceptadas por la comunidad científica correspondiente. Para ello, los comités de investigación deben analizar todas las evidencias disponibles y contar con expertos científicos en el área de investigación afectada; además, ORI considera útil incorporar especialistas en IA cuando sea necesario comprender las herramientas utilizadas.
Uno de los principios centrales de la guía es la transparencia en el uso de IA. ORI recomienda que los investigadores identifiquen las herramientas de IA generativa empleadas durante la investigación, la preparación de manuscritos o la elaboración de propuestas de financiación y que expliquen cómo fueron utilizadas. Esta información puede contribuir a la reproducibilidad de la investigación y también servir como elemento de defensa frente a determinadas acusaciones de mala conducta. No obstante, declarar el uso de IA no garantiza que dicho uso sea considerado legítimo: si la utilización de la herramienta contradice las prácticas aceptadas por la comunidad científica, puede seguir constituyendo evidencia de mala conducta. Asimismo, el uso de IA para generar o procesar datos debe ser cuidadosamente verificado.
La guía presta especial atención a los problemas de fabricación y falsificación de datos. Un investigador debe comprobar los resultados obtenidos mediante procesos que incorporen IA, ya que la generación o modificación no declarada de datos puede constituir fabricación o falsificación. ORI incluso señala que algunas tecnologías aparentemente rutinarias pueden incorporar procesos automáticos de alteración de imágenes, como ocurre con determinadas cámaras de teléfonos inteligentes. En estos casos, corresponde al investigador demostrar, cuando proceda, que la alteración fue consecuencia de un error honesto y no de una conducta intencionada, consciente o imprudente.
El informe muestra que la IA generativa ya está integrada en buena parte del trabajo cotidiano de los investigadores, aunque principalmente como herramienta de apoyo y no como sustituto del juicio científico. Su utilización se concentra especialmente en las primeras fases del proceso investigador: búsqueda y descubrimiento de información, exploración de literatura, redacción, edición y mejora de textos. Casi la mitad de los investigadores afirma utilizar IA con frecuencia para recopilar información y para mejorar o editar artículos.
El informe muestra que la inteligencia artificial está incorporándose rápidamente al trabajo cotidiano de los investigadores, aunque su utilización no es homogénea. La IA se emplea sobre todo en las fases exploratorias y generativas de la investigación, especialmente para recopilar información, descubrir literatura, planificar investigaciones y mejorar o editar artículos. El 43,8 % de los investigadores utiliza IA frecuente o muy frecuentemente para recopilar información y el 44,6 % para mejorar o editar artículos. En cambio, su utilización disminuye considerablemente cuando las tareas requieren evaluación, responsabilidad y juicio profesional.
Una de las principales conclusiones es que la IA actúa más como asistente que como sustituto del investigador. El uso es mucho menor en actividades como la revisión de artículos científicos o la toma de decisiones sobre la publicación. Solo el 23,5 % utiliza IA para revisar artículos y el 25,7 % para decisiones relacionadas con su presentación. Esto refleja que los investigadores siguen reservando para las personas aquellas tareas en las que son fundamentales el criterio experto, la responsabilidad profesional y la evaluación crítica.
Existe además una importante diferencia generacional. Los investigadores más jóvenes recurren a la IA con mayor frecuencia que los investigadores con más experiencia. Entre quienes llevan menos de tres años investigando, el 46,8 % utiliza frecuentemente IA para mejorar o editar artículos, frente al 36,1 % entre quienes acumulan 20 años o más de experiencia. Para la recopilación de información, las cifras son del 47,8 % y el 33,4 %, respectivamente. La diferencia se explica tanto por una mayor utilización entre los investigadores jóvenes como por una mayor resistencia de los investigadores sénior a utilizar estas herramientas.
En cuanto a las herramientas utilizadas, los modelos generalistas dominan claramente el panorama. Representan el 75,9 % de las menciones entre las tres herramientas de IA más utilizadas por los investigadores. ChatGPT aparece en primer lugar, con el 36,8 % de las menciones, seguido de Gemini, con el 19,4 %, y Claude, con el 6,5 %. Las herramientas específicas para escritura y edición representan el 7,2 %, mientras que las destinadas al descubrimiento de literatura y evidencias alcanzan el 5,6 %.
El informe también revela diferencias geográficas. El uso intensivo de IA para descubrir contenidos científicos es especialmente elevado en Asia oriental. En el conjunto de la muestra, el 5,7 % de los investigadores depende principalmente o exclusivamente de herramientas de IA para identificar investigaciones relevantes, pero entre los investigadores jóvenes la proporción llega al 21,2 % en Japón y al 15,2 % en China, frente al 5,7 % en Estados Unidos y el 8,9 % en Europa.
Otro aspecto significativo es la forma de financiación de estas herramientas. La mayoría de los investigadores accede a ellas de manera independiente: el 45,4 % utiliza principalmente herramientas gratuitas y el 41,3 % las paga personalmente. Solo el 11,1 % señala que su institución financia la licencia. Esto indica que la adopción de IA está avanzando más rápidamente que el establecimiento de políticas y sistemas institucionales de apoyo, formación y financiación.
La satisfacción con la IA es relativamente elevada cuando se utiliza para descubrir información científica. El 65,2 % de los investigadores se declara satisfecho o muy satisfecho con la ayuda que proporciona su herramienta principal para descubrir nuevos contenidos. Las razones principales son su capacidad para localizar fuentes relevantes y proporcionar referencias, además de la precisión de las respuestas y el incremento de la productividad.
Sin embargo, la confianza sigue siendo el principal problema. Las respuestas abiertas muestran que los investigadores valoran especialmente la posibilidad de aumentar la productividad, facilitar el descubrimiento de literatura y ampliar el acceso al conocimiento, pero manifiestan importantes preocupaciones sobre la fiabilidad de los resultados. Entre más de 7.500 respuestas abiertas, las alucinaciones y los problemas de exactitud acumularon 4.935 menciones, muy por encima de otros riesgos. También aparecen el temor a la pérdida de pensamiento crítico, mencionado 1.167 veces, y las preocupaciones relacionadas con la integridad de la investigación, con 702 menciones.
En definitiva, el estudio presenta una imagen de una investigación científica cada vez más asistida por IA, pero todavía lejos de una investigación autónoma. La IA está penetrando especialmente en la búsqueda y descubrimiento de información, la organización de ideas, la redacción y la edición, mientras que los investigadores mantienen un mayor control humano sobre la evaluación y las decisiones científicas. El gran reto que plantea el informe no es tanto conseguir que los investigadores utilicen IA —algo que ya está sucediendo— como garantizar que sepan utilizarla de forma crítica, verificable, ética y responsable, especialmente ante las alucinaciones, la pérdida potencial de pensamiento crítico, la integridad científica y la seguridad de los datos.
El artículo analiza críticamente hasta qué punto las clasificaciones internacionales de universidades están valorando de manera adecuada la colaboración científica.
La cuestión es especialmente relevante porque los rankings —como QS, Times Higher Education (THE) o U.S. News— tienen una influencia creciente sobre las estrategias institucionales, la financiación y la reputación internacional de las universidades. Aunque la colaboración científica internacional se presenta habitualmente como un indicador de excelencia y apertura global, el artículo plantea que los sistemas de clasificación no siempre recompensan de manera proporcional el trabajo cooperativo y que, en muchos casos, continúan privilegiando indicadores asociados al volumen de publicaciones, las citas, la reputación o la visibilidad internacional. Esta situación puede generar una paradoja: las universidades necesitan colaborar cada vez más para producir investigación de calidad, pero las métricas pueden seguir incentivando comportamientos eminentemente competitivos.
Uno de los problemas señalados es que la producción científica contemporánea es cada vez más colectiva. Las grandes investigaciones internacionales suelen implicar equipos procedentes de diferentes universidades, países y disciplinas. Sin embargo, medir quién obtiene realmente el reconocimiento por esa colaboración resulta complejo. Una universidad puede participar en numerosas investigaciones internacionales y contribuir de manera significativa a ellas, pero esa participación no necesariamente se traduce en una mejora equivalente de su posición en un ranking. La cuestión adquiere todavía mayor importancia para las instituciones de países con menor capacidad científica o menor tradición de presencia en las grandes clasificaciones internacionales. Estas universidades pueden beneficiarse enormemente de las redes internacionales de investigación, pero parten de una desventaja estructural en términos de reputación, volumen de publicaciones y visibilidad.
El artículo invita, por tanto, a cuestionar la lógica competitiva de los rankings universitarios. Las clasificaciones pretenden establecer una jerarquía entre instituciones, pero la ciencia actual depende cada vez más de redes, alianzas y proyectos compartidos. Existe así una tensión entre la lógica de “competir por posiciones” y la lógica de “cooperar para producir conocimiento”. Estudios y análisis recientes sobre educación superior han señalado precisamente que muchas métricas universitarias continúan dando prioridad a la producción investigadora y la reputación frente a dimensiones como la colaboración, la calidad docente o el impacto social.
Otro aspecto importante es el denominado efecto Mateo: las universidades que ya poseen prestigio, recursos y una amplia red internacional tienen mayores posibilidades de atraer nuevos investigadores, proyectos y colaboraciones, lo que a su vez incrementa su producción científica y mejora su posición en los rankings. De esta manera, las métricas pueden terminar reforzando las desigualdades existentes. Las instituciones periféricas o de países con menos recursos pueden quedar atrapadas en un círculo en el que tienen menos visibilidad, reciben menos oportunidades de colaboración y, consecuentemente, obtienen peores resultados en los indicadores que determinan su posición internacional. Este fenómeno ha sido señalado también en análisis recientes sobre financiación, cooperación internacional y clasificaciones universitarias.
En definitiva, el texto plantea la necesidad de repensar qué entendemos por excelencia universitaria. Si la ciencia del siglo XXI es cada vez más interdisciplinar, internacional y colaborativa, los sistemas de evaluación deberían ser capaces de reconocer mejor las contribuciones realizadas dentro de redes científicas y no limitarse a contabilizar publicaciones, citas o prestigio institucional. El reto consiste en desarrollar indicadores que valoren no solamente cuánto produce una universidad, sino cómo produce conocimiento, con quién lo hace, qué impacto tiene y qué beneficios genera para la sociedad. En este sentido, el artículo se sitúa dentro de un debate más amplio sobre la necesidad de transformar los rankings universitarios para que no reproduzcan exclusivamente las jerarquías existentes y puedan convertirse en instrumentos que fomenten una cooperación científica internacional más equilibrada.