
Vicario, E. (2026). Guest Post — Now is the Time for AI in Peer Review, and Publishing Policies Need to Recognize This. The Scholarly Kitchen, 30 de junio de 2026.
Se plantea que el debate sobre la utilización de la inteligencia artificial en la revisión por pares (peer review) ha dejado de ser una cuestión de futuro para convertirse en una realidad que las políticas editoriales deben afrontar de manera explícita. La autora sostiene que la IA ya está profundamente integrada en numerosos procesos de la comunicación científica —desde la detección de plagio y la identificación de manipulaciones de imágenes hasta el descubrimiento de patrones asociados a las «paper mills» o fábricas de artículos fraudulentos—, por lo que resulta incoherente prohibir o restringir su utilización precisamente en una de las fases más importantes del proceso editorial: la evaluación por pares.
Vicario parte de un diagnóstico ampliamente compartido en la comunidad científica: la inteligencia artificial ha acelerado tanto las posibilidades legítimas de producción científica como las formas industrializadas de fraude académico. Las investigaciones recientes sobre redes organizadas de generación masiva de artículos falsos muestran que las herramientas basadas en IA están siendo utilizadas para fabricar investigaciones fraudulentas a gran escala. Sin embargo, la autora defiende que la respuesta no puede consistir en excluir la IA del ecosistema editorial, sino en emplearla también para combatir esas mismas amenazas. En su opinión, si la inteligencia artificial forma parte del problema, necesariamente debe formar parte de la solución.
El texto subraya que los grandes editores científicos ya utilizan sistemas inteligentes para examinar los manuscritos antes de que lleguen a los revisores humanos. Estas herramientas permiten detectar manipulaciones de imágenes, similitudes textuales, anomalías en las citas, patrones característicos de artículos producidos por «paper mills» y otros indicios de fraude científico. Plataformas como el STM Integrity Hub representan, según la autora, un ejemplo de cómo la IA se ha convertido en una infraestructura habitual para preservar la integridad de la literatura científica. Desde esta perspectiva, la pregunta ya no es si la inteligencia artificial tiene cabida en la publicación científica, sino cómo debe gobernarse su utilización de forma ética y transparente.
El núcleo del artículo se centra en la revisión por pares, un ámbito donde persisten fuertes restricciones debido a preocupaciones relacionadas con la confidencialidad de los manuscritos inéditos, la privacidad de los datos y el riesgo de delegar en algoritmos decisiones que requieren juicio científico. Vicario reconoce que estas preocupaciones son legítimas, pero considera que las políticas actuales han quedado desfasadas respecto a la práctica real. En su experiencia, numerosos revisores ya emplean discretamente herramientas de IA para resumir manuscritos, comprobar análisis estadísticos, revisar código, mejorar la redacción o identificar posibles inconsistencias. La ausencia de normas claras no elimina este uso; simplemente lo convierte en una práctica invisible y no regulada.
La autora también sitúa este debate en el contexto de la creciente crisis del sistema de revisión por pares. El número de manuscritos sometidos a evaluación continúa aumentando mientras disminuye la disponibilidad de revisores expertos, que soportan una carga de trabajo cada vez mayor. Diversos estudios citados muestran un incremento de la fatiga de los revisores y una distribución desigual del esfuerzo de evaluación. En este escenario, la IA podría actuar como una herramienta de apoyo que permitiera automatizar tareas rutinarias y liberar tiempo para aquellas actividades donde el criterio humano resulta insustituible: valorar la originalidad de una investigación, la solidez metodológica, la relevancia de los resultados o la contribución al conocimiento científico.
Uno de los aspectos más relevantes del artículo es su propuesta de sustituir el actual debate dicotómico —permitir o prohibir la IA— por un marco de gobernanza basado en principios comunes para toda la comunidad científica. Vicario propone cinco pilares fundamentales. El primero es la transparencia, de modo que los revisores declaren cuándo y cómo han utilizado herramientas de inteligencia artificial sin temor a ser penalizados. El segundo es la responsabilidad, dejando claro que el juicio científico corresponde siempre al revisor humano, independientemente del apoyo tecnológico recibido. El tercero consiste en establecer límites claros sobre las tareas que la IA puede desempeñar —como resumir textos, mejorar el lenguaje o analizar estructuras— y aquellas que deben permanecer exclusivamente bajo criterio humano, como evaluar la novedad científica o la calidad metodológica. A ello añade la necesidad de garantizar la confidencialidad mediante herramientas que respeten estándares adecuados de protección de datos y, finalmente, implantar mecanismos de supervisión editorial que hagan visible, auditable y controlable el uso de la IA durante todo el proceso de evaluación.
El artículo concede un papel especialmente relevante al Committee on Publication Ethics (COPE), organización que durante años ha establecido las principales referencias éticas para la publicación científica. Aunque COPE ya ha comenzado a elaborar documentos de discusión y posicionamientos sobre inteligencia artificial, Vicario considera que todavía falta una guía práctica específica dirigida a revisores y editores que unifique criterios y reduzca la actual fragmentación de políticas entre editoriales, universidades y organismos financiadores. La autora también menciona las discusiones mantenidas durante la edición de 2026 de la World Conference on Research Integrity como una oportunidad para construir un consenso internacional sobre estos principios.
En conjunto, el texto constituye una defensa de un uso responsable, regulado y transparente de la inteligencia artificial en la revisión por pares. No propone sustituir el juicio de los expertos por algoritmos, sino integrar estas herramientas como apoyo dentro de un sistema donde la responsabilidad última siga correspondiendo a los revisores humanos. Para la autora, ignorar que la IA ya está presente en la práctica cotidiana solo incrementará la distancia entre las normas oficiales y el funcionamiento real de la comunicación científica. El verdadero desafío no consiste en decidir si la inteligencia artificial debe participar en la revisión por pares, sino en establecer un marco común que garantice confianza, transparencia e integridad en su utilización.









