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Los efectos destructivos de la desinformación en el cerebro humano Ejemplos que ponen en alerta la prevalencia de la desinformación en el siglo XXI.

Psychology Today. “The Destructive Effects of Misinformation on the Human Brain.” The Changing Brain, febrero de 2026. https://www.psychologytoday.com/us/blog/the-changing-brain/202602/the-destructive-effects-of-misinformation-on-the-human-brain

En conjunto, el artículo alerta de que la desinformación debe entenderse como un problema de salud cognitiva y social: una forma de “contaminación mental” que afecta tanto a los procesos internos del cerebro como a las dinámicas colectivas de la sociedad contemporánea.

La desinformación actúa sobre el cerebro humano de forma comparable a un agente biológico perjudicial: no es simplemente información errónea, sino una alteración profunda de los mecanismos cognitivos básicos. El artículo explica que la información es un “nutriente esencial” para el cerebro, de la misma manera que el oxígeno lo es para los pulmones. Cuando ese nutriente está contaminado, el funcionamiento cerebral se ve comprometido en múltiples niveles, desde los procesos neuroquímicos hasta las conductas observables. Así como una mínima alteración en los impulsos nerviosos puede provocar un fallo físico grave, la introducción de información falsa puede generar distorsiones en la percepción, el juicio y la toma de decisiones.

Uno de los efectos más relevantes es la alteración de la memoria. La investigación psicológica ha demostrado que la desinformación puede integrarse en los recuerdos hasta el punto de sustituirlos o mezclarse con ellos. Este fenómeno, conocido como “efecto de desinformación”, implica que la memoria no es un registro fiel de la realidad, sino un sistema maleable que puede ser reescrito por información posterior. Así, las personas pueden recordar hechos que nunca ocurrieron o reinterpretar eventos reales a la luz de datos falsos, lo que tiene consecuencias especialmente graves en ámbitos como el testimonio judicial o la construcción de la memoria colectiva.

Otro aspecto clave es la persistencia de la desinformación incluso después de haber sido corregida. Diversos estudios señalan que, una vez que una idea falsa ha sido incorporada, resulta extremadamente difícil eliminarla del todo: el cerebro sigue utilizándola como referencia, fenómeno conocido como “influencia continuada”. Esto se debe a que la información inicial deja huellas cognitivas duraderas y a que el cerebro tiende a preferir narrativas coherentes, aunque sean incorrectas, frente a la incertidumbre. En este sentido, la desinformación no solo engaña momentáneamente, sino que configura marcos mentales estables.

El artículo también destaca el papel de las emociones como vehículo de desinformación. Las creencias falsas suelen ir acompañadas de respuestas emocionales intensas —miedo, ira, entusiasmo— que refuerzan su aceptación y difusión. El cerebro humano está especialmente predispuesto a procesar información emocional, lo que explica por qué los contenidos sensacionalistas o polarizantes se propagan con mayor rapidez. En el contexto digital actual, donde las redes sociales amplifican este tipo de mensajes, la desinformación encuentra un entorno ideal para expandirse y consolidarse.

Finalmente, el texto subraya que la desinformación del siglo XXI no es un fenómeno aislado, sino sistémico. Su prevalencia se ve impulsada por factores tecnológicos, cognitivos y sociales: la velocidad de difusión supera la capacidad de verificación, los algoritmos favorecen contenidos emocionales y los individuos tienden a aceptar información que confirma sus creencias previas. Como resultado, la desinformación no solo afecta al individuo —alterando su cerebro y su percepción de la realidad—, sino que también erosiona el tejido social al aumentar la polarización y debilitar la confianza en el conocimiento experto.

La crisis de la verdad en la era de la IA

Chaudry, Gia. “How the Internet Broke Everyone’s Bullshit Detectors.” WIRED, April 11, 2026. https://www.wired.com/story/how-the-internet-broke-everyones-bullshit-detectors/

La evolución reciente de Internet —marcada por la inteligencia artificial generativa, la lógica algorítmica de las plataformas y la limitación del acceso a fuentes verificables— ha erosionado profundamente nuestra capacidad colectiva para distinguir entre lo verdadero y lo falso. Ya no se trata simplemente de desinformación, sino de una transformación estructural del ecosistema informativo donde la velocidad, la estética y la viralidad pesan más que la veracidad.

Uno de los factores clave es la proliferación de contenido sintético generado por IA, capaz de producir imágenes y vídeos altamente convincentes en cuestión de horas. Este contenido no necesita ser duradero ni resistir un análisis profundo: basta con que circule rápidamente antes de que pueda ser verificado. En este contexto, la verdad llega tarde, mientras que la falsedad se beneficia de los mecanismos de amplificación de las redes sociales. La lógica del “engagement” prioriza aquello que impacta o emociona, independientemente de su fiabilidad.

El artículo subraya además un fenómeno especialmente preocupante: la aparición de manipulaciones “híbridas”. En estos casos, una imagen es casi completamente real, pero contiene pequeñas alteraciones —un detalle añadido, un objeto modificado— que cambian su significado. Estas falsificaciones son extremadamente difíciles de detectar, incluso para herramientas técnicas, ya que la mayor parte del contenido es auténtico. Este cambio rompe con la premisa tradicional de que una imagen es un registro fiel de la realidad.

A este problema se suma la creciente dificultad para acceder a fuentes primarias de verificación, como imágenes satelitales, cuya disponibilidad puede verse restringida por decisiones políticas o estratégicas. Esto limita la capacidad de periodistas, investigadores y analistas de contrastar hechos de forma independiente, creando un vacío que el contenido generado por IA puede ocupar fácilmente. En ese espacio de incertidumbre, la realidad ya no solo se interpreta: se compite por definirla.

El texto también advierte sobre el papel de los usuarios en la propagación de la desinformación. Los llamados “superdifusores” y el tráfico automatizado —que ya representa una parte significativa de la actividad en Internet— aceleran la circulación de contenidos sin verificación. Incluso los sistemas de detección de falsificaciones resultan insuficientes: ofrecen probabilidades, no certezas, y pueden fallar con frecuencia. Por ello, no pueden considerarse herramientas definitivas para determinar la verdad.

Frente a este panorama, el artículo propone un cambio de enfoque. Más que confiar exclusivamente en tecnologías de detección, sugiere apostar por sistemas de “proveniencia” que certifiquen el origen de los contenidos. Mientras estas soluciones no estén plenamente implementadas, la responsabilidad recae en el comportamiento del usuario: detenerse, verificar, rastrear el origen de la información y resistir la presión de compartir de forma impulsiva. En un entorno diseñado para la inmediatez, la pausa se convierte en una forma de resistencia cognitiva.

El artículo describe una transición hacia un entorno informativo donde la duda es constante y la certeza escasa. La pérdida de confianza no solo afecta a los contenidos, sino también a las instituciones y a los propios mecanismos de verificación. En este nuevo escenario, la alfabetización digital y el pensamiento crítico dejan de ser habilidades opcionales para convertirse en herramientas esenciales de supervivencia informativa.

Alfabetización mediática en la era del contenido generado por IA: ahogados en el “slop”

Frontier Learning Lab. “Drowning in Slop: Media Literacy in the Age of AI.” Substack, 2026. https://frontierlearninglab.substack.com/p/drowning-in-slop-media-literacy-in

Se plantea que nos encontramos en una nueva fase del ecosistema informativo caracterizada por la sobreproducción masiva de contenidos generados por inteligencia artificial, fenómeno que se ha popularizado bajo el término “AI slop”. Este concepto hace referencia a materiales digitales producidos en grandes cantidades, pero con escasa calidad, profundidad o fiabilidad, diseñados principalmente para captar atención y generar ingresos en la economía de los clics.

Slop IA (o «AI Slop») se refiere al contenido digital de baja calidad, repetitivo y masivo generado automáticamente por inteligencia artificial. Es considerado el equivalente al «spam» o «basura» en la era de la IA, priorizando cantidad sobre calidad para ganar clics o interacción en redes sociales

La tesis central del texto es que este exceso de contenido no solo supone un problema de desinformación, sino también de saturación cognitiva. A diferencia de etapas anteriores —en las que el reto era distinguir entre información verdadera y falsa—, ahora el desafío consiste en navegar un entorno donde el volumen de contenido irrelevante, superficial o redundante dificulta incluso encontrar información significativa. En este contexto, el problema no es solo la mentira, sino el ruido: una “contaminación informativa” que diluye el conocimiento valioso.

El artículo subraya que esta situación está impulsada por incentivos estructurales del ecosistema digital. Las plataformas premian el volumen, la velocidad y el «engagement» (compromiso), lo que favorece la proliferación de contenido automatizado. La inteligencia artificial permite producir textos, imágenes o vídeos a gran escala y bajo coste, generando una especie de industrialización del contenido que prioriza la cantidad sobre la calidad. Como resultado, el espacio digital se llena de materiales repetitivos, poco fiables o directamente inútiles.

Uno de los aspectos más relevantes es el impacto de este fenómeno en la confianza. Cuando los usuarios se enfrentan a grandes cantidades de contenido indistinguible en términos de calidad —y cada vez más difícil de verificar—, se produce una erosión progresiva de la credibilidad del entorno informativo. No se trata solo de creer información falsa, sino de dejar de confiar en cualquier información. Este proceso puede derivar en un escepticismo generalizado que debilita tanto el conocimiento compartido como el debate público.

El texto también introduce la idea de una nueva brecha digital: no tanto de acceso a la información, sino de calidad de la información consumida. Mientras algunos usuarios acceden a contenidos fiables (a menudo de pago o producidos por instituciones consolidadas), otros quedan atrapados en ecosistemas dominados por contenido automatizado, clickbait (viberanzuelo) o desinformación. Esta desigualdad informativa tiene implicaciones profundas para la educación, la participación democrática y la cohesión social.

En este escenario, la alfabetización mediática adquiere un papel central, pero debe transformarse. El artículo sostiene que las estrategias tradicionales —centradas en analizar críticamente cada unidad de información— resultan insuficientes ante el volumen actual. En su lugar, propone enfoques más adaptados al entorno digital, como el filtrado activo de fuentes, la lectura lateral (comparar múltiples fuentes antes de profundizar) y el desarrollo de hábitos de consumo informativo más selectivos.

Además, se enfatiza la necesidad de una alfabetización que no sea solo técnica, sino también cultural y ética. Los usuarios deben comprender cómo funcionan los algoritmos, cuáles son los intereses económicos detrás de la producción de contenido y cómo sus propios sesgos cognitivos influyen en lo que consumen y comparten. La alfabetización mediática se redefine así como una competencia integral que combina pensamiento crítico, conocimiento tecnológico y responsabilidad social.

Para concluir, el artículo advierte que la solución no puede recaer únicamente en los individuos. Aunque la educación en alfabetización mediática es fundamental, también se requieren cambios estructurales en las plataformas tecnológicas, como la mejora de los sistemas de recomendación, la transparencia en el uso de IA y posibles regulaciones que limiten la proliferación de contenido de baja calidad. Sin embargo, incluso con estas medidas, el texto sugiere que el reto persistirá: en un mundo donde generar contenido es prácticamente gratuito, la escasez ya no es de información, sino de atención, criterio y significado.

La administración Trump recurre a imágenes falsas generadas por IA como estrategia política

Huamani, Kaitlyn. “Trump’s Use of AI Images Sparks Alarm and Misinformation Fears.” The Independent, 27 de enero de 2026.

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Donald Trump ha incorporado imágenes generadas o manipuladas con inteligencia artificial dentro de su estrategia comunicativa, incluso desde canales oficiales vinculados a la Casa Blanca. No se trata únicamente de montajes humorísticos o memes aislados, sino de piezas visuales difundidas en espacios institucionales que tradicionalmente se asociaban con información verificable. Este desplazamiento desde lo informal hacia lo oficial es uno de los elementos que más inquietud genera entre analistas y especialistas en desinformación.

Uno de los casos señalados en el reportaje es la publicación de imágenes alteradas que exageran rasgos emocionales o escenifican situaciones con una clara intencionalidad política. Aunque estas piezas puedan presentarse como sátira o ironía, los expertos advierten que su circulación desde cuentas oficiales les otorga una legitimidad que difumina la frontera entre propaganda, entretenimiento y comunicación gubernamental. El problema no radica solo en la manipulación visual, sino en el contexto institucional que amplifica su impacto.

Un pasaje destacado del artículo se refiere a un caso en el que la cuenta oficial de la Casa Blanca en X (antes Twitter) publicó una fotografía digitalmente alterada de la abogada de derechos civiles Nekima Levy Armstrong en la que aparecía aparentemente llorando tras un arresto. La imagen original había sido compartida por una secretaria de Seguridad Nacional, pero la versión difundida por el canal oficial fue retocada para acentuar las lágrimas, lo que provocó críticas de que se estaba utilizando la IA para manipular la percepción pública de eventos reales. Críticos como académicos en estudios de información sostienen que etiquetar estas publicaciones como “memes” puede ser una táctica para minimizar la crítica, aunque su difusión desde canales oficiales les confiere una legitimidad peligrosa.

El artículo subraya que este fenómeno contribuye a una erosión progresiva de la confianza pública. Cuando los ciudadanos perciben que incluso las fuentes oficiales emplean imágenes artificiales o engañosas, se debilita la idea de que existe un terreno común de hechos verificables. Investigadores en comunicación política señalan que la repetición de estos recursos puede normalizar la duda permanente: si todo puede estar manipulado, nada resulta plenamente creíble.

Además, el reportaje conecta esta práctica con un entorno digital más amplio en el que la inteligencia artificial facilita la producción masiva de contenidos visuales difíciles de distinguir de fotografías auténticas. En este contexto, el uso estratégico de imágenes generadas por IA no solo influye en campañas electorales o debates puntuales, sino que alimenta una cultura política donde la emoción y la viralidad pesan más que la precisión factual.

En definitiva, el texto plantea que el verdadero riesgo no es únicamente la existencia de imágenes falsas, sino la institucionalización de su uso. Cuando la comunicación oficial adopta recursos propios de la cultura meme y la manipulación digital, se intensifica la crisis de confianza en las instituciones democráticas y en los medios de comunicación, reforzando un clima de polarización y escepticismo estructural.

Políticas gubernamentales de Estados Unidos han eliminado el acceso a información científica sobre el clima y la han reemplazado con desinformación

Cell, Kate. 2025. «Disinformation Undermines Our Right to ScienceUnion of Concerned Scientists Blog. https://blog.ucs.org/kate-cell/disinformation-undermines-our-right-to-science/.

El texto parte de un informe reciente de la UNESCO sobre tendencias globales en la libertad de expresión y desarrollo de medios, destacando especialmente la problemática de la desinformación climática. La autora señala que, hacia finales de 2025, determinadas políticas gubernamentales en Estados Unidos han eliminado el acceso a información científica sobre el clima, la han reemplazado con desinformación

La Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) publicó su informe cuatrienal sobre Tendencias Mundiales en la Libertad de Expresión y Desarrollo de los Medios. Lo que sigue es una versión ligeramente adaptada de la contribución sobre desinformación climática.

A medida que la Tierra continúa calentándose [principalmente debido a la actividad humana] y los impactos en nuestro clima se vuelven cada vez más severos, la ciencia que busca advertirnos y orientarnos está siendo silenciada. Líderes globales poderosos y grandes corporaciones ignoran o niegan la ciencia en un intento deliberado de engañar al público y retrasar la acción urgente necesaria para proteger la habitabilidad del planeta.

En el articulo se analiza cómo la desinformación climática socava el derecho colectivo al conocimiento científico y a la toma de decisiones basada en evidencia. Según la autora, políticas gubernamentales recientes en Estados Unidos han limitado el acceso público a información científica sobre el clima, reemplazándola por narrativas sesgadas o desinformación. Esto afecta evaluaciones oficiales, como la National Climate Assessment, y disminuye la confianza en los científicos, poniendo en riesgo la acción frente al cambio climático.

Cell destaca que, aunque los efectos del cambio climático están bien documentados, existen poderosas fuerzas políticas y corporativas que niegan o manipulan la información científica para retrasar medidas urgentes. La autora señala casos recientes en los que se ha distorsionado información sobre olas de calor extremas, afectando la percepción pública y la preparación frente a eventos climáticos que ponen en riesgo la vida de millones de personas. Además, se ha limitado el acceso a recursos oficiales, obligando a investigadores y ciudadanos a buscar información en fuentes independientes o archivos previos.

La desinformación no solo tiene consecuencias sociales, sino también científicas y económicas. Los datos indican un aumento significativo de la mortalidad por calor extremo en las últimas décadas, y estudios económicos muestran pérdidas vinculadas a las emisiones de industrias específicas. A pesar de la solidez de la evidencia científica, estas campañas buscan debilitar la autoridad de los expertos y retrasar la adopción de políticas efectivas (Cell, 2025).

La autora identifica a la industria de los combustibles fósiles y a sus aliados políticos como los principales impulsores de esta desinformación. Documentos históricos muestran que estas industrias tenían conocimiento del cambio climático décadas atrás, pero eligieron estrategias de negación y manipulación para proteger sus intereses económicos. Entre las tácticas empleadas se incluyen la exageración de incertidumbres científicas, el financiamiento de estudios cuestionables, el acoso a científicos y la manipulación de funcionarios gubernamentales. Investigaciones realizadas por la Union of Concerned Scientists y otros organismos demuestran que la industria de los combustibles fósiles ha utilizado todas las tácticas del manual de desinformación:

  • Contratar a un científico que utilizaba métodos desacreditados y no revelaba la financiación de la industria.
  • Generar dudas exagerando las incertidumbres de la ciencia del cambio climático y dirigiéndose a profesores y estudiantes.
  • Acosar a los científicos climáticos.
  • Comprar credibilidad.

Además, las plataformas digitales juegan un papel crucial en la difusión de desinformación, muchas veces de forma indirecta al priorizar contenido que genera mayor interacción y publicidad. Esto amplifica la exposición de la sociedad a narrativas falsas o engañosas sobre el cambio climático, incluyendo teorías conspirativas y ataques a políticas de mitigación. La influencia de estas prácticas también afecta a instituciones científicas, limitando financiamiento, debilitando agencias regulatorias y generando presión sobre investigadores, lo que repercute en la comunicación científica y en la implementación de políticas basadas en evidencia.

Fake News: ¿Cuál es el daño? Repensando los efectos reales de la desinformación

Cunliffe-Jones, Peter. Fake News – What’s the Harm? Open Access Monograph. University of Westminster Press, 2024.

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En Fake News – What’s the Harm?, Peter Cunliffe-Jones, periodista y fundador de Africa Check, sostiene que desde el estallido global de preocupación por la desinformación en 2016, el debate público y académico se ha apoyado en suposiciones erróneas sobre la naturaleza, el alcance y los efectos reales de las llamadas “fake news”. A partir de un análisis exhaustivo de 250 estudios de caso recopilados durante cuatro años, el autor propone una revisión profunda del concepto de “information disorder”, argumentando que la narrativa dominante suele simplificar un fenómeno complejo y multifacético.

El libro plantea cuatro ideas clave para periodistas, verificadores, responsables políticos y plataformas digitales. Primero, Cunliffe-Jones insiste en que el desorden informativo no puede reducirse únicamente a la desinformación: intervienen también la mala información, el contenido mal contextualizado, la manipulación interesada y, en ocasiones, errores no intencionados que circulan tanto en ámbitos digitales como fuera de ellos. Segundo, destaca que la desinformación no es un problema exclusivamente online; por el contrario, en muchos contextos —sobre todo en países del Sur Global— la transmisión oral, las creencias locales y la comunicación en espacios presenciales pueden causar daños equiparables o incluso mayores que los provocados por los contenidos digitales virales.

En tercer lugar, el autor subraya que la desinformación que afecta a los responsables políticos puede ser tan peligrosa como la que circula entre el público. Políticos, legisladores y autoridades pueden tomar decisiones erróneas si reciben información falsa o distorsionada, lo que genera consecuencias sociales y económicas de gran alcance. Esto rompe con la idea convencional de que el principal riesgo recae únicamente en la ciudadanía desinformada. Por último, Cunliffe-Jones propone un modelo práctico para que verificadores, investigadores y plataformas puedan distinguir entre afirmaciones falsas que tienen un potencial real de causar consecuencias perjudiciales y aquellas que, aunque incorrectas, apenas generan efectos tangibles. Este marco busca ayudar a priorizar recursos, mejorar intervenciones y equilibrar la lucha contra la desinformación con la defensa de la libertad de expresión.

La obra ha sido ampliamente elogiada por especialistas internacionales en periodismo y estudios sobre medios. Lucas Graves destaca que ofrece un nuevo marco explicativo capaz de superar los debates repetitivos sobre el “pánico moral” en torno a las fake news. Masato Kajimoto subraya que el libro avanza hacia una visión más matizada y sistemática del problema, mientras que Herman Wasserman resalta su valor para investigadores, activistas y legisladores, especialmente por su perspectiva histórica y su atención al contexto africano.

Cunliffe-Jones, con décadas de experiencia como reportero y con un papel fundamental en el desarrollo del movimiento de verificación de datos —incluida su participación en el Código de Principios de la IFCN—, ofrece aquí una reflexión sólida, crítica y constructiva. Su enfoque combina análisis riguroso, ejemplos reales y recomendaciones concretas, convirtiendo esta obra en un aporte clave para comprender y enfrentar el impacto social de la desinformación contemporánea.

En las elecciones de Georgia a Nueva York, los deepfakes hechos con IA están dirigiendo el discurso político y la percepción de los votantes.

Hurt, Davina, y Ann Skeet. “AI fuels a new wave of political lies.” Salon, 29 noviembre 2025.

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La inteligencia artificial está siendo usada para generar “deepfakes” y contenido político engañoso que distorsiona la realidad en campañas electorales recientes en Estados Unidos. Un ejemplo citado es un anuncio en la carrera al Senado por Georgia en el que la campaña del candidato republicano Mike Collins difundió un vídeo en el que aparecía el senador demócrata Jon Ossoff supuestamente diciendo que no le importaban los granjeros porque “solo había visto una granja en Instagram” — una frase que Ossoff nunca pronunció.

El texto señala que, aunque la sátira política siempre ha existido (por ejemplo en caricaturas), la IA borra la frontera entre ficción y realidad de una forma sin precedentes: las falsedades generadas por IA pueden parecer auténticas, con imagen y voz convincente, lo que las hace aún más peligrosas cuando son usadas por los propios actores políticos.

Además, el artículo advierte que este tipo de contenido —cuando se difunde desde cuentas oficiales o con aspecto institucional— degrada el debate democrático, al transformar opiniones o propaganda en “evidencia visual” aparentemente real. Bajo esa lógica, la IA no solo ayuda a mentir, sino a construir una “realidad alternativa” destinada a manipular percepciones colectivas, socavando la confianza pública en los procesos políticos.

Finalmente, los autores exhortan a la necesidad de marcos regulatorios y éticos claros que exijan transparencia en el uso de IA en campañas políticas, de modo que la manipulación mediática deje de ser una estrategia con potencial de dañar la democracia

La propagación de información falsa generada por chatbots de Inteligencia Artificial se ha duplicado en un año

Sadeghi, McKenzie. AI False Information Rate Nearly Doubles in One Year. NewsGuard, 4 de septiembre de 2025. https://www.newsguardtech.com/wp-content/uploads/2025/09/August-2025-One-Year-Progress-Report-3.pdf

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Un informe de NewsGuard, compartido con Axios el 4 de septiembre de 2025, revela que la tasa de propagación de información falsa por parte de chatbots populares se ha duplicado en el último año, pasando del 18% al 35% en respuestas a preguntas sobre temas de actualidad.

Este aumento coincide con actualizaciones realizadas por los desarrolladores de inteligencia artificial que han ampliado las capacidades de los chatbots, permitiéndoles responder a más solicitudes y acceder a información en tiempo real desde la web.

El estudio de NewsGuard se basa en su AI False Claims Monitor, una herramienta que mide cómo los modelos de IA manejan afirmaciones demostrablemente falsas sobre temas controvertidos. Los investigadores probaron diez herramientas de IA líderes utilizando solicitudes de la base de datos de False Claim Fingerprints de NewsGuard, que contiene afirmaciones falsas ampliamente difundidas en línea. Los resultados mostraron que la información falsa aumentó significativamente en las respuestas a preguntas sobre noticias, con modelos como Inflection y Perplexity produciendo las tasas más altas de afirmaciones falsas.

En 2024, la mayoría de los chatbots estaban programados con más cautela, rechazando preguntas sobre noticias y política o negándose a responder cuando no conocían la respuesta. Sin embargo, este año, los chatbots respondieron al 100% de las solicitudes, lo que, según NewsGuard, ha llevado a una mayor amplificación de falsedades durante eventos de noticias de última hora. Además, aunque los chatbots ahora citan fuentes en sus respuestas, estas referencias no garantizan la calidad de la información, ya que a veces se extraen de fuentes poco confiables o se confunden publicaciones establecidas con imitaciones de propaganda rusa.

NewsGuard también señaló que la creciente polarización política en Estados Unidos complica la creación de chatbots que proporcionen respuestas «neutrales» que satisfagan a todos los usuarios. La tendencia de los desarrolladores de IA a maximizar ganancias puede llevar a la evolución de modelos de IA en direcciones partidistas, adaptándose a las inclinaciones políticas de los usuarios.

¿Cuál es el coste real de la desinformación para las empresas?

Serrano, Jesús. “What’s the real cost of disinformation for corporations?World Economic Forum, 14 de julio de 2025. https://www.weforum.org/stories/2025/07/financial-impact-of-disinformation-on-corporations/

La desinformación, que incluye noticias falsas, cuentas hackeadas y deepfakes, ha provocado pérdidas millonarias en los mercados y decisiones financieras erróneas. Estudios recientes estiman que los costos anuales de la desinformación en los mercados financieros ascienden a alrededor de 78 mil millones de dólares, incluyendo pérdidas bursátiles y decisiones financieras erróneas.

Tecnologías de inteligencia artificial como bots y deepfakes han acelerado la difusión de información falsa, haciéndola más convincente y difícil de detectar. Ejemplos históricos y recientes, desde el “Great Moon Hoax” de 1835 hasta el hackeo de la cuenta de Twitter de The Associated Press en 2013, muestran cómo la manipulación de la percepción pública puede generar un impacto económico y reputacional significativo.

Además, las reseñas falsas y las valoraciones manipuladas afectan la confianza de los consumidores y generan pérdidas millonarias para empresas de todos los tamaños. La reputación se ha convertido en un activo estratégico, y las narrativas falsas pueden erosionarla rápidamente, afectando la credibilidad corporativa y el valor de mercado a largo plazo.

El uso de inteligencia artificial amplifica estos riesgos, ya que los contenidos falsos generan más interacción en redes sociales y son más difíciles de contrarrestar. Estudios de MIT y Edelman destacan que las empresas no están suficientemente preparadas para anticipar y gestionar estos ataques, a pesar de que la confianza es esencial para la sostenibilidad y el crecimiento empresarial. La educación digital, la detección temprana de desinformación y la comunicación de crisis son herramientas clave para proteger la reputación corporativa.

La colaboración público-privada y la regulación, como el Código de Prácticas sobre Desinformación de la UE, se presentan como mecanismos necesarios para mitigar la propagación de contenidos falsos sin comprometer la libertad de expresión. En un entorno donde la confianza se considera un activo estratégico, las empresas deben invertir en vigilancia, formación y estrategias preventivas, ya que los costos financieros y reputacionales de la inacción frente a la desinformación son demasiado altos.

El Reino Unido ante el reto de la alfabetización mediática: un riesgo para la cohesión social y la democracia

House of Lords Communications and Digital Committee. Media Literacy. 3rd Report of Session 2025. HL Paper 163. Londres: House of Lords, 25 julio 2025.

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Con el 71 % de los adultos británicos obteniendo sus noticias en línea y el 52 % a través de redes sociales, las plataformas algorítmicas priorizan contenido en función de la interacción del público, lo que degrada la calidad de la información. Esto ha debilitado la influencia del periodismo institucional y aumentado la fragmentación del panorama mediático, afectando especialmente a los jóvenes.

Casi la mitad de los adultos que usan redes sociales han visto noticias falsas, pero solo el 45 % confía en su habilidad para evaluar la veracidad de las fuentes y apenas el 30 % se siente seguro identificando contenido generado por IA

El insuficiente desarrollo de habilidades de alfabetización mediática puede generar polarización, desinformación, desconfianza institucional, exclusión digital e impactos perjudiciales para la salud mental, el empleo y la cohesión social. Además, se detectó una correlación entre estos déficits y los disturbios ocurridos en el verano de 2024.

El Comité formuló tres áreas clave de intervención:

  • Incorporar la alfabetización mediática en el currículo nacional desde la educación temprana, con formación sistemática de docentes y desarrollo profesional continuo
  • Exigir más a las plataformas digitales, estableciendo estándares mínimos a través de Ofcom, y aplicar un impuesto a las tecnológicas para financiar iniciativas independientes sostenibles
  • Liderazgo político claro, incluyendo el nombramiento de un ministro responsable a nivel de gobierno para coordinar acciones entre departamentos e impulsar campañas de concienciación pública año tras año