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¿Por qué motivo alguien trabajaría de bibliotecario?

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“Ella era, tal y como pronto dedujo él, una lectora mucho más ávida que él, especialmente de los clásicos; pero claro, ahora que lo pensaba bien, tenía sentido. ¿Por qué otro motivo alguien trabajaría como bibliotecario si no fuera por amor a los libros? Como si supiera lo que estaba pensando, ella se detuvo y señaló con el dedo la placa que coronaba una de las estanterías. “

Nicholas Sparks. «Fantasmas del pasado». Barcelona: Roca, 2007

Fragmento extraído del libro: Julio Alonso Arevalo. “Los libros, la lectura y los lectores a través de la literatura y las artes”. Buenos Aires : Alfagrama Ediciones, 2019 Disponible en España en Canoa Libros http://www.canoalibros.com/

En el libro se hace un recorrido bastante completo,-pero nunca tan exhaustivo como para pretender abarcarlo todo-sobre la forma que perciben los autores,-fundamentalmente en la literatura, pero también en otras áreas como el cine, música, novela gráfica, etc.-el libro, a los lectores, la lectura. Fundamentalmente esta imagen viene proporcionada por muchas de las lecturas que, como aficionado a la literatura, he realizado en los últimos 25 años de desarrollo profesional. Los bibliotecarios en cierto modo somos muy vocacionales, y somos personas muy interesadas en todo aquello que dice sobre los libros y las bibliotecas, y cómo nos ven los demás.

«La Biblioteca de los Sabios» de la Crónica del Ángel Gris de Alejandro Dolina

 

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Tal vez las bibliotecas del Ángel Gris se fundaron ya incendiadas o saqueadas. Gracias a tan sabia medida, los volúmenes faltantes pueden imaginarse a capricho. Todas las posibilidades artísticas y científicas caben en ellos. En realidad, la aparición de un libro perdido es siempre un desengaño. Con parecido criterio, los Hombres Sensibles decían que siempre es preferible estar ausente…

… En el enorme sótano estaba la Biblioteca de los Sabios. Contaba con miles y miles de volúmenes. Los insobornables empleados no permitían leer ninguno de ellos, sino después de pasar por infinitas pruebas de templanza y rectitud. Asimismo existía un orden establecido para la lectura: nadie podía abrir el libro once sin conocer cabalmente el diez. Cada veinte libros las pruebas se repetían con mayor severidad. Al cabo de los libros y de las pruebas era posible —o imposible— llegar al Último Libro, también llamado Libro de la Sabiduría, que estaba encerrado bajo siete llaves en un cuarto oscuro. En aquel volumen misterioso estaba encerrado el Secreto de la Vida. Quien se asomara a sus páginas sería sabio. Algunos dicen que tenía doscientas mil páginas, pero otros juraban que su texto consistía en una sola y terrible palabra. Manuel Mandeb sostenía que el Último Libro nada decía y que el don de la sabiduría se adquiría en el camino. Unos malvados de Caballito trataron de leer de ojito el texto final y entraron al cuarto oscuro de puro prepo. Salieron enseguida, despavoridos, huyeron por Aranguren hacia el este y nadie volvió a saber de ellos.

 

Alejandro Dolina. «Crónicas del Ángel Gris»

Silencio, por favor: aventuras de un bibliotecario público

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Douglas, Scott. Quiet, Please: Dispatches From A Public Librarian. Cambridge : Da Capo Press, c2008

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En Quiet, Please, el colaborador de McSweeney, Scott Douglas, pone en primer plano a los extravagantes cuidadores de nuestra literatura. Douglas, era un estudiante universitario al que le gustaban los libros y necesita un trabajo, por lo que se convierte en bibliotecario de una decadente biblioteca pública de Anaheim. Pronto descubre la «oscura verdad sobre los bibliotecarios», que en realidad no leen mucho.

Sin embargo, al carecer de mejores planes de carrera, acepta una beca estatal para obtener un título en Biblioteconomía. Cuanto más conoce su sucursal local, más se sentía «mirando una telenovela»; el personal era «como una familia». Cuando no están repitiendo constantes peleas internas del personal, Douglas se centra en cuatro tipos de usuarios de la biblioteca: adolescentes, personas sin hogar, personas locas y ancianos.

Según él, la mayoría de ellos huelen, todos menos los ancianos hacen demasiado ruido, y todos ellos, desafiando las reglas de la biblioteca, intentan acceder a la pornografía en Internet. Después de volver a contar la historia de alguien que se masturba delante de la computadora, o en el baño público, el autor se apresura a explicar con palabras de orgullo lo que es ser un funcionario público no discriminatorio; sus pies se desgastan después de un tiempo. Desde el principio, cuando Douglas se da cuenta de que es bibliotecario porque le encanta ayudar a la gente, es bastante simpático, pero cuando sus historias se vuelven pringosas, se convierte en un problema.

Douglas nos ofrece una mirada sorprendente (y a veces hilarante) sobre las vidas que conforman la institución social que es su biblioteca. Silencioso, Por favor, puede ser modesto y casi patológicamente autodespreciable en la superficie, pero tiene un núcleo de humanidad genuina, comedia y calidez que a menudo falta en las autobiografías más brillantes

EXTRACTOS

«Si encuentras a un tipo masturbándose en un ordenador llama a un bibliotecario, no trates de solucionarlo tú mismo». Eso fue lo primero que me dijo Faren, la gerente de la biblioteca, en mi primer día de trabajo. Yo era un auxiliar de biblioteca. El auxiliar es el puesto más bajo en el que puedes estar en el escalafón de la biblioteca. Además de colocar los libros en el estante, el auxiliar de biblioteca también es responsable de hacer los trabajos que nadie más tiene ganas de hacer, que incluyen, pero no se limitan a, limpiar el vómito, lavar las ventanas, raspar el chicle de las mesas, mover los muebles y vigilar a los clientes masculinos que se están masturbando en el ordenador. Ser un auxiliar  también significa que eres estúpido hasta que puedas probar lo contrario. «Entonces, dime por qué quieres trabajar aquí». Esto fue lo siguiente que me dijo Faren. Hizo la misma pregunta a todos los nuevos empleados como muestra de cortesía. A ella no le importaba mi respuesta, pero yo no lo sabía, así que le dije con gran pasión que me encantaban los libros y que incluso estudiaba literatura en la universidad – le dije todo esto mientras ella revisaba su correo electrónico. Cuando terminé mi monólogo, ella bostezó y me preguntó: «¿Sabes cortar papel?» La miré, confundida. «¿Papel?»

Ella asintió. «Tenemos un paquete de documentos que hay que cortar en dos, tendrías que usar el cortador de papel. ¿Crees que serías capaz de hacer eso?» Me puse nervioso. Me imaginé que había dicho algo malo, y ella me había tomado por un idiota. Pero no fue así. Como dije, un auxiliar de bibliotecas es estúpido hasta que se demuestre lo contrario, y aparentemente, no había demostrado lo contrario. Quería asegurarle que realmente era inteligente, pero en vez de eso asentí con la cabeza y le aseguré que sabía cómo usar unas tijeras «¡Genial!» Faren dijo, añadiendo mientras salía por la puerta de su oficina: «Y asegúrate de no cortarte ninguno de tus dedos. Odio rellenar informes de incidentes por cosas así, es tan lento».

”Me enviaron a una pequeña biblioteca construida en los años sesenta. Estaba junto a un parque, fuera de las principales calles de la ciudad. Estaba escondida, y a todo el mundo parecía gustarle. Los muebles eran tan viejos como la biblioteca misma. La alfombra estaba manchada. La pintura de las paredes estaba descolorida. Había el olor de los libros viejos, un olor que tiene una particularidad tan propia que hace  todas las bibliotecas parezcan iguales. Algunos dicen que el olor es asbesto. Era una pequeña biblioteca destartalada, pero nadie parecía darse cuenta. Los que entraban en el edificio la hacían  parecer su pequeña biblioteca secreta. Había estado allí durante casi cincuenta años, y la mayoría de los residentes de la ciudad nunca habían oído hablar de ela, por no hablar de su interior. Su estacionamiento era pequeño, pero a nadie le importaba, porque la mayoría de los usuarios caminaban. La gente no iba allí para investigar, esa tarea se dejó en manos de la biblioteca más grande de la ciudad, a tres millas de distancia. Iban a buscar libros que les ayudaran a evadirse.”

“Lo que aprendí rápidamente fue la oscura verdad sobre los bibliotecarios: simplemente no tenían tiempo para leer. Para muchos, trabajar con libros durante tanto tiempo les había hecho desinteresarse de tener algo que ver con ellos fuera del trabajo. Las bibliotecas siempre han sido para mí un lugar de conocimiento, un lugar para conocer a personas que han pasado toda su vida leyendo libros y que están ansiosas por compartir sus conocimientos y amor con los demás, un lugar al que ir a descubrir nuevas ideas. Trabajar en la biblioteca había destrozado mi visión de la biblioteca. Y aún así me quedé.”

“Cuanto más tiempo me encontraba dentro de los confines de lo que una vez había creído que era un almacén de conocimiento e información, más me daba cuenta de que la información seguía ahí: sólo había cambiado de forma. Durante muchos años tuve una visión en mi cabeza de ese vieja bibliotecaria de referencia que solía sentarse detrás de un escritorio leyendo un libro. Ella había estado allí cuando yo era un niño; lo sabía todo, incluso qué libro era el adecuado para mí. Empecé a ver, sin embargo, que esta bibliotecaria de mi juventud probablemente no era diferente de Edith. Para la gente que no conocía a Edith, que sólo iba a la biblioteca a preguntarle dónde estaba un libro, Edith era una criatura mágica que sabía todas las cosas y no podía hacer nada malo… Creí que Edith era un caso aislado. Me reconfortaba mirar los números decimales de Dewey y pensar que el pobre Melvil Dewey estaría revolcándose en su tumba si supiera lo de Edith. Esto me ayudó hasta que me enteré de que Dewey era una especie de polla racista elitista. Era un imbécil brillante, sin duda. Uno no esperaría que fueran bibliotecarios.”

“A Edith no le gustaba leer en su tiempo libre, pero era una gran bibliotecaria de niños; les leía a los niños regularmente, y cuando lo hacía escuchaban cada línea del libro con ojos que rogaban escuchar lo que venía después. Vi en ella algo en lo que nunca había pensado: se necesita más para ser bibliotecaria que amor por los libros. Las bibliotecas eran el lugar donde la gente de diversos orígenes y culturas podía reunirse para la búsqueda común de descubrir algo nuevo. Los bibliotecarios fueron las personas que les ayudaron a descubrir esto. Los bibliotecarios no eran tontos. Muchos bibliotecarios simplemente no leen. Mi mundo había sido durante tanto tiempo los libros, escritura y cualquier cosa remotamente literaria. La biblioteca -el lugar en mi vida que estaba lleno de libros- comenzó a enseñarme que los libros no lo eran todo.”

“Pronto comencé a prestar menos atención a los bibliotecarios y a todo lo que no eran y más atención a los usuarios de las bibliotecas que la visitaban cada día. Eran hombres y mujeres de negocios que buscaban libros para salir adelante; eran madres que no sabían leer ni hablar inglés y que llevaban a sus hijos a conseguir libros porque sabían que la alfabetización les podía traer una vida mejor que la que habían tenido ellas nunca; eran viudos que querían encontrar libros que les ayudaran a pasar el tiempo. Todos ellos compartían una cosa en común: querían aprender y me fascinaron. Comencé a ver que los bibliotecarios cambiarían, las tecnologías cambiarían, incluso los usuarios cambiarían, pero el papel de la biblioteca como puerta de entrada a algo más grande siempre sería el mismo. A medida que discurrían los años hasta que me gradué se convirtieron en meses, empecé a tener serias preocupaciones sobre mi futuro. Pronto tendría una licenciatura en Literatura y no tenía ni idea de adónde ir con ella. Empecé a preguntarme si la biblioteca era donde estaba mi destino.”

 

 

Humor para bibliotecarios que se niegan a ser clasificados

 

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Credaro, Amanda ; Lewis, Peter. Biblia’s Guide to Warrior Librarianship: Humor for Librarians Who Refuse to Be Classified. Westport, Conn. : Libraries Unlimited, 2003

Visualizar contenido

Con coloquios agudos e ingeniosos e ilustraciones hilarantes que encajan a la perfección con el contenido, las anécdotas reflejan claramente los matices, los problemas y los puntos bajos y altos de nuestra profesión. El libro consta de cuatro secciones principales: Llegar a ser un bibliotecario; Trabajando en la biblioteca; Diversiones para bibliotecarios; y El último reto: la biblioteconomía escolar.

En el lado más ligero de la Bibliotecología, este libro presenta una combinación de caricaturas escandalosamente divertidas, comentarios e ingenio. Conocida mundialmente como la Biblia del bibliotecaria guerrero, Amanda Credaro se ha asociado con el dibujante Peter Lewis para crear un libro que amplía su premiado sitio web, Warrior Librarian Weekly, el producto de muchos años de experiencia en biblioteconomía. Igualmente aplicable a todo tipo de bibliotecas, la obra ofrece consejos humorísticos, situaciones y dilemas típicos, y ejemplos útiles que serán apreciados por cualquiera que haya trabajado en una biblioteca. Una sección adicional incluye un glosario de términos de la biblioteca, abreviaturas, asociaciones profesionales y otros recursos.

 

 

 

Cómo ordenar adecuadamente la biblioteca

 

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CAOS – Cómo ordenar adecuadamente la biblioteca

 

La biblioteca como colección también es garante de un orden, de la intervención del bibliotecario mediante los procesos técnicos de catalogación y clasificación que han configurado la práctica profesional a lo largo de la historia.

Cualquier ontología o clasificación conlleva un posicionamiento ideológico Clasificar y ordenar supone adscribir ideológicamente un concepto. En un sistema clasificatorio siempre existe un sustrato del valor que en un sistema de referencias otorgamos al concepto. Sistemas de clasificación como Dewey Decimal Classification o CDU tienen un posicionamiento occidentalista, etnocentrista y muy conservador, al igual que la clasificación utilizada en las bibliotecas soviéticas reflejaba los valores del marxismo.

Alberto Manguel se pregunta cómo ordenar este universo. La respuesta la mayoría de las veces es la más simple, es decir como sea más comprensible y accesible para las personas. Pero no siempre es así.

“Al entrar en una biblioteca, siempre me sorprende la forma en que ésta impone al lector, a través de su clasificación, una cierta visión del mundo.”

Manguel, Alberto. La Biblioteca De Noche. Madrid: Alianza Editorial, 2006.

 

En «Droles de bibliothéque …: le théme de la bibliothéque dans la literature et le cinéma» de Anne-Marie Chaintreau y Renée Lemaître destaca como la imagen social del bibliotecario viene marcada por los estereotipos de las bibliotecas polvorientas e inhóspitas del siglo XIX, en las que aparecen bibliotecarios raros y solitarios, algo neuróticos, y en cierta manera marginados de la sociedad. Aunque como ocurre casi siempre, es mucho más rica la descripción que han hecho los autores, casi siempre hombres- de las mujeres, las cuales son a menudo «diseñadas» como un rigor exquisito y profesional con una mezcla de distancia y seducción que les proporciona un encanto especial. El libro afirma que por lo general cuando se representa a un bibliotecario en la literatura o en el cine, se ensalzan más los defectos que las virtudes. Por lo general se trata de personas hostiles, que imponen sistemas de acceso complicados para ejercer su poder sobre los lectores.

En la obra de Eleanor Brown “Una casa llena de palabras”, la percepción de la bibliotecaria se nos presenta como entrañable, aunque también un tanto rigurosa. La señora Landrige también responde a otro canon muy común. El conocimiento de la biblioteca, hasta el punto que en la obra se le califica como “La campeona del sistema decimal de Dewey

 

“Con un golpe de cabeza indicó la zona de los libros que Bean acababa de recolocar. La señora Landrige se conocía la biblioteca de Barnwell con los ojos cerrados. Le podías preguntar cualquier cosa y ella escupía el número según la Clasificación Decimal de Dewey y señalaba con mano firme hacia el estante correspondiente. ¿Ritos de la pubertad? 390, al lado de los cubículos. ¿Las aventuras de Wilbur y Carlota? Literatura juvenil, junto al ventanal. ¿Fútbol? 796, a la izquierda de los surtidores de agua. Cuando éramos pequeñas, a veces intentábamos sorprenderla pensando en los temas más crípticos que pudiéramos, pero nunca ganábamos. La señora Landrige era la campeona del sistema decimal de Dewey”.

Brown, Eleanor. “Una casa llena de palabras”. Barcelona: Roca Editorial, 2012.

 

Los procesos técnicos también aparecen como la tarea central de la bibliotecaria de «Signatura 400” de Sophie Divry. Este libro alude precisamente al número 400, un número que se dejó sin contenido en la clasificación bibliográfica de Dewey, pero que anteriormente era el número dedicado a Literatura, quedando en la actualidad libre tanto en la Clasificación Decimal de Dewey como en la Clasificación Decimal Universal (CDU) para una posible aplicación futura de alguna ciencia nueva como informática. Este texto hace alusión a un tema que aún tiene mucho peso en muchos de los profesionales, los procesos técnicos, llevados al límite como la esencia de la profesión. La integridad de datos es importante, en mi humilde opinión no hay que olvidar que la catalogación no puede convertirse en un fin en sí mismo, ya que sólo es un medio para acceder a la información.

«Ni siquiera tiene nombre. Y es que nadie habla con ella, como no sea para pedir libros en préstamo. Su consuelo: las buenas lecturas y estar rodeada de seres incluso más tristes que ella. Se pasa los días ordenando, clasificando. No pensaba ser bibliotecaria, pero abandonó las oposiciones por un hombre. Ahora el amor le parece una pérdida de tiempo, un trastorno infantil en el mejor de los casos.»

Divry, Sophie. Signatura 400, Blackie Books, 2001

 

 

Uno de los episodios que mejor retrata este estereotipo es la novela Invisible de Paul Auster, no digo que este tipo de bibliotecario no exista, como las meigas “haberlos hailos”. En muchas de las bibliotecas estadounidenses se utiliza como personal auxiliar a voluntarios, o a personas de baja formación a las que se les exige simplemente que sepan alfabetizar y que conozcan las bases de la clasificación de Dewey para colocar los libros.

 

«Te hacen una prueba antes de contratarte. La bibliotecaria titular te entrega un montón de fichas, unas ochenta o cien, quizás, cada una con el título de un libro, el nombre del autor, el año de publicación, y un número del sistema de clasificación decimal de Dewey que indica el estante y lugar en donde debe colocarse. La bibliotecaria es una mujer ceñuda de unos sesenta años, una tal señorita Creer, y ya parece recelar de ti, decidida a no transigir un ápice. Como acaba de conocerte y no puede saber cómo eres, te imaginas que desconfía de toda la gente joven –por cuestión de principios– y por tanto lo que ve en ti cuando te mira no eres tú, sino un guerrillero más en la lucha contra la autoridad, un indómito rebelde que no tiene ningún derecho a irrumpir en el santuario de su biblioteca para pedir trabajo. Ésa es la época en que vives, en la que vivís los dos. Te da instrucciones para que ordenes las fichas, y notas cómo ansía que te equivoques, lo contenta que se pondría rechazando tu solicitud, y como tú quieres conseguir el trabajo con las mismas ganas que ella tiene de no dártelo, te aseguras de no fallar. Quince minutos después, le entregas las fichas. Se sienta y se pone a examinarlas, una por una, una detrás de otra, de la primera a la última, y cuando vas viendo cómo la escéptica expresión de su rostro se disuelve en una especie de confusión, comprendes que lo has hecho bien. El rostro glacial esboza una tenue sonrisa. Dice: Nadie llega a hacerlo a la perfección. Es la primera vez que lo veo en treinta años.»

Paul Auster “Invisible” Barcelona: Anagrama, 2010

 

A este respecto, y como profesional, a veces he escuchado sugerencias bien intencionadas, pero curiosas. En uno de mis primeros  trabajos como becario en una biblioteca me encontré la colección de revistas ordenada por el país donde fueron publicada; encontrar una revista en esta extraña biblioteca requería previamente saber el país de publicación, por lo que en mi categoría de recién allegado se me ocurrió sugerir la idea de ordenar la colección de revistas alfabéticamente como manda la práctica profesional, lo cual concitó que bajara a la biblioteca el director del departamento y expresará su enojo por, según su opinión, mancillar la memoria de un bien intencionado y celebérrimo investigador que había concebido aquel “orden”.

En otra ocasión un profesor me sugirió cambiar el orden de las estanterías, me decía que sería más adecuado ordenar la biblioteca de abajo hacia arriba; intentando razonar le comenté que ésta era la preferencia del siglo XIX, y que en algún tratado de la época se justificaba ese orden por el temor a que cayeran las estanterías por el peso. Pero que la lógica de colocación de la práctica profesional emulaba a como leemos una página; es decir de derecha a izquierda, y de arriba abajo. Entonces le pregunté el porqué de esta sugerencia, a lo que me contestó que era porque de esa manera los libros de su área de conocimiento estarían a su altura y no tendría que agacharse.

Esta tira de humor nos muestra la ordenación de la biblioteca. Concretamente la sección «Caos». Sin embargo muchos bibliotecarios siguen aún utilizando un sistema de clasificación aún más complejo que este, lleno de números que dan la vuelta al tejuelo de un lado a otro, cuando no con todo tipo de artificios, comillas, paréntesis… ese es el verdadero caos!! Los sistemas de clasificación sirven para ordenar la biblioteca, para agrupar los libros por categorías temáticas; no para individualizarla, ni para detallarla. Tengo conocimiento de una biblioteca que utiliza toda la artillería de la nueva CDU para literatura con todo tipo de elementos. Los auxiliares tienen una chuleta para poder buscar o colocar los libros. Auténticos profesionales del «Cuerpo de Dificultativvos de Bibliotecas«, cuya tarea es ser los dueños del secreto. Un auténtico CAOS.

 

Anecdotario bibliotecario

 

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Anecdotario bibliotecario es una sección de Universo Abierto donde recogemos anécdotas que sabemos o nos han contado en relación con la profesión, sin otro ánimo que entretener. Por supuesto que en la mayoría de los casos intentaremos mantener el anonimato. Si tienes una anécdota y quieres contárnosla lo puedes hacer en la sección de comentarios de este post. Luego la valoramos y la ponemos en el post.

 

Ella era digital

A principios de los años 80. Se celebró en España uno de los congresos de lo que era DOCUMAT, hoy en día Fesabid. Una bibliotecaria de esas que podrían aparentemente parecer más contrarias a los sistemas de automatización de bibliotecas afirmó en un debate su preferencia por lo digital. La señora en cuestión era una bibliotecaria de esas que tenemos catalogadas -nunca mejor dicho- en el imaginario profesional  como una bibliotecaria de antiguo cuño, con gafas de pasta, moño, falda gris a tablas y zapatos de monjita con calcetines. Los asistentes se quedaron mirando intrigados, y la persona en cuestión explico muy claramente su preferencia por lo digital; lo que ella quería decir era que prefería el catálogo de fichas al automatizado, ya que le gustaba buscar los libros utilizando los dígitos, en latín dedos.

 

 

Cuando Mariano Rajoy se quedó encerrado en la biblioteca de Pedro J.

El periodista se ha reunido con casi todos los presidentes del Gobierno, pero ha sido Mariano Rajoy con quien más choques ha tenido. Y no por ello el expresidente se escapa de una de sus anécdotas. «Yo he jugado a la petanca con Felipe González y unas cuantas veces al paddle con Aznar. He tenido una muy buena relación personal con Zapatero, probablemente el mejor ser humano que ha pasado por la Moncloa, el hombre a quien el poder menos ha cambiado», ha contado Ramírez. Pero fue con Mariano Rajoy con quien saltaron las chispas. «Nunca olvidaré el día en el que se quedó encerrado en la biblioteca de mi casa».»Se atrancó la puerta por fuera, y tuve la sensación de que él se sentía un poco incómodo en medio de tantos libros», ha continuado Pedro J. Ramírez, y ha añadido: «Él tenía un mandato espectacular, una mayoría absoluta que en diciembre de 2011 le dieron los españoles, con posibilidades de haber hecho lo que sea. Su inmovilismo y su pachorra política lo convirtieron en lo que yo describí como ‘estafermo'». Fuente

 

¿Tienes un libro con la cubierta roja que leí una vez?

Esta anécdota es uno de los clásicos más clásicos de las bibliotecas que probablemente hemos vivido todos los que trabajamos en bibliotecas. El personal de la biblioteca somos casi genios en la investigación a la hora de localizar un libro en concreto u otra información. La sensación de misterio en su trabajo surge cuando la gente se acerca a ellos con preguntas vagas y detalles irregulares, especialmente cuando están buscando libros, pero no recuerdan a los autores o títulos. Esto ocurre cuando la gente comienza a sufrir de la enfermedad de la nostalgia. Ante esta situación, los bibliotecarios a veces nos preguntamos si no sería mejor clasificar los libros por colores. Busquemos alguna solución. Podríamos recurrir al escuadrón de bibliotecarios que localizan libros medio olvidados. Hay una base de datos llamada “Bigbook search” donde puedes buscar por autor o palabra clave y ver las cubiertas, pero no siempre es útil, ya que los diseños de las cubiertas cambian con el tiempo y las ediciones también. Aqui también puedes encontrarlo Lo primero que preguntaremos al lector si es un libro de ficción o un ensayo.  La ficción se cataloga por autor y título, no por tema o línea argumental, lo que dificulta la identificación de los libros sólo por su argumento. Luego pedir que nos de todo lo que pueda recordar sobre el libro, la trama, los nombres de los personajes, el período de tiempo en el que el libro pudo haber sido publicado, el género, etc. Todos estos detalles son claves para identificar el título y el autor del libro. A veces se encuentra!!

 

Encuentran una sorprendente dedicatoria amorosa en un libro donado en una biblioteca de A Coruña

El mensaje podría ser un poema en sí mismo. De su autora o autor solo sabemos el seudónimo con el que lo firmó: Perra Vida. La elegía fue descubierta por una de las trabajadoras de la Biblioteca Municipal Sagrada Familia. Fuente

El mensaje encontrado en el  libro La extracción de la piedra de locura. Otros poemas, de la argentina Alejandra Pizarnik donado a la Biblioteca Municipal Sagrada Familia era:

«Regalo de mi único amor, que ni siquiera se acordó de dedicármelo (ni yo de pedírselo)».

 

Se haya un preservativo en el interior de un libro de Medicina del siglo XVI

La Biblioteca General Histórica de la Universidad de Salamanca muestra en una de sus vitrinas un preservativo hallado en el interior de un libro de Medicina del siglo XVI. Se trata de un condón elaborado con tripa natural de cerdo, que lleva en su extremo una cinta de color azul que servía para ajustarlo al miembro viril. El anticonceptivo fue hallado en el proceso de revisión y nueva catalogación de una parte de los fondos históricos de esta biblioteca, considerada como una de las mejores de Europa por la cantidad y la calidad de los textos que alberga. Fuente: Lo que esconden los libros.

 

“No era 1837, era 1980″ Acceso de las mujeres a la Biblioteca Nacional de España

Hace una año escribí en Universo Abierto un post sobre un anuncio de la IFLA hablando de como las bibliotecas protegen los derechos de las mujeres, y me encontré esta respuesta de una mujer que firma cómo Ica, en la que habla de los problemas que tuvo a principios de los ochenta para acceder a la sala de investigadores de la Biblioteca Nacional, y que quisiera compartir con todos vosotros. La fecha 1837, que Ica menciona se refiere a otro post titulado “Las mujeres tuvieron prohibido la entrada en la Biblioteca Nacional de España hasta 1837“, pero a ella esto le sucedió a principios de 1980.

Mentir sobre libros que no se han leído

Siempre se sospecha que la gente miente sobre los libros que dicen haber leído, y gracias a una encuesta reciente ya se sabe cómo y por qué. Hasta un 62% de los británicos dicen que en alguna ocasión han mentido sobre una lectura que no han hecho para parecer más inteligentes. En muchos casos las personas utilizan información de la Wikipedia, o el argumento de una película o serie de televisión para justificar que han leído un libro que realmente nunca leyeron. Ver Bayard, Pierre “Cómo hablar de los libros que no se han leído”

 

El 20% de los bibliotecarios ha practicado sexo en la biblioteca

Este dato, entre otros, los dio Will Manley, un bibliotecario retirado, tras una encuesta que hizo en el año 1992 y que ha salido a la luz ahora gracias a su blog. Wilson envió la encuesta a  5.000 bibliotecarios respondieron, pero la responsable del Boletín de la biblioteca no quiso dar a conocer el curioso estudio. Estos son algunos de los curiosos resultados.

 

 

Una biblioteca no es una colección de libros, sino una reunión de personas

 

 

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«Una biblioteca no es una colección de libros, sino una reunión de personas. Lo que hace a la biblioteca es la comunidad, lo importante es la gente que se relaciona y que se cuenta historias. Y las historias están en los libros. Pero es fundamental que el bibliotecario sea una persona muy comunicativa, sociable, que tenga una visión amplia del mundo y ponga en relación a esas personas. Algo muy lejano a la vieja imagen del bibliotecario encerrado entre sus fichas. Los libros son importantes en una biblioteca, pero lo más importante son las personas que van a visitarla….

… Deben hablar con la comunidad local. La biblioteca es el lugar público más visitado en cualquier comunidad, es una fuerza muy importante, que hay que potenciar. En las antiguas bibliotecas se acumulaba el conocimiento, ahora hay que hacer que ese conocimiento sea compartido. Es ridículo que en una biblioteca se pida silencio, o se impida tomar un café mientras se lee un libro. Hay que fomentar que la gente hable, se cuente cosas y se realicen actividades. Puede haber un espacio para leer en silencio, pero la  biblioteca en sí tiene que fomentar la comunicación.»

 

Van Nispen, Eppo (2010). “Bibliotecas del futuro”, El Diario Vasco, abril 14

 

La biblioteca concebida como un espacio social

 

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Ghiso, Alfredo (2003). “Otras lecturas sobre lectores y bibliotecas”. En
Capítulo Aparte, Revista de la Campaña Nacional Eugenio Espejo por el
Libro y la Lectura, 332-340. Quito.

 

La biblioteca pocas veces es concebida como un espacio social, en el que se configuran y cobran sentido determinadas interacciones sociales. Reconocer así la biblioteca es plantear desde una perspectiva contextuada, sistémica y crítica las características del ámbito o ambiente en el que se configuran y desfiguran objetos o bienes culturales (libros, documentos, etc.) prácticas sociales (leer) y sujetos sociales (lectores). Es de notar, que la tendencia institucionalizadora, que concibe la biblioteca como un “local” o “establecimiento” busca invisibilizar toda aquella particularidad que identifica un espacio social, anulando las diferencias y buscando homogeneidad en el manejo de los bienes culturales y de los servicios que se prestan con ellos. Es por ello, que muchas bibliotecas son el lugar donde mueren los lectores y surgen los “usuarios”, o sea de aquellos que hacen uso de una manera estándar de ese local y de sus servicios.

El eje de la labor de las bibliotecas es el de impulsar básicamente un proceso de democracia cultural y, como todo proceso de este tipo es educativo, por naturaleza e intención al pretender fundamentalmente, que las personas se interroguen y avancen en la compresión de las claves desde las que construye la realidad social, dándole sentido al encuentro y al acto comunicativo caracterizado por preguntas y respuestas, que perfilan argumentos comprensivos, explicativos que permiten proponer acciones capaces de transformar situaciones sociales. Es así como la biblioteca, como espacio social, está fundado, recorrido y significado por dos discursos: el institucional y el de las prácticas sociales. Desde el discurso institucional, la biblioteca se rige por una única normatividad. En ella  los imaginarios culturales son adultos, clasistas y culturalistas; por ello, las actividades e interacciones que se programan buscan homogenizar la oferta y la demanda invisibilizando las diferencias identitarias, generacionales y de género; negando la diversidad de referentes culturales, de deseos y afectos. La biblioteca desde este discurso es convocadora y evocadora de homogeneidad, orden y estereotipos. El otro discurso corresponde a las prácticas sociales instituyentes, caracterizadas por la vivencia, la intensidad de las interacciones y apropiaciones culturales, las desagregaciones, las divergencias y la desestructuración de referentes fundamentalistas. Este discurso evoca y convoca a la vida, a los gustos y experiencias, a las creencias, saberes y conocimientos. Desde este discurso se generan dinámicas fundadas en la diversidad, en la flexibilidad, en el reconocimiento de lo incierto, en la búsqueda de la pertinencia y la coherencia.

 

 

 

 

Dependemos de la cultura para sobrevivir

 

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Desde la Antigüedad –pero nunca con tanta importancia como hoy– los seres humanos dependemos de la cultura para sobrevivir. En efecto, la cultura significa entender y aprehender nuestro entorno, aumentar el volumen de nuestra información, “acercar el mundo a nuestra mente”, dar sentido y validez a las acciones, poner en duda ideas previas, inquirir lo nuevo. En síntesis, la cultura nos conduce a “ser más”, reinventarnos, agrandar nuestro mundo de comprensión y referencia y, en tal virtud, modificarnos de manera constante. La cultura nos identifica, nos construye como seres valiosos, nos proyecta, nos dignifica

 

Reascos, Nelson “La cultura, las culturas y la identidad”. En GLOBALIZACIÓN CULTURA IDENTIDAD Quito: Ediciones CCE , 2017