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Los préstamos en bibliotecas de Reino Unido han bajado un 43% en 10 años

 

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Las últimas cifras del Chartered Institute of Public Finance & Accountancy (CIPFA) muestran que los préstamos de las bibliotecas han bajado un 43% en la última década en Inglaterra, con bibliotecas todavía en «un estado precario», ya que los repetidos planes para cambiar el servicio han fracasado.

 

El número de sucursales de bibliotecas públicas y de personal remunerado en Gran Bretaña sigue disminuyendo, a medida que los ayuntamientos reducen sus gastos en el servicio, según ha revelado la encuesta anual de CIPFA sobre bibliotecas.

Analizando las cifras completas de CIPFA los préstamos de libros impresos en las bibliotecas inglesas ascendieron a 150 millones en el último año, lo que se suma a una caída total del 43% en la última década y del 59% desde el cambio de milenio. También había 371 bibliotecas administradas por voluntarios en 2018/19, en comparación con las 272 del año anterior.

Las cifras publicadas a principios de este mes muestran que 35 bibliotecas cerraron en 2018/19, mientras que el 17,7% de las bibliotecas (alrededor de 800 en total) habían cerrado en la última década. El gasto en bibliotecas aumentó un 0,4% interanual, pero hubo siete millones de visitas menos y una caída del 4,4% en los libros adquiridos.

Analizando las cifras completas, que CIPFA no pone a disposición gratuitamente, junto con los resultados anteriores, los préstamos de libros impresos en las bibliotecas inglesas ascendieron a 150 millones en el último año, lo que se suma a una caída total del 43% en la última década y del 59% desde el cambio de milenio. También había 371 bibliotecas administradas por voluntarios en 2018/19, en comparación con las 272 del año anterior.

El gasto de las autoridades locales en bibliotecas públicas se redujo en 30 millones de libras esterlinas, con la pérdida de 712 empleados a tiempo completo (ETC), así como una pérdida neta de 127 puntos de servicio en 2017/18. Esto sigue una tendencia que ha visto caer el número de bibliotecas públicas y de personal remunerado cada año desde 2010, con una reducción del gasto del 12% en Gran Bretaña en los últimos cuatro años. La encuesta de CIPFA mostró que 51.394 voluntarios dedicaron 1.780.843 horas en 2017/18.

Mientras que el número de visitantes continuó disminuyendo con una caída de 10 millones de visitantes a 233 millones, sin embargo, las tres bibliotecas principales reciben más de un millón de visitantes al año.

En 2017/18 se prestaron 182.895.334 libros a 7.991.752 prestatarios activos en Gran Bretaña.

 

 

Un general en la biblioteca

 

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«Un general en la biblioteca«, de Italo Calvino, , de su libro «la dulce bonanza de las Antillas», traducido por Aurora Bermúdez, editado por Tusquets, en Barcelona, en el año 1993

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En Panduria, nación ilustre, una sospecha se insinuó un día en la mente de los altos oficiales: la de que los libros contenían opiniones contrarias al prestigio militar. En realidad, de procesos y encuestas se desprendía que esta costumbre ya tan difundida de considerar a los generales como gente que también puede equivocarse y aun provocar desastres, y las guerras como algo a veces diferentes de las radiantes cabalgatas hacia destinos gloriosos, era compartida por gran cantidad de libros modernos y antiguos, pandurios y extranjeros.

El Estado Mayor de Panduria se reunió para hacer un balance de la situación. Pero no sabían por dónde empezar, porque en materia de bibliografía ninguno de ellos, era ducho. Se nombró una comisión investigadora, mando del general Fedina, oficial severo y escrupuloso. La comisión examinaría todos los libros de la biblioteca más grande de Panduria.

Estaba esta biblioteca en un antiguo palacio lleno de esclareas y columnas, desconchado y decrépito por aquí y por allá. Sus frías salas estaban atestadas de libros, repletas, en parte impracticables, sólo los ratones podían explorarlas en todos sus rincones. El presupuesto del Estado pandurio, sobrecargado con ingentes gastos militares, no podía proporcionar ninguna ayuda.

Los militares tomaron posesión de la biblioteca una mañana lluviosa de noviembre. El general se apeó de su caballo, retacón, sacando pecho, con su gruesa nuca afeitada, las cejas fruncidas sobre pinche-nez, de un automóvil bajaron cuatro tenientes larguiruchos, el mentón alto y los parpados bajos, cada uno con su portafolio en la mano. Después venía una cuadrilla de soldados que acamparon en el antiguo patio con mulos, balas de heno, tiendas, cocinas, radios de campaña y estandartes.

Se pusieron centinelas en las puertas y un cartel que prohibía la entrada, “debido a loas grandes maniobras y mientras duraran las mismas”. Era un expediente para que la investigación se pudiera realizar en el mayor secreto. Los estudiosos que solían llegar a la biblioteca todas las mañana, con los abrigos puestos, bufandas y pasamontañas para no congelarse, tuvieron que volverse atrás. Perplejos, se preguntaban:

– ¿Cómo? ¿Grandes maniobras en una biblioteca? ¿No irán a desordenarla? ¿Y la caballería? ¡Y harán también ejercicios de tiro!

Del personal de la biblioteca sólo quedó un viejecito, el señor Crispino, reclutado para que explicase a los oficiales la localización d los volúmenes. Era un tipo bajito, con el cráneo calvo como un huevo y ojos como cabeza de alfiler detrás de las gafas con patillas.

El general Fedina se preocupó ante todo de la organización logística, porque las órdenes eran que l comisión no saliera de la biblioteca antes de haber llevado a su término la investigación; era un trabajo que requería concentración y no debía distraerse. Se procuraron suministros de víveres, alguna estufa del cuartel, una provisión de leña, a la que se añadió alguna colección de viejas revistas consideradas poco interesantes. Nunca había hecho tanto calor en la biblioteca en aquella estación. En lugares seguros, rodeados de trampas para los ratones, se colocaron los catres donde el general y sus oficiales dormirían.

Después se procedió a la adjudicación de las tareas. Se asignó a cada uno de los tenientes determinada rama del saber, determinados siglos de historia. El general controlaría la clasificación de los volúmenes y los sellos diferentes aplicados según el libro fuera declarado legible para los oficiales, los suboficiales, la tropa, o bien denunciado al Tribunal Militar.

Y la comisión comenzó su servicio. Todas las noches la radio de campaña transmitía el informe del general Fedina al comando supremo. “Examinados, tantos volúmenes. Considerados sospechosos, tantos”. Rara vez aquellas frías cifras iban acompañadas de alguna comunicación extraordinaria: la petición de un par de gafas de présbita para un teniente que había roto las suyas, la noticia de que un mulo se había comido un raro códice de Cicerón que había quedado sin custodia.

Pero iban madurando acontecimientos de mucha mayor importancia, de los que la radio de campaña no transmitía noticias. La selva de libros, antes que ralear, parecía cada vez más enmarañada e insidiosa. Los oficiales se habrían perdido si no hubiese sido por la ayuda del señor Crispino. Por ejemplo, el teniente Abrogati se ponía de pie como por un resorte y arrojaba sobre la mesa el volumen que estaba leyendo:

– ¡Pero es inaudito! ¡Un libro sobre las guerras púnicas que habla bien de los cartagineses y crítica los romanos! ¡Hay que hacer enseguida la denuncia!

(Es preciso decir que los pandurios, con razón o sin ella, se consideraban descendientes de los romanos) Con paso silencioso en sus pantuflas afelpadas, se le acercaba el viejo bibliotecario.

-Y eso no es nada – decía-. Lea aquí, siempre sobre los romanos, lo que se escribe, podrá dejar constancia en el informe también de eso. Y esto, y eso – y le sometía una pila de volúmenes.

Un teniente empezaba a hojear los volúmenes, nerviosos, después, más interesado, leía, tomaba notas. Y se rascaba la cabeza, farfullando:

– ¡Demonios! ¡Pero cuántas cosas se aprenden! ¡Quién lo hubiera dicho!

El señor Crispino se desplazaba hacia el teniente Lucchetti que cerraba untoso con furia, diciendo:

-¡Muy bonito! ¡Aquí tienen el coraje de expresar dudas sobre la pureza de los ideales de las Cruzadas! ¡Sí señor, de las cruzadas!

Y el señor Crispino, sonriendo:

-Ah, mire que, si tiene que hacer un informe sobre ese tema, puedo sugerirle algún otro libro donde encontrará más detalles- y le bajaba medio anaquel.

El teniente Lucchetti arremetía y durante una semana se lo oía hojear y murmurar:

-¡Pero hay que ver, estas Cruzadas, qué historia!

En el comunicado vespertino de la comisión, la cantidad de libros examinados era cada vez mayor, pero ya no se transmitía ningún dato sobre los veredictos positivos o negativos. Los sellos del general Fedina quedaban sin usar. Si, tratando de controlar el trabajo de los tenientes, preguntaba a uno de ellos: “¿Pero cómo has dejado pasar esta novela? ¡La tropa queda mejor parada que los oficiales! ¡Es un autor que no respeta el orden jerárquico!”, el teniente le contestaba citando otros autores, enredándose en razonamientos históricos, filosóficos y económicos. Se producían discusiones generales que duraban horas y horas. El señor Crispino, silencioso en sus pantuflas, casi invisible con su guardapolvo gris, intervenía siempre en el momento justo, con un libro que a su entender contenía detalles interesantes sobre el tema en cuestión y que siempre producía el efecto de poner en crisis las convicciones del general Fedina.

Entre tantos los soldados poco tenían que hacer y se aburrían. Uno de ellos, Barabasso, el más instruido, pidió a los oficiales un libro para leer. Quisieron darle sin más uno de los pocos que ya había sido declarados legibles para la tropa; pero pensando en los miles de volúmenes que aún quedaban por examinar, al general no le pareció bien que las horas de lectura del soldado Barabasso fueran horas perdidas para los fines del servicio, y le dio un libro que estaba por examinar, una novela que parecía fácil, aconsejada por el señor Crispino. Una vez leído Barabasso debía informar al general.

Otros soldados también pidieron y consiguieron lo mismo. El soldado Tommasone leía en voz alta a un camarada analfabeto, y éste daba su parecer. En las discusiones generales empezaron a participar también los soldados.

Sobre la consecución de los trabajos de la comisión no se conocen muchos detalles: lo que sucedió en la biblioteca durante las largas semanas invernales no fue objeto de informe. El hecho es que el Estado Mayor de Panduria llegaban cada vez menos informes radiofónicos del general Fedina, hasta que llegó el momento en que dejaron de llegar por completo. El comando supremo empezó a alarmarse; transmitió la orden de concluir la investigación cuanto antes y de presentar una relación exhaustiva.

La orden llegó a la biblioteca cuando en el alma de Fedina y de sus hombres luchaban sentimientos encontrados: por un lado descubrían a cada momento nuevas curiosidades que satisfacer, iban tomando gusto a aquellas lecturas y aquellos estudios como jamás lo hubieran imaginado, por otro lado no veían la hora de volver con las gentes, de retomar contacto con la vida que les parecía ahora mucho más compleja, casi renovada ante sus ojos, y por otro más, al acercarse el día en que deberían abandonar la biblioteca, se sentían llenos de aprensión, porque debían rendir cuentas de su misión, y con todas las ideas que les brotaban en la cabeza ya no sabían cómo salir del atolladero.

Por la noche miraban desde los vitrales los primeros brotes en las ramas iluminadas por el crepúsculo, y las luces de la ciudad que se encendían, mientras uno de ellos leía en voz alta los versos de un poeta. Fedina no estaba con ellos: había dado orden de que lo dejaran solo en su mesa, porque debía redactar la relación final. Pero de vez en cuando se oía sonar la campanilla y la voz que llamaba: ¡Crispino! ¡Crispino!. No podía seguir adelante sin la ayuda del viejo bibliotecario, y terminaron por sentarse a la misma mesa y redactar juntos la relación.

Por fin una buena mañana la comisión salió de la biblioteca y fue a informar al comando supremo, y Fedina ilustró los resultados de la investigación delante del Estado Mayor reunido. Su discurso fue una especie de compendio de la historia de la humanidad, desde los orígenes hasta nuestros días, en la que todas las ideas más indiscutibles para los bien pensantes de Panduria eran criticadas, las clases dirigentes denunciadas como responsables de las desventuras de la patria, el pueblo exaltado como víctima heroica de guerras y políticas equivocadas. Fue una exposición un poco confusa, con afirmaciones a menudo simplistas y contradictorias, como ocurre a quien ha abrazado hace poco nuevas ideas. Pero sobre el significado general no cabían dudas. La asamblea de los generales de Panduria palideció, desencajó los ojos, recuperó la voz, gritó. El general no pudo terminar siquiera. Se habló de degradación, de proceso. Después, por temor a escándalos más graves, el general y los cuatro tenientes fueron declarados en retiro por motivos de salud, debido a un grave agotamiento nervioso contraído durante el servicio. Vestidos de paisanos, se los veía entrar a menudo, con sus abrigos y arropados para no congelarse, en la vieja biblioteca donde los esperaba el señor Crispino con sus libros.

De biblioteca de Umberto Eco

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Umberto Eco

De Biblioteca

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Este texto de 1981, leído para celebrar los 25 años de la biblioteca pública del Palazzo Sormani de Milán, es a la vez un canto a la libertad de la mente inquisitiva, un irónico lamento por algunos inveterados vicios de las antiguas bibliotecas y bibliotecarios, y un toque de advertencia, por los posibles excesos de la tecnología.

El 1º de noviembre, con motivo de la reapertura de la milenaria Biblioteca, la ciudad egipcia de Alejandría tuvo como anfitrión a Umberto Eco, que ofreció una conferencia sobre los cambios que pueden aportar las tecnologías digitales a los libros tradicionales. Dicha conferencia fue publicada en el semanario Al-Ahram.

POR UMBERTO ECO

Tenemos tres tipos de memoria. La primera es orgánica: es la memoria de carne y sangre que administra nuestro cerebro. La segunda es mineral, y la humanidad la conoció bajo dos formas: hace miles de años era la memoria encarnada en las tabletas de arcilla y los obeliscos -algo muy habitual en Egipto-, en los que se tallaban toda clase de escritos; sin embargo, este segundo tipo corresponde también a la memoria electrónica de las computadoras de hoy, que están hechas de silicio. Y hemos conocido otro tipo de memoria, la memoria vegetal, representada por los primeros papiros -también muy habituales en Egipto-  y, después, por los libros, que se hacen con papel. Permítanme soslayar el hecho de que, en cierto momento, el pergamino de los primeros códices fuera de origen orgánico, y que el primer papel estuviera hecho de tela y no de celulosa. Para simplificar, permítanme designar al libro como memoria vegetal.

En el pasado, éste fue un lugar dedicado a la conservación de los libros, como lo será también en el futuro; es y será, pues, un templo de la memoria vegetal. Durante siglos, las bibliotecas fueron la manera más importante de guardar nuestra sabiduría colectiva. Fueron y siguen siendo una especie de cerebro universal donde podemos recuperar lo que hemos olvidado y lo que todavía no conocemos. Si me permiten la metáfora, una biblioteca es la mejor imitación posible de una mente divina, en la que todo el universo se ve y se comprende al mismo tiempo. Una persona capaz de almacenar en su mente la información proporcionada por una gran biblioteca emularía, en cierta forma, a la mente de Dios. Es decir, inventamos bibliotecas porque sabemos que carecemos de poderes divinos, pero hacemos todo lo posible por imitarlos.

Los podcast de Planeta Biblioteca más escuchados en 2019 más de 110.000 escuchas

 

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El número de bibliotecas en España descendió un 2,7% entre 2016 y 2018 aunque aumentan los visitantes a las bibliotecas

 

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Estadística de Bibliotecas de 2018. Madrid:  Instituto Nacional de Estadística (INE), 2019.

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Según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), el número de bibliotecas de España descendió un 2,7 por ciento entre 2016 y 2018 hasta alcanzar un total de 6.458, mientras que el número de usuarios inscritos se situó en 21,83 millones de personas, lo que supone una caída del dos por ciento en dos años, según muestra la Estadística de Bibliotecas de 2018 que publica el Instituto Nacional de Estadística (INE). Sin embargo el número de visitantes a las bibliotecas ha aumentado ligeramente desde 2016, aunque la tendencia desde 2012 es descendente.

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El 86,5 por ciento de las bibliotecas eran de titularidad pública. El número de bibliotecas públicas disminuyó un 0,8 por ciento respecto a 2016, mientras que las dependientes de la Administración Local bajaron un 0,5 por ciento y las de la Administración General del Estado un 3,4 por ciento. Por el contrario, las de la Administración Autonómica se redujeron un 7,0 por ciento.

Los usuarios de bibliotecas llevaron en préstamo 77,76 millones de documentos en 2018, un diez por ciento más que en 2016. De media, se prestaron 1,7 documentos por habitante y el libro fue el documento más solicitado (57,7%), aunque su demanda disminuyó un 5,3 por ciento. Por detrás del libro se sitúan los documentos en formato electrónico (17,7%) y los audiovisuales (10,6%).

Los fondos de libros electrónicos alcanzaron los 19,56 millones en 2018, lo que supone un aumento del 21,3 por ciento respecto a 2016, y acaparan el 6,7 por ciento del total de fondos, un punto más que en 2016. La siguiente gráfica representa cómo ha aumentado el número de préstamos de libros electrónicos.

Datos actualizados el 10 de diciembre de 2019

 

Realidad virtual: la próxima gran cosa a considerar en las bibliotecas

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Kirsch, B. (2019). Virtual Reality. Information Technology and Libraries38(4), 4-5. https://doi.org/10.6017/ital.v38i4.11847

 

Durante la Conferencia Anual EDUCAUSE 2019, una gran proporción de los programas fueron sobre realidad virtual. Este artículo analiza cómo la realidad virtual podría usarse en bibliotecas y cómo algunas instituciones están creando contenido de realidad virtual.

State Library Victoria demuestra que las bibliotecas no son sólo libros

 

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Backhouse, Sarah ; Newton, Clare. State Library Victoria proves libraries aren’t just about books: they’re about community 8 diciembre 2019 19:49 CET

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Las bibliotecas públicas encarnan los valores de la democracia al ofrecer libre acceso al conocimiento. Pero el papel de las bibliotecas públicas contemporáneas va mucho más allá del acceso a los libros. Las bibliotecas públicas, escolares y universitarias han evolucionado para integrar una comprensión más amplia del aprendizaje a lo largo de toda la vida, incluyendo más de lo que se puede aprender de los libros. Las bibliotecas reúnen a la gente.

 

Las bibliotecas son lugares de aprendizaje y descubrimiento, foros de debate, galerías de exposiciones y eventos, y espacios de trabajo y placer. Como centros culturales y centros comunitarios, las bibliotecas reúnen a la gente.

Con el auge de la información digital a principios de este siglo, se predijo la muerte de la biblioteca. Sin embargo, lejos de provocar la desaparición de las bibliotecas, la revolución digital ha dado lugar a la reinvención y revitalización de las bibliotecas.

El personal de las bibliotecas es experto en sistemas de conocimiento y experto en aprovechar las posibilidades que ofrecen estos cambios. Esta capacidad de innovación garantiza que las bibliotecas públicas sigan siendo relevantes y vitales.

Esta innovación es evidente en toda la Biblioteca Estatal de Melbourne, Victoria, que reabrió sus puertas esta semana para revelar la fase final de su transformación de Visión 2020. La transformación de la biblioteca más antigua y nueva de Australia es cultural, social, económica y arquitectónica.

La Biblioteca Estatal Victoria ya ocupa un lugar destacado en el tejido cultural y urbano de Melbourne. Ahora está listo para el futuro.

Menos es más

La buena arquitectura cívica encarna las necesidades de la comunidad a la que sirve, amplificando y adaptándose a las actividades y experiencias vividas en ella.

La primera biblioteca pública gratuita de Australia cuando se inauguró en 1856, State Library Victoria ofrecía a todo el mundo acceso al conocimiento para su propio progreso.

Hoy en día, las salas de lectura del patrimonio revitalizado siguen siendo símbolos majestuosos con su gran techo alto y espacios voluminosos con luz natural. Es posible que la gente quiera quedarse en estos espacios tradicionales y volver.

Esta importante remodelación fue confiada al estudio de diseño australiano Architectus en asociación con la firma danesa Schmidt Hammer Lassen Architects. Su trabajo demuestra una gran moderación y respeto por el edificio original, junto con la creación de nuevos espacios, conexiones y oportunidades relevantes para las bibliotecas de ahora y del futuro con un enfoque reflexivo de menos es más.

Los detalles de diseño yuxtaponen hábilmente lo viejo y lo nuevo. Una nueva piedra cubre las históricas y resbaladizas escaleras de mármol que suben desde el vestíbulo de la calle Swanston, con las huellas originales visibles en cada borde. Se conservan murales admirados durante mucho tiempo por encima de las escaleras.

Entrando por Swanston Street, The Quad es el centro de atención contemporáneo, más allá del vestíbulo de la biblioteca. Ofrece una zona de bienvenida que invita a personas de todas las edades, intereses y orígenes a disfrutar de la maravilla del aprendizaje. Esta invitación puede ser simple: un lugar para cargar tu teléfono, para hablar con tus amigos, para escapar del tiempo. Actividades simples que te hacen detenerte y hacer una pausa, pero si quieres aventurarte más y averiguar más. Ideas Quarter ofrece un espacio de trabajo compartido para los empresarios en ciernes. Conversation Quarter es un destino rico en tecnología para compartir, conectar y transmitir ideas. Create Quarter incluye estudios de grabación, mezcla y edición. Children’s Quarter es un espacio lúdico de varios niveles para la exploración familiar con áreas y programas específicos para cada edad.

En esta secuencia de espacios, el conocimiento está en todas partes, pero los libros son pocos. El Quad no es la experiencia bibliotecaria silenciosa o llena de libros que podríamos esperar. Aunque esos espacios más tranquilos siguen estando ahí, sin ser perturbados por toda esta nueva actividad gracias a un cuidadoso diseño acústico: un equilibrio entre lo tradicional y lo nuevo.

En la hermosa Sala de la Reina de Ian Potter, el visitante puede ver pinturas decorativas de estilo griego clásico, descubiertas bajo capas de pintura durante la restauración.

Las bibliotecas son para la gente

En una era cada vez más digital, ¿qué pueden ofrecer las bibliotecas públicas que nuestros teléfonos inteligentes y ordenadores no puedan ofrecer? Ofrecen sentido de pertenencia, una comunidad.

Muchas personas informaron para el diseño del proyecto Visión 2020: grupos comunitarios, usuarios de bibliotecas, residentes locales, empresas, estudiantes de escuelas, padres. Estas voces inspiraron la diversidad enriquecida de servicios y experiencias. La Junta de la Biblioteca, el gobierno estatal, los benefactores y la recaudación de fondos comunitarios hicieron posible la visión. El proceso fue la democracia en acción.

Estas instituciones contribuyen al capital social fomentando nuevas relaciones, sosteniendo y promoviendo comunidades informadas y ofreciendo equidad para cerrar la brecha digital. Los nuevos espacios de las bibliotecas pueden elevar la experiencia humana, y demostrar que las bibliotecas públicas tienen un futuro emocionante.

 

Los bibliotecarios utilizan un enfoque de hackatón en los sprints de investigación

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Ready, Set, Research!: Librarians use hackathon-like approach with research sprints. Amercian Libraries. By Timothy Inklebarger | December 3, 2019

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Una hackathon o hackatón, es un término usado en las comunidades hacker para referirse a un encuentro de programadores cuyo objetivo es el desarrollo colaborativo de software, aunque en ocasiones puede haber también un componente de hardware. Estos eventos pueden durar entre dos días y una semana. El objetivo es doble: por un lado hacer aportes al proyecto de software libre que se desee y, por otro, aprender sin prisas. El término integra los conceptos de maratón y hacker, aludiendo a una experiencia colectiva que persigue la meta común de desarrollar aplicaciones de forma colaborativa en un lapso corto. Se cree que el término fue creado en 1999 de forma independiente por los desarrolladores del OpenBSD y el equipo de marketing de Sun Microsystems.

 

Los sprints o carreras de investigación adoptan el mismo enfoque, pero con bibliotecarios que conectan a los estudiantes y al profesorado con expertos en sus diversos campos que pueden, en cortos períodos de tiempo, resolver problemas de investigación que de otro modo podrían llevar meses o años.

Diana Perpich, especialista en tecnología académica de la Universidad de Michigan (U-M), dice que su biblioteca comenzó a organizar carreras académicas en el verano de 2018 y que ha abordado una amplia variedad de temas de investigación, incluyendo la exploración del impacto de la tecnología de reconocimiento facial en las comunidades de color, el desarrollo de un sistema de gestión de datos para la información sobre el agua potable pública y la creación de una guía para que los académicos protejan su anonimato a la vez que investigan en la red oscura.

Los proyectos a menudo requieren datos de una amplia gama de fuentes, y encontrar la colección correcta puede ser clave para hacer avanzar en la investigación. Caitlin Pollock, especialista en investigación digital de la Biblioteca de la Universidad de Michigan, dice que es común que los estudiantes no sepan a dónde acudir para encontrar la experiencia o guía correcta. En este sentido los bibliotecarios pueden ser fundamentales ya que ayudan a resolver más rápidamente los obstáculos que deben superar para que la investigación avance más rápidamente.

El papel de la biblioteca es fundamental para anunciar y difundir el programa para fomentar una mayor participación. La biblioteca también trabaja para determinar si los proyectos en los que los bibliotecarios e investigadores podrían ayudar también contribuirán a su desarrollo profesional.

 

Tchonté Silué: una joven marfileña organiza una biblioteca en su comunidad

 

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Tchonté Silue leyendo a los niños de su comunidad

 

En Costa de Marfil, Tchonté Silué, de 25 años de edad, ha abierto una biblioteca en un barrio popular de Abidján para que los niños desfavorecidos puedan leer…. y mucho más, Tchonté siempre intenta imaginar diversas actividades: lectura, clases de informática, talleres de dibujo, manualidades, salidas al jardín botánico, cine… En 2017, la joven marfileña sólo tenía 23 años cuando creó una biblioteca, llamada Centre Eulis (su apellido al revés) en Yopougon, una comuna desfavorecida de Abidján donde creció. Su objetivo es crear muchos más centros como este en su país y en el resto de África. 

 

 

Hace unos días en un Encuentro celebrado en Casa Áfríca en las Palmas de Gran Canaría, tuve el placer de conocer a Tchonté Silue, una joven marfileña de 25 años apasionada por la lectura, la escritura, los viajes y la educación. Una defensora de la juventud de Unicef de Costa de Marfil y fundadora del Centro Eulis en Yopougon. En 2017, fue reconocida como la mejor bloguera de Costa de Marfil en los Premios E-voir por su blog “Les Chroniques de Tchonte” y en 2018 recibió el Premio Impacto Social en los Premios Adicom por su trabajo en Centre Eulis. El Centre Eulis es un centro educativo que ayuda a los jóvenes marfileños a descubrir el mundo a través de libros, que organiza talleres y excursiones. Tchonte escribe  principalmente en blogs sobre los libros que lee y su apuesta para mejorar la educación en Costa de Marfil a través de Centre Eulis. Tiene una Maestría en Emprendimiento Social de Hult International Business School y una Licenciatura en Finanzas de Georgia State University.

Mientras trabajaba en su maestría, desarrolló interés en la educación. Sus clases eran interactivas, donde los estudiantes trabajaban en proyectos de equipo para proponer soluciones a problemas de su comunidad. Empezó a soñar con un sistema de educación inclusivo e interactivo en Costa de Marfil que crearía generaciones de solucionadores de problemas en lugar de buscadores de empleo. Cuando empezó a trabajar enseñando en su antigua universidad y cobrar algo de dinero creo el Centro Eulis, un espacio educativo destinado a ayudar a los niños a descubrir el mundo a través de libros, excursiones y talleres educativos. El centro se abrió al público en abril de 2017 y actualmente ofrece aproximadamente 1.500 libros.

La biblioteca, que se encuentra en un estudio de diez metros cuadrados, alberga tanto la colección «Barbie» como libros infantiles de autores africanos, o libros extranjeros que permiten a los niños «descubrir otras culturas». El dinosaurio del Kilimanjaro o «El oro azul de los tuaregs» de Donald Grant son muy populares entre los niños. Algunas estanterías están dedicadas a las novelas para adultos, desde Albert Camus hasta Harlan Coben en inglés. El centro cuenta con una decena de voluntarios. Tchoté utiliza las redes sociales para presentar las actividades del centro, sus visitantes curiosos y los eventos que tienen lugar allí, y cuenta la historia del entusiasmo de los jóvenes de Yopougon, que descubren las alegrías de la lectura. En Yopougon, una ciudad de 621.180 habitantes, el Centro Eulis representa, por tanto, un marco ideal para los estudiantes que no tienen a menudo la oportunidad de disfrutar de la lectura, convirtiéndose en una contribución real a la lucha perpetua que muchos Estados africanos están llevando a cabo: dar a los jóvenes ciudadanos la mejor educación posible.

 

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A veces, el Centro Eulis viaja en un carrito lleno de libros para conocer a la gente de Yopougon, niños y adultos por igual. Es una campaña para promover y popularizar la lectura para no dejar a nadie fuera. Y comenta «La educación es el arma más poderosa que se puede usar para cambiar el mundo como decía Nelson Mandela, entonces los libros son los mejores misiles.»

El objetivo del proyecto era para proporcionar un espacio de aprendizaje abierto a la gente de su vecindario. Yopougon es conocido sobre todo por sus bares y otros espacios para beber, pero carece de espacios donde los niños puedan seguir aprendiendo después de la escuela. Según sus propias palabras  «Quiero que Centre Eulis sea ese lugar donde les guste estar y aprender».  Para ello contó con el apoyo de otras personas, su padre le facilitó el local, y a través de su labor en medios sociales pidió ayuda a través de redes a otras personas y organizaciones para conseguir los libros. El principal desafío fue conseguir que la gente aprovechara realmente los recursos y leyera. Así que decidió centrarse en los alumnos de las escuelas primarias y secundarias de la zona, y empezó a organizar sesiones de lectura en la calle para promocionar la biblioteca. también organiza salidas al cine y a museos para sacar a los niños de su entorno y aprender cosas nuevas. «Es increíble ver a los niños invitar a sus amigos, hermanos y hermanas a leer en la biblioteca. Creo que las generaciones más jóvenes necesitan adquirir habilidades de pensamiento crítico y amor por el aprendizaje. En un mundo que siempre está cambiando, sentarse en clase y asistir a clases no es suficiente. Necesitan salir a buscar información adicional y adaptarse a cada situación. También tenemos que animarles a que sean promotores del cambio en sus comunidades. Tenemos que estimular su curiosidad y ayudarles a tener una mente abierta» comenta Tchonté. Su objetivo es tener un centro como Eulis en cada lugar de su país y posteriormente extender el proyecto a toda África. El 23 de junio de 2017, Tchonté recibió el premio Lili Women Creative Award por su compromiso con la educación del Centro Eulis.

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Tchonté Silué y Julio Alonso Arévalo en Casa África

Cazadores de información: cuando bibliotecarios, soldados y espías se unieron en Europa en la Segunda Guerra Mundial

 

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Peis Kathy. Information Hunters: when Librarians, Soldiers, and Spies Banded Together in World War II Europe. Oxford: Oxford University Press, 2019

Adquirir

Si bien los ejércitos se han apoderado de los registros enemigos y textos raros como botín a lo largo de la historia, fue solo durante la Segunda Guerra Mundial que un grupo poco probable de bibliotecarios, archiveros y académicos viajaron al extranjero para recolectar libros y documentos para ayudar a la causa militar. Estimulados por los acontecimientos de la guerra para adquirir y preservar la palabra escrita, así como para proporcionar información crítica con fines de inteligencia, estos civiles estadounidenses emprendieron misiones para recopilar publicaciones e información extranjeras en toda Europa. Viajaron a ciudades neutrales en busca de textos enemigos, siguieron un paso detrás de los ejércitos que avanzaban para capturar registros y confiscaron obras nazis de librerías y escuelas. Cuando terminó la guerra, encontraron colecciones saqueadas escondidas en bodegas y cuevas. Su misión era documentar, explotar, preservar y restituir estas obras.

En este relato fascinante, la historiadora cultural Kathy Peiss revela cómo la recolección de libros y documentos se convirtió en parte del nuevo aparato de inteligencia y seguridad nacional, planificación militar y reconstrucción de posguerra. Centrándose en los estadounidenses que llevaron a cabo estas misiones, muestra cómo tomaron decisiones sobre el terreno para adquirir fuentes que serían útiles en la zona de guerra, como en el frente interno.

Estas misiones de recolección también impulsaron las ambiciones de posguerra de las bibliotecas de investigación estadounidenses, ofreciéndoles la oportunidad de convertirse en grandes depósitos internacionales de informes científicos, literatura y fuentes históricas. Su trabajo en tiempos de guerra no solo tuvo implicaciones duraderas para las instituciones académicas, la formulación de políticas exteriores y la seguridad nacional, sino que también condujo al desarrollo de las herramientas esenciales de ciencia de la información de hoy.

Las publicaciones se remontan a las décadas de 1930 y 1940, algunas incluso antes. Escritos en muchos idiomas, incluyen todo, desde documentos del gobierno y periódicos hasta panfletos clandestinos y ficción barata. Después de la Segunda Guerra Mundial, dos millones de libros y publicaciones periódicas extranjeras llegaron a la Biblioteca del Congreso y a las principales bibliotecas de investigación estadounidenses. Otros 160.000 volúmenes saqueados de judíos europeos se dirigieron a seminarios judíos y otros depósitos en Estados Unidos. Miles de carretes de microfilm llenos de publicaciones periódicas enemigas y otros materiales, una vez estudiados ávidamente por funcionarios del gobierno de Estados Unidos, están ahora dispersos, sin catalogar, e incluso en subasta en Internet. Rara vez los catálogos de las bibliotecas ofrecen a los lectores una manera de descubrir los orígenes de estas obras. Sólo un sello, un librero, una etiqueta o una anotación escrita a mano aluden a sus viajes. Estos son los vestigios de un esfuerzo estadounidense sin precedentes para adquirir publicaciones e información extranjeras durante la Segunda Guerra Mundial y en el período inmediatamente posterior.

Al inicio de este conflicto devastador, nadie podía prever que el coleccionismo de libros -el dominio de los bibliógrafos y los bibliófilos- se convertiría en un compromiso gubernamental. Al final, las habilidades, la experiencia y las aspiraciones de los bibliotecarios y coleccionistas se alinearon con los objetivos militares y políticos estadounidenses. Los participantes llevaban consigo un fuerte compromiso de ganar la guerra, sentían repugnancia contra el régimen nazi y compartían la confianza de que Estados Unidos rescataría la civilización en peligro. Sin embargo, en la base de este sentido de propósito nacional se encontraban preguntas incómodas sobre la ética de la adquisición, los derechos de los vencedores, la relación entre la lectura y la libertad, y la justicia de la restitución.

¿Por qué el coleccionismo llegó a ser tan importante en la lucha americana de la Segunda Guerra Mundial? La respuesta está en la naturaleza misma de los libros y de los textos impresos, y en el carácter particular de la guerra. Los libros sirven a los lectores de muchas maneras diferentes: como fuentes de información útil, como formas de comunicación y como manifestaciones materiales del conocimiento y la tradición cultural. En una guerra total, estos atributos generales se convirtieron en terrenos de batalla. Para luchar contra el enemigo se requería la movilización de conocimientos, lo que produjo un compromiso arrollador con la recopilación de inteligencia, incluida la inteligencia de «código abierto» recogida en las publicaciones. También exigía confrontaciones ideológicas que contrastaban fuertemente la libertad y el fascismo; los libros alemanes y otros medios de comunicación eran vistos como portadores de propaganda nazi que debían ser eliminados. El asalto de la guerra moderna a la vida civil también provocó una nueva atención a la preservación de libros y otros materiales culturales.

La idea de que las fuentes abiertas proporcionarían la información necesaria para ganar la guerra era una idea fascinante, no necesariamente evidente. A diferencia de la interceptación y el análisis de mensajes codificados (inteligencia de señales), las publicaciones estaban abiertamente disponibles y a menudo no eran oportunas. Sin embargo, en el transcurso de la guerra, las publicaciones se transmutaron en información valiosa -indicada, irónicamente, por el hecho de que se convirtieron en información clasificada-, fueron retiradas del acceso público y a menudo permanecieron en secreto mucho tiempo después de terminada la guerra. En el proceso, bibliotecarios y académicos se convirtieron en improbables agentes de inteligencia, que aplicaron sus conocimientos profesionales a la guerra clandestina y al gran esfuerzo por derrotar al Eje.

“Este libro surgió de un descubrimiento casual durante un homenaje en línea a un tío que nunca conocí. Reuben Peiss había sido bibliotecario en Harvard cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial, y como muchos fue reclutado en la Oficina de Servicios Estratégicos, la primera agencia de inteligencia de la nación. Como agente de campo con sede en Lisboa y Berna, desarrolló una red de libreros y particulares para adquirir publicaciones oportunas para el análisis de inteligencia. Cuando los Aliados entraron en Alemania, trabajó con equipos de recolección de documentos para descubrir registros de crímenes de guerra, alijos de propaganda nazi y colecciones de libros enterrados en cuevas y minas. Después de la guerra, dirigió una misión en el extranjero de la Biblioteca del Congreso para adquirir obras publicadas en la Alemania de la época de la guerra y en los países ocupados para las bibliotecas de investigación estadounidenses. Cuando regresó, trabajó en el Departamento de Estado y enseñó en la escuela de la biblioteca de la Universidad de California, Berkeley. Plagado de enfermedades crónicas, vivió una corta vida, muriendo en 1952 a la edad de cuarenta años.”