Durante la Segunda Guerra Mundial, los bibliotecarios estadounidenses desempeñaron un papel decisivo en la construcción del aparato de inteligencia del país. En un momento en el que Estados Unidos carecía de una estructura consolidada para el análisis sistemático de información global, el gobierno recurrió a profesionales con habilidades muy específicas en organización del conocimiento, catalogación y análisis documental. Esta necesidad se intensificó con la creación del Office of Strategic Services (OSS), antecedente de la CIA, que buscaba perfiles capaces de transformar grandes volúmenes de datos dispersos en inteligencia útil y operativa.
Uno de los núcleos más importantes de esta colaboración fue la Research and Analysis Branch del OSS, donde trabajaron numerosos bibliotecarios, archivistas y académicos. Su labor consistía en recopilar información procedente de fuentes abiertas —libros, periódicos, informes técnicos, revistas científicas, mapas y estadísticas económicas— para construir análisis detallados sobre los países implicados en la guerra. Su formación profesional, centrada en la clasificación y recuperación eficiente de información, se convirtió en una ventaja estratégica en un contexto en el que la “guerra de la información” era tan relevante como el conflicto militar directo.
El artículo subraya que estos profesionales no solo trabajaron en bibliotecas o centros de análisis en Estados Unidos, sino que muchos fueron enviados a Europa y otros territorios con misiones de campo. Allí debían localizar, copiar y preservar documentos clave, en muchos casos utilizando microfilm, una tecnología esencial para la época. También recuperaban publicaciones restringidas o censuradas en territorios ocupados, lo que permitía acceder a datos sobre infraestructuras, producción industrial, movimientos logísticos o estructuras políticas de los países enemigos. Esta labor combinaba investigación académica con prácticas propias del espionaje, aunque muchas veces se realizaba bajo la cobertura de actividades culturales o documentales.
El texto destaca asimismo la dimensión humana y de riesgo de estas operaciones. Algunos bibliotecarios trabajaron en condiciones de gran presión, con vigilancia constante y peligro de detención. Figuras como Adele Kibre simbolizan este perfil híbrido entre intelectual y agente de inteligencia, capaz de operar en entornos hostiles utilizando habilidades de análisis documental más que armamento o espionaje tradicional. Esta transformación del rol bibliotecario demuestra cómo la guerra amplió los límites de las profesiones vinculadas a la información.
El artículo destaca las consecuencias a largo plazo de esta colaboración entre bibliotecas e inteligencia militar. Tras la guerra, se reforzó la percepción de que la gestión de la información era un recurso estratégico para los Estados modernos. Esto contribuyó a una mayor inversión en bibliotecas, archivos y sistemas de documentación, y a la consolidación de disciplinas como la ciencia de la información. En este sentido, la experiencia de la Segunda Guerra Mundial no solo transformó el papel de los bibliotecarios, sino que ayudó a redefinir la importancia política y estratégica del conocimiento organizado en la sociedad contemporánea.
Se analiza uno de los episodios más singulares de la historia de las bibliotecas: el esfuerzo de los bibliotecarios estadounidenses por llevar libros y lectura a soldados y marineros durante la Primera Guerra Mundial. El texto explica cómo la llamada Library War Service transformó a las bibliotecas en instrumentos de apoyo moral, educativo y psicológico en medio del conflicto bélico.
La iniciativa comenzó en 1917, cuando la American Library Association organizó una enorme campaña nacional de recogida de fondos y donación de libros. El objetivo era proporcionar “un libro para cada hombre”, es decir, garantizar que todos los soldados estadounidenses, tanto en los campos de entrenamiento como en Europa, tuvieran acceso a materiales de lectura. La campaña alcanzó dimensiones extraordinarias: se recaudaron alrededor de cinco millones de dólares, se distribuyeron entre siete y diez millones de libros y revistas, y se construyeron treinta y seis bibliotecas militares financiadas por la Carnegie Corporation.
El artículo subraya que las bibliotecas de guerra no eran simples depósitos de libros, sino espacios de refugio emocional y cultural para los combatientes. Los soldados encontraban en la lectura una forma de evasión frente al horror de la guerra, pero también un medio para mantener la conexión con la vida civil y con la idea de un futuro después del conflicto. Según testimonios recogidos en el texto, los libros circulaban constantemente entre marineros y soldados, que tenían acceso libre a ellos sin restricciones ni controles estrictos.
Uno de los aspectos más interesantes del artículo es la reflexión sobre qué leían realmente los soldados. Aunque existía la imagen romántica de militares leyendo novelas de aventuras o relatos patrióticos, gran parte de las obras solicitadas eran libros técnicos y prácticos. Muchos combatientes buscaban prepararse para la reintegración laboral tras la guerra y leían manuales de mecánica, carpintería, ingeniería, negocios o transporte ferroviario. La lectura aparecía así vinculada a la formación profesional y a la movilidad social.
Al mismo tiempo, las novelas de ficción seguían teniendo un enorme éxito. Los relatos de aventuras, detectives y westerns ayudaban a aliviar la ansiedad y el agotamiento emocional. Algunas investigaciones posteriores sobre biblioterapia señalaron incluso que muchos soldados hospitalizados preferían historias sentimentales o novelas románticas, algo que sorprendió a los propios bibliotecarios militares. Estas observaciones contribuyeron al desarrollo temprano de la biblioterapia, entendida como el uso terapéutico de la lectura para mejorar el bienestar psicológico.
El texto también muestra el lado ideológico y censor de la iniciativa. No todos los libros eran aceptados. La ALA retiró determinadas obras consideradas pacifistas o favorables al bolchevismo, especialmente tras el aumento del miedo al comunismo después de la Revolución Rusa. Títulos relacionados con León Trotski o con análisis simpatizantes de Rusia revolucionaria fueron eliminados de las bibliotecas militares por considerarse peligrosos para “jóvenes impresionables”. Esto revela cómo las bibliotecas, incluso en contextos humanitarios, podían convertirse también en instrumentos de control ideológico.
El artículo destaca asimismo la importancia histórica de este programa para la evolución de las bibliotecas estadounidenses. La Library War Service convirtió a la American Library Association en una organización nacional de gran relevancia pública y consolidó la idea de la biblioteca como servicio esencial para la democracia y el bienestar social. La experiencia de guerra fortaleció la percepción de que las bibliotecas no solo debían conservar libros, sino también actuar como agentes activos de educación, integración y apoyo comunitario.
En el contexto de la creciente tensión entre Irán, Estados Unidos e Israel en 2026, la Guardia Revolucionaria Islámica de Irán (IRGC) lanzó una advertencia directa contra un grupo de grandes empresas tecnológicas estadounidenses, entre ellas Nvidia, Apple, Microsoft y Google. Según el comunicado difundido por canales oficiales vinculados al IRGC, estas compañías son consideradas “objetivos legítimos” debido a su supuesta implicación en operaciones militares y de inteligencia que habrían contribuido a ataques contra territorio iraní.
El anuncio incluía un mensaje especialmente alarmante: los posibles ataques podrían comenzar a partir del 1 de abril a una hora concreta (20:00 en Teherán), lo que evidenciaba un nivel de escalada poco habitual al fijar un horizonte temporal. Además, el IRGC instó a los empleados de estas compañías en Oriente Medio a evacuar sus lugares de trabajo para evitar víctimas, lo que sugiere que las amenazas no se limitan a un plano retórico, sino que podrían implicar acciones físicas o ataques contra infraestructuras.
Esta advertencia se enmarca en una dinámica más amplia de conflicto híbrido, donde la tecnología —especialmente la inteligencia artificial, las telecomunicaciones y los sistemas de datos— se ha convertido en un elemento clave del enfrentamiento geopolítico. Irán acusa a estas empresas de facilitar la localización de objetivos y el desarrollo de operaciones militares mediante sus plataformas tecnológicas, lo que refleja un cambio en la naturaleza de la guerra contemporánea, donde las corporaciones privadas pasan a ser actores indirectos del conflicto.
Por último, la amenaza contra estas multinacionales tiene implicaciones globales, ya que muchas de ellas operan infraestructuras críticas en Oriente Medio, como centros de datos o redes de comunicación. Un eventual ataque podría afectar no solo a la seguridad regional, sino también a cadenas de suministro tecnológicas y a servicios digitales a escala mundial, aumentando la incertidumbre en los mercados y en el ecosistema tecnológico internacional.
Lopatovska, Irene, Grace Pickering, y Celia Coan. 2025. «Ukrainian Public Libraries During the Russia-Ukraine War: Supporting Individuals, Communities, and the Nation.» Journal of Librarianship and Information Science. https://doi.org/10.1177/09610006251326610
Este estudio analiza el papel de las bibliotecas públicas ucranianas durante la guerra entre Rusia y Ucrania. A través de entrevistas con doce directores de bibliotecas en distintas regiones del país, se recopilan testimonios sobre cómo el conflicto ha impactado sus servicios y funciones.
Los resultados confirman que muchas bibliotecas se han transformado en centros clave de ayuda humanitaria, refugios, espacios de aprendizaje y apoyo emocional. Además, han impulsado nuevas iniciativas relacionadas con la alfabetización mediática, la descolonización de las colecciones y el fortalecimiento de la identidad nacional ucraniana.
A partir de los datos recogidos y de la literatura existente, los autores proponen un marco teórico que identifica las necesidades de los usuarios en contextos de guerra, que van desde necesidades básicas (psicológicas, físicas, de seguridad e informativas) hasta la necesidad de pertenecer a una comunidad y una nación. Este marco, aunque contextualizado en Ucrania, puede aplicarse también para comprender el valor y las funciones de las bibliotecas públicas en otras partes del mundo.
Bibliotecarios convertidos en espías ayudaron a combatir a los nazis al utilizar sus habilidades de recopilación y organización de información como armas durante la Segunda Guerra Mundial.
Estos agentes secretos recopilaban desde periódicos locales y revistas comerciales hasta panfletos de resistencia clandestina, manuales tecnológicos, informes económicos y levantamientos topográficos.
«Estaban allí para recopilar lo que hoy llamaríamos materiales de código abierto. Así que revistas, periódicos, materiales como directorios industriales y cualquier cosa que pudiera ofrecer información sobre la planificación y la fuerza del enemigo».
Los bibliotecarios poseían habilidades que los hacían idóneos para el trabajo.
«Los bibliotecarios, y específicamente los bibliotecarios de investigación, están capacitados para ser gestores de información», dice Katie McBride Moench, una especialista en medios de biblioteca que ha investigado sobre estos agentes de campo bibliotecarios.
«No es tanto que estos bibliotecarios intentaran dirigir el curso de la guerra… estaban tratando de tomar la información que salía de estos territorios ocupados y organizarla de una manera que fuera útil para los comandantes militares y otras personas involucradas en la toma de decisiones».
Peiss, profesora jubilada de historia estadounidense en la Universidad de Pensilvania, se interesó en el tema al descubrir que el hermano mayor de su padre fue uno de estos espías.
Reuben Peiss, bibliotecario de la Universidad de Harvard, fue reclutado por la Oficina de Servicios Estratégicos, la primera agencia de inteligencia de EE. UU., al comienzo de la Segunda Guerra Mundial, que duró de 1939 a 1945. Al igual que muchos de los bibliotecarios y académicos reclutados para el esfuerzo de guerra, Peiss hablaba varios idiomas.
«Mi tío Reuben Peiss conocía alemán, francés, italiano. Aprendió portugués instantáneamente… Así que poder mirar un periódico o una revista o un libro y saber qué está diciendo era extremadamente importante y poder hacer un juicio rápido al respecto», dice Peiss. «Nadie sospecha que los bibliotecarios hagan algo amenazador, así que son agentes de inteligencia realmente buenos. Están un poco escondidos a plena vista».
Aunque había muchas bibliotecarias en Estados Unidos en ese momento, los bibliotecarios que ayudaron en el esfuerzo de guerra eran en su mayoría hombres, según Peiss. El gobierno federal reclutaba principalmente bibliotecarios en universidades y colegios, trabajos que eran difíciles para las mujeres conseguir.
Pero al menos una mujer reclutada que fue rechazada para un trabajo en los más altos círculos académicos destacó en su papel como espía.
Adele Kibre, que tenía un doctorado en lingüística medieval, fue una de las primeras de estos académicos espías en utilizar la microfotografía, tomando fotos de documentos y enviando la película a sus jefes para su análisis.
«A veces, ser mujer les daba un poco más de negación plausible, y podían obtener acceso a lugares a los que los hombres no habrían podido acceder», dice McBride Moench. «Y así, en su caso, por ejemplo, desarrolló relaciones muy sólidas con la resistencia danesa y su prensa clandestina, y utilizó esos canales para contrabandear libros y artículos fuera de los territorios ocupados por los nazis».
Los espías estaban en su mayoría estacionados en ciudades neutrales, donde recopilaban publicaciones producidas por el enemigo. Se suscribían a periódicos alemanes que contenían artículos sobre cohetes militares y armas atómicas. Algunos sostienen que la información recopilada por estos académicos contribuyó al Proyecto Manhattan de Estados Unidos, ayudando a acelerar el desarrollo de la primera bomba atómica del mundo.
Pero Peiss y McBride Moench son escépticas.
«No creo que los bibliotecarios hayan encontrado mucho que hubiera sido útil para el Proyecto Manhattan», dice Peiss.
«Si observas la investigación de posguerra, hay un debate sobre cuánto de lo que tomaron fue valioso», agrega McBride Moench.
Pero sus esfuerzos tuvieron algunos impactos a largo plazo. Cuando terminó la guerra, algunos de estos mismos agentes documentaron y preservaron colecciones de papeles y libros saqueados adquiridos por los nazis. Las misiones de recolección establecieron bibliotecas de investigación estadounidenses para convertirse en reconocidos repositorios de materiales internacionales.
«Una de las cosas realmente interesantes que surge de todo este esfuerzo es que eleva el estatus de las universidades de investigación estadounidenses en términos de sus holdings de manuscritos europeos u otros documentos de origen primario», dice McBride Moench.
Los Principios de la IFLA para Responder a los Conflictos tienen por objeto establecer una base para determinar cómo debe reaccionar la IFLA ante situaciones de conflicto civil o militar, en cualquier parte del mundo, que repercutan en las bibliotecas. Pretenden complementar, y no sustituir, a los Principios de Compromiso existentes en torno a las catástrofes (tanto naturales como provocadas por el hombre).
La IFLA condena cualquier conflicto como contrario a los valores y a la labor de las bibliotecas. El conflicto no no sólo dificultan o impiden que las bibliotecas cumplan su misión, sino que son contrarios a los propios valores de la IFLA, que presuponen sociedades pacíficas. los propios valores de la IFLA, que presuponen sociedades pacíficas
No juzgamos las razones para entrar en conflicto, sino que subrayar que la agresión violenta no es legítima como medio para alcanzar objetivos. Va contra los principios de la Carta de las Naciones Unidas y, en particular, de la UNESCO.
En tiempos de conflicto, insistimos en que nuestra principal preocupación es el daño a la vida. Sin embargo, también debemos hacer hincapié en los daños irreparables causados a los bienes culturales, incluidas las instituciones y las colecciones. No existe ninguna situación en la que la destrucción de una biblioteca, mediante la sustracción ilícita y/o la destrucción intencionada de sus colecciones, o el daño a a quienes trabajan en las bibliotecas.
Por regla general, no responsabilizamos a los individuos de las posiciones de su gobierno. Es contrario a la naturaleza internacional y a la vocación de la IFLA discriminar a alguien por su nacionalidad y consideramos que quienes participan en nuestra trabajo lo hacen a título personal, no nacional. Por el contrario, creemos que la cooperación entre bibliotecarios puede contribuir a una mayor consolidación de la paz.
Al mismo tiempo, también esperamos que los miembros de la IFLA (es decir, las instituciones y asociaciones) y los afiliados hagan todos los esfuerzos razonables para respetar los valores de la IFLA. Cuando existan pruebas claras de que los propios miembros o afiliados han incumplido, a sabiendas y por decisión propia, estos valores, consideraremos que se ha producido una infracción de los mismos. estos valores, consideraremos la posibilidad de suspenderlos o retirarlos de la asociación. Del mismo modo, los voluntarios cuyas acciones vayan en contra de estos valores de manera similar pueden enfrentarse a consecuencias en consonancia con las normas de la IFLA. de manera similar, pueden sufrir consecuencias en línea con los procedimientos disciplinarios más amplios de la IFLA.
A la hora de determinar si la IFLA se pronuncia sobre un conflicto en un país o región, tenemos en cuenta la magnitud del conflicto, así como los posibles beneficios o perjuicios de cualquier decisión para los bibliotecarios. No discriminamos en nuestro enfoque por geografía. Por desgracia, los conflictos siguen siendo una característica habitual de la vida humana, y no es posible reaccionar ante todos los incidentes. posible reaccionar ante cada incidente. Actuamos en el momento oportuno, tras considerar las pruebas disponibles de fuentes fidedignas. las pruebas disponibles de fuentes fidedignas.
Dentro de los límites de nuestros recursos, proporcionaremos apoyo a las bibliotecas y a los trabajadores de las bibliotecas y de la información afectados por conflictos, de acuerdo con los Principios de Compromiso de la IFLA. Invitamos a los miembros a compartir con nosotros pruebas validadas sobre el impacto de los conflictos en las bibliotecas, su personal y sus colecciones, con el fin de que podamos reunir recursos de nuestras redes y comprometer a instituciones internacionales como la UNESCO en la prestación de ayuda a las bibliotecas.
Aprobado por la Junta de Gobierno de la IFLA en su reunión del 27 de febrero de 2023.
Secret Files from World Wars to Cold War es una excelente recopilación de documentos primarios. La colección de 12.000 documentos explora los archivos secretos de inteligencia del gobierno británico sobre cuatro conflictos clave del siglo XX: la Guerra Civil Española, la Segunda Guerra Mundial, los primeros años de la Guerra Fría y la Guerra de Corea.
Cuando Rusia invadió Ucrania, una parte fundamental de su estrategia era destruir las bibliotecas históricas para erradicar el sentido de identidad de los ucranianos. Pero Putin no contaba con el espíritu inquebrantable de los bibliotecarios del país.
La mañana en que las bombas rusas empezaron a caer sobre Kiev, Oksana Bruy se despertó preocupada por su ordenador portátil. Bruy es presidenta de la Asociación de Bibliotecas de Ucrania y, la noche anterior, no había terminado una presentación sobre los nuevos planes para la Biblioteca Politécnica de Kiev, por lo que había dejado su ordenador abierto en el trabajo. Esa mañana, la calle frente a su casa se llenó de disparos de las milicias ucranianas que ejecutaban a agentes rusos. Los ataques con misiles la llevaron a un aparcamiento subterráneo con su hija, Anna, y su gato, Tom. Unos días más tarde, volvió a entrar en la enorme biblioteca vacía, de 15.000 metros cuadrados, que en su día se llenó de los silenciosos murmullos de los lectores. Mientras cogía su ordenador portátil, sonó la sirena antiaérea y corrió hacia su coche.
Gracias a ese ordenador, Bruy pudo trabajar. No volvió a su oficina, sino que huyó hacia el oeste, a Lviv. «En todo ese tiempo, desde el primer día de la guerra total, no dejé de trabajar», dice. El informático de la biblioteca vivía en el barrio. Mantenía los servidores en funcionamiento y a los empleados conectados. «Así que no hubo ni un solo día de interrupción en el trabajo de la Biblioteca Politécnica de Kiev, en todo este tiempo, desde el 24 de febrero». Los rusos no la han cerrado. Oksana Bruy está ganando su batalla en la guerra de Ucrania. Las bibliotecas están abiertas.
Las batallas del siglo XXI son guerras híbridas que se libran en todos los frentes: militar, económico, político, tecnológico, informativo, cultural. A menudo ignorado, o relegado a un estatus marginal, el frente cultural es, sin embargo, fundamental. Las guerras de este siglo son guerras por el significado. Como aprendieron las fuerzas estadounidenses en Irak y Afganistán, si se pierde en el frente cultural, el dominio militar y económico se erosiona rápidamente. Las terribles batallas por Kyiv y Kharkiv, la destrucción de la infraestructura civil de Ucrania, la lucha de Europa por calentarse y alimentarse este invierno, la espiral de inflación, los brutales horrores materiales de la lucha, podrían hacer que cualquier lectura cultural del conflicto pareciera fantástica o simplista. Pero en el fondo, y desde su origen, este conflicto ucraniano ha sido una guerra por la lengua y la identidad. Y las bibliotecas ucranianas son la clave.
Nunca ha habido una guerra en la que la poesía haya tenido más importancia. En los primeros días de la invasión, la estrella del cine ruso Sergei Bezrukov hizo una sensacional lectura de la obra maestra de Alexander Pushkin de 1831, A los calumniadores de Rusia, en su canal de Telegram. Ese gran poema es una advertencia a los extranjeros para que no se involucren en las guerras de Europa del Este. «Vuestros ojos son incapaces de leer la tabla sangrienta de nuestra historia», advirtió Pushkin hace dos siglos. «Parientes eslavos entre sí contendiendo, una antigua lucha doméstica, a menudo juzgada pero todavía interminable». En respuesta, el rapero ucraniano Potap publicó: «Entiendo que esa cita es un clásico», rimó. «No sois hermanos, sino enemigos». Bezrukov le decía a Occidente: «No lo entendéis». La respuesta de Potap fue para los rusos: «No, tú no lo entiendes».
Las bibliotecas están en primera línea. Los rusos las han atacado desde el principio. En la invasión inicial, las fuerzas rusas demolieron los archivos estatales de Chernihiv, un objetivo que contenía información sensible de la NKVD y el KGB sobre las represiones de la era soviética que los rusos querían borrar del registro histórico. Saquearon los archivos de Bucha al igual que saquearon todas las instituciones culturales que conquistaron. Destruyeron el departamento de archivos de Ivankiv sin ningún motivo. «Los que queman libros acaban quemando personas», dijo el poeta alemán Heinrich Heine. Pero en la guerra de Ucrania, los rusos queman libros y personas a la vez.
El trabajo de los archiveros estatales durante la guerra de Ucrania es sencillo: mantener lo que tienen fuera de las manos rusas y en existencia. «Nuestra misión es crucial porque la destrucción de los archivos puede considerarse parte del genocidio cultural», afirma Jromov. Los rusos han destruido más de 300 bibliotecas estatales y universitarias desde el comienzo de la guerra. En mayo, la Biblioteca Nacional realizó una encuesta en línea sobre el estado de su sistema. Para entonces, 19 bibliotecas estaban ya completamente destruidas, 115 parcialmente destruidas y 124 permanentemente dañadas. Los rusos han destruido las bibliotecas de Mariupol, Volnovakha, Chernihiv, Sievierodonetsk, Bucha, Hostomel, Irpin y Borodianka, junto con las ciudades a las que servían. Han destruido al menos varios miles de bibliotecas escolares.
La lucha por la memoria nacional adoptó dos formas: la conservación de los objetos físicos y la rápida digitalización de los archivos existentes. Los tesoros nacionales, como los manuscritos de corteza de abedul del primer periodo eslavo o los cuadros y manuscritos originales del poeta Taras Shevchenko, sobreviven a salvo en contenedores ignífugos. El problema de los grandes archivos era más complejo. Al estallar la guerra, los archivos estatales sólo estaban digitalizados en un 0,6% y varios quedaron fuera de servicio porque las personas que pagaban las facturas habían sido asesinadas o desplazadas. Su conservación exigía una rápida movilización.
Los militares ucranianos necesitan sistemas de defensa aérea. Los bibliotecarios necesitan escáneres planos Epson, que cuestan 5.000 euros, y cámaras réflex Nikon, que cuestan 3.250 euros. Actualmente, Sucho también está formando a los bibliotecarios. Ellos se encargan de las copias de seguridad y de la enseñanza del trabajo de archivo. Los ucranianos necesitan digitalizar unos 86 millones de archivos. Hasta ahora se han archivado 50TB de datos gracias a este enorme esfuerzo colectivo mundial.
También trabajan organizaciones más pequeñas y ágiles. Cat Buchatskiy, de 21 años, estudiante de seguridad internacional en Stanford, fundó el Proyecto Sombras, que, antes de la guerra, trabajó para alterar el registro histórico para apoyar una lectura ucraniana y no rusa de la historia cultural.
Durante esta guerra, las bibliotecas ucranianas desempeñan ahora nuevas funciones. Funcionan como centros para personas desplazadas. Ofrecen asesoramiento psicológico a poblaciones traumatizadas. Proporcionan espacio para la terapia artística. «Por supuesto, prestamos especial atención a los niños», dice Bruy. Los bibliotecarios incluso cosen redes de camuflaje cuando tienen tiempo. Pero las bibliotecas tienen dos tareas principales. La primera es mantener un registro preciso de la brutalidad rusa. «Estamos convencidos de que recopilar, organizar y preservar los documentos sobre esta guerra es el deber directo de los bibliotecarios», dice Bruy. También están respondiendo a una demanda sin precedentes de clases de ucraniano. Casi un tercio de los ucranianos habla ruso como lengua materna. La guerra les ha aclarado que no es su lengua. La actual guerra ucraniana es la manifestación militar de una lucha lingüística y cultural que lleva en marcha desde el siglo XIX, una lucha entre dos visiones de la relación ruso-ucraniana, articulada por los poetas fundacionales del país, Alexander Pushkin y Taras Shevchenko.
En la guerra por el significado, los rusos perdieron el primer día. Su argumento de que la identidad ucraniana no existe ha quedado demostrado que es falso, pase lo que pase ahora. La cuestión que queda por resolver no es si la identidad ucraniana existe, sino si Rusia puede aniquilar la identidad ucraniana que afirma que no es más que una distorsión. Su asalto a las bibliotecas ucranianas no ha hecho más que aumentar a medida que la guerra se ha ido convirtiendo en un acto de terror masivo contra la población civil.
Hay un nuevo puesto en el sistema de bibliotecas de Transcarpacia. Empiezan a abrirse salas de lectura. Están retomando el trabajo de las bibliotecas, que es construir culturas día a día, sala a sala, libro a libro. Las bibliotecas existen porque las cosas preciosas que albergan -palabras, significados, comunidades de lectores- necesitan ser albergadas. Pero la precariedad de la cultura no significa debilidad. Las culturas florecen en la paz, pero se definen en la resistencia. En las guerras de significados del siglo XXI, no hay que enfrentarse a los bibliotecarios. Ellos mantienen vivo el significado.
En pocos días, las bibliotecas de todo el país habían puesto en marcha iniciativas para suministrar libros a los ciudadanos que se refugiaban en las estaciones de metro subterráneas, habían creado centros para los refugiados desplazados dentro de Ucrania en los edificios de las bibliotecas y se habían diversificado para actuar como centros de suministro de equipos militares y artículos de primera necesidad para el ejército formado casi de manera improvisada.
Desde que comenzó la invasión en febrero, 60 bibliotecas ucranianas han sido destruidas, mientras que más de 230 han resultado dañadas por los bombardeos y los combates. Las cifras oficiales no incluyen las bibliotecas situadas en ciudades que han sido destruidas casi por completo bajo la ocupación rusa, como Mariupol, ya que las autoridades ucranianas no han podido acceder a ellas para evaluar los daños. Sin embargo, es probable que también hayan sido destruidas.
La Asociación de Bibliotecarios de Ucrania ha unido sus fuerzas a las de Library Country Charitable Foundation para crear un fondo de ayuda económica a los bibliotecarios que viven en el frente o cerca de él. Un total de 150 trabajadores de bibliotecas se han beneficiado de los 10.000 dólares de donaciones, para ayudarles a pagar gastos esenciales como el alquiler de un alojamiento temporal tras verse obligados a huir de sus hogares, así como a comprar medicinas, ropa y alimentos. También se han reunido fondos de organismos internacionales para preparar la reconstrucción de las bibliotecas cuando termine la guerra. Se ha animado a los bibliotecarios a unirse en grupo a una campaña nacional para recopilar información, documentos e historias contemporáneas sobre la guerra para la Biblioteca Digital Nacional de Ucrania. El proyecto, denominado «Mi guerra», ha visto publicadas más de 3.000 historias personales hasta principios de julio, según el Ministerio de Cultura ucraniano.
Utilizando herramientas de código abierto y Slack, estos voluntarios han hecho copias de seguridad de todo, desde los registros históricos del país y los datos del censo hasta los poemas de los niños y las técnicas de cestería.
A principios de marzo, dos semanas después de la invasión rusa de Ucrania, Carrie Pirmann se topó con un sitio web dedicado a Ivan Mazepa, un político ucraniano del siglo XVI y mecenas de las artes. Pirmann, bibliotecaria de 44 años de la Universidad de Bucknell, se había unido a un esfuerzo internacional de otros archiveros para preservar la historia digital de un país asediado, y el contenido del sitio web de Mazepa, aunque oscuro, parecía digno de ser salvado.
El sitio contenía varias cosas: poemas de Lord Byron escritos sobre la vida de Mazepa y un catálogo de artículos centenarios que detallaban sus diversas conquistas. Pirmann abrió su herramienta de rastreo de sitios web, haciendo una copia de seguridad del sitio y conservando su contenido.
Ahora, el sitio web original se ha perdido, su espacio en el servidor probablemente haya desaparecido por ciberataques, cortes de energía o bombardeos rusos. Pero gracias a ella, sigue intacto en un espacio de servidor alquilado por un grupo internacional de bibliotecarios y archiveros.
Con la violencia en su segundo mes, la historia digital del país -sus poemas, archivos e imágenes- corre el riesgo de ser borrada a medida que los ciberataques y las bombas erosionan los servidores de la nación.
Durante el último mes, un grupo variopinto de más de 1.300 bibliotecarios, historiadores, profesores y niños pequeños se han unido para salvar los archivos de Ucrania en Internet, utilizando la tecnología para hacer copias de seguridad de todo, desde los datos del censo hasta los poemas de los niños y las técnicas de cestería ucranianas.
Los esfuerzos, bautizados como Saving Ukrainian Cultural Heritage Online (Salvando el patrimonio cultural ucraniano en línea), han hecho que más de 2.500 museos, bibliotecas y archivos del país se conserven en servidores alquilados, eliminando el riesgo de que se pierdan para siempre. Ahora, un esfuerzo totalmente voluntario se ha convertido en un salvavidas para los funcionarios culturales de Ucrania, que están trabajando con el grupo para digitalizar sus colecciones en caso de que sus instalaciones sean destruidas en la guerra.
Según los expertos, esta iniciativa pone de manifiesto cómo los voluntarios, armados con tecnología de bajo coste, formación y organización, pueden proteger la historia de un país de catástrofes como guerras, huracanes, terremotos e incendios.