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Destruir libros para construir una mente artificial: Anthropic y el futuro de la lectura

Mancino, Francesca. “Destroying Books to Build a Mind.” The New Yorker, 8 de septiembre de 2026. https://www.newyorker.com/culture/the-lede/destroying-books-to-build-a-mind

Anthropic adquirió y digitalizó masivamente libros, incluso destruyendo físicamente algunos ejemplares, para utilizarlos en el entrenamiento de sus modelos de IA. El caso plantea un debate sobre copyright, preservación, transparencia y el futuro del libro, diferenciando entre conservar información y conservar realmente los libros como objetos culturales.

A principios de 2026, numerosos libreros de segunda mano estadounidenses y canadienses comenzaron a recibir pedidos masivos de libros extraños, especializados y de escasa demanda. Eran títulos sobre arquitectura, derecho, historia, ciencias sociales, literatura o incluso cuestiones muy específicas como el tratamiento de aguas residuales. Los pedidos procedían en ocasiones de sociedades de responsabilidad limitada con nombres poco reconocibles, lo que despertó la curiosidad de los vendedores. Una investigación permitió relacionar parte de estas compras con Anthropic, la empresa responsable de Claude. Los documentos judiciales posteriormente revelados permitieron conocer la existencia de Project Panama, una iniciativa cuyo objetivo era adquirir enormes cantidades de libros impresos para convertirlos en datos digitales destinados al entrenamiento de modelos de IA.

La particularidad del procedimiento es que se trataba de digitalización destructiva. Los libros se compraban físicamente, se les retiraba la encuadernación, las páginas se cortaban para facilitar su procesamiento y posteriormente se escaneaban industrialmente, mientras que el ejemplar físico era descartado. El artículo explica que esta técnica no es completamente nueva: determinadas bibliotecas y departamentos de preservación digital también desmontan libros para conseguir una digitalización más rápida y eficiente. La diferencia fundamental está en la escala y en el propósito. Anthropic pretendía obtener millones de páginas para alimentar sus sistemas de inteligencia artificial. En Princeton, por ejemplo, se ha optado deliberadamente por métodos de digitalización que permiten conservar los ejemplares físicos, aunque sean más costosos.

Uno de los matices importantes del reportaje es que la imagen de Anthropic destruyendo ejemplares únicos y valiosísimos de libros antiguos resulta más espectacular que la realidad documentada. Según la investigación de The New Yorker, los libreros consultados no identificaron una adquisición sistemática de libros verdaderamente antiguos o antiquarios. Muchos de los ejemplares tenían ISBN y eran publicaciones relativamente recientes, aunque con tiradas pequeñas y escasa circulación. Una lista de más de 600 títulos proporcionada por libreros mostró que buena parte correspondía a publicaciones académicas, especialmente de editoriales universitarias, y que abarcaban historia, biografía, ficción, poesía, crítica literaria, derecho y ciencias sociales. Precisamente estos libros especializados y poco populares pueden resultar especialmente valiosos para entrenar modelos de IA porque contienen conocimientos que difícilmente se encuentran en grandes corpus comerciales o en la web generalista.

Aquí aparece una de las cuestiones más interesantes del artículo: la IA puede estar rescatando digitalmente conocimientos que, de otro modo, permanecerían prácticamente invisibles, pero lo hace transformando los libros en materia prima para modelos computacionales. Algunos de los títulos adquiridos probablemente estaban destinados a quedar olvidados en almacenes, librerías de segunda mano o colecciones con muy poca circulación. Desde esta perspectiva, introducirlos en un modelo de IA puede aumentar enormemente su capacidad de supervivencia informativa. El problema es que esa preservación no equivale necesariamente a conservación cultural. El libro deja de existir como objeto accesible y pasa a convertirse en información procesada por una máquina, sin que investigadores, lectores o bibliotecas puedan necesariamente consultar o reconstruir el conjunto documental que alimentó al modelo.

El artículo aborda también la compleja cuestión de los derechos de autor y del uso legítimo (fair use). Anthropic se enfrentó a demandas por utilizar libros para entrenar sus modelos y en 2025 aceptó pagar 1.500 millones de dólares para resolver una demanda colectiva relacionada con infracciones de copyright. El juez William Alsup, sin embargo, distinguió entre determinadas prácticas ilícitas —como la descarga masiva de millones de copias pirateadas— y el uso de libros adquiridos legalmente para entrenar modelos. Según su interpretación, utilizar esas obras para entrenamiento de IA podía considerarse fair use, de manera comparable a cómo una persona lee libros y posteriormente utiliza lo aprendido para producir nuevos textos. También consideró legítimo que Anthropic destruyera ejemplares físicos comprados legalmente cuando los sustituía por copias digitales destinadas exclusivamente a su biblioteca interna.

Pero la legalidad no resuelve el problema cultural y bibliotecario. El artículo plantea una cuestión fundamental: ¿podemos llamar «biblioteca» a una colección creada exclusivamente para alimentar una inteligencia artificial? En una biblioteca tradicional, los libros se conservan para que puedan ser leídos, investigados, comparados y reinterpretados por personas. En el modelo de Anthropic, los libros se convierten esencialmente en datos destinados a ampliar la «memoria» y las capacidades lingüísticas del modelo. El resultado puede contener el conocimiento de millones de libros, pero los seres humanos no tienen necesariamente acceso directo a ese corpus ni pueden saber con precisión qué documentos contiene, cómo fueron procesados o de qué manera intervienen en las respuestas generadas por la IA.

Esta cuestión conduce directamente a la transparencia de los corpus de entrenamiento. Mike Furlough, director ejecutivo de HathiTrust, señala que existe un interés legítimo en conocer cómo se construyen estos conjuntos de datos. En el mundo académico, cuando un investigador desarrolla un modelo, se espera que indique qué fuentes ha utilizado para permitir la reproducibilidad y evaluación de su trabajo. La misma lógica debería plantearse para las herramientas de IA que utilizan millones de personas para investigar, estudiar o tomar decisiones. Si un sistema responde utilizando conocimiento extraído de cientos de miles o millones de libros, resulta relevante saber qué libros fueron utilizados, bajo qué condiciones, con qué criterios y con qué mecanismos de atribución.

El aspecto quizás más profundo del artículo tiene que ver con qué significa leer. La historiadora Leah Price recuerda que el libro ha sobrevivido a numerosas predicciones sobre su desaparición y ha demostrado una extraordinaria capacidad de adaptación tecnológica. Sin embargo, la inteligencia artificial introduce una diferencia importante: no se limita a cambiar el soporte del libro, sino que puede cambiar el propio proceso mediante el cual el conocimiento es leído y utilizado. Cuando una persona lee una novela, debe dedicar tiempo, interpretar, anticipar, relacionar ideas y construir significados. Cuando una IA procesa millones de libros, convierte ese universo textual en datos que posteriormente puede recombinar para generar respuestas. El riesgo, según la reflexión del artículo, es que la lectura humana sea sustituida progresivamente por una lectura maquínica cuyo objetivo no es comprender una obra en su totalidad, sino extraer información útil de ella.

La frase que resume mejor esta tensión es la idea de que «un libro no es simplemente un recipiente de frases». El orden de las frases, la estructura, el contexto, la materialidad, las anotaciones, la procedencia del ejemplar y la experiencia del lector forman parte de su significado. Cuando un libro se desmonta y se convierte en miles de imágenes o fragmentos de texto destinados al entrenamiento de una IA, puede conservarse su contenido lingüístico, pero pueden perderse muchas dimensiones de su existencia como objeto cultural. El artículo plantea así una distinción crucial entre preservar información y preservar libros: digitalizar un texto puede salvar sus palabras, pero no necesariamente conserva toda la experiencia intelectual, material e histórica asociada al ejemplar.

Desde la perspectiva de las bibliotecas y de la gestión del conocimiento, el artículo plantea un debate especialmente relevante. Durante décadas, las bibliotecas han digitalizado colecciones para facilitar su conservación, búsqueda y acceso. Ahora las grandes empresas de IA están realizando una operación parecida, pero con una finalidad diferente: convertir las colecciones documentales en infraestructura para construir modelos de inteligencia artificial. Esto obliga a replantear qué entendemos por preservación, acceso, propiedad, colección y biblioteca. La cuestión ya no es solamente quién posee un libro, sino quién posee los datos derivados de millones de libros y quién controla las infraestructuras capaces de transformar ese conocimiento en respuestas.

Incendiar una biblioteca

«¿Sabe usted lo que sería incendiar una biblioteca? ¡Imagínese una biblioteca en llamas en un sexto piso! Miles de volúmenes… millones de páginas… billones de letras, cada una de las cuales arde, implora, grita, aúlla pidiendo auxilio.»

ELÍAS CANETTI
Auto de fe

Foto: El 29 de abril de 1986, un incendio arrasó la Biblioteca Central de Los Ángeles: más de un millón de libros resultaron dañados o destruidos. Aunque no hubo heridos graves, el incendio destruyó 400.000 libros y dañó otros 700.000, causando daños por valor de 22 millones de dólares, más de 50 millones en la actualidad. Sigue siendo el mayor incendio de una biblioteca en Estados Unidos.

Fuego en la biblioteca: Libros que incendiaron la Europa de las Luces

Martín, Nicolás Bas. Fuego en la biblioteca: Libros que incendiaron la Europa de las Luces. Universidad de Valencia = Universitat de València, 2023.

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El siglo XVIII constituye la génesis de las democracias liberales modernas y en gran medida se llegó a estas gracias a la contribución de determinados libros, algunos de ellos poco conocidos hoy en día, que se convirtieron en las obras más leídas en la Europa del momento. Eran ‘best sellers’ prohibidos que circularon como la pólvora pese a los intentos de las autoridades civiles y eclesiásticas por impedir su edición y lectura. El título del catálogo de esta exposición –celebrada en la Biblioteca Històrica de la Universitat de València–, ‘Fuego en la biblioteca’, alude ya de por sí a su intención, pues eran libros que “quemaban” a aquellos que los poseían, dada su peligrosidad, y, además, cuando eran descubiertos iban directamente a la hoguera. También, la mención a las bibliotecas, lugares donde se guardaban clandestinamente estos ejemplares, en la llamada sección de l’Enfer. El catálogo recoge una selección de libros franceses de contenido político, religioso y literario, algunos de ellos eróticos, que fueron expuestos en la muestra, combinados con fotografías artísticas en blanco y negro del fotógrafo hispano-francés Pedro Hernández, con el objeto de construir un relato con un claro mensaje: la prohibición genera fascinación. Y todo ello en un momento en el que las certezas parecen diluirse en un océano de incertidumbres y es más necesario que nunca revisitar el siglo XVIII para retomar principios como la libertad de expresión, la autonomía personal, el espíritu crítico, el laicismo o el cosmopolitismo opuesto a cualquier nacionalismo o populismo, como señas de identidad de la Europa del siglo XXI.

La biblioteca era una sala oblonga

La biblioteca era una sala oblonga, que tenía la misma anchura y longitud del puente, y una sola puerta, la de hierro. Una falsa puerta batiente, acolchada con paño verde, y que bastaba con empujar, escondía por la parte interior el pórtico que daba a la torre. De arriba hasta abajo, el muro de la biblioteca estaba, desde el suelo hasta el techo, revestido de armarios acristalados construidos con el buen gusto de los ebanistas del siglo XVII. Seis grandes ventanas, tres a cada lado y una encima de cada arco, daban luz a la estancia. Desde afuera y desde lo alto de la meseta estas ventanas dejaban ver el interior. En los entrepaños de las ventanas se erguían, sobre repisas de roble tallado, seis bustos de mármol representando a Hermalo de Bizancio, Ateneo, gramático de Náucratis, Suidas, Casaubon, Clodoveo, rey de Francia, y su canciller Anachalu, el cual, dicho sea de paso, no era más canciller que Clodoveo rey.

En esta biblioteca había varios libros de escasa importancia. Sólo uno sigue siendo famoso: era un viejo in –quarto con grabados, que tenía por título en gruesos caracteres: SAN BARTOLOMÉ, y por subtítulo, Evangelio según San Bartolomé, precedido de una disertación de Pantoenus, filósofo cristiano, sobre la cuestión de saber si este evangelio debe ser considerado apócrifo y si San Bartolomé es la misma persona que Nathanael. Este libro, considerado como ejemplar único, estaba sobre un pupitre en medio de la biblioteca. En el siglo pasado se iba a verlo por curiosidad.

(…)

Era hermoso aquel libro, y por eso Rene-Jean lo miraba, tal vez demasiado. Estaba abierto precisamente por la página en que había una gran estampa de San Bartolomé llevando su piel sobre el brazo. Esta estampa se podía ver desde el suelo. Cuando los tres hermanos hubieron comido todas las moras, René-Jean lo consideró como una mirada de amor terrible, y Georgette, cuyos ojos seguían la dirección de la mirada de su hermano, divisó la estampa y dijo:

– ¡Gimagen!

Esta palabra pareció determinar a René-Jean. Entonces, con un gran asombro por parte de Gros-Alain, realizó una cosa extraordinaria.

Había en un ángulo de la biblioteca una gran silla de roble. René-Jean se dirigió a ella, la cogió y la arrastró él solo hasta el pupitre. Luego, cuando la silla estuvo tocando el pupitre, se encaramó y puso los puños sobre el libro.

Alcanzada aquella altura, sintió la necesidad de ser magnífico. Tuvo la “gimagen” por la punta superior y la arrancó cuidadosamente, pero el desgarro le salió sesgado, aunque no por culpa suya. Dejó en el libro toda la parte izquierda, con un ojo y un poco de aureola del viejo evangelista apócrifo, y ofreció a Georgette la otra mitad del santo y toda su piel. Georgette recibió al santo y dijo:

– Omle.

– Y yo? –gritó Gros-Alain.

La primera página que se arranca de un libro es como la primera sangre que se vierte. Provoca la matanza.  

Después de abatir el libro, René-Jean bajó de la silla.

(…)

Hubo un instante de silencio y terror; la victoria también comporta espantos. Los tres hermanos se cogieron de las manos y se retiraron a alguna distancia, considerando el enorme volumen desmantelado.

Fue un exterminio.

Despedazar la historia, la leyenda, la ciencia, los milagros verdaderos o falsos, el latín de la iglesia, las supersticiones, los fanatismos, los misterios, romper una religión entera de arriba abajo, es trabajo para tres gigantes, e incluso para tres niños; transcurrieron horas ocupados en esta labor, pero consiguieron acabarla; no quedó nada de San Bartolomé.

Cuando todo hubo terminado, cuando la última página fue arrancada, la última estampa estuvo en el suelo, cuando no quedó del libro más que fragmentos de textos y de imágenes dentro de un esqueleto de encuadernación, René-Jean se puso en pie, miró el suelo cubierto de los pedazos de todas aquellas páginas esparcidas, y batió palmas.

Gros-Alain aplaudió.

Tal fue la segunda ejecución que sufrió San Bartolomé después de haber sido martirizado por primera vez en el año 49 después de Jesucristo.

Víctor Hugo «Noventa y tres» 

Quienes incendia bibliotecas

«Convéncete de una vez: no hay persona, familia, linaje, nación, doctrina ni Estado que no funden sus pretensiones de legitimidad en una flagrante impostura. Quienes incendian bibliotecas a fin de borrar huellas molestas ignoran que los manuscritos quemados eran también espurios. El mayor enemigo de la mentira no es la verdad: es otra mentira. El letrista que te escribió lo hizo a sabiendas de que no existías.»

Juan Goytisolo «Telón de boca»

La destrucción de la Biblioteca de Alejandría

Cuando los árabes tomaron Alejandría y le preguntaron al califa Omar qué hacer con la biblioteca, Omar respondió: «Si los libros coinciden con el Corán, no son necesarios y pueden quemarlos. Si no coinciden con el Corán, son peligrosos y pueden quemarlos». Todavía hoy existen pensadores al estilo de este Omar, pensadores que creen que todo conocimiento debe ajustarse al de un libro: la Biblia, y se niegan a permitir que se conciba el menor error en él.

ISAAC ASIMOV
En una entrevista de Bill Moyers

Biblioteca Recuperada: La Batalla por la memoria. Valparaíso, 1973

 

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San Martín, Luciano and Ballesteros, Karin and de Armas, Tania and Castillo, Ramón and Barrenechea, Carlos and Costa, Luis and Cancino, Juan Patricio and Copolla, Pavella and Guajardo, Ernesto and Díaz, Rosa and Llorens, Ramón and Riquelme, Marcela and Barría, Ghislaine . Biblioteca Recuperada: La Batalla por la memoria. Valparaíso, 1973.,  Universidad de Playa Ancha, Valparaíso – Chile, 2017

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El interés por la recuperación de las memorias fracturadas o difíciles es fundamental a la hora de entender la configuración de las sociedades actuales. Sin la comprensión de esos episodios de la historia es imposible entender diversos aspectos de la sociedad del Chile de hoy; en este caso vinculado con prácticas lectoras, con la información, con el libro, con el conocimiento. 

 

En el caso del libro en Chile, el trauma que significó la dictadura militar del año 1973 es uno de los episodios que hace muy poco tiempo ha comenzado a estudiarse, abundando los últimos años diversos esfuerzos por describir y comprender distintos aspectos sobre los cuales actuó. Los estudios de memoria han destacado en América Latina por su vinculación con el análisis de los procesos sociopolíticos que la afectaron en el pasado reciente, como las dictaduras militares de las décadas de los 70-80 (Jelin, 2001). Sin embargo, respecto a la destrucción del libro estos estudios han sido insuficientes; prácticamente inexistentes. La perspectiva de la memoria permite evocar y significar desde el presente el proceso de eliminación del libro en Valparaíso; y al mismo tiempo captar la significación que la ciudadanía actualmente le asigna al libro, evidenciando el trauma social que implicó este episodio histórico, desconocido en detalle y que ha instalado en la memoria social al libro como un objeto peligroso, sospechoso, delictual.
Para la reconstrucción de este episodio del libro destruido en Valparaíso – Chile, adquieren vital importancia no solo los agentes vinculados a la cultura, sino también los miles de relatos anónimos de quienes vivieron este episodio de la historia nacional, siendo objetos de censura / autocensura, destruyendo todos aquellos títulos que pudieran constituirse como material subversivo o atentarorio al régimen que se estaba imponiendo, dando cabida a prácticas olvidadas o negadas, creando una especie de listado silencioso o imaginario de los libros considerados peligrosos.

 

 

 

 

Un bibliotecario de Harvard testificó ante el tribunal internacional por la destrucción de la biblioteca de Sarajevo

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Anna Burges. Harvard librarian puts this war crime on the map. Harvard Gazete, feb 2020

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András Riedlmayer catalogó años de destrucción del patrimonio cultural por nacionalistas serbios en los Balcanes. Por ello, el tribunal de la ONU le pidió que compilara informes periciales adicionales sobre la destrucción en los Balcanes, y testificó contra 14 funcionarios serbios y serbios de Bosnia acusados ​​de crímenes de guerra.

 

La destrucción de la biblioteca de Sarajevo hizo desaparecer casi 2 millones de libros que se quemaron durante la Guerra de los Balcanes. Los documentos de 500 años de antigüedad y manuscritos de la era otomana se desintegraron en cenizas cuando el edificio que los albergaba, la Biblioteca Nacional de Bosnia-Herzegovina, fue bombardeado y quemado. No fue el primer acto de destrucción cultural de las fuerzas serbias contra otros grupos étnicos en los Balcanes, y ciertamente no fue el último: en los siguientes siete años, los nacionalistas serbios dirigidos por el dictador Slobodan Milosevic causaron estragos en la región de los Balcanes.

Pero quemar la biblioteca y su contenido fue el acto que llevó a András Riedlmayer al conflicto de los Balcanes. Y casi 30 años después, Riedlmayer, un bibliotecario y bibliógrafo de la Biblioteca de Bellas Artes de Harvard, que sabe más que nadie sobre la destrucción del patrimonio cultural de esa región,  ha testificado contra sus perpetradores en nueve juicios internacionales y ha ayudado a establecer un precedente al enjuiciar este tipo de destrucción como un crimen de guerra.

En 1992, cuando leyó sobre la quema de la Biblioteca Nacional, Riedlmayer sabía que era un ataque a algo más que a objetos físicos. Fue lo que luego testificó como “destrucción del patrimonio cultural”: destrucción intencional e innecesaria de sitios y registros que actúan como memoria colectiva de la comunidad.

El crimen provino de un deseo no solo de matar a personas que forman parte de un grupo étnico o religioso, explicó Riedlmayer, sino de borrar su existencia, «eliminar cualquier evidencia de que alguna vez estuvieron allí».

Riedlmayer finalmente fue a los Balcanes en 1999 con una beca para documentar la destrucción cultural del patrimonio. Durante los siguientes 10 años, el tribunal de la ONU pidió a Riedlmayer que compilara informes periciales adicionales sobre la destrucción en los Balcanes. Finalmente testificó contra 14 funcionarios serbios y serbios de Bosnia acusados ​​de crímenes de guerra.

 

Destrucción de archivos durante la dictadura franquista

 

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La pormenorizada reconstrucción de la represión ha sido uno de los aspectos más notables de la reciente explosión historiográfica española. Esta tarea esencial se ha visto dificultada por la destrucción unilateral de material archivístico.

Si los franquistas no se sentían incómodos con sus acciones en el exterior y el interior, ¿por qué eliminaban las pruebas? Después de todo, los archivos que documentaban los crímenes, reales o imaginados, de la República fueron cuidadosamente reunidos y perviven al día de hoy.

En el año 1965 los franquistas empezaron a pensar lo impensable: que el Caudillo no era inmortal y que había que hacer preparativos para el futuro. En el año 1985 el gobierno español empezó a tomar algunas medidas, con retraso y vacilaciones, para proteger los recursos archivísticos de la nación.

Entre las pérdidas de aquellos decisivos veinte años figuran los archivos de la Falange, con los expedientes personales de cientos de miles de sus afiliados. Los archivos de las jefaturas de policía provinciales, de las cárceles y de la principal autoridad local del franquismo, los gobernadores civiles, también desaparecieron.

Convoyes enteros de camiones se llevaron los documentos «judiciales» de la represión. Además de la deliberada destrucción de archivos, se produjeron también pérdidas «involuntarias» cuando algunos ayuntamientos vendieron al peso sus archivos como papel para su reciclado. La consecuencia es que resulta imposible la reconstrucción completa a escala nacional del coste humano del golpe militar de 1936.

Paul Preston «Franco’

Biblioclastía: La destrucción de bibliotecas a lo largo de la historia

 

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Navarrete Caparrós, Adela. Biblioclastía: La destrucción de bibliotecas a lo largo de la historia Tapa blanda, 2018

 

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Podemos definir biblioclastía –también conocida como libricidio-, como la destrucción de libros y bibliotecas de forma intencionada, sistemática, deliberada y violenta, en un intento por aniquilar la memoria de un grupo que constituye una amenaza para otro que se presume superior. La Biblioteca Real de Asurbanipal, la Biblioteca Real de Alejandría, las bibliotecas alemanas y polacas durante la Segunda Guerra Mundial, a Nacionalna i Univerzitetska Biblioteka Bosne i Hercegovine -Biblioteca Nacional Universitaria de Bosnia-Herzegovina-… Estas son sólo algunas de las atrocidades que se han cometido contra bibliotecas a lo largo de la historia contra el conocimiento y el saber. Incendios, bombardeos, quemas… ¿Hasta donde puede llegar el deseo de algunos grupos o personas por eliminar la herencia cultural de otras?

La Biblioteca Real de Asurbanipal, la Biblioteca Real de Alejandría, las bibliotecas alemanas y polacas durante la Segunda Guerra Mundial, la Nacionalna i Univerzitetska Biblioteka Bosne i Hercegovine -Biblioteca Nacional Universitaria de Bosnia-Herzegovina-… Estas son sólo algunas de las atrocidades que se han cometido contra bibliotecas a lo largo de la historia, contra el conocimiento y el saber. Incendios, bombardeos, quemas… ¿Hasta donde puede llegar el deseo de algunos grupos o personas por eliminar la herencia cultural de otras?