
«Sólo es legible el libro de lo incierto»
Antonio Gamoneda

«Sólo es legible el libro de lo incierto»
Antonio Gamoneda

El mal que existe en el mundo proviene casi siempre de la ignorancia, y la buena voluntad sin clarividencia puede ocasionar tantos desastres como la maldad. Los hombres son más bien buenos que malos, y, a decir verdad, no es esta la cuestión. Sólo que ignoran, más o menos, y a esto se le llama virtud o vicio, ya que el vicio más desesperado es el vicio de la ignorancia que cree saberlo todo y se autoriza entonces a matar. El alma del que mata es ciega y no hay verdadera bondad ni verdadero amor sin toda la clarividencia posible.
Albert Camus «La Peste»

«La obra de Bob Dylan es como una biblioteca de pasillos estrechos y sinuosos y profundas estanterías de roble que atraen a quien se asoma: uno se pone a hojear los volúmenes y puede que no quiera salir jamás. Consecuencia directa de Dylan es un montón de poesía infame, una caterva de tipos flacuchos con gafas de sol y pose odiosa; también mucho cinismo malicioso. Pero también la letra de “Strawberry Fields Forever”, o de “Montague Terrace in Blue”, de Scott Walker, o de “New Face in Hell”, de The Fall. Gerry Goffin perdió la cabeza en su intento por acercarse al numen de Dylan, pero de paso compuso “Goin’Back”para Dusty Springfield y “Wasn’t Born to Follow”, popularizada por los Byrds, dos canciones filosóficas capaces de vertebrar toda una vida; a lo mejor pensaba que el sacrificio le había salido a cuenta.»
La gente pedía a Bob Dylan lo imposible: que descifrase el mundo. Era una exigencia inalcanzable para cualquiera. Lo más extraordinario de Dylan, y de suyo un logro monumental, es que ayudó a su país a descifrarse a sí mismo.»
Bob Stanley ‘Yeah! Yeah! Yeah! La historia del pop moderno»

Otro lugar que se parece a estar dentro de un cuento infantil, primero, y después en una gran novela del siglo XIX es el mercado de los libros de Sant Antoni, los domingos por la mañana. Un espacio que respira envejecimiento y alegría. Casi un kilómetro de puestos de libros de segunda mano. Ni las autoridades franquistas ni la Iglesia aparentan tener nada que decir aquí, donde, de algún modo, pervive la riqueza cultural anterior a la guerra. Ninguna librería de la ciudad causa un impacto semejante. Cualquiera sabe que, si busca y pregunta, puede encontrar o encargar libros contemporáneos prohibidos. Me engulle la multitud y me resulta difícil ponerme delante del puesto, el único sitio desde el que puedo ver los libros y las revistas. Avanzo con dificultad, agarrándome a mi padre para no perderlo. Por encima de todos los olores que desprende la multitud, me gusta percibir el olor del papel viejo, y tendrán que pasar muchos años para que de este teatro de los libros ya únicamente me emocione el recuerdo.
JOAN MARGARIT en “Para tener casa hay que ganar la guerra”.
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De la noche a la mañana, un día nos enteramos de que un poeta lírico se ha alzado con la presidencia de los EE UU, en tanto que al sur, el resto de América empieza a aunarse al fin bajo el liderazgo de hierro de un dramaturgo experimental. Escindido en géneros literarios y en disciplinas humanísticas, el mundo amenaza con volver a la política de bloques y a la guerra fría, y en todos los países, salvo en aquellos donde algún gremio de letrados hubiera impuesto un régimen totalitario, surgirían partidos nunca vistos: el PC (Partido Costumbrista), la UEB (Unión de Editores de Bolsillo), la APE (Asociación de Profesores de Español), etcétera. Se provee de uniformes de campaña y armas automáticas a los bibliotecarios. Los profesores de literatura dan sus clases a punta de pistola. Por donde pasa el caballo de un crítico literario, ahí no vuelve a crecer más la hierba de la imagen. Taxistas y albañiles habrían de revalidar sus puestos de trabajo con la demostración de haber leído con aprovechamiento doscientos libros y compuesto al menos un cuento o un soneto. No se pedirían ya curriculum vitae sino curriculum retoricae. Habría depuraciones, habría delaciones («mi vecino del tercero no ha leído a Galdós ni releído a Juan Goytisolo»), habría torturas, sambenitos y capirotes, habría insignias y carnés, y un nuevo fantasma recorrería el mundo: el de la literatura. Ingenieros informáticos y teleadictos empecinados («nostálgicos del pasado, reaccionarios», en definitiva) celebrarían reuniones clandestinas para ver anuncios de televisión y jugar a los videojuegos.
Luis Landero «Entre líneas: el cuento o la vida»

Jim no tenía gran cosa que hacer en Coronado, se aburría y estaba intranquilo. Empezó a pedir que le dejaran volver a la universidad para recuperar el curso de historia que había dejado colgado. Se marchó a principios de agosto, con la promesa de que buscaría un empleo de media jornada. A finales de verano, Jim trabajaba de auxiliar en la Biblioteca de Artes Escénicas, colocando libros en los estantes y reclamando devoluciones atrasadas, por un dólar veinticinco la hora. Era un trabajo sencillo, pero fue incapaz de conservarlo. En octubre llegó un nuevo bibliotecario que despidió a Jim cuando se hizo evidente que este no tenía ningún interés en llegar puntual al trabajo.
«De aquí nadie sale vivo. La vida de Jim Morrison» · Hopkins, Jerry: Sugerman, Danny: Capitán Swing

…Y la tomé como un libro; la abro en dos y contemplé maravillado su contenido, sus líneas tan perfectas, tan lisas, tan incitantes a querer leerla, tenerla, olerla. lo hice; inhalé y exhalé tantas veces como deseé para grabarme por siempre su aroma a libro lívido el cual vibraba y eyaculaba letras. Al no poder más me introduje en su narración tantas veces como me fue posible, inundándole con mi poesía lírica… La deshojé, la devore todo en una noche.
Al terminar de leerla, en su último párrafo, en su punto final, le agregue dos puntos más convirtiéndola en suspensivos seguidos de mi firma, pues sabía que desde ese momento, se desarraigar la saga de un amor interminable…
Gustavo Hernández

Carol Bowe, una bibliotecaria que trabaja para el Consejo del Condado de Gloucestershire, buscó en los estantes las cubiertas adecuadas antes de encontrar voluntarios que estuvieran vestidos de manera similar y pudieran recrear la pose.
Carol entonces sostenía el libro entre la cámara y la persona, haciendo que pareciera que la imagen de la portada se estaba derramando en la vida real.
Carol dijo: «Es una mezcla de una persona con un libro y es para promover el valor de la biblioteca.
«Es una forma peculiar de atraer a la gente a leer nuestros libros. Siempre buscamos grandes portadas de libros que podamos combinar con una persona».
Carol creó las imágenes para crear conciencia sobre la importancia social de las bibliotecas de Gloucestershire y las lanzó a tiempo para el Día Mundial del Libro.

Dee Garrison, Apostles of Culture New York, NY: Free Press, 1979
«En la década de 1860, el concepto popular del bibliotecario era el de un hombre de negro preocupado: un coleccionista y conservador que nunca fue tan feliz como cuando todos los volúmenes estaban a salvo en el estante.»
Dee Garrison
El libro de Garrison, un clásico, revisa la historia social de la biblioteca pública, revela los efectos de los roles sexuales y la clase social en la formación y evolución del sistema de bibliotecas y estudia el impacto de la feminización.
La biblioteca pública nació de un movimiento de reforma para socializar y educar a todos, especialmente a los pobres y los inmigrantes. Los primeros líderes se veían a sí mismos como misioneros educativos, llevando alfabetización y literatura a las masas.
La biblioteconomía profesional se produjo en un lugar extraño en el tiempo cuando las mujeres de clase media no trabajaban con frecuencia y el trabajo que realizaban estaba infravalorado. Además, estaban dispuestos a recibir salarios mucho más bajos que los hombres y, económicamente hablando, tenía sentido contratar a mujeres debido a esto. Las mujeres no exigieron más, ni pudieron. El clima social de la época limitaba mucho a las mujeres; pedir más paga iría en contra de las convenciones sociales.
«En la década de 1860, el concepto popular del bibliotecario era el de un hombre de negro preocupado: un coleccionista y conservador que nunca fue tan feliz como cuando todos los volúmenes estaban a salvo en el estante.
En este ambicioso y provocador libro, Dee Garrison intenta llevar la historia de la biblioteca a la corriente principal de la erudición sobre el período que va desde el final de la Reconstrucción hasta el final de la Era Progresista. Su estudio abarca los antecedentes sociales e ideales de los líderes de las bibliotecas de finales del siglo XIX, sus respuestas a la difusión de la ficción popular, la carrera de Melvil Dewey y la feminización de la profesión de bibliotecario antes de 1920.
Aunque tiene cosas interesantes que decir sobre todos estos temas, las partes dispares de los Apóstoles de la Cultura no constituyen un todo unificado. Al final persiste la impresión de que las corrientes de cambio de la Edad Dorada y la época de Theodore Roosevelt y Woodrow Wil hijo sólo tuvieron un impacto modesto en el futuro de las bibliotecas estadounidenses.
Garrison retrata a la élite bibliotecaria como un Mugwumps libresco, asustado por la nueva sociedad industrial y deseoso de usar la biblioteca pública como un medio para amortiguar las fuerzas de la agitación social. «En cuanto a los granjeros que temían el cambio, los bibliotecarios buscaban restaurar las verdades del pasado y crear una nueva profesión» (p. 36). Esperar que los líderes de una institución dedicada a la conservación del conocimiento sean algo más que conservadores en sus puntos de vista básicos es una ingenuidad. En otro, se echa de menos, como reconoce el autor, la medida en que los libricultores fueron capaces de lograr una serie de resultados beneficiosos en la reforma escolar y la democratización del conocimiento.
Aceptando los estereotipos erróneos habituales de finales del siglo XIX como una época de capitalismo no aliviado, Garrison admite de mala gana que las bibliotecas públicas desempeñaron un papel en la disminución general de las desigualdades de la vida americana que caracterizó los años 1890 a 1920.
En la segunda sección se aborda la cuestión de las actitudes de las bibliotecas hacia la ficción de barrio y el alejamiento de los esfuerzos por resistir el afán del público por leer novelas independientemente de su mérito artístico o importancia literaria. Garrison encuentra hábilmente y con precisión en las novelas que trata temas de rebelión femenina contra las convenciones victorianas. Un capítulo posterior examina cómo los bibliotecarios graduados renunciaron a cualquier intento de guiar el gusto del público en «lo apropiado»

Han pasado veinte años, y el profesor de Inglés de Jim Morrison, cantante de The Doors, todavía habla de sus hábitos de lectura:
—Jim (Morrison) leía tanto o más que ningún otro alumno de la clase. Pero todo lo que leía era tan extravagante que una vez pedí a otro profesor que solía ir a la Biblioteca del Congreso que comprobase si los libros de los que Jim hablaba existían en realidad. Yo tenía la sospecha de que se los inventaba, ya que se trataba de libros ingleses sobre la demonología en los siglos xvi y xvii. Nunca había oído hablar de ellos. Pero existían, y estoy convencido, por el trabajo que hizo, de que los había leído, y la Biblioteca del Congreso era la única fuente posible.
De aquí nadie sale vivo. La vida de Jim Morrison · Hopkins, Jerry: Sugerman, Danny: Capitán Swing