Un análisis reciente realizado por la American Association for Cancer Research (AACR) ha revelado un fuerte aumento en el uso de texto generado mediante modelos de lenguaje grande (LLMs) en artículos de investigación y revisiones por pares, particularmente desde la aparición pública de ChatGPT en noviembre de 2022
Se examinó un conjunto de más de 46.500 resúmenes, 46.000 secciones de métodos y cerca de 30.000 comentarios de revisores, usando una herramienta de detección desarrollada por Pangram Labs. Esta herramienta identificó que en 2024 el 23 % de los resúmenes de manuscritos y el 5 % de los informes de revisión contenían texto que probablemente fue generado por LLMs.
Pese a que la política de la AACR obliga a los autores a declarar el uso de inteligencia artificial en sus manuscritos, menos de una cuarta parte de quienes usaron LLMs lo hicieron.
Además, los autores de instituciones en países no anglófonos fueron más propensos a usar LLMs para mejorar el lenguaje en secciones como los métodos, aunque esto conlleva riesgos de introducir errores si se modifican descripciones técnicas.
En cuanto a las revisiones por pares, se observó que tras la prohibición del uso de LLMs para revisores por parte de la AACR, a finales de 2023 disminuyó la detección de texto generado por IA en comentarios de revisión; sin embargo, a comienzos de 2024 la presencia de estos textos volvió a aumentar significativamente.
Edwards, Benj. “Why AI Detectors Think the US Constitution Was Written by AI.” Ars Technica, 14 de julio de 2023.
Los expertos en inteligencia artificial de la UMD, Soheil Feizi y Furong Huang, comparten sus últimas investigaciones sobre los grandes modelos lingüísticos como ChatGPT, las posibles implicaciones de su uso y lo que nos depara el futuro.
Los detectores actuales se han convertido en herramientas populares en entornos educativos y profesionales, pero la evidencia muestra que su fiabilidad es muy limitada. En muchos casos, un texto auténticamente humano puede ser clasificado como artificial, mientras que uno generado por IA puede pasar inadvertido. Este margen de error refleja que los algoritmos todavía no cuentan con mecanismos suficientemente sólidos para distinguir entre los matices del lenguaje humano y los patrones que produce una máquina.
Una de las principales dificultades radica en que los detectores suelen basarse en métricas lingüísticas como la “perplejidad”, que miden la complejidad o previsibilidad de un texto. Sin embargo, la escritura humana no siempre responde a un mismo patrón: puede ser sencilla o repetitiva, como ocurre en exámenes, informes técnicos o incluso documentos históricos. Este es el motivo por el que se han dado casos llamativos, como el de la Constitución de Estados Unidos, que fue identificada erróneamente como un texto creado por inteligencia artificial. Este tipo de fallos no solo muestran las limitaciones técnicas, sino también los riesgos de utilizar estas herramientas como árbitros definitivos de la autenticidad textual.
El artículo también menciona que las estrategias de detección basadas en marcas de agua digitales, que se presentan como una alternativa, tampoco están libres de problemas. Aunque permiten incrustar señales invisibles en los textos generados por IA para poder rastrearlos, estas señales pueden ser eliminadas o modificadas mediante técnicas de reescritura o edición, lo que vuelve a poner en entredicho la seguridad del sistema. Así, tanto los detectores tradicionales como las técnicas más recientes pueden ser engañados con relativa facilidad.
A pesar de estas limitaciones, hay un horizonte de mejora. Investigadores apuntan que la fiabilidad de los detectores podría aumentar si se entrenan con más datos de referencia de escritura humana y si, en lugar de analizar frases o fragmentos cortos, se valoran textos completos en los que se puedan identificar patrones más amplios. De este modo, aunque hoy la detección de IA se perciba como una tarea frágil y llena de falsos positivos, aún existe la posibilidad de desarrollar métodos más precisos y robustos que permitan distinguir con mayor seguridad entre lo humano y lo artificial.
Elkhatat, Ahmed M., Khaled Elsaid y Saeed Almeer. «Evaluating the efficacy of AI content detection tools in differentiating between human and AI-generated text.» International Journal for Educational Integrity 19, artículo 17 (2023). https://doi.org/10.1007/s40979-023-00140-5.
Se evalúa la eficacia de diversas herramientas de detección de contenido generado por inteligencia artificial (IA), como OpenAI, Writer, Copyleaks, GPTZero y CrossPlag, para diferenciar entre textos escritos por humanos y generados por IA.
Para la investigación, se generaron 15 párrafos con el modelo ChatGPT 3.5, 15 con el modelo 4 y 5 respuestas de control escritas por humanos, todas sobre el tema de torres de enfriamiento en procesos de ingeniería. Las herramientas evaluadas incluyeron OpenAI, Writer, Copyleaks, GPTZero y CrossPlag.
Los resultados indicaron que las herramientas de detección fueron más precisas al identificar contenido generado por GPT-3.5 que por GPT-4. Sin embargo, al aplicarlas a las respuestas de control escritas por humanos, las herramientas mostraron inconsistencias, produciendo falsos positivos y clasificaciones inciertas. Estos hallazgos subrayan la necesidad de desarrollar y perfeccionar las herramientas de detección de contenido generado por IA, ya que el contenido generado por IA se vuelve más sofisticado y difícil de distinguir del texto escrito por humanos.
Aunque las herramientas de detección de IA ofrecen una funcionalidad valiosa, su fiabilidad y precisión actuales son limitadas. Es crucial abordar estos desafíos para garantizar una evaluación justa y precisa en diversos contextos académicos y profesionales.
Un estudio de la Universidad de Tecnología de Queensland revela que la mayoría de los empleados usa IA regularmente en el trabajo, pero casi la mitad admite hacerlo de manera inapropiada. Muchos desconocen las limitaciones de estas herramientas, lo que puede generar contenido inexacto o conflictos de responsabilidad. Los expertos recomiendan formación, políticas claras y cultura de responsabilidad digital para un uso ético y eficaz de la IA.
Un reciente estudio realizado por la Universidad de Tecnología de Queensland analiza cómo los empleados utilizan la inteligencia artificial (IA) en su entorno laboral y revela hallazgos preocupantes. La encuesta, que incluyó a más de 1.000 trabajadores de diferentes sectores, muestra que la mayoría de ellos emplea herramientas de IA, como ChatGPT, de manera regular para redactar correos electrónicos, informes, presentaciones y otro tipo de documentación profesional. Este fenómeno refleja la rápida adopción de la IA generativa en tareas cotidianas, pero también evidencia un uso que no siempre sigue buenas prácticas ni criterios éticos claros
A pesar de su popularidad, casi la mitad de los encuestados admite utilizar la IA de manera inapropiada. Muchos no comprenden completamente cómo funcionan estas herramientas ni sus limitaciones, lo que puede derivar en la producción de contenido inexacto, sesgado o incluso plagio involuntario. Además, el estudio señala que alrededor del 30 % de los participantes ha delegado en la IA tareas que originalmente correspondían a otros colegas, generando conflictos de responsabilidad y cuestionamientos éticos en el lugar de trabajo. Los investigadores enfatizan que estas prácticas pueden afectar tanto la productividad como la confianza dentro de los equipos.
El estudio también identifica diferencias significativas según la edad y el nivel educativo de los empleados. Los trabajadores más jóvenes tienden a adoptar la IA con mayor frecuencia, pero son también los que más reportan un uso inapropiado. Por otro lado, aquellos con formación técnica tienden a utilizar estas herramientas con mayor comprensión de sus riesgos, reduciendo la probabilidad de errores o mal uso. Esto sugiere la importancia de la formación y la alfabetización digital como factores clave para un uso responsable de la IA en el trabajo.
Los expertos consultados recomiendan que las organizaciones implementen políticas claras sobre el uso de la IA, incluyendo guías de buenas prácticas, límites en la delegación de tareas y procedimientos de verificación de contenido. También se sugiere fomentar una cultura de transparencia y responsabilidad digital, asegurando que los empleados comprendan que el uso inadecuado puede tener consecuencias legales, éticas y de reputación. El objetivo es equilibrar la eficiencia que la IA ofrece con la integridad y confiabilidad del trabajo realizado.
Aunque la inteligencia artificial se ha convertido en una herramienta cotidiana en el entorno laboral, su adopción rápida sin capacitación ni supervisión adecuada puede generar riesgos importantes. La clave está en la educación digital, la claridad en las políticas internas y la cultura de responsabilidad, para que la IA mejore la productividad sin comprometer la ética, la precisión o la confianza en los equipos de trabajo.
Gao, Wenli, Guoying Liu, Michael Bailou Huang, y Hong Yao. “AI in Scholarly Publishing: A Study on LIS Journals’ Guidelines and Policies.” International Journal of Librarianship 10, no. 2 (2025): 85–100. https://doi.org/10.23974/ijol.2025.vol10.2.419
Se examina cómo las revistas de biblioteconomía e información científica (LIS) han adoptado y regulado el uso de la inteligencia artificial generativa, especialmente herramientas como ChatGPT, dentro del contexto de la publicación académica
En primer lugar, los autores describen numerosos beneficios potenciales de ChatGPT para el ámbito editorial: facilita a los autores la redacción, puede asistir en la generación de resúmenes, sintetizar información compleja y, en general, optimizar varios aspectos del proceso de publicación. No obstante, advierten que esta tecnología representa una innovación disruptiva que podría transformar profundamente la academia y la comunicación científica.
A pesar de sus ventajas, el artículo destaca importantes desafíos éticos. Una de las principales preocupaciones es la autoría: el uso de ChatGPT genera dudas sobre quién es realmente el autor del contenido —el humano que lo solicitó o la IA que lo generó— y sobre cómo atribuir correctamente el crédito. demás, señalan problemas relacionados con el derecho de autor: el modelo puede usar contenido protegido sin citar adecuadamente, ya sea en forma de citas, datos, ideas, métodos o gráficos, lo que podría derivar en plagio, incluso cuando el texto se paraprasea.
Frente a estos retos, los autores argumentan que es fundamental evaluar el nivel de transparencia con que se está integrando la IA generativa en las prácticas editoriales. Recomiendan que las revistas establezcan políticas claras que regulen su uso, especialmente en lo referido a atribución, transparencia y salvaguarda de la originalidad del trabajo científico.
Sadasivan, Vinu Sankar, Aounon Kumar, Sriram Balasubramanian, Wenxiao Wang, y Soheil Feizi. “Can AI-Generated Text be Reliably Detected?” arXiv, marzo 17, 2023. https://doi.org/10.48550/arXiv.2303.11156
Investigadores de la Universidad de Maryland, liderados por Soheil Feizi, profesor asistente de informática, han evaluado la fiabilidad de los detectores de contenido generado por inteligencia artificial (IA). Su conclusión es clara: los detectores actuales no son fiables en escenarios prácticos. Feizi señala que herramientas comunes como paráfrasis pueden reducir la precisión de detección a niveles similares a una simple moneda al aire.
Feizi distingue dos tipos de errores de detección: tipo I, cuando un texto humano es marcado como generado por IA, y tipo II, cuando un texto de IA pasa como humano. Ambos presentan graves implicaciones, especialmente en contextos académicos y editoriales, donde errores pueden arruinar reputaciones y ser extremadamente difíciles de refutar.
Adicionalmente, incluso los métodos basados en marcas digitales (watermarking), teóricamente diseñados para identificar contenido de IA, pueden ser vulnerables a ataques de suplantación. El investigador advierte que dichas fallas podrían socavar la credibilidad de los mecanismos de autenticación digital.
Soheil Feizi explica que, en la práctica, dada la semejanza en la distribución de estilos entre textos humanos y generados por IA —y la sofisticación creciente de las técnicas de engaño—, es “teóricamente imposible” distinguir con certeza absoluta el origen de un texto.
Por otro lado, Furong Huang, también profesora asistente en la Universidad de Maryland, adopta una posición más optimista. Ella sostiene que los modelos de detección podrían mejorar si se dispone de una gran cantidad de ejemplos genuinos de escritura humana para su entrenamiento. Es decir, la clave para refinar estas herramientas sería el acceso a más y mejores datos.
GAIDeT, es una herramienta práctica para declarar de forma clara y estandarizada el uso de IA generativa en la investigación y la publicación académica. Su propuesta combina fases del proceso de investigación con roles de la IA, apoyada por una herramienta en línea que genera declaraciones automáticas. El objetivo es fomentar transparencia, responsabilidad y confianza en la comunicación científica.
La creciente presencia de herramientas de inteligencia artificial generativa (IA generativa) en la investigación académica y plantea una necesidad crítica: mejorar la transparencia en la forma en que los investigadores divulgan el uso de estas herramientas, ya que muchas declaraciones existentes son vagas o directamente inexistentes, lo que perjudica la reproducibilidad y comprensión del proceso científico.
Para resolver esto, los autores proponen el marco GAIDeT (Generative Artificial Intelligence Delegation Taxonomy), un sistema inspirado en taxonomías como CRediT o NIST, pero adaptado específicamente para describir cómo, dónde y en qué tareas se ha delegado trabajo a herramientas de IA en el flujo de investigación. Este sistema articula dos dimensiones clave: por un lado, la etapa del proceso de investigación (por ejemplo: generación de ideas, búsqueda bibliográfica, redacción, análisis de datos); por otro, el rol específico desempeñado por la IA (como síntesis de texto, traducción, análisis de sesgos), siempre dejando claro que el control y la responsabilidad final recaen en el investigador humano.
Para facilitar su implantación, se creó una herramienta en línea llamada GAIDeT Declaration Generator . Esta herramienta guía al usuario mediante preguntas simples sobre cómo utilizó la IA, qué herramienta utilizó y en qué fase del trabajo, generando automáticamente una declaración estandarizada que puede insertarse directamente en un manuscrito —realizando así la tarea sin cargas administrativas adicionales para los autores
La adopción de GAIDeT aporta beneficios tangibles para distintos actores académicos:
Autores: les proporciona una forma estándar de demostrar uso responsable y transparente de la IA, reforzando la credibilidad de su trabajo.
Editores: simplifica la evaluación de si la IA se usó como una herramienta legítima o si se delegó indebidamente trabajo académico.
Revisores: les ofrece contexto adicional para valorar decisiones metodológicas y definir el alcance real de la participación de IA.
Moderadores de repositorios: les ayuda a proteger la integridad de los archivos, aclarando el nivel de asistencia de IA en los documentos depositados.
Lectores:facilita interpretar los resultados del estudio con precisión, comprendiendo en qué medida fueron asistidos por IA
Su objetivo es que las declaraciones de uso de IA sean una parte natural del proceso académico, tan comunes como los conflictos de interés o las fuentes de financiación, devolviendo claridad y confianza a la ciencia en tiempos de innovación acelerada
Los detectores de escritura con IA funcionan mejor con hablantes nativos de inglés. Los ensayos de estudiantes nacidos en EE. UU. fueron evaluados con alta precisión, mientras que los textos de hablantes no nativos fueron clasificados erróneamente como generados por IA en más del 60 % de los casos.
Un estudio de la Universidad de Stanford revela que los detectores de contenido generado por inteligencia artificial (IA) presentan sesgos significativos contra los escritores no nativos de inglés. Estos sistemas, diseñados para identificar textos producidos por IA, muestran una precisión notablemente baja al evaluar ensayos escritos por estudiantes cuya lengua materna no es el inglés.
La investigación, dirigida por el profesor James Zou, encontró que mientras los detectores alcanzaban una precisión casi perfecta al evaluar ensayos de estudiantes nacidos en EE. UU., clasificaron erróneamente más del 61% de los ensayos del TOEFL (Test of English as a Foreign Language) como generados por IA. Además, todos los detectores identificaron como IA 18 de los 91 ensayos evaluados (19%), y al menos uno de ellos marcó 89 de los 91 ensayos (97%) como potencialmente generados por IA.
Este sesgo se atribuye al uso de métricas como la «perplejidad», que mide la complejidad lingüística. Los escritores no nativos suelen obtener puntuaciones más bajas en aspectos como riqueza léxica, diversidad léxica, complejidad sintáctica y gramatical, lo que los hace más susceptibles a ser identificados erróneamente como generadores de IA. Además, los sistemas actuales son fácilmente manipulables mediante técnicas como la «ingeniería de indicaciones», donde se solicita a una IA generativa que reescriba un texto utilizando un lenguaje más sofisticado, lo que puede engañar a los detectores.
Los autores del estudio advierten sobre los riesgos éticos de utilizar estos detectores sin una evaluación rigurosa, ya que podrían llevar a acusaciones injustas o sanciones para estudiantes y trabajadores extranjeros. Proponen evitar su uso en entornos educativos con alta presencia de hablantes no nativos de inglés y sugieren el desarrollo de métodos más sofisticados, como la incorporación de marcas de agua digitales en los textos generados por IA, para mejorar la fiabilidad de los sistemas de detección.
La fiabilidad de los detectores de texto generado por inteligencia artificial (IA) es un tema de creciente preocupación y debate en diversos ámbitos, como la educación, el periodismo y la investigación académica. Aunque existen herramientas comerciales que afirman altos niveles de precisión, diversos estudios han evidenciado limitaciones significativas en su desempeño.
Un estudio adicional de la Universidad de Maryland destacó que los detectores actuales no son fiables en escenarios prácticos, con un rendimiento apenas superior al de un clasificador aleatorio. Además, técnicas de parafraseo pueden reducir significativamente la tasa de detección.
El uso de detectores de IA también ha suscitado preocupaciones éticas. Investigaciones han demostrado que estos sistemas tienden a clasificar erróneamente los textos de personas no nativas en inglés como generados por IA. Por ejemplo, un estudio reveló que los ensayos de escritores no nativos fueron clasificados como generados por IA en un 61,3% de los casos, en comparación con solo el 10% de los ensayos de escritores nativos.
Dado el panorama actual, se recomienda utilizar los detectores de IA como herramientas complementarias y no como métodos definitivos para evaluar la autoría de un texto. Es esencial considerar el contexto y aplicar un juicio humano informado al interpretar los resultados de estas herramientas. Además, se destaca la importancia de desarrollar tecnologías de detección más avanzadas y éticamente responsables para abordar los desafíos emergentes en la identificación de contenido generado por IA.
Se analiza un problema creciente y alarmante en la ciencia: el aumento exponencial de artículos científicos fraudulentos. Mientras que el número total de publicaciones científicas se duplica aproximadamente cada quince años, el número estimado de artículos fraudulentos se duplica cada año y medio, lo que indica un ritmo mucho más acelerado de expansión de la falsedad en la literatura académica. Esta tendencia sugiere que, si continúa, los estudios fraudulentos podrían llegar a representar una proporción significativa del conocimiento científico disponible.
Uno de los factores clave detrás de este fenómeno son los llamados «paper mills», organizaciones que venden artículos ya redactados o fabricados, muchas veces con datos falsos, imágenes manipuladas o plagios. A cambio, los científicos obtienen autorías o citas sin esfuerzo real. Estas redes operan con una sofisticación sorprendente, casi como mafias, e involucran a editores corruptos, intermediarios y revistas vulnerables. Solo un pequeño número de individuos en posiciones editoriales puede facilitar la publicación masiva de estudios falsos, lo que multiplica la propagación del fraude.
El sistema editorial, tal como está estructurado, muestra vulnerabilidades importantes. Los intentos de combatir la difusión de artículos fraudulentos, como retirar revistas de bases de datos académicas o deindexarlas, han sido insuficientes. La proliferación de estudios falsos distorsiona campos enteros, dificulta los procesos de revisión y pone en riesgo los meta-análisis que guían prácticas médicas y científicas. Esto erosiona la confianza tanto dentro de la comunidad científica como en el público general, amenazando la credibilidad del método científico y sus aplicaciones.
Para llegar a su conclusión, los autores buscaron artículos publicados en PLOS ONE, una revista importante y generalmente reconocida que identifica cuál de sus 18.329 editores es responsable de cada artículo. (La mayoría de los editores son académicos que realizan la revisión por pares durante toda su investigación). Desde 2006, la revista ha publicado 276.956 artículos, 702 de los cuales fueron retractados y 2.241 recibieron comentarios en PubPeer, un sitio web que permite a otros académicos y a investigadores en línea plantear inquietudes.
El artículo también hace un llamado urgente a reforzar la integridad académica. Aunque existen herramientas para contrarrestar la amenaza —como retractaciones, exclusión de autores o instituciones, y revisiones de indexación en bases académicas—, las medidas actuales no son suficientes frente al crecimiento desenfrenado del fraude. De no implementarse estrategias más rigurosas y coordinadas, advierten los expertos, la propia ciencia podría verse comprometida.
Para preservar la credibilidad y la utilidad del conocimiento científico, será crucial que las instituciones académicas, las publicaciones y los evaluadores actúen de manera decidida y coordinada, reformando incentivos y fortaleciendo los mecanismos de control y verificación.