«A los libros se llega como a las islas mágicas de los cuentos, no porque alguien nos lleve de la mano, sino simplemente porque nos salen al paso. Eso es leer, llegar inesperadamente a un lugar nuevo. Un lugar que, como una isla perdida, no sabíamos que pudiera existir, y en el que tampoco podemos prever lo que nos aguarda. Un lugar en el que debemos entrar en silencio, con los ojos muy abiertos, como suelen hacer los niños cuando se adentran en una casa abandonada».
La lectura y la escritura en las disciplinas : lineamientos para su enseñanza / María Cristina Castro Azuara … [et al.] ; dirigido por Lucía Natale ; Daniela Stagnaro. – 1a ed. – Los Polvorines : Universidad Nacional de General Sarmiento, 2018.
La lectura y la escritura en las disciplinas: lineamientos para su enseñanza reúne propuestas de enseñanza de cuestiones centrales de la alfabetización académica elaboradas por investigadores latinoamericanos con amplia experiencia en el campo. El propósito principal del libro es promover las prácticas de lectura y escritura en las disciplinas durante la formación de grado. Los capítulos brindan herramientas para docentes de materias disciplinares que desean incorporar en sus cursos la lectura y la escritura de los géneros propios de sus campos de saber. También se dirige a los docentes de lenguaje que buscan iniciarse en el trabajo con la comprensión y producción de textos en el nivel superior. Los capítulos que lo componen reportan buenas prácticas de enseñanza puestas a prueba y evaluadas positivamente en las instituciones en que se desarrollaron. Asimismo, recuperan investigaciones sobre las problemáticas en el contexto actual de la educación superior. Desde este punto de partida, el libro propone a los lectores una reflexión sobre las propias prácticas docentes y ofrece herramientas para formar lectores y escritores que dominen los géneros propios de sus campos del saber.
Mercedes de los Santos ; Mariana Szretter ; coordinación general de Marcela Falsetti ; Silvina Feeney. Guías para talleres de lectoescritura en la escuela secundaria : para la adquisición, reelaboración y producción de conocimiento. 1a ed. – Los Polvorines : Universidad Nacional de General Sarmiento, 2023
La publicación que estamos presentando recoge dos iniciativas. La guía 1, de Mercedes de los Santos, da orientaciones para instrumentar las propuestas contenidas en el libro Desde la escuela secundaria hacia la universidad. Prácticas de lectura y escritura para el ingreso en los estudios superiores, de Guillermina Feudal, Mónica García y Juan Lázaro Rearte. Este libro, especialmente confeccionado para llevar a la escuela secundaria conceptos y tareas de lectura y escritura para ser trabajados en modalidad taller, se divide en capítulos que desarrollan explicaciones y proponen actividades. La propuesta de Mercedes de los Santos tiene una lógica adaptada a esos capítulos, aunque bien puede ser utilizada en forma independiente de ellos. La guía 2, de Mariana Szretter, recoge y analiza la experiencia de 2019, año en que se realizó una actividad que consistió en un taller en las escuelas a partir de una consigna propuesta por Szretter sobre la base de un texto de Ítalo Calvino, con la intención de trabajar la confrontación de posiciones argumentativas.
Las prácticas de lectura y escritura en la comunidad académica / Guadalupe Álvarez … [et al.] ; coordinación general de Elena Valente ; Mónica García. – 1a ed . 3a reimp. – Los Polvorines : Universidad Nacional de General Sarmiento, 2019.
La lectura y la escritura tienen una gran presencia en la vida universitaria; en rigor, vertebran la mayoría de las actividades que se llevan a cabo en ella. Si bien quienes inician sus estudios superiores dominan ciertas estrategias de lectura y escritura, es necesario que se familiaricen con las características que ambas prácticas asumen en la comunidad discursiva a la que se incorporan y, en función de ello, adapten sus producciones. Para tal fin, en sus lecturas y escrituras académicas, el estudiante se verá obligado a realizar diversas acciones: frecuentar y producir géneros discursivos de complejidad creciente, asumir un rol muy activo para apropiarse de sistemas conceptuales y vincularlos con los momentos históricos en los que fueron producidos, entre otras.
“Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuando los llamamos; mientras no abrimos un libro, ese libro, literalmente, geométricamente, es un volumen, una cosa entre las cosas. Cuando lo abrimos, cuando el libro da con su lector, ocurre el hecho estético. Y aun para el mismo lector el mismo libro cambia, cabe agregar, ya que cambiamos, ya que somos (para volver a mi cita predilecta) el río de Heráclito, quien dijo que el hombre de ayer no es el hombre de hoy y el de hoy no será el de mañana. Cambiamos incesantemente y es dable afirmar que cada lectura de un libro, que cada relectura, cada recuerdo de esa relectura, renuevan el texto. También el texto es el cambiante río de Heráclito”
«El libro o, mejor dicho la lectura es secreto. La forma en que el libro nos confía su contenido es tan inmediata, que obra en la pantalla de nuestra mente, suscitando los poderes de la imaginación y ya se sabe que no hay nada en la mente que no haya entrado por los sentidos. La imaginación es más poderosa cuanto mayor sea su capital de conocimientos, combinables hasta lo desconocido».
«Si el sistema nos propone un narcisismo de múltiples tentáculos (yo en Instagram, yo en Facebook, yo en YouTube, yo en Tik Tok, yo en mil selfis cotidianas, yo y mis seguidores), los libros nos proponen exactamente lo contrario: cómo salir de mí para convertirme en otros. En la lectura, lo importante no soy yo, sino los personajes de las novelas y los relatos, sus aventuras, sus tensiones, sus contradicciones. La red quiere asfixiarnos con un exceso de yo. La biblioteca nos propone olvidarnos de nosotros mismos, salir de nuestras mentes y nuestros cuerpos para encarnar en mujeres y hombres de otros tiempos, de otras clases sociales, de otros credos e ideologías. Por eso la lectura sigue siendo tan peligrosa. Es un grito de emancipación, una revolución silenciosa que avanza un paso cada vez que un nuevo lector abre un libro….
La gente va y viene; los más cercanos nos hieren con facilidad; los que dicen querernos nos calumnian, nos olvidan o incluso nos odian después; las personas son volubles y están atravesadas por pasiones malsanas que no son de fiar. Pero los libros no: ellos, pase lo que pase, permanecen fieles a nuestro lado.
Los libros son espacios sagrados y la biblioteca una deidad multiforme.
La lectura nos modifica, nos transforma, nos otorga un poder incalculable. Leemos porque sabemos que un día moriremos, que somos finitos y que necesitamos un poco de trascendencia en medio de tanta banalidad y tanto sinsentido…
Leer es ya en sí mismo un acto de desobediencia frente a las políticas de la productividad capitalista. Y, por encima de todo, leer es una fuerza que significa emancipación, resistencia y resiliencia. No deseamos igual, no soñamos igual, no anhelamos lo mismo. Navegamos por aguas prohibidas, profundas y muchas veces turbulentas.»
Los autores utilizan estos análisis y definiciones fundamentales para arrojar nueva luz sobre el «enfoque equilibrado de la enseñanza de la lectura», la «fluidez lectora» y otros conceptos clave. El libro también aborda los problemas que plantea la definición de «dislexia» y propone un método para llegar a definiciones claras y fructíferas. Concluye con un capítulo en el que se intenta responder a la pregunta de en qué sentido, o hasta qué punto, puede afirmarse que la investigación sobre la lectura y la dislexia ha progresado. Destinatarios: Investigadores educativos y sus estudiantes
«Quizá no hubo días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro favorito. Todo lo que, al parecer, los llenaba para los demás, y que rechazábamos como si fuera un vulgar obstáculo ante un placer divino: el juego al que un amigo venía a invitarnos en el pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos forzaban a levantar los ojos de la página o a cambiar de sitio, la merienda que nos habían obligado a llevar y que dejábamos a nuestro lado sobre el banco, sin tocarla siquiera, mientras que, por encima de nuestra «cabeza, el sol iba perdiendo fuerza en el cielo azul, la cena a la que teníamos que llegar a tiempo y durante la cual no pensábamos más que en subir a terminar, sin perder un minuto, el capítulo interrumpido; todo esto, de lo que la lectura hubiera debido impedirnos percibir otra cosa que su importunidad, dejaba por el contrario en nosotros un recuerdo tan agradable (mucho más precioso para nosotros, que aquello que leíamos entonces con tanta devoción), que, si llegáramos ahora a hojear aquellos libros de antaño, serían para nosotros como los únicos almanaques que hubiéramos conservado de un tiempo pasado, con la esperanza de ver reflejados en sus páginas lugares y estanques que han dejado de existir hace tiempo.
Quién no recuerda como yo aquellas lecturas hechas en tiempo de vacaciones, que íbamos a ocultar sucesivamente en todas las horas del día que eran lo suficientemente apacibles e inviolables para darles asilo. Por la mañana, al volver del parque, cuando todo el mundo había salido a «dar un paseo», me deslizaba en el comedor donde, hasta la hora todavía lejana de almorzar, no entraría nadie más que la vieja Félicie relativamente silenciosa, y donde no tendría por compañeros, muy respetuosos de la lectura, más que los platos pintados colgados en la pared, el calendario cuya hoja de la víspera había sido recién arrancada, el reloj de pared y el fuego que habla sin esperar respuesta y cuya amable conversación vacía de sentido no viene, como las palabras de los hombres, a superponerse a las palabras que estáis leyendo. Me instalaba en una silla, cerca del pequeño fuego de troncos del que, durante el almuerzo, mi tío madrugador y jardinero diría: «¡No viene mal! Se soporta bastante bien un poco de fuego; os aseguro que a las seis hacía frío de verdad en el huerto ¡Y pensar que sólo faltan ocho días para Pascua!» Antes del almuerzo que, por desgracia, pondría fin a la lectura, quedaban todavía dos largas horas. De cuando en cuando, se escuchaba el ruido de la bomba al dejar correr el agua, que os hacía levantar los ojos hacia ella y observarla a través de la ventana cerrada, allí, muy cerca, en la única alameda del jardinillo que bordeaba con ladrillos y azulejos en inedia luna sus platabandas de pensamientos: unos pensamientos cosechados, al parecer, en esos cielos tan hermosos, esos cielos multicolores y como reflejados a través de las vidrieras de la iglesia que a veces podían verse entre los tejados del pueblo, cielos tristes que aparecían antes de las tormentas, o después, muy tarde ya. criando el día estaba a punto de tocar a su fin. Por desgracia la cocinera venía a poner el cubierto con excesiva antelación; ¡si al menos lo hubiera puesto en silencio! Pero se sentía en la obligación de decir: «No puede estar cómodo así; ¿quiere que le acerque una mesa?» Y sólo para responder: «No, gracias», había que detenerse en seco y hacer volver uno su voz de lo lejos que, labios adentro, repetía sin ruido, de corrido, todas las palabras que los ojos acababan de leer; había que detenerla, hacerla salir, y, para decir decorosamente: «No, gracias», infundirle una credibilidad aceptable y una entonación de respuesta que había perdido. Transcurría una hora; a menudo, mucho antes de la hora del almuerzo, empezaban a llegar al comedor los que, cansados, habían abreviado el paseo, habían «tomado por Méséglise», o los que no habían salido aquella mañana, pues «tenían que escribir». Nada más entrar decían educadamente: «No te molestaré», pero acto seguido empezaban a acercarse al fuego, a consultar la hora, a comentar que el almuerzo no sería mal recibido. Se prodigaba una particular deferencia a aquel o a aquella que se habían «quedado a escribir» y les preguntaban: «¿Ha despachado usted ya su correspondencia?» con una sonrisa mezcla de respeto, de misterio, de malicia y de reserva, como si aquella «correspondencia» hubiera sido a la vez un secreto de estado, una prerrogativa, una suerte y una indisposición. Algunos, sin esperar más, se sentaban con anticipación a la mesa, en sus respectivos sitios. Aquello era mi ruina, pues sería un mal ejemplo para los demás invitados, que creerían que ya era mediodía y harían pronunciar demasiado pronto a mis padres la frase fatal: «Venga, cierra ya el libro, vamos a comer.» Todo estaba listo, todas las piezas del cubierto dispuestas sobre el mantel donde sólo faltaba que trajeran, una vez finalizada la comida, el aparato de vidrio en que el tío horticultor y cocinero hacía él mismo el café en la mesa; un aparato tubular y complicado como un instrumento de física que oliera bien y donde era tan agradable ver subir en la campana de vidrio la ebullición repentina que dejaba a continuación las paredes empañadas de un poso aromático y parduzco; y también la nata y las fresas que el mismo tío mezclaba, en proporciones siempre idénticas, deteniéndose exactamente en el rosa ideal con la experiencia de un colorista y la intuición de un goloso. ¡Qué largo se me hacía el almuerzo! Mi tía abuela no hacía más que probar los platos para dar su opinión con una calma que soportaba, pero no admitía, la contradicción. Si se trataba de una novela, o de versos, cosas en las que era una entendida, se sometía siempre, con humildad de mujer, a la opinión de las personas más competentes. Pensaba que aquello pertenecía al dominio fluctuante del capricho, donde el gusto de uno solo no puede establecer la verdad. Pero sobre aquellas cosas cuyas reglas y principios le habían sido enseñados por su madre, sobre la manera de preparar ciertos platos, de interpretar las sonatas de Beethoven y de recibir a las visitas con amabilidad, estaba convencida de tener una idea justa de la perfección, y de distinguir cuando los demás se aproximaban más o menos. En las tres cosas, por lo demás, la perfección consistía casi en lo mismo: era una especie de sencillez en los medios, de sobriedad y de encanto. No admitía horrorizada que se pusieran especias en aquellos platos que no las requieren en absoluto, que se tocara el piano con afectación y abuso de pedales, que el «recibir» a alguien no se hiciera con perfecta naturalidad y se hablara de sí mismo con exageración. Al primer bocado, a las primeras notas, en una simple tarjeta de visita, pretendía ya saber si tenía que vérselas con una buena cocinera, con un verdadero músico, o con una mujer bien educada. «Puede que tenga una digitación mejor que la mía, pero demuestra no tener gusto al tocar con tanto énfasis un andante tan sencillo.» «Quizá sea una mujer muy brillante y llena de otras muchas cualidades, pero es una falta de tacto hablar de sí mismo en semejante circunstancia.» «Quizá sea una cocinera muy experimentada, pero no sabe preparar el bistec con patatas.» ¡El bistec con patatas! fragmento ideal para un certamen, difícil por su misma sencillez, especie de Sonata patética de la cocina, equivalente gastronómico de lo que representa en la vida de sociedad la visita de una dama que viene a pediros informes sobre un criado, y que en una acción tan simple puede demostrar tanto tacto y educación, corno que carece de ambos. Mi abuelo tenía tanto amor propio, que le hubiese gustado que todos los platos estuviesen en su punto, y entendía tan poco de cocina que nunca sabía cuando un plato había salido mal. Estaba dispuesto a admitir que en ocasiones no saliesen bien, muy rara vez por lo demás, y únicamente por un puro efecto del azar. Las críticas siempre justificadas de mi tía abuela, dando por supuesto, por el contrario, que la cocinera no había sabido preparar tal plato, no podían dejar de parecer particularmente intolerables a mi abuelo. A menudo, para evitar discusiones con él, después de haber probado el plato’ apenas con los labios, no daba su parecer, cosa que, por lo demás, nos indicaba claramente que éste era desfavorable. Permanecía muda, pero nosotros leíamos en sus dulces ojos una desaprobación inquebrantable y legítima que tenía la virtud de sacar de quicio a mi abuelo. Este le rogaba irónicamente que diera su opinión, se impacientaba con su silencio, la acosaba a preguntas, se enfurecía, pero era evidente que antes se habría dejado conducir al martirio que hacerla confesar la creencia de mi abuelo: que el pastel no estaba demasiado azucarado.»
Si mirásemos en este instante dentro de nuestro cerebro, la sorpresa seria monumental. Junto a terrenos activos, regados por las conexiones neuronales, encontraríamos vastos desiertos. extensiones secas y polvorientas que ocupan grandes territorios en nuestra cabeza, zonas vacías, carentes de cualquier forma de vida. Seguramente, si nos fuese dada la posibilidad de hacer ese viaje a nuestro interior, nos preguntaríamos cómo podríamos remediar esos secanos, esas circunvoluciones devastadas, esos piélagos sin nada de valor. La solución es más fácil de lo que pensamos: basta con leer.
Los buenos libros irrigan nuestro interior, fertilizan las regiones del terreno mental, hacen florecer zonas cerebrales hasta entonces yermas e inactivas. Algunas obras literarias, más complejas, conectan además unos sectores con otros, funcionan como ríos que unen y enriquecen zonas o unidades distantes y aisladas. Los primeros libros que leemos en la infancia actúan como gotas de lluvia, o como rocío fertilizador; los demás, tanto en la adolescencia como en la madurez, nos sirven de canales de irrigación y fecundidad; los primeros amplían o ensanchan el mundo, las siguientes lecturas lo adensan, lo vuelven más complejo y comprensible. Son necesarias largas cadenas de obras literarias para terraformar y habitar como es debido la mente y sobrellevar la existencia.
Leído cierto número de libros, que habría que cuantificar caso por caso (los necesarios, en resumen), un individuo se vuelve persona, un ser con raciocinio propio y con singularidad pensante. Conforma un terreno mental que no se parece a ningún otro, como no hay dos ciudades idénticas. Una persona introspectiva y leída implica un cerebro en cuyo interior unas partes reflexionan sobre las demás y se desarrollan con la estimulación mutua.
A lo largo de los años me he arrepentido de algunos hechos, y también de cosas que nunca hice, pero jamás me he arrepentido de ninguna lectura. Hasta las malas nos enseñan: por qué me molesta esto, por qué me parece mal escrito. He disfrutado de cada obra, porque la lectura es en si un disfrute absoluto: desde que abres un libro y empiezas a recorrer palabras, no sabes que va a pasar, pero un mundo comienza a construirse ante tus ojos y dentro de tu cerebro. Es un acontecimiento prodigioso, del que no puedes despegar la vista: cada palabra, cada frase, abren un nuevo río en tu mente. Y cada página, estés de acuerdo con ella o no, ya te ilustre o te indigne, te alegre o te sorprenda, fertiliza una parte de ti que estaba muerta o que nunca había vivido. Cada libro hace crecer tu mente y a ti con ella. Es como la lluvia en el desierto. Te convertirá en alguien más inteligente, más critico, con más elementos de juicio para juzgar a los demás y para juzgarte. Umberto Eco decía que «quien no lee, a los setenta años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás». Así es. Y, además, quien no lee es alguien que solo tiene una idea… y no es suya. ¿No es mejor disfrutar de múltiples vidas y asegurarnos de que nuestras ideas son, realmente, nuestras?