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La biblioteca en llamas de Eduardo Halfon

Me contó que había visto en Łódź una hoguera de libros.

Llovía una tarde, y bebíamos whisky con mi abuelo polaco. Me dijo que, una noche, en Łódź, en el 39, había visto a un grupo de soldados alemanes quemando libros.

No recuerdo a mi abuelo jamás leyendo un libro. Creo que no tenía ninguno, salvo un siddur, claro, el libro de rezos judíos. Acaso no le importaban los libros.

Pero aquella tarde lluviosa, bebiendo whisky y escuchando su relato sobre los soldados alemanes que quemaban libros en una calle oscura de Łódź, él estaba conmovido, o al menos parecía estarlo.

Quizás por el whisky. O quizás por la imagen tenebrosa y encendida de las llamas en la noche polaca. O tal vez porque entendía que aquellos soldados alemanes estaban quemando mucho más que una biblioteca.

Halfon, Eduardo. Biblioteca bizarra. Editado por Andrea Naranjo. Ecuador: USFO especificada], 2021. ISBN 978-9978-68-193-0

La biblioteca de cabecera de Eduardo Halfon

No hace mucho murió un amigo de Brooklyn, un norteamericano radicado en Guatemala desde los años setenta, llamado Bruno Sanders. Era un viejo bestial, en todo sentido. Vivía al límite. Fumaba sin parar (Salem mentolados), bebía demasiado (Stolichnaya con hielo), tartamudeaba con elocuencia y solo cuando le convenía. Y, claro: devoraba libros.

Su casa de madera, tipo cabaña, estaba en Santa Cruz, un pueblo pintoresco a orillas del lago Atitlán. La primera vez que lo visité, me había invitado a desayunar. Salí muy temprano de la capital, dejé mi coche en Panajachel (la carretera no llega hasta Santa Cruz) y tomé una lancha pública que, tras cruzar medio lago y veinte minutos de viaje, me dejó en el viejo muelle frente a su cabaña.

Recuerdo que preparó café, pan tostado, huevos revueltos con cebolla caramelizada y queso gruyer. Fumamos. Sanders me habló de su infancia en Brooklyn, de su hija y de sus dos pintores favoritos. Degas, dijo, solía comprar sus propios cuadros para seguir trabajándolos. Bonnard, contó, una vez entró con un amigo al Museo de Luxemburgo y le pidió que distrajera al guardia unos minutos, mientras él sacaba crayones y retocaba un lienzo suyo que llevaba años colgado allí.

Luego, sonriendo, me preguntó si quería conocer su biblioteca. Salimos de la cocina.

Aunque inmensa, su biblioteca se parecía a cualquier otra. En un dormitorio, la literatura en lengua germana; en otro, más grande, la de lengua española; en las paredes alrededor del comedor, la francesa; en la sala, mezcladas, la norteamericana, inglesa e irlandesa; a lo largo de un pasillo, la eslava; en otro, más breve, la italiana; y en una estantería del baño de visitas, frente al inodoro, su colección de haikú y bunraku japonés. Todo más o menos normal —aunque, como decía Borges, el orden de una biblioteca es una manera silenciosa de ejercer el arte de la crítica—, hasta que llegamos a su dormitorio.

Detrás de la cama, sobre una especie de mesa larga que también hacía de cabecera, vi una fila de libros idénticos, encuadernados en cuero marrón con finas letras doradas. Pensé que eran tomos de una enciclopedia. Pero al acercarme leí que el primero era de un autor cuyo nombre me resultaba lejanamente familiar: Launcelot Canning. El título también me sonaba: El loco Tryst. Le pedí a Sanders que me dejara verlo (ya estaba casi encima de su cama) y él, con una mirada brillosa que debió advertirme, me dijo que adelante.

En las manos, el libro parecía nuevo, intacto, recién encuadernado. Pero al abrirlo descubrí que el primer centenar de páginas estaba escrito a mano, en una caligrafía negra, perfecta y simétrica. Avancé hasta que, hacia la mitad, la tinta se detenía. El resto de las hojas estaba en blanco, como si fuera un libro abandonado o en proceso. No entendí. Murmuré algo, pero Sanders solo sonrió, incitándome a seguir.

Dejé el libro y tomé el siguiente: El monitor de los bípedos, de Cósimo Piovasco de Rondò. Otra vez el nombre me resultaba familiar. Otra vez, todas las páginas estaban escritas a mano con la misma caligrafía negra. Al final, también a mano, un índice: «El canto del mirlo», «El picamadero que llama», «Los diálogos de los búhos», «La gaceta de las urracas».

Lo miré, buscando una explicación, pero él estaba distraído, mirando hacia el lago, tal vez siguiendo con la vista a un anciano que, a lo lejos, pescaba de pie en un cayuco de madera.

Tomé otro tomo: Caminatas matutinas de un sinólogo, de Peter Kien. Y entonces, como si alguien hubiera encendido un candil, empecé a comprender. Un cuarto libro confirmó mi sospecha: Abril marzo, de Herbert Quain, con sus trece capítulos, nuevamente escritos a mano y en la misma tinta negra.

Herbert Quain es un personaje de Borges, autor, según él, de la «novela regresiva, ramificada» Abril marzo. Peter Kien, protagonista de Auto de fe, de Canetti, escribía un libro que recogía su «colección de estupideces humanas» durante sus caminatas matutinas, y pensaba titularlo Caminatas matutinas de un sinólogo. Cósimo Piovasco de Rondò, más conocido como «el barón rampante» de Italo Calvino, escribió —siempre según Calvino— un libro compuesto en un «período de demencia» vivido entre ramas de árboles, titulado El monitor de los bípedos. Launcelot Canning es personaje de La caída de la casa Usher, de Poe, y, según ese cuento, autor de El loco Tryst.

Si la memoria no me falla, en esa misma fila había otros tomos —empezados, por empezar o tal vez ya concluidos— firmados por Ceferino Piriz, Kilgore Trout, Eusebius Chubb o Clare Quilty.

Bruno Sanders estaba escribiendo los libros inexistentes de autores ficticios. Estaba, en definitiva, construyendo él mismo su biblioteca de cabecera.

Halfon, Eduardo. Biblioteca bizarra. Editado por Andrea Naranjo. Ecuador: USFO especificada], 2021. ISBN 978-9978-68-193-0

La biblioteca felina de Eduardo Halfon

En el prefacio que escribió para el libro A Passion for Books, Ray Bradbury cuenta que los egipcios, al llegar la hora de su muerte, con frecuencia pedían embalsamar a sus gatos favoritos para, durante ese próximo y eterno viaje, poder abrigar un poco sus pies.

Bradbury, entonces, imagina su propio equipaje para la eternidad: pide que, dentro de su ataúd, le coloquen una breve biblioteca para acompañarlo y guiarlo en el viaje. Shakespeare como almohada, Pope bajo un codo, Yeats bajo el otro y Shaw para calentarle los dedos de los pies.

Buena compañía, dice Bradbury, para los viajes largos.

De: Halfon, Eduardo. Biblioteca bizarra. Editado por Andrea Naranjo. Ecuador: USFO especificada], 2021. ISBN 978-9978-68-193-0

La biblioteca peruana de Eduardo Halfon

Halfon, Eduardo. Biblioteca bizarra. Editado por Andrea Naranjo. Ecuador: USFO especificada], 2021. ISBN 978-9978-68-193-0

Una amiga peruana —no diré su nombre para protegerla— tiene en su despacho de Lima una asombrosa biblioteca de libros pirata. No libros sobre piratas, sino libros pirata: libros pirateados, ilegales. Me dijo que lleva años coleccionándolos; que los compra en las calles de Lima, en Vía Expresa, en Aramburú, en Grau, en el mercado Amazonas; que posee algunas joyas anómalas de Julio Ramón Ribeyro y de Mario Vargas Llosa, por ejemplo, incluyendo un ejemplar de La palabra del mudo, de Ribeyro, con cubierta de Vargas Llosa —para despistar, sospecho, aunque no sé si a las autoridades o al mal lector—.

Y es que, en el Perú —me explicó—, la industria editorial pirata emplea a más gente que la industria editorial legítima. Mi amiga, además de lectora y coleccionista, es abogada.

La biblioteca salvaje de Eduardo Halfon

Halfon, Eduardo. Biblioteca bizarra. Editado por Andrea Naranjo. Ecuador: USFO especificada], 2021. ISBN 978-9978-68-193-0

Prefiero los libros de viejo. Me gustan precisamente por el aire de imperfección y misterio que los envuelve: las páginas manchadas o dobladas por los dedos de otro; las frases subrayadas o párrafos marcados en amarillo que le dijeron algo a alguien más; las curiosas anotaciones y reflexiones en los márgenes; la eventual dedicatoria en la primera página —a veces enigmática, a veces absurda, a veces del mismo autor—. Decía Virginia Woolf que los libros de viejo son libros salvajes, libros sin casa, y tienen un encanto del que carecen los volúmenes domesticados de una biblioteca.

César Sánchez, amigo, editor y también coleccionista de libros usados, se vanagloria de un ejemplar que compró en una librería de viejo a finales de los años noventa: Cielos e inviernos, del poeta español Ramón Irigoyen. Un libro publicado por Hiperión, cuando —se jacta mi amigo— Hiperión aún publicaba en offset mate sin plastificar. En la primera página, Irigoyen escribió: «A Manuel Vicent, por tantas horas de lectura dichosa». La dedicatoria al famoso escritor Manuel Vicent le había pasado inadvertida al vendedor de Madrid —me explica César, con expresión de cazador en el rostro y su hermosa presa en las manos— porque el libro estaba intonso.

A otro amigo, Raúl Eguizábal, le gusta buscar libros de viejo los domingos por la mañana en el Rastro de Madrid. Allí, un domingo, descubrió una edición antigua de la novela Un adolescente, de Dostoievski. Me contó que no se decidía a comprarla porque el vendedor solo tenía el primero de dos tomos, pero que la decisión se le hizo muy fácil al descubrir que, en la portada interior, estaba la firma del gran poeta español Vicente Aleixandre y, debajo, en su misma letra, el año 1928.

—No sé si tendrá algo que ver —me dijo en su casa de Madrid—, pero ese libro de Dostoievski me recordó a un poema de Aleixandre titulado “Adolescencia”, el único que se sabía de memoria de todos los que escribió.

Luego, aún de pie mientras liaba hebras de tabaco, me contó que aquel domingo, unas horas más tarde, en la Cuesta de Moyano, encontró y compró el segundo tomo de la novela.

(En la biblioteca de Eguizábal, en medio y enfrente de tantos libros, abundan antiguos afiches y carteles publicitarios, la mayoría también encontrados los domingos por la mañana en el Rastro. De toda su colección, mi favorito es un calendario del jabón facial marca John H. Woodbury —«pronúnciese udbery», recomienda abajo, en mayúsculas—, pero es mi favorito no por el calendario en sí, sino por el texto escrito a mano, en letra perfectamente legible, en la parte trasera. Dice así: «Ángel apostó 50 pesetas a que tarda la guerra en terminar por lo menos seis meses; o sea, hasta fin de abril no se termina. Yo aposté 5 pesetas a que se termina antes de los seis meses. Hoy 1 de noviembre de 1937». Eguizábal, al mostrármelo, acotó: «Los dos perdieron; todos perdimos»).

Cuando visité la casa de un reconocido editor en Valencia, me enseñó un antiguo libro de poemas de Rainer Maria Rilke titulado Duineser Elegien —en alemán—, Elegías de Duino en español. Una primera edición, creo recordar. Cuando el editor lo compró, por un precio bastante módico, en una librería de viejo de Berlín, el libro no tenía dedicatoria alguna. Pero, con el paso del tiempo, en la primera página de aquel ejemplar fue surgiendo —«aflorando», me dijo— el autógrafo, oscuro pero legible, del mismo Rilke. Como por arte de magia. O como firmado un siglo tarde por el fantasma de Rilke. O como si lo hubiese rubricado con una tinta invisible, activada por el paso del tiempo, por el roce de los dedos de un editor o, acaso, por la húmeda y cítrica brisa valenciana.

Mantengo cerca —a veces sobre mi mesa de trabajo, a veces sobre mi mesa de noche— un gastado libro color púrpura que me obsequió un librero de viejo que, a ratos, también es rabino: Encuentro en Praga, de Juan Gómez Saavedra, II Premio Alfambra.

No tengo idea de quién es Juan Gómez Saavedra, y jamás he leído su cuento “Encuentro en Praga”. Pero en la parte inferior de la cubierta, justo debajo de una fotografía redonda y borrosa del rostro de Kafka, se lee en pequeñas letras negras: «Con cuentos de Antonio Di Benedetto, Ricardo Orozco, Roberto Bolaño, Carlos Pérez Merinero y Margarita Martínez Blanco».

Al final del libro, en la última página, ya amarillenta por el paso de los años, el índice explica que, en aquel certamen literario de 1983, Antonio Di Benedetto ganó el primer accésit con su cuento “Intensa mirada filial”, y Roberto Bolaño, el tercer accésit con “El contorno del ojo”. Ese certamen provinciano fue el detonante o punto de partida para el cuento magistral “Sensini” de Bolaño, en el cual un joven escritor exiliado en las afueras de Girona, llamado Arturo Belano (Bolaño), establece contacto epistolar con el gran escritor argentino Luis Antonio Sensini (Di Benedetto) tras recibir por correo postal aquel libro color púrpura —este libro color púrpura— y descubrir que, entre los demás finalistas, también estaba el cuento de uno de los más grandes escritores latinoamericanos.

Años después, desde su casa en Blanes, Bolaño dijo del cuento:

«Como muchos otros latinoamericanos, participábamos para ganar dinero y supongo que aceptábamos estoicamente las reglas. Para mí fue una época casi feliz. Lo monstruoso era que Di Benedetto ya era, digamos, un clásico de nuestras letras (Zama es una de las novelas más notables que he leído), y ahí estaba, batiéndose el cobre como los más jóvenes. Que participara en aquellos concursos de provincia era como una bomba de relojería. Se puede argüir que todo, en la realidad, es como una bomba de relojería. Pero esas bombas no suelen explotar. Y las vidas de los escritores, en cambio, sí que explotan».

A veces, cuando mis palabras se estancan, cuando pierdo la fe en la ficción —lo cual ocurre a menudo—, alcanzo el viejo y gastado libro color púrpura y lo sostengo entre las manos durante un rato… y todo vuelve a tener sentido.

La biblioteca de Mogador

«Dicen que la sana promiscuidad cultural, y por lo tanto el mestizaje entre los libros, está a flor de piel en la biblioteca de Mogador. Esa fértil variedad incesante es su fortaleza. Que incluso en un extremo del edificio hasta los libros santos de judíos, cristianos y musulmanes conviven ejerciendo el arte de las distancias: forman una geometría perfecta. Y que nunca “los fundamentalismos de un solo libro” impondrán sus prohibiciones en bibliotecas mogadorianas.»

Alberto Ruy Sánchez «Quinteto de Mogador»

La biblioteca ciega de Eduardo Halfon

“Sus contemporáneos le decían Beta, la segunda letra del abecedario griego, porque en todo lo que hacía era el segundo mejor. Su nombre era Eratóstenes. Fue matemático, poeta, astrónomo, geógrafo, atleta y bibliotecario. Fue el tercer bibliotecario de la Biblioteca de Alejandría. Al quedarse ciego, Eratóstenes dejó de comer, hasta suicidarse”.

Halfon, Eduardo. Biblioteca bizarra. Editado por Andrea Naranjo. Ecuador: USFO especificada], 2021. ISBN 978-9978-68-193-0

Entrevista a Manolo Sola autor de «La extraña muerte de un bibliotecario accidental». Planeta Biblioteca 2025/08/01

Entrevista a Manolo Sola autor de «La extraña muerte de un bibliotecario accidental».

Planeta Biblioteca 2025/08/01

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Manolo Sola, bibliotecario en Purchena desde 1989, cuenta cómo La extraña muerte de un bibliotecario accidental nació de una idea que fue tomando forma alimentada por su experiencia profesional. El protagonista es un bibliotecario peculiar, introspectivo y algo marginado, que se convierte en figura central de una historia dividida en “estanterías” y “estantes”, siguiendo una estructura inspirada en el mundo bibliotecario. La frase “así que sí es posible” abre un misterio que recorre toda la obra. Sola reconoce que el relato está lleno de guiños personales y que la biblioteca no es solo un escenario, sino el alma simbólica del libro. Con humor e ironía, refleja tanto el aislamiento como la riqueza humana de su entorno rural. La novela, que mezcla lo literario y lo real, busca dejar en el lector una reflexión sobre el papel invisible —pero fundamental— de los bibliotecarios.

Libros con poderes

«Que los libros de esta biblioteca tienen poderes muy extraños, y cada vez que se abre un libro de Mogador, en algún otro lugar del universo explota una estrella o comienza en el norte de Canadá la extraña migración de doscientos millones de mariposas que cruzarán cinco mil kilómetros para pasar el invierno entre volcanes apagados de México. O los mares se retiran, o todas las cabras se suben a los arganos: esos árboles mogadorianos que pacientes vigilan la entrada del Sahara. O un genio en algún desván insospechado de Bosnia Herzegovina compone una sinfonía dedicada a la bellísima biblioteca de Sarajevo, destruida en la guerra. O, tal vez, en un estudio de Nueva York, un fértil escultor anglomexicano y catalán engendra en bronce bichos singulares: una nueva especie inesperada de esos intrigantes cangrejos herradura que son descritos por los científicos como “fósiles vivos” y que, desafiando abiertamente las leyes de Darwin, sin cambiar y sin adaptarse desde hace doscientos millones de años, se reproducen cada primavera en las playas de Nueva Inglaterra y de la península de Yucatán.»

Alberto Ruy Sánchez «Nueve veces el asombro»

La biblioteca de Asurbanipal

«Ajeno a la gota de lluvia que aún lleva en el pelo, el rey (Asurbanipal) sigue caminando. Con paso enérgico cruza cámaras de suntuoso mobiliario y llega a una puerta tallada con recargados motivos. Es su lugar favorito del palacio: la biblioteca. No es una simple colección aleatoria de textos, sino su mayor creación, su orgullo, la ambición de toda su vida, un logro de alcance y escala inigualables. Más que cualquiera de sus otras hazañas, más importante aún que sus conquistas militares y sus victorias políticas, este será su legado para las generaciones futuras: un monumento intelectual como nunca se ha visto. »

ELIF SHAFAK
Hay ríos en el cielo (2024)