La IA y las bibliotecas: por qué los bibliotecarios podrían convertirse en árbitros de la realidad

Friedman, Jane. (2026, 20 de abril). AI and Libraries: Why Librarians May Become Arbiters of Reality. Jane Friedman. https://janefriedman.com/ai-and-libraries-why-theyre-like-canaries-in-the-coal-mine/

Jane Friedman analiza el impacto de la inteligencia artificial generativa en las bibliotecas y en el ecosistema editorial, y plantea que los bibliotecarios podrían desempeñar una función decisiva en la defensa de la información fiable. El artículo parte de un seminario del Book Industry Study Group (BISG), en el que se presentaron datos sobre la adopción de la IA en el sector editorial y se debatió sobre sus consecuencias con el especialista en bibliotecas R. David Lankes.

La idea central es que las bibliotecas no se enfrentan a un riesgo meramente hipotético: ya están experimentando las consecuencias de la proliferación de contenidos generados automáticamente, la desinformación y la dificultad de distinguir entre materiales rigurosos y publicaciones de escasa calidad. Por ello, las bibliotecas pueden funcionar como un sistema de alerta temprana que permita identificar los problemas antes de que deterioren aún más la confianza en los recursos de información.

Uno de los resultados destacados de la encuesta del BISG es la resistencia relativamente elevada de los profesionales de las bibliotecas a la adopción de la IA. Aproximadamente un tercio de los bibliotecarios encuestados afirmó que no utilizaba estas herramientas y que tampoco tenía intención de hacerlo, frente al 20 % del conjunto de participantes de los distintos sectores analizados. Además, alrededor del 34 % manifestó una oposición ética a su utilización. Menos de la mitad señaló que su institución empleaba activamente IA, mientras que un 31 % desconocía si se estaba utilizando. La ausencia de políticas institucionales claras también aparecía como un problema relevante.

Friedman subraya que esta actitud crítica no debe interpretarse simplemente como miedo al cambio o falta de formación. Según las investigaciones de Lankes, algunos de los profesionales más reticentes conocen los modelos de lenguaje, comprenden cómo funcionan y pueden explicar técnicamente sus limitaciones. Sus objeciones se relacionan con la fiabilidad de los resultados, la calidad de los contenidos y la posibilidad de que la incorporación indiscriminada de estas tecnologías contradiga la misión fundamental de la biblioteca. La cuestión, por tanto, no consiste únicamente en aprender a utilizar la IA, sino en determinar cuándo su uso está justificado, qué valores debe respetar y qué consecuencias tiene para la calidad de los servicios bibliotecarios.

La autora evita adoptar una posición exclusivamente negativa y presenta un ejemplo que ilustra cómo la inteligencia artificial puede resolver problemas que, de otro modo, quedarían sin solución. En la Universidad de Texas existía una colección de miles de discos y grabaciones musicales que resultaba prácticamente invisible para los usuarios porque no se había podido catalogar por completo debido a la falta de recursos humanos. El equipo responsable recurrió a la IA para generar registros catalográficos preliminares, acompañados de indicadores de confianza que permitían estimar la fiabilidad de cada identificación. Los registros menos seguros podían reservarse para una revisión humana posterior, mientras que los materiales más utilizados se priorizaban para recibir una catalogación completa realizada por profesionales.

Este caso demuestra que el debate no debería reducirse a elegir entre utilizar o rechazar la inteligencia artificial. La pregunta relevante es si la tecnología permite ofrecer un servicio que, sin ella, no podría prestarse adecuadamente. Friedman establece un paralelismo con la accesibilidad editorial: las herramientas de IA pueden ayudar a producir descripciones de imágenes, mejorar metadatos y adaptar publicaciones para lectores con discapacidad cuando los recursos disponibles no permiten abordar todo ese trabajo de forma manual. La tecnología puede ampliar el acceso a la información, pero su incorporación debe estar acompañada de criterios de calidad, supervisión profesional y evaluación de resultados.

Uno de los argumentos más importantes del artículo se refiere a la dificultad de mantener los mecanismos tradicionales de evaluación y validación frente al crecimiento exponencial de los contenidos generados mediante IA. El sistema de revisión por pares, fundamental para la publicación científica, se ha desarrollado sobre la premisa de que la producción de conocimiento y la capacidad humana para revisarlo mantienen cierto equilibrio. Sin embargo, la IA permite generar textos, informes y publicaciones a una velocidad que supera ampliamente la capacidad de evaluación de los expertos.

El problema no consiste solo en que puedan producirse documentos incorrectos, sino en que resulta cada vez más difícil comprobar su calidad, procedencia y credibilidad. Tampoco basta con utilizar herramientas de inteligencia artificial para revisar automáticamente los contenidos generados por otras herramientas, puesto que la evaluación requiere criterios fiables y una capacidad de verificación independiente. Si la producción de información crece mucho más deprisa que los mecanismos para validarla, se debilitan las estructuras sobre las que se construye la confianza en el conocimiento científico y editorial.

La autora relaciona esta situación con la saturación del mercado de libros, donde el aumento de publicaciones generadas o asistidas por IA puede dificultar que los lectores encuentren obras de calidad. Cuando resulta más complicado confiar en materiales desconocidos, los usuarios pueden refugiarse en autores, fuentes y publicaciones que ya conocen. Esta tendencia reduce la visibilidad de nuevas voces y puede empobrecer la diversidad informativa y cultural.

El concepto más sugerente del artículo es la posibilidad de que los bibliotecarios se conviertan en arbiters of reality, expresión que puede traducirse como «árbitros de la realidad». La idea, vinculada a las reflexiones de R. David Lankes, no significa que los bibliotecarios deban decidir unilateralmente qué es verdadero o falso, sino que pueden ayudar a las personas a distinguir entre información documentada, afirmaciones dudosas y contenidos cuya procedencia no puede verificarse.

La biblioteca dispone de una ventaja fundamental frente a los sistemas automatizados: la mediación de profesionales que conocen las fuentes, comprenden los procesos de selección y organización documental y pueden explicar por qué un recurso resulta pertinente y fiable. Un bibliotecario puede identificar la procedencia de un documento, localizar la publicación original, contrastar distintas versiones y orientar al usuario hacia evidencias verificables. La confianza que las comunidades han depositado históricamente en las bibliotecas constituye, en este contexto, un recurso social de gran valor.

Friedman destaca una diferencia significativa entre recibir una respuesta generada por una IA y obtener orientación de un profesional bibliotecario. En el primer caso, el usuario necesita comprobar la exactitud de la respuesta y la validez de sus fuentes; en el segundo, puede contar con una persona capaz de explicar el proceso de búsqueda, contextualizar los resultados y asumir la responsabilidad profesional de la orientación ofrecida. La biblioteca puede convertirse así en un espacio de referencia y confianza en un entorno informativo donde la apariencia de seguridad de una respuesta ya no garantiza su veracidad.