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La tarea de preservación y conservación digital de los bibliotecarios y archiveros del siglo XXI

A medida que entramos en la era electrónica de objetos digitales, es importante saber que hay nuevos bárbaros en la frontera y que estamos entrando en una época donde mucho de lo que sabemos hoy, mucho de lo que está codificado y escrito electrónicamente, se perderá para siempre. Estamos, en mi opinión, viviendo en medio de la edad media digital. En consecuencia, igual que los monjes del pasado, le toca a bibliotecarios y archiveros hacerse cargo de la tradición de conservar la historia y el patrimonio documental de nuestros tiempo.

Terry Kuny

KUNY, Terry, The digital dark ages? Challenges in the preservation of electronic information. International Preservation News, 1998, no. 17, (en línea).
http://www.ifla.org/VI/4/news/17-98.htm#2

Tomado de Preservación y conservación de documentos digitales de José Manuel Barrueco

Enamorarse de las bibliotecas

Si quieres escribir, si quieres crear, debes ser el tonto más sublime que Dios haya creado y haya dejado ir a pasear. Debes escribir cada día de tu vida. Debes leer libros estúpidos y horribles y también libros gloriosos, y dejar que ellos luchen en hermosas batallas dentro de tu cabeza; vulgar un momento, brillante el siguiente. Debes merodear en las bibliotecas, escalar las estanterías como si fueran escaleras para oler los libros como si llevaran perfume y llevar sobre tu cabeza libros como sombreros.

Deseo para ti un combate de lucha libre con tu Musa Creativa que dure toda tu vida. Deseo locura y tontería y enajenación para ti. Espero que vivas con la histeria, y que fuera de ella puedas hacer grandes historias, de ciencia ficción o de cualquier otra cosa.

Lo que quiero decir; espero que estés enamorado cada día por los siguientes 20.000 días. Y fuera de este amor, recrea un mundo.

Ray Bradbury. Cita del libro Advice to Writers a Compendium of Quotes, Anecdotes and Writerly Wisdom from a Dazzling Array of Literary lights.

Amor en la biblioteca

EVA

Juan José Arreola

Él la perseguía a través de la biblioteca entre mesas, sillas y facistoles. Ella se escapaba hablando de los derechos de la mujer, infinitamente violados. Cinco mil años absurdos los separaban. Durante cinco mil años ella había sido inexorablemente vejada, postergada, reducida a la esclavitud. Él trataba de justificarse por medio de una rápida y fragmentaria alabanza personal, dicha con frases entrecortadas y trémulos ademanes.

En vano buscaba él los textos que podían dar apoyo a sus teorías. La biblioteca, especializada en literatura española de los siglos XVI y XVII, era un dilatado arsenal enemigo, que glosaba el concepto del honor y algunas atrocidades por el estilo.

El joven citaba infatigablemente a J. J. Bachofen, el sabio que todas las mujeres debían leer, porque les ha devuelto la grandeza de su papel en la prehistoria. Si sus libros hubieran estado a mano, él habría puesto a la muchacha ante el cuadro de aquella civilización oscura, regida por la mujer cuando la tierra tenía en todas partes una recóndita humedad de entraña y el hombre trataba de alzarse de ella en palafitos.

Pero a la muchacha todas estas cosas la dejaban fría. Aquel período matriarcal, por desgracia no histórico y apenas comprobable, parecía aumentar su resentimiento. Se escapaba siempre de anaquel en anaquel, subía a veces a las escalerillas y abrumaba al joven bajo una lluvia de denuestos. Afortunadamente, en la derrota, algo acudió en auxilio del joven. Se acordó de pronto de Heinz Wölpe. Su voz adquirió citando a este autor un nuevo y poderoso acento.

«En el principio sólo había un sexo, evidentemente femenino, que se reproducía automáticamente. Un ser mediocre comenzó a surgir en forma esporádica, llevando una vida precaria y estéril frente a la maternidad formidable. Sin embargo, poco a poco fue apropiándose ciertos órganos esenciales. Hubo un momento en que se hizo imprescindible. La mujer se dio cuenta, demasiado tarde, de que le faltaba ya la mitad de sus elementos y tuvo necesidad de buscarlos en el hombre, que fue hombre en virtud de esa separación progresista y de ese regreso accidental a su punto de origen.»

La tesis de Wölpe sedujo a la muchacha. Miró al joven con ternura. «El hombre es un hijo que se ha portado mal con su madre a través de toda la historia», dijo casi con lágrimas en los ojos.

Lo perdonó a él, perdonando a todos los hombres. Su mirada perdió resplandores, bajó los ojos como una madona. Su boca, endurecida antes por el desprecio, se hizo blanda y dulce como un fruto. Él sentía brotar de sus manos y de sus labios caricias mitológicas. Se acercó a Eva temblando y Eva no huyó.

Y allí en la biblioteca, en aquel escenario complicado y negativo, al pie de los volúmenes de conceptuosa literatura, se inició el episodio milenario, a semejanza de la vida en los palafitos.

Lo más importante es que la gente lea

«Nunca pidas disculpas a un autor por comprar un libro en rústica o sacarlo de una biblioteca (para eso están las bibliotecas, úsalas). No pidas disculpas a este autor por comprar libros de segunda mano, o por conseguirlos en bookcrossing o por tomar prestado el ejemplar de un amigo. Lo que me importa es que la gente lea los libros y los disfrute, y que, en algún momento, el libro haya sido comprado por alguien. Y que a la gente que le gusta, se lo cuente a otra gente. Lo más importante es que la gente lea…».

Neil Gaiman

Sal con una chica que lea

Carta de Rosemarie Urquico, autora de «Date a Girl Who Reads» (Sal con una chica que lee)

Original

«Deberías salir con una chica que lea.

Sal con una chica que lea. Sal con una chica que gaste su dinero en libros en vez de en ropa, que tenga problemas de espacio en el armario porque tiene demasiados libros. Sal con una chica que tenga una lista de libros que quiera leer, que tenga el carné de la biblioteca desde los doce años.

Encuentra a una chica que lea. Sabrás que lo hace porque siempre llevará un libro para leer en su bolso. Es la que mira con cariño las estanterías de la librería, la que grita en voz baja cuando ha encontrado el libro que quiere. ¿Ves a esa chica rara que olisquea las páginas de un libro viejo en una librería de segunda mano? Esa es la lectora. Nunca pueden resistirse a oler las páginas, sobre todo cuando están amarillas y gastadas.

Es la chica que lee mientras espera en la cafetería de la calle. Si echas un vistazo a su taza, la crema no láctea flota por encima porque ya está absorta. Perdida en un mundo creado por el autor. Siéntate. Puede que te fulmine con la mirada, porque a la mayoría de las chicas que leen no les gusta que las interrumpan. Pregúntale si le gusta el libro.

Invítala a otro café.

Dile lo que piensas de Murakami. Comprueba si ha terminado el primer capítulo de «Fellowship». Comprende que si dice que ha entendido el Ulises de James Joyce lo dice para parecer inteligente. Pregúntale si ama a Alicia o si le gustaría ser Alicia.

Es fácil salir con una chica que lee. Regálale libros por su cumpleaños, por Navidad, por aniversarios. Regálale palabras, poesía y canciones. Regálale Neruda, Pound, Sexton, Cummings. Hazle saber que entiendes que las palabras son amor. Comprende que ella conoce la diferencia entre los libros y la realidad pero, por Dios, intentará que su vida se parezca un poco a su libro favorito. Nunca será culpa tuya si lo hace.

Ella tiene que intentarlo de alguna manera.

Miéntele. Si ella entiende la sintaxis, entenderá tu necesidad de mentir. Detrás de las palabras hay otras cosas: motivación, valor, matiz, diálogo. No será el fin del mundo.

Fracasa. Porque una chica que lee sabe que el fracaso siempre lleva al clímax. Porque las chicas que leen entienden que todas las cosas deben llegar a su fin, pero que siempre se puede escribir una secuela. Que puedes empezar una y otra vez y seguir siendo el héroe. Que la vida está hecha para tener un villano o dos.

¿Por qué tener miedo de todo lo que no eres? Las chicas que leen entienden que las personas, como los personajes, evolucionan. Excepto en la serie Crepúsculo.

Si encuentras a una chica que lee, mantenla cerca. Cuando la encuentres despierta a las dos de la madrugada abrazada a un libro y llorando, prepárale una taza de té y abrázala. Puede que la pierdas durante un par de horas, pero siempre volverá a ti. Hablará como si los personajes del libro fueran reales, porque durante un tiempo siempre lo son.

Se declarará en un globo aerostático. O durante un concierto de rock. O muy casualmente la próxima vez que esté enferma. Por Skype.

Sonreirás tanto que te preguntarás por qué tu corazón no ha estallado y se ha desangrado por todo tu pecho todavía. Escribiréis la historia de vuestras vidas, tendréis hijos con nombres extraños y gustos aún más extraños. Les presentará a sus hijos al Gato en el Sombrero y a Aslan, quizá el mismo día. Caminaréis juntos los inviernos de vuestra vejez y ella recitará a Keats en voz baja mientras os sacudís la nieve de las botas.

Sal con una chica que lea porque te lo mereces. Te mereces una chica que te dé la vida más colorida que puedas imaginar. Si sólo puedes darle monotonía, y horas rancias y propuestas a medias, entonces estás mejor solo. Si quieres conocer el mundo y los mundos que hay más allá de él, sal con una chica que lea.

O mejor aún, sal con una chica que escriba».

Rosemarie Urquico


Es una escritora filipina que vive actualmente en Baguio City.