«Si el sistema nos propone un narcisismo de múltiples tentáculos (yo en Instagram, yo en Facebook, yo en YouTube, yo en Tik Tok, yo en mil selfis cotidianas, yo y mis seguidores), los libros nos proponen exactamente lo contrario: cómo salir de mí para convertirme en otros. En la lectura, lo importante no soy yo, sino los personajes de las novelas y los relatos, sus aventuras, sus tensiones, sus contradicciones. La red quiere asfixiarnos con un exceso de yo. La biblioteca nos propone olvidarnos de nosotros mismos, salir de nuestras mentes y nuestros cuerpos para encarnar en mujeres y hombres de otros tiempos, de otras clases sociales, de otros credos e ideologías. Por eso la lectura sigue siendo tan peligrosa. Es un grito de emancipación, una revolución silenciosa que avanza un paso cada vez que un nuevo lector abre un libro….
La gente va y viene; los más cercanos nos hieren con facilidad; los que dicen querernos nos calumnian, nos olvidan o incluso nos odian después; las personas son volubles y están atravesadas por pasiones malsanas que no son de fiar. Pero los libros no: ellos, pase lo que pase, permanecen fieles a nuestro lado.
Los libros son espacios sagrados y la biblioteca una deidad multiforme.
La lectura nos modifica, nos transforma, nos otorga un poder incalculable. Leemos porque sabemos que un día moriremos, que somos finitos y que necesitamos un poco de trascendencia en medio de tanta banalidad y tanto sinsentido…
Leer es ya en sí mismo un acto de desobediencia frente a las políticas de la productividad capitalista. Y, por encima de todo, leer es una fuerza que significa emancipación, resistencia y resiliencia. No deseamos igual, no soñamos igual, no anhelamos lo mismo. Navegamos por aguas prohibidas, profundas y muchas veces turbulentas.»
deWitt, Patrick. The Librarianist. New York, NY, 2023.
«El bibliotecario» es una novela escrita por Patrick deWitt. La historia gira en torno a Bob Comet, un bibliotecario jubilado que trabaja como voluntario en un centro de la tercera edad. Bob es un hombre tranquilo y amante de los libros, y a medida que su vida se acerca a su fin, reflexiona con ternura sobre los pequeños momentos que han dado forma a su vida.
En la novela «El bibliotecario» de Patrick deWitt, conocido por otras obras aclamadas como «French Exit» y «The Sisters Brothers,» se presenta a Bob Comet, un bibliotecario jubilado que vive sus días de forma solitaria rodeado de libros y pequeñas comodidades en una encantadora casa de color menta en Portland, Oregón. «No tenía amigos, per se», escribe deWitt. «Se comunicaba con el mundo en parte paseando por él, pero sobre todo leyendo sobre él». Un día, durante su paseo diario, se encuentra con una anciana desorientada en un mercado y la devuelve a la residencia de ancianos que es su hogar. Buscando llenar el vacío que siente desde su jubilación, decide trabajar como voluntario en el centro. Aquí, mientras una comunidad de compañeros desconocidos se reúne en torno a Bob, y después de enfrentar una dolorosa complicación de su pasado, se revelan los acontecimientos y detalles de su vida y carácter.
Bob Comet no es el tipo de persona que suele tener este tipo de encuentros. No frecuenta bares y su vida social se limita a observar la vida de otras personas a través de las ventanas de sus casas, esperando momentos emocionantes como un incendio. DeWitt describe a Bob como alguien que se comunica con el mundo principalmente a través de la lectura, lo que le ha llevado a renunciar a la idea de conocer a alguien o ser conocido. A pesar de su aparente soledad, el destino le tiene preparado un encuentro sorprendente con una mujer de su edad vestida con un chándal rosa en un 7-Eleven.
Para llenar de alegría la vida de los residentes del centro de ancianos, Bob tiene una idea brillante: leerles cuentos de autores como Poe y escritores rusos. Aunque él cree que todos disfrutan de ser contados, su público no siempre responde con el mismo entusiasmo. Sin embargo, Bob sigue perseverando, convencido de que la lectura puede unir a las personas y ofrecer un sentido de fraternidad en un mundo donde a menudo nos sentimos solos.
A lo largo de la novela, la narración nos transporta a distintos momentos clave de la vida de Bob: desde su juventud escapando durante los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, hasta su etapa como joven bibliotecario, donde conoce a su futura esposa y a su quebrantada amistad. La historia revela la aventura de un niño infeliz, el amor verdadero conquistado y perdido, el propósito y el orgullo encontrados en su vocación como bibliotecario, y los placeres de una vida vivida a su propio ritmo, alejado de las convenciones sociales.
«El bibliotecario» aborda temas relacionados con la vejez, la reflexión sobre la vida y la importancia de valorar los momentos aparentemente insignificantes que pueden tener un profundo impacto en nuestras vidas. La novela explora cómo la pasión por los libros ha influido en la perspectiva y experiencias personales de Bob, y ofrece una mirada conmovedora y reflexiva sobre el paso del tiempo y las conexiones que formamos con otros seres humanos a lo largo de nuestras vidas.
«Para muchas personas, la biblioteca representa una casa de lo posible, donde ellos han podido, de manera discreta, abrir un margen de maniobra en un destino que parecía ya definido. Un lugar hospitalario donde nace o renace a veces el deseo de otra cosa, de ser un poco más el autor de su propia vida. En ese sentido, las bibliotecas son una de las instituciones más generosas que hayan inventado los seres humanos, son fragmentos de utopía.»
«Quizá no hubo días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con un libro favorito. Todo lo que, al parecer, los llenaba para los demás, y que rechazábamos como si fuera un vulgar obstáculo ante un placer divino: el juego al que un amigo venía a invitarnos en el pasaje más interesante, la abeja o el rayo de sol molestos que nos forzaban a levantar los ojos de la página o a cambiar de sitio, la merienda que nos habían obligado a llevar y que dejábamos a nuestro lado sobre el banco, sin tocarla siquiera, mientras que, por encima de nuestra «cabeza, el sol iba perdiendo fuerza en el cielo azul, la cena a la que teníamos que llegar a tiempo y durante la cual no pensábamos más que en subir a terminar, sin perder un minuto, el capítulo interrumpido; todo esto, de lo que la lectura hubiera debido impedirnos percibir otra cosa que su importunidad, dejaba por el contrario en nosotros un recuerdo tan agradable (mucho más precioso para nosotros, que aquello que leíamos entonces con tanta devoción), que, si llegáramos ahora a hojear aquellos libros de antaño, serían para nosotros como los únicos almanaques que hubiéramos conservado de un tiempo pasado, con la esperanza de ver reflejados en sus páginas lugares y estanques que han dejado de existir hace tiempo.
Quién no recuerda como yo aquellas lecturas hechas en tiempo de vacaciones, que íbamos a ocultar sucesivamente en todas las horas del día que eran lo suficientemente apacibles e inviolables para darles asilo. Por la mañana, al volver del parque, cuando todo el mundo había salido a «dar un paseo», me deslizaba en el comedor donde, hasta la hora todavía lejana de almorzar, no entraría nadie más que la vieja Félicie relativamente silenciosa, y donde no tendría por compañeros, muy respetuosos de la lectura, más que los platos pintados colgados en la pared, el calendario cuya hoja de la víspera había sido recién arrancada, el reloj de pared y el fuego que habla sin esperar respuesta y cuya amable conversación vacía de sentido no viene, como las palabras de los hombres, a superponerse a las palabras que estáis leyendo. Me instalaba en una silla, cerca del pequeño fuego de troncos del que, durante el almuerzo, mi tío madrugador y jardinero diría: «¡No viene mal! Se soporta bastante bien un poco de fuego; os aseguro que a las seis hacía frío de verdad en el huerto ¡Y pensar que sólo faltan ocho días para Pascua!» Antes del almuerzo que, por desgracia, pondría fin a la lectura, quedaban todavía dos largas horas. De cuando en cuando, se escuchaba el ruido de la bomba al dejar correr el agua, que os hacía levantar los ojos hacia ella y observarla a través de la ventana cerrada, allí, muy cerca, en la única alameda del jardinillo que bordeaba con ladrillos y azulejos en inedia luna sus platabandas de pensamientos: unos pensamientos cosechados, al parecer, en esos cielos tan hermosos, esos cielos multicolores y como reflejados a través de las vidrieras de la iglesia que a veces podían verse entre los tejados del pueblo, cielos tristes que aparecían antes de las tormentas, o después, muy tarde ya. criando el día estaba a punto de tocar a su fin. Por desgracia la cocinera venía a poner el cubierto con excesiva antelación; ¡si al menos lo hubiera puesto en silencio! Pero se sentía en la obligación de decir: «No puede estar cómodo así; ¿quiere que le acerque una mesa?» Y sólo para responder: «No, gracias», había que detenerse en seco y hacer volver uno su voz de lo lejos que, labios adentro, repetía sin ruido, de corrido, todas las palabras que los ojos acababan de leer; había que detenerla, hacerla salir, y, para decir decorosamente: «No, gracias», infundirle una credibilidad aceptable y una entonación de respuesta que había perdido. Transcurría una hora; a menudo, mucho antes de la hora del almuerzo, empezaban a llegar al comedor los que, cansados, habían abreviado el paseo, habían «tomado por Méséglise», o los que no habían salido aquella mañana, pues «tenían que escribir». Nada más entrar decían educadamente: «No te molestaré», pero acto seguido empezaban a acercarse al fuego, a consultar la hora, a comentar que el almuerzo no sería mal recibido. Se prodigaba una particular deferencia a aquel o a aquella que se habían «quedado a escribir» y les preguntaban: «¿Ha despachado usted ya su correspondencia?» con una sonrisa mezcla de respeto, de misterio, de malicia y de reserva, como si aquella «correspondencia» hubiera sido a la vez un secreto de estado, una prerrogativa, una suerte y una indisposición. Algunos, sin esperar más, se sentaban con anticipación a la mesa, en sus respectivos sitios. Aquello era mi ruina, pues sería un mal ejemplo para los demás invitados, que creerían que ya era mediodía y harían pronunciar demasiado pronto a mis padres la frase fatal: «Venga, cierra ya el libro, vamos a comer.» Todo estaba listo, todas las piezas del cubierto dispuestas sobre el mantel donde sólo faltaba que trajeran, una vez finalizada la comida, el aparato de vidrio en que el tío horticultor y cocinero hacía él mismo el café en la mesa; un aparato tubular y complicado como un instrumento de física que oliera bien y donde era tan agradable ver subir en la campana de vidrio la ebullición repentina que dejaba a continuación las paredes empañadas de un poso aromático y parduzco; y también la nata y las fresas que el mismo tío mezclaba, en proporciones siempre idénticas, deteniéndose exactamente en el rosa ideal con la experiencia de un colorista y la intuición de un goloso. ¡Qué largo se me hacía el almuerzo! Mi tía abuela no hacía más que probar los platos para dar su opinión con una calma que soportaba, pero no admitía, la contradicción. Si se trataba de una novela, o de versos, cosas en las que era una entendida, se sometía siempre, con humildad de mujer, a la opinión de las personas más competentes. Pensaba que aquello pertenecía al dominio fluctuante del capricho, donde el gusto de uno solo no puede establecer la verdad. Pero sobre aquellas cosas cuyas reglas y principios le habían sido enseñados por su madre, sobre la manera de preparar ciertos platos, de interpretar las sonatas de Beethoven y de recibir a las visitas con amabilidad, estaba convencida de tener una idea justa de la perfección, y de distinguir cuando los demás se aproximaban más o menos. En las tres cosas, por lo demás, la perfección consistía casi en lo mismo: era una especie de sencillez en los medios, de sobriedad y de encanto. No admitía horrorizada que se pusieran especias en aquellos platos que no las requieren en absoluto, que se tocara el piano con afectación y abuso de pedales, que el «recibir» a alguien no se hiciera con perfecta naturalidad y se hablara de sí mismo con exageración. Al primer bocado, a las primeras notas, en una simple tarjeta de visita, pretendía ya saber si tenía que vérselas con una buena cocinera, con un verdadero músico, o con una mujer bien educada. «Puede que tenga una digitación mejor que la mía, pero demuestra no tener gusto al tocar con tanto énfasis un andante tan sencillo.» «Quizá sea una mujer muy brillante y llena de otras muchas cualidades, pero es una falta de tacto hablar de sí mismo en semejante circunstancia.» «Quizá sea una cocinera muy experimentada, pero no sabe preparar el bistec con patatas.» ¡El bistec con patatas! fragmento ideal para un certamen, difícil por su misma sencillez, especie de Sonata patética de la cocina, equivalente gastronómico de lo que representa en la vida de sociedad la visita de una dama que viene a pediros informes sobre un criado, y que en una acción tan simple puede demostrar tanto tacto y educación, corno que carece de ambos. Mi abuelo tenía tanto amor propio, que le hubiese gustado que todos los platos estuviesen en su punto, y entendía tan poco de cocina que nunca sabía cuando un plato había salido mal. Estaba dispuesto a admitir que en ocasiones no saliesen bien, muy rara vez por lo demás, y únicamente por un puro efecto del azar. Las críticas siempre justificadas de mi tía abuela, dando por supuesto, por el contrario, que la cocinera no había sabido preparar tal plato, no podían dejar de parecer particularmente intolerables a mi abuelo. A menudo, para evitar discusiones con él, después de haber probado el plato’ apenas con los labios, no daba su parecer, cosa que, por lo demás, nos indicaba claramente que éste era desfavorable. Permanecía muda, pero nosotros leíamos en sus dulces ojos una desaprobación inquebrantable y legítima que tenía la virtud de sacar de quicio a mi abuelo. Este le rogaba irónicamente que diera su opinión, se impacientaba con su silencio, la acosaba a preguntas, se enfurecía, pero era evidente que antes se habría dejado conducir al martirio que hacerla confesar la creencia de mi abuelo: que el pastel no estaba demasiado azucarado.»
Si mirásemos en este instante dentro de nuestro cerebro, la sorpresa seria monumental. Junto a terrenos activos, regados por las conexiones neuronales, encontraríamos vastos desiertos. extensiones secas y polvorientas que ocupan grandes territorios en nuestra cabeza, zonas vacías, carentes de cualquier forma de vida. Seguramente, si nos fuese dada la posibilidad de hacer ese viaje a nuestro interior, nos preguntaríamos cómo podríamos remediar esos secanos, esas circunvoluciones devastadas, esos piélagos sin nada de valor. La solución es más fácil de lo que pensamos: basta con leer.
Los buenos libros irrigan nuestro interior, fertilizan las regiones del terreno mental, hacen florecer zonas cerebrales hasta entonces yermas e inactivas. Algunas obras literarias, más complejas, conectan además unos sectores con otros, funcionan como ríos que unen y enriquecen zonas o unidades distantes y aisladas. Los primeros libros que leemos en la infancia actúan como gotas de lluvia, o como rocío fertilizador; los demás, tanto en la adolescencia como en la madurez, nos sirven de canales de irrigación y fecundidad; los primeros amplían o ensanchan el mundo, las siguientes lecturas lo adensan, lo vuelven más complejo y comprensible. Son necesarias largas cadenas de obras literarias para terraformar y habitar como es debido la mente y sobrellevar la existencia.
Leído cierto número de libros, que habría que cuantificar caso por caso (los necesarios, en resumen), un individuo se vuelve persona, un ser con raciocinio propio y con singularidad pensante. Conforma un terreno mental que no se parece a ningún otro, como no hay dos ciudades idénticas. Una persona introspectiva y leída implica un cerebro en cuyo interior unas partes reflexionan sobre las demás y se desarrollan con la estimulación mutua.
A lo largo de los años me he arrepentido de algunos hechos, y también de cosas que nunca hice, pero jamás me he arrepentido de ninguna lectura. Hasta las malas nos enseñan: por qué me molesta esto, por qué me parece mal escrito. He disfrutado de cada obra, porque la lectura es en si un disfrute absoluto: desde que abres un libro y empiezas a recorrer palabras, no sabes que va a pasar, pero un mundo comienza a construirse ante tus ojos y dentro de tu cerebro. Es un acontecimiento prodigioso, del que no puedes despegar la vista: cada palabra, cada frase, abren un nuevo río en tu mente. Y cada página, estés de acuerdo con ella o no, ya te ilustre o te indigne, te alegre o te sorprenda, fertiliza una parte de ti que estaba muerta o que nunca había vivido. Cada libro hace crecer tu mente y a ti con ella. Es como la lluvia en el desierto. Te convertirá en alguien más inteligente, más critico, con más elementos de juicio para juzgar a los demás y para juzgarte. Umberto Eco decía que «quien no lee, a los setenta años habrá vivido solo una vida. Quien lee habrá vivido 5.000 años. La lectura es una inmortalidad hacia atrás». Así es. Y, además, quien no lee es alguien que solo tiene una idea… y no es suya. ¿No es mejor disfrutar de múltiples vidas y asegurarnos de que nuestras ideas son, realmente, nuestras?
En lugares donde no se lo espera, pongamos a disposición de los niños, libros, historias poéticas, y las personas, aún las más serias, se maravillarán de lo que ellos se maravillan. Es la vía más segura para que un día ellos entiendan el mundo y para que tengan el deseo de transformarlo.
Prof. René Diatkine
René Diatkine fue un destacado psiquiatra infantil y psicoanalista francés. Nació el 18 de octubre de 1928 en París, Francia, y falleció el 9 de octubre de 1997 en la misma ciudad.
Este análisis enfatiza la importancia de fomentar el amor por la lectura y la creatividad en los niños, reconociendo que esto puede tener un impacto significativo en su desarrollo cognitivo y emocional. Al darles acceso a libros y narraciones en diversos entornos, se les brinda la oportunidad de explorar nuevas ideas, expandir su conocimiento y desarrollar una mentalidad crítica y creativa que los motive a participar activamente en la sociedad y a buscar la transformación positiva.
Sabes que has entrado en el mundo de la ficción Cuando ves esa gran L dorada en la pared, Esa L con un dragón verde en su portada Y la mística luz del conocimiento brillando en su interior.
Y si logras pasar la L Y atraviesas la puerta de vidrio, Te encontrarás en una calle tranquila Donde las paredes de los edificios Están revestidas de libros.
«Library» de Billy Collins
Billy Collins es un poeta estadounidense que nació el 22 de marzo de 1941 en Nueva York. Es conocido por su estilo accesible y su uso del lenguaje cotidiano en sus poemas. Collins ha servido como Poeta Laureado de los Estados Unidos desde 2001 hasta 2003 y ha recibido numerosos premios literarios, incluyendo el Premio Nacional de Poesía en 1994. Sus poemas tratan temas comunes y a menudo se centran en detalles simples de la vida diaria.
Una casa con muchas ventanas, en un pueblo de un valle, alberga una biblioteca de libros queridos ya muertos, tarareando débilmente para sí misma una elegía, El solitario y pequeño Megrim de los Muertos.
Su laberinto de estanterías, sus espacios abarrotados, resuenan con el sonido de todas sus pérdidas, Sus libros antiguos con caras amarillas y descoloridas Están llenos del polvo de cursos interminables.
Pero aún así, algunos visitantes vienen a hojear, acariciando los libros con reverente cuidado, Como para extraer de sus silenciosos votos Los espíritus de los muertos que una vez estuvieron allí.
Así que entremos con corazones humildes, y hablemos en voz baja y con cuidado, Porque aquí los muertos susurran sus antiguas artes, Y la biblioteca está viva con sus gemidos silenciosos.
«To the Dead in the Library» de Richard Wilbur
Richard Wilbur, poeta estadounidense y ganador del Premio Pulitzer, dedicó este poema a aquellos que han dejado su legado en las páginas de los libros de la biblioteca.
Sobre este escenario, amigo mío, en tiendas como estas Con sabios, artistas, líderes de compañías, Malgasté la mitad de mi juventud, o más, o menos, Las artes con todos sus adornos, habitaron en tiendas Como esta humilde estructura podía ofrecer.
Aquí, con rostros serenos y ojos penetrantes, Firmé amistad con todas las dulces artes, Y una veneración tranquila y abierta Me unió a los grandes pensadores del pasado: Aquí encontré solaz en mis días más oscuros.
En este refugio bendito, este precioso templo, Aquí, en soledad, hablé con mis amigos; Y a medida que vagaba por los estantes, La elocuencia, la sabiduría y la gracia Fluían de todos los volúmenes en mis manos.
Aquí, también, pude leer las almas de los hombres, Y así, enriquecer la mía propia; Y aprendí de sabios que aún hablan Más allá del silencio de la muerte: Aquí, en resumen, encontré la vida eterna.
«A Visit to the Library» de William Wordsworth
William Wordsworth (1770-1850) fue un poeta inglés considerado una de las figuras más importantes del movimiento romántico en la literatura. Nació en Cockermouth, Cumberland, Inglaterra, y pasó gran parte de su vida en el hermoso paisaje de los lagos de la región de Lake District.
El novelista japonés Haruki Murakami en varias ocasiones ha tratado el tema de las bibliotecas en sus novelas. Las bibliotecas que aparecen es su obra a frecuentemente se presentan como espacios misteriosos y enigmáticos, donde los personajes principales encuentran refugio, conocimiento y conexiones inesperadas.
En «Tokio Blues» (conocida también como «Norwegian Wood») aunque la biblioteca no juega un papel prominente en la trama. Sin embargo, hay una breve mención de la biblioteca en el contexto de las experiencias del protagonista, Toru Watanabe, durante sus años universitarios. En la historia, Toru Watanabe asiste a la Universidad de Tokio y pasa tiempo en la biblioteca universitaria mientras estudia y se sumerge en su propio mundo interior afirmando «La biblioteca es mi refugio. Allí puedo perderme entre las páginas de los libros y encontrar respuestas a preguntas que ni siquiera sabía que tenía.»
En su novela «Kafka en la orilla«, por ejemplo, la trama trata de un un joven llamado Kafka Tamura que huye de su casa para vivir en una biblioteca pública. Esta biblioteca se convierte en un lugar de introspección y descubrimiento para el personaje, donde encuentra respuestas a preguntas existenciales y pistas sobre su identidad. La bibliotecaria llamada Oshima, es un personaje andrógino y sabio que ofrece consejos y apoyo emocional a Kafka, se trata de una persona inteligente, tranquila y comprensiva con un vasto conocimiento y amor por la literatura. En la obra se dice:
«La biblioteca era como un segundo hogar. O quizá más como un verdadero hogar, más que el lugar en el que vivía. Al ir todos los días, llegué a conocer a todas las bibliotecarias que trabajaban allí. Sabían mi nombre y siempre me saludaban. Pero yo era muy tímido y apenas podía responder».
Haruki Murakami «Kafka en la orilla»
En la novela «Crónica del pájaro que da cuerda al mundo» de Haruki Murakami, aunque la biblioteca es un elemento significativo en la historia. El protagonista, conocido como «El Ratón», trabaja como bibliotecario en una biblioteca pública en Tokio. La biblioteca en esta novela se describe como un lugar tranquilo y acogedor, lleno de libros y conocimiento. Es un refugio para El Ratón, donde encuentra consuelo y una sensación de propósito en su trabajo. A lo largo de la historia, la biblioteca se convierte en un símbolo de estabilidad y conexión con el mundo exterior para el protagonista. Además, en la biblioteca, El Ratón se encuentra con diversas personas que buscan libros y conocimientos específicos, y sus interacciones con ellos desencadenan encuentros y eventos significativos en la trama. La biblioteca actúa como un punto de encuentro para diferentes personajes y sus historias se entrelazan en ese espacio. La biblioteca en «Crónica del pájaro que da cuerda al mundo» representa el poder de los libros y la importancia del conocimiento para el desarrollo personal. esta obra se afirma «Los bibliotecarios son como guardianes de los secretos del universo. Son quienes nos guían a través de los laberintos de la información y nos ayudan a descubrir nuevas perspectivas.»
En la novela «El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas» de Haruki Murakami, la biblioteca juega un papel destacado en la trama. El protagonista, un hombre llamado Toru Okada, se ve inmerso en una serie de sucesos extraños y surrealistas después de que su esposa desaparece misteriosamente. Durante su búsqueda para encontrar a su esposa, Toru Okada se adentra en un mundo subterráneo y se encuentra con una biblioteca oculta. Esta biblioteca se presenta como un lugar mágico y enigmático donde los personajes encuentran respuestas a preguntas profundas y se enfrentan a desafíos metafóricos. Dentro de la biblioteca, Okada se encuentra con extraños personajes, como el enigmático hombre sin cara.
En «Sputnik, mi amor» aunque las bibliotecas no desempeñan un papel destacado en la trama principal. Sin embargo, hay algunas menciones y referencias a las bibliotecas a lo largo de la historia: «Las bibliotecas son lugares sagrados. Son templos del conocimiento y la imaginación.» En la novela, la protagonista, Sumire, es una joven escritora en ciernes que tiene pasión por la lectura y la escritura. Por ello, se mencionan brevemente como un lugar donde Sumire busca libros y conocimiento para nutrir su mente y estimular su creatividad. En una ocasión, Sumire describe cómo visita la biblioteca para leer libros y realizar investigaciones para sus escritos. Aunque no se profundiza en las experiencias de Sumire en la biblioteca, esta breve mención resalta su amor por la literatura y su deseo de explorar diferentes fuentes de inspiración.
En «1Q84», Murakami presenta una biblioteca clandestina que existe en un mundo paralelo llamado «1Q84». Esta biblioteca es un lugar oculto donde se guardan libros prohibidos y secretos. Los personajes principales, Tengo y Aomame, se encuentran atraídos hacia esta biblioteca y se enfrentan a peligros y revelaciones mientras exploran sus misterios. Tengo Kawana, trabaja como profesor de matemáticas en una escuela y también como bibliotecario en una institución académica. Su papel como bibliotecario es secundario, pero muestra cómo los personajes de Murakami a menudo tienen conexiones con el mundo de los libros y la información.
La biblioteca es un portal a mundos infinitos. Allí puedo viajar a través de las páginas y sumergirme en historias que me transportan más allá de la realidad.»
Haruki Murakami «1Q84»
«La biblioteca secreta» de Haruki Murakami» es un cómic bellamente ilustrado por Kat Menschik que captura los mundos oníricos y subrealistas del aclamado autor japonés. Siguiendo la línea de obras como «Kafka en la orilla» y «El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas» En este cómic, un joven visita regularmente la biblioteca pública de su ciudad. En una de sus visitas, la bibliotecaria le indica que baje al sótano y pregunte por la habitación 207. Lo que sucede allí trasciende el mundo conocido. Se encuentra con un anciano bibliotecario, quien parece más el guardián de mazmorras, y que lo introduce en el laberinto de la biblioteca. Dentro del laberinto, el joven se encuentra con personajes como el hombre oveja, una chica muda y un perro de ojos de diamante. Estos personajes y las historias que los envuelven se alejan de la realidad cotidiana y se acercan al laberinto propio de los universos imaginados por Borges.
En el libro de cuentos «Después del terremoto», uno de los relatos titulado «El niño de la tele» presenta a un bibliotecario llamado Junpei que trabaja en una biblioteca pública y se enfrenta a una situación inusual en la que un niño misterioso aparece en su televisión y le hace preguntas. Este cuento explora temas como la soledad y la conexión humana.
En general, Murakami utiliza las bibliotecas como escenarios evocadores donde los personajes pueden sumergirse en el conocimiento, reflexionar sobre sus vidas y conectarse con otros personajes de manera profunda e inesperada. Los bibliotecarios en las obras de Murakami a menudo tienen una presencia enigmática y están asociados con el conocimiento y la sabiduría, sirviendo como guías que a veces tienen conocimientos especiales o acceso a información oculta crucial para los personajes principales Estas representaciones de bibliotecas en sus novelas refuerzan la importancia de la literatura y el poder de las palabras para influir en nuestras vidas.