La biblioteca de Komura de “Kafka en la orilla” de Haruki Murakami

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“Cada uno de nosotros sigue perdiendo algo muy preciado. Oportunidades importantes, posibilidades, sentimientos que no podrán recuperarse jamás. Esto es parte de lo que significa estar vivo. Pero dentro de nuestra cabeza, porque creo que es ahí donde debe de estar, hay un pequeño cuarto donde vamos dejando todo esto en forma de recuerdos. Seguro que es algo parecido a las estanterías de esta biblioteca. Y nosotros, para localizar dónde se esconde algo de nuestro corazón, tenemos que ir haciendo siempre fichas catalográficas. Hay que limpiar, ventilar la habitación, cambiar el agua de los jarrones de flores. Dicho de otro modo, tú deberás vivir hasta el fin de tus días en tu propia biblioteca”

Murakami, Haruki. “Kafka en la orilla.” Tusquets, 2006

Argumento:

“Kafka Tamura se va de casa el día en que cumple quince años. Le llevan a ello las malas relaciones con su padre –un famoso escultor convencido de que su hijo repetirá el aciago sino de Edipo– y el vacío producido por la ausencia de su madre; se dirigirá al sur del país, donde encontrará refugio en una peculiar biblioteca y conocerá a la misteriosa señora Saeki. Sus pasos se cruzan con los de otro personaje, Satoru Nakata, sobre quien se ha abatido la tragedia: de niño, durante la segunda guerra mundial, sufrió un accidente del que salió con secuelas y dificultades para comunicarse… salvo con los gatos.” La novela conforma una enorme alegoría a la soledad del hombre y a la belleza de los sueños. Haruki Murakami nos demuestra que el punto entre la fantasía y la realidad nunca está determinado, y que el mundo de los sueños no tiene porque necesariamente estar tan lejos de nuestra propia existencia.

Extractos:

 

“El día de mi decimoquinto cumpleaños me escapé de casa, me marché a una ciudad desconocida y empecé a vivir en un rincón de una pequeña biblioteca.”

“Hasta el anochecer, decido matar el tiempo en una biblioteca. Había averiguado de antemano qué bibliotecas había en los alrededores de Takamatsu. Desde pequeño, yo siempre he matado las horas en las salas de lectura de las bibliotecas. No son muchos los sitios adonde puede ir un niño pequeño que no quiera volver a su casa. No le está permitido entrar en las cafeterías, tampoco en los cines. Únicamente le quedan las bibliotecas. No hay que pagar entrada y, aunque vaya solo, no le dicen nada. Allí puede sentarse y leer todos los libros que quiera. A la vuelta de la escuela, yo siempre iba en bicicleta a la biblioteca municipal del barrio. Incluso los días festivos solía pasar largas horas allí solo. Cuentos, novelas, biografías, historia: leía todo lo que encontraba. Y, cuando había devorado todos los libros infantiles, pasaba a las estanterías de obras para el público en general y leía los libros para adultos. Incluso los que no entendía los leía hasta la última página. Y cuando me cansaba de leer, me sentaba ante los auriculares y escuchaba música. Carecía por completo de cultura musical, así que iba escuchando por orden todos los discos que había empezando por la derecha. Y así fue como descubrí la música de Duke Ellington, los Beatles, Led Zeppelin.”

“La biblioteca era como mi segunda casa. En realidad, es posible que fuera mi verdadero hogar. A fuerza de ir cada día acabé conociendo de vista a todas las bibliotecarias. Ellas sabían mi nombre, me saludaban al verme y me dirigían frases cariñosas (aunque yo muy pocas veces respondía porque soy terriblemente tímido).En las afueras de Takamatsu había una biblioteca privada fundada sobre el patrimonio bibliográfico de una antigua y adinerada familia. Reunía raras colecciones de libros y, además, el edificio y el jardín eran algo digno de ser visitados. Había visto fotografías de la biblioteca en la revista Taiyô. Una enorme y antigua mansión japonesa con una sala de lectura que recordaba a una elegante sala de visitas, y la gente leyendo sentada en confortables sillones. Esta fotografía me impresionó de una manera extraña. Y decidí que la visitaría en cuanto tuviera ocasión. Biblioteca Conmemorativa Kômura. Ése era su nombre.”

“Delante del majestuoso portal de la Biblioteca Kômura hay plantados dos ciruelos de líneas simples y elegantes. Al traspasar el portal me encuentro con un camino de grava serpenteante. Las plantas del jardín están bien cuidadas, no hay una sola hoja caída. Pinos y magnolias, rosas amarillas. Azaleas. Y entre los arbustos, grandes y antiguas lámparas votivas de piedra, y un pequeño estanque. Finalmente llego, al vestíbulo. Decorado con mucho refinamiento. Me quedo de pie ante la puerta abierta, por un instante dudo si cruzarla o no. Es una biblioteca distinta a cualquiera de las bibliotecas que he conocido.”

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“La entrada a la biblioteca es libre. Si quieres leer un libro, puedes cogerlo y llevártelo a la sala de lectura. Ahora bien, por lo que respecta a los ejemplares valiosos que llevan un sello rojo, antes de leerlos tienes que rellenar una solicitud. A tu derecha está el archivo. En él encontrarás ficheros de tipo manual y ordenadores. Si los necesitas, puedes utilizarlos libremente. No se efectúa préstamo de libros. No hay ni revistas ni periódicos. Está prohibido hacer fotografías. Está prohibido hacer fotocopias. Si quieres comer o beber algo, puedes hacerlo sentado en un banco del jardín. La biblioteca cierra a las cinco de la tarde.Esta biblioteca es un poco peculiar —dice—. Está especializada en un tipo concreto de libros. En la obra de los antiguos poetas de tanka y haiku…”

“Entro en la amplia biblioteca de altos techos, doy vueltas alrededor de las estanterías, busco un libro que despierte mi interés. Gruesas y magníficas vigas cruzan el techo. Por la ventana se filtran los rayos de sol de principios de verano. Los cristales están abiertos hacia fuera y, desde el jardín, llegan los trinos de los pájaros. Las estanterías inmediatas a la puerta están, tal como ha dicho Ôshima, atestadas de libros relacionados con el tanka y el haiku. Compilaciones de tanka y compilaciones de haiku, ensayos, biografías. También hay muchos libros sobre la historia local.En las estanterías del fondo se alinean libros de humanidades: obras de la literatura japonesa, obras de la literatura mundial, la obra completa de diversos autores, clásicos, libros de filosofía, teatro, obras generales de arte, sociología, historia, biografías, geografía…”

“Tomo un libro tras otro, los abro: la mayoría conserva entre sus páginas el olor de épocas pretéritas. Un aroma muy especial a conocimientos profundos y a emociones desatadas que, entre cubierta y cubierta, llevan mucho tiempo sumidos en un apacible sueño. Aspiro el aroma, hojeo algunas páginas y devuelvo los libros a la estantería. Finalmente elijo uno de los hermosos volúmenes de la versión de Burton de Las mil y una noches y me lo llevo a la sala de lectura. Es una obra que deseaba leer desde hacía tiempo. En la sala recién abierta al público no hay nadie aparte de mí. Puedo disfrutar en exclusiva de la elegante estancia. Es como aparecía en la fotografía de la revista. De techo alto, muy amplia, confortable y cálida. A través de las ventanas, abiertas de par en par, penetra la brisa. Las blancas cortinas tiemblan en silencio. Y el viento, efectivamente, huele a mar. Nada que objetar sobre la comodidad de los sillones. En un rincón de la estancia hay un viejo piano de pared y yo me siento como si estuviese de visita en casa de unos buenos amigos. Sentado en el sofá barro la estancia con la mirada cuando, de improviso, me doy cuenta de que es el lugar que he estado buscando durante largo tiempo. Un hueco en el mundo, un lugar escondido exactamente como éste. Pero hasta ahora se trataba sólo de un lugar secreto en mis fantasías. Ni siquiera creía que un lugar así existiera en realidad. Aspiro una bocanada de aire con los ojos cerrados y el aire permanece dentro de mí como una dulce nube.”

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“La señora Saeki, la encargada de la biblioteca, es una mujer delgada que debe de tener unos cuarenta y cinco años. Alta para su generación. Lleva un vestido azul de manga corta y una chaqueta fina de color crema sobre los hombros. Muy elegante. El pelo largo y recogido en una cola floja. Cara refinada e inteligente. Ojos bonitos. Y una pálida sonrisa flotando en los labios como una sombra. No puedo expresarlo bien, pero su sonrisa raya en la perfección. Me recuerda un pequeño rincón soleado. Un rincón de especiales contornos que sólo puede nacer en un lugar donde haya cierto tipo de recogimiento”

“Vuelvo a la sala de lectura y continúo leyendo. Por la tarde se acercaron por allí varias personas. La mayoría llevaba gafas de présbita. Con ellas puestas, todos tenían la misma cara. El tiempo transcurría con extrema lentitud. Aquí todos se entregan a la lectura en silencio. A nada más. Nadie abre la boca. Hay alguno que toma notas sentado frente a la mesa, pero la gran mayoría devora su libro sentado en su asiento sin soltar una palabra, sin cambiar de postura. Igual que yo.”

“Y me he pasado la mayor parte del tiempo en aquella extraña biblioteca provista de un encanto indiscutible. He conocido a varias personas. A Sakura. A Ôshima y a la señora Saeki. Agradezco que no fueran del tipo de personas qué me amedrentan. Tal vez sea un buen presagio.”

“Ôshima me enseña cómo buscar los libros con el ordenador. En la biblioteca tienen un modelo IBM y yo ya estoy acostumbrado a utilizarlo. Luego me enseña cómo ordenar las fichas catalográficas. Otro trabajo que me corresponderá hacer es rellenar a mano las fichas de los libros recién publicados que cada día llegan a la biblioteca.“

“Haber ido a la biblioteca por primera vez en su vida le había hecho adquirir una viva conciencia de las cosas que ignoraba. El número de cosas que desconocía era ilimitado. Sin embargo, pensar en el infinito le produjo a Nakata un ligero dolor de cabeza. No deja de ser lógico, pues el infinito no tiene límite.“

“Todas las palabras, todas las ideas descansan allí en silencio. Siento deseos de mantenerla tan hermosa, limpia y tranquila como pueda. De vez en cuando me detengo y contemplo los libros mudos que se alinean en las estanterías. Acaricio los lomos de algunos de ellos.”

“Sí, es algo distinta a otras bibliotecas. Se la puede llamar familiar, en efecto. Nosotros no deseamos otra cosa que crear un espacio íntimo y acogedor donde se pueda leer a gusto.“

“El mundo es una metáfora, Kafka Tamura —me dice Ôshima al oído—. Pero ¿sabes? Tanto para ti como para mí, esta biblioteca es lo único que no es la metáfora de nada. Esta biblioteca es sólo esta biblioteca.Es una biblioteca muy sólida, muy personal, muy especial. Y nada puede reemplazarla.“

“Pienso en la lluvia cayendo sobre diferentes lugares. La lluvia que cae en el bosque, la lluvia que cae sobre la superficie del mar, la lluvia que cae en la autopista, la lluvia que cae sobre la biblioteca, la lluvia que cae en el fin del mundo. Cierro los ojos, dejo que las fuerzas me abandonen, relajo mis músculos en tensión. Me concentro en el monótono traqueteo del tren. Sin previo aviso, una lágrima aflora de un lagrimal. Percibo su cálido tacto en la mejilla. Brota del ojo, se desliza por la mejilla, se detiene junto a mi boca y, allí, con el paso del tiempo, se seca. «No importa», me digo a mí mismo. «Es sólo una lágrima.» Incluso podría pensar que no era mía. Podría sentirla como parte de la lluvia que azota los cristales. ¿Habré hecho lo correcto?”

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