Archivo de la etiqueta: Imagen profesional

Memorias de un librero pornógrafo – Armand Coppens

Memorias de un librero pornógrafo – Armand Coppens

La sonrisa vertical, 1991

Este librero de ocasión pasa de la página al acto, de la biblioteca a la alcoba, del libro a la cama con el desenfado y el tacto de un erudito y de un disoluto. Entre lo que la lectura de ciertos libros suscita en la fantasía sexual de un librero bibliófilo y los actos que su fantasía le conducen irresistiblemente a llevar a cabo, median apenas sutiles fronteras que ningún ser humano sería capaz de delimitar y menos aún de juzgar…

Hay un sentimiento muy extendido entre los compradores de libros eróticos que siempre me ha llamado la atención: la mayoría de ellos considera que el hombre que se halla en la tienda y que satisface sus gustos, el librero, forma parte de un mundo insólito y clandestino en el que reina el vicio. Está claro que esta opinión es sólo producto de su imaginación.

 

EXTRACTOS

“En mi opinión, Leclerc responde sin duda alguna a la idea que nos hacemos habitualmente de un vendedor de libros eróticos, con la diferencia de que él era consciente del papel que desempeñaba. Estaba completamente convencido de que su éxito se debía a su entrega total. No podía entender que se pudiera escribir y vender mercancía erótica sin compartir el placer del cliente.”

……..

“Me llamó especialmente la atención aquel joven rubio de ojos azules por su parecido con Henri. Tenía poco menos de veinte años; sin embargo, venía unas dos veces por semana a la tienda y a menudo se quejaba de no poder adquirir los libros de su agrado. Solíamos discutir sobre los autores y sus obras; la seguridad y lógica de sus comentarios siempre me sorprendieron.”

……..

“Lo único que le diferencia del librero habitual es que no tiene prejuicios morales en cuanto al contenido de los libros que vende, lo que le convierte en un oportunista que no se esconde. Un vendedor de libros eróticos con experiencia nunca fija por adelantado el precio de las obras. Tiene que fiarse de su intuición para captar la personalidad del cliente, hacerse una idea de los medios que dispone y sólo después de haber llevado a cabo este breve examen psicológico puede determinar el valor de un artículo en un momento dado.”

……..

…uno de los mejores amigos de Ashbee, al cual de hecho había dejado en herencia su maravillosa biblioteca de dos mil volúmenes, clasificados no por orden alfabético, sino según el grado de pornografía.

……..

Seguí hojeando el libro y me sentí sobrecogido. Estaba completamente desarmado, sin defensas ante algo que, aunque relacionado en parte con el instinto sexual, no tenía nada que ver con el acto sexual propiamente dicho. Debí de parecerle un tanto desconcertado, puesto que empezó a explicarme que la policía hubiera clasificado el libro como obra pornográfica aunque no contuviera ninguna alusión directa al acto sexual.

……..

Los libreros de obras eróticas conocían ya al profesor, pues sus gustos eran tan extraños y personales que les resultaba muy difícil satisfacer unas exigencias tan poco comunes. De hecho, en la época en que le conocí, prácticamente había renunciado a la esperanza de encontrar un día un libro que contuviera todos los elementos capaces de procurarle un placer total.

……..

En mi opinión, las obras de Louÿs y de Nerciat son una prueba de que el talento, el buen gusto y la inteligencia son condiciones indispensables para escribir tanto obras eróticas como literarias en general. Una obra que tiene como tema el acto sexual, y todas las situaciones o perversiones eróticas que puede acarrear, exige de su autor tantas, si no más, aptitudes artísticas como una gran novela.

……..

La inmensa mayoría de los libros que poseo proceden de subastas o de clientes particulares. Sin embargo, no puedo aguantar sin ir de vez en cuando a dar una vuelta por el campo, convencido de que un día u otro descubriré, en el lugar más recóndito de esas tiendas de pueblo, uno de esos ejemplares únicos con el que sueña cualquier coleccionista.

……..

Pero lo que realmente me excitaba era que Monsieur Berger, cuando fui a visitarle, me había hablado precisamente de aquel libro sobre el travestismo, y lo consideraba como un auténtico tesoro. Parece ser que un día habían estado a punto de comprar un ejemplar. Madame Berger me explicó que un librero había localizado el volumen en el catálogo de una subasta en Alemania y había ofrecido en nombre de ellos cien mil francos, precio que había resultado demasiado bajo, ya que la obra fue adjudicada a otro coleccionista. Al acordarme de aquella anécdota, el descubrimiento me pareció aún más valioso. Tenía la edición original en tres volúmenes encuadernados en piel.

……..

Me había lanzado a este torneo oratorio para ganar tiempo: quería que vieran los libros para poder observar sus reacciones. No tenía ni la menor idea del precio que iba a pedirles. Dependería del entusiasmo que manifestaran. Esperaba a que me dijeran cuánto estaban dispuestos a pagar

……..

Rompiendo el silencio en la biblioteca. PreTextos

La Biblioteca Josep Soler Vidal rompió su silencio durante media hora, para alzar la vista de los libros por unos instantes y dejarse llevar por los ritmos de la música de los 80. Se trataba de una performance organizada por la misma biblioteca, con la inestimable ayuda de la escuela de danza Body & Soul. Informa: Lluís Martínez

Ver Vídeo

744311

PreTextos: El director de la biblioteca

Fernandes, José Carlos- La peor banda del mundo. Bilbao:AStiberri, 2013

ISBN 978-84-15163-99-2

La peor banda del mundo, de José Carlos Fernandes, es la obra más premiada de la historieta portuguesa, ofrece una visión de conjunto de una ciudad sin nombre, mezcla de la Praga de Kafka, el Nueva York de Ben Katchor y el Buenos Aires de Borges. En esta ciudad una torpe y desastrada banda de músicos, de intenciones vagamente jazzísticas y resultados puramente caóticos, ensaya con regularidad en el sótano de una sastrería. Sus miembros son Sebastián Zorn (saxofón tenor), Idalio Alzheimer (piano), Ignacio Kagel (contrabajo) y Anatole Kopek (batería). A pesar de que llevan tres décadas ensayando, nunca han conseguido actuar en directo.

Las aventuras de estos músicos carentes de talento le sirven de pretexto al autor para introducirnos en un mundo repleto de personajes entregados a ocupaciones improbables y preocupaciones inverosímiles que forman un puzzle lleno de humor y melancolía que pone en evidencia la notable capacidad de José Carlos Fernandes para retratar lo cotidiano.

Este primer volumen, de un total de dos, recopila los tres primeros tomos de la serie: El quiosco de la utopía, Museo Nacional de lo Accesorio y de lo Irrelevante y Las ruinas de Babel, que fueron publicados de forma individual por Devir, pero llevan varios años descatalogados.

El autor nos invita a replantear nuestro sistema de vida tal como lo conocemos, en el que las trampas de la creación literaria y las de la memoria se ponen de manifiesto en todas las personas, de toda condición física e intelectual, donde las referencias a Borges, Kafka, Pessoa o Calvino son constantes.

Entre los personajes que aparecen está Leopoldo Nazca, el director de la biblioteca municipal que preocupado por los hábitos de lectura de sus contemporáneos, vive demasiado ajeno al mundo para comprender porque han cambiado los hábitos de lectura. Ignora el prodigioso desarrollo de la cultura del ocio, que quita a las personas el tiempo y la paciencia necesarias para leer algo más largo y elaborado que las pegatinas de las ventanillas traseras de los coches.   El mayor miedo de Leopoldo es que un fuego haga desaparecer la biblioteca. Ha tratado de elaborar una lista de los libros que salvaría de las llamas. Entre ellos: “Tiempo di Minueto” de Adoph Kriegspiel, “Las obras completas de Pierre Minaro”, “Lepidóptero asimétrico” de Leticia Kautsky, La edición en Braile de la “Enciclopedia de Tlön”….  Pero nunca consigue decidirse, todos le parecen igual de imprescindibles. Por lo cual su última decisión es que cuando llegue el fuego perecerá con la biblioteca.

Estamos ante algo, una máquina o un libro

 

“La traducción es un Yunque” Roberto Bolaño

 

robertobolac3b1oenzopertile

 

«¿Cómo reconocer una obra de arte? ¿Cómo separarla, aunque sea sólo sea un momento, de su aparato crítico, de sus exegetas, de sus incansables plagiarios, de sus ninguneadores, de su final destino de soledad? Es fácil. Hay que traducirla. Que el traductor no sea una lumbrera. Hay que arrancarle páginas al azar. Hay que dejarla tirada en un desván. Si después de todo esto aparece un joven y la lee, y tras leerla la hace suya, y le es fiel (o infiel, que más da) y la reinterpreta y la acompaña en su viaje a los límites y ambos se enriquecen y el joven añade un gramo de valor a su valor natural, estamos ante algo, una máquina o un libro, capaz de hablar a todos los seres humanos: no un campo labrado sino una montaña, no la imagen del bosque oscuro sino el bosque oscuro, no una bandada de pájaros sino el Ruiseñor».

Fuente: La traducción es un Yunque.

PreTextos: la biblioteca particular de José Manuel Caballero Bonald

 

861423

Biblioteca particular

de José Manuel Caballero Bonald

.

Comparecen los libros en lugares
anómalos, se juntan
con indolente asimetría:
un tropel
de vestigios locuaces,
pendencieros, irresolutos, lerdos.

He pugnado con ellos
durante muchos años: los he visto nacer,
durar, languidecer. Han resistido
intemperies, saqueos, turbamultas.

Algunos llevan dentro
la ponderada prueba de mi envidia,
los más el distintivo
incorregible de la decepción.

Mi error fue abrir un día un libro.

(JACK LONDON, The Sea Wolf)

PreTextos: La bibliotecaria y Eric

Caravaca García, Inmaculada. La bibliotecaria y Eric. Ediciones Atlantis, 2014

Sinopsis: Cassidy, una joven bibliotecaria con iniciativa, llega a Villafranca de los Barros para hacer las prácticas en el archivo y la biblioteca del pueblo. Inmiscuida en su trabajo, unas frases desvanecidas en un documento y más tarde, la visión de un misterioso hombre, sumen a la protagonista en una historia recóndita vinculada a la Monarquía de los Austrias. Será allí donde conozca a Eric, un chico que llega al pueblo de Villafranca para visitar a sus abuelos maternos. El joven, en un principio, se muestra receloso con Cassidy, pero con el paso de los días, se convierte en parte importante de la investigación que la bibliotecaria realiza, fraguando ambos un plan que puede llegar a poner en jaque a la España del momento.

PreTextos: “Sayonara, Mio” de Takuji Ichikawa

Ichikawa, Takuji. “Sayonara, Mio” ; Traducción de Jordi Fibla. Madrid : Santillana Ediciones Generales, 2011252 p. Alfaguara. ISBN:978-84-204-0723-4

“Cuando Mio murió, pensé que quien haya hecho nuestro planeta debió de hacer otro al mismo tiempo en algún lugar del universo. Sería el planeta al que van las personas cuando mueren. Ese planeta se llama Archivo. (…) La cuestión es que allí, en un lugar que es como una gigantesca biblioteca, muy silencioso, muy limpio, reina un gran orden. Ahí la gente que ha abandonado nuestro planeta vive apaciblemente. Ahora que pienso en ello, ese planeta es como el interior de nuestros corazones.”

«Cogidos de la mano, caminando al mismo paso, avanzaron lentamente. Parecía como si pudieran ser las dos primeras o las dos últimas personas del mundo.»

“Sayonara, Mio”. Takuji Ichikawa

El estereotipo bibliotecario: percepciones, deconstrucción e imagen del trabajo de la información

Pagowsky, N. and M. Rigby  [e-Book]  The Librarian Stereotype:Deconstructing Perceptions and Presentations of Information Work. Chicago, Association of College and Research Libraries, 2014.

Capítulo I

Comprar

ALA Store

Amazon

Ver Monográfico

Imagen profesional del bibliotecario

“The Librarian Stereotype:Deconstructing Perceptions and Presentations of Information Work”  sirve como una respuesta a los debates apasionados respecto a las formas en que se percibe a los bibliotecarios. A través de 12 capítulos, que abarcan temas como la identidad racial y étnica, personalidades profesionales, la cultura pop y una gran variedad de estereotipos específicos de los bibliotecarios, el libro retoma la percepción que se tiene del bibliotecario dentro de su propio campo profesional y en la opinión pública, a través del empleo de teorías y metodologías de todas las ciencias sociales. El objetivo final del proyecto es poner en marcha el discurso productivo e inspirar la acción con el fin de promover el impacto positivo de las profesiones de la información. A través de la deconstrucción de las verdades percibidas sobre nuestra profesión y el empleo de una mirada crítica, como lo ilustran los autores, los bibliotecarios pueden trabajar en pro de la mejora, diversidad y mayor aceptación de su imagen profesional

 

PreTextos: Un personaje Feliz de Maria Elena Wash

Un personaje feliz

El hombre está arrodillado ante su altar. Busca un libro entre todos y aunque la vista lo traicione, le sobran tacto, olfato y corazón para hallarlo. Sabe que la búsqueda es mutua, que lector y libro acaban encontrándose.

El encuentro sobrevuela siglos y continentes, adivina lenguas extrañas y signos misteriosos. Cuando se reúnan dialogarán en silencio, o quizás el hombre murmure algunas líneas, según su costumbre, recordándolas como si las viera.

El gesto reverencial del señor arrodillado no se dirige a las alturas sino a ras de tierra, donde en ese instante se alinean los objetos de su devoción. La imagen es ejemplar, estampa de un santo reverente ante la sabiduría.

Los que llevamos recorrido un largo trecho de vida compartida con estos objetos y buscando siempre otros, murmuramos también una unánime plegaria de gratitud.

Vivimos entre libros, hemos tenido la libertad de elegirlos y la posibilidad de descifrarlos, en una era en que la instrucción fue (casi) universal. No necesitamos ser monjes ni damas de la nobleza, y si pertenecemos a una cofradía no es la del poder ni la del dogma, simplemente hemos sido elegidos por los libros desde temprana edad. Bendito sea un privilegio desinteresado, no esgrimido para someter a los diferentes.

La plegaria del lector gustoso incluye un solo pedido: seguir leyendo. Aun en la noche que afligió a Borges, los textos guardados en su memoria y los que voluntades amigas le acercaban oralmente le impidieron claudicar, porque lectura es sinónimo de respiración.

Y es inevitable mencionarlo, porque fue el único que ensalzó la tarea de lector sobre la de escritor, en un lugar del mundo donde ambas actividades no fueron ni son precisamente auspiciadas.

Fue el Sumo Lector, el que tradujo e interpretó la escritura universal, el gramático que nos enseñó a leer, el maestro a menudo arbitrario de adultos a menudo díscolos. El Sarmiento de los iniciados.

El lector nace, siempre que cuente al nacer con las hadas reglamentarias asomadas a su cuna que le otorguen dos dones. Una familia natural o vicaria, en la que al menos un adulto esté hechizado por un libro. Y un ámbito escolar donde se enseñe humildemente a leer y escribir, porque a pesar de los vertiginosos cambios impuestos por el negocio de la informática, durante bastante tiempo nos seguiremos manejando con el alfabeto.

A veces se improvisan meritorias campañas de fomento de la lectura, pero parece incorregible la paradoja de que el niño jamás ve leer a ningún adulto, ni en la realidad ni en la feria virtual. El maestro es quien puede reparar este escamoteo, siempre que sortee la imposición prepotente de lo instantáneodivertido, ayudando al niño a amar, o por lo menos a no despreciar ese alimento primigenio: el eterno cuento, el juego de la imaginación.

Recuerdo una antología llamada El curioso entretenido , un título folclórico que define al lector incipiente. En cualquier ámbito de gente bien alimentada puede brotar esta chispa que lleva a manosear revistas, descifrar carteles, y hasta los papeles rotos de las calles. De esta chispa -si nadie la apaga a baldazos, que es lo que en realidad sucede- nace una hoguera vital de placer y devoción.

Lector se nace, lector se hace, lector se muere. Como el hábito no tiene finalidad práctica, tampoco admite renuncia por abandono ni por desaliento ante las proezas del inexistente competidor.

El lector se arrodilla como el arqueólogo, trepa escaleras como el restaurador, fortalece músculos con el diccionario de María Moliner o el Seco, huronea de tomo en tomo. Lee de pie y escarba en las librerías, sufriendo la melancólica anemia de su bolsillo, el despiste de los libreros y la necesidad del ángel que lo oriente para desmalezar la selva de libros chatarra.

Lo creíamos sedentario y en realidad es un atleta, comparado con los estáticos prójimos solidificados en ángulo recto frente a las pantallas.

El lector es feliz de ser contemporáneo de una abundancia de libros única en la historia: las cifras y la exhibición a menudo grosera abruman, pero del exceso nace la posibilidad de elección y de la variedad de elección ese gusto formado a fuerza de errores e insistencia.

No todas son novedades editoriales oportunistas, también se reedita lo que hasta ayer era inhallable, se ofrecen obras clásicas en los kioscos o adjuntas a los periódicos, hay sistemas de impresión al alcance de la mayoría de ávidos autores primerizos.

Todo eso es encomiable, pero el lector tradicional busca en vano lugares silenciosos. La ancianidad le da derecho (alguno le queda) a permitirse incursiones por la nostalgia. Añora los plácidos medios de transporte de otra era u otras ciudades contemporáneas.

Lo afirma alguien que fue pasajera de tranvías o de barcos de carga que navegaban durante treinta días, sin etapas. Una maleta de libros le permitía convivir con poetas ilustres en el módico camarote, lujo equivalente al de los viajeros patricios que embarcaban con la vaca. Incomparable con el que disfrutó Stephan Zweig, que en su viaje a América, mientras escribía la biografía de Magallanes, pudo consultar libros en la biblioteca del transatlántico.

Envidia a los fanáticos del fútbol, porque pueden trenzarse en coincidencias y contiendas con cualquier vecino, porque todos comparten ídolos del mismo dogma y un código enciclopédico de conocimientos específicos. Al lector le cuesta cada vez más encontrar interlocutores, interlectores.

Muchos se conforman con el diálogo electrónico, herederos de los entusiastas espiritistas de hace un siglo. Pero al veterano le parece, hasta que lo fusilen por anacrónico, un intercambio entre fantasmas.

El lector también vive en un planeta virtual, pero autores y obras le resultan compañías incorporadas a sus sentidos: criaturas que despiertan una extraña sensualidad. Seres corpóreos tan fastidiosos en viajes y mudanzas como dolorosos en cada separación.

Como el paisano usa el adobe y el esquimal el hielo, el lector se ha fabricado una vivienda de libros, una madriguera con vista al universo. Las casas sin libros, las mansiones de ricos y famosos tan empeñosamente exhibidas para regodeo de habitantes de Calcuta, le parecen paisajes marcianos.

Roba, en fin, los ratos que puede a una agenda saturada de tareas y estrecheces, con tanto sacrificio como el prójimo que los destina al gimnasio, porque esa pasión ¿sedentaria? es su gimnasio. Y espera el momento en que las cirugías reparadoras le permitan corregir una memoria fláccida, una concentración rugosa, una mustia capacidad de ilación.

El curioso entretenido es la especie más común de lector, quizás el más simpático. Y está también el concentrado y memorioso, y el lotófago que archiva la esencia mínima que su mente podrá con suerte reciclar, y el surtidor de citas y personajes al que, a esta altura del páramo ¿quién va a reprocharle la pedantería?

Si el lector va por el mundo con cierto aire de quedarse “entre las azucenas olvidado”, qué decir de la lectora, que va por ese mismo mundo con un talante de franco desvarío, tironeada por la multiplicidad de sus deberes.

Suele andar crespa de melena e incómoda de paso, con gesto de dónde habré puesto los anteojos o dónde encontraré, ya no el famoso cuarto, sino el momento propio para reanudar el párrafo interrumpido, a menudo años atrás, hace ya varios hijos.

Pero el lector es en el fondo un personaje feliz, su capacidad de integrar otras vidas y peores peripecias le ayuda a superar el suplicio del tedio, que, según los expertos, es causa principal de un ejército de lacras sociales.

El placer de la lectura se matiza con sentimientos no siempre recreativos. Pensar no significa siempre columpiarse. Hay narraciones que abren heridas absurdas a lectores sanamente infantiles, incapaces de simbolizar y que viven con pánico los avatares de protagonistas míticos o reales.

Y está el que, al emerger del laberinto de una larga novela, deambula durante varios días como alma en pena, sumido en la más tanguera de las orfandades, salpicado de pólvora de batallas y perfumes de bailes cortesanos.

Los clásicos, por ejemplo, no son pesados por su extensión o su denso lenguaje. Lo que pesa en ellos es la intensidad, el impudor con que despliegan su espejo de miserias y terrores.

Confieso que promediando el paseo por el Infierno de Dante, la lobreguez me pide un paréntesis. Y tampoco sé cómo tolerar la perversidad de los villanos de Shakespeare, nuestros semejantes y hermanos. Y que me abruma el exceso de dicha al apropiarme de la lengua y los episodios del Quijote.

Y en cuanto al tan mentado Proust, no es la minuciosa transcripción de los celos de Swann en decenas de páginas lo que a uno impacienta, sino la sospecha de verse radiografiado, congelado en un momento de su vida, y preguntarse con desazón: ¿cómo pude haber sido tan imbécil?

Celebré empezar el siglo -o el milenio- con el descubrimiento de tres libros a los que es posible considerar clásicos actuales:Cartas de Cumpleaños del inglés Ted Hughes, Piezas en Fuga de la canadiense Anne Michaels, la Obra Poética del compatriota Joaquín O. Gianuzzi (que sorprende como novedad al conformar un solo volumen, cuando la habíamos conocido en modestas entregas).

Al gozo del encuentro con estos libros excepcionales se le suma una cuota de angustia que pide respiro, como si fuera imposible leerlos de corrido por la carga emotiva a la que nos someten, por su implacable belleza poética, porque son tratados de sufrimiento.

Toda persona instruida puede leer, pero convertirse en lector requiere, como es obvio, la paciencia y el esfuerzo de toda disciplina. Los lectores son tipos raros, o para definirlos con cierto elegante hermetismo también borgeano, “los buenos lectores son cisnes más tenebrosos y singulares que los buenos autores”.

Sin embargo, la sociedad acepta que un deportista, un científico, un virtuoso de la música, lleven una vida de constante aprendizaje, sacrificio y concentración (en cualquiera de sus sentidos) pero supone que el lector se improvisa y no es sino un holgazán con cierto prestigio.

Como muchas obvias afirmaciones, es necesario rebatirlas en una época en que se sacraliza la reducción jibaril y el mito de la facilidad. Un atolondramiento generalizado procura convencernos de que la tarea intelectual se desliza por una cinta mecánica. Que conduce, naturalmente, a un parque de diversiones que excluye carácter y paciencia.

De estas patrañas se nutre la verdadera frivolidad nuestra de cada día, no de las crónicas en revistas ilustradas o las necedades mediáticas, por más serviciales que resulten para contribuir a la confusión general.

Es verdad que el lector no ejerce, no opera ni convierte goles ni gobierna (esto sin duda) pero se somete a un permanente entrenamiento, debe superar las etapas de una experiencia que incluye la comprensión, quizás no siempre lograda, de otras lenguas y otros contextos históricos.

Nada de eso le permite ganar prebendas ni honores. Y es posible que no le hagan falta. Pero no desdeñaría que como premio le regalaran libros, incluso los propios si además de lector es autor.

Está de moda el debate tan repetido como hipócrita (porque en realidad se trata de de una campaña exterminadora) sobre la inminente desaparición del libro. La inquietud que suele acompañar este debate parece disimular una liviana transposición del único duelo obsesivo y aterrador. No es seguro que el libro esté destinado a desaparecer mañana, pero sí es seguro que desaparecerá cada uno de nosotros, especímenes humanos. Y es posible que cuando dejemos este mundo, algunos libros nos echen de menos.

Y si en vida nuestra única recompensa fue seguir leyendo o releyendo, el único premio póstumo nos lo prometió en sueños Virginia Woolf: Cuando amanezca el Día del Juicio Final y los grandes conquistadores, jueces y estadistas se presenten a recibir sus recompensas: coronas, laureles, sus nombres indeleblemente grabados en imperecedero mármol, el Todopoderoso le dirá a Pedro, no sin cierta envidia cuando nos vea llegar con los brazos cargados de libros: -Pedro, éstos no precisan recompensa. Aquí no tenemos nada para darles. Fueron amantes de la lectura”.

Por María Elena Walsh