
Diab, Robert. “The Case for and Against Co-Authoring With AI”. Publicado en Slaw.ca, 6 de mayo de 2026.
El jurista canadiense Robert Diab examina críticamente una de las cuestiones más debatidas en la era de la inteligencia artificial generativa: si resulta conveniente utilizar herramientas de IA como colaboradoras directas en la escritura profesional. Su reflexión se centra especialmente en el ámbito jurídico, aunque las ideas planteadas son extrapolables al periodismo, la investigación académica y cualquier disciplina donde la escritura sea una manifestación del pensamiento crítico y de la autoría intelectual.
Diab parte de una distinción fundamental entre dos usos distintos de la inteligencia artificial: emplearla como herramienta de apoyo para revisar o editar un texto ya escrito por una persona, o utilizarla para generar el documento desde cero a partir de instrucciones o prompts. Mientras considera legítimo y útil el primer caso, manifiesta reservas importantes sobre el segundo. Su principal preocupación es que, aunque técnicamente el texto generado pueda ser correcto, la escritura producida por IA suele carecer de autenticidad, personalidad y profundidad argumentativa, dando lugar a documentos excesivamente formales, repetitivos o mecánicos.
El autor analiza la postura opuesta defendida por el abogado neoyorquino Zack Shapiro, quien sostiene que la IA puede actuar como una verdadera coautora siempre que el usuario aporte previamente el pensamiento estratégico, la estructura argumentativa y las decisiones intelectuales fundamentales. Según esta visión, la parte esencial del trabajo cognitivo ocurre antes de redactar: el humano piensa, diseña y decide, mientras la máquina ejecuta y optimiza la expresión escrita. Desde esta perspectiva, no existiría una oposición binaria entre escritura humana y escritura artificial, sino una tercera vía híbrida de colaboración hombre-máquina.
Diab reconoce que este modelo de coautoría resulta intelectualmente atractivo y que numerosos profesionales lo están experimentando activamente. Sin embargo, mantiene su escepticismo. Señala que incluso cuando se utilizan instrucciones sofisticadas y procesos iterativos complejos, los textos producidos siguen presentando rasgos característicos de la escritura automatizada: verbosidad excesiva, formulaciones previsibles, falta de originalidad estilística y ausencia de matices personales. A su juicio, quienes valoran realmente la calidad de la escritura pueden detectar fácilmente estas limitaciones.
Uno de los aspectos más interesantes del artículo es la reflexión sobre la dimensión reputacional y profesional del acto de escribir. En profesiones como la abogacía, argumenta Diab, redactar bien no es simplemente transmitir información sino demostrar competencia, criterio y personalidad profesional. Un documento que suena excesivamente automatizado podría transmitir al lector —sea un cliente, un colega o un juez— la impresión de que el autor no dedicó suficiente atención o esfuerzo personal al trabajo realizado.
El autor reconoce, sin embargo, un argumento fuerte a favor del uso de IA: la eficiencia. En contextos laborales de alta presión, como servicios jurídicos saturados o tareas administrativas rutinarias, una carta elaborada parcialmente con ayuda de IA puede ser preferible a no producir ningún documento o limitarse a una comunicación oral improvisada. En estos escenarios, la inteligencia artificial puede servir como una herramienta valiosa para sintetizar información, organizar ideas y acelerar tareas de menor complejidad.
En sus conclusiones, Diab plantea una pregunta provocadora: si el objetivo final es producir un texto que refleje verdaderamente las propias ideas, la propia voz y el propio criterio, ¿no sería más razonable escribirlo directamente uno mismo? Sugiere que quizá la cuestión central no sea si la IA permite escribir más rápido, sino qué tipo de pensamiento, autenticidad y responsabilidad estamos dispuestos a delegar en sistemas automáticos.
El artículo refleja una preocupación creciente en ámbitos profesionales y académicos: a medida que la inteligencia artificial se integra en los procesos de escritura, surge la necesidad de redefinir conceptos tradicionales como autoría, responsabilidad intelectual y creatividad humana. Más allá de la eficiencia técnica, el verdadero debate gira en torno al valor que seguimos atribuyendo al pensamiento humano expresado a través de la escritura