Bibliotecas en llamas. Cuando las clases populares cuestionan la sociología y la política

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Merklen, Denis. Bibliotecas en llamas. Cuando las clases populares cuestionan la sociología y la política. Buenos Aires: UNGS, 2016

Primeras páginas

 

El incendio de la biblioteca es un fenómeno relevante en sí. Una ruptura, un drama, un momento que marca una discontinuidad. El tiempo ya no será idéntico antes y después de la aparición nocturna de las llamas (sí, los incendios son siempre nocturnos). Su carácter excepcional se debe, al menos parcialmente, a esa forma espectacular. Y sobre todo, el hecho de que la protesta adopte la forma de un acontecimiento contribuye a que estos actos sean considerados como una forma de “violencia”. Perplejos frente a lo inexplicable, los bibliotecarios y las autoridades califican el incendio como un acto de “violencia”. La calificación misma de estos actos de protesta como “violentos” subraya una ruptura en el orden de cosas, ya que, en efecto, las llamas no son simplemente la expresión de la situación en los barrios, el resultado de la pobreza, del desempleo o del racismo –de hecho, en cuanto institución, las bibliotecas no son actores directos en esas problemáticas.

 

Denis Merklen continúa en este libro, a propósito de cierto resonante número de casos de incendios de bibliotecas ocurridos hace algunos años en los barrios populares de las afueras de París y de otras muchas ciudades de Francia, su tenaz e inteligente indagación sobre la vida y las representaciones de los sectores populares que habitan, de un lado y otro del Atlántico, las periferias de nuestras ciudades, al mismo tiempo que interroga los fundamentos últimos de nuestra existencia común y de nuestra civilización letrada. El trabajo colectivo de traducción y edición de este volumen corona un largo trayecto de estimulantes intercambios académicos entre los equipos de la Universidad Sorbonne Nouvelle, de París, y los de la Universidad Nacional de General Sarmiento.

FRAGMENTOS:

Ya que suele recelarse de algún elemento recóndito de sacralidad en cualquier fuego, por más doméstico que sea (y precisamente en este caso pudo verse el principio creador de la comunidad primera), no parece adecuado dejar de comprender la atracción con que ese mimimum de sacralidad autorizaría para arrojar fuegos contra espacios que también reclaman su porción de sacralidad: bibliotecas, escuelas, catedrales, museos, grandes palacios, sacristías, locales políticos en tiempos de fuerte conflagración civil. No todos estos ámbitos portan insignias sacras, pero sí las bibliotecas. Tienen algo de las catedrales, pues el libro desde siempre es reconocido por sus misteriosos poderes: atraer al lector y no estar nunca inmune a la quema. Es como si el obispo de Canterbury estuviera afuera y no adentro del “Asesinato en la catedral”, según la extraordinaria visión de T. S. Eliot. En este caso, al revés, es el rey quien manda asesinarlo. Pero en el vigoroso estudio de Denis, es el Estado el que ocupa la posición interior (difunde la red bibliotecaria pública) resguardando la “sacristía”, pero no pretende tampoco ninguna sacralidad.

PREFACIO. El fuego, la letra y la palabra
Horacio González

 

Pocas personas saben que en Francia se queman bibliotecas, hecho que hasta hace muy poco ignoraban tanto el público como los especialistas. Hemos registrado el incendio de 75 bibliotecas entre 1996 y 2015, y sabemos que otras fueron atacadas desde inicios de los años ochenta. ¿Por qué se incendian bibliotecas? Se trata de un hecho lo  suficientemente enigmático como para que formulemos la pregunta con seriedad. La gravedad y relevancia del hecho amerita que propongamos también otra pregunta: ¿por qué nadie se interesó hasta ahora en estos incendios? El incendio de bibliotecas siempre desató polémicas, escandalizó a intelectuales, a mujeres y hombres de la cultura, generó reacciones de los políticos, despertó la curiosidad de periodistas e investigadores en ciencias sociales; ¿por qué se calla en Francia hoy en día, si este tipo de acontecimiento se repite desde hace treinta años?… Tomaremos estos ataques como mensajes de piedra y como imágenes de fuego que nos esclarecen, que nos dicen algo más sobre las bibliotecas y los barrios, sobre la relación íntima que liga a la institución y su público en su territorio.

En realidad, la biblioteca es un espacio clausurado por una serie de normas, entre ellas las que están inscriptas en su reglamento interno, que cierran su perímetro con el objeto de posibilitar su actividad. En este sentido, no puede ser un lugar abierto como una plaza o la vereda de una calle. Su régimen de regulación es a la vez más estricto y más preciso. Ahora bien, cabe formularse una pregunta. ¿Se puede considerar a la biblioteca como un espacio público, hablando con propiedad, es decir, en el sentido del espacio político de la democracia? La pregunta es pertinente, porque cierta confusión se presenta a partir del momento en que esas instalaciones son concebidas, a la vez en el pensamiento político contemporáneo y en el pensamiento profesional de los bibliotecarios, como un servicio público y como un espacio político cuyo objetivo es ofrecer a los ciudadanos herramientas para su integración social y para su formación política. Los libros, los discos, las películas, los periódicos están ahí, en el espacio de los barrios, para permitir que esos individuos y esas familias accedan a la cultura y dispongan de cierta cantidad de herramientas necesarias para la integración social (búsqueda de empleo, éxito escolar, educación familiar, métodos de lengua, actividades diversas). Pero las colecciones también están disponibles para permitir que cada uno explore y amplíe sus horizontes culturales, alimente su espíritu crítico, se informe, se forme, evolucione. La lectura, pero también la escucha de obras musicales o la observación de obras cinematográficas supuestamente están llenas de virtudes pedagógicas o informativas que el individuo de nuestras sociedades requiere para su desempeño social (para “tener éxito”) y para su actividad como hombre político. La República defiende su espacio y promueve su cultura al mismo tiempo que da posibilidades a los individuos de participar en su permanente redefinición. Todo lo cual la honra.

El problema viene de la presencia de las bibliotecas en esos territorios de los sectores populares que son los barrios. Porque nuestras sociedades no constituyen espacios abiertos y homogéneos donde cada individuo se pasearía en libertad. Ellas presentan más bien la forma de espacios profundamente divididos, y también espacios múltiples a veces incompatibles que se entrechocan, se yuxtaponen y se rechazan como placas tectónicas, con sacudidas más o menos periódicas y todo. Es a este marco al que la biblioteca es remitida a través de las agresiones que padece, a su papel de emblema, hasta de objeto sagrado del otro.

Las bibliotecas no son incendiadas simplemente porque son una institución más, porque
representan al Estado, porque se trata de edificios públicos vulnerables, presentes en ese lugar, en medio del barrio de pobres, migrantes y desempleados en el que estalla una revuelta. Las bibliotecas son atacadas como tales. Hay muchas cosas en juego en la relación de la biblioteca con el barrio, relaciones sociales entre el personal y los habitantes, así como el hecho de que la biblioteca, junto con la escuela, son las dos instituciones (públicas) que trabajan para favorecer la difusión de la cultura escrita en estos espacios.

Como sabemos, la institucionalización de la palabra escrita, que funciona como referencia objetiva de la cultura dominante, limita el acceso de las clases populares al mercado de trabajo y a la vida política. Se trata de una relación de dominación y de exclusión que se ha acentuado a lo largo de los últimos treinta años a raíz de la desvalorización de la mano de obra no calificada en el marco de la desindustrialización observada en Francia, en la que desapareció la mayor parte de las industrias que ocupaban mano de obra intensiva y poco calificada, donde el músculo ya no vale nada. … En primer lugar, el libro sigue siendo visto como el emblema del grupo de los “letrados”, a tal punto que, como veremos más adelante, representa algo del orden de lo sagrado –aquello que los incendios “mancillan”–. … En este contexto particularmente complejo, y en ciertos sentidos paradójico, las bibliotecas y la institución escolar son los santuarios de la cultura escrita

 

Un pensamiento en “Bibliotecas en llamas. Cuando las clases populares cuestionan la sociología y la política

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