Crecí en la biblioteca

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“Estamos tan acostumbrados a la idea de que las bibliotecas públicas existen que las damos por supuestas, que apreciamos poco estos lugares complejos, extraordinarios y ricos en recursos”

Susan Orlean “The library book” Simon & Schuster, 2018

 

Crecí en la biblioteca, o al menos así lo siento. Me crié en los suburbios de Cleveland, a unas pocas calles de la sucursal de Bertram Woods del sistema de bibliotecas públicas de Shaker Heights. A lo largo de mi infancia, desde que era muy pequeña, iba allí varias veces a la semana con mi madre. En esas visitas, mi madre y yo entrabamos juntas pero tan pronto como atravesamos la puerta, nos separábamos  y cada una se dirigió a su sección favorita. La biblioteca fue el primer lugar donde me dieron autonomía. Incluso después cuando ya tenía cuatro o cinco años, me dejaron ir sola. Luego, después de un tiempo, mi madre y yo nos reuniamos en el mostrador de préstamo con nuestros hallazgos. Juntas esperábamos  mientras el bibliotecario en el mostrador sacaba la tarjeta de fechas y la estampaba con la máquina de caja – ese puño gigante golpeando la tarjeta con un golpe seco, imprimiendo la fecha de vencimiento torcida debajo de una veintena de fechas de vencimiento torcidas anteriores que pertenecían a otras personas.

Nuestras visitas a la biblioteca nunca fueron suficientes para mí. El lugar era tan generoso. Me encantaba vagar por los estantes de los libros, escudriñando las estanterías hasta que algo me llamaba la atención. Esas visitas eran interludios de ensueño, sin fricciones, que prometían que me iría más rica de lo que llegué. No era como ir a una tienda con mi mamá, donde era seguro que se producía un tira y afloja entre lo que yo quería y lo que mi madre estaba dispuesta a comprarme; sin embargo, en la biblioteca podía tener todo lo que yo quisiera. Después salir, me encantaba subir al coche y ver todos los libros en mi regazo, presionándome bajo su peso sólido y cálido, sus fundas de Mylar pegándose un poco a mis muslos. Era tan emocionante ir a un lugar con cosas por las que no debias de pagar; tan emocionante anticiparnos a los nuevos libros que íbamos a leer. Hablamos sobre el orden en que íbamos a leerlos, una solemne conversación en la que planeamos cómo íbamos a caminar a través de este encantador y evanescente período de gracia hasta el vencimiento de los libros. Ambas pensamos que todos los bibliotecarios de la sucursal de Bertram Woods eran hermosos. Durante unos minutos, hablamos de su belleza. Mi madre siempre mencionaba que, si hubiera podido elegir cualquier profesión, habría elegido ser bibliotecaria, y el coche se quedaba en silencio por un momento mientras ambas considerábamos lo increíble que habría sido.

Cuando era más mayor, solía ir a la biblioteca yo sola, cargando con todos los libros que podía llevar. A veces también iba con mi madre, y el viaje era tan encantador como cuando era pequeña. Incluso cuando estaba en mi último año de secundaria y podía conducir hasta la biblioteca, mi madre y yo seguimos yendo juntas de vez en cuando, y el viaje se desarrollaba exactamente igual que cuando era niña, con los mismos ritmos y pausas y comentarios y ensueños, el mismo ritmo pensativo perfecto que habíamos seguido tantas veces antes. Cuando echo de menos a mi madre estos días, ahora que se ha ido, me gusta imaginarnos en el coche juntas, yendo de viaje a la sucursal de Bertram Woods.