El Bibliotecario de María Adelaide Castelli

 

2013-05-05_0004

Ya sé que me miran con pena creyéndome nacido, vivido y ya muerto aquí igual que una seta hundida detrás de unas gafas empañadas que nunca ha tocado otra cosa que no sean portadas, archivos o bolígrafos. Mentira, yo tuve mujer y de las más hermosas. Vive en un psiquiátrico. Es culpa de los libros. La tinta no es inocente ni el papel inofensivo.

Fue cuando empecé a leer, así, por aburrido, por tentación natural de mi pacífico oficio: los libros, aprovechando el silencio, entraron muy adentro de mí y me alteraron a su antojo el patrimonio genético. Literatura fantástica, enciclopedias, London, Kafka, entre otros, fueron nuestra ruina: volvía a casa de noche, en plena fase mutante, cuerpo y alma virando hacia el reino animal.

La estreché con tentáculos y la rocé con escamas, le clavé ojos de lobo y garras de rapiña; la enloquecí con sexos equinos y alientos de fiera carnívora; la piqué, la mordí, la acaricié con pelo de chinchilla y alas de mariposa. La levanté en el aire igual que un halcón a su presa, entré en su carne comiéndomela como los gusanos
a un muerto; la desperté con el grito del mono aullador, me escurrí entre todos sus pliegues con curva de serpiente. Según mi lectura del día, sin guión ni aviso, le hice compartir mi extensa bestialidad.

Y cuando llegaron los médicos diagnosticándole atónitos un síndrome alucinatorio con patología obsesiva, yo me callé, por supuesto: nadie me creería, de todas formas.

Es más, la miré ingresar con frío interés animal hacia los movimientos del peculiar ser humano: dos enfermeros implacables con caras apenadas y aburridas la arrastraban cogida de sus menudas muñecas. No importa. La muy zorra me había engañado con uno de ustedes, que miran con tan despectiva piedad. Cuidado, que hoy estoy hojeando la más famosa de Kipling.

El Bibliotecario de María Adelaide Castelli