Me contaban cientos de historias

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“Me contaban cientos de historias que se mezclaban abruptamente con las que venían de la inquieta repisa de los libros infantiles que había ilustrado mi padre y en los que aprendí a leer. Entre todos ellos regresaban en mis noches las imágenes de un viajero muy delgado, siempre sorprendido y lleno de ingenio, desenfrenado inventor de soluciones increíbles para los problemas aparentemente insolubles que le presentaba el mundo. Se llamaba Jerónimo Carlos Federico Munchausen, Barón de la Castaña. Entre otras costumbres tenía la de volar sobre las ciudades, los bosques y los desiertos montado en una redonda bala de cañón. Y yo no podía dejar de relacionar esa bala con el viejísimo globo terráqueo que alguno de mis tíos había abandonado en la casa de la abuela y donde una geografía de nombres antiguos giraba en la penumbra de su superficie comida por el sol. Nombres que aparecían por supuesto en los relatos de viajes del curioso Barón o en otros cuentos del mismo librero.

Algo de humedad tenían también las páginas amarillentas de una colección de libros verdes, gruesos y antiguos que llamaban el Tesoro de la juventud y que mi abuelo materno había comprado para sus hijos. Había en ellos no sólo historias increíbles sino también experimentos químicos … “

 

Alberto Ruy Sánchez “Elogio del Insomnio