El día que Glenn Ferdman director de la Biblioteca Pública de Somerville donó sus guitarras a la biblioteca

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Cake pans, binoculars, toys, neckties, even guitars are available at libraries, as they become a different kind of public resource  GLOBE MAGAZINE 

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Hace un par de años, Glenn Ferdman, aficionado a la música pop y director de la Biblioteca Pública de Somerville decidió que tenía demasiadas guitarras. Sabía que podía venderlas o guardarlas en un algún lugar. Sin emabrgo, Ferdman que es bibliotecario, lo que significa que su trabajo es encontrar nuevas formas de compartir recursos, decidió llevar sus guitarras a la sucursal principal de la Biblioteca Pública donde trabaja como director, y pidió a su personal que las prestara a los usuarios como si fueran libros. Dándose cuenta que esos artículos suscitaban el interés de las personas y se prestaban con gran frecuencia. Tomando en cuenta del ejemplo, otros miembros del personal pronto hicieron sus propias donaciones. El jefe de circulación, que además es un guitarrista aficionado aficionado a James Taylor, aceptó afinar las guitarras cuando se las devolvieran.

Un abogado de la ciudad de Somerville redactó un acuerdo de préstamo, en caso de que los instrumentos fueran dañados o desaparecieran. Actualmente, la colección incluye tres guitarras acústicas, un ukelele y un djembé de África Occidental. Si se busca “tambor de mano” en el catálogo de la Red de Bibliotecas Minuteman, que comprende 43 bibliotecas en los suburbios de Boston, se obtiene un listado inusual: “3-D OBJECT | Available at SOMERVILLE/Adult.”

Al ampliar sus colecciones más allá de los medios del libro, la biblioteca de Somerville se unió a un movimiento mundial para ampliar el papel de las bibliotecas públicas. A medida que los lectores pueden disponer de libros y publicaciones periódicas desde los teléfonos inteligentes y tabletas, las visitas a las bibliotecas están disminuyendo. Pero eso no significa que las bibliotecas estén obsoletas. Casi el 90 por ciento de las personas encuestadas para un estudio de Pew Research de 2016 dijeron que cerrar su biblioteca local tendría un impacto negativo en su comunidad. Lo que los encuestados dijeron que querían eran programas educativos ampliados, incluyendo centros tecnológicos con impresoras 3D y otras herramientas digitales, y lecciones sobre cómo usarlas. También querían que las bibliotecas dedicaran menos espacio a los libros y más a las actividades comunitarias.

Las bibliotecas de las cosas se están convirtiendo en algo cada vez más habitual. En Brookline, los titulares de la tarjeta de la biblioteca pueden llevarse prestados moldes para pasteles. Wilmington Memorial Library presta juegos de césped y kits de viaje (que incluyen guías y libros de idiomas relacionados con una ciudad o el país, DVDs, y mapas en una bolsa). Lexington presta máquinas de coser y tocadiscos portátiles, mientras que Reading tiene un Roomba disponible. Una noche de esta primavera, la Biblioteca Pública Billerica acogió una “biblioteca humana“, donde voluntarios (entre ellos una persona transgénero, un tartamudo y un oficial de policía) ofrecieron unos minutos de tiempo individual a los “prestatarios” que querían hacerles preguntas sobre sus experiencias.

Arun Sundararajan, profesor de economía en la Universidad de Nueva York y autor de The Sharing Economy, cree que las bibliotecas de cosas pueden ayudar a crear una comunidad de personas de ideas afines. “Es casi como si la biblioteca, al ser un depósito de activos, fuera realmente el lugar de reunión de personas con intereses compartidos“, dice. Programas como estos también pueden empoderar a las personas, agrega. “Ya que democratizan el acceso a un nivel de vida más elevado al eliminar la barrera de la propiedad“.

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