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Las bibliotecas siguen siendo el escenario de mis crímenes favoritos

Una vez llevé una abultada bolsa de papel
llena de libros a la Biblioteca Pública de Brooklyn
los sábados por la mañana,
pasando mi carné de la biblioteca por la ranura metálica
en la parte trasera de la caja.

Las bibliotecas siguen siendo el escenario
de mis crímenes favoritos:
La colocación de un libro sobre una mesa,
sus lados lisos hacia abajo sobre una pila de libros,
es una travesura tranquila,
como girar el pomo de la puerta de una habitación vacía
o robar una cuchara en un café.

Pero también hay delitos graves,
los que no se encuentran en la Constitución
o en los Estatutos Revisados de Nueva York:
Reubicar un libro, por ejemplo,
en la sección equivocada-
una violación de la confianza,
un negocio sucio, como repartir cartas
en una torcida partida de gin rummy.

O leer un libro de referencia
en la sala de referencia
sin permiso,
o usar un lápiz
en lugar de un bolígrafo
para escribir su nombre
en el libro de «Sign-Out»,
un delito menor con una moraleja
que no se encuentra en los mandamientos.

Así que debemos amar a los bibliotecarios,
no sólo por las conversaciones tácitas
que tenemos con ellos,
apoyados en el mostrador,
sino también por sus reglas
que nos exiliarían
a un témpano de ignorancia
si no fueran
bibliotecarios.

(Las bibliotecas están llenas de gente
leyendo libros sobre retretes.
No se me ocurre mejor lugar
para escribir un poema que una biblioteca.
Miras hacia arriba y todos los libros
están ahí, esperando a ser leídos.
Coges uno de la estantería,
te sientas a la mesa y empiezas).

¿Y qué es una biblioteca
sino un lugar de espera
ya sea para que el bibliotecario selle tu libro
o a que florezca un romance
en las estanterías, o a que un ladrón
deslice un volumen en una bolsa,
o que la cara abierta
de un libro te detenga en seco
al doblar la esquina
a la siguiente estantería
del siguiente pasillo,
mientras te tambaleas
a una silla y lo mantienes abierto
la primera página y oyes
las palabras cantando
entra, entra
y la llamas
una biblioteca pública.

«Library» de Billy Collins

Su voz, suave como el susurro de un río, se deslizaba por el aire, narrando historias olvidadas

«El aroma del jazmín se deslizaba por los rincones de la antigua casa, susurrando cuentos antiguos al viento. Las sombras danzaban en las paredes, entrelazando sus dedos oscuros con los hilos de la noche. Y allí, en medio de ese misterio encantado, se encontraba ella: una mujer de mirada profunda y cabellos de ébano. Su voz, suave como el susurro de un río, se deslizaba por el aire, narrando historias olvidadas de tiempos remotos.

En sus manos, sostenía un viejo libro encuadernado en cuero gastado. Sus páginas amarillentas guardaban secretos y promesas, esperando ser descubiertos por aquellos que se atrevieran a adentrarse en su laberinto de palabras. Con cada página que volvía, el pasado cobraba vida y los personajes tomaban forma, danzando entre los renglones como si fueran seres de carne y hueso.

La noche se desplegaba como un manto estrellado sobre el horizonte, y la mujer seguía sumergida en su lectura, viajando a mundos lejanos y desconocidos. Su mente se convertía en un remolino de imágenes, donde los sueños y la realidad se fundían en una danza etérea.»

Alberto Ruy Sánchez «En los labios del agua»

El cuarto de lectura

«Nada me apetecía más que quedarme allí, en aquel rincón seguro y feliz, rodeado de árboles y de libros, sumergido en la calma que me infundía la luz dorada de aquel cuarto de lectura… En el silencio de aquel cuarto empecé a sentir que mis palabras ya no eran mías, que hablaban por sí solas y que yo era apenas el instrumento que las hacía sonar en el aire.»

Antonio Muñoz Molina «El jinete polaco»

Cuando un lector no tiene medios para comprar un libro, ¿adonde puede ir? A una biblioteca.

«Cuando un lector no tiene medios para comprar un libro, ¿adonde puede ir? A una biblioteca. Ocurre con los libros algo que no sucede con los coches. Cuando quieres tener un coche, tienes que comprarlo, pero si quieres leer un libro, no necesitas comprarlo, luego la excusa de que el libro es caro no sirve.»

JOSÉ SARAMAGO
Nuestro libro de cada día

Casada con los libros

Casada con los libros

María Elena Walsh

No hubo rito iniciático ni promesa de eterna fidelidad, sólo sucedió temprano, como algunas bodas primitivas. Estamos envejeciendo juntos, y quizás juntos nos iremos de este mundo. En épocas inquietas, algunos fueron arrojados por la borda, otros se extraviaron; los elegidos permanecen en el remanso de la vida, disputando el espacio y desafiando al olvido. La luz implacable destiñó sus lomos y a veces la tinta interior, como si empezaran a callar.

Son libros, y una se ha casado con ellos, prometiendo cuidarse en la dicha y la adversidad, la enfermedad y la salud. No siempre fue perfecta la convivencia, pero sí fue imposible la separación.

Mundo de deportados, inundados, exiliados. Multitudes que arrastran sus bártulos por las aguas y los desiertos: el colchón, la ollita, los atados de trapo, quizás un perro viejo. ¿Qué haría la casada con los libros en una situación límite? O, como se suele preguntar: ¿Qué libros se llevaría a una isla desierta? ¿A qué libro se abrazaría en un avión en llamas? ¿Cuál escogería al ser obligada repentinamente a mudarse de país o de planeta?

(La Odisea, El Quijote, Shakespeare, Borges…¡Diccionarios!)

La que viajaba en barco de carga siempre llevaba una maleta entera de libros, la mayoría de poesía. En la cabina improvisaba una estantería sobre las otras maletas. En diminutos cuartos de hoteles y sólo de pasaje, acomodaba los preferidos. Cuando llegó la era del avión llevaba unos cuantos o demasiados como “equipaje de mano”, confiando en las energía juveniles.

En las épocas de máxima escasez, mágicamente aparecía dinero destinado a comprar otros, y otros más.

Entonces estaban las buenas hadas, alguno de esos ángeles Fernández, que regalaban libros, así , al descuido, como si le sobraran o no los hubieran adquirido. Eran pobres, quizás los robaban santamente.

Y otros lucían sus bibliotecas en esas afelpadas casas de Buenos Aires, con mesas vestidas de largo y portarretratos de plata, posesiones que jamás entraban en el reino de lo envidiable. Libros encuadernados y libros de artes, enormes mamotretos heredados. Gente, por otra parte, que jamás se mudaba, se había puesto a vivir eternamente entre sus papeles de lujo, sin temores ni sobresaltos. No regalaban nada.

Diría que hoy, en casas de gente de posibles, no se ven libros, arrasados por el torbellino de una decoración de moda que, si los tiene en cuenta es precisamente como decorado. Desde que recuerde, al entrar en una casa sin libros a la vista me asalta una inquietud insoportable, solo quiero irme.

Claro que las casas de pobres no suelen tener libros, siempre que supongamos que sólo son pobres los desocupados o los obreros manuales, y lleguemos a la desatinada conclusión de que no es pobre un profesor o un periodista o un escriba o …

Y además estaban las mudanzas. Muchas, de barco a hotel, de pensión a cuartito, de cuartito a departamento. Cuántas a lo largo de una vida, cuánto acarreo, cuánto peso, cuánta indecisión para ordenarlos, aunque fuera a la bartola.

De la reciente y misteriosa guerra del Golfo, con sus misiles con cabeza inteligente, recuerdo una imagen fugaz, tras un bombardeo en Tel Aviv. Se veía un modesto departamento partido por la mitad, y había quedado al desnudo una pared abarrotada de libros. Libros modestos, manoseados, desordenados, tesoros en todo su esplendor.

“Una biblioteca con libros viejísimos”, escribió el periodista, que era también, o sobre todo, un escritor. El escritor-periodista no es tan pichón, sus libros también deben de estar viejísimos o por lo menos un tanto caducos, salvo que su bibliotecas sea de estanterías laqueadas de blanco inmaculados, con colecciones impolutas de libros nuevos, recién adquiridos y sin abrir. Quizás los hay, pero a mí me producen cierto repeluzno. Como la costumbre de otro amigo, tampoco jovencísimo, sólo maniático, que una vez por mes ¡les pasa la aspiradora a todos y uno por uno!

¿Fue quizás un desplazamiento de una adjetivo que quiso endilgar a mi persona? No incurrí en ese psicoanálisis silvestre, y si así fuera no me ofende. Si me ofendió que calificara de ese modo a mis compañeros de toda la vida. Compañía, tesoro, que ya alcanza el medio siglo, y a mucha honra. Han sorteado mudanzas y borrascas, ímpetus de limpieza o de orden en que muchos fueron a parar a mano ajena o sencillamente a la basura.

Se me pierden en los estantes porque la luz ha desteñido sus lomos, casi debo adivinarlos, recordando que éste era azul, el de más allá rosado. Si los hubiera guardado a todos a lo largo de la vida, debería de estar viviendo en una mansión, ellos los verdaderos habitantes, yo sólo como pasajera, hurtándoles espacio, imaginándolos adheridos a todas las paredes , incluso tapiando ventanas y, mediante algunas astucia, cubriendo los techos.

Lamento no haber guardado los primeros ejemplares que pasaron por mis manos, víctimas de desapego, mudanzas y suertes varias. Sólo recuerdo que junto a mi cama había una pequeña estantería fabricada por mi padre, con la colección completa de los Guillermos de la inglesa Richmal Crompton, alguno de Walt Disney, colecciones españolas de cuentos de hadas, de Grimm, de Perrault, de Las mil y una noches, más El millón de chistes.

Después o conjuntamente fueron los cuadernillos de apretada letra de Julio Verne o Dickens. Casi todos ya eran viejos por sus características a dos columnas, ilustraciones anticuadas o torpes, papel amarillo, muchos adquiridos a segunda mano. Pero a nadie se le habría ocurrido descartarlos por su vetustez. Pertenecían a una era en que no se pretendía hacer más atractiva la lectura a los chicos, simplemente leíamos lo que caía en nuestras manos.

Pasada la pubertad, sobrevino la manía de asegurarnos su propiedad estampándole nombre y fecha. Así es como compruebo que en la adolescencia leí mucho que sin duda no alcanzaba a entender ni apreciar, pero , como dice Italo Calvino: Hay en la obra una fuerza especial que consigue hacerse olvidar como tal, pero que deja su simiente.

Simiente, partícula de dicha, tarea y recreo, aventura con infinitas peripecias, puerta celestial abierta en la adversidad.

Donde no hay libros hace frío. Vale para las casas, las ciudades, los países. Un frío de cataclismo, un páramo de amnesia

¿El libro está destinado a desaparecer? Paciencia, lo recordaremos y seguirá viviendo en nosotros, como cualquier difunto querido, mientras adentro nieva en las pantallas y afuera en la estepa aúllan los lobos.

María Elena Walsh. «Casada con los libros» Diario Brujo. Espasa Hoy. 1999

Fuente

Isaac Asimov predijo el uso de la inteligencia artificial en 1988

«Una vez tengamos conexiones de computadoras en cada casa, cada una de estas conectadas a bibliotecas gigantes, donde cualquiera puede formular cualquier pregunta y obtener respuestas, obtener material de referencia, sobre cualquier tema que estés interesado en aprender desde muy pequeño, por más tonto que le parezca a otra persona, es eso en lo que tu estas interesado. Y puedes preguntar y puedes darte cuenta y puedes rastrear eso que te interesa y lo puedes hacer en tu propia casa, a tu propio ritmo, en tu propia dirección,en tu propio tiempo. Entonces todo el mundo disfrutaría aprender. Hoy en día lo que la gente llama aprendizaje es algo impuesto y todo el mundo está obligado a aprender el mismo tema, el mismo día, a la misma velocidad, en el mismo salón de clase.  Y todos son personas diferentes, para algunos va muy rápido, para otros muy lento y para algunos en la dirección equivocada, pero darle la oportunidad, complementario a la escuela, no estoy diciendo que debamos abolir la escuela, que puedan seguir su propio vocación desde el principio»

Isaac Asimov: entrevista realizada por la BBC con Bill Moyers en 1988

Entrevista de Bill Moyers a Isaac Asimov en 1988 para el programa «El Mundo de las Ideas». Antes incluso de que los ordenadores personales e internet fueran populares

La biblioteca ha muerto, larga vida al bibliotecario!!

La frase «La biblioteca ha muerto, larga vida al bibliotecario» captura un contraste interesante y provocativo entre la aparente desaparición de la biblioteca y la continua importancia del papel del bibliotecario. Esto sugiere que, a pesar de los cambios en la forma en que accedemos a la información y consumimos contenido, el bibliotecario sigue siendo una figura vital en nuestra sociedad.


«La biblioteca ha muerto, larga vida al bibliotecario» se atribuye a Wilfrid Lancaster, conocido catedrático de Ciencias de la Información de la Universidad de Illinois, y aparece en su libro «Toward Paperless Information Systems», publicado en 1978. Se trata de un juego de palabras que evoca una variación de una antigua frase monárquica «The king is dead, long live the king» , (El rey ha muerto, viva el rey) que significa la continuidad del liderazgo incluso después del fallecimiento de un monarca. En el contexto bibliotecario, la frase aunque la afirmación pueda parecer contradictoria en un principio, se refiere a un cambio en el papel y la función de la biblioteca en el mundo actual, que subraya la importancia de los bibliotecarios a pesar del cambiante panorama del acceso a la información. En tiempos pasados, la función primordial de la biblioteca se centraba en ser considerada un templo del conocimiento, un lugar donde se almacenaban y preservaban los libros y al que se podía acceder a ellos para aprender, investigar y disfrutar de la lectura.

Sin embargo, sin renunciar a su esencia, en la era digital y con el acceso masivo a internet, el concepto tradicional de biblioteca ha experimentado transformaciones significativas. La forma en que las personas acceden a la información y consumen contenido ha cambiado drásticamente. Ahora es posible acceder a una cantidad inmensa de recursos en línea, desde libros electrónicos hasta artículos académicos y contenido multimedia.

La frase encierra la idea de que, aunque el concepto tradicional de biblioteca, sobre todo como espacio físico de acceso al libro y la cultura, está en permanente evolución o enfrentándose a retos debido a los avances tecnológicos, la experiencia y el papel de los bibliotecarios siguen siendo vitales.

Ante este panorama, el rol del bibliotecario se ha vuelto aún más relevante. El bibliotecario se convierte en el guía, el curador y el facilitador del conocimiento. Su labor se centra en orientar a los usuarios en la búsqueda de información, ayudarles a navegar por la vasta cantidad de recursos disponibles y promover el pensamiento crítico y la alfabetización informacional.

Pues, aunque la forma en que interactuamos con la información ha cambiado, la necesidad de una figura experta que nos oriente y nos ayude a aprovechar al máximo los recursos sigue siendo fundamental. De este modo, el bibliotecario se convierte en un aliado en el proceso de aprendizaje y en la promoción de la lectura y el acceso a la cultura.

En conclusión, la frase «La biblioteca ha muerto, larga vida al bibliotecario» refleja la adaptación de la biblioteca a los nuevos tiempos y resalta la importancia de los bibliotecarios como facilitadores del conocimiento en la era digital. Aunque los formatos y las plataformas cambien, su labor de conectar a las personas con la información y promover la curiosidad y el aprendizaje perdura.

Foto: Forest of the Dead. El episodio se emitió el 7 jun 2008

La biblioteca se convirtió en su refugio

«Jean-Baptiste recorrió las estanterías de la biblioteca, sus dedos rozando los lomos gastados de los libros. Allí, entre el olor a tinta y papel, encontró un escape de su realidad. Los libros se convirtieron en sus confidentes, sus maestros, sus amigos. A través de las páginas, exploró tierras lejanas, amores prohibidos y misterios insondables. La biblioteca se convirtió en su refugio, en un lugar donde su sed insaciable de conocimiento encontraba alivio».

«Baldini, el anciano perfumista, había sido bibliotecario antes de convertirse en un maestro de los aromas. Sus estanterías estaban llenas de libros antiguos y polvorientos, y aunque los olores y las palabras eran mundos aparte, él sabía que ambos tenían el poder de transportar a las personas a lugares desconocidos. En su biblioteca, encontró la inspiración para crear fragancias únicas y cautivadoras».

«El perfume» de Patrick Süskind

Nos dijimos adiós en la biblioteca donde nos conocimos

«Beatriz no quiso ver el barco; la despedida, a su entender, era un énfasis, una insensata fiesta de la desdicha, y ella detestaba los énfasis. Nos dijimos adiós en la biblioteca donde nos conocimos en otro invierno. Soy un hombre cobarde; no le dejé mi dirección, para eludir la angustia de esperar cartas».

El congreso, Jorge Luis Borges