
«Las bibliotecas son el destino más valioso para los solitarios, si tenemos en cuenta la cantidad de libros que se escribieron porque los autores no encontraron a nadie con quien hablar.»
ALAIN DE BOTTON
Las consolaciones de la filosofía (2000)

«Las bibliotecas son el destino más valioso para los solitarios, si tenemos en cuenta la cantidad de libros que se escribieron porque los autores no encontraron a nadie con quien hablar.»
ALAIN DE BOTTON
Las consolaciones de la filosofía (2000)

«Todo ser humano necesita una patria, pero no una tal como la entienden algunos patrioteros primitivos, ni tampoco una religión, insulso anticipo de una patria ultraterrena. No, una patria en la que el suelo, el trabajo, los amigos, las diversiones y el propio espacio espiritual confluyan en un todo natural y organizado, en una especie de cosmos personal. La mejor definición de patria es: biblioteca».
ELÍAS CANETTI
Auto de fe

Mi padre siempre decía:
«Nunca confíes en nadie cuya televisión sea más grande que su biblioteca», así que procuro leer.
EMILIA CLARKE
Actriz de “Juego de tronos”

Relatos de Bibliotecas. Primer Certamen Literario de la Biblioteca Universitaria de Granada. Universidad de Granada, 2012- . https://digibug.ugr.es/handle/10481/38488.
CertamenLiterario_2012.pdf (857.6Kb)
CertamenLiterario_2013.pdf (844.8Kb)
CertamenLiterario_2014.pdf (387.6Kb)
CertamenLiterario_2015.pdf (483.0Kb)
La biblioteca de la Universidad de Granada en colaboración con la Editorial Universidad de Granada y la Editorial Springer, organizan todos los años un Certamen Literario en el que pueden participar todos los alumnos de la Universidad, con ello se quiere estimular la capacidad creativa del alumnado.

El secuestrador devolviéndome a mi casa, porque hablo mucho de bibliotecas
MEME BIBLIOTECARIO

FRAGMENTO DE “SENZA FINE”
De todo el edificio era para mí la biblioteca el auténtico tesoro. Ocupaba las tres paredes del despacho; mi padre mandó que ocupara todo el espacio disponible, del suelo al techo, de arriba abajo, y estaba repleta de libros que mi padre iba leyendo y releyendo disciplinadamente cada tarde.
Su pretensión cuando encargó las estanterías a medida, la librería, era que el maestro ebanista utilizara maderas de las cuadernas de barcos destinados al desguace. Quería que su barco varado convertido en biblioteca surcase su proceloso océano literario. Pero el carpintero supo disculparse y construyó las estanterías utilizando la nobilísima madera de roble del país, el carballo gallego, para depositar los libros y procurar su descanso.
Y así ha sido, entablaron una íntima amistad entre sí, bien dispuestos, todos juntos uno al lado del otro, Gog de Papini pegado a El Aleph de Borges, sacando pecho, recuperando su narcisismo exhibicionista, la megalomanía de sus autores bien visible en el lomo de cada ejemplar.
Cuando se les unía un texto nuevo, parecían celosos de contar con un recién llegado, pero pronto se acostumbraban. Los libros se leían casi en silencio y solo cuando sabían que no había nadie en el despacho, el recién llegado, la nueva adquisición literaria, pasaba a ser uno más en la bien surtida biblioteca familiar. En casa los letraheridos éramos mi padre y yo, madre y mis hermanos mostraron siempre un interés displicente por mis amados libros, que, desde entonces y sin moverse de su lugar en las baldas de la librería, se han venido a vivir conmigo hasta el fin de mis días.
Yo heredé la biblioteca, en realidad un par de centenares de libros, y la convertí en itinerante, trasladándola a los lugares en los que he vivido después del fallecimiento de mis padres.
Y, aunque el despacho era un lugar de paso muy transitado de la casa, fue mientras mi cuerpo de niño se fue transformando en este adulto un poco estragado en que me convertí mi refugio; cuando me buscaban lo encontraban, me encontraban, leyendo en la biblioteca.
Una ventana idéntica a las dos que había junto al balcón y que describí cuando contaba la geografía íntima del salón completaban el perfil del despacho. Mi padre la mantenía siempre entornada y, sentado en su mesa de trabajo, dejaba que la mar se posara entre sus papeles por obra y gracia de un soleado efecto óptico que se proyectaba desde la ventana orientada a la ría.
La biblioteca de padre fue mi escuela de letras. Sin método, pero con una pasión desbordada, fui descubriendo a Stevenson y a Melville, a Dickens y a Cervantes, a Goethe y a las Bronte, a la Pardo Bazán y a Valle-Inclán. Caminé de la mano de los premios Goncourt y de los Nobel, en cuidadas ediciones encuadernadas en piel que mi padre adquiría dos veces al año, cuando un visitador librero, que corría libros a cuenta de la casa Aguilar, se acercaba al pueblo con su fantástico cargamento de magia escrita.
Me sentí libre leyendo, descubriendo el placer adictivo de la literatura, que ratifiqué para siempre cuando estaba a punto de irme a Compostela para ingresar en la Universidad. Aquel verano de Preu, leí con devoción indisimulada los cinco tomos de A la busca del tiempo perdido de Proust.
Complementé mi atrabiliaria formación libresca con una vieja edición de más de un siglo de la Divina Comedia de Dante escrita en un italiano bello y carnal que por entonces desconocía casi totalmente y que fui aprendiendo en las largas noches de mi pensión compostelana en las que releí sus páginas hasta prácticamente memorizarlas.
Aquel libro, que conservo como un nexo con el pasado, con los mejores años de mi vida, me ha acompañado allí donde estuve, y ahora está de vuelta conmigo. Regresó a su punto de partida.
RAMÓN PERNAS
Senza fine

«Algunos argumentan con fuerza que la biblioteca y el mismo libro son meras reliquias de un pasado ineficiente, que el trabajo de almacenar, recuperar y difundir la información se conseguirá en el futuro sin necesidad de ninguno de los dos. Señalan que no hay nada inviolable en el libro y su almacén, que las tabletas de escritura cuneiforme dejaron paso a los rollos de papiro, los manuscritos medievales a los libros y que estos están compartiendo la tarea de comunicar la información con otros soportes. De hecho, la mayoría de las bibliotecas almacenan libros, cintas, películas, filminas y otros materiales no librarios. Según estos profetas, la irrupción de los ordenadores y el desarrollo de una tecnología de la información completamente nueva transformarán de forma inevitable el papel del libro en la sociedad moderna (cit. por McAdams, 1987).»
Toffler, Alvin, «The Future as a Way of Life», Horizon magazine, Summer 1965
Tomado de Gallo León, José Pablo. Los edificios de bibliotecas universitarias: planificación y evaluación. Trea, 2017.
Fotogrfia: Florida Polytechnic University Library de Santiago Calatrava. Una biblioteca universitaria sin libros físicos

“Era una biblioteca tan pobre que solo tenía libros buenos”.
Augusto Monterroso. «La letra e: fragmentos de un diario», 1974
El escritor Augusto Monterroso atribuye gran parte de su pasión por la lectura y la escritura a las bibliotecas. En sus memorias, relata que la biblioteca a la que solía acudir en Guatemala tenía un presupuesto limitado, que su colección eran fundamentalmente libros viejos. Fue en ese lugar donde pudo sumergirse en la lectura de algunos clásicos, incluso algunos con más de tres siglos de antigüedad.

«El verdadero lugar de nacimiento es aquel en el que por primera vez uno se mira a sí mismo con inteligencia; mis primeras patrias han sido los libros y, en menor grado, las escuelas».
Marguerite Yourcenar, Memorias de Adriano

«No se puede leer completamente un libro sin estar solo. Pero a través de esta misma soledad te relacionas íntimamente con personas a las que de otro modo nunca habrías conocido, ya sea porque llevan siglos muertas o porque hablaban lenguas que no puedes entender. Y, sin embargo, se han convertido en tus amigos más íntimos, en tus consejeros más sabios, en los magos que te hipnotizan, en los amantes con los que siempre has soñado.
«
Antonio Muñoz Molina