
Vaca, Claudia, Daniela Bolívar Rosales y Ediciones Once. Inteligencia humana en tiempos de inteligencia artificial: Reflexiones pedagógicas. Once Essay. Independently published, 2026.
PRÓLOGO Pensar todavía por Julio Alonso Arévalo
Este libro surgió de una incomodidad. No de la incomodidad fácil, la que se puede resolver con una búsqueda en Internet que da con un texto generado en décimas de segundo, sino de la otra incomodidad, la que se instala cuando uno tiene la percepción de que algo importante está cambiando y no sabe del todo bien cómo poder nombrarlo. Claudia Vaca lo nombra. Y al nombrarlo, nos devuelve algo que es probable que habíamos comenzado a perder, sin percibirlo: la posibilidad de pararse a pensar lo que nos está sucediendo.
Vivimos en momentos de respuestas instantáneas; se enuncian preguntas y casi con inmediatez asoman respuestas -porque la apariencia es prácticamente eso-, respuestas fluidas, que pueden dar la impresión de ser respuestas eficaces, coherentes y bien escritas. Y sin embargo, es en eso mismo en donde algo está el problema. Pero contra esa misma respuesta existe un recorrido de la que no puede decirse que hubo un recorrido en este caso, no hay respuesta a esta pregunta e incluso puede llegarse a la conclusión de que se puede hacer algo que no se ha hecho, es como leer el final de un relato sin haberse dejado llevar por la magia de la construcción de la propia historia. La forma está, pero la experiencia -lo que llena, lo que deja huella- ha desaparecido.
La cuestión que plantea este libro no es si la inteligencia artificial es buena o mala. Esa pregunta, aunque legítima, nos desvía de una más urgente: ¿qué le pasa al pensamiento humano cuando se encuentra en un entorno donde pensar no es necesario? No, no es una cuestión técnica. Es una pregunta profundamente humana, ya que tiene que ver con la educación, con el lenguaje, con la manera que tenemos de relacionarnos con el conocimiento y con los demás.
En cierta ocasión, en algún momento de esta lectura, uno tiene la impresión de que Claudia habla de los estudiantes, de las aulas, pero también, y sobre todo, de todos nosotros. De la manera que consultamos antes de preguntar, de cómo evitamos el esfuerzo de buscar algo porque ya hay algo que ha buscado por nosotros, de cómo leer un texto largo se ha convertido, para muchos, en un acto casi heroico en el contexto de una cultura que «premia» la brevedad y la velocidad. El sedentarismo cognitivo no es un tema exclusivamente de los más jóvenes: es el aire que casi todos respiramos.
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Uno de los valores más apreciados y sinceros de este libro es que no propone una solución simple. No dice “Deja ya de utilizar la IA; para que las cosas empiecen a funcionar”; tampoco dice lo contrario “Usa la tecnología conscientemente”, como si eso fuera la solución única. Lo que propone es más sencillo, aunque también más real: replantéate el significado de aprender, en que consiste entender y qué es lo que desaprovechamos y perdemos cuando delegamos en una herramienta la creación de un texto.
Esta es precisamente una de las claves que encontramos a lo largo del libro —la distinción entre un texto escrito en función del entrenamiento de una herramienta con millones de textos basado en probabilidades estadísticas y crear un contenido a través del lenguaje y el pensamiento-. Esta distinción es bien tenida en cuenta por los que se dedican a la docencia: ellos saben que algunos alumnos presentan trabajos impecables sin haber comprendido nada, y otros alumnos que presentan trabajos que aunque contengan errores provienen de personas que han realizado un proceso de aprendizaje, reflexión. La diferencia entre uno y otro no está en el resultado final del texto, si no en el propio proceso. Y el problema que estamos enfrentado con la IA, es en gran medida este mismo: que el proceso creativo con la llegada de esta tecnología se ha vuelto se ha vuelto invisible.
Claudia escribe desde América Latina, y ello importa. No porque los problemas que expone sean exclusivos de esta parte del mundo, sino porque aquí adquieren texturas específicas. La brecha digital no es solo una brecha de acceso: es una brecha de relación con el conocimiento. Y la pregunta en torno a la autonomía intelectual no se puede separar la pregunta sobre la definición de qué es lo que cuenta como “inteligencia”: qué lenguas son importantes, qué saberes tienen cabida en el currículo. En ese horizonte de confluencia entre lo epistémico y lo político, este libro encuentra su propia voz.
En el texto encontramos una determinación razonada que la autora asume como una verdadera convicción: a diferencia de la inteligencia artificial la inteligencia humana no se define por la cantidad de información que utiliza, sino por la capacidad de establecer un sentido. Este proceso no se basa en lo que determina un algoritmo, si no en que el razonamiento proviene de la experiencia adquirida por la propia memoria humana, de la memoria biográfica y bibliográfica, de la posibilidad de cometer y asumir un posible error, y de la responsabilidad ante los demás. Y lamentablemente ninguna de esas cosas puede externalizarse sin que algo se pierda en el camino.
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En el texto un concepto que aparece con importante frecuencia en varios capítulos es “criterio”, término que podríamos calificar como uno de los conceptos claves del libro, y es que, tener criterio es otra cosa muy diferente que tener conocimiento, hay personas que pueden saber muchas cosas, pueden saberlo todo, pero que no tienen criterio, podemos tener todo el conocimiento que existe en el mundo y no saber qué hacer con él, lo que es característico de tener un verdadero criterio es tener capacidad de discernir respecto a lo que se va haciendo; esto es lo que nos convierte en su más profundo sentido en sujetos y no en meros receptores de información.
El libro deja claro que el criterio, no se consuma simplemente proporcionando respuestas. Se enseña formulando las preguntas adecuadas, permitiendo que el posible error se convierta en una parte esencial del aprendizaje y no en una amenaza. Y esto forma parte del proceso de enseñanza y se aprende con estudio, con lectura, con esfuerzo y también con entusiasmo, y lo más importante no es llegar a la meta antes, si no llegar, y en ese proceso aprender y sobre todo llegar comprendiendo. Pero en la llamada actual sociedad del conocimiento y de la satisfacción inmediata la economía de atención parece cada vez más irrelevante.
Claudia cita una frase de Neil Postman que es especialmente pertinente: «La cuestión no es si las máquinas pueden pensar; la cuestión es si las personas aún lo hacemos». No forma parte de una simple cuestión retórica. Es una pregunta pertinente, que no tiene únicamente la intención de alarmar, si no de concienciar sobre algo que es ineludible: saber que pensar es un acto que necesita esfuerzo, y de que renunciar a ese esfuerzo, aunque sea a cambio de la comodidad tiene consecuencias negativas.
Lo que ella denomina llama “sedentarismo cognitivo” es, una de las definiciones más precisas de algo que muchos intuimos y que no habíamos alcanzado a nombrar con precisión. Así como cuidar nuestro cuerpo implica la necesidad de ejercitarse para mantenerse vivo y ágil, nuestra mente necesita esa gimnasia mental, es decir esforzarnos, aunque ello no suponga que vayamos a obtener una respuesta inmediata como sucede con la inteligencia artificial. Y será este proceso el que nos ayudará a crecer. Esto no supone renunciar a la tecnología, que puede ser una herramienta útil de ayuda, sino para utilizarla sin renunciar al sentido común y a la creatividad, que sólo es patrimonio de las personas.
El libro va dirigido a docentes, estudiantes, y a todas aquellas personas que reflexionan sobre el valor de la educación. Pero también está escrito para cualquiera que percibe, que algo de su relación con el conocimiento está cambiado en los últimos tiempos y no es capaz de determinar bien si este cambio supone una ganancia o una pérdida. Como apuntamos al inicio de este prólogo, la respuesta que Claudia propone no es simple, ni sencilla: es ambas cosas, y eso depende en buena medida de las decisiones que tomemos, individual y colectivamente.
En esencia el libro aboga por un hecho que parece lógico que la conciencia humana no es sustituible. No porque sea perfecta, que claramente no lo es, o precisamente por eso mismo, sino porque es el único espacio en el que podemos asumir nuestras responsabilidades de lo que expresamos a través del pensamiento y de la creación. Es innegable que la inteligencia artificial tiene una enorme capacidad para escribir textos, reorganizar información y casi siempre lo hace de manera impecable, no obstante se ha entrenado con casi toda la información que ha producido la humanidad a lo largo de los siglos, pero no puede asumir ninguna responsabilidad por sí misma. Tampoco puede hacerse cargo de los daños que pueda causar y no puede, en el sentido más profundo, habitar el mundo.
Ya que habitar el mundo únicamente lo hacemos los seres humanos cuando nos esforzamos por aprender de verdad: cuando cometemos errores, cuando plateamos y nos plateamos una pregunta difícil, cuando escuchamos a alguien que piensa diferente y eso nos abre nuevos horizontes. Precisamente esto es lo que la educación, en su mejor versión, ha preservado siempre. Y es lo que este libro, con generosidad y lucidez, nos invita a seguir haciendo.
Lean este libro dando tiempo al tiempo. Subrayen aquello que más les incomode. Discutan sobre sus posibles contradicciones. Esa es, en el fondo, la mejor manera de demostrar que todavía estamos pensando.
Julio Alonso Arévalo
Salamanca, primavera de 2026