
David Crotty, “AI Use in The Scholarly Kitchen”, The Scholarly Kitchen, 27 de agosto de 2026. Publicado por la Society for Scholarly Publishing (SSP). Artículo original en The Scholarly Kitchen
El artículo parte de una experiencia concreta de The Scholarly Kitchen para analizar uno de los debates más controvertidos de la comunicación científica actual: cómo utilizar la inteligencia artificial en la escritura y edición sin convertir su uso en un problema de confianza, autoría o integridad editorial. El autor explica que el blog ha recibido un número creciente de mensajes de lectores que sospechan que determinados textos han sido escritos por IA, muchas veces basándose exclusivamente en la apariencia del estilo o en el resultado de herramientas automáticas de detección.
Una de las cuestiones centrales del artículo es la limitación de los detectores de IA. Crotty señala que herramientas como Pangram o GPTZero han mejorado su precisión, pero todavía presentan importantes limitaciones. Sobre todo, no distinguen adecuadamente entre un texto completamente generado por IA y un texto escrito por una persona que posteriormente ha sido traducido, corregido, revisado o mejorado mediante IA. Desde el punto de vista editorial, son situaciones muy diferentes, pero un detector puede clasificarlas de manera similar. Por ello, la detección de participación de IA no permite determinar automáticamente cómo se utilizó la herramienta ni si ese uso fue éticamente aceptable.
El problema se agrava con los falsos positivos. El autor relata que algunos textos de The Scholarly Kitchen acusados de haber sido generados íntegramente por IA habían sido realmente escritos, editados y ampliados por miembros del equipo editorial. Incluso menciona el caso de un informe humano que, al pasar por Pangram, fue clasificado como un 9 % generado por IA, pero el sistema identificó incorrectamente qué fragmentos procedían de la IA y cuáles habían sido escritos por una persona. Esto muestra que un porcentaje obtenido mediante un detector no debería interpretarse como una prueba concluyente de autoría artificial.
La política de The Scholarly Kitchen
La IA no puede aparecer como autora de un artículo, y las imágenes generadas por IA no se admiten salvo que exista una razón específica relacionada con el contenido del artículo. Sin embargo, sí se permite utilizar herramientas de IA para redacción y edición, tanto por parte de los autores como de editores y revisores, siempre que exista transparencia y se documente su utilización. Crotty señala que inicialmente la publicación confiaba en la responsabilidad individual de los autores, pero recientemente ha decidido adoptar una posición más activa para exigir la declaración del uso de IA.
Esta postura plantea una cuestión interesante para las publicaciones académicas: prohibir completamente la IA puede ser menos eficaz que establecer reglas claras de utilización y declaración. Crotty considera que, en un espacio editorial de opinión y análisis como The Scholarly Kitchen, existe margen para experimentar y aprender. Su planteamiento es que la transparencia puede resultar más útil que una prohibición absoluta, especialmente mientras las comunidades académicas y editoriales siguen intentando determinar qué usos son aceptables en diferentes contextos.
El riesgo de crear un nuevo sesgo
Uno de los argumentos más interesantes del artículo es que la reacción contra la IA puede generar un nuevo tipo de sesgo editorial y académico. Crotty observa que algunos lectores utilizan la sospecha de utilización de IA como una forma de descalificar contenidos con los que no están de acuerdo. En lugar de analizar los argumentos, las evidencias o la calidad de la investigación, basta con afirmar que el texto «parece escrito por IA» para cuestionarlo.
Esto tiene especial importancia en la comunicación científica. Tradicionalmente, los textos de investigadores que escriben en una lengua que no es la suya pueden recibir una valoración negativa debido a errores gramaticales o estilísticos, incluso cuando la investigación que contienen es sólida. Una de las posibles aportaciones de la IA es precisamente ayudar a superar esta barrera lingüística. Sin embargo, si la comunidad empieza a penalizar automáticamente cualquier texto que parezca haber sido mejorado mediante IA, podría sustituirse un sesgo lingüístico por un nuevo sesgo tecnológico.
“Escribir es pensar”
La parte más personal del artículo aparece cuando Crotty explica su propia relación con estas herramientas. Afirma que para él escribir constituye una forma de pensar: redactar le obliga a organizar las ideas, construir argumentos y comprender mejor aquello sobre lo que quiere escribir. Desde esta perspectiva, delegar la elaboración del texto en una IA supone también, en cierta medida, delegar una parte del proceso intelectual.
Crotty expresa además preocupación por la posibilidad de que los modelos de lenguaje conduzcan hacia una homogeneización de la escritura. Los modelos tienden a producir respuestas estadísticamente plausibles y, según su argumento, esto puede llevar a que los textos se parezcan cada vez más entre sí. La IA puede ayudar a una persona con dificultades de escritura a mejorar su expresión, pero también podría hacer que un escritor experimentado pierda parte de su estilo, originalidad o capacidad para producir ideas alejadas de los patrones habituales.
Una cuestión especialmente relevante para la ciencia
El artículo resulta particularmente interesante porque desplaza el debate desde la pregunta “¿ha utilizado IA este texto?” hacia otra mucho más útil: “¿para qué se utilizó la IA y qué responsabilidad conserva el autor?”. Esta distinción es fundamental en el ámbito académico. Utilizar IA para corregir gramática, traducir un párrafo, generar alternativas de redacción, resumir información o desarrollar una primera estructura no equivale necesariamente a delegar en ella la producción intelectual de una investigación.
Por ello, el texto apunta hacia un modelo basado en transparencia, responsabilidad humana y evaluación del contenido, en lugar de confiar exclusivamente en detectores automáticos. Un detector puede constituir una señal para investigar, pero no debería convertirse por sí mismo en una prueba de mala conducta académica. El propio artículo insiste en que incluso los mejores sistemas de detección no pueden determinar por sí solos qué uso de IA se produjo ni si ese uso resulta éticamente aceptable.
Relevancia para bibliotecas y alfabetización en IA
Para las bibliotecas universitarias y los servicios de apoyo a la investigación, el artículo ofrece una idea especialmente importante: la alfabetización en IA no debería reducirse a enseñar a detectar textos generados artificialmente. También debe enseñar a comprender los diferentes usos de estas herramientas, evaluar críticamente sus resultados, documentar cuándo y cómo se han utilizado y mantener la responsabilidad intelectual sobre el producto final.
En este sentido, el artículo puede relacionarse directamente con la integridad científica, la alfabetización informacional y la formación de investigadores. El objetivo no debería ser identificar mecánicamente si «hay IA» en un documento, sino ayudar a estudiantes, investigadores, autores, revisores y editores a establecer criterios razonables sobre autoría, contribución intelectual, transparencia, verificación de información y responsabilidad.