Reglas de catalogación para las alumnas de los cursos de Biblioteconomía de la Residencia de Señoritas. Madrid, 1934

Reglas de catalogación para las alumnas de los cursos de Biblioteconomía de la Residencia de Señoritas. Madrid: Talleres Espasa – Calpe, 1934. 25,5 cm. 104 p.

INTRODUCCIÓN

PUNTO DE VISTA MODERNO: EL LECTOR. SISTEMAS DE CLASIFICACIÓN. SISTEMAS DE CATÁLOGO,FICHAS: TAMAÑO UNIVERSAL

Hasta hace poco el propósito tradicional de las bibliotecas, como se podía notar en los detalles de su organización, era la conservación de los libros y la formación de grandes bibliotecas (cuanto más grandes más buenas).

Según esto, sería suficiente una o pocas personas que la cuidasen o, más propiamente, guardasen de posibles desperfectos y extravíos, tratando al mismo tiempo de aumentarla.

Una colocación por orden de entrada, con números, letras o cualquier otro procedimiento conocido por el bibliotecario, sin necesidad de que los volúmenes guardasen una relación sistemática entre sí, sería adecuada. Bastaría que él pudiese hallarlos al ser pedidos por el lector, ya que nadie más tendría acceso al recinto donde se hubieran de conservar; en todo caso, habría otro lugar apropiado para usarlos.

En la biblioteca moderna la idea es diferente. Si ha de merecer el nombre de tal, el lector debe tener libre acceso, por lo menos, a una parte de ella, y en este caso la división por materias es in dispensable para que la persona interesada pueda encontrar reunido todo lo que existe sobre un asunto. Así es como llegamos a la clasificación por materias, pensando en la conveniencia del lector. Hay varios sistemas de clasificación que se hacen en vista de la materia. En este folleto se indica el decimal o de Dewey, por considerarlo bastante práctico, aunque no deje de reconocerse que adolece de algunos de los defectos que sus adversarios le señalan.

El propósito esencial de estas páginas es proveer a los aficionados a libros de los elementos más indispensables para dar cierto sentido de organización a una biblioteca, bien sea particular, bien de uso público, de Asociaciones, Instituciones, etc., y no excesiva mente grande. Se dan aquí primeramente las divisiones fundamentales de todas las materias según el sistema decimal de Dewey, y se trata con más extensión de la confección del catálogo.

Siendo éste una representación abreviada del contenido de la biblioteca, será tanto más perfecto, que en nuestro sistema vale tanto como decir más útil, cuanto mayor exactitud y detalle pueda ofrecer en más simplificada forma y más reducido espacio.

La teoría que en este folleto se sustenta es que en una biblioteca debe buscarse el mayor servicio con la máxima simplificación de personal. Por eso el libro es estudiado y tratado con toda minuciosidad a su entrada, con objeto de que después todo servicio con él sea rápido, especialmente el de hallarlo, aunque se busque por procedimientos varios, y esto precisamente porque se intenta que el mismo lector pueda hacerlo cuando así lo desee.

Así, por ejemplo, si tenemos el libro La vida de las flores, por J. Dantín Cereceda, de la colección «Libros de la Naturaleza», debe ser encontrado, según nuestros principios: por una persona que llegue buscando el nombre del autor; por otra que sólo conozca el título; por alguien que desee un libro de esta clase publicado en la serie «Libros de la Naturaleza», y, en fin, por quien necesite obras de esta materia y se acerque al catálogo buscando «Botánica», «Flores» o temas análogos comprendidos en la obra.

De un modo general se siguen las reglas empleadas en las bibliotecas públicas de los Estados Unidos. No al pie de la letra, sino adaptadas a lo que hemos creído ser más útil en el presente estado de la Biblioteconomía en nuestro país. Las personas que han redactado estas instrucciones están seguras de no haber encontrado una forma definitiva, que, por otra parte, no ha de ser posible alcanzar en un sistema que pretende, es cierto, proporcionar la mayor utilidad en el uso de bibliotecas, pero que se funda en algo tan convencional y variable como es la división del conocimiento. Sin embargo, todas sus reglas han sido contrastadas por la práctica biblioteconómica y por eso puede ofrecer cierta garantía de que su uso economiza el tiempo de los estudiosos y de las personas que deben servir la biblioteca, y, además, se basa en principios normativos que tienden a darle carácter científico. Los catálogos se han llevado y se llevan aún valiéndose de medios diversos: el empleo de libro o cuaderno, las hojas sueltas o cambiables y las fichas. El primero está cayendo en rápido desuso, pues su inamovilidad y rigidez obliga a cambiar, borrar y entrerrenglonar con frecuencia, acabando por darle un aspecto poco deseable. Las hojas sueltas permiten mayor flexibilidad, pero también obligan a copiarlas por entero, con más frecuencia de lo conveniente, cuando llegan a tener mal aspecto por los borrados e intercalaciones. Aquí se acepta como lo más práctico y moderno las fichas, que se recomiendan del tamaño universal, o sea 7,50 X 12 centímetros, de cartulina blanca sin rayar. Esto último porque si han de hacerse a máquina, como es aconsejable, las líneas pueden no coincidir con las de la máquina, y eso da un mal aspecto a la ficha.

Está muy discutido si las fichas han de escribirse a mano o a máquina. Hay bibliotecas en que se prefieren escritas a mano, a causa, según se dice, de la mayor permanencia de lo escrito cuando se trata de ficheros usados con mucha frecuencia. Pero aun en el caso de hacerlas de esta manera es muy probable que no ofrezcan completa uniformidad, sin contar que para su confección se necesita emplear mucho más tiempo. Una cinta nueva y una máquina bien cuidada podrán proveer de una escritura de duración suficiente.

No hay que olvidar que el fichero es la primera impresión que el lector recibe normalmente de una biblioteca, y ésta debe ser de orden, limpieza, precisión. Y si bien es verdad que, en el caso del fichero topográfico, es de uso exclusivo de los bibliotecarios, no lo es menos que su confección debe seguir las mismas reglas que el que se ofrezca al público.

Suelen emplearse también fichas impresas. Existen en los Estados Unidos, editadas por la Biblioteca del Congreso de Washington, y las que hace el Instituto Internacional de Bruselas; pero estas fichas en nuestro país apenas son aconsejables. En esto como en todo lo demás, el criterio seguido es el de alcanzar la mayor utilidad práctica.