El giro: De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno

6a0148c6c39fea970c01a3fcf0a844970b-800wi

Greenblatt, Stephen. El giro: De cómo un manuscrito olvidado contribuyó a crear el mundo moderno. Barcelona: Crítica, 2012. ISBN: 978-84-9892-412-1

 

Agumento: 

Hace cerca de seiscientos años, en 1417, un humanista italiano emprendió un viaje para visitar conventos alemanes en busca de manuscritos antiguos. En uno de ellos descubrió el único ejemplar que había sobrevivido de una obra escrita en el siglo primero antes de Cristo, De rerum natura, un poema filosófico de Tito Lucrecio Caro que desarrollaba una visión materialista del mundo, destinada a liberar al hombre del temor a los dioses. Lo copió y regresó con él a Italia, donde la difusión de sus “peligrosas ideas” fue una de las fuentes del giro cultural del Renacimiento, que iba a dar lugar al cambio ideológico del que surgió el mundo moderno. Aquel libro ignorado, que pudo haberse perdido, ejerció una considerable influencia sobre una línea de pensadores que va de Giordano Bruno o Montaigne hasta Freud o Einstein. Stephen Greenblatt, que a su calidad de investigador une la de ser un gran escritor, nos ofrece un apasionante relato de esta aventura de las ideas.

 

Fragmentos:

“Aunque la más influyente de todas las reglas monásticas, la de san Benito, escrita en el siglo VI, no especificaba con tanta rotundidad y explicitud el requisito del conocimiento de la lectura y la escritura, incluía algo equivalente al establecer cada día un período dedicado a la lectura —«la lectura divina», según sus palabras— y otro al trabajo manual. «La ociosidad es enemiga del alma», escribía el santo, encargándose de paso de que las horas del día estuvieran bien ocupadas. A los monjes se les permitía también leer a otras horas, aunque esas lecturas voluntarias debían llevarse a cabo en el silencio más estricto (En tiempos de san Benito, como ocurriera durante toda la Antigüedad, la lectura se realizaba habitualmente en voz alta.) Pero para las horas de lectura decretadas por la Regla no cabía voluntariedad.”

“A pesar de todo, las reglas monásticas exigían el ejercicio de la lectura, y eso bastó para poner en marcha una extraordinaria cadena de consecuencias. La lectura no era simplemente algo opcional o deseable o recomendable; la lectura era obligatoria. Y la lectura requería libros. Los libros que se abrían una y otra vez acababan deteriorándose, por mucho cuidado que se pusiera a la hora de manejarlos. Así pues, casi sin que nadie se diera cuenta, las reglas monásticas hicieron que los monjes se vieran obligados a comprar o a conseguir una y otra vez libros. A lo largo de las violentas guerras góticas de mediados del siglo VI y durante el período todavía más funesto que vino después, los últimos talleres comerciales de producción de libros quebraron, y las huellas del mercado de textos escritos desaparecieron. De ese modo, y otra vez casi sin que nadie se diera cuenta, las reglas monásticas hicieron que los monjes se vieran obligados a preservar y a copiar minuciosamente los libros que ya poseían. Pero hacía mucho tiempo que había desaparecido todo el contacto con los fabricantes de papiros de Egipto y, por otro lado, a falta de un tráfico comercial de libros, la industria de la transformación de pieles de animales en superficies aptas para la escritura había caído en desuso. Por consiguiente, y de nuevo casi sin que nadie se diera cuenta, las reglas monásticas hicieron que los monjes se vieran obligados a aprender el laborioso arte de la fabricación de pergaminos y a salvar de la destrucción los ya existentes. Sin querer emular a las élites paganas poniendo los libros o la escritura en el centro de la sociedad, sin afirmar en ningún momento la importancia de la retórica y la gramática, sin premiar la erudición ni el debate, los monjes se convirtieron en los principales lectores, bibliotecarios, conservadores y productores de libros del mundo occidental.”

“El forastero se dirigía a un monasterio, pero no era ni un clérigo ni un teólogo ni un inquisidor, y tampoco buscaba libros de oraciones. Iba a la caza de manuscritos antiguos, muchos de ellos cubiertos de moho o comidos por los gusanos, y todos ellos indescifrables incluso para los lectores mejor preparados. Si las hojas de pergamino que los componían seguían intactas, tendrían cierto valor material, pues con la ayuda de un cuchillo podía borrarse cuidadosamente el texto y, después de alisarlas con polvos de talco, podía volverse a escribir en ellas. Pero Poggio no se dedicaba al comercio de pergaminos, y en verdad abominaba a los que se dedicaban a borrar los textos antiguos. Lo que él deseaba era ver lo que se decía en ellos, aunque estuvieran escritos con una caligrafía enrevesada, y sobre todo sentía particular interés por los manuscritos de cuatrocientos o quinientos años de antigüedad, que se remontaban, por tanto, al siglo X o incluso a épocas anteriores.”

Anuncios