
En junio de 1975 desperté una tarde en Amsterdam en un rincón oscuro de una biblioteca.
Me había quedado dormido sobre un libro y me despertó una joven cuya mano estaba sobre mi mano.
Gire mi cabeza hacia arriba y miré en sus ojos marrones, profundos y relucientes.
Ella estaba llorando.
Por un segundo estuve confundido y empecé a hablar, a ofrecer algo de consuelo o ayuda, pero se quedó quieta, porque estaba llorando por mi, por el conocimiento que me había despertado a una vida en el que la pérdida fue final.
Cerré los ojos un momento.
Cuando los abrí ella se había ido, el lugar estaba oscuro.
Yo fuí a la luz dorada del sol; las calles empedradas brillaban como después de la lluvia, los cafés de la calle llenas de gente y vida.
«Luz tardía» Philip Levine