Notas al margen

 

bergman-marlenedietrichsmarginalia_03

 

Notas al margen (Marginalia)

A veces las notas son feroces,
escaramuzas contra el autor
propagándose a lo largo de los márgenes de cada página
en minúsculas letras negras.
Si pudiera ponerte las manos encima,
Kierkegaard, o Conor Cruise O’Brien,
parecen decir,
cerraría la puerta y metería algo de lógica en tu cabeza.

Otros comentarios son más improvisados, despectivos-
‘Disparates.’ ‘¡Por favor!’ ‘¡Ja!’
ese tipo de cosas.
Recuerdo una vez al levantar la vista de la lectura,
mi pulgar como señalador,
tratando de imaginar cómo sería la persona,
por qué escribió ‘No seas tonto’
junto a un párrafo en La vida de Emily Dickinson.

Los estudiantes son más modestos
solo necesitan dejar sus huellas esparcidas
a lo largo del margen de la página.
Uno garabatea ‘Metáfora’ junto a una estrofa de Eliot.
Otra marca la presencia de ‘Ironía’
cincuenta veces fuera de los párrafos de Una modesta proposición.

O son fanáticos que animan desde las gradas vacías,
manos ahuecadas alrededor de sus bocas.
“Totalmente”, gritan
a Duns Scotus y a James Baldwin.
‘Sí.’ ‘Obejtivo’ ‘¡Mi hombre!’
Tildes, asteriscos y signos de exclamación
llueven por las líneas marginales.

Y si lograste graduarte de la universidad
sin haber escrito ‘Hombre contra la Naturaleza’
en un margen, tal vez ahora
sea el momento de dar un paso adelante.

Todos hemos nos hemos apoderado del perímetro blanco como nuestro
y solo buscamos una lapicera para demostrar
que no nos quedamos en un sillón cambiando de página;
presionamos un pensamiento en el camino,
clavamos una marca en el margen.

Incluso los monjes irlandeses en sus fríos escritorios
anotaron en los márgenes de los Evangelios
breves comentarios sobre el dolor de copiar,
un pájaro firma cerca de sus ventanas,
o la luz del sol que iluminaba su página-
hombres anónimos atrapados en el futuro
en un barco más perdurable que ellos mismos.

Y no has leído a Joshua Reynolds,
dicen, hasta que lo hayas leído
rodeado por los furiosos garabatos de Blake.

Sin embargo, en la que pienso con más seguido,
y cuelga de mí como un relicario,
estaba escrito en la copia de El cazador oculto
que tomé prestada de la biblioteca local
en un verano largo y caluroso.
Yo recién empezaba la secundaria,
leyendo libros en un sofá en el living de mis padres,
no puedo decirte
cuánto se ahondó mi soledad,
qué conmovedor y amplificado parecía el mundo ante mí,
cuando encontré en una página

unas pocas manchas de aspecto grasoso
y junto a ellas, escrito en lápiz blando-
por una hermosa niña, a quien
puedo decir nunca conoceré-
‘Disculpe las manchas de ensalada de huevo, pero estoy enamorada’.

Billy Collins, Manhattan, 1941