La biblioteca del Espia que nació del Frio

 

 

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John le Carré.  “El espía que surgió del frío”. Madrid :Selecciones del Reader’s Digest, 1966

El espía surgido del frío es Alec Leamas, un antiguo agente secreto inglés destinado en la Alemania Oriental con antiguas cuentas que resolver, a quién Londres le propone liquidar al máximo responsable del espionaje de aquel país, pero a medida que va introduciéndose en el caso se da cuenta que lo están manipulando. En la obra, posteriormente llevada al cine, aparece una biblioteca en la que Alec trabaja enviado por la agencia de colocaciones, allí conoce a la bibliotecaria Liz Gold. con la que entablará una relación. Como afirma María Andrio Esteban en su tesis “La imagen de la biblioteca en el cine (1928-2015)La imagen de la biblioteca en el cine (1928-2015)“, cuando la bibliotecaria es la protagonista a menudo suele ser una chia atractiva y alegre. Aquí Le Carré califica a la chica como “En su cara, como en su cuerpo, había algo que parecía oscilar entre la fealdad y la belleza”. Pero no así la jefa de la biblioteca, la inflexible y autoritaria señorita Crail.

 

 

FRAGMENTOS

Por fin, aceptó el trabajo en la Biblioteca. La Agencia de Colocaciones se lo había puesto delante de las narices todos los jueves por la mañana cuando cobraba su subsidio de paro, pero él lo había rechazado siempre.
—La verdad es que no es lo que mejor le va —dijo el señor Pitt—, pero la paga es buena y el trabajo es fácil para un hombre instruido.
—¿Qué clase de biblioteca es? —preguntó Leamas.
—Es la Biblioteca Bayswater de Investigaciones Psicológicas. Es una fundación: tienen miles de libros, y les han hecho un legado de muchos más. Necesitan otro ayudante.
Leamas cogió el óbolo y la tira de papel.
—Son gente rara —añadió el señor Pitt—, pero, por otra parte, usted tampoco es de los que se quedan fijos, ¿no? Me parece que ya es hora de que les pusiera a prueba, ¿no cree?

 

La Biblioteca era como la nave de una iglesia y, además, muy fría. Las negras estufas de petróleo, en los extremos, daban un olor a parafina. En medio del local había una cabina, como la de los testigos en un tribunal, y dentro estaba sentada la señorita Crail, la bibliotecaria. Nunca se le había ocurrido a Leamas que hubiera de trabajar a las órdenes de una mujer. En la Agencia de Colocaciones, nadie le había dicho nada de eso.

—Soy el nuevo ayudante —dijo—, me llamo Leamas.
La señorita Crail levantó la vista bruscamente de su fichero, como si hubiera oído una grosería.
—¿Ayudante? ¿Qué quiere decir con eso de «ayudante»?
—Asistente. De parte de la Agencia de Colocaciones, del señor Pitt.
Alargó a través del mostrador un impreso hecho en multicopista con sus datos anotados con letra inclinada. Ella lo cogió y lo examinó.

Él escuchó un par de minutos, y luego se dirigió hacia las estanterías. En uno de los compartimientos, observó que había una muchacha, de pie en una escalera,
ordenando unos grandes volúmenes.
—Soy el nuevo —dijo—, me llamo Leamas.
Ella bajó de la escalera y le dio la mano un tanto ceremoniosamente.
—Yo soy Liz Gold. Encantada. ¿Ha conocido a la señorita Crail?

—Ahora estamos poniendo signaturas; la señorita Crail ha empezado un nuevo fichero.
Era una muchacha alta, desgarbada, de larga cintura y piernas largas. Llevaba zapatos bajos, de «ballet», para reducir su estatura. En su cara, como en su cuerpo, había algo que parecía oscilar entre la fealdad y la belleza. Leamas supuso que tendría veintidós o veintitrés años, y que sería judía.

—Se trata sólo de comprobar que todos los libros estén en los estantes. Ésta es la tira de referencia, ya ve. Cuando lo haya comprobado, apunte en lápiz la nueva signatura y la tacha en el fichero.

—¿Y que ocurre luego?
—Sólo la señorita Crail está autorizada a pasar a tinta la signatura. Es el reglamento.
—¿El reglamento de quién?
—De la señorita Crail. ¿Por qué no empieza por la arqueología?

Él estaba a medio subir en la escalera, de modo que miró abajo por encima del hombro y dijo:
—¿Qué?
—¿Sabe usted de dónde han salido estas bolsas de comestibles?
—Son mías.
—Ya entiendo. Son suyas. —Leamas esperó—. Lamento —continuó ella por fin— que no permitamos meter la compra en la Biblioteca.
—¿Dónde puedo ponerla, si no? No hay otro sitio donde pueda ponerla.
—En la Biblioteca, no —contestó ella.

————–

—He hecho toda clase de cosas. Vender enciclopedias para una maldita empresa americana; clasificar libros en una biblioteca de psicología, perforar fichas de trabajo en una hedionda fábrica de pegamentos. ¿Qué demonios puedo hacer?

————–

Probablemente por eso Liz siguió trabajando en la Biblioteca; porque allí, por lo menos, él seguía existiendo; las escalerillas, los estantes, los libros, el fichero, eran cosas que él había conocido y tocado, y algún día podría volver a ellas. Había dicho que jamás volvería, pero ella no lo creía. Era como decir que uno jamás iba a estar mejor, creer una cosa como ésa.

————–

Ella no es más que una chiquilla frustrada en una Biblioteca absurda: ¡no les sirve para nada!

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