Signatura 400: un retrato de la imagen profesional de la biblioteca

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Divry, Sophie. Signatura 400, Blackie Books, 2001

En el libro Signatura 400, nos presenta  a la bibliotecaria como un ser anodino, casi invisible e impersonal. Ese alguien en que nadie se fija, nadie repara en ella.

 

“Ni siquiera tiene nombre. Y es que nadie habla con ella, como no sea para pedir libros en préstamo. Su consuelo: las buenas lecturas y estar rodeada de seres incluso más tristes que ella. Se pasa los días ordenando, clasificando. No pensaba ser bibliotecaria, pero abandonó las oposiciones por un hombre. Ahora el amor le parece una pérdida de tiempo, un trastorno infantil en el mejor de los casos.”

Y continua exibiendo este catálogo de tareas de la biblioteca, sin ninún tipo de ilusión “Es lo que hay”

 

“Nunca hay que llamar la atención en una biblioteca. Llamar la atención ya es molestar. Se va a quedar conmigo mientras preparo la sala de lectura. Todavía me quedan libros por clasificar. Ya que es usted tan eficiente, sáqueme todos los libros de geografía que los lectores han colado en la sección de historia. Venga, y no se queje: clasificar, colocar, no molestar, ésa es toda mi vida, ya ve. Meter libros en las estanterías y sacarlos, el cuento de nunca acabar. No parece divertido, ¿eh? Pero es lo que hay. Porque, para colocar un libro, ni siquiera necesito mirar el nombre del autor. Me basta con leer los números apuntados aquí, en la etiqueta pegada en el lomo, e intercalarlos a continuación de los que tienen la misma signatura. Eso es todo. Y llevo veinticinco años en este oficio, veinticinco años con el mismo principio inmutable… Ser bibliotecario no es nada gratificante, se lo digo yo”

Cuando hablamos de bibliotecarios utilizamos un genérico que incluye a cualquier persona que trabaja en al biblioteca, por lo general los usuarios identifican al bibliotecario como la persona que le atiende en el mostrador de préstamo. Por lo cual la visibilidad y percepción de nuestro quehacer queda simplificada a eso. Pero como nos cuenta la bibliotecaria de Signatura 400 hay una división de escalafones y tareas diferentes. Si bien unos, y sobre todo otras no salen muy bien paradas.

 

Qué vergüenza pasé: haberme enamorado de un hombre capaz de encontrar atractiva a una burócrata nuclear, qué barbaridad. Tras este episodio perdí para siempre los sentimientos románticos, las ganas de fantasear, porque la fantasía, cuando nos atrapa, puede ser muy peligrosa. No se fíe. No sé cómo se las apaña usted para aguantar el día a día, pero yo, donde me repuse, fue aquí en mi sótano. Y eso que mi puesto no es muy interesante que digamos. Si es que este oficio tiene algo de interesante.Pero, bueno, al fin y al cabo, hay quien vive mejor que yo, porque una biblioteca es una cosa muy jerarquizada. Aunque los lectores no se den cuenta, estamos todas sometidas a un orden despiadado. Arriba del todo, encerrado en su despacho, el director. Procede de la élite universitaria, decide las compras importantes, cuenta con una plaza de aparcamiento reservada, se codea con escritores. Luego está el «cuerpo de bibliotecarios», funcionarios de primera categoría: todas unas esnobs y madres de familia que han conseguido compaginarlo todo en su vida, que si patatín que si patatán. Después vienen los funcionarios de segunda categoría, las más currantas, con bicicleta o solteras, como yo. Digo «currantas» porque en la biblioteca nueve de cada diez empleados son mujeres. Aparte del director, que está en la cúspide, solo emplean a hombres para tareas menores: almacenistas, guardas jurados o técnicos.

 

Los comentarios de signatura 400 desde luego no nos dejan indiferentes por sus sarcasmo y mordacidad, no se salvan de las feroces críticas que emana la novela ni bibliotecas, ni bibliotecarios, ni administraciones…

… Es tan triste. No hay nada más triste que una biblioteca vacía. Quiero decir, una biblioteca abierta pero despoblada. Aunque eso pasa en cualquier época del año. Entonces te quedas como el tío Gilito plantado en su montón de oro. Porque, por muy dura que haya sido con usted, la verdad es que ¿qué haríamos nosotras sin los lectores?“

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