PreTextos: Una casa llena de palabras

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Brown, Eleanor. Una casa llena de palabras. Barcelona: Roca Editorial, 2012. ISBN: 978-84-9918-409-8

Las hermanas Andreas crecieron rodeadas de libros. El lema de su familia podría perfectamente ser “no hay problema que no se pueda solucionar con un carné de biblioteca”

Las hermanas Andreas crecieron rodeadas de libros. El lema de su familia podría perfectamente ser “no hay problema que no se pueda solucionar con un carné de biblioteca”. Ahora las tres han vuelto a casa, a la pequeña ciudad universitaria donde crecieron, en parte porque acaban de descubrir que su madre padece cáncer pero, también, en realidad, porque sus vidas se están desmoronando y no saben qué hacer. Han descubierto que sus vidas han resultado ser completamente diferentes a como se las imaginaban y ahora que se tienen que enfrentar con la fragilidad de sus padres y su propio abanico de decepciones y frustraciones no saben si será posible que abriendo un libro todo se solucione.

Parrafos

“La biblioteca atrajo a Bean calle abajo, como nos había atraído a todas a lo largo de los años. Nuestros padres nos habían formado para convertirnos en lectoras y la biblioteca del pueblo había sido el único lugar, aparte de la iglesia, que visitábamos cada semana.”

“El edificio olía igual que ahora: polvoriento y húmedo. Bean se detuvo al pasar por la puerta e inhaló. Con todo el dinero que la facultad aportaba al pueblo, habría sido de esperar que hubieran cambiado la biblioteca, pero seguía siendo la misma. La moqueta era de un color de caléndula sucia, gastada por las pisadas. La ficción para adultos quedaba a la derecha de Bean y, al fondo, junto a la pared cuyas ventanas daban a un amplio sauce y a una serie de setos mal ciudados, estaba la infantil. Una mujer curioseaba entre las novedades de ficción y dos niños, presumiblemente hijos suyos, permanecían sentados y contentos en la mesa amarilla de plástico que había al fondo, examinando con esfuerzo unos libros demasiado grandes para sus manos. Había un hombre sentado en uno de los avejentados cubículos de madera, con la cabeza tan inclinada hacia delante que Bean apenas alcanzaba a ver un rizo de su cabello rubio, con una pincelada pelirroja, justo encima del cuello”.

“Bean vio a la señora Landrige, la bibliotecaria que llevaba allí desde los tiempos de los carritos rojos y que ya entonces tenía el cabello blanco y la figura encorvada, en su escritorio, sellando fichas de la biblioteca con ademán paciente. Sintió una oleada de dulce nostalgia por la mujer que nos había presentado a E. Nesbit, Edward Eager y Laura Ingalls Wilder, y le entró un deseo desesperado de darle un abrazo a la anciana, aunque la señora Landrige no lo habría consentido. Esta, de hecho, no consentía demasiadas cosas.”

“¿Cómo explicar lo que significaban para nuestra familia los libros, la lectura, el regalo de las bibliotecas, las páginas? Pero para nosotras no era una carencia. Era una abundancia. Para Rose era una vida en la que, tras nuestro viaje semanal a la biblioteca, despejaba la superficie de su tocador y ordenaba las lecturas de la semana, disponiendo los libros apoyados por los lomos, con las páginas abiertas en abanico para que soltaran resoplidos de texto al aire. Una de sus amigas, una chiquilla con los ojos azules muy hundidos y piel apergaminada, seguía el mismo ritual para ordenar las joyas de sus disfraces de vez en cuando; Rose entendió la metáfora ya a esa edad un día en la habitación de su amiga, toda de mimbre blanco, al ver el brillo de la bisutería, que le pareció comparativamente apagado.”

“Bean se pasaba las tardes en la biblioteca, pues había descubierto la sala de los clásicos, llena de enormes sillones y otomanas de piel, con las paredes recubiertas de libros en los que podía adentrarse para escapar. Cordy, tan poco consciente de las convenciones como Rose, pero sin llevar el estigma por todas partes, leía en cualquier lugar: de camino a clase, durante la misma, en el patio mientras los frisbis giraban sobre su cabeza, en la cama por la noche mientras su compañera de habitación y sus amigas jugaban a cartas en el suelo, y una vez junto a la ventana de un sótano en una fiesta cervecera, donde apenas tenía la luz suficiente de una farola para ir pasando páginas.”

“Con un golpe de cabeza indicó la zona de los libros que Bean acababa de recolocar. La señora Landrige se conocía la biblioteca de Barnwell con los ojos cerrados. Le podías preguntar cualquier cosa y ella escupía el número según la clasificación decimal de Dewey y señalaba con mano firme hacia el estante correspondiente. ¿Ritos de la pubertad? 390, al lado de los cubículos. ¿Las aventuras de Wilbur y Carlota? Literatura juvenil, junto al ventanal. ¿Fútbol? 796, a la izquierda de los surtidores de agua. Cuando éramos pequeñas, a veces intentábamos sorprenderla pensando en los temas más crípticos que pudiéramos, pero nunca ganábamos. La señora Landrige era la campeona del sistema decimal de Dewey”.

“Ahora se dirigía a su nueva y glamurosa vida de bibliotecaria de pueblo. Su mera presencia en la biblioteca bastaba para calmarla. Tenía que aprender muchas cosas, y al mismo tiempo ninguna, pues se sabía de memoria cómo se colaba la luz por cada ventana, todas las arrugas de la moqueta y el olor exacto de los libros, que se le quedaba pegado en la ropa al cabo del día. Se sentía segura.”

“De pequeñas nunca habíamos visitado aquella casa. Pensábamos en ella como suelen hacerlo los niños de sus profesores en la escuela, convencidos de que al salir de la biblioteca la señora Landrige dejaba de existir como por un guiño y volvía a hacerse presente como una imagen de la televisión cuando la veíamos en la iglesia, o cuando volvíamos a buscar más libros.”
“No tienes que quedarte permanentemente, aunque ha sido de gran ayuda que estuviérais las tres aquí en este momento. ¡Y convertirte en bibliotecaria! No es lo que esperábamos, pero tal vez sea lo mejor. Una ocupación buena y estable. «Sabiendo cuánto amaba yo mis libros, me surtió de volúmenes de mi propia biblioteca..”

“En la biblioteca, Bean alzó un pesado monitor para colocarlo en la mesa de circulación de ejemplares. Había apartado todas las herramientas de trabajo de la señora Landrige a un lado: almohadillas de tinta para sellos, sellos con numeritos que iban cambiando, lápices pequeños tantas veces afilados que les quedaban escasos centímetros de vida y, oh, papel, papel y papel. Su primera petición de trabajo tras ser oficialmente nombrada, coronada e instaurada como bibliotecaria pública de la biblioteca de Barnwell (Jefa de Todas las Cosas de la Biblioteca, la llamaba Cordy) había sido informatizar el sistema.”
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