La inteligencia artificial generativa en la educación superior: percepciones, oportunidades y desafíos éticos desde la mirada estudiantil

Lopes, Carlos; Antunes, Maria Luz; Sanches, Tatiana. “Inteligência Artificial Generativa no Ensino Superior: perceções, crenças e desafios éticos dos estudantes de Psicologia e da Educação”. Ibersid. Revista de Sistemas de Información y Documentación, vol. 20, nº 1 (enero-junio 2026), pp. 109-123.

El artículo analiza en profundidad cómo los estudiantes universitarios portugueses perciben la incorporación de la Inteligencia Artificial Generativa (IA-Gen) en el contexto de la educación superior, centrándose especialmente en alumnado de las áreas de Psicología y Ciencias de la Educación. Los estudiantes quieren ser socios, no pasajeros: no solo quieren aprender sobre IA-Gen, sino ayudar a moldar la forma en que la IA se integra en la educación y cómo los prepara para el futuro.

Los autores parten de la idea de que herramientas como ChatGPT han transformado radicalmente la manera en que los estudiantes acceden al conocimiento, estudian, sintetizan información y desarrollan tareas académicas. Sin embargo, sostienen que la verdadera cuestión no reside únicamente en la sofisticación tecnológica de estas herramientas, sino en la capacidad crítica del alumnado para utilizarlas de forma ética, responsable y académicamente rigurosa. El estudio sitúa la irrupción de la IA generativa como uno de los fenómenos más disruptivos en la universidad contemporánea, obligando a replantear metodologías docentes, sistemas de evaluación y competencias digitales necesarias para desenvolverse en un ecosistema cada vez más automatizado.

La investigación se desarrolló a partir de una muestra de 272 estudiantes universitarios portugueses de primer año, pertenecientes principalmente a titulaciones de Psicología (73,1%) y Ciencias de la Educación, empleando una metodología mixta que combinó cuestionarios estructurados, escalas de percepción y preguntas abiertas. Los resultados muestran una penetración extraordinariamente rápida de estas tecnologías en la vida académica: el 96 % de los estudiantes declara utilizar herramientas de IA generativa, mientras que un 58,9 % afirma emplearlas semanalmente y un 12 % incluso diariamente. La plataforma claramente dominante es ChatGPT, utilizada por un 88 % de los encuestados, seguida por otras herramientas emergentes como Google Gemini, Microsoft Copilot, Perplexity o NotebookLM. Su uso principal se concentra en comprender temas complejos, resumir contenidos académicos, elaborar trabajos escritos y generar ideas para proyectos o presentaciones.

Uno de los hallazgos centrales del estudio es que los estudiantes manifiestan una actitud que los autores denominan “optimismo crítico”. Los encuestados consideran que la IA resulta intuitiva, fácil de usar y muy útil para ahorrar tiempo y esfuerzo en tareas académicas. Sin embargo, lejos de aceptar de manera acrítica sus respuestas, muestran conciencia de que la calidad del resultado depende en gran medida de saber formular correctamente las preguntas o prompts. De hecho, la puntuación más alta de toda la investigación corresponde precisamente al reconocimiento de que la capacidad para plantear instrucciones adecuadas es fundamental para obtener buenos resultados. Esto revela que los estudiantes no entienden la IA como una solución automática o mágica, sino como una herramienta que exige nuevas competencias técnicas y cognitivas para aprovechar plenamente su potencial.

El trabajo dedica especial atención a la fiabilidad de la información generada por la IA y a las preocupaciones éticas derivadas de su uso. Aquí aparece uno de los datos más significativos: casi todos los estudiantes coinciden en que cualquier información proporcionada por sistemas de IA debe verificarse con fuentes expertas o académicas antes de ser utilizada. Existe un escepticismo considerable respecto a la exactitud de las respuestas automáticas, reflejando una conciencia clara de fenómenos como las “alucinaciones” de los modelos generativos. Paralelamente, emergen inquietudes relacionadas con el plagio académico, la privacidad de los datos compartidos, la seguridad digital y la necesidad de que las universidades establezcan normativas claras que regulen el uso de estas herramientas dentro de los procesos de enseñanza y evaluación. La investigación muestra así que la aceptación tecnológica convive permanentemente con una actitud prudente respecto a sus riesgos potenciales.

Otro resultado especialmente interesante es la comparación que hacen los propios estudiantes entre la inteligencia artificial y el papel del profesorado. Aunque reconocen que la IA puede proporcionar respuestas estructuradas y facilitar el acceso rápido a información, la mayoría considera que la inteligencia de estas herramientas sigue siendo claramente inferior a la de sus docentes. Los encuestados rechazan la idea de que la IA pueda sustituir completamente la función del profesor o convertirse en una autoridad intelectual autónoma. Para ellos, el docente continúa siendo una figura esencial como mediador pedagógico, orientador crítico y garante de la calidad del aprendizaje. Esta percepción resulta especialmente relevante porque desmonta la idea de que los estudiantes desean reemplazar la enseñanza humana por sistemas automatizados; más bien ven la IA como un complemento funcional, no como un sustituto del conocimiento experto y la experiencia pedagógica.

En las preguntas cualitativas abiertas aparecen preocupaciones todavía más profundas acerca de los efectos sociales, cognitivos y ambientales de estas tecnologías. La categoría más mencionada por los participantes fue la erosión cognitiva, es decir, el temor a que una dependencia excesiva de la IA termine debilitando capacidades humanas fundamentales como la creatividad, la escritura autónoma, el esfuerzo intelectual o la capacidad de razonamiento crítico. También aparece una fuerte conciencia ecológica, ya que muchos estudiantes expresan preocupación por el elevado consumo energético, el uso intensivo de agua en centros de datos y la huella ambiental asociada al entrenamiento de modelos de gran escala. Junto a ello, se identifican temores vinculados a la dependencia tecnológica, el aislamiento social, la sustitución laboral por automatización y el aumento de desigualdades económicas derivadas del acceso desigual a herramientas avanzadas de IA.

Cuando se pregunta a los estudiantes cómo debería integrarse la inteligencia artificial en las aulas, las respuestas apuntan a una transformación del papel del profesorado. Los participantes consideran que los docentes deben dejar de ser simples transmisores de información para convertirse en guías de alfabetización en inteligencia artificial. Recomiendan enseñar cómo formular buenos prompts, cómo verificar la fiabilidad de las respuestas, cómo evitar el plagio académico y cómo utilizar la IA como apoyo para desarrollar pensamiento crítico, no para sustituirlo. También proponen emplear estas herramientas en metodologías activas, como la creación de materiales interactivos, cuestionarios, esquemas visuales o actividades de gamificación que hagan las clases más dinámicas. En otras palabras, los estudiantes no rechazan la IA, pero exigen una integración pedagógica acompañada de formación ética y criterios claros de uso responsable.

Como conclusión general, el estudio sostiene que la incorporación de la inteligencia artificial generativa en la universidad constituye mucho más que una innovación tecnológica: representa un cambio estructural en la forma de aprender, investigar y producir conocimiento. Los autores defienden que las instituciones de educación superior deben actuar rápidamente diseñando políticas institucionales claras, programas de alfabetización digital e iniciativas formativas que permitan aprovechar los beneficios de la IA sin poner en riesgo la integridad académica ni las capacidades cognitivas fundamentales del alumnado. El mensaje final del trabajo es claro: la inteligencia artificial puede democratizar el acceso al conocimiento y potenciar enormemente los procesos educativos, pero su integración solo será verdaderamente positiva si permanece subordinada al juicio humano, al pensamiento crítico y a principios éticos sólidos que garanticen que la innovación tecnológica fortalezca, y no debilite, la calidad del aprendizaje universitario.