
Olson, Mike. 2025. “Classification as Colonization: The Hidden Politics of Library Catalogs.” The Scholarly Kitchen, March 25, 2025. https://scholarlykitchen.sspnet.org/2025/03/25/guest-post-classification-as-colonization-the-hidden-politics-of-library-catalogs/
Se expone de manera crítica cómo los sistemas de clasificación bibliotecaria, lejos de ser neutros o puramente técnicos, han sido y continúan siendo herramientas de poder con implicaciones políticas y sociales profundas.
Olson comienza refiriéndose a la orden ejecutiva del presidente Trump del 20 de enero de 2025, que impone cambios de nombre geográfico significativos (como “Mount McKinley” en lugar de “Mount Denali” y “Gulf of America” en vez de “Gulf of Mexico”), para ilustrar cómo el lenguaje en los catálogos puede ser utilizado como instrumento de control ideológico y simbólico. Esta intervención política explicita lo que siempre ha sido una realidad encubierta: que nombrar y clasificar es también decidir qué visiones del mundo se legitiman.
El autor analiza cómo el lenguaje en la catalogación ha sido históricamente una forma de imponer perspectivas dominantes, enmascarando decisiones sesgadas bajo una apariencia de objetividad técnica. Cita ejemplos como el uso prolongado del término “Illegal aliens” en la Library of Congress, que solo se reemplazó tras décadas de presión y denuncia por parte de bibliotecarios críticos como Sanford Berman, quien ya en 1971 denunciaba la carga racista, sexista y xenófoba de muchos encabezamientos. Para Olson, estas decisiones no son meras omisiones técnicas, sino actos deliberados de poder que estructuran el acceso al conocimiento y refuerzan desigualdades.
La crítica también se extiende a sistemas históricos como la Clasificación Decimal Dewey, que continúa vigente en bibliotecas de todo el mundo y cuya estructura original reflejaba abiertamente las ideas misóginas y racistas de su creador, Melvil Dewey. Temas como la salud femenina aparecen subordinados dentro de categorías menores, mientras que las voces de culturas no occidentales son relegadas a secciones marginales como “folclore”. Según Olson, estas jerarquías no son fallos del sistema, sino su esencia misma: reflejan un orden epistemológico centrado en el hombre blanco cristiano como norma universal.
Otro blanco de crítica es el sistema de encabezamientos de materia de la Biblioteca del Congreso (LCSH), ampliamente utilizado a nivel internacional. Olson denuncia cómo este sistema sigue utilizando terminología desfasada o directamente ofensiva, como “Sexual minorities” para referirse a personas LGBTQ+ o el aún vigente “Indians of North America”. Investigaciones como las de Rachel K. Fischer demuestran que el vocabulario oficial apenas refleja el 25 % de los términos identitarios empleados por comunidades LGBTQ+, según el vocabulario especializado Homosaurus. Esta desconexión entre los sistemas de catalogación y las formas reales en que las comunidades se nombran a sí mismas constituye, para Olson, una forma de injusticia epistémica, tal como la define la filósofa Miranda Fricker: una violencia que margina a los sujetos como productores y transmisores legítimos de conocimiento.
El catálogo, plantea Olson, se ha convertido en un sistema fracturado que oscila entre su función de organizar el saber bajo normas estandarizadas —que perpetúan sesgos históricos— y su aspiración de ser un espacio democrático de acceso equitativo al conocimiento. La reciente ola de mandatos políticos que imponen terminología nacionalista o censuran referencias a derechos reproductivos, diversidad o cambio climático, no introduce la política en la catalogación, sino que hace visible la política que siempre estuvo allí. Sin embargo, también abre la puerta a formas de resistencia creativa, como la “bibliographic drag”, en la que los catalogadores pueden subvertir el lenguaje impuesto introduciendo encabezamientos complementarios que expongan el carácter ideológico de ciertos términos.
Olson propone repensar profundamente la autoridad en catalogación. Frente a sistemas jerárquicos y centralizados que buscan imponer significados únicos, el autor aboga por modelos abiertos y colaborativos que permitan múltiples interpretaciones. Herramientas como la clasificación facetada, los modelos de datos enlazados o los sistemas de etiquetado comunitario ofrecen vías para representar la diversidad de lenguajes y experiencias, sin sacrificar el orden ni la accesibilidad. Ejemplos como la biblioteca Xwi7xwa en la Universidad de Columbia Británica —que utiliza un sistema adaptado a perspectivas indígenas— o el vocabulario Homosaurus —creado por y para comunidades LGBTQ+— muestran que otra catalogación es posible, una que no impone sino que dialoga con los saberes comunitarios.
En definitiva, si los catálogos dejan de nombrar ciertos conceptos o los sustituyen por eufemismos ideológicos, estamos frente a una forma sutil pero poderosa de control del pensamiento. En lugar de resignarse a ello, el autor invita a los profesionales de la información a repensar la infraestructura intelectual de las bibliotecas como espacios críticos, participativos y abiertos a la pluralidad de voces. Solo así se podrá superar la lógica de la colonización del saber y construir sistemas de clasificación realmente democráticos y representativos.