
«El aroma del jazmín se deslizaba por los rincones de la antigua casa, susurrando cuentos antiguos al viento. Las sombras danzaban en las paredes, entrelazando sus dedos oscuros con los hilos de la noche. Y allí, en medio de ese misterio encantado, se encontraba ella: una mujer de mirada profunda y cabellos de ébano. Su voz, suave como el susurro de un río, se deslizaba por el aire, narrando historias olvidadas de tiempos remotos.
En sus manos, sostenía un viejo libro encuadernado en cuero gastado. Sus páginas amarillentas guardaban secretos y promesas, esperando ser descubiertos por aquellos que se atrevieran a adentrarse en su laberinto de palabras. Con cada página que volvía, el pasado cobraba vida y los personajes tomaban forma, danzando entre los renglones como si fueran seres de carne y hueso.
La noche se desplegaba como un manto estrellado sobre el horizonte, y la mujer seguía sumergida en su lectura, viajando a mundos lejanos y desconocidos. Su mente se convertía en un remolino de imágenes, donde los sueños y la realidad se fundían en una danza etérea.»
Alberto Ruy Sánchez «En los labios del agua»