La antipática bibliotecaria y el no menos delirante usuario de “Diario de un asesino melancólico”

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Francisco López Serrano. Diario de un asesino melancólico. Salamanca: ediciones del Viento, 2016

Premio de Novela ‘Ciudad de Salamanca’ 2017

Una novela fresca y deslumbrante llena de humor e ironía sobre un personaje obsesionado con que su mujer desea envenenarlo, por lo cual decide anticiparse a la supuesta misión de su esposa y buscar un veneno que no deje huella y no tenga contracepción. El protagonista se dirige a la biblioteca Nacional en busca de una referencia y se encuentra con una funcionaria que califica como antipática, aunque la actitud del usuario en este caso el protagonista también deja mucho que desear:

 

EXTRACTOS Y FRAGMENTOS

“Una mujer me dio la vida. Una mujer, me temo, ha de quitármela. Entre la primera y la última he padecido y convalecido de un número suficiente de ellas. Tengo por tanto motivos para adjudicarles la misma cualidad que los clásicos confirieron al tiempo y a sus letales horas: todas hieren, la última mata.”

“Como ya sugerí en una de mis anotaciones anteriores, en mi navegación de cabotaje por la web superficial había dado con una referencia interesante. Siguiendo esa sugestiva pista fui a la Biblioteca Nacional para consultar el Neopoliani Magioe Naturalis de Giovanni Battista della Porta, impreso en Nápoles en 1580, probablemente uno de los pocos libros que ;o solo hablan de la naturaleza y calidad de los venenos con la muy encomiable intención de neutralizarlos con sus respectivos antídotos, sino que explican la manera de utilizarlos, con el mayor éxito y aprovechamiento posibles, para los fines que yo me proponía. Me dirigí a la sección de raros, rellené la ficha pertinente y una antipática empleada que lo mismo podía haber manejado libros que substancias letales me dijo que cuando existía copia microfilmada, como era el caso, se empleaba ésta a fin de ‘Preservar el libro. Acérrimo detractor de cualquier sucedáneo, no me apetecía nada dejarme la vista en una de esas pantallas de videojuegos del neolítico que son los aparatos de visionado de microfilms, pero no me quedó otro remedio que claudicar. No parecía sino que en lugar de en una biblioteca me hallara en una apoteca y lo que pedía no fuera un tratado de toxicología sino los mismos venenos a los que el libro hacía referencia. A este paso los libros están llamados a convertirse con el tiempo en arquetípicos coranes que, en su cielo presurizado, solamente serán accesibles a una casta selecta de sacerdotes provistos de trajes espaciales y escafandras, en tanto los demás mortales nos veremos obligados a manejar, en una caverna de destellos subacuáticos, sus platónicas sombras.”

“La huraña empleada añadió que debía dirigirme a otra sala habilitada para la lectura de microfilms. Fui allí, rellené la preceptiva ficha y otra huraña empleada vestida con una bata blanca la envío al depósito de archivos a través de una vieja y esclerótica arteria. Tomé asiento junto a uno de esos odiosos aparatos y me distraje contemplando a los sesudos investigadores que se afanaban en aquellas rudimentarias herramientas de scriptorium steampunk. Al cabo de una media hora la mujer de bata blanca se me acercó y con rostro risueño me comunicó que los dos microfilms que existían en depósito de la obra que yo solicitaba, estaban siendo utilizados en ese preciso momento y, por tanto, tendría que esperar hasta que devolvieran uno u otro. Comencé a contemplar con recelo a los, a primera vista al menos, inocentes investigadores de la sala. Imaginé que, de todos aquellos tímidos estudiosos, al menos dos de ellos consultaban sus documentos con intenciones tan aviesas como las mías. 0, peor aún, acaso todos ellos escrutaban manuales similares con intenciones similares. Pero ¿a qué se debía mi inquietud? ¿Qué se me daba a mí que medio mundo planeara envenenar al otro medio? ¿Por qué somos tan condescendientes con nosotros mismos y tan intransigentes con nuestros semejantes? Desde que en Occidente el asesinato de ámbito doméstico se convirtió en un acto individual, íntimo y secreto, desapareció cualquier posibilidad de iniciativa corporativa o gremial; nadie se casa con nadie a la hora de asesinar cónyuges. No hay asesino que no se indigne ante la noticia de un asesinato ajeno.”

De pronto me acometió el temor de enfrentarme inesperadamente con mi propio secreto en el rostro de otro individuo. Así que le dije a la empleada que iría a dar una vuelta y regresaría al cabo de una prudencial ¿media hora? ¿Cuánto tarda un asesino en documentarse? Salí a tomar un refrigerio y luego me entretuve curioseando un poco algunas publicaciones en la sala de referencia. Cuando regresé, la empleada me había reservado el microfilm, así que todo lo más que podía quedar en la sala era un potencial asesino o asesina, o acaso fuera más acertado decir que la sala contaba con un asesino o asesina potencial menos. A regañadientes, la empleada tuvo que ayudarme a instalar la bobina en el lector de microfilms y darme además unas nociones elementales para pilotar la máquina. Cuando comencé a navegar por aquella pantalla del color de un legamoso fondo submarino, reparé en que el libro, como indicaba su título y como no podía ser de otro modo en una obra del siglo XVI con pretensiones eruditas, aunque con intenciones claramente censurables, estaba escrito en latino Mi conocimiento de esa lengua se reduce a cero.

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