
«Una parte de lo mejor de la vida se la ha pasado uno en dos lugares a la vez clausurados y públicos, los cines y las librerías, así que la inclinación que sigue conservando hacia ellos no es únicamente práctica, de espectador de películas y comprador de libros, sino también sentimental, como la que podría llevarlo hacia algunos bares, una lealtad incondicional de adicto, de huésped, casi de refugiado. Hay libreros que nos conocen y nos reciben como camareros afables que lo saben todo sobre nuestras preferencias y nuestros vicios, y que tienen la sabiduría de darle a cada lector la clase de conversación que éste prefiere, y de ofrecerle sin necesidad de preguntas los libros que ya sabe que le van a gustar más, como el camarero, nada más ver al cliente conocido, pone ya el vaso encima de la barra y vierte la bebida de siempre. Hablo, por supuesto, de bares que sin duda no existen, bares silenciosos, cálidos y en penumbra como aquel en el que todas las tardes se tomaba Philip Marlowe su gimlet en compañía de su amigo Terry Lennox, y que no se parecen en nada a los escandalosos bares españoles, con sus barras de cinc y sus peladuras de gambas en el suelo, con el ruido intolerable de las máquinas tragaperras que expiden la conocida melodía del Baile de los pajaritos y de las máquinas de café que rugen cada pocos instantes tan despiadadamente como los motores de un jet.»
Las librerías
ANTONIO MUÑOZ MOLINA