¿Sobrevivirán las humanidades a la inteligencia artificial?

Burnett, D. Graham. “Will the Humanities Survive Artificial Intelligence?The New Yorker, April 26, 2025. https://www.newyorker.com/culture/the-weekend-essay/will-the-humanities-survive-artificial-intelligence

El historiador de ciencia y tecnología D. Graham Burnett analiza cómo los avances de la inteligencia artificial están transformando de manera profunda —y a veces silenciosa— la vida intelectual y educativa, con especial enfoque en las disciplinas humanísticas.

Burnett parte de su experiencia como profesor universitario. Describe el desconcierto que ha generado la aparición de modelos de lenguaje capaces de redactar ensayos coherentes, interpretar textos complejos y producir análisis que antes exigían años de formación académica. Lo que inicialmente fue recibido con prohibiciones o sospechas —plagio, trampa, atajo intelectual— pronto se reveló como un fenómeno mucho más profundo: no se trata solo de estudiantes usando herramientas nuevas, sino de una transformación estructural en la manera en que se produce y se procesa el conocimiento textual.

El autor subraya que las humanidades modernas se han organizado históricamente en torno a prácticas como la lectura atenta, la escritura argumentativa y la interpretación crítica. Estas actividades constituían no solo métodos pedagógicos, sino también rituales de formación intelectual. La IA, al automatizar gran parte de esas tareas, parece desestabilizar el corazón mismo del currículo. Si una máquina puede analizar a Shakespeare, resumir a Kant o imitar la prosa académica con notable solvencia, ¿qué queda para el estudiante? ¿Qué queda para el profesor?

Pero el ensayo no reduce la cuestión a la eficiencia técnica. Burnett propone que la verdadera crisis es ontológica y cultural. Las humanidades no solo enseñan a producir textos, sino a habitar preguntas: ¿qué es una persona?, ¿qué significa comprender?, ¿qué valor tiene la experiencia subjetiva? La aparición de sistemas capaces de simular comprensión obliga a revisar nuestras nociones de conciencia, intención y creatividad. La IA no solo compite con las humanidades en el plano operativo; las interpela en el plano filosófico.

Burnett observa también que la universidad contemporánea ya estaba en crisis antes de la llegada de la IA: precarización laboral, reducción de matrícula en carreras humanísticas, presión utilitarista hacia disciplinas STEM. La inteligencia artificial actúa como acelerador de esas tensiones. Sin embargo, su impacto también puede ser catalizador de renovación. En lugar de aferrarse a un modelo basado exclusivamente en la producción de ensayos evaluables, el autor imagina un giro hacia formas más dialógicas, performativas y experienciales de aprendizaje: seminarios donde la IA se use críticamente, prácticas que enfaticen la presencia corporal, la discusión en vivo y la reflexión ética.

Uno de los argumentos centrales del ensayo es que la esencia de las humanidades no radica en la mera generación de contenido, sino en la formación del juicio. El juicio —esa capacidad de discernir, valorar, contextualizar y asumir responsabilidad interpretativa— no se reduce a la producción textual. En este sentido, la IA podría incluso reforzar el papel de las humanidades si obliga a desplazarlas desde la repetición de conocimientos hacia la reflexión sobre qué significa pensar con y contra las máquinas.

El texto sugiere que estamos asistiendo al colapso de un modelo curricular basado en la escasez de información y en la dificultad técnica de escribir bien. En un mundo donde la producción textual es abundante y casi instantánea, el valor ya no estará en “hacer un ensayo correcto”, sino en formular preguntas significativas, en sostener conversaciones complejas y en desarrollar una conciencia crítica sobre las herramientas que utilizamos.

En última instancia, Burnett no defiende la preservación nostálgica del pasado académico. Más bien invita a aceptar que el viejo edificio puede estar en ruinas, pero que en esos escombros se percibe movimiento. Algo vital —una nueva forma de humanismo, quizá más consciente de la tecnología y de sus límites— comienza a gestarse. La supervivencia de las humanidades dependerá de su capacidad para redefinirse no como guardianas de un canon textual, sino como espacios de interrogación radical sobre lo humano en una era de inteligencia no humana.